Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

miércoles, 31 de mayo de 2017

ENRIQUE BANCHS (Buenos Aires, 1888-1968)

 
ENTRA LA AURORA EN EL JARDÍN

Entra la aurora en el jardín; despierta
los cálices rosados; pasa el viento
y aviva en el hogar la llama muerta,
cae una estrella y raya el firmamento;

canta el grillo en el quicio de una puerta
y el que pasa detiénese un momento,
suena un clamor en la mansión desierta
y le responde el eco soñoliento;

y si en el césped ha dormido un hombre
la huella de su cuerpo se adivina,
hasta un mármol que tenga escrito un nombre

llama al recuerdo que sobre él se inclina.
Sólo mi amor estéril y escondido
vive sin hacer señas ni hacer ruido. 

De: “La urna” (1911)


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Hoy te recomendamos leer a JOANNE K. ROWLING.
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martes, 30 de mayo de 2017

ROSARIO CASTELLANOS (México, 1925-Israel, Tel Aviv, 1974)


LO COTIDIANO

Para el amor no hay cielo, amor, sólo este día;
este cabello triste que se cae
cuando te estás peinando ante el espejo.
Esos túneles largos
que se atraviesan con jadeo y asfixia,
las paredes sin ojos,
el hueco que resuena
de alguna voz oculta y sin sentido.

Para el amor no hay tregua, amor. La noche
no se vuelve, de pronto, respirable.
Y cuando un astro rompe sus cadenas
y lo ves zigzaguear, loco, y perderse,
no por ello la ley suelta sus garfios.
El encuentro es a oscuras. En el beso se mezcla
el sabor de las lágrimas.
Y en el abrazo ciñes
el recuerdo de aquella orfandad, de aquella muerte.

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lunes, 29 de mayo de 2017

ALEJANDRO BENTIVOGLIO (Buenos Aires, Avellaneda, 1979)


Cuando todo queda comprendido, es que nos sentimos estafados, en la ignorancia, nuestro optimismo no queda tan fuera de lugar.
 
Su amor por la tierra dejó de ser platónico el día que lo pusieron dos metros adentro de ella.
 
Después de un año de terapia, el boomerang dejó de andarse con rodeos.

De: “Ultraficción” (2015)


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Hoy te recomendamos leer a ROSA MONTERO.
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domingo, 28 de mayo de 2017

ANA MARÍA MOPTY DE KIORCHEF (San Miguel de Tucumán, 1948)

 
DESGASTE

Muchas veces tardan en morir y se advierten sus achaques en la lentitud, los atrasos de sus cuerpos y esas confusiones que producen con la impuntualidad a cuesta. Viven un poco hasta el momento en que aquietan definitivamente sus latidos en ese agrisado corazón de pieza de relojería.
 
ENGAÑO

Todo es blanco y aséptico en la clínica, impecables las sábanas y mesitas, junto a la cama. El enfermero dice que los insectos, que a ellos los visitan, son blancos también, adultos y decididos, como corresponde a ese espacio de salud que a ellos los caracteriza. Los pequeños intrusos, que a veces acuden de improviso, son del Hospital de niños, asegura, donde las cucarachas, muy vivas, se hacen las chiquitas.

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Hoy te recomendamos leer a HARUKI  MURAKAMI.
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sábado, 27 de mayo de 2017

MARCOS LEIVA (Chile, Puerto Varas, 1990)

JUEGOS

Estamos jugando a un escondite donde jamás
te encuentro.
Busco donde están los árboles más altos,
por entre medio de todos en esta calle,
por las ciudades que ambos visitamos,
tanto así que ni la sombra ni la duda se te ha asomado
en muchos años.
Ojalá un beso del río te esclarezca los huesos esta noche
para pillarte de nuevo
y llevarte a la guarida de los secretos,
a la cuna que te vio nacer veintitantas veces
con los ojos hinchados de luz.


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Hoy te recomendamos leer a CORÍN TELLADO.
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viernes, 26 de mayo de 2017

SARA MONTAÑO ESCOBAR (Ecuador, Loja, 1989)

 
LA HUÍDA

He cruzado la última frontera:
Prestidigito el silencio,
Y el arlequín del fracaso,
Predice su último acto.
Soy una moneda,
Que aún no alcanza el suelo:
Mi suerte camina de mi mano.

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Hoy te recomendamos leer a WILLIAM FAULKNER.
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jueves, 25 de mayo de 2017

OLEGARIO VÍCTOR ANDRADE (1839-1882)

 
EL CONCEJO MATERNAL

Ven para acá, me dijo dulcemente
mi madre cierto día,
(aún me parece que escucho en el ambiente
de su voz la celeste melodía).

Ven y dime qué causas tan extrañas
te arrancan esa lágrima, hijo mío,
que cuelga de tus trémulas pestañas
como gota cuajada de rocío.

Tú tienes una pena y me la ocultas:
¿no sabes que la madre más sencilla
sabe leer en el alma de sus hijos
como tú en la cartilla?

¿Quieres que te adivine lo que sientes?
Ven para acá, pilluelo,
que con un par de besos en la frente
disiparé las nubes de tu cielo.

Yo prorrumpí a llorar. Nada, le dije,
la causa de mis lágrimas ignoro;
pero de vez en cuando se me oprime
el corazón, y lloro.

Ella inclinó la frente pensativa,
se turbó su pupila,
y enjugando sus ojos y los míos,
me dijo más tranquila:

Llama siempre a tu madre cuando sufras
que vendrá muerta o viva:
si está en el mundo a compartir tus penas,
y si no, a consolarte desde arriba.

Y lo hago así cuando la suerte ruda
como hoy perturba de mi hogar la calma,
invoco el nombre de mi madre amada,
¡y entonces siento que se ensancha mi alma!


