Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

jueves, 27 de noviembre de 2014

NARRATIVA HISPANOAMERICANA


 

HOMERO CARVALHO OLIVA (Santa Ana del Yacuma, Bolivia, 1957)

INGRATITUD

 

Con los años el verdugo adquirió tanta experiencia, que de un tajo, limpio, certero y sin dolor alguno, cortaba la cabeza de sus víctimas. Sin embargo, nunca recibió de ellos una palabra o un gesto de agradecimiento.

 

  

JUAN RIVERA SAAVEDRA (Lima, Perú, 1930)

ROBOT 2

 

José Santiago se aburría de todo en su casa hasta que le llegó equivocadamente un juego de Mecano. Se puso a armar y construyó un robot.

Un día le agregó una pieza, y el robot se puso a cocinar. Entonces, entusiasmado por el descubrimiento, ajustó un tornillo por aquí y el robot se dirigió al patio, recogió toda la ropa arrugada y la planchó como una perfecta ama de casa.

Le ajustó otra pieza por allá, y el robot se puso a pintar.

Le añadió una pieza, y se puso a cantar.

Le agregó otra y se puso a hablar de política.

Confección unas piezas absurdas y se puso a tocar el violín.

Feliz de su valor electrónico, salió a dar unas vueltas con el fin de descansar de tantos meses de encierro, pero cuando regresó a la casa, no encontró rastro alguno del robot.

Desesperado, corrió al cuarto de su mujer, pero sólo halló sobre su cama una nota en que le decía: "Le agregué una pieza al robot, se volvió romántico y me fugué con él…".

 

 

RUBÉN DARÍO OTÁLVARO SEPÚLVEDA (Montería, Córdoba, Colombia ,1961) 

LECTOR

 

No se haga, amigo lector, sé que es usted, no crea que va a engañarme con esa falsa máscara. No simule ser un desprevenido y desocupado lector. No voy a dejar que se salga con la suya. Tiene suerte de que el anterior lector se haya dormido; esta vez estoy seguro que usted es el elegido, el esperado, el afortunado que encuentre la perdida página en la que se narra su muerte.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

INMA CHACÓN (Zafra, Badajoz, España, 1954)

PRECISAMENTE AHORA

 

PRECISAMENTE ahora,

que sonríes

como sí la vida no fuera una amenaza

de la que defenderte.

 

y tus ojos brillan.

 

Ahora que no pareces

la lava de un volcán,

roja

candente

desbordada

lenta

como los ríos que saben

que llegarán al mar

de cualquier modo.

 

Ahora

que ya no necesitas

la armadura

con la que te protegías

de los otros.

 

Ahora que podrías lanzarte sin red

y sin arneses

desde la cima de cualquier acantilado

 

y volar.

 

Ahora precisamente ahora,

te rompes en pedazos

vida mía.

Conociendo a Fiódor Dostoyevski

Dostoievsky

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Fiódor Mijáilovich Dostoyevski (ruso: Фёдор Михайлович Достоевский) (Moscú, 11 de noviembre de 1821 - San Petersburgo, 9 de febrero de 1881) es uno de los principales escritores de la Rusia Zarista, cuya literatura explora la psicología humana en el complejo contexto político, social y espiritual de la sociedad rusa del siglo XIX.

 

Es considerado como uno de los más grandes escritores de occidente y de la literatura universal. Walter Kaufmann citó las Memorias del subsuelo (1864), escritas con la amarga voz del anónimo «hombre subterráneo», como «la mejor obertura para el existencialismo jamás escrita».En el mismo sentido, el intelectual y escritor austríaco Stefan Zweig consideró al escritor ruso «el mejor conocedor del alma humana de todos los tiempos». 

 

Su obra, aunque escrita en el siglo XIX, refleja también al hombre y la sociedad contemporánea.


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martes, 25 de noviembre de 2014

JUAN ROMAGNOLI (La Plata, Buenos Aires, 1962)

Cuando era niño, mi madre me contaba relatos de “Las mil y una noches”. Cuando dejó de contármelos, la decapité.
 
Ayer me asaltó una duda. Me dejó pelado, hasta mi última certeza se llevó.
 
No quedó claro si hablaban de orgullo, de origamis o de orgasmos. Asumo que a la larga se habrán entendido.
 
No me gustó nada regresar a mi infancia. Casi le arruino su cabecita al niño que fui.
 
Cuando estaba triste, aquel automóvil rompía en llantas.
 
Te cambio la piedra. Digo, para que tropecemos con una diferente.
 
Cuando me levanto con el pie izquierdo, es porque el derecho se quedó durmiendo un rato más.
 
Yo intento ponerle fín a mi problema de personalidad múltiple, pero acá nadie me escucha.
 
El hombre invisible existe; camina por las calles en multitud.
 
A cada persona que conoce le pide un minuto de su tiempo. Hace mucho que pasó los cien años.


lunes, 24 de noviembre de 2014

LEANDRO HIDALGO (Mendoza, 1981)

FRASES HECHAS
 
Me invitó a entrar en su casa en plena madrugada. Me sirvió una tacita humeante de palabras. “No quiero beber, esta vez, tus frases hechas”, le dije. Las terminé sorbiendo de a poco, sentía las letras rasgar mi garganta, distinguía las que venían con tilde, los puntos y comas, las mayúsculas. Era como un texto en forma de collar maleable. Cortaba el sorbo sólo en los puntos y aparte. Sabía que había que tomarlas así, encadenadas. El pacto de bebernos los misterios sin hablar estaba funcionando.

 
MOLINA Y MOLINA
 
-¿Qué es esto, Molina?
-Andá a saber, Molina, seremos así, qué sé yo.
 
 
EL LOCO
 
“Permítame tomarle la mano señorita”, decía el loco al secador de piso. “Es usted un caballero”, decía el secador de piso al loco.
 

ACOSO
 
Mi dentadura postiza reposa sumergida en un vaso con agua. Pero un infortunio hace volcar el vaso y la dentadura se abre paso hacia mí, aunque esta vez con otras intenciones.

domingo, 23 de noviembre de 2014

JACQUES PRÉVERT (Francia, 1900-1977)

PARA HACER EL RETRATO DE UN PÁJARO

Pintar primero una jaula
con la puerta abierta
pintar después
algo gracioso
algo simple
algo hermoso
algo útil
para el pájaro
apoyar después la tela contra un árbol
en un jardín
en un montecillo
o en un bosque
esconderse tras el árbol
sin decir palabra
sin moverse…
A veces el pájaro aparece al instante
pero puede tardar años
antes de decidirse
No desalentarse
esperar
esperar si es necesario durante años
la prontitud o la demora en la llegada del pájaro
no guarda relación
con la calidad del cuadro
Cuando el pájaro aparece
si aparece
observar el más profundo silencio
aguardar a que el pájaro entre en la jaula y una vez que haya
entrado
cerrar suavemente la puerta con el pincel
después
borrar de uno en uno todos los barrotes
con cuidado de no rozar siquiera las
plumas del pájaro
Reproducir después el árbol
cuya más bella rama se reservará
para el pájaro
pintar también el verde follaje y la frescura del
viento
el polvillo del sol
y el zumbido de los bichos de la hierba en el calor
del verano
y después esperar que el pájaro se decida a cantar
Si el pájaro no canta
mala señal
señal de que el cuadro es malo
pero si canta es buena señal
señal de que podéis firmar
Entonces arrancadle suavemente
una pluma al pájaro
y poned vuestro nombre en un ángulo del cuadro.

