Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

jueves, 30 de junio de 2016

EN JULIO VUELVE EL TEATRO


VACACIONES DE INVIERNO EN FAMILIA


“DULCES HECHIZOS”

Una producción de Grupo LA TARARA con la dirección de María Delia Achetoni
Las entradas pueden adquirirse en la tienda de libros: HABÍA UNA VEZ (Libertador Norte 156 - General Alvear). 
Anticipate que ya hay fechas agotadas.

RAÚL ZURITA (Chile, Santiago de Chile, 1950)


GUÁRDAME EN TÍ
 
Amor mío: guárdame entonces en ti
en los torrentes más secretos
que tus ríos levantan
y cuando ya de nosotros
sólo quede algo como una orilla
tenme también en ti
guárdame en ti como la interrogación
de las aguas que se marchan
Y luego: cuando las grandes aves se
derrumben y las nubes nos indiquen
que la vida se nos fue entre los dedos
guárdame todavía en ti
en la brizna de aire que aún ocupe tu voz
dura y remota
como los cauces glaciares en que la primavera desciende. 


LECTURA SUGERIDA CXXXVIII


“Barranca abajo. En familia. Los  muertos” de Florencio Sánchez
Colección “Teatro”
Losada. Buenos Aires. 2011

miércoles, 29 de junio de 2016

martes, 28 de junio de 2016

LECTURA SUGERIDA CXXXVI


Siete contra Tebas” de Esquilo

Colección Griegos y Latinos”

Introducción, traducción y  notas de Pablo Cavallero

Losada. Buenos Aires. 2010


 

LUR SOTUELA (España, Bilbao, 1978)

 
MAÑANA
 
Las manos de mi madre son pequeñas y suaves, 
blancas y puras como la luz primera del alba. 
Son así desde siempre, como una constante en 
esta ecuación imposible.
Cuando era niño y desconsolado 
me escondía entre sus manos del mundo, 
me hablaba de un feliz mañana,
de un futuro en el que entendería todo:
lo dibujaba hermoso 
con hermosas palabras hechizadas,
y sus dedos de ternura y nieve.
Madre, ahora que ha pasado, 
tanto tiempo desde entonces, 
me pregunto, 
si este terrible hoy era aquel mañana.
 
De “Una isla cualquiera” (2015)


lunes, 27 de junio de 2016

LECTURA SUGERIDA CXXXV


M¨hijo el dotor” de Florencio Sánchez

Colección “Clásicos de Siempre. Joyas del Teatro

Longseller. Buenos Aires. 2011

 

 

CARLOS SERGIO LAGOS (General Alvear, Mendoza, 1922-1993)


SAN PEDRO APÓSTOL
( Oración por San Pedro del Atuel )
 
En la noche del fuego, San Pedro Apóstol,
haz milagro en la tierra de este Carmensa
que ha sufrido, labora de agosto a agosto
y desde tanto tiempo del cielo espera.
 
La noche de tu hoguera, San Pedro Apóstol,
quema toda tristeza y los dolores;
ve preparando uvas para los mostos,
colores inefables para las flores.
 
En tierra de Carmensa, San Pedro Apóstol,
salitral que los hombres chacras hicieron,
junto a ese fuego enorme que alzan los mozos,
convierte en abundancia todo el esfuerzo.
 
Haz que la niña rubia, princesa eslava,
y el muchacho moreno, brote de Cuyo,
puedan unir su sangre en amalgama
de vidas que se empinan ante el futuro.
 
Tú que pintas los soles, San Pedro Apóstol,
a este San Pedro mío del Río Atuel
nunca lo desampares ni dejes solo,
pon el agua en los cauces, calma su sed.
 
Que esta enorme fogata que al cielo sube
y el grito irreverente de los muchachos
sean como oraciones; llueva la nube
sin granizo y las uvas llenen los tachos.
 
Y las heladas de mayo a agosto
y los vientos fecundos traiga septiembre
para que los veranos, San Pedro Apóstol,
sean sin sobresaltos desde noviembre.
 
Y reparte las tierras, la uva el fruto,
antes que el gallo cante la última vez;
que no ande en los caminos la muerte, el luto,
y niños abismados en un POR QUÉ?.
 
