Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

viernes, 4 de octubre de 2013

PARA COMPARTIR: JORGE LUIS BORGES (1899-1986)

ULRICA


Hann tekr sverthit Gram ok leggr i methal theira bert. 
Völsunga Saga, 27


Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, o cual es lo mismo. Los hechos ocurrieron hace muy poco, pero sé que el hábito literario es asimismo el hábito de intercalar rasgos circunstanciales y de acentuar los énfasis. Quiero narrar mi encuentro con Ulrica (no supe su apellido y tal vez no lo sabré nunca) en la ciudad de York. La crónica abarcará una noche y una mañana. 
Nada me costaría referir que la vi por primera vez junto a las Cinco Hermanas de York, esos vitrales puros de toda imagen que respetaron los iconoclastas de Cromwell, pero el hecho es que nos conocimos en la salita del Northern Inn, que está del otro lado de las murallas. Éramos pocos y ella estaba de espaldas. Alguien le ofreció una copa y rehusó. 

-Soy feminista -dijo-. No quiero remedar a los hombres. Me desagradan su tabaco y su alcohol. 

La frase quería ser ingeniosa y adiviné que no era la primera vez que la pronunciaba. Supe después que no era característica de ella, pero lo que decimos no siempre se parece a nosotros. 

Refirió que había llegado tarde al museo, pero que la dejaron entrar cuando supieron que era noruega. 

Uno de los presentes comentó: 
-No es la primera vez que los noruegos entran en York. 
-Así es -dijo ella-. Inglaterra fue nuestra y la perdimos, si alguien puede tener algo o algo puede perderse. 

Fue entonces cuando la miré. Una línea de William Blake habla de muchachas de suave plata o furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad. Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su rostro me impresiónó su aire de tranquilo misterio. Sonreía fácilmente y la sonrisa parecía alejarla. Vestía de negro, lo cual es raro en tierras del Norte, que tratan de alegrar con colores lo apagado del ámbito. Hablaba un inglés nítido y preciso y acentuaba levemente las erres. No soy observador; esas cosas las descubrí poco a poco. 

Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano. 

Me preguntó de un modo pensativo: 
-¿Qué es ser colombiano? 
-No sé -le respondí-. Es un acto de fe. 
-Como ser noruega -asintió. 

Nada más puedo recordar de lo que se dijo esa noche. Al día siguiente bajé temprano al comedor. Por los cristales vi que había nevado; los páramos se perdían en la mañana. No había nadie más. Ulrica me invitó a su mesa. Me dijo que le gustaba salir a caminar sola. 

Recordé una broma de Schopenhauer y contesté: 
-A mí también. Podemos salir los dos. 

Nos alejamos de la casa, sobre la nieve joven. 

No había un alma en los campos. Le propuse que fuéramos a Thorgate, que queda río abajo, a unas millas. Sé que ya estaba enamorado de Ulrica; no hubiera deseado a mi lado ninguna otra persona. 

Oí de pronto el lejano aullido de un lobo. No he oído nunca aullar a un lobo, pero sé que era un lobo. Ulrica no se inmutó. 

Al rato dijo como si pensara en voz alta: 
-Las pocas y pobres espadas que vi ayer en York Minster me han conmovido más que las grandes naves del museo de Oslo. 

Nuestros caminos se cruzaban. Ulrica, esa tarde, proseguiría el viaje hacia Londres; yo, hacia Edimburgo. 
-En Oxford Street -me dijo- repetiré los pasos de Quincey, que buscaba a su Anna perdida entre las muchedumbres de Londres. 

-De Quincey -respondí- dejó de buscarla. 

Yo, a lo largo del tiempo, sigo buscándola. 

-Tal vez -dijo en voz baja- la has encontrado. 

Comprendí que una cosa inesperada no me estaba prohibida y le besé la boca y los ojos. 

Me apartó con suave firmeza y luego declaró: 
-Seré tuya en la posada de Thorgate. Te pido mientras tanto, que no me toques. Es mejor que así sea. 

Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones. Pensé en mis mocedades de Popayán y en una muchacha de Texas, clara y esbelta como Ulrica que me había negado su amor. 

No incurrí en el error de preguntarle si me quería. Comprendí que no era el primero y que no sería el último. Esa aventura, acaso la postrera para mí, sería una de tantas para esa resplandeciente y resuelta discípula de Ibsen. 

Tomados de la mano seguimos. 

-Todo esto es como un sueño -dije- y yo nunca sueño. 

-Como aquel rey -replicó Ulrica- que no soñó hasta que un hechicero lo hizo dormir en una pocilga. 

Agregó después. 

-Oye bien. Un pájaro está por cantar. 

Al poco rato oímos el canto. 

-En estas tierras -dije-, piensan que quien está por morir prevé el futuro. 

Y yo estoy por morir -dijo ella. 

La miré atónito. 

-Cortemos por el bosque -la urgí-. Arribaremos más pronto a Thorgate. 

-El bosque es peligroso -replicó. 

Seguimos pos lor páramos. 

-Yo querría que este momento durara siempre -murmuré. 

-Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres -afirmó Ulrica y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que no había oído bien. 

-Javier Otálora- le dije. 

Quiso repetirlo y no pudo. Yo fracasé, parejamente, con el nombre de Ulrikke. 

-Te llamaré Sigurd- declaró con una sonrisa. 

Si soy Sigurd -le repliqué- tu serás Brynhild. 

Había demorado el paso. 

-¿Conoces la saga?- le pregunté. 