sábado, 22 de noviembre de 2014

RAÚL BRASCA (Marcos Paz, Buenos Aires, 1948)

LA PRUEBA
 
Sólo cuando sea derribado tendrás a mi hija”, había dicho el brujo. El hachero miró el tallo fino del árbol y sonrió con suficiencia. Un primer hachazo, formidable, marcó levemente el tronco. Otro, en el mismo lugar, apenas profundizó la herida. Bien entrada la noche, el hachero cayó exhausto. Descansó hasta el amanecer y hachó toda la jornada siguiente. Así día tras día. La herida se iba profundizando pero, a la par, el tronco engrosaba. Pasó el tiempo y el árbol se volvió frondoso; la muchacha perdió juventud y belleza. El hachero, a veces, alzaba los ojos al cielo. No sabía que el brujo conjuraba los vendavales, desviaba los rayos y alejaba las plagas que carcomen la madera. La muchacha encaneció y él seguía hachando. Ya casi no pensaba en ella. Poco a poco, la olvidó del todo. El día en que la muchacha murió no le pareció distinto de los anteriores. Ahora, ya viejo, sigue su pelea contra el tronco descomunal. No se le ocurre otra cosa: el silencio del hacha le produciría terror.
LA LLAVE 
Fue triste cuando mi padre, sin que ya se lo pidiera, me dio la llave de la casa. Yo era casi un adulto y él me la dio como quien pide permiso para envejecer.
ÚLTIMA ELECCIÓN
El pez resuelto al suicidio evita veloz la red en la que moriría con sus compañeros, pasa de largo frente al anzuelo del pescador rutinario que hojea una revista, y traga sin dudar el de un chico que recordará mientras viva los espasmos terribles de su asfixia.

viernes, 21 de noviembre de 2014

MARÍA ROSAL (Fernán-Núñez, Córdoba, España,1961)

A MANO ARMADA
 
Supón que me presento
cualquier día en tu casa.
Que digo: "Hasta aquí hemos llegado"
que cierro las ventanas,
apago las cortinas,
los libros, los periódicos.
 
Supón que me presento
cuando menos lo esperas.
Ya puedo disfrutar
tu mirada de asombro,
el lecho abandonado,
los sentidos alerta.

Supón que te desnudo
con besos y sonrisas,
conjuro tus fantasmas,
asalto tu desvelo,
amanezco en tu sombra,
y me marcho,
y me juras
-dentro de un orden, claro-
fidelidad eterna.
 

MARÍA ROSAL
Poeta española nacida en Fernán-Núñez, Córdoba en 1961. Pertenece a la nueva generación de la poesía española cuyas representantes manejan con igual soltura los temas de la vida cotidiana y la poesía amorosa o erótica. Es Licenciada en Filología Hispánica y trabaja como profesora de Lengua y Literatura Española en el I.E.S. Emilio Canalejo de la ciudad de Montilla. Dirige actualmente la colección literaria Aula de poesía Casa del Inca. Además de la poesía, ha publicado cuentos y ensayos sobre didáctica de la lengua. Ha sido galardonada con los siguientes premios: Premio Ciudad de Montoro en 1994, Premio Gabriel Celaya 1995 
por «Abuso de confianza», Premio Mario López 1996 por «Brindis», Premio de poesía erótica Cálamo 1996 por «Don del unicornio», Premio Luis Carrillo de Sotomayor 1996 por «Vuelo rasante», Premio Ana de Valle 2000 por «Ruegos y preguntas», Premio Ricardo Molina 2001 por «Tregua», Premio Cáceres, Patrimonio Mundial 2002 por «Otra vez Bartleby». En el año 2002 cuenta con las siguientes publicaciones: «Traveling de acompañamiento», «La resaca del fuego» 
editada también en italiano, «A pie de página» y «Otra vez Bartleby»
 
Nota: la presente selección es posible gracias a la gentileza de nuestro amigo, el poeta, Juvenal Soto en su permanente tarea de difusión cultural desde Málaga, España.

LUIS FELIPE HERNÁNDEZ (México DF, 1959)

CARRERA

Joven y esbelta, inició como trapecista. Engrosó con el tiempo y fue la mujer gorda del circo. Su peso
 siguió en aumento. Hoy en día hace malabares con su trompa.
  
ASINCRONÍA
 
 
La besó y al tiempo que ella despertaba, él quedó fulminado por la halitosis acumulada en cien años.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

EDUARDO BERTI (Buenos Aires, 1964)

EL MOVIMIENTO
 
La semana pasada se halló dentro de un tacho de basura, en los suburbios de la ciudad de Trieste, el cadáver de un mendigo pintoresco que desde hacía treinta años deambulaba por las calles del lugar, cargando una larga batuta de madera con la que aseguraba dirigir no solamente el canto, sino el movimiento de los pájaros. Los científicos procuran entender si es o no pura coincidencia que las aves permanezcan desde entonces inmóviles en los techos. 

EL CAMELLO

El camello había pasado ya la mitad de su cuerpo por el ojo de la aguja cuando dijo una mentira, le crecieron algo más las dos jorobas y quedo allí atrapado para siempre.

martes, 18 de noviembre de 2014

EUGENIO MANDRINI (Buenos Aires, 1936)

TANGO DEL LOBO

Primero faltó a la cita la niña de la caperuza roja.
Después, un eclipse oscureció la luna y debió morderse el aullido.
Por último, la manada lo declaró nada feroz, por esas gotas de soledad que le apagaban los ojos, y fue desalojado del bosque.
Hoy lame zapatos en la ciudad y en invierno busca el abrigo del sol como una abuela.

PRUEBA DE VUELO
Si evaporada el agua el nadador todavía se sostiene, no cabe duda: es un ángel.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Conociendo a Dante Alighieri

Dante Alighieri

 

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Dante Alighieri (Florencia, c. 29 de mayo de 1265Rávena, 14 de septiembre de 1321) fue un poeta italiano. Su obra maestra, la Divina comedia, es una de las obras fundamentales de la transición del pensamiento medieval al renacentista. Es considerada la obra maestra de la literatura italiana y una de las cumbres de la literatura universal.En italiano es conocido como il Sommo Poeta («el Poeta Supremo»). A Dante también se le considera el «padre del idioma» italiano (llamado volgare en aquella época). Su primera biografía fue escrita por Giovanni Boccaccio (1313–1375), en el Trattatello in laude di Dante.

