Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

sábado, 24 de noviembre de 2012

PARA COMPARTIR: JUAN DRAGHI LUCERO(1897-1994)

Juan Huakinchay


Si oyera que alguien preguntara por el hombre más cabal y de razón de que tuviera noticia yo respondería: -Se llama Juan Huakinchay. -¿Juan Huakinchay?
-Ésta es su historia. Nació a la sombra del Padre Ande, en las Lagunas de Huanacache, las hoyadas que atesoraban las aguas cerreras y la pasión de Cuyo. Su padre murió en edad temprana, en la travesía a San Luis y dejó sola en el terrible mundo a una joven viuda con dos tiernos hijitos. A padecer incontables pobrezas quedaron la madre y los dos frutos de su vientre; así, en diario luchar, fueron pasando los tiempos... Con puchitos y sobritas se mantenían, anudando necesidades y, de una manera y otra seguían la cadena. En las noches de invierno la solitaria viuda apelaba a contar larguísimos cuentos hasta lograr que sus dos niñitos, olvidando las hambres por seguir fantasías, durmieran en la ceniza. Entonces los tapaba con cueros de ovejas para protegerlos del frío. Ella se encomendaba a los Santos y les pedía el compadecer a sus miserias y desamparo. Muy de noche se acostaba entre cuentos y lanas sueltas, no para dormir, ¡para pedirle al Tata Dios que atendiera sus humildes quejas...! Una ayudita para sus pichoncitos desnudos, una miradita de compasión en el perdido mundo y, ya en el entresueño, ella misma, doblándose en Deidad milagrosa y protectora, se respondía ¡ella misma!, ofreciéndose ayudas y consuelos dulcísimos. Con estos engaños del alma aguantaba las noches tan largas, tan frías... Al rayar el alba ella y sus hijitos iban a la laguna y ayudaban a los pescadores a destripar y limpiar los pescados. Con esto más el lavado de ropas y costuras por un rancho y otro, les quedaba un alguito para ir comiendo, para ir tirando...
En tiempo propicio los tres cosechaban vainas de algarroba madura; en callanas de piedra las molían hasta conseguir la harina para las tortitas de patay. Con los restos de la molienda conseguían la añapa y el mate de algarroba. Mucha provisión de pan indio guardaban para los días restantes del año. La majadita de cabras, con ser escasa, les daba leche, y leche con patay comían por desayuno, por almuerzo y por toda cena. No carneaban sino las cabras más viejas, las que ya no rendían cría, para no mermar la tan chiquita hacienda. Así cuidaban con desvelo las cabritas nuevas en vías del multiplico. En la más trabajosa miseria lo pasaban, y nunca por nunca se vio en ese limpio y bien tenido ranchito ni una parranda, ni junta de gentes. Apenas si llegaba el compadre Ruperto con la comadre Loreto en ancas a saber de sus vidas, con una cabra carneada y la azuquita y la yerbita en a bolsa de los vicios.
Poco a poco el tierno niño fue ganándose a mocito, y un buen día se propasó a tender sus propias redes en la laguna y supo manejar la maniobra de su balsa de totora hasta conseguir la ansiada cosecha de esas aguas en reposo. Buena carga de pescados comenzó a llevar a su choza y allí, con su madre y hermanita, preparaban los bagres y truchas, ya limpios, en "sartas" que acondicionaban en fresquísimas "chihuas" de esponjada totora. Al anochecer cargaba sus dos mulas y emprendía su larga marcha a San Juan o a Mendoza. Caminaba el pobre mocito leguas y leguas con el fresco y el aconsejar de la desvelada noche. Un día más y otra noche de sostenido marchar y era entrar a Mendoza por la Calle de los Pescadores hasta llegar a la Plaza Mayor para gritar: "¡Ricos pescados!" Allí lograba vender su mercancía y con el producido se aviaba de bastimentos para su casa. Estos viajes los hacía todas las semanas, sin merecer una tregua. Con sus ahorritos consiguió comprar las dos mulas prestadas y, para más, el bueno de su padrino le regaló tres ovejas y le prestó un carnero y con esto fue creciendo la majadita de "añares de los Huakinchay. En un tremendo forcejeo pudo el mocito hacerse de dos vaquitas, y muy grande fue su alegría cuando vio que iban a dejarle terneritos. El padre les había dejado unas pocas cabras, que también fueron en aumento y más con la compra de una que otra cabrita...