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Hoy te recomendamos leer a WISLAWA SZYMBORSKA.
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miércoles, 24 de mayo de 2017

martes, 23 de mayo de 2017

MANUEL MUJICA LAINEZ (Buenos Aires, 1910-1984)

 
EL HAMBRE
(1536)

Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes.
Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos.
Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el “Ave María” heráldico del fundador.
El enfermo se retuerce como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario de madera, se aferra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastrar el pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes, de los que condujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo. Y si no hubiera llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas, nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade el aposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos.
¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y partirán hacia la comarca del metal y de las perlas? Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y su mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de Santillana finge a su extravío una fruta roja y verde.
Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se torna entonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es un odio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores obra como un estímulo violento. En Morón de la Frontera detestaba al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó! España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de la Plata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las cámaras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores por temor y por envidia. ¡Ah, cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y sus aires! ¡Como si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan cuando pretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentira, mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse?
El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay… no lo hay… Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay. No hay más que ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarse en dos y tiritar en un rincón de la tienda.
El viento esparce el hedor de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces…
Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose.
Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entre las matas, hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas… Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más…
Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche de nuestro señor Carlos V; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria.
Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia a todos han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi fuerzas, comprueba que el caballero de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruz blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo, y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de pieles de nutria que le envanece tanto. A este Bernardo Centurión le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro galeras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos. Sabe también que el gran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él la gracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engreimiento? De verle, cuando venía a bordo de la nao, hubieran podido pensar que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene un modo de volver la cabeza morena, casi africana, y de hacer relampaguear los aros de oro sobre el cuello de pieles, que a Baitos le obliga a apretar los dientes y los puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doria! ¿Y qué? ¿Será él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos y de dos piernas y de cuanto es menester…
Conversan los señores en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuando las mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encaje del mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutrias se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos. Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos del viento.
El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala.
Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Había callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de oraciones.
Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación… Si el genovés se fuera de una vez por todas… de una vez por todas… ¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Un salto y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él, exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad…
No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorralado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae encima y siente, sobre la cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto al cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar con un brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, en saciarse. Solo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse. El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más.

De: “Misteriosa Buenos Aires”


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lunes, 22 de mayo de 2017

ALEJANDRA MENDEZ BUJONOK (Santa Fe, San Cristobal, 1979)

CONTRAPUNTO

Para cubrirme del desamparo virtuosista
de la fantasía en un lunes con luz tenue,
luz ínfima de pared cualquiera del mundo,
de la vergüenza cromática en la fuga
no vista ni aceptada,
creo el contrapunto
que es ese fino oficio en el origen.
Como un triste dios pequeño
a tientas sufro
practicando mi libertad.


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domingo, 21 de mayo de 2017

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FERNANDO SÁCHEZ CLELO (México, Puebla, 1974)


INVENTARIO

Al tragarse los somníferos, sólo recordó los cinchazos de su padre, las nalgadas de su madre, los puñetazos de su hermano, las cachetadas de su esposo, las patadas de su amante y los palos de su hijo mayor. Pero al final, no alcanzó la muerte: el paramédico la hizo reaccionar a bofetadas.


sábado, 20 de mayo de 2017

MARÍA INÉS FALCONI (Buenos Aires, 1954)

 
UN E-MAIL PARA LA ABUELA

La abuela Teresa tenía una hermana que se había ido a vivir a España. Aunque era su tía abuela, Romina la llamaba “la abuela Conce”, porque, según decía, tenía más cara de abuela, que de tía.

Todos los viernes, la abuela Teresa recibía una carta de la abuela
Conce en un sobre chiquito y medio transparente, con una franja cruzada que decía “Vía Aérea” y montones de estampillas raras.

La abuela le contestaba, y el lunes, aunque estuviera diluviando, salía para el correo, con otro sobre que también decía “Vía Aérea”.

Una semana, el cartero no vino, y tampoco vino la siguiente. La abuela estaba preocupadísima. Primero, protestó contra el cartero; después contra el correo; y finalmente, contra el gobierno argentino, el rey de España y el servicio meteorológico. Finalmente se convenció de que algo malo tenía que haber pasado y llamó a su hermana por teléfono.

– ¡Pero Teresa! ¡Sí que te contesté! –le dijo la abuela Conce–. Te mandé como diez cartas.

–Entonces se perdieron en el correo –protestó la abuela Teresa.

–Pero no, mujer. ¡Qué correo ni correo! Te las mandé por “emilio”.

– ¿Emilio? ¿Quién es Emilio? Yo no conozco a ningún Emilio... –se enojó la abuela.

–Emilio le dicen aquí. Vosotros lo llamáis “e-mail”, según creo –le explicó la hermana, que ya se había acostumbrado a hablar a lo español–. Se las mandé a tu hijo Jorge a la oficina.

–No te entiendo, Conce. ¿Me las mandaste por Jorge o por Emilio?

–Por computadora, Teresa. ¡Qué desactualizada estás! Anotá mi dirección, así me contestás.

La abuela Teresa le contó a Romina la conversación con su hermana.

–No sé... Me hizo un lío –dijo–. Que me mandó cartas por Emilio, después por Jorge, tu papá, pero nunca me llegaron. Dice que las mandó por computadora.

–Sí, abuela. Vía Internet.

–No, no, no. Nosotras siempre las mandamos “vía aérea”. ¿Vía qué, decís?

–Internet, abuela. ¿Te dio la dirección?

La abuela le acercó un papelito donde había anotado:
Concepción Nuñez Arroba Jotmeil Punto Com.

–No sé porqué se pone tantos apellidos esta mujer –dijo–. ¿De dónde sacó que ahora se llama Arroba? Capaz que es algún vecino.