 

Participó activamente en las luchas políticas de su tiempo, por lo que fue desterrado de su ciudad natal. Fue un activo defensor de la unidad italiana. Escribió varios tratados en latín sobre literatura, política y filosofía. A su pluma se debe el tratado en latín De Monarchia, de 1310, que constituye una exposición detallada de sus ideas políticas, entre las cuales se encuentran la necesidad de la existencia de un Sacro Imperio Romano y la separación de la Iglesia y el Estado. Luchó contra los gibelinos de Arezzo. La fecha exacta del nacimiento de Dante es desconocida, aunque generalmente se cree que está alrededor de 1265. Esto puede deducirse de las alusiones autobiográficas reflejadas en la Vita nuova.

 

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ROBERTO ABAD (Cuernavaca, México, 1988)

LA REBELIÓN DE LAS ESTRELLAS
 
Cada dios tiene su propio universo. Unos lo prefirieron de fondo fulgurante; otros, opaco y tenue; los más tradicionales, blanco. En cambio, el nuestro, lo quiso oscuro, negro, lóbrego (también frío); y la poca luz que se ve, comprueba que incluso las estrellas se rebelan a su mal gusto. 
 
NUEVOS GÉNEROS 
 
Alguien en el taller, al presentarse, presumió ser especialista en ranativa. ¿No habrá querido decir narrativa?, pensé, pero bastaron unos segundos para descartar mi deducción, cuando esa persona comenzó a ponerse verde, con los ojos saltones y la piel húmeda, idéntica a la de un anfibio. 
 
SOÑAR CON UN DALÍ 
 
Un reloj sueña con un Dalí que se derrite. Un elefante sueña con un Dalí de piernas gigantes, alargadas hasta el cielo. Una granada sueña con un Dalí que vomita a un pez dorado que, al mismo tiempo, vomita a un tigre. En conjunto, cuando despiertan y las luces del museo se prenden, las pinturas descubren que la realidad es otra. No obstante, cuando termina el día y se quedan a oscuras nuevamente, sienten alivio porque al menos en sus horas de siesta pueden vengar las desfiguraciones --ideadas por un loco--, que los conocedores suelen llamar arte. 

domingo, 16 de noviembre de 2014

EVARISTO RIBERA CHEVREMONT (Puerto Rico, San Juan, 1896-1976)


Tumba los cocos, negro; tumba los cocos.
Túmbalos, túmbalos, túmbalos, negro.

Tumba los cocos, tumba los cocos.
Verdes por fuera, blancos par dentro.
Dulce es la pulpa del coco de agua.
Dulce es el agua del coca, negro.

Tumba los cocos, negro; tumba Los cocos.
Túmbalos, túmbalos, túmbalos negro.
Danza en el aire, con los pies prontos
al salto sobre los cocoteros.
Danza en la vasta y azul hoguera
del media día caribe, negro.

Tumba los cocos, negro; tumba Los cocos.
Túmbalos, túmbalos, túmbalos, negro.
Empolla el coco que estás tumbando.
Empolla el coco que tumbas, negro.
Unos tras otros, los vas tajando.
Unos tras otros, los tajas, negro.

Tumba los cocos, negro; tumba los cocos.
Túmbalos, túmbalos, túmbalos, negro.
Tumba los cocos. Ralla los cocos,
ralla los cocos con rallos, negro.
Ralla los cocos; hazlos cachipa:
leche, manteca, pasta, refresco.

Tumba los cocos, negro; tumba los cocos.
Túmbalos, túmbalos, túmbalos, negro.
Entre los plátanos y los limones
la isla se mece, blanda de sueño,
mientras el blanco, gordo de anillos,
goza su nada, rumiando tedios.

Tumba los cocos, negro; tumba los cocos.
Túmbalos, túmbalos, túmbalos, negro.
Cañaverales y bambudales.
Mueve la palina de cocos, negro.
Mueve la palma, mueve los cocos.
Mueve los cocos, túmbalos, negro.

Tumba los cocos, negro; tumba los cocos.
Túmbalos, túmbalos, túmbalos, negro.
Tumba los cocos, tumba los cocos.
Túmbalos, tájalos, rállalos, negro.
Tumba los cocos, hazlos cachipa:
leche, manteca, pasta, refresco.

Tumba los cocos, negro; tumba los cocos.
Túmbalos, túmbalos, túmbalos, negro.
Tumba los cocos que estás tumbando.
Tumba los cocos que tumbas, negro.
Dulce es el coco que estás tumbando.
Dulce es el coco que tumbas, negro.


sábado, 15 de noviembre de 2014

HARUKI MURAKAMI (Japón, Fushimi-ku, Kioto, 1949)