La noche de la hoguera, San Pedro Apóstol,
tú que eres milagro y eres la fe,
disipa los rencores y los enconos…
y goce de tus dones San Pedro Atuel.
 
De: “Presente Alvear “ (1973)

domingo, 26 de junio de 2016

LECTURA SUGERIDA CXXXIV


Espantapájaros (al alcance de todos)” de Oliverio Girondo

Colección “Clásicos”

Losada. Buenos Aires. 2008

 

 

MARTÍN GARDELLA (La Plata, Buenos Aires, 1973)


LA DEBILIDAD DEL HÉROE

El niño ve a su padre como un superhéroe, porque él siempre dice que a su lado nada malo le va a suceder. Por las noches, lo sueña en plena lucha a mano limpia contra los malhechores. Mientras, en la habitación contigua, su mamá sufre los golpes.

De “Los chicos crecen” (2015)

sábado, 25 de junio de 2016

LECTURA SUGERIDA CXXXIII

  •  

    Hasta siempre, Mujercitas” de Marcela Serrano

    Planeta. Buenos Aires. 2004

     

     

     

RICARDO ALBERTO BUGARÍN (General Alvear, Mendoza, 1962)


ESTA ES LA VERDAD

Dicen que Caperucita Roja es una oveja disfrazada.
Todo fue urdido por la armoniosa manada para desprestigiar al lobo.
¡Pobres lobos!, animales ahora reducidos al acecho y que solamente sirven para vagar aullando.
Mientras las ovejas, pacíficas y satisfechas, ordenadamente se entretienen en invitarnos al descanso, en dulcificarnos el sueño.

De “Bonsai en compota” (2014)


viernes, 24 de junio de 2016

JOSÉ MARÍA MERINO (España, La Coruña, 1941)

 
GÉNESIS
 
Aquella mañana empezamos a ver las cosas más claras: la complejidad del universo, la evolución de los seres vivos, que sobre un punto de apoyo se podría levantar el mundo, que era la tierra la que giraba alrededor del sol y no al contrario y, sobre todo, intuimos que la existencia es un misterio indescifrable. No habían pasado ni dos horas cuando llegó el guardia con la carta de desahucio: el casero había conseguido echarnos a la calle. Nos vinimos a este lugar tan frío, tuvimos hijos. Del resto saben ustedes mucho más que nosotros. El caso es que aquella mañana, en el desayuno, habíamos compartida una manzana.

LECTURA SUGERIDA CXXXII

 


 

“La tregua” de Mario Benedetti

Alfaguara. Buenos Aires. 1993

 

jueves, 23 de junio de 2016

PAUL VALÉRY (Francia, Sète, 1871-Paris, 1945)


EL CEMENTERIO MARINO
 
Alma mía, no aspires a la vida inmortal,
pero agota el campo de lo posible.
PÍNDARO, Píticas III, ep. 3

ESTE TECHO tranquilo —campo de palomas—

palpita entre los pinos y las tumbas.
El meridiano sol hace de fuego
el mar, el mar que siempre está empezando…
¡Es recompensa para el pensamiento
una larga mirada a la paz de los dioses!
 
¡Qué pura luz en su esplendor consume
tantos diamantes de impalpable espuma
y qué paz entonces se concibe!
Cuando sobre este abismo un sol reposa
—trabajo puro de una eterna causa—
refulge el tiempo y soñar es saber.
 
Firme tesoro y templo de Minerva,
mole grandiosa y visual reserva,
agua siempre encrespada, ojo que ocultas
con un velo de llama tanto sueño.
¡Oh, mi silencio! Edificio del alma
pero cubierto con mil tejas de oro.
 
¡Templo del tiempo que un suspiro asume!
Yo subo a su pureza y acostumbro
mi marina mirada al rodearme.
Como a los dioses en mejor ofrenda
dejo que el agua rutile sembrando
un desdén soberano en las alturas.
 
Como la fruta se deshace en goce
y su ausencia en delicia se convierte
mientras muere su forma en una boca,
mi futura humareda aquí respiro,
y el cielo canta al alma consumida
el cambio de la orilla y del rumor.
 