-Por supuesto -me dijo-. La trágica historia que los alemanes echaron a perder con sus tardíos Nibelungos. 

No quise discutir y le respondí: 

-Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una espada en el lecho. 

Estábamos de golpe ante la posada. No me sorprendió que se llamara, como la otra, el Northern Inn. 

Desde lo alto de la escalinata, Ulrica me gritó: 

-¿Oíste el lobo? Ya no quedan lobos en Inglaterra. Apresúrate. 

Al subir al piso alto, noté que las paredes estaban empapeladas a la manera de William Morris, de un rojo muy profundo, con entrelazados frutos y pájaros. Ulrica entró primero. El aposento oscuro era bajo, con un techo a dos aguas. El esperado lecho se duplicaba en un vago cristal y la bruñida caoba me recordó el espejo de la Escritura. Ulrica ya se había desvestido. Me llamó por mi verdadero nombre, Javier. Sentí que la nieve arreciaba. Ya no quedaba muebles ni espejos. No había una espada entre los dos. Como la arena se iba al tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica.

jueves, 3 de octubre de 2013

PARA COMPARTIR: FERNANDA GARCÍA CURTEN (Buenos Aires, 1968)

LA NOCHE DESDE AFUERA

Él jamás le había hablado de una hermana.
Cuando tres días después de casarse Lucía entró en la cocina y vio a una mujer desayunando en enaguas corrió a buscar a su esposo que ya estaba en la puerta de calle, listo para salir.
-Hay una mujer desnuda en la cocina –le reclamó.
-No te preocupes –dijo él sin alterarse-, es mi hermana Merced.
Dejó un beso breve en su frente azorada y se alejó por la calle arbolada de tilos.
Lucía empezaba a notar que al mirarse en el espejo de la sala o en el del tocador, la única presencia extraña recortada sobre aquel cargado paisaje doméstico parecía ser ella misma. Y cuanto más lo notaba más necesitaba ir y mirarse para comprobar. Era como si a cada paso cada sector de la casa fuera cerrándose, mostrando el revés, conduciéndola por corredores laterales y desvanes, sin dejarla acceder a la casa verdadera. Aunque en apariencia pudiera estar tranquilamente sentada en el comedor o recostada en la cama de la habitación principal o subir los pies cuanto quisiera sobre el sillón de la sala, era como si la casa se resistiera. Lucía no podía dejar de ver ese aspecto maltrecho de ciertos rincones vacíos donde había siempre un revoque caído, una costra de humedad. Pasaban los días pero la casa era grande y siempre acababa perdida; se topaba con el caparazón de algún baúl en el camino o con la misma puerta condenada. Había por todas partes aquel mobiliario hostil. Armarios tapiados de libros, objetos que no conocía se alzaban oscureciéndolo todo como ídolos resucitados.
Era probable, pensaba, que fuese aún demasiado chica para haberse casado con Mauricio, demasiado débil para ser ama y señora de una casa semejante. Se sentía tan ajena e inerme entre sus paredes como un pájaro en el desierto. Prefería encontrar algún rincón en el patio, lejos, junto a las flores, donde ir a sentarse y respirar.
Su cuñada, en cambio, podía recorrer la casa cuanto quisiera. Andaba por las habitaciones sin rumbo fijo, caprichosamente, como si paseara, siempre a medio vestir, con esa enagua descolorida y el cabello suelto. Daba la impresión de ir dejando un rastro íntimo, algo como la estela brillante y silenciosa que deja un caracol. Lucía, inmóvil, la miraba pasar. Sentía una especie de miedo racial por aquella piel que lindaba con lo violáceo. Intentaba mimetizarse con los objetos para espiarla, pero la casa la dejaba siempre al descubierto. De a poco aprendió a agazaparse y cuando la presentía llegar se ocultaba detrás de un sillón o debajo de una mesa. Porque no podía ignorarla. Tenía que mirarla inevitablemente ya que Merced, a pesar de su aspecto, estaba al borde de la belleza o de algo más, no sabía bien qué, de aquello que causaba ese vértigo feroz de mirarla. La hipnotizaba ese pelo negro y desgreñado, los ojos turbios, su majestad de sonámbula. La sola idea de que Mauricio pudiera sentir una fascinación similar por su propia hermana casi la horrorizaba. Aquella mujer era, pensaba Lucía, una especie de fenómeno natural de la casa. Sin embargo, de tanto en tanto, desaparecía durante días. Cuando imaginaba que pudiera haberse ido, haber muerto, o que sencillamente se la había tragado la tierra ella volvía a aparecer, con ese semblante algo violáceo. Casi desnuda salía de su cuarto y caminaba hasta el baño donde luego se oía correr el agua durante horas.
Había oído a Mauricio, una vez, hacer referencia a cierto problema de su hermana. Por algún motivo, cuando Lucía intentó averiguar algo más, él no había querido seguir hablando. Qué clase de secreto guardaba él, de otra mujer, que no pudiera compartir con su propia esposa, pensaba con indignación. Extirparla de la casa, se dijo. Si lograra hacerlo, quizá, la casa la aceptaría por fin.
Otro asunto que la desanimaba era no encontrar los objetos en su lugar habitual. Cosas que se pierden durante un tiempo y luego se las encuentra en sitios insólitos. El frasco del azúcar en el canasto de la ropa sucia o atrás de alguna puerta.
Una tarde los vio a través de una ventana, en el patio. Vio a Mauricio y a Merced, sentados junto a los malvones. Merced hacía dibujos en la tierra con la punta de su pie descalzo; hablaba sin mirarlo. Mauricio parecía escucharla y luego le respondía alguna cosa. De pronto sintió un golpe en el corazón aunque era quizá una ilusión provocada por el vidrio de la ventana que su propia respiración empezaba a empañar, o un mero efecto de la distancia porque mientras ellos hablaban tuvo la impresión de que sus cuerpos se estaban rozando.
Para expulsarla, para desterrarla de su vida debía saber más de Merced, conocer su secreto. Esperaría la siguiente reclusión y abriría por sorpresa la puerta de aquel cuarto. Un mes después, una tarde, cuando sospechó que ya estaría haciendo nido otra vez, silenciosa como un topo, se acercó y, muy despacio, abrió la puerta. Ella estaba allí, tendida boca arriba en su cama. Pero lo primero que Lucía vio no fue el cuerpo de Merced sino aquello que al principio no pudo reconocer aunque se trataba de algo familiar. Un terrón de azúcar impregnado de sangre rodó por la sábana hasta desintegrarse en el suelo. Sangraba por todo el cuerpo; con una sangre opaca, casi negra, como la de las imágenes de cera de la capilla. Las gotitas brotaban como lágrimas de sus ojos, le salían por la nariz, por la comisura de los labios, por las raíces del pelo, por debajo de las uñas, por los pezones oscuros. Teñida en su propia sangre, era como un animal echado, desollado vivo. Aturdida, Lucía recordó haberla visto pasar alguna vez con un pañuelo inmundo apretado sobre la boca. Y ahora la veía tantear en la mesita de luz, su mano buscando el frasco; se echaba cucharaditas de azúcar sobre los ojos, sobre la frente, un surco de azúcar nueva como una delicada corona de sangre cristalizada. Retrocedió y cerró la puerta desde afuera. Necesitó apoyarse un instante en la pared del pasillo pero al hacerlo su espalda se contrajo de asco y soltó inmediatamente el picaporte de esa puerta infame. Era esto lo que había estado sucediendo, cada vez, allí dentro, el secreto que engendraba la casa como su más preciado tesoro.
Despertó en una habitación abstracta.
Poco a poco Lucía reconoció por encima de su cabeza la moldura de la cama matrimonial. Era su propia habitación y era de noche. Oyó voces lejos, en el comedor. Una era la voz de su esposo, y luego un rumor apagado que parecía venir agitándose por los pasillos como el jadeo magnificado de un gusano. Apenas podía recordar unos brazos fuertes que la habían cargado hasta la cama, los botones de una camisa conocida, una mano oscura sujetándole las piernas. De golpe tuvo la visión clara de esa mano repugnante, la mano de Merced. Ellos la habían traído hasta allí, la habían arrumbado en la penumbra de esta habitación mientras cenaban al otro lado de la casa, en el comedor iluminado. La casa es ella, piensa. Estaban hechas de lo mismo, la casa y Merced. Cada cuarto, cada mueble tenía el color y el olor del cuerpo de Merced. Merced era vergüenza y prodigio de esta casa y ella, Lucía, algo como una perla maldita. Debía levantarse, salir de la sombra, andar y andar bajo esos techos y encender la luz de todos los cuartos hasta ser reconocida. Con un solo impulso saltó de la cama y acechó detrás de los muebles. Subió y bajó escaleras. Como un animal subterráneo gateó dentro de los grandes armarios, restregó su cuerpo contra las paredes. Sin saber cómo fue deslizándose hacia el patio, confundiéndose con la oscuridad. Ahora los mira desde allí. A través de las ventanas los ve andar por la casa. Ve a Mauricio y a Merced, sentados a la mesa, comiendo. Afuera, la noche se ha puesto cóncava y un rocío de muerte arrasa la frescura de las flores. Lucía golpea los vidrios. Adentro no oyen sus golpes.