SOBRE ENCONTRARSE A LA CHICA 100 % PERFECTA UNA BELLA MAÑANA DE ABRIL

Una bella mañana de abril, en una callecita lateral del elegante barrio de Harajuku en Tokio, me crucé con la chica 100% perfecta.
A decir verdad, no era tan guapa. No sobresalía de ninguna manera. Su ropa no era nada especial. En la nuca su cabello tenía las marcas de recién haber despertado. Tampoco era joven –debía andar alrededor de los treinta, ni si quiera cerca de lo que comúnmente se considera una “chica”. Aún así, a quince metros sé que ella es la chica 100% perfecta para mí. Desde el momento que la vi algo retumbó en mi pecho y mi boca quedó seca como un desierto.
Quizá tú tienes tu propio tipo de chica favorita: digamos, las de tobillos delgados, o grandes ojos, o delicados dedos, o sin tener una buena razón te enloquecen las chicas que se toman su tiempo en terminar su merienda. Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto. A veces en un restaurante me descubro mirando a la chica de la mesa de junto porque me gusta la forma de su nariz.
Pero nadie puede asegurar que su chica 100% perfecta corresponde a un tipo preconcebido. Por mucho que me gusten las narices, no puedo recordar la forma de la de ella –ni siquiera si tenía una. Todo lo que puedo recordar de forma segura es que no era una gran belleza. Extraño.
-Ayer me crucé en la calle con la chica 100% perfecta –le digo a alguien.
-¿Sí? –él dice- ¿Estaba guapa?
-No realmente.
-De tu tipo entonces.
-No lo sé. Me parece que no puedo recordar nada de ella, la forma de sus ojos o el tamaño de su pecho.
-Raro.
-Sí. Raro.
-Bueno, como sea –me dice ya aburrido- ¿Qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La seguiste?
-Nah, sólo me crucé con ella en la calle.
Ella caminaba de este a oeste y yo de oeste a este. Era una bella mañana de abril.
Ojalá hubiera hablado con ella. Media hora sería suficiente: sólo para preguntarle acerca de ella misma, contarle algo acerca de mi, y –lo que realmente me gustaría hacer- explicarle las complejidades del destino que nos llevaron a cruzarnos uno con el otro en esa calle en Harajuku en una bella mañana de abril en 1981. Algo que seguro nos llenaría de tibios secretos, como un antiguo reloj construido cuando la paz reinaba en el mundo.
Después de hablar, almorzaríamos en algún lugar, quizá veríamos una película de Woody Allen, parar en el bar de un hotel para unos cócteles. Con un poco de suerte, terminaríamos en la cama.
La posibilidad toca en la puerta de mi corazón.
Ahora la distancia entre nosotros es de apenas 15 metros.
¿Cómo acercármele? ¿Qué debería decirle?
-Buenos días señorita, ¿podría compartir conmigo media hora para conversar?
Ridículo. Sonaría como un vendedor de seguros.
-Discúlpeme, ¿sabría usted si hay en el barrio alguna lavandería 24 horas?
No, simplemente ridículo. No cargo nada que lavar, ¿quién me compraría una línea como esa?
Quizá simplemente sirva la verdad: Buenos días, tú eres la chica 100% perfecta para mi.
No, no se lo creería. Aunque lo dijera es posible que no quisiera hablar conmigo. Perdóname, podría decir, es posible que yo sea la chica 100% perfecta para ti, pero tú no eres el chico 100% perfecto para mí. Podría suceder, y de encontrarme en esa situación me rompería en mil pedazos, jamás me recuperaría del golpe, tengo treinta y dos años, y de eso se trata madurar.
Pasamos frente a una florería. Un tibio airecito toca mi piel. La acera está húmeda y percibo el olor de las rosas. No puedo hablar con ella. Ella trae un suéter blanco y en su mano derecha estruja un sobre blanco con una sola estampilla. Así que ella le ha escrito una carta a alguien, a juzgar por su mirada adormecida quizá pasó toda la noche escribiendo. El sobre puede guardar todos sus secretos.
Doy algunas zancadas y giro: ella se pierde en la multitud.
Ahora, por supuesto, sé exactamente qué tendría que haberle dicho. Tendría que haber sido un largo discurso, pienso, demasiado tarde como para decirlo ahora. Se me ocurren las ideas cuando ya no son prácticas.
Bueno, no importa, hubiera empezado “Érase una vez” y terminado con “Una historia triste, ¿no crees?”
Érase una vez un muchacho y una muchacha. El muchacho tenía dieciocho y la muchacha dieciséis. Él no era notablemente apuesto y ella no era especialmente bella. Eran solamente un ordinario muchacho solitario y una ordinaria muchacha solitaria, como todo los demás. Pero ellos creían con todo su corazón que en algún lugar del mundo vivía el muchacho 100% perfecto y la muchacha 100% perfecta para ellos. Sí, creían en el milagro. Y ese milagro sucedió.
Un día se encontraron en una esquina de la calle.
-Esto es maravilloso –dijo él- Te he estado buscando toda mi vida. Puede que no creas esto, pero eres la chica 100% perfecta para mí.
-Y tú –ella le respondió- eres el chico 100% perfecto para mi, exactamente como te he imaginado en cada detalle. Es como un sueño.
Se sentaron en la banca de un parque, se tomaron de las manos y dijeron sus historias hora tras hora. Ya no estaban solos. Qué cosa maravillosa encontrar y ser encontrado por tu otro 100% perfecto. Un milagro, un milagro cósmico.
Sin embargo, mientras se sentaron y hablaron una pequeña, pequeñísima astilla de duda echó raíces en sus corazones: ¿estaba bien si los sueños de uno se cumplen tan fácilmente?
Y así, tras una pausa en su conversación, el chico le dijo a la chica: Vamos a probarnos, sólo una vez. Si realmente somos los amantes 100% perfectos, entonces alguna vez en algún lugar, nos volveremos a encontrar sin duda alguna y cuando eso suceda y sepamos que somos los 100% perfectos, nos casaremos ahí y entonces, ¿cómo ves?
-Sí –ella dijo- eso es exactamente lo que debemos hacer.
Y así partieron, ella al este y él hacia el oeste.
Sin embargo, la prueba en que estuvieron de acuerdo era absolutamente innecesaria, nunca debieron someterse a ella porque en verdad eran el amante 100% perfecto el uno para el otro y era un milagro que se hubieran conocido. Pero era imposible para ellos saberlo, jóvenes como eran. Las frías, indiferentes olas del destino procederían a agitarlos sin piedad.
Un invierno, ambos, el chico y la chica se enfermaron de influenza, y tras pasaron semanas entre la vida y la muerte, perdieron toda memoria de los años primeros. Cuando despertaron sus cabezas estaban vacías como la alcancía del joven D. H. Lawrence.
Eran dos jóvenes brillantes y determinados, a través de esfuerzos continuos pudieron adquirir de nuevo el conocimiento y la sensación que los calificaba para volver como miembros hechos y derechos de la sociedad. Bendito el cielo, se convirtieron en ciudadanos modelo, sabían transbordar de una línea del subterráneo a otra, eran capaces de enviar una carta de entrega especial en la oficina de correos. De hecho, incluso experimentaron otra vez el amor, a veces el 75% o aún el 85% del amor.
El tiempo pasó veloz y pronto el chico tuvo treinta y dos, la chica treinta
Una bella mañana de abril, en búsqueda de una taza de café para empezar el día, el chico caminaba de este a oeste, mientras que la chica lo hacía de oeste a este, ambos a lo largo de la callecita del barrio de Harajuku de Tokio. Pasaron uno al lado del otro justo en el centro de la calle. El débil destello de sus memorias perdidas brilló tenue y breve en sus corazones. Cada uno sintió retumbar su pecho. Y supieron:
Ella es la chica 100% perfecta para mí.
Él es el chico 100% perfecto para mí.
Pero el resplandor de sus recuerdos era tan débil y sus pensamientos no tenían ya la claridad de hace catorce años. Sin una palabra, se pasaron de largo, uno al otro, desapareciendo en la multitud. Para siempre.
Una historia triste, ¿no crees?
Sí, eso es, eso es lo que tendría que haberle dicho.
 

viernes, 14 de noviembre de 2014

RUBÉN DARÍO (Nicaragua 1867-1916)


a Domingo Bolívar.


Hermano, tú que tienes la luz, dime la mía.
Soy como un ciego. Voy sin rumbo y ando a tientas. 
Voy bajo tempestades y tormentas
ciego de ensueño y loco de armonía.

Ese es mi mal. Soñar. La poesía
es la camisa férrea de mil puntas crüentas
que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas 
dejan caer las gotas de mi melancolía.

Y así voy, ciego y loco, por este mundo amargo;
a veces me parece que el camino es muy largo,
ya veces que es muy corto...