Tantos trabajos y privaciones, tanto aspirar y soñar aposentaron una mirada triste y lejana en el mocito Huakinchay. Él creía en su chiquitura que "los del gobierno" eran los dueños de las tierras y de las aguas, y que tenían potestad para todos los desmanes en disfavor de los pobres. Cuando veía a un policiano se le encogía el corazón al considerar que toda su suerte y la de su familia estaban en las manos de esa autoridad. De tanto prudenciar, creía siempre haber faltado a alguien y apenas si levantaba la vista del suelo y hasta hablaba bajito. ¡Pobre Juan Huakinchay! No sabía ni la O por lo redonda, pero lograba sacar sus propias cuentas con los dedos y así fue contando centavo tras centavo hasta lograr completar muchos pesos. Tenía luces propias para su cabal manejo, mas sus medios y recursos andaban siempre cortos para las necesidades de los suyos. Nunca pudo comprarse un pañuelo de seda como los otros laguneros pescadores, que gustaban fantasear airosamente. Jamás gastó un cuartillo en vino o aguardiente ni en otra tentación de pulpería, y cuando pasaba por frente de una "chingana", apuraba el paso de sus mulas para no ver ni oír las risadas de las mujeres perdidas ni a los mozos calaveras, que lo llamaban con nombre y apelativo a que fuera "a una gustadita". Bajaba la cabeza el pobre y pasaba de largo, escondiendo la cara, mezquinando el mirar y aguantando las burlas y cuchufletas de los "muy hombres". Si un alguito medio le sobraba era para llevarle un regalo a la pobre de su madre y a su hermanita, tan humildes y temerosas como él.
Los tiempos fueron pasando con su arrastrar de cadenas, mas un día el mocito Huakinchay llegó a contar diecinueve floridas primaveras... Y se ganó a lindo mozo moreno, de ojos negros con encendidas lumbres; cabello ensortijado sobre la ancha y espaciosa frente. Delgado pero de duras y sufridas carnes. Si hubiera podido vestir bien, los hubiera aventajado a los mozos más atrayentes y de liviana sangre. Su mirar humilde, cautivador, aposentaba la confianza.
Pero aconteció durante tres años que no cayó una gota de lluvia y se secaron los pastos de los llanos y los ríos Mendoza y San Juan, faltos de nieves en sus nacimientos, negaron sus aguas. Las haciendas comenzaron a consumirse de hambre y apenas si pudieron salvarse las que pastaban en las húmedas orillas de las lagunas, pero como todos criaban ganados, cundieron los pleitos y tropelías por cuestiones de pasturaje. Los más pudientes y encaradores emplazaron a sus cabras, ovejas y vacunos en las riberas mismas de las lagunas y con aires chocarreros celaron sus haciendas y corrieron las ajenas a los peladeros del campo. No pocos acudieron a la justicia, pero la autoridad ni quería ni podía andar por esos apartados campos enderezando enredos inacabables. Las hacienditas de los Huakinchay se morían de flacas, vagando por los yermos arenosos... Ante tanta desavenencia y atrasos, el mozo Huakinchay y su madre acordaron vender los pocos animalitos flacos que les restaban, pero como todos hacían lo mismo, poco, muy poco pudieron sacar de las ventas. Para mayor atraso, toda la gente de esos tendidos campos acudió a las lagunas con miras de pescar para tener qué echarle a la olla, con lo que esquilmaron esas aguas antes llenas de peces. Se acababa la pesca y un penoso día el hambre se presentó al ranchito de los Huakinchay.