Las luces de toda la casa están encendidas.

miércoles, 2 de octubre de 2013

PARA COMPARTIR: SOLEDAD CASTRESANA (Intendente Alvear, La Pampa, 1979)

MAL PARIDA


I
De mi madre
conservo el miedo a los espacios abiertos

la memoria del feto
el ahogo de romper desde adentro
el útero de una muerta y el olor
del cordón umbilical. 

Conservo también el eco
de lo que cae. 


II
Toqué la tierra por primera vez
y respiré su frío mojado. 

Quería comer. 
Repté sobre el abdomen de esa mujer 
la trepé hasta el pecho. 

Mi voz carbonizada 
la piel cubierta de costras
la picazón en los ojos. 

Cuando la leche se secó 
ya me habían crecido todos los dientes. 


III
La mayoría de las mujeres
paren a su padre
para poder matarlo con más culpa. 

No voy a escribir lo que no tuve. 
Su nombre de silencio
es mi mantra. 

Gocé en sus cenizas
con los hombres que lo hirieron 
y al vengar la carne
me convertí en la ley. 

Tengo debajo del pecho
la marca de su mano. 
En mi costado vacío 
resiste la sombra de un abrazo. 

Contra la locura
llevo su lengua 
colgada del cuello.

martes, 1 de octubre de 2013

PARA COMPARTIR: PABLO BIGLIARDI (San Antonio Oeste, Río Negro, 1968)

EL PAISAJE RÁPIDO DE LA COMIDA FRÍA

 

-Víctor se quedó mirándolo fijo a Luis por unos segundos.

-Quedate nomás- le dijo.