Y en este titubeo de aliento y agonía,
cargo lleno de penas lo que apenas soporto.
¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?


jueves, 13 de noviembre de 2014

NICOLÁS GUILLÉN (Cuba, Camagüey 1902- La Habana,1989)


La palma que está en el patio,
nació sola;
creció sin que yo la viera,
creció sola;
bajo la luna y el sol,
vive sola.

Con su largo cuerpo fijo,
palma sola,
sola en el patio sellado,
siempre sola,
guardián del atardecer,
sueña sola.

La palma sola soñando,
palma sola,
que va libre por el viento,
libre y sola,
suelta de raíz y tierra,
suelta y sola,
cazadora de las nubes,
palma sola,
palma sola,
palma.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Conociendo a Johann Wolfgang von Goethe

Goethe1

 

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Johann Wolfgang von Goethe (ˈjoːhan ˈvɔlfɡaŋ fɔn ˈɡøːtə) ( 28 de agosto de 1749, en Fráncfort del Meno, Hesse, Alemania22 de marzo de 1832, en Weimar, Turingia, Alemania) fue un poeta, novelista, dramaturgo y científico alemán que ayudó a fundar el romanticismo, movimiento al que influenció profundamente.

En palabras de George Eliot fue "el más grande hombre de letras alemán... y el último verdadero hombre universal que caminó sobre la tierra". Su obra, que abarca géneros como la novela, la poesía lírica, el drama e incluso controvertidos tratados científicos, dejó una profunda huella en importantes escritores, compositores, pensadores y artistas posteriores, siendo incalculable en la filosofía alemana posterior y constante fuente de inspiración para todo tipo de obras. Su apellido da nombre al Goethe-Institut, organismo encargado de difundir la cultura alemana en todo el mundo.

 

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POEMAS PARA JUGAR

CORRIÓ UNA CARRERA UN SAPO
 
Corrió una carrera un sapo
con una tortuga vieja,
y el sapo se la ganó
apenas por una oreja.
 
La volvieron a correr
a orillas de una cañada,
pegó una rodada el sapo
y quedó a las garganteadas.
 
La volvieron a correr
a orillas de un cañadón,
pegó una rodada el sapo
y entonces quedó rabón.
 
La volvieron a correr
a orillas de un riachuelo,
pegó una rodada el sapo
y quedó barriga al suelo.
(Popular Anónimo)
 
 
TENGO UNA GALLINA PINTA
 
Tengo una gallina pinta,
perlinta,
pelizanca,
repitiblanca;
con sus pollitos pintos,
perlipintos,
pelizancos,
repitiblancos;
si la gallina no fuera pinta,
perlipinta,
pelizanca,
repitiblanca;
sus pollitos no serían pintos,
perlipintos,
pelizancos,
repitiblancos.
( Popular Anónimo)

martes, 11 de noviembre de 2014

SILVINA OCAMPO (Buenos Aires, 1903-1993)

SI SOY EN VANO AHORA LO QUE FUÍ…
 
Si soy en vano ahora lo que fui,
como la blanda y persistente arena
donde se borra el paso que la ordena,
no he sufrido bastante, amor, por ti.

Ah, si me hubieras dado sólo pena
y no la infiel intrépida alegría
tu crueldad no me lastimaría,
no podría apresarme tu cadena.

Quiero amarte y no amarte como te amo;
ser tan impersonal como las rosas;
como el árbol con ramas luminosas

no exigir nunca dichas que hoy reclamo;
alejarme, perderme, abandonarte,
con mi infidelidad recuperarte.
 

NOS IREMOS, ME IRÉ CON LOS QUE AMAN…
 
Nos iremos, me iré con los que aman,
dejaré mis jardines y mi perro
aunque parezcas dura como el hierro
cuando los vientos vagabundos braman.

Nos iremos, tu voz, tu amor me llaman:
dejaré el son plateado del cencerro
aunque llegue a las luces del desierto
por ti, porque tus frases me reclaman.

Buscaré el mar por ti, por tus hechizos,
me echaré bajo el ala de la vela,
después que el barro zarpe cuando vuela

la sombra del adiós. Como en los fríos
lloraré la cabeza entre tu mano
lo que me diste y me negaste en vano.

lunes, 10 de noviembre de 2014

DIONISIO SALAS ASTORGA (Viña del Mar, Chile, 1965)

CANCIÓN FLAMENCA, CANCIÓN PROHIBIDA
 
ella baila mirando la vida de costado
es el corazón de una marea de álamos
 
cuando se inclina es una flor
que el viento no ha probado
 
ella baila el dolor de los gitanos
la lengua de las espadas está en sus tacos
 
es una viuda negra
enamora con sus manos
 
(¡que las tablas de su cama aplaudan
hasta callarnos!)
 
si no te agarras bien al mundo
esta mujer te volteará de abajo

esta mujer que galopa desde el pelo
te comerá a pedazos
 
(bis)
ella baila el dolor de los gitanos
la lengua de las espadas está en sus tacos
 
es una viuda negra
enamora con sus manos.)
 

domingo, 9 de noviembre de 2014

MARIO DE ANDRADE (Brasil 1893-1945)

ROSA Y EL CASCARUDO 

 

Belazarte me contó:

No creo en bichos malignos, pero del cascarudo, no sé. Mire lo que sucedió con Rosa... Dieciocho años. Yo no sabía que los tenía. Nadie había reparado en eso. Ni doña Carlotita ni doña Ana, ya viejecitas y solteronas, ambas con cuarenta y muchos. Rosa había venido para acompañarlas a los siete años cuando se le murió la madre. Murió o dio la hija, que es lo mismo que morir. Rosa crecía. Su adorable tipo portugués se pulía poco a poco de las vaguedades físicas de la infancia. Diez años, catorce años, quince... Al final dieciocho en mayo pasado. Pero Rosa seguía con siete, por lo menos en lo que respecta a nuestra alma. Servía siempre a las dos solteronas con la misma fantasía caprichosa de la antigua Rosita. A veces limpiaba bien la casa, a veces mal. En ocasiones se olvidaba del palillero al poner la mesa para el almuerzo. Y en el cuarto acariciaba con la misma ignorancia de madre a la misma muñeca que, ¡no sé cuánto tiempo hace!, le había dado doña Carlotita con la intención de mostrarse simpática. Parece increíble, ¿no?, pero nuestro mundo está hecho de esos increíbles: Rosa, toda una muchacha ya, era infantil y de pureza infantil. Que las purezas como las morales son muchas y diferentes... cambian con los tiempos y con la edad... no debería ser así, pero es así, y no hay nada que discutir. Pero con dieciocho años en 1923, Rosa poseía la pureza de los niños de... allá por la batalla del Riachuelo1 más o menos... Eso: de los niños de 1865. ¡Rosa... qué anacronismo!