-No hay más, mi madre -salió diciendo el mozo después de sacar amargas cuentas-, que tendré que ausentarme en busca de un trabajito. No se apenen por mí, que yo sabré desenvolverme y hallar un quehacer para estas manos. Al mes cabal volveré... -Al otro día, en anocheciendo, ensilló su flaca mulita y, bendecido por su madre, encaró la travesía en dereceras del poblado.
Al mes volvía el hijo con buenas nuevas: -Hallé trabajo, mi madre -es que le dice a modo de saludo a la pobre viejita cuando se apeaba-. Reciba estos avíos y este dinerito y aguántese hasta dentro de tres meses que hey de volver con nuevas ayudas-. Se acostó en su chocita al lado de su santa madre y toda la noche hablaron esas dos almas de las miserias de la vida, pero el mozo alimentaba grandes esperanzas y consoló a la pobre con animadas pinturas para los tiempos del venir. De madrugada, después del matecito de despedida y ya bendecido, se ausentó de nuevo el hijo querencioso.
Juan Huakinchay había tenido la suerte de hallar trabajo en la gran finca de los Herrera. Por su habilidad y apego a las tareas, por lo serio y cumplido y por un algo cautivante que de él se desprendía, fue entresacado de la pionada por acuerdo de la señora patrona. Esa poderosa señora pasaba por trances muy amargos: su marido había caído en cama un año atrás, doblegado por el terrible mal de "tis" y tuvo ella misma que desenterrar fuerzas y recursos para ponerse al frente del establecimiento de campo, porque los dos hijos que tenía andaban ausentes: uno en Santiago de Chile y el otro por Buenos Aires. Nada que se sabía de ellos. Ni escribían ni allegaban noticias. Se murmuraba que se habían ido a loquear con mujeres de mala vida.
Los trabajos que al principio se le señalaron a Juan Huakinchay fue desmontar una gran manga enmalezada y revenida y emparejar dos altos médanos que el viento había levantado con arenas errantes. El mozo enyugó bueyes, aró con arado de palo y puntera de hierro hasta no dejar montes y, con rastras de cuero de buey, emparejó los altos y niveló con buen ojo los bajos. Por último ahondó el desagüe para cortar las reveniciones y, ya a fines de agosto, sembró "alfa" y muy luego se vio verdear alegremente esas recobradas tierras.
Pero sobre esa gran finca revoloteaba la lechuza. El dueño de todo, 20 años mayor que su señora esposa, empeoraba sin remedio. Apenas si se le oía el resuello porque la fatiga, la del tísico, lo socavaba hasta dejarlo amarillo y hecho una osamenta. Al fin murió consumido en brazos de su esposa, que casi enloqueció en su desdicha. Fue aquí, en esta pesarosa desgracia, donde el pioncito Huakinchay mostró sus recursos y buena disposición al prestar toda su habilosa ayuda a la desolada señora. Para las diligencias del entierro y del acompamiento no durmió el mozo al acudir con su comedimiento y solicitud a las mil dificultades que se presentaron. Mas, apenas enterrado el que fue dueño de todo, se notó en la pionada un desgano para el trabajo y el mayor descaro en las raterías, anuncios del derrumbe de la gran casa de campo. Muchos antiguos piones se fueron a otras fincas, llevándose las herramientas y otros, los que se allanaron a quedarse, maliciando que la paga se atrasaría, mermaron sus labores y descuidaron sus deberes. Para mayor descalabro, los cuatreros comenzaron a aportillar los cercos y ya se hizo patente el robo de vacunos... El mozo Huakinchay, aunque nadie se lo pidió, acudía con sus oficios y ayudas, pero el desvalido no tenía poderes. Él mismo se atrevió a ofrecer sus comedimientos a la abatida señora y pedirle la venia para tal o cual medida. Él la veía en abatimiento y consumirse en un vano llorar y quejarse en su desamparo. Es que la pobre no sabía, no atinaba a encarar tanta lucha contra los atacantes. Crecían sus gastos por trabajos mal hechos y nadie le pagaba lo que le debían por pastaje, por venta de bueyes y los productos de sus sembradíos. Sabía que los cuatreros encaraban las mangas y arreaban por docenas sus vacunos a Chile, y, por último, comenzó a caerle un avenegra con papeles sellados y embrollas de juzgados por escrituras mal hechas...