Romina se rió.

–Así son las direcciones de e-mail, abuela. Si querés, mañana le contestamos.

Esa noche, el papá de Romina llegó de la oficina con el pilón de cartas que había mandado la abuela Conce.

– ¡¿Pero se puede saber porqué no me las trajiste antes?! ¿No escuchaste que estaba preocupada? –lo retó la abuela Teresa, que siempre pensaba que su hijo seguía teniendo diez años.

–Te escuché, mamá, pero estuvimos una semana sin sistema.

– ¿Sistema para qué?

–Se nos rompió la computadora, mamá. Eso.

– ¿Ves? Tanta tecnología y al final, las computadoras andan peor que el correo.

Al día siguiente, cuando Romina llegó de la escuela, su abuela la estaba esperando para mandar la carta. Mientras ella prendía la computadora, la abuela corrió a su cuarto y volvió con un sobre cerrado que decía: Concepción Nuñez Arroba Jotmeil Punto Com.

– ¿Por dónde se echa? –preguntó, rodeando la compu para encontrar una ranura como la del buzón.

–No, abuela. Así no sirve. Tenés que escribirla en el teclado.

–Pero yo no sé escribir a máquina –dijo la abuela desilusionada.

–No te preocupes, abu. Vos me dictás y yo la escribo. Vas a ver qué rápido que es.

La abuela se sentó en el sillón y le dictó una carta de... ¡cinco páginas! A Romina le dolían los dedos de tanto escribir. Para colmo, la abuela corrigió, uno por uno, todos los acentos, las faltas de ortografía y hasta los punto y aparte.

–Listo –dijo Romina cuando la carta estuvo aprobada–. En menos de cinco minutos la recibe.

La abuela pasó de abrir la boca, asombrada, a caer en el sillón, desilusionada, porque creyó que al enviarla, todo lo que estaba escrito en la pantalla, se había borrado para siempre.

Al día siguiente Romina encontró a su abuela sentada frente a la computadora apagada, esperando que la carta saliera por algún lado.

–No sale un papel –le explicó otra vez–. Las cartas aparecen en la pantalla.

Romina entró en su correo y efectivamente, había una respuesta de su tía abuela, pero... ¡el e-mail tenía un virus!

–La abuela Conce contestó –dijo–, pero no lo puedo leer.

–Yo te dije que las letras se borraban –contestó la abuela.

–No se borraron, abu. Es que el mensaje de la abuela Conce tiene un virus.

– ¡¿Se enfermó?! ¿Ves?... Por eso no había escrito.

–No, abu, la que tiene un virus es la computadora.

– ¡¿Y es contagioso?! –casi gritó la abuela, alarmada–. Tené cuidado, nena, no la toques.

Romina intentó explicarle a su abuela cómo funcionaba Internet, cómo eran los virus y cómo llegaban los e-mail. Inútil. La abuela no entendía nada.

–Mirá, querida –dijo finalmente la abuela Teresa–, la computación será muy útil, pero yo no la necesito para nada. Puedo seguir mandando mis cartas por correo, como siempre.

–Pero, abuela ¡te tenés que modernizar!

– ¡Eso sí que me gustaría! Me tendría que modernizar un poco las canas; los huesos también, porque me duelen; las arrugas de la cara... ¡qué de cosas!

La abuela se reía divertida, con esa risa contagiosa que a Romina le gustaba tanto.

– ¿Sabés qué? –dijo de repente–. No voy a mandar ninguna carta por computadora. ¡Hace tantos años que escribo en el papel, que al final, me gusta, qué tanto! Se va como un pedazo mío adentro del sobre. Si estoy triste, la letra me sale de una manera, si estoy contenta, me sale de otra, y seguro que Conce se da cuenta de eso.
Dejá, querida. Voy a seguir usando el correo. Además, el muchacho ya me conoce y no me hace hacer la cola.
Cerró el sobre “vía aérea” y se fue para el correo. De pasada, cuando volvía, se anotó en un curso de computación.


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viernes, 19 de mayo de 2017

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Hoy te recomendamos leer a TONI MORRISON.
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JOSÉ MANUEL DORREGO SÁENZ (España, Madrid, 1967)

CABOS SUELTOS

El traje era auténtico, la sangre de verdad, el orificio de entrada en paralelo al de salida, el arma una 9 milímetros, los testigos rigurosamente elegidos, el juez, de amplia reputación pero sobornable (empleando ciertas sutilezas administrativas, se entiende), las coartadas intachables y la ejecución limpia y casi aséptica. Lástima lo de la víctima, errada: un tipo desconocido que pasaba a la hora menos indicada por allí: siempre hay un cabo suelto que te lleva al traste el crimen perfecto.

jueves, 18 de mayo de 2017

MARISA MARTÍNEZ PÉRSICO (Buenos Aires, 1978)


PASATIEMPO

Un lunar a la izquierda de mi ombligo
está jugando solo
en una plaza sin nombre
que recuerda tus manos.


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miércoles, 17 de mayo de 2017

JUAN ARABIA (Buenos Aires, 1983)

ABRACADABRA

Voy a empeñar mi corazón
hasta que sea pájaro y caigan de él
nuevas estrellas para el mundo.
Porque todavía viajo
—soy un extraño—
y en las ciudades los puentes
enmudecen y me lastiman.
Voy a protegerme de las atrocidades
y de las injusticias
hasta que el atardecer sea rosado
y cicatrice.