En la casita en la que vivían las tres, camino de la Lapa2, su juventud se desarrolló sólo en el cuerpo. También salía poco y la ciudad era para ella el viaje que uno hace una vez por año cuando mucho, por algún finado. Entonces doña Ana y doña Carlotita se vestían de seda negra, ¡sí señor! Se ponían toda esa seda negra haciendo barullo que era una lástima. Rosa acompañaba a las patronas con su ropa fina más nuevita, llevando los jarros de leche y las plantas de la huerta. Iban a Aratá3 donde reposaba el recuerdo del capitán Fragoso Vale, padre de las dos tías. Junto al mármol raso doña Carlotita y doña Ana lloraban. Rosa lloraba también para hacer compañía. Notaba que las otras lloraban, se imaginaba que era necesario llorar también, ¡enseguida!, llanto llanto... abría los pequeños grifos de los ojos negros negros, que brillaban aun más. Después visitaban haciendo comentarios las tumbas endomingadas. Aquel olor... Velas derretidas, familias descansando, agitación dificultosa para tomar el ómnibus... ¡qué aturdimiento, Dios mío! ¡La impresión llena de miedos era desagradable!

Anualmente ese viaje grande de Rosa. No más: llegadas hasta la iglesia de la Lapa algún domingo suelto y en Semana Santa. Rosa no soñaba ni maduraba. Siempre atendiendo la huerta y a doña Carlotita. Atendiendo la cena y a doña Ana. Todo con la misma igualdad infantil que no implica desamor, no. Ni era indiferencia, era no imaginar las diferencias, eso sí. Uno pone diez dedos para hacer la comida, dos brazos para barrer la casa, un pedacito de amistad para Fulano, tres pedacitos de amistad para Zutano que es más simpático, una mirada a la bonita vista de al lado con el campanario de Nuestra Señora de O4 en un embobamiento allá lejos, y de sopetón, ¡zás! se hace todo amor como en el truco5 para ver si toca una buena mano. Así es como hacemos... Rosa no lo hacía. Era siempre el mismo pedazo de cuerpo que ponía en todas las cosas: dedos, brazos, vista y boca. Lloraba con eso y con eso mismo atendía a doña Carlotita.

Indistinta y bien barridita. Vacía. Una hermanita. El mundo no existía para... ¡qué hermana!, santita de iglesia perdida en los alrededores de Évora.6 Hablo de la santita representativa que está en el altar, hecha de argamasa pintada. La otra, la representada, usted bien sabe: está allá en el cielo sin interceder por nosotros... Rosa, si se precisaba, intercedía. Pero sin saber por qué. Intercedía con el mismo pedazo de cuerpo, dedos, brazos, vista y boca, sin nada más. La pureza, la infantilidad, la pobreza de espíritu se empañaban en una redoma que la separaba de la vida. ¿Vecindad? Sólo la casita de más allá, en la misma calle sin vereda, barrio oscuro, verde de pasto libre. La callejuela era engullida en un arrebato por la confusión civilizada de la calle de los tranvías. Pero ya en la esquina el almacencito de don Costa le impedía a Rosa entrar en la calle de los tranvías. Y don Costa pasaba de los cincuenta, viudo sin hijos, pitando de su pipa maloliente. Rosa se detenía allí. El almacén movía toda la dinámica alimenticia de la existencia de doña Ana, de doña Carlotita y de ella. Y eso en las horas apuradas de la mañana, después de hervir la leche que el lechero dejaba muy temprano en el portón.

Rosa saludaba a las vecinas de la otra casa. De tanto en tanto se paraba un minuto para conversar con Ricardita. Pero no tenía tema, ¿qué tenía que hacer? partir enseguida. Con esas despreocupaciones de vivir y de disfrutar de la vida, ¡cómo podía reparar en su propia juventud!, no podía. El único que reparó en eso fue Juan. Primero él envolvía los dos panes en el papel ceniciento y tiraba el paquete en la galería. Golpeaba para que supieran y se iba tlindliirim dlimdlrim, en su triciclo.

Solamente cuando había lluvia y viento, esperaba con el paquete en la mano.

-Buenos días.

-Buenos días.

-¡Qué lluvia!

-Un espanto.

-Hasta mañana.

-Hasta mañana.

Pero una vez, cuando envolvía los panes en el triciclo, vio que Rosa volvía del almacén. Esperó con toda naturalidad, no era ningún maleducado. El sol daba de lleno en el cuerpo que estaba llegando. Fue entonces que Juan reparó en el cambio de Rosa, era otra. Enteramente mujer con piernas bien delineadas y dos senos agudos conteniéndose en la lisura de la blusa, como el rubí del anillo dentro del guante. Así es... Juan no vio nada de eso, estoy fantaseando la historia. Después del siglo diecinueve los contadores parece que se sienten en la obligación de desmenuzar con descaro esas cosas. Ni aquel color de manzana camesa7 amorenada limpia... Ni aquellos ojos de esplendor solar... Juan reparó apenas en que tenía un malestar por dentro y concluyó que el malestar provenía de Rosa. Era Rosa la que le estaba causando eso, no tenía dudas. Derramó una risa perdida por la cara. Se fue atontado, sin decir bien ni siquiera "buenos días". Pero desde entonces no tiró más los panes desde la acera. Esperaba que Rosa viniera a buscarlos de su mano.

-¡Buenos días!

-Buenos días. ¿Por qué no los tiró?

-Es que... se pueden ensuciar.

-Hasta mañana.

-¡Hasta mañana, Rosa!

Sentía ese tal malestar y se iba.

Juan era casi una Rosa también. Sólo que tenía padre y madre, eso le enseña a uno. Y tal vez a causa de los veinte años... De verdad que había llegado a esa edad sin contacto con mujer, pero los sueños lo atizaban, vivía mordido de impaciencias cortas. Pero hacía pan, entregaba pan y se dormía temprano. Los domingos jugaba al fútbol en el Lapa Atlético. Cuando descubrió que no podía más vivir sin Rosa, le confesó todo al padre.

-Pues cásate, hijo. Es una muchacha buena, ¿no es así?

-Sí, padre.

-¡Pues entonces cásate! La panadería es tuya... no tengo más hijos... Y si la muchacha es buena...

Esa tarde doña Ana y doña Carlotita recibían la visita avergonzada de Juan. ¡Cómo costaba hablar de eso! Al final, cuando ellas adivinaron que ese muchacho, corto de palabras pero sereno de gestos, les llevaba a Rosa, se emocionaron mucho. Se emocionaron porque encontraron el asunto muy bonito, muy conmovedor. Y en un instante se dieron cuenta de que la criadota estaba hecha toda una muchacha ya. Precisaba casarse. ¡Qué maravilla, Rosa se casaba! ¡Iba a tener hijos! Ellas serían las madrinas... Casi se desvirgaban del gozo de ser madres de los hijos de Rosita. Se sentían abrazadas, apretadas y, ¡por la santa cruz!, cometían cada pecadote en el inconsciente...

-¡Rosa!