Luis había impresionado al reducido auditorio cuando aplicó una velocidad de maestro casi chef en el corte juliana.

-Viniste justo porque lo tengo al mozo trabajando de cocinero desde hace tiempo -le dijo Víctor. -¿Estás parando en algún lado?

-No, recién llego.

Había dejado, debajo de la mesa de cortar, un bolso verde pequeño.

-Acá hay unos clientes mensuales que duermen en las piecitas de una vieja -le dijo mientras iba caminando hacia ellos.

-¿A ustedes no les molesta ubicarlo en alguna pieza? -les preguntó.

-No, jefe. Para nada. Terminamos el postre y lo llevamos.

En la pensión, uno de los muchachos palmeó despacio. Una vieja flaca, despeinada y con dos pulóveres puestos, salió de una pequeña cocina desde donde se escuchaba una radio. Sin decir palabra desarmó con habilidad un sillón plegable en la pieza de los muchachos. "Acá no hay almuerzo ni cena", dijo de la misma forma en que trató al sillón y se fue rápido a su tabuco.

-Hasta mañana- dijo uno y los otros dos contestaron lo mismo.

El sol de la mañana descubrió una Punta Alta pintoresca, un pueblito lleno de arbolitos y casitas que daba sensación de seguridad. En su trabajo fue conociendo a los mensuales y a los parroquianos. Los primeros terminaban la cena y se quedaban con la fatiga de una película y los parroquianos iban por un café, un vino, a jugar al ajedrez, a las damas o a conversar. Eran los que buscaban hablar tratando de interesarse en el pasado del forastero o sobre cualquier novedad que él pudiera contarles de otros pueblos. Santillán era el que mejor conversaba. Había visto al cocinero en plena actuación cuando simulaba tener una Gibson en la mano al momento en que sonaba desde la radio un tema de Led Zeppelin.

-Espectacular, ¿eh? No hubo otra banda mejor que esta en la década pasada.

-Ahá.

-Yo vi en vivo a Pescado Rabioso.

-¿Sí?

-Antes viajaba seguido a Buenos Aires.

-Tuviste suerte.

-Creo que sí.

-Menos cháchara acá que hay que sacar diez churrascos para los mensuales. ¡Vamos! -dijo Víctor, cortando la conversación.

Víctor había sido estudiante de Ciencias Económicas en Buenos Aires, tenía novia y mantenía su carrera trabajando como cocinero en un hotel. Un día se cortó un dedo de la mano y dos tendones de tal forma que el accidente lo dejó internado mucho tiempo. Rápidamente perdió novia, trabajo y carrera y con esas frustraciones llegó a Punta Alta para instalar aquel magro restaurante y llevar una amarga vida de soltero. Con él estaban desde siempre Chequeale y un gallego grandote y borracho que se destacaba por el repasador siempre puesto en el hombro: secaba la transpiración de su frente, limpiaba la cocina, barría restos de cebolla, zanahorias o papas de la mesada. Era agarradera, secaba ollas y fuentes y lo sabía pasar por debajo de sus axilas cuando la transpiración había rebasado los brazos. Funcionaba como mozococinero y el repasador aguantaba la semana entera sobre el hombro.

Chequeale era el empleado de la municipalidad que barría las calles durante la mañana y desde el atardecer cumplía con el simple oficio de cortar lechuga y tomates para las ensaladas, pelar papas y lavar la vajilla. Su increíble nariz dejaba dar por sentado que los pulmones se mantendrían totalmente sanos. Aparecía como un morrón colorado mezclándose entre un guiso de granos viejos y usurpando el lugar de ojos y pómulos. Nunca se sabía bien de dónde salían sus palabras de viejo correntino, porque la boca chica y apretada (sometida a la fuerza bruta de la nariz) largaba un castellano obstruido. Chequeale chamigo era su saludo y se iba directo a las piletas a lavar lo que se había usado al mediodía y que a nadie se le ocurriera lavar un plato porque podría haber represalias. Nadie tampoco los quería lavar.

-¿Y vos por dónde andabas en esa época? -le dijo Santillán al nuevo.

-Por ahí.

-Fue una época difícil.

-¿Y vos que hacías?

-Era viajante. Llevaba y traía cosas.

-¿Qué cosas?

-Mercadería. Yo siempre quise vivir bien, viste. Nunca me importó qué tenía que llevar, viste.

-Ya veo.

Estacionaba un Renault Fuego último modelo frente al restaurante con las luces encendidas. También hablaba del chalet que tenía cerca del cementerio en donde se ubicaba el mejor barrio de Punta Alta.

-¿Querés decir algo? -le dijo el forastero, extremadamente flaco y orejudo, mirándolo con los ojos perdidos en añoranzas. El pelo revuelto y mal cortado. La camisa obrera gastada y unos viejos mocasines que no servían para la cocina.

-Siempre lo conté acá y nunca nadie me dijo nada, viste. La década pasada fue brava, viste. Había que estar de un lado o de otro.

-No quiero escuchar más- cortó el forastero.

Santillán se quedó mirando cómo adornaba un bife a la portuguesa con las papas de colchón y las cebollas doradas en el caldo guisado que sacaba de una olla de aluminio.

***

Caminaron todo el día tratando de acordarse de algún conocido, algún ex empleado del trabajo, pariente o quien pudiera albergarlos esa noche fría. Al otro día buscarían la forma de salir del pueblo.

-Ya no aguanto más al nene en los brazos. ¿Adónde vamos a ir a parar?- preguntó la mujer con cara de adolescente.