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martes, 16 de mayo de 2017

NATALIA LITVINOVA (Bielorrusia, Gómel, 1986)

 
VERSIÓN DE UNA TARDE

De niña corría tras las ardillas,
quería atrapar alguna,
forzarle la boca
para conocer su aliento
a nuez roída en la penumbra.
Ayer forcé tus labios,
fue la mejor versión de una tarde:
me deslicé por tu casa,
lenta como polvo viejo
y libre como polvo nuevo.
Te apunté con los dedos
a la cabeza y dije
que si no te entregabas
te revelaría mis secretos.
La luz atravesó la ventana
como una espada
y bailé con los senos
pegados a tu camisa.
Tantos años de orinar
a la intemperie,
si me vieras, amor,
sobre las ortigas.

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Hoy te recomendamos leer a PHILIP ROTH.
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lunes, 15 de mayo de 2017

JOSÉ MARÍA MERINO (España, La Coruña, 1941)

 
LA TORMENTA EN EL VASO

Esta noche me despertó el retumbar amortiguado de un trueno. Imaginé que había una tormenta en los alrededores, pero un resplandor súbito, cercanísimo, acompañado de otro trueno de la misma intensidad, me hizo descubrir que la tormenta estaba a mi lado, sobre el vaso de agua que mantengo por las noches en la mesita. Los relámpagos y los truenos se sucedieron, y pude advertir claramente que coronaba el vaso una pequeña pero densa nube. Mi mujer continuaba durmiendo tranquilamente. Uno de los de los rayos descargó sobre mi reloj de pulsera, que se ha parado, acaso para siempre. Yo sentía mucho temor. Cuando la tormenta terminó, el nivel del agua en el vaso había subido por lo menos tres centímetros. Me he llevado el vaso a la cocina y me he prometido no volver a tener agua en la mesita nunca más.

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Hoy te recomendamos leer a ALEJANDRA COSTAMAGNA.
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domingo, 14 de mayo de 2017

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Hoy te recomendamos leer a UMBERTO  ECO.
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CAROLINA CISNEROS PINEDO (Perú, Lima, 1978)

 

ENCUENTRO DEL TERCER TIPO


Eran las doce. Caminaba por el centro de Lima. No recuerdo el día, pero sí que el sol quemaba. Vi aparecer a un loco, estaba vestido como si fuera un astronauta. Tenía una lata de cerveza en la mano. Tomó un sorbo y me ofreció un poco. No sabía si correr o aceptar. Mi mayor temor era contraer algún germen. Se me ocurrió ingresar al bar Queirolo y pedir un vaso descartable. Cuando regresé a la misma esquina, el loco ya no estaba. Me senté en la acera, algo triste. Eran mis últimos días en Lima y no tenía con quién brindar. La mente se me llenó de gratos recuerdos. Siempre, en el Queirolo, me encontraba con amigos para beber. Siempre caía alguien como un muerto, sea la hora que sea. Ahora me encontraba sol. De pronto, el loco volvió y se sentó a mi costado. Acerqué mi vaso y vertió un poco de cerveza. Hicimos un brindis y quedamos perdidos en nuestros pensamientos, mirando la nada.


De: “Borrando Fronteras. Antología Trinacional de Microficciones Argentina – Chile – Perú” (2014)


sábado, 13 de mayo de 2017

RUBÉN ABELLA (España, Valladolid, 1967)


ELECTRA
Hilaria levanta los ojos de la labor y observa risueña cómo Abigail, su nieta de seis años, se entretiene recortando una revista.

-Y dime, vida mía, ¿tú qué quieres ser de mayor?- le pregunta.

Abigaíl aplica pegamento al reverso de una modelo en bikini y aplasta el recorte contra un folio en blanco.

-Yo de mayor quiero ser mamá- responde, sin ningún asomo de duda.

Enternecida, Hilaria retoma la labor.

Al cabo de un rato, vuelve a levantar la vista.

-¿Y cuántos hijos vas a tener, cielo?

Abigaíl termina de recortar un adonis con chaqué y lo fija junto a la modelo en bikini.

-A mí los hijos me traen sin cuidado -contesta en un tono didáctico como si ella fuese la abuela, y la abuela una niña-. Yo lo que quiero es dormir con papá.


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Hoy te recomendamos leer a NÉLIDA PIÑÓN.
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viernes, 12 de mayo de 2017

GABRIELA AGUILERA (Chile, Santiago de Chile, 1960)

 
TRÁNSITOS

Aseguró ser un buen conductor. Lo desafié esa noche a recorrer mis caminos con su lengua. Lo hizo, deteniéndose el tiempo justo en cada una de las paradas obligatorias inscritas en los lunares rojos que tapizan mi piel. Respetuoso de las leyes, no pasó por alto ninguno de ellos.
No sabía que viajaba siguiendo las señales de un mapa que lo conducían a estrellarse de cabeza entre mis piernas.

De:”69. Antología de Microrrelatos Eróticos”. Tomo II. Compilación de Carolina Cisneros. (2016)

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Hoy te recomendamos leer a ELÍAS CANETTI.
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jueves, 11 de mayo de 2017

JULIO CORTÁZAR (1914-1984)