-¿Señora?

-¡Ven acá!

-¡Ya voy, sí señora!

Aún no sabían si Juan era bueno, pero parecía. Y querían disfrutar la turbación de Rosa y del joven, ¡qué maravilla! Apretados contra los batientes de la puerta relumbraron dieciocho años fresquitos.

-Rosa, fíjate. El joven vino a pedirte en casamiento.

-¡Pedir qué!...

-El joven dice que quiere casarse contigo.

Rosa hizo de la boca una rueda roja. Los dientes regulares muy blancos. No se avergonzó. No bajó los ojos. Rosa comenzó a llorar. Se escapó hacia adentro sollozando. Doña Carlotita la encontró sentada en el banquito junto al fogón. Lloraba con grititos, sollozaba encogiendo los hombros, desamparada.

-¡Rosa, qué es eso! ¿¡Entonces es así que se hace!? ¡Si tú no quieres, dilo!

-¡No! Doña Carlotita, ¡no! ¡Cómo puede ser! ¡Yo no quiero dejarla a usted!...

Doña Carlotita ponderó, disfrutó, aconsejó... Rosa no sabía para dónde ir, si se casaba; Rosa sólo sabía atender a doña Carlotita... Rosa se puso a llorar fuerte. Fue preciso taparle la boca, ¡alabado sea!, ¡para que el joven no escuchara, pobre! Al fin vino doña Ana para saber lo que sucedía, muerta de curiosidad.

Juan se quedó solo en la sala, no sabía lo que había pasado allá adentro, pero no obstante adivinando que le parecía que Rosa no gustaba de él.

Ahora sí, estaba realmente aturdido. Se avergonzó de la sala, de estar solo, no sé, fue tomando el sombrero y saliendo con paso de buey de carro. Abría los ojos espantado. Ahora se daba cuenta de que verdaderamente gustaba de Rosa. ¡El rechazo le produjo un dolor, pobre!...

Fue una tarde de silencio en su casa. El padre condenó, ofendió a la chica. Después, dándose cuenta que eso le hacía mal al hijo se calló.

Al día siguiente tiró el pan junto a la puerta y se fue. Le daba de repente un cosa extraña por dentro, venía de allá de debajo del cuerpo apretando, casi sofocaba, y la imagen de Rosa le salía por los ojos discutiendo con la vida indiferente de la calle y de la entrega del pan. ¡Gracias a Dios que llegó a casa! Pero le faltaban letras y calle para cultivar la tristeza. Y Rosa no aparecía para cultivar el deseo... Ese domingo él fue un zaguero estupendo. Gracias a él el Lapa Atlético venció. Venció porque de repentemente8 ella aparecía en su cuerpo y le daba aquella voluntad, es decir, dos voluntades: la... ya sabida, y la otra, de olvido y continuar dominando la vida... Entonces él veía la pelota, adivinaba para qué lado iba, se tiraba, ¡qué le importaba ahora recibir una patada en la cara!, ¡quebrarse la columna!, ¡qué reventara todo!, ¡que se muriese!, pero la pelota no tenía que entrar en el arco. Juan naturalmente pensaba que era a causa de la pelota.

Rosa, cuando vio que de verdad no dejaba a doña Ana y a doña Carlotita, tuvo un alegrón. Cantó. Ahora es que el cascarudo entra en escena... Rosa sintió una gran calma. Y no pensó más en Juan.

-¡Te olvidaste del palillero otra vez!

-¡Discúlpeme, doña Ana!

Continuó limpiando la casa unas veces bien otras mal. Continuó arrullando a la muñeca de porcelana. Continuó.

Esa noche de mucho calor, quiso dormir con la ventana abierta. Rodaba satisfecha el cuerpo desnudo dentro del camisón, y después se durmió. Un cascarudo entró, zzz, zzz, zzzuuuuuummmm, ¡paf! Rosa dormida se estremeció con la sensación de esas patas metálicas en el pecho. Abrió los ojos en la oscuridad. El cascarudo se paseaba lentamente. Encontró el orificio del camisón y avanzaba por el valle ardiente entre montes. Rosa imaginó una mordida horrible en el pecho, se sentó de un salto, comprimiendo el pecho. Con el movimiento, el cascarudo se despegó de la epidermis lisa y cayó en su barriga, zzz, tzzz... tic. Rosa lanzó un grito agudísimo. Se tumbó en la cama retorciéndose. El bicho seguía descendiendo, tzz... Al final se enmarañó tzz-tic, estaba preso. Rosa estiraba las piernas con endurecimientos de ataque. Rodaba. Cayó.

Doña Ana y doña Carlotita la encontraron así, espasmódica, con la espuma escurriéndose de un lado de la boca. Los ojos desorbitados relampagueando como brasa. ¡Pero cómo saber qué era! Rosa no hablaba, retorciéndose. Pero doña Ana, orientada por el gesto que la pobre repetía, descubrió el bicho. Lo arrancó con aspereza, aspereza para librar rápido a la joven. Y fue difícil calmarla... Se iba tranquilizando... de repente volvía todo y era tal cual el ataque, tiraba las cobijas, gruñía, retorciéndose, los ojos revirados, hum... Terror sin fundamento, bien se ve. Nueva faena. La lavaron, doña Carlotita se tomó el trabajo de encender el fuego para tener agua tibia que tranquiliza más, dicen. Le cambiaron el camisón, mucha agua con azúcar...

-También, dejaste la ventana abierta, Rosa...

Sólo dos horas después todo dormía en la casa otra vez. Todo no. Dos ojos fijos en la oscuridad, atentos a cualquier resabio perdido de luz y a las imágenes silenciosas de la oscuridad. Rosa no duerme en toda la noche. Finalmente escucha los ruidos de la casa despertando. Doña Ana viene a ver. Rosa finge dormir, enojada sin razón. ¡Tiene un odio de esa vieja! Tiene asco de doña Carlotita... Oye el estallido de la leña en el fuego. Escucha el ruido del pan arrojado contra la puerta de calle. Rosa se frota los dedos fuertemente por el cuerpo. Se despereza. Al final se levantó.

Ahora camina más pausada. Trae una seriedad aún nunca vista, en las comisuras de los labios. ¡Qué negruras en los párpados! Piensa que va a trabajar y trabaja. Limpia con deber toda la casa., poniendo diez dedos para hacer la comida, poniendo dos brazos para barrer, poniendo los ojos en la mesa para no olvidar el palillero. Doña Carlotita se resfrió. Entonces Rosa le da una porción de amistad. Le prepara té. Se sienta en la cabecera de la cama, velando mucho, sin hablar. Las dos viejas la miran desconfiadas. No la reconocen más y tienen miedo de la extraña. En efecto, Rosa cambió, es otra Rosa. Es una rosa abierta. Imperativa, enérgica. Se impone. Doña Carlotita tiene miedo de preguntarle si pasó bien la noche. Doña Ana tiene miedo de aconsejarle que descanse más. Es sábado sin embargo y podría limpiar la casa el lunes... Rosa limpia toda la casa como nunca la limpió. Hace una limpieza completa en su propio cuarto. La muñeca... Rosa le despega los últimos rizos de la cabeza, con gesto frío. Le hunde un ojo, portuguesamente, a lo Camões.9 Pero piensa que doña Carlotita se va a afligir. Uno nunca debe dar disgustos inútiles a los demás, la vida está ya tan llena de ellos... piensa. Suspira. Esconde la muñeca en el fondo de la canasta.