Al fin la pobre viuda cayó en la cuenta que allí hacía falta un hombre. ¡Un hombre! Aquel sábado era día de pago para los diez peones que le restaban, pero no había un peso en el arcón. La señora patrona, perdida en las penas y en dolorida soledad, llamó a Juan Huakinchay y le contó sus cuitas. Retorcía sus brazos la atribulada en un sin hallar qué hacer.
-¡Por vida suya, mozo, haga lo imposible por cobrar esta cuenta del matancero. Me debe ocho novillos y no me los quiere pagar.
Tomó el mozo el papel con la cuenta, lo guardó en su tirador y salió sin decir palabra. Montó a caballo componiéndose el pecho y echándose el sombrero a la nuca...
Al anochecer volvía Juan Huakinchay y entregaba a su patrona un rollo de pesos. -No me quería pagar el matancero y nos avanzamos en palabras... Tuve que sacar el cuchillo.
-¡Sacar el cuchillo!
-Nunca lo había hecho, señora, pero si no volvía con plata los peones se irían; además, hay que pagar al herrero, al talabartero ¡y al proveedor!
Dos golpes en la puerta y entra descaradamente el avenegra con un montón de papeluchos en la mano. Se encajaba anteojos y vestía de negro. ¡Si parecía un cuervo!
-Señora -dijo encarándola con el sombrero puesto y echando humazón con su cigarro-; han aparecido en el jujao estos dos expedientes más con impuestos atrasados, y esta otra demanda sobre no sé qué embrollas que cometió su marido, ahora años...
La señora no tuvo fuerzas para contestar una palabra. Clavó su mirada en Juan Huakinchay, clamándole sus ayudas. Hubo un entenderse en las miradas. Fue lo bastante para que el mozo, componiéndose el pecho avanzara fieramente hacia él avenegra, lo tomara de un brazo y lo sacara a empujones puerta afuera. Quemantes rescoldos parece que le volcó al oído porque el cuervo montó en su yegua y salió a media rienda.
Volvió Juan Huakinchay a la alcoba de la señora, la que hacía trece montoncitos de dinero sobre la mesa. -Vea, mozo -le dice, entregándole ese dinero-; estos diez montoncitos son para los peones, éste para el herrero, éste para el talabartero y éste último para el pulpero proveedor. Vaya, págueles a todos y vuelva... que quiero hablarlo.
Salió el mozo muy resoluto y repartió con vistosa alegría los pagos, tal como se lo habían ordenado. Y todos se fueron contentazos y hablando bien de la señora patrona. Huakinchay se quedó mirándolos alejarse; luego retornó a la alcoba de la señora. Entró para quedarse vacilante con el sombrero en las manos. Desconocida inquietud lo desasosegaba hasta las raíces. La tarde moría en un caliente anochecer.
La señora se dio vuelta para mirarlo un largo rato; tomó resuellos como para decir algo novedoso en un apenado repechar, pero, de repente, se le quebró el aguante y corrió a un rincón y rompió a llorar... Ahí se plantaba el pobre mozo, sin saber qué hacer; trabado y empujado por los más opuestos enviones. Se avergonzaba de ser poco hombre.