¡Mírame tan mudable, bello cielo!
Después de tal orgullo y tanto extraño
ocio, pero que guarda su poder,
al espacio brillante me abandono:
en casa de los muertos va mi sombra
que me unce a su leve movimiento.
 
A teas de solsticio el alma expuesta
yo te sostengo, admirable justicia
de la luz, la de armas sin piedad,
yo te vuelvo pura a tu solio primero.
Mírate. Pero… ¡Devolver las luces
supone una mitad de árida sombra!
 
Para mí solo, a mí solo, en mí mismo
cerca de un corazón —fuente del verso—
entre el suceso puro y el vacío
de mi grandeza interna espero el eco:
hosca cisterna amarga en que resuena
siempre en futuro, un hueco sobre el alma.
 
Sabes, falso cautivo del follaje,
golfo devorador de sus débiles rejas,
—secreto deslumbrante a mis sentidos—
el cuerpo que me arrastra a su fin perezoso,
¿qué frente, tierra ósea, aquí me atrae?
Una centella piensa en mis ausentes.
 
Me gusta este lugar —reino de antorchas—
de otros y piedras y árboles umbríos,
ofrecido a la luz, cazo terrestre,
fuego cerrado, sacro y sin materia,
trémulo mármol bajo tantas sombras
donde el mar fiel entre mis tumbas duerme.
 
Mastín magnífico, aparta al idólatra.
Si con sonrisa de pastor y solo
apaciento corderos misteriosos
—el rebaño tranquilo de mis tumbas—,
haz que se ausenten las cautas palomas,
los sueños vanos, los curiosos ángeles.
 
Aquí llegado, el porvenir es lento.
Nítido insecto araña sequedades.
Deshecho todo, el aire lo recibe
sin saber en qué esencia es contenido.
La vida es vasta en su ebriedad de ausencia
y la amargura es dulce, y claro el ánimo.
 
Los muertos están bien bajo la tierra,
que calienta y enjuta su misterio.
Y arriba, sin moverse, el sol exacto
en sí mismo se piensa y se conviene…
Testa cabal y perfecta corona,
en ti soy la mutación secreta.
 
Nada más yo contengo tus temores.
¡Mi contrición, mis dudas, mis aprietos,
son el defecto de tu gran diamante!
De mármoles pesados en su noche,
un pueblo vaga entre raíces de árboles
deseándote a ti que fulges siempre.
 
Allí fundidos a una ausencia espesa,
la roja arcilla se bebió la esencia
y ha pasado a la vida de las flores.
¡Dónde estarán las frases familiares,
el arte personal, las almas únicas?
Donde se forma el llanto larvas hilan.
 
Los gritos de muchachas cosquillosas,
los dientes y los párpados mojados,
el seno encantador que juega al fuego,
sangre que brilla en los labios rendidos,
los últimos dones, manos que los vedan,
¡bajo tierra va todo y entra en juego!
 
¡Y aún esperas un sueño, alma, tan grande,
que no tenga el color de la mentira
como mis ojos son la onda y el oro?
¿Cantarás cuando seas vaporosa?
¡Todo huye! Porosa es mi presencia
y la santa impaciencia también muere.
 
Flaca inmortalidad dorada y negra,
consoladora de triste laurel
que en seno maternal cambias la muerte:
¡bella mentira y astucia piadosa!
¡Quién, sabiéndolo, no huye de ese cráneo
vacío, de esa risa sempiterna!
 
Hondos padres, deshabitadas testas,
que sois la tierra y confundís los pasos
bajo el peso de tantas paletadas,
el roedor, el gusano que aterra
no es para vosotros los durmientes,
¡porque vive de vida y no me deja!
 
¿Será el amor o el odio de mí mismo?
Siento tan cerca su secreto diente
que puede convenirle todo nombre.
¡Qué importa! Mira, quiere, sueña, toca,
gusta mi carne y —si dormido— aún
a su vida mi vida pertenece!
 
¡Zenón, cruel Zenón, Zenón de Elea!
¡Me has traspasado con la flecha alada
que vibra y vuela, pero nunca vuela!
El son me engendra y la flecha me mata.
¡Oh, sol! ¡Qué sombra de tortuga para
el Aquiles del alma, raudo y quieto!
 