Había adelantado el tiempo con un embarazo prematuro que la dejó más hermosa. No llegaba a los veinte. Una vida apresurada que podía estabilizarse cerca de los 35 o 40 años, ya con la tranquilidad y el reposo de la espera.

-Lo que pasa es que ya es el atardecer. En la Terminal hay policías y ni hablar de la estación de trenes o la ruta. El pueblo chico termina siendo el infierno grande.

Cualquiera puede hablar y mandarlos al frente. Decirles que ahí está el Luis, ahí va con su mujer y su hijo.

La policía estaba en su casa. Seguro que algún cana se quedaría con la propiedad. Seguro que el vecino estaría diciendo algo para entablar comunicación con ellos, para decirles alguna cosa y poder quedarse con ese hermoso televisor a color, de los primeros que llegaron a la Argentina. Había tenido la suerte de tenerlo así de rápido, con un chasquido de dedos. Después ese hermoso Fiat 128, lo sacó cero kilómetro y ahora que se joda por querer hacerse el comunista.

-El vecino nos debe estar mandando al frente- dijo él. Siempre nos tuvo bronca.

-Envidia -reparó ella sentándose en el tapial de una casa.

Había que ir a otro pueblo y quedarse ahí esperando o perderse en la gran ciudad. En los pueblos la gente suele preguntar de adónde viene uno y siempre se puede meter la pata. En cambio en la ciudad nadie pregunta nada. Por eso lo mejor era esconderse un par de días en alguna casa. Quedarse en el sótano o en el gallinero. Cualquier cosa por salvar la vida. Cosa tan fácil de perder en esos días.

***

Chequeale contestaba Chequeale cuando le hablaban y era fácil entender su acento correntino. Algunos le hacían burla y Chequeale no se enojaba, le gustaba que lo tuvieran en cuenta. Con el viajero comenzó una amistad de confidencias y se quedaban después de hora tomando mates o vino. La basura de las calles arrojaba conclusiones para Chequeale.

-Me llaman las minas, po. Y quieren que les ayude a cocinar, ha visto ch'amigo. Por ahí les sigo y les sigo, hasta que me gano alguna.

-A mí no me buscan.

-Bueno, Chequeale. ¿No te gustan las minas, po?

-Me encantan, Chequeale. Me encantan, pero no encuentro. Esto de ser golondrina...

-¿Y entonce?- Salgamos a buscar, Chequeale.

-Esperame, esperame que me acomode un poco.

-Pero si ya llevás tres semana acá, Chequeale, ¿cuánto más te queré? acomodar, Chequeale.

Víctor se quedaba escuchando de lejos, siempre haciendo algún trabajo o acomodando enseres para el día siguiente.

-Este Chequeale -decía cuando se acercaba.

Parecía perdido en un silencio interno que no lo dejaba salir de la boca hacia fuera. Escuchaba a todos, respondía con evasivas y pese a sus desplantes siempre se acercaban a hablarle. Chequeale era el que más hablaba con Víctor y cuando secreteaban cerca del baño, el mozo del repasador los insultaba.

-¿Estuviste casado o algo de eso?- preguntó Santillán a Luis que tal era su nombre.

-Sí.

-Y qué pasó.

-Se fueron.

-¿Se fueron?

-Los perdí.

-Aaah. Yo estaba casado con una mina que estaba rebuena. Me está pidiendo el divorcio. Hace años que nos separamos. Ahora estoy con otra que está embarazada.

-Sos un peligro vos, Santicho -dijo Víctor-. Es loco loco éste -decía mirándolo a Luis.

-Ya veo- contestó Luis.

-Anduvo en la pesada éste y con eso se llenó de plata. Ahora está todo el día al pedo y nadie sabe en qué anda "dijo por lo bajo Víctor mientras cortaba unas zanahorias pegado a Luis.

-Fue en la época de mucho miedo viejo. O estabas de un lado o del otro. Acá había muchos militares. Daban terror. Nos apretaban.

A Víctor siempre lo descubrían por su vozarrón imposible de moderar.

-Mejor callate- dijo Luis, asiendo el cuchillo con fuerza.

Víctor lo empujó con su cuerpazo de gordo haciendo señales de que tratara de seguirle la corriente. Señales fáciles de entender, total ya había pasado todo y qué problema se iba a hacer ahora.

-Cuando alguien está desesperanzado, quiere decir que está desesperado. Es un viejo refrán- dijo Víctor.

Luis lo miró de reojo sin entender. Víctor entró al baño. Chequeale fue detrás de él. Se oyó discutir. Salieron azorados. Repasador mascullaba, el chef miraba. Santillán se fue. La comida ya estaba lista y el nuevo largó de primero vitel toné con una salsa ardiente. De segundo peceto el horno con papas. Los comensales casi aplaudían.

***

Alguien se acercó a decirle a Luis que la policía estaba en la otra cuadra. Se levantaron del tapial e intentaron correr. Pero antes largó como un disparo una propuesta al aire.

-¿No tenés algún lugarcito en tu casa?- Aunque sea en el gallinero.

-No tengo nada, Luis. Vos sabés que la casa es chica.

Nadie quería ser cómplice de nada. En el pueblo la gente se entera enseguida de todo. Alguien lo vería entrando en la casa desde alguna ventana de persianas bajas.

-Vos llevá al nene- dijo ella.