Cuando fue a dormir tuvo un miedo repentino: ¡dormir sola! ¡Y si se quedase soltera! No sé a qué hora la cama se le tornó insoportablemente solitaria. Se levanta. Abre de par en par la ventana, entra con el pecho en la noche, desesperadamente temeraria. Rosa espera al cascarudo. No hay cascarudos esa noche. Terminó cansándose en esa posición, a la espera. No sabía lo que estaba esperando. Nosotros sí que sabemos, ¿no? Pero el cascarudo no llegó. Era una noche calurosa... La vida palpitaba en un ardor de estrellas estallantes inmóviles. ¡Un silencio!... El sueño de todos los hombres, durmiendo indiferentes, sin amoldarse con ella... El olor de campo requemado endurecía el aire que dejó de circular, ¡no entraba en el pecho! No había absolutamente nada en la noche vacía. Rosa espera un poquito más... Desengañada, se acuesta después. Se adormece agitada. Sueña mezclas imposibles. Sueña que se acabaron todos los cascarudos de este mundo y que un grupo de muchachas se burla de ella zumbando: ¡Soltera!, a las carcajadas. Llora en sueños.

Al otro día doña Ana piensa que es necesario pasear a la joven. Van a misa. Rosa marcha adelante y va a enamorar a todos los hombres que encuentra. Tiene que atrapar uno. Cualquiera. Tiene que atrapar uno para no quedar soltera. En el almacén de don Costa, Pedro Mulatón ya llegó a beber el primer aguardiente del día. Rosa tira una línea para él que más parece de mujer de la vida. Pedro Mulatón siente un deseo fácil de ese cuerpo, y la sigue. Rosa lo sabe. ¿Quién es ese hombre? Eso no lo sabe. Aunque supiera que es vagabundo y borracho, es el primer hombre que encuentra, es preciso agarrarlo, si no, muere soltera. Ahora no enamorará más a nadie. Se finge inocente y virgen, riquezas que ya no tiene... Pero es artista y representa. De vez en cuando se da vuelta para mirar. Mira a doña Ana. Ríe para ella con esa risa provocante que llena los cuerpos de voluntad.

Al salir de misa, otra mirada más canalla aún. Pedro Mulatón se detiene en el almacén. Bebe más y trama cosas feas. Rosa imagina que falta azúcar, sólo para ir al almacén. Es Pedro quien le trae el paquete, conversando. La invita para la noche. Ella se niega porque así no se casará. Para él es indiferente: casarse o no casarse... Irá a pedirla.

Esta vez las dos tías ni llaman a Rosa, hombre repugnante ¿no? ¡Cómo iban a casarla con esos treinta y cinco años!... Por lo menos de treinta y cinco a cuarenta. Y mulato, amarillo pálido ya descolorido... por el aguardiente, ¡Virgen Santa!... Disculpe, pero Rosa no quería casarse. Entonces ella aparece y dice que quiere casarse con Pedro Mulatón. Ellas no le pueden aconsejar nada delante de él, despiden a Pedro. Van a recoger informaciones. Que vuelva el jueves.

Las informaciones son las que nos imaginamos, pésimas.

Vagabundo, chupandín, de mal carácter, no sirve. Rosa llora. Se va casar con Pedro Mulatón y si no la dejan, huye. Doña Ana y doña Carlotita ceden con la muerte en el alma.

Cuando Juan supo que Rosa se iba a casar, le vino una desesperación en la barriga. Salió atontado, para distraerse. Se encontró con unos compañeros y se le dio por la bebida. Lo dejaron por ahí, sentado en el cordón de la vereda, a la madrugada, totalmente borracho. El vigilante hizo que se levantara.

-¡Muchacho, no puedes dormir en este lugar! ¡Ve para tu casa!

Se fue, llorando, diciendo que no tenía la culpa. Después se acostó en el césped de una calle lateral y se durmió. El sol lo llamó. Dolor de cabeza, un gusto horrible en la boca... Y la vergüenza. Ni sabe cómo entró en su casa. La rabia del padre es terrible. ¡Qué insultos! Su hijo esto, su no sé qué más, palabras feas que dan escalofríos... Nadie se imaginaría que un hombre tan bueno pudiese decir esas cosas. ¡Bien!, todo hombre sabe palabrotas, basta tener un dolor desesperado para que salgan. Porque el padre de Juan sufre de veras. Tanto como la madre que sólo llora. Llora mucho. Juan tiene repugnancia de sí mismo. De repente, cuando vuelve del reparto, Carmela lo llama desde la cerca. Dice que Juan no debe beber así, porque la madre lloró mucho. Carmela llora también. Juan se da cuenta que si vuelve a tomar se va a hacer más daño. Jura que no va a caer otra vez en eso. Carmela y él suspiran mirándose. Quedándose allí.

Me estaba olvidando de Rosa... Cuento el resto de lo que sucedió con Juan otro día. Le prepararon un ajuar apurado, en menos de un mes. Aún en víspera del casamiento, doña Carlotita le insistió que dejase al novio. Pedro Mulatón era un infame, hasta un ratero, ¡Dios me perdone! Rosa no escuchó nada. Pateó el piso. Se quiso casar y se casó. Me dio que sentía que estaba equivocada, pero no quería pensar y no pensaba. Las dos solteronas lloraron mucho cuando ella partió casada y victoriosa, sin una lágrima. Dura.

Rosa fue muy infeliz.

 

 

NOTAS:

 

1. Riachuelo: decisiva batalla naval que se libró al sur de la ciudad de Corrientes durante la guerra con el Paraguay y en la cual resultaron victoriosas las armas brasileñas.

2. Lapa: barrio de Sao Paulo.

3. Aratá: cementerio de Sao Paulo.

4. Iglesia del barrio de la Lapa.

5. Campista: en el original, juego de naipes.

6. Évora: ciudad del sur de Portugal.

7. Manzana camesa: especie de manzana.

8. Derrepentemente: en el original, neologismo del autor que procuramos mantener.

9. Camoes: (1524-1580), escritor portugués, autor de Los Lusíadas (1572), epopeya que narra el viaje de Vasco da Gama a Oriente. Está considerado el gran poeta de la nacionalidad portuguesa y su nombre es todo un símbolo de su país. Perdió su ojo derecho luchando en África.