LUCAS, SUS LUCHAS CON LA HIDRA

Ser una hidra es fácil pero matarla no, porque si bien hay que matar a la hidra cortándole sus numerosas cabezas (de siete a nueve según los autores o bestiarios consultables), es preciso dejarle por lo menos una, puesto que la hidra es el mismo Lucas y lo que él quisiera es salir de la hidra pero quedarse en Lucas, pasar de lo poli a lo unicéfalo. Ahí te quiero ver, dice Lucas envidiándolo a Heracles que nunca tuvo tales problemas con la hidra y que después de entrarle a mandoble limpio la dejó como una vistosa fuente de la que brotaban siete o nueve juegos de sangre. Una cosa es matar a la hidra y otra ser esa hidra que alguna vez fue solamente Lucas y quisiera volver a serlo. Por ejemplo, le das un tajo en la cabeza que colecciona discos, y le das otro en la que invariablemente pone la pipa del lado izquierdo del escritorio y el vaso con los lápices de fieltro a la derecha y un poco atrás. Se trata ahora de apreciar los resultados.
Ahora que se va poniendo viejo se da cuenta de que no es fácil matarla.
Hm, algo se ha conseguido, dos cabezas menos ponen un tanto en crisis a las restantes, que agitadamente piensan y piensan frente al luctuoso fato. O sea: por un rato al menos deja de ser obsesiva esa necesidad urgente de completar la serie de los madrigales de Gesualdo, príncipe de Venosa (a Lucas le faltan dos discos de la serie, parece que están agotados y que no se reeditarán, y eso le estropea la presencia de los otros discos. Muera de limpio tajo la cabeza que así piensa y desea y carcome). Además es inquietantemente novedoso que al ir a tomar la pipa se descubra que no está en su sitio. Aprovechemos esta voluntad de desorden y tajo ahí nomás a esa cabeza amiga del encierro, del sillón de lectura al lado de la lámpara, del scotch a las seis y media con dos cubitos y poca soda, de los libros y revistas apilados por orden de prioridad.
Pero es muy difícil matar a la hidra y volver a Lucas, él lo siente ya en mitad de la cruenta batalla. Para empezar la está describiendo en una hoja de papel que sacó del segundo cajón de la derecha del escritorio, cuando en realidad hay papel a la vista y por todos lados, pero no señor, el ritual es ése y no hablemos de la lámpara extensible italiana cuatro posiciones cien vatios colocada cual grúa sobre obra en construcción y delicadísimamente equilibrada para que el haz de luz etcétera. Tajo fulgurante a esa cabeza escriba egipcio sentado. Una menos, uf. Lucas está acercándose a sí mismo, la cosa empieza a pintar bien. Nunca llegará a saber cuántas cabezas le falta cortar porque suena el teléfono y es Claudine que habla de ir co-rrien-do al cine donde pasan una de Woody Allen. Por lo visto Lucas no ha cortado las cabezas en el orden ontológico que correspondía puesto que su primera reacción es no, de ninguna manera, Claudine hierve como un cangrejito del otro lado, Woody Allen Woody Allen, y Lucas nena, no me apurés si me querés sacar bueno, vos te pensas que yo puedo bajarme de esta pugna chorreante de plasma y factor Rhesus solamente porque a vos te da el Woody Woody, comprendé que hay valores y valores. Cuando del otro lado dejan caer el Annapurna en forma de receptor en la horquilla, Lucas comprende que le hubiera convenido matar primero la cabeza que ordena, acata y jerarquiza el tiempo, tal vez así todo se hubiera aflojado de golpe y entonces pipa Claudine lápices de fieltro Gesualdo en secuencias diferentes, y Woody Allen, claro. Ya es tarde, ya no Claudine, ya ni siquiera palabras para seguir contando la batalla puesto que no hay batalla, qué cabeza cortar si siempre quedará otra más autoritaria, es hora de contestar la correspondencia atrasada, dentro de diez minutos el scotch con sus hielitos y su sodita, es tan claro que le han vuelto a crecer, que no le sirvió de nada cortarlas. En el espejo del baño Lucas ve la hidra completa con sus bocas de brillantes sonrisas, todos los dientes afuera. Siete cabezas, una por cada década; para peor, la sospecha de que todavía pueden crecerle dos para conformar a ciertas autoridades en materia hídrica, eso siempre que haya salud.


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Hoy te recomendamos leer a MARINA COLASANTI.
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miércoles, 10 de mayo de 2017

ALEJANDRA LAURENCICH (Buenos Aires, 1963)