Lo toma en brazos y salen corriendo. Ella va quedando detrás. Cada vez más lejos. No pares, corré fuerte que llevás el nene, le dice. Comienzan a sonar disparos. La policía está cada vez más cerca. Parece una película de tiros.

Le dieron a ella. En la espalda, parece. Él corre hacia ella y tiran otro pero parece que no acertaron en el blanco. Andá, le grita su mujer con la voz entrecortada, llevate al nene. Parece que se durmió. No mueve los brazos ni está firme como suelen estar los nenes acurrucados entre los brazos de sus padres. Pero corriendo no puede darse cuenta de nada. El brazo con el que sostiene al bebé le sangra y descubre dónde entró el proyectil. Corre. Su mujer debe estar muerta. Entra en la Terminal de ómnibus. Una vecina se le acerca y lo lleva al baño de mujeres. Ahí no lo van a buscar. Lo ayuda con el nene. Qué le pasa. No sé. Revisa su brazo y no encuentra ninguna herida. Mira al nene. Una gran mancha de sangre chorreante sale desde su pancita. Yo te lo llevo al Hospital, vos andá, escuchó. Sabés dónde me podés encontrar. Andá, le dijo. Un policía entra. Luis le pega una trompada, el policía cae golpeándose contra el lavabo. Otro que se muere. Corre. Habrá que correr hasta salvar la vida. Y para qué mierda me quiero salvar ahora, gritó mientras corría.

***

Víctor y sus secuaces estaban contentos por la presencia del nuevo. Alguien callado y atento servía para darle mejor imagen al restaurante.

-Yo no sé por qué le jode tanto a mi amigo Lui este Santicho -dijo Chequeale-. Le anda molestando todo el rato y el otro se le corre y éste le sigue y le sigue "comentaba Chequeale a Víctor.

-Algo pasa entre estos dos- dijo Víctor con algo de reserva.

-¿Y ustedes dos? -dijo Repasador.

-Vos cerrás el pico porque sino quedás afuera. Ya mismo, si querés -le cortó Víctor señalándolo con el cuchillo.

De un día para el otro Luis cambió, tornándose atento y hablador. Santillán lo notó y comenzaron una amistad que contentó a los compañeros de trabajo. Luego de la cena se iban en la Fuego a dar unas vueltas por el pueblo y algunas veces recorrían los bares de Bahía Blanca. En el restaurante se contaban chistes y hablaban de Aquelarre, Charly García o Manal de tal forma que solían molestar a Víctor, un defensor acérrimo del tango.

Luego siguieron los asados domingueros en el chalet. Acompañaban a Luis llevando el flan casero Chequeale y Víctor, que seguían aparentando tosquedad pese a sus mejores pantalones de gabardina. Repasador no iba porque no participaba de casi nada que se hablara en el restaurante y todos pensaban que el lavado del trapo lo tendría ocupado el fin de semana. Nadie quería tenerlo cerca en el tiempo libre, las salvajes borracheras que se agarraba no eran buenas para una casa decente.

Luis acompañaba a la mujer de Santillán haciendo las ensaladas, enfrascándose en largas charlas sobre cocina. Le explicó el efecto de las nueces en las ensaladas y el vigor del aceite de bacalao rociado en las comidas frías. Había risitas secretas.

Para conocer a una persona casi completamente, a Víctor solía alcanzarle con ver dos o tres actitudes habituales. Pero Luis tenía un brillo extraño en sus ojos. Algo difícil de descifrar que redondeaba entre el resentimiento y la venganza. Pero a la vez otra mirada enternecedora lo tornaba a un lugar de gente más noble y Víctor andaba confundido.

-No estarás buscando vengarte de alguna forma, ¿no?

-No creo.

-Si te pasó algo con tu familia...

-Quédese tranquilo, Víctor "le cortó. A mí nunca me pasó nada. Tampoco tuve familia. Mentí un poco, disculpe.

Víctor se fue a enjuagar las manos gesticulando. Subía y bajaba los brazos en señal de desconcierto. No estaba conforme y se formó un aura de desconfianza que solamente Víctor percibía. Pese a todo y siguiendo con el viejo dicho sobre el corazón contento, los mensuales se fueron consolidando por una comida suculenta que incitaba a que otros nuevos vinieran. El restaurante fue cobrando fama con el comentario del nuevo cocinero que cocinaba platos parecidos a los de las grandes cadenas de hoteles internacionales.

Un alto funcionario de una empresa que fabricaba aluminio en Puerto Madryn quiso saludar al cocinero.

-Quería felicitarlo. No siempre se come bien en estas fondas "le dijo.

-Gracias.

-Yo me voy a quedar dos días más. Preparame lo mejor que te voy a recompensar con buena propina.

Luis le pidió a Repasador que no lo atendiera, que él se haría cargo. Víctor se dio cuenta cuando lo vio sentado charlando amenamente con el funcionario. En esos dos días, Luis preparó pollo al ajillo con guisado en salsa blanca y perejil, lomo al champignon con la variante del chorro de vino blanco dos minutos antes de apagar la hornalla y apartó el clásico flan de postre sustituyéndolo por una abundante macedonia.

-¿Y, te sentís cómodo acá? -le preguntó Víctor después de que se fuera el funcionario.

-Creo que sí. Alcanzame las papas, Chequeale.

-¿Y estás cómodo también en la pensión?

Víctor cortaba las papas en cubitos al lado de Luis. Iban para ensalada rusa.

-Sí.

-¿No te convendría alquilarte un departamento? -preguntó Víctor.