¡No, no! ¡De pie! ¡La era sucesiva!
¡Rompa el cuerpo esa forma pensativa!
¡Beba mi seno este nacer del viento!
En la frescura que la noche exhala
mi alma retorna… ¡Salina potencia!
¡Corramos a la onda y revivamos!
 
Sí, mar, gran mar de delirios dotado,
piel de pantera y clámide horadada
por millares de imágenes del sol,
ebria en tu carne azul, hidra absoluta
que te muerdes la cola refulgente
en un tumulto análogo al silencio.
 
El viento llega… ¡Vamos a la vida!
¡Abre y cierra mi libro al aire inmenso,
la ola en polvo salta entre rocas!
¡Volad, páginas mías deslumbradas!
¡Olas, romped con las aguas del júbilo
el techo en paz picado por los foques!

LECTURA SUGERIDA CXXXI


“Nada” de Carmen Laforet

Austral. Barcelona.1995


 

 

 

miércoles, 22 de junio de 2016

LECTURA SUGERIDA CXXX

 

“Novios de antaño” de María Elena Walsh

Sudamericana. Buenos Aires.1990

 

 

ESTHER ANDRADI (Ataliva, Santa Fe)


LA MARMITA

Érase que se era una olla enorme. Recién un largo rato después de arrojar los ingredientes, llegaba desde el interior el eco de los caídos. A fin de remover los aderezos, se usaba una cuchara de madera en forma de balsa, y los más arriesgados solían montarla para sumergirse, protegidos por capas aislantes a fin de degustar el adobo. Entretanto, los acróbatas hacían malabares para dar vuelta la cuchara desde el mango, manteniéndose firmes en la cúpula, emborrachándose con los aromas que emergían de las profundidades. Los prestidigitadores se deslizaban por los parapetos construidos en los bordes, a fin de disfrutar la cocción con toda la familia. Y desde las márgenes arrojaban cebolla, ajo a discreción, berros picados en menudos trocitos, alcaparras, huacatay, macís, chile, enebro y alcaravea. Equilibristas caminaban por la soga que unía la marmita de lado a lado, espolvoreando un poco de comino y cardamomo por acá, otro poco de estragón y orégano silvestre por allá, una buena porción de jenjibre y pimienta en grano, junto a semillas de trigonella y eringes escarchados. Después despojaron a los mariscos de su corsé y arrojaron centollo, langosta y cangrejo al líquido bullente.
Un golpe de viento azaroso apagó el fuego, y el potaje comenzó a entibiarse en su salsa. Aprovechando el momento propicio, se deslizaron por la ubre gigantesca, llegando a bordo de sus cucharas.
Desde entonces están comiendo.

De “Microcósmicas” (2015)


martes, 21 de junio de 2016

LECTURA SUGERIDA CXXIX

 

“Doce cuentos peregrinos” de Gabriel García Márquez

Sudamericana. Buenos Aires.1991


 

MARIAN HERNÁNDEZ (España, Pasai San Pedro, 1959)

MI NOMBRE 
 
Como el ciclón del olvido
-árbol curvo de impotencia-
Como la luz incolora
del silencio.
Como bajamar
sin rumbo conocido,
y las huellas de una vida sin memoria.
Como aleteo
de ave sin patria.
Con ese frenesí,
con urgencia
con esa misma firmeza
ansío buscar
mi nombre inimitable;
sólo me vale a mi
al fin y al cabo.
Y al descubrirlo
consentir que ande
como le venga en gana.


lunes, 20 de junio de 2016

ALEJANDRA LAURENCICH (Buenos Aires, 1963)