EL SECRETO

La  puerta del colectivo se abrió. Elena, desde su asiento, observó a la gente que se trepaba al estribo.
—¿Dónde los pensará meter este tipo? —le preguntó a su hija que estaba sentada del lado de la ventanilla.
Jesi movía la cabeza de pelo negro y mechas azules, absorta en la música que salía del walkman. Elena suspiró y fijó la mirada más allá del vidrio, en algún punto perdido de la calle.
—¿Piensa que lleva ganado, chofer? —se escuchó. La voz chillona convocó la atención de Elena que se había puesto a pensar en el dinero que Jesi gastaba en casetes. Alzó la vista y en ese instante vio subir a una embarazada. Hundió el codo en la cintura de su hija.
—Jesi, levántate.
Jesi tiró del cable del walkman y los auriculares saltaron de las orejas.
—¿Qué pasa?
Elena señaló con la cabeza a la embarazada. —Dale el asiento a la señora.
Jesi miró a Elena con los ojos muy abiertos. —¿Estás loca, ma? ¿Con esta pollera me voy a meter en ese quilombo de gente?
Elena consideró la diferencia entre sus discretos pantalones pinzados y la minifalda de Jesi. Resignada, se tomó del pasamanos para levantarse.
—Siempre una excusa a mano, ¿no? —deslizó.
—Es la verdad, ma —retrucó Jesi, y en un tono cómplice y simpático agregó—: A las viejas no les hacen nada.
Elena miró a Jesi. La vio ponerse los auriculares en las orejas. Desentendida de lo que había dicho ahora dirigía su mirada por la ventanilla hacia afuera.
Elena miró hacia adelante. Vio a la embarazada tratando de sujetarse de un pasamanos. Le hizo señas para que se acercara. Mientras intentaba hacerse un lugar entre el gentío, maldijo todas esas teorías que condenaban el impulso de estampar una soberbia cachetada en la mejilla bronceada de Jesi.
—Gracias —dijo la embarazada.
—Por nada —contestó Elena con una sonrisa que disimulaba la incomodidad de verse aplastada por el avance de un vientre ochomesino. La embarazada tomó posesión de su asiento con un bufido. Jesi ni se inmutó. Elena intentó separar un poco los pies para hacer equilibrio en las frenadas.
—Flor de malcriada —dijo una mujer a su izquierda.
Elena reconoció la voz chillona que había escuchado antes y se hizo la sorda. Lo único que me falta es que me cuestionen la educación que le doy a mi hija, pensó. Y clavó una mirada de odio en Jesi. Desde esa perspectiva aérea los pechos de su hija se veían más juntos y abultados. Se preguntó cuándo había desarrollado semejante cuerpo. Con razón se la disputan esos imberbes, pensó recordando los obstinados llamados telefónicos de dos compañeros de secundaria de Jesi. Se creía toda una diosa. Lo que necesitaba esa chica era que la ubicaran en su lugar. Después de todo sólo tenía catorce años. Ella también había sido linda a su edad, y no sólo linda. Por sobre todo había sido rebelde. Pensaba. Y pensaba bastante. Sin embargo, se bancaba los cachetazos sin chistar. Y no estaba hablando de otro siglo. De los sesenta a los noventa no habían pasado ni. Se interrumpió alarmada: ¿Treinta años? ¿Era posible que hubieran pasado treinta años desde sus catorce? Recordó la piel arrugada de Jagger en el último recital que había visto por la tele hacía un mes. Se sintió mal. ¿Era el calor, el olor ofensivo de la gente que la apretujaba, o estaba a punto de desmayarse? ¿Cuántos años tenía Jagger ahora? Mientras frenaba con su sandalia el avance del pie de la persona que tenía a su izquierda (la de la voz chillona, seguro), intentó hacer cuentas. Jagger tendría unos veinte años cuando salió besando el micrófono en el póster que había traído la revista Pelo. Se vio a sí misma clavando el póster con chinches en la madera lustrada del placard recién comprado. Keith Richards con sus pantalones de terciopelo ajustados. Adoraba los frunces que se le hacían en la ingle. Pero nada como la bocaza de Jagger. Qué época gloriosa. Píntalo de negro a todo volumen en el combinado y la puerta de su cuarto que se abre. La madre agarrándose la cabeza frente al placard. Gesticulando como una loca. Pobre vieja. Una mano pesada como ésa era la que Jesi necesitaba sentir en la mejilla. ¿Pero treinta años habían pasado? Una presión fuerte en su espalda interrumpió sus pensamientos. O se corría un poco hacia el costado para hacerle lugar a ese cuerpo prepotente que parecía pedir espacio, o se aplastaba contra la embarazada. Decidió apretarse contra la mujer de la izquierda. No tuvo más remedio que mirarla. Lo primero que vio fue el bigotito transpirado y atravesado por surcos. La mujer era mayor que ella y la miraba con un gesto poco amable. Elena no quiso pensar en cuánto mayor que ella era realmente. Treinta años seguro que no. Mientras se convencía de que entonces habían pasado treinta años desde sus catorce y aquel campamento en Gesell, se apretó más contra la mujer para lograr que su espalda se viera libre de tanta presión.
—Disculpe —dijo—. Me están apretando—Se tendría que haber levantado la mocosa —dijo la señora.
Elena trató de sonreír para restarle dramatismo a la escena, pero adivinó en su cara la mueca de disculpa. Vergüenza le pareció más exacto. Intentó rescatar el orgullo de haber dormido bajo los pinos de Gesell. Catorce años, qué valentía. Miró hacia atrás, ya con coraje y dispuesta a reclamar por su mínimo espacio.
Un muchacho de pelo largo teñido de rubio le sonrió. Tremendos ojos tenés, pensó Elena.
—Me estás empujando —le dijo y notó que su voz había perdido todo rastro de reclamo. Había sonado dulce, casi íntima.
—Perdoname. A mí también me empujan. Elena le dio la espalda. Estaba aturdida. El chico la había tuteado. Perdoname había dicho. Qué voz suave había salido de esa boca entreabierta. Morocho de ojos color miel. Teñido de rubio. Perdoname. Los labios del morocho volvieron a su memoria produciéndole un estado de excitación. Cerró los ojos. Un insistente codo empujando en su cadera izquierda la hizo volver a la realidad. Miró a la vieja. Ahora se daba cuenta de que realmente había diferencia entre ella y la mujer que la miraba inquisidora.
 —¿La está molestando? —¿Quién? —preguntó Elena. —El de atrás.
Elena sacudió la cabeza, burlona. —No. —Miró de reojo por sobre el hombro. El chico le guiñó un ojo. Qué seductor, por Dios. Volvió a sonreírle rápido a la vieja. Estaba ruborizada y no era el calor. Un segundo después sintió que algo se había apoyado suavemente contra su pantalón como tanteando la respuesta. No pudo esquivarlo. O no quiso. Sofocada miró a Jesi. Qué inocente le parecía ahora con su movimiento de cabeza, ajena a la realidad. Pensó con delicia en un hipotético, imposible diálogo que se producía apenas bajaban del colectivo: Jesi —una Jesi descolocada y boquiabierta— escuchando sin poder creer todo lo que le contaba: Así que a las viejas no les hacen nada, le decía ella. Pero no. Lo mejor del asunto estaba en que era secreto. Los pinos de esta villa cubrirán para siempre nuestro secreto, había escrito en Gesell su primer amor. Cuarenta y pico y seguís en carrera Elenita, se dijo orgullosa mientras con un leve movimiento hacia atrás provocaba una mayor presión contra sus glúteos. Le pareció sentir el aliento cálido del chico sobre su cuello. Estaba suspirando. Se le endurecieron los pezones. Observó una mirada molesta proveniente de la izquierda. La vieja se estaría dando cuenta de lo que ocurría. Eso le pasaba por metida. La embarazada comenzó a abanicarse con la mano. Elena transpiraba pero estaba segura de que la causa no era sólo el calor. Pensó que si se desmayaba caería en brazos del chico. Un movimiento de Jesi la puso en guardia. Estaba dando vuelta el casete. La vio acomodar el volumen y mirarla. Qué quería con esa expresión de cejas alzadas y cara seria. Jesi movió la cabeza como diciendo ¿todo bien? Elena se preguntó si su cara mostraría la plenitud de esos domingos, cuando después de un recuperado contacto amoroso, se miraba desnuda en el espejo del baño. Sonrió, en un intento de mostrarse presente, tranquilizadora. Jesi volvió a mirar por la ventanilla. Elena, a concentrarse en lo que pasaba a su espalda. ¿Era posible que un chico se estuviera excitando con ella de esa manera? Sólo quedaba disimular el placer, los movimientos de aproximación. Jamás, jamás le contaría a Jesi lo que le hacen a una vieja. Alzó ambos brazos para tomarse del pasamanos del techo y juntó las muñecas en una actitud de entrega destinada a él, cerró los ojos y escuchó la voz de Jagger en Azúcar marrón…
Cuando oyó los insultos desde el fondo del colectivo abrió los ojos. La presión contra su cuerpo había desaparecido y el codazo de la vieja pareció clavársele en las costillas. Una confusión de murmullos envolvió a Elena. Miró hacia la puerta. Lo vio bajarse del colectivo.
—Fíjese en la cartera, señora —le estaba diciendo la vieja.
—Tiene el cierre abierto —le señaló la embarazada.
Elena hundió apenas la mano en su bolso. Le faltaba la billetera.
La voz chillona sonó estridente y satisfecha: —¿Vio? ¿Qué le decía yo? Se aprovechan…
Elena miró a la vieja. Cerró suavemente el cierre. —¿Se aprovechan de qué? —dijo con voz firme—.
A mí no me falta nada
 