Pusieron las papas a hervir. Víctor quería asegurarse de que los ingresos del restaurante siguieran subiendo sin complicaciones.

-No sé bien qué hacer. El problema de un departamento son los gastos. En cambio en la pensión me mantengo más cómodo con un pago mensual libre de impuestos.

Antes de sacar las papas de la olla en donde hervían, Luis echó un generoso chorro de vinagre, luego las escurrió en el colador y las puso a enfriar sobre la mesa. Las zanahorias estaban hervidas y cortadas desde el mediodía.

-Claro- respondió Víctor desalentado y atacó con la munición del cartucho de repuesto". No porque yo, en ese caso, tengo pensado aumentarte algo, viste. Nosotros no te vamos a dejar ir así nomás.

-Me halaga, Víctor. Eso es bueno. Quédese tranquilo -dijo mirando a Chequeale y a Repasador que estaban atentos a la charla-. Acá estoy cómodo.

-Mucho parloteo acá, ¿eh? Parecen novias cotorreando para un casamiento- dijo Santillán que entró repentinamente en la cocina.

-¿Qué hora es?-dijo Víctor.

-Me parece que tarde- respondió Santillán. Ahí tenés a los mensuales hace media hora esperándote y vos acá hablando.

-Chequeale, prepará el ensaladaje y vos Gallego andá poniendo los manteles, ¡vamos!- dijo aplaudiendo y Repasador salió con su instrumento al hombro directo a apestar clientes.

Luis puso quince milanesas en una gran fuente dentro de la cual hervía aceite desde hacía un rato. Terminó de cortar varias papas al estilo juliana y cuando sacó las milanesas las introdujo en la misma fuente despacio para que no salpicaran.

-Lo mío está casi listo. ¿Vos, Chequeale?

-Ya casi, Chequeale. Ya casi.

Terminó de embadurnar con mayonesa las papas frías y zanahorias y quedó armada la ensalada rusa.

-¿Te corto el fiambre, Chequeale?

-Sí, ayudame, Chequeale.

Luis colocaba con una cuchara la ensalada rusa en pequeños platos y con un cuchillo aplastaba la porción armando como una pequeña escalera piramidal.

-¡Hey, Repasador! Andá llevándome los platos del primero.

Se los entregó con la pirámide de ensalada rusa, una rodaja de jamón crudo enrollada y una hoja de perejil de adorno. El paisaje rápido de la comida fría. El segundo marchaba cuando puso en un plato la milanesa con un chorro de salsa cremosa junto a las papas fritas y rodajas de tomate cortadas por Chequeale.

Luis se fue temprano aquella noche. Estuvo vomitando frente al inodoro y Víctor lo mandó a la pensión.

-Volvé más tarde, cuando se te pase "le dijo.

-Dejo diez milanesas en la fuente por si entran más comensales.

-Está bien. Difícil por la hora. Pero está bien por las dudas.

Volvió cuando habían cerrado pero igualmente se asomó porque había visto luz en la cocina. Quería charlar con Chequeale como era costumbre después de cenar. Por entre las cortinas pudo divisar a Chequeale reventándose contra Víctor. Chequeale parado con los pantalones bajos y el culo al aire. Víctor culo para arriba apoyando los codos en la mesa de cortar hortalizas. El postre de la foto culminaba con la nariz de Chequeale aplastándose sobre la espalda peluda de Víctor.

Al día siguiente no se lo vio. A Víctor no le pareció extraño, lo presentía. Lo estaba esperando. Ya era media mañana cuando terminó de cortar carne para un estofado. Se lavó las manos y, confundido, se secó con el repasador del Gallego. Se subió a su viejo Falcon Futura y fue hasta la pensión.

-Vino con una mujer, le dije que acá mujeres no -dijo la vieja.

-¿Y él qué le dijo?

-Pagó y se fue.

Uno de los mensuales andaba dando vueltas por la pensión. Le dijo a Víctor que estaba descompuesto desde la madrugada. Víctor pensó en la descompostura de Luis, pensó también en la ensalada rusa, pero estaba fresca.

-Se fue temprano de acá. Vino con una mina embarazada- le dijo a Víctor.

Víctor llegó al restaurante con cara de angustia.

-Gallego, ponete de vuelta el delantal. Hoy no va a venir el Luis.

Al atardecer apareció Santillán a los gritos. Estaba con la camisa salida del pantalón y su cara mantenía un rojo ardiente.

-¡¿Dónde está ese muerto de hambre"!

-¿Pasó algo" -dijo Víctor.

-Mi mujer... ¡Hijo de mil putas! ¿Dónde está?- bramó.

-Hoy no vino- contestó Víctor.

 

Santillán se subió al auto apurado. Golpeó la puerta con fuerza, le dio arranque e hizo chillar las gomas. Dejó una marca negra en el asfalto que fue perdiendo brillo en el atardecer opaco de la ciudad pintoresca.


lunes, 30 de septiembre de 2013

PARA COMPARTIR: JUAN JOSÉ HERNÁNDEZ (San Miguel de Tucumán, 1931-Buenos Aires, 2007)

ANTES DE LA LLUVIA

A José Bianco


La espiral o corona
de insectos voladores,

el canto de las ranas
en las zanjas,

el pájaro que afloja
la tensión de sus alas,

el sopor de la gata
en la silla de hamaca,

y el aire empalagoso
con moscas obstinadas.