LA DECISIÓN 
A Maximiliano Laurencich
 
Sentada en el borde de uno de los sillones de la clínica, tomaba un café y miraba a los dos cirujanos reunidos con su marido. Hacía una media hora que estaban ahí los tres, de pie en el medio de un pasillo, como seguramente habrían estado cuando eran jóvenes, en el hospital donde habían hecho la residencia: guardapolvos abiertos, manos en los bolsillos; pero ahora mesándose los bigotes, echándose hacia atrás el pelo que empezaba a ser canoso, los zapatos lustrados, hablando y hablando. Ella trataba de captar algo de lo que decían, pero las frases se le escapaban. Su cabeza parecía un tanque de agua sucia, cada palabra vertida ahí se contaminaba. Mejor dejar que Arturo llegara con la decisión.
Le hubiera gustado estar el aire libre, fumar un cigarrillo. Trató de imaginarse frente al mar, sentada bajo una sombrilla, mirando la línea del horizonte mientras sus pies jugaban con la arena. Cerró los ojos pero enseguida se le abrieron, como si no pudieran abandonar el alerta. Ellos seguían en esa postura de funcionarios de la ONU. Quizás era el agotamiento de esos cuatro meses lo que le hacía mirarlos con sospecha. Pero su marido había asegurado que eran eminencias. Tu viejo está en buenas manos, quedate tranquila. Entonces por qué ahora él le daba la espalda, como si no quisiera mirarla, ni siquiera de reojo, como la observaban cada tanto los otros dos. Terminó el café y buscó el cesto para tirar el vasito. Se fue a parar contra la puerta de la habitación, se apoyó en el marco, se cruzó de brazos. Arturo se dio vuelta. Ella le hizo señas con la mano. Voy, dijo él, y le volvió a la dar la espalda. Les dijo algo a los médicos que se quedaron allí, esperándolo, y se le acercó.
–¿Qué decidieron? –preguntó ella.
Escuchó el largo monólogo de su marido sin parpadear. Cuando él terminó, se quedaron mirándose en silencio.
–¿Me podés traducir? –dijo ella finalmente, sin reconocer su propia voz.
–Qué querés que te traduzca, si ya entendiste todo.
Lo miraba fijo, esperando.
–Rechazó otra vez la prótesis, ya no hay chance –dijo Arturo–. Lo mejor es amputarle la cadera.
Ella sintió que no iba a poder seguir de pie mucho tiempo más.
Arturo intentó acariciarle el brazo. Pero como si lo hubiera detenido alguna cosa antes de tocarla, señaló a los colegas:
–Voy a terminar de arreglar los detalles de la intervención.
Ella abrió la puerta y entró al baño del cuarto, sin mirar la cama donde, desde hacía 126 noches con sus días, estaba tendido su padre. Lloró, mirándose al espejo, tapándose la boca con las dos manos, como cuando era una nena y se subía a un banquito para ver la tristeza que le deformaba la cara. Cuando sintió que el pecho ya le había quedado vacío, se lavó la cara, se secó y apagó la luz.
Se fue a sentar al lado de la cama, acomodó los pliegues de la sábana, para no ver esos ojos que, intuía, estaban esperándola. Le tomó la mano. La encontró más caliente, transpirada. La infección no cedía. Por un momento creyó que podría decirle la verdad, pedirle que se negara. Pero si no se animaba siquiera a mirarlo a los ojos, cómo podría decirle que a partir de mañana o pasado su cuerpo ya no tendría cadera, que toda la lucha de esos meses había sido inútil, un nuevo infierno se desplegaría lentamente bajo esas baldosas brillantes, arrollándolos en una ola imparable hasta la despedida. Porque qué duda cabía ahora, su padre se iba a morir en una cama. Un final injusto para el hombre que le había enseñado: la vida es movimiento. Se puso a revisar el medidor del colchón neumático, sin soltarle la mano. Y entonces sintió la presión, apenas, con las pocas fuerzas que le quedaban a esa mano huesuda. No tuvo más remedio que enfrentar su mirada.
–Quedate tranquilo, papi. Todo está bien.
Papi. Cuánto hacía que no lo llamaba así. Mientras veía que los ojos de su padre se hundían un poco más bajo los pelos largos de las cejas, quizá para no ver las humillaciones a las que volvería a ser sometido, a ella le cruzó la memoria una imagen de su infancia. Las piernas fuertes de su padre camino a la playa. Los músculos de las pantorrillas, torneados por andar siempre en la bicicleta, la piel dorada y brillante. Tuvo ganas de arrancarle las sondas, levantarlo de ese colchón que lo mantenía flotando, cada vez más ingrávido, menos humano. La imagen volvió a aparecer: su padre llevaba la sombrilla de hierro, descolorida. Iba silbando algún bolero. Su madre al costado, con la sillita de lona y la canasta, conversando de cualquier cosa, a veces riéndose, a veces en silencio. Ella detrás, siguiendo la huella de su padre como si fuera el único camino posible al mar. Escuchaba el ruido de las hebillas de esas sandalias gruesas, cada paso acompañado del sonido metálico que se unía al de las suelas sobre el asfalto caliente. Papi, me pesa la lona. Su padre se reía, sin volverse: Caminá, que te hace bien.
Cerró los ojos para no ver ese hundirse desacompasado de los pulmones que tenía frente a ella, pero no fue mejor lo que vio bajo sus párpados cerrados: una zona vacía sobre esas piernas que alguna vez fueron pilares, subyugante movimiento guiándola hacia el mar. Dos eminencias habían pronunciado el dictamen: su padre no volvería a caminar por ningún asfalto del mundo.