De: "Lo que dicen cuando callan”

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Hoy te recomendamos leer a JOHN DOS PASSOS.
Recorrer su obra te dará placer.

martes, 9 de mayo de 2017

ALDO PELLEGRINI (Santa Fe, Rosario, 1903-Buenos Aires, 1973)


 
TODO TE NOMBRA

Las trayectorias opuestas se encuentran se 
abren los muslos temerosos 
el amor arranca sus raíces del sueño 
una nube se cierne sobre el párpado 
el gran señor de la mañana dormita 

La noche atraviesa el puente el carruaje 
extraviado de los que despiertan se detiene 
en el punto donde se acumulan los murmullos 
un árbol de frío eleva su voz colérica 
la mirada de la angustia despliega sus reflejos 
todo te nombra 

La inmovilidad del río el barquero espera 
las luces acuden en socorro de la fiesta del corazón 
el deseo de la mujer es un grito el coro 
de las damas elegantes en la nebulosa de la dádiva 
se consume el temor rueda 
la despiadada cadena de los visitantes lentamente 
se purifica la esclavitud los nervios abiertos 
recogen las intenciones extrañas el hábito 
del perseguidor la aparición 
de un vago suicidio en la mañana de los lamentos 
el definitivo 
exterminio de los sollozos la estrella torturadora y 
el mago de la alta sombra 
portador de la palabra lacerante 
te nombra.

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Hoy te recomendamos leer a MARGARET ATWOOD.
Recorrer su obra te dará placer.

lunes, 8 de mayo de 2017

MARÍA CRISTINA RAMOS (Mendoza, San Rafael, 1952)


LOS CISNES

-¡Tan lindo que estaba el sol!- dijo el cangrejo, mirando las nubes. Avanzaban juntas como un grupo de amigas. Una traía ovillos de agua de un lago lejano, otra había guardado espumas invisibles del mar y la tercera, las palabras que los chicos dicen a orillas de los canales.
Una bandada de cisnes de cuello negro venía viajando hacia el Este, desde la Cordillera del Viento. Elegían las corrientes que se estiran en el cielo como ríos de aire. Iban en una fila extensa para acompañarse y para decidir, entre todos, cuál sería el mejor lugar para anidar. Se detuvieron apenas en una inmensa aguada que la lluvia había dejado junto a un monte de jarillas. Bebieron y siguieron viaje.
Las nubes se extendían flotando en la brisa de la altura y habían vuelto gris el paisaje que antes brillaba al sol. Si el viento seguía templado podrían continuar viaje, pero ellas sabían que, en cualquier momento, un golpe de aire frío podría convertirlas en lluvia.
-¡Suerte que se nubló! – dijo un cazador furtivo -. Son mejores los días grises, porque se puede apuntar mejor y dar en el blanco -. Y salió, silbando, con su rifle a la espalda. 
El cangrejo juntó palitos y cerró la entrada de su casa de arena. Luego construyó una terraza para estar a salvo por si la lluvia entraba. También les avisó a sus vecinas las arañas de agua que, en caso de tormenta, tejen unas telas para envolverse y evitar que los coletazos del viento se las lleven.
Cuando los cisnes atravesaron el bosque sonaron algunos disparos. Las aves sintieron en el plumón del pecho el recuerdo de los hermanos que habían caído el año anterior. Entonces, modificaron el rumbo. Esta vez, nadie cayó, pero sólo volvieron a estar tranquilos cuando entraron a un paisaje de bardas, donde sólo había guanacos y algún piño de cabras buscando pastitos tiernos para comer.
Finalmente, cuando vieron el río Limay caracoleando rumoroso entre álamos y manzanos florecidos, los cisnes fueron descendiendo. Eligieron una de sus orillas, la que acaricia una solitaria isla con escondites de arbustos. Ése era un buen lugar para hacer el nido. 
-Ya no estaré solo –dijo el cangrejo cuando los vio llegar, otra vez, por sus orillas. Se llevaba bien con los pichones de cisne; le gustaba verlos sumergirse en el agua, se divertía con sus piruetas.
Esa noche, mientras los cisnes se juntaban a descansar en un escondite de ramas, las nubes cayeron en una lluvia mansa. Las arañas de agua soñaron en hamacas de seda; el cangrejo se acostó pensando que en poco tiempo más los días serían más largos y podría pasear por la costanera. Los cisnes cerraron sus ojos y soñaron con los pichones que pronto nacerían. Y serían tan pequeños que aprenderían a nadar en una gota de agua, y a volar en una gota de cielo.