Poco a poco se va serenando la señora. Se enjuga las lágrimas, compone su cara y trata de alegrarse, de ser atrayente... Pasito a pasito se acerca a Juan Huakinchay. Se le arrima mucho, mucho, y con voz que le subía de los profundos de su carne, le dice al oído: -¡Si fueras un mozo travieso!... Levantó su mirar el sorprendido mozo y vuelve a bajar los ojos al encontrarse con los encendidos de la señora; mas la fuerte mujer lo toma del mentón y lo obliga a mirarla. Un turbión de sangre le nubla el mirar. Tiembla el hombre joven; en vano quiere rehacerse en un gritar llamando a la raíz de su hombría. Tormentas de la sangre en hervideros le ahogan todo decir y maniobrar. Vergüenzas y aleteos de fuego estremecen el corazón ansioso. Esperanzas y congojas lo azotan, pero ve luz en su estrella... La mujer, más sabedora y segura, le arrima la última ayuda, una de esas que ladean al hombre más tímido y arisco: le toma la mano al mozo en flor y con ofrendas del más avenido cariño, la lleva a las curvas de su pecho, al tiempo que le entrega todo el mirar y gloria de sus ojos rendidos...
Esa noche, mientras los peones se emborrachaban con la paga, nació un nuevo Juan Huakinchay. También la alta dama se perdió en los resplandores. La pareja, abrazada y en transporte, salió al jardín a perderse en los floreceres... Asomaba sobre el ardido oriente la luna mestiza y las arboledas, alumbradas sus vivas orillas, cobijaron al amor escondido. Innombrable encantamiento bajaba de los escarnecidos cielos. Las hondas novedades de remansados cariños se desparramaban, alumbradoras. El mozo veía abrirse la flor de la vida y ella, la que se agostaba en funeraria viudedad, se alzó con furia de reverdecimientos, con los retenidos ardimientos en galopes de gozos. Huakinchay, el mozo, se detenía a oír los repiques de enloquecidos campanarios. Sus sentidos y todo su entender danzaba en las fiestas del alumbrar desconocido. -¡Soy feliz!- se gritaba, recogiendo los flecos de sus dorados ponchos. -¡Es la noche de mi memoria!- se repetía mirando a la dama rendida en su pecho. Dos noches y un día pasaron. El lunes de mañanita el nuevo encargado Juan Huakinchay, se presentó a sus compañeros más que desconocido. Tomó disposiciones a lo dueño de casa y tiró planes para enderezar la finca. Los piones lo oían con la boca abierta, pero lueguito marcharon a cumplir órdenes con el Encargado a la cabeza, que daba el ejemplo trabajando a la par de ellos, sin mermar una fatiga y cuidando con celo las herramientas. Se resembraron los potreros enmontados; se enlagunaron las manchas salitrosas; se anivelaron las mangas para el resiembre. Tomáronse animales a guarda y luego de apartarse los vacunos para engorde, se vendieron los bueyes y caballos viejos. Recompusiéronse las compuertas de las acequias regadoras y se cerraron los portillos de los cercos. En la devorada viña se replantaron las fallas con mugrones y estacas y se repusieron los cabeceros y rodrigones. Reabriéronse los cegados desagües, se ahondaron las sangrías y volvieron a tupirse las trincheras de tamariscos, pero, por sobre todo, se pagaron y se cobraron las cuentas. La descompuesta máquina comenzó a retomar el buen camino y la antigua finca de los Herrera sobrepasó esplendores pasados; pero con tanto trajín y desvelo, Huakinchay echó en olvido a su madre y hermana.
No faltaron malas lenguas que hablaron de la viuda rica y del mozo aprovechado. Más de una seña maliciosa sorprendió Huakinchay entre los peones y más de una risada lastimante soportó la dueña de casa. Como culebras de ofensivo y lastimante mirar se alzaron hablas enemigas, pero una pureza de sentimientos a la vista de todos y un duro trabajar respondieron a los murmurantes del mundo. Al año la gran finca se mostraba recobrada; crecidas ganancias permitían atesorar sobrantes para enfrentar posibles malos tiempos.
La señora afincada y su Encargado habían cambiado de vida. Se los veía juntos por las tardes, recorriendo a caballo los cultivos y quedándose a merendar algunas veces a la sombra del sauzal que bordeaba al acequión de cantarínas aguas. Los domingos cenaban bajo el parral encatrado que sombreaba al gran patio del que pendían farolitos chinescos. La negra cocinera les servía la cena y se retiraba a dormir. Quedaban los dos a dulces hablas como zorzal y calandria.