Abrió los ojos, y allí estaba esa mirada, transmitiéndole todo lo que no podía pronunciar. Meses de postración, de infecciones, pinchazos y transfusiones y antibióticos para nada. Ella abrió un poco más los ojos.
–Qué pasa, papito.
Hasta qué grado de imbecilidad llegaría en los modos de disimular, llamándolo como no lo había llamado nunca, como si pudiera en diez minutos nombrarlo de todas las maneras que le hablaran de lo que él le había dado, de los juegos bajo el sol, la mano, seca y fuerte llevándola al murallón, las piernas, siempre tostadas, la paciencia frente a los miedos nocturnos que la despertaban, los deberes en la mesa de la cocina, el paraguas con que la fue a buscar ese día de la lluvia torrencial, cuando salía de inglés. En qué se había convertido ese hombre. Miró hacia el costado, la almohada que ella acomodaba a veces con mucho esfuerzo bajo su nuca, tratando de incorporarlo como a un enfermo normal, sin escuchar el zumbido odioso del mecanismo de la cama. Pero por más que paseara su vista por todos los objetos de la habitación, de las cortinas americanas, de los relojes digitales, los caños cromados y las botellas de agua, sentía el imán de esa mirada que no la abandonaba.
–Sabés que todo va a estar bien, ¿no, papi? Que voy a cuidarte como me cuidabas vos. Animo.
Lo vio parpadear una vez, la cara inclinada hacia el costado donde ella estaba sentada. Y esa mirada. Los ojos negros, ya velados por una especie de tul amarillento, se habían encendido de un modo extraño. Se puso tensa. ¿Era posible que su padre le estuviera pidiendo morir? La mano de ella había empezado a transpirar. Lo vio cerrar los ojos, el gesto de su frente más aliviado ahora, parecía decirle que había comprendido. Ella le apretó la mano, queriendo despabilarlo, preguntarle, pero los párpados siguieron cerrados, como si le diera permiso para agarrar la almohada y ponerla no debajo de la cabeza sino encima. Imaginó por un instante el gesto interrogante de Arturo al entrar. ¿Qué hiciste? Loca estaba, muy loca. Cómo podía siquiera pensar que esa idea estúpida provenía de la mirada de su padre. El agotamiento termina enloqueciendo a los parientes, había dicho la enfermera de la noche. Trató de disimular lo que estaba pasando. Porque era eso lo que estaba pasando, ¿o no? Se le había cruzado la posibilidad de terminar con las atrocidades de una vez por todas, las sondas, la sangre, el olor a podrido de las escaras, la esperanza inventada en los demás. No era la mirada de su padre lo que la atraía ahora sino esa almohada, ubicada contra el fin de la cama inmensa, más allá de esas prominencias que formaban los pies.
Se ordenó calmarse. Respirar hondo y dejar vagar la mente por imágenes bonitas. Volvió a pensar en el balneario de la costa, cuando jugaban a taparse de arena, extendidos sobre la playa. Era tan difícil cubrir los pies de su padre sin que se agrietara la capa de arena alisada sobre los dedos. El esperaba a que terminara de tapar todo y empezaba a mover el dedo gordo. Rascame que me pica, decía, me pica, me pica. Y todo volvía a empezar, los juegos, la risa. Ahora sus pies eran dos lomaditas insignificantes, inmóviles hacía meses.
Miró hacia la copa de los árboles en la calle; afuera se adivinaba una tarde de viernes, soleada y primaveral. ¿Por qué no?, se escuchó pensar. ¿Por qué no? ¿Por qué no soltar la mano y ponerse de pie? Arturo tardaría un tiempo antes de volver a la habitación, lo conocía bien. Comprobó la hora. No era el horario tampoco de ronda de médicos, ni recambio de sábanas ni nada. Un buen momento. ¡Pero un buen momento para qué, Dios!, dijo y soltó la mano de su padre. Se puso de pie. Buscó el celular en la cartera, podría llamar a alguno de sus hijos, preguntarles si habían almorzado ya, si Rosario había rendido bien. Si habían pasado a buscar las sábanas por el lavadero. Marcó el número de la casa, una, dos, tres llamadas. Cortó. Su otra mano estaba tocando la punta de la almohada. ¿Cómo había llegado hasta ahí?
Miró a su padre. La boca un poco ladeada, la frente cubierta de transpiración, los ojos cerrados.
–Papito lindo –dijo, y odió ese tono de miedo infantil, una nena despertándose en medio de la oscuridad. El cuco anda cerca y me quiere llevar. Tenía la almohada apretada entre sus brazos ahora. Su padre no la había escuchado. Avanzó un paso hacia él. Las lágrimas se lo desdibujaban convirtiéndolo en una figura difusa. Otro paso. Le ardían las mejillas. Pensó si sería justo morir un viernes de sol. Alzó un poco la almohada. Cerró los ojos.
–Gracias por todo, papi –dijo, pero tenía los dientes apretados. Tragó saliva y volvió a decir, más fuerte–. Gracias.
Alzó un poco más la almohada. No podía fallar. Abrió los ojos para ser más precisa. Vio dos manchas oscuras, fijas en ella. Su padre la estaba mirando. Escuchó algo, un murmullo que salía de esa boca torcida. Se limpió los mocos contra la almohada.
–¿Qué dijiste?
La voz de su padre fue un silbido: –Cantame.
Se quedó parada, mirándolo. La almohada apretada fuerte contra uno de sus pechos. Escuchó la puerta que se abría a su espalda.
–Yo vendo unos ojos negros –entonó sin volverse y carraspeó para sacarse la ronquera–, quién me los quiere comprar. Los vendo por traicioneros...
–Qué pasa acá –Arturo miraba con asco.
–Rascale ahí, que le pica –ordenó ella, y acomodó la almohada, con suavidad, bajo la nuca de su padre.