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Hoy te recomendamos leer a YASUNARI KAWABATA.
Recorrer su obra te dará placer.


domingo, 7 de mayo de 2017

DAVID SLODKY (Salta, 1946)


EL INICIO

Expulsados del Paraíso, Adán y Eva celebraban su nacimiento humano con lenguas gozosas, gargantas cobijantes, montañas erguidas, montes enmarañados, excitantes y excitados, encajes rítmicos, jadeantes, jubilosos. Derramando semen mítico y semítico en hendijas y pechos agitados, Adán acoplaba disolutamente su protuberancia totémica en la grieta anhelante de Eva. Exhaustos ya, inauguraron un palíndromo numérico-postural, que proseguiría incesantemente su interminable saga hasta nuestros días, Jehová Dios los miraba, cecijunto.

De: “Antología de Microrrelatos Eróticos” (2016)

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Hoy te recomendamos leer a DORIS LESSING.
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sábado, 6 de mayo de 2017

ILDIKO NASSR (Jujuy, Río Blanco, 1976)


SABORES

He probado la carne humana. Es lo más delicioso. Un sabor ancestral inundó mi ser y aluciné con toda la historia de la humanidad en ese trozo de carne de mujer.
Desde entonces, vivo obsesionado con ese sabor  y  las sensaciones que provoca.
Lamentablemente, pocas mujeres se adentran en la sabana.
Y la carne de hombre sabe a corrupción.

De: “Animales feroces” (2011)

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Hoy te recomendamos leer a ÍTALO CALVINO.
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viernes, 5 de mayo de 2017

ROBERTO ABAD (México, Cuernavaca, 1988)


 
TRUCO DE HIPNOSIS

El hipnotista, frente al público del circo, me ordena que diga palabras sin sentido. Yo obedezco. Me hace bailar de manera ridícula sosteniendo un pandero. Yo obedezco. Me pide que muerda una cebolla como si fuera una manzana y la saboree unos segundos en mi lengua. Yo obedezco. Finalmente, articula una orden irreversible y da un aplauso: abro los ojos. Algo anda mal, pienso, y sonrío con cierto nerviosismo ante la mirada cautiva de la gente. Mi novia está a su lado y me pide que me ponga un anillo de compromiso, luego ella sonríe también pero su gesto, a diferencia del mío, es de felicidad. Lo que es más raro y sospechoso, yo obedezco.

De: “Vamos al circo. Minificción Hispanoamericana” (Antología)


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jueves, 4 de mayo de 2017

ETHEL KISCHINEVZKY (Chile, Valparaíso, 1945)


HISTORIA MATRIMONIAL

Mabel y Raúl viajaban a diario en el pequeño Fiat 600 con sus cabezas juntas y las manos enlazadas. Con el correr de los años las risas de los niños alegraban el interior del Fiat 125, las cabezas de la pareja estaban algo separadas, sus manos se mantenían unidas. Hoy: Raúl maneja, Mabel mira por la ventana. La Pathfinder  es grande para los dos. Sus cabezas están separadas, sus manos también.

De: “Borrando Fronteras” (Antología Trinacional Argentina-Chile-Perú)

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Hoy te recomendamos leer a JOSÉ SARAMAGO.
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miércoles, 3 de mayo de 2017

RICARDO JESÚS MEJÍAS HERNÁNDEZ (Venezuela, Maracay, 1968)


Me vuelvo solar
dimito
no soy  hijo de la nieve.
Si me dieran otra ciudad
si me prestaran otro país
más inocente
no huiría más.

De: “Libro de percances” (2015)

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Hoy te recomendamos leer a MARGUERITE YOURCENAR.
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martes, 2 de mayo de 2017

PIEDAD BONNETT (Colombia, Amalfi, 1951)


PIDO AL DOLOR QUE PERSEVERE

Pido al dolor que persevere.
Que no se rinda al tiempo, que se incruste
como una larva eterna en mi costado

para que de su mano cada día
con tus ojos intactos resucites,
con tu luz y tu pena resucites
dentro de mi.

Para que no te mueras doblemente
pido al dolor que sea mi alimento,
el aire de mi llama, de la lumbre

donde vengas a diario a consolarte
de los fríos paisajes de la muerte.


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Hoy te recomendamos leer a ALBERTO MORAVIA.
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lunes, 1 de mayo de 2017

ROBERTO JUARROZ (Buenos Aires, Coronel Dorrego, 1925-Temperley, 1995)


 
POESÍA VERTICAL 14

He encontrado el lugar justo donde se ponen las manos,
a la vez mayor y menor que ellas mismas.
He encontrado el lugar
donde las manos son todo lo que son
y también algo más.
Pero allí no he encontrado
algo que estaba seguro de encontrar:
otras manos esperando las mías.


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Hoy te recomendamos leer a PEARL S. BUCK.
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