El mozo había cambiado mucho. Ya no bajaba la cabeza ante los hombres ni mezquinaba el mirar en vías de humillación. El amor lo enfrentó a la Vida para mirarla tal cual es, con sus cargas de pesares y sus instantes de gozo. Calmo en el hablar y seguro en los tratos, se ganó a hombre el mozo y como hombre supo manejar sus pasos en la vida. El vuelco de su suerte no lo mareó, pero le trajo, si, un aire soñador y confiado, como un merecido desquite de las humillaciones pasadas.
-El hombre- se confesaba en sus apartes -recibe las buenas y las malas con mano abierta: estoy en la buena hasta que Dios me dé su campaña-. Así guiaba sus pasos por la nueva senda. Dos años pasaron como en un sueño.
De golpe se resquebrajó su suerte: primero llegó el hijo que estaba en Chile y luego, como de acuerdo, el que se había alejado a Buenos Aires. Llegaron sabiendo lo que acontecía en la casa de la madre. Se pusieron terribles con el Encargado. Orgullosos y soberbios, no perdieron ocasión de humillarlo delante de la pionada. Con paciencia de santo trató de congraciarse el mozo Huakinchay, pero fue un vano batallar. A cada atención suya le respondían con desaires y fuertes agravios. Se allanó la madre a hacerles comprender a sus hijos quién era el verdadero salvador de los caudales de la familia Herrera, pero aquí chocó ella con la muralla de los celos, con los azotes de las palabras heridoras.
La pobre viuda y amante se halló en guerra y comprendió que estaba cercada por la enemistad. Oyó de sus hijos las duras palabras del honor y de la dignidad de la alta familia Herrera. Ella era la viuda de un gran caballero; tenía a su resguardo el ilustre del apellido del muerto esposo y debía velar por el nombre de sus hijos que querían andar con la frente bien alta. -¿Vinieron esos hijos -les gritó ella en arrebato- a cuidar sus bienes cuando murió el padre? ¡Qué hacían esos hijos pródigos cuando yo me debatía sola entre los cuervos? ¿Quién me defendió en mi desamparo? ¡Loqueando con perdidas andaban los tales hijos, mientras ese pobre pión apuntalaba estas ruinas! ¡Como si no supiera yo y todo el mundo las andanzas de mis hijos!- Todo fue en vano. Un creciente rencor, un odio que se salía por los ojos, los hacía aborrecer al piojo resucitado de Juan Huakinchay. El mozo sintió en honduras tanta ofensa enemiga... Recompuso su recado y aprontó su mulita.
-No te vayas, Juan -le rogaba la señora, a solas con él en un clamar desesperado-. Yo puedo vender la finca, darles lo que les corresponde a mis hijos y con el resto tenemos para casarnos los dos y ganar un lugar escondido, bien lejos, donde nadie nos conozca. En otra parte sabremos labrar vida nueva. Anímate, Juan. Vamonos.
-No, señora -respondía el hombre de prudenciado cavilar-. Usted se debe a sus hijos y con ellos debe seguir su vida. Yo llegué un día de las lagunas y a las lagunas me vuelvo. Soy un ave de paso, sin nido ni arraigo... No se apure, mi señora. Todo se arreglará con el tiempo. Usted, mi señora, verá llegar la vejez rodeada por sus buenos hijos y nadie tendrá que señalarla con el dedo.
Hubo ruegos, lloros y hasta amenazas, pero nada torció al hombre de levantado proceder. Al otro día, muy de madrugada, se fue Juan Huakinchay en la misma mulita que había venido hacía dos años. Con el mismo recado se iba. No quiso regalos ni favores. Y se fue para siempre, con toda la pena del alma y la derrota en su corazón amante. A los dos días llegó a su olvidado ranchito.