LECTURA SUGERIDA CXXVIII


“La familia de Pascual Duarte” de Camilo José Cela
Destino. Barcelona.1989

domingo, 19 de junio de 2016

ROBERTO JUARROZ (Coronel Rodríguez, Buenos Aires 1925-Temperley, Buenos Aires, 1995)


NO TENEMOS UN LENGUAJE PARA LOS FINALES…

No tenemos un lenguaje para los finales, 
para la caída del amor, 
para los concentrados laberintos de la agonía, 
para el amordazado escándalo 
de los hundimientos irrevocables. 
¿Cómo decirle a quien nos abandona 
o a quien abandonamos 
que agregar otra ausencia a la ausencia 
es ahogar todos los nombres 
y levantar un muro 
alrededor de cada imagen?
¿Cómo hacer señas a quien muere, 
cuando todos los gestos se han secado, 
las distancias se confunden en un caos imprevisto, 
las proximidades se derrumban como pájaros enfermos 
y el tallo del dolor 
se quiebra como lanzadera 
de un telar descompuesto? 
¿O cómo hablarse cada uno a sí mismo 
cuando nada, cuando nadie ya habla, 
cuando las estrellas y los rostros son secreciones neutras 
de un mundo que ha perdido 
su memoria de un mundo? 
Quizá un lenguaje para los finales 
exija la total abolición de los otros lenguajes, 
la imperturbable síntesis 
de las tierras arrasadas. 
O tal vez crear un habla de intersticios, 
que reúna los mínimos espacios 
entreverados entre el silencio y la palabra 
y las ignotas partículas sin codicia.