(Muy pronto las mujeres,
temerosas del rayo
cubrirán los espejos de la casa.)

sábado, 28 de septiembre de 2013

PARA COMPARTIR: ELIZABETH  AZCONA  CRANWELL (Buenos Aires  1933-2004)

ELÍJANME
  
Una voz trata de nacer, nada dice el jardín,
el sol cancela los colores, el viento desordena la tierra.
Las palabras me ahogan, pero el poema no se forma.
  
Espero, apostada en la tarde que algo descienda a mí.
Elíjanme, elíjanme, buen espíritu del agua
bruscas maneras donde brama el fuego.
Canta mi desarraigo de transeúnte indómita.
que lo que escribo pueda verse a la luz de un relámpago.
¿Quién sopla palabras en el habla mecánica del sueño?
Se despierta la voz
temo al dibujo oscuro del silencio.
  
Haz que la lluvia pague por su temblor.
Cómo llegué a este mundo
si alguien me ha escogido para decir de la vida y muerte,
estos poemas hablarán por la boca agridulce
de un halcón que llamea su vuelo. Alma vieja de un bardo
hablemos aunque tu cuerpo sea un hato de huesos desdeñado.
y que tu voz golpee mi ventana con nudillos de niebla.
Elíjanme, elíjanme como si el río decidiera engendrar
entre sus ritmos crudos la salud de la tierra.
  
La voz del agua se prolonga
puede tocar el aire y regresar a su manera natural,
en ella está el origen, los dioses hablan en su cadencia.
  
El aire oculta frágiles costumbres en sus modos translúcidos.
La escritura se cae, las voces se silencian.
Pido ayuda al destierro que me aparta del mundo
Ruego la voz, ruego que sea voz y no el aullido
de un alma sola que logra encenderse en sus raíces.
  
La alondra ciega de resplandor
aquello que repite la verdad ignorada
como dos ramas que se reverencian
en la caída de la tarde.
Elíjanme, soy tiempo aislado, una suma de horas que nada sabe.
Un amor terco por perseguir el sol, el canto único del día
las plegarias del búho en la tiniebla -todo lo que me hizo nacer
que decretó mi vida
y tejió la entretela de mi muerte-
Elíjanme las vísperas han cantado su nombre
lo olvidé entre las cosas ausentes del lenguaje.
El habla tiene un límite
la sangre de las rosas crea un mito sin voz en las palabras
(para Casandra)

PARA COMPARTIR: CARLOS  J.  ALDAZÁBAL (Salta, 1974)

LA HIGUERA

Cuando el argumento lo exigía
yo era el que despertaba a los fantasmas
  y llamaba a los ovnis
para viajar en el torrente sanguíneo
        de lo absurdo.

Las runas se trazaban
sobre las axilas,
                 las esquinas de los barrios
          que escondían duendes ostrogodos,
y así la invocación surtía efecto.

La higuera era el buque pirata
              que conducía a la selva del fondo,
     la máquina del tiempo que me acercaba
                 al dinosaurio perro
              que me mordió una tarde
         y terminó ahorcado por el vecino,
                                      el malo de la jungla
                                      al que yo bombardeaba
                                      con piedras de Hiroshima
                          para reírme de la radioactividad
                                         que se elevaba
                          sobre el tejado de sus cejas.

Cierto día el buque se hundió:
                    mamá decidió parquizar el fondo
                    y eliminar las malezas
                    que afeaban las fuentes de las ninfas,
                                                seres de yeso
                            que se comieron la tierra de las parras
                            y confabularon con el vecino
                            para terminar con mi reinado
                                                  sobre la higuera.


PARA COMPARTIR: MARÍA  ARANGUREN (Concordia, Entre Ríos, 1984)

CAPRICHOS MNEMOTÉCNICOS

Renuncio a establecer
la anatomía del recuerdo
exacto.


GRIETA

El miedo a la pared
ha terminado
por desmoronarme.

PARA COMPARTIR: PABLO CRUZ AGUIRRE (Bahía Blanca, 1970)

Mi fortuna

Los etruscos leían el futuro
en las tripas de las aves

A veces
cuando termino de bañarme
pego un salto
un pequeño salto

Y mientras estoy en el aire
pienso
que así
limpio y desnudo y volando
no cargo con nada
de la tierra que acabo de abandonar

Pienso que soy entonces
si bien estoy algo crecido
igual al que nací

Pero luego
recuerdo mis dientes de porcelana
y el plomo en las muelas
recuerdo los puntos que no fui a sacarme
del pulgar izquierdo
recuerdo sobre todo la moneda de un peso
que me tragué hace poco
y que debe estar echando mudas suertes
a cada salto mío.


El inventario real

Un nuevo inventario de los bienes del palacio es siempre algo complicado: casi todos los días, el rey compra una jauría de mandriles, estrangula a alguna de sus favoritas o destruye alguna silla con su voluminoso trasero. A menudo es obsequiado con cosas intangibles como "sombras de muchachas desnudas".

Le está vedado al contador emplear el ábaco: el rey se queja de que el rumor de las cuentas le quita el sueño y de que su caballo enano favorito murió en el mismo instante de ser sumado por el difunto contador X.

No le está permitido a un contador indagar acerca de cuáles son las cosas que el rey considera parte de su patrimonio. Tampoco puede registrar el inventario sobre ningún papel, puesto que el rey considera que la pérdida o destrucción de dicho papel podría perjudicar de algún modo la suerte de los bienes inventariados.

Es la madrugada del último día del año: el funcionario W, sentado ante la puerta de su casa de papel, cuenta en silencio y repite para sí los versos del inventario que ha de recitar ante el rey.