Fiel al recuerdo de un cariño sin par, se ganó el derrotado al silencio y al retiro, pero muy luego se vio enfrentado a dura lucha. El abandono en que había dejado a los suyos, le costaba ahora lamentados arrepentimientos. En llegando echó de ver que la inocentona de su hermana había caído en las celadas del amor engañoso. Un mozo picaflor de la vecindad lograba sus favores y la convencía que se amancebara con él y abandonara a la madre. De una sola mirada abarcó Juan Huakinchay el derrumbe de su hogar y aunque lo invadió la rabia y los furores de venganza, se retiró a pensar al lado de la laguna, tal como lo acostumbró su padre. Mucho se calentó la cabeza el pobre, hasta que al fin, manso como era, tomó la determinación de procurar arreglo a las buenas. Se avino a ir al rancho del burlador de mujeres y se rebajó a manejar razones que le daban asco. Diose cuenta a los pocos tiros que había que comprarlo y a buen precio. Le ofreció plata y una majadita de cabras para que, con recursos y pie de crianza, formara su hogar. Con esto, con la promesa de más y tupidas ayudas y protecciones, logró Huakinchay que no se derrumbara su resquebrajada casa. Consiguió del mujerero que se matrimoniara con su hermana y hasta que se aquerenciara al hogar. Por interés lo hizo el pícaro y más cuando Huakinchay lo habilitó para una siembrita del trigo y le allegó dos vaquillonas. Al nacer el primer hijo ya estaba conquistado el picaflor y dejó de andar ronciando a las chinitas por ai. Huakinchay fue el padrino de su sobrinito y se aficionó tanto a esa criatura que legró apaciguar su alma atribulada. Luego llegaron una niñita y otro varoncito y tuvieron al tío más querencioso de la tierra.
Pero era la viejita de su madre la que lo desvelaba al verla tan corta de salud. El hijo arrepentido pasaba largas horas de la noche junto al fogón, jurándole a la madre que nunca se había olvidado de ella, sino que las cartas que le mandó las había tirado a la laguna el pícaro mensajero. Y la santa viejita, toda creída en las palabras del hijo, le repetía: -Sí, m'hijo. Sí... -Y Juan Huakinchay se secaba las lágrimas al reconocerse un ingrato y un falso. Así lo pasaban hasta el tercer canto del gallo en que se dormían en la quietud de esos campos.
Juan Huakinchay labraba su campito y celaba sus escasas haciendas con el porfiar que da la pobreza, pero su gusto y contento era jugar con sus sobrinitos y esperanzarse en tiempos mejores con la viejita de su madre, al tiempo que vigilaba a su cuñado, que al fin terminó por ser el marido más fiel y casero. -¡No hay como su casita, compadre!- le decía Juan Huakinchay, viendo criarse a los niñitos y el multiplico de las haciendas, -Así es- le respondía su compadre y cuñado, pasándole la tabaquera para que armara el cigarro.
Cuando murió la viejita de su madre se enfrentó Juan Huakinchay a la tremenda soledad. Sintió los derrumbes del mundo y sus tupidas tristezas lo llevaron a apartarse al borde de la laguna, a hablar solo con sus recuerdos. A representarse momentos de dicha, a hundirse en las amarguras con recuerdos pesarosos.
Tomó la costumbre el caviloso de irse sólito y, sentado al borde mismo de esas inmensas aguas remansadas, alejarse del mundo en el corcel de sus pensares.
Se veía niño en la silenciosa inmensidad de esos campos, ayudando a la mamita en su luchar diario... En un nacer de resplandores contemplábase en la gloria de su único amor. Se vio en pareja con ella, perdiéndose los dos por el sendero de los cantos perdidos... Y después, en un llorar de campanas, se veía en su mulita, retornando a su choza donde aposentaba el amargor de las cuatro velas, lloradoras de la muerte de su madrecita que él olvidó -¡Ay, ay!- se repetía.
Una noche no volvió a la casa. Salieron a buscarlo con candiles y lo hallaron muerto frente a la laguna. Sus ojos ¡tan abiertos! retenían dos imágenes de mujeres que derramaban consuelos al triste.
NOTA: Cuento  de El Hachador De Altos Limpios, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1966.

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