Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

domingo, 18 de octubre de 2015

JORGE LUIS BORGES (1899-1986)

EL PUÑAL
 
En un cajón hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.
Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.
Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.
En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.
A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.


sábado, 17 de octubre de 2015

ANA MARIA SHUA (Buenos Aires, 1951)

ESCALA DEL PLACER

Espíritus menos refinados prefieren los placeres de la buena mesa, del sexo, de la sabiduría, el placer de ejecutar buenas obras, condenados a muerte o instrumentos musicales. Para mí, no hay como el placer inefable de la resurrección. Si no lo practico apenas una vez cada noventa años es solo por no experimentar más seguido la muerte necesaria, abominable.


De: “Temporada de fantasmas” (2015)

viernes, 16 de octubre de 2015

SANTIAGO EXIMENO (España. Madrid, 1973)

EN MI PISCINA
 
En mi piscina habita el fantasma de un niño ahogado. Se acurruca en un rincón y con mirada triste me suplica que la llene.

jueves, 15 de octubre de 2015

MARTÍN GARDELLA (La Plata, Buenos Aires, 1973)

INFINITOS CARDINALES

-¿Vamos?
-¿Otra vez?
-¿Por qué no?
-Porque ya fracasamos.
-Movámonos hacia el otro lado entonces.
¿Valdrá la pena el intento?
-Mientras haya puntos inexplorados hacia donde dirigirnos, existirá la posibilidad de encontrar lo que buscamos.
Y fue así como, sin brújulas ni mapas, retomaron la marcha, tomados de las manos.
 
De “Instantáneas” (2010)

miércoles, 14 de octubre de 2015

ALEJANDRO BENTIVOGLIO (Avellaneda, Buenos Aires, 1979

DIARIO DE EVA

Adán siempre se está quejando de lo que cocino. Dice que está harto de esos yuyos, esas plantas amargas que no saben a nada. Por eso hoy le cociné un pastel de manzanas. De esas manzanas tan jugosas, tan rojas que él siempre mira desde lejos, como deseando.

De “Todo lo que dejamos atrás” (2012)

martes, 13 de octubre de 2015

PAOLA TENA RONQUILLO (México, Chihuahua, 1980)

LA INVITADA DE HONOR
 
Cuando mi coche falló a la salida de ese pueblito sin nombre tuve que tocar en la primera casa con ventanas iluminadas que encontré. Me abrió una anciana vestida de luto. "Pase, la estábamos esperando. Perdonará que hayamos empezado sin usted", me dijo caminando delante de mí por un pasillo estrecho hasta una sala en el fondo, en semioscuridad y habitado por viejitas con rebozo rezando el rosario. Hice amago de sentarme atrás en una silla que vi vacía. "No, hágame el favor; sin modestias, usted es la invitada principal". Así que tomé mi sitio en el lugar de honor, dentro del féretro en medio de la sala donde lo había dejado el encargado de la funeraría local horas después del accidente de carretera

lunes, 12 de octubre de 2015

DIEGO KOCHMANN (Buenos Aires, 1970)

LA ARAÑA

Apenas subí al tren vi la araña sobre el hombro de la señorita. La joven, muy bonita por cierto, tenía los ojos cerrados y escuchaba música por sus auriculares. A su lado estaba sentada una señora mayor, que tampoco se había dado cuenta de nada. Yo me senté enfrente. 
La araña estaba quieta, o apenas si movía una pata. Se ve que se sentía segura ahí escondida, aunque era imposible no distinguir su cuerpo tan negro sobre el fucsia furioso del vestido de la señorita. Pero ella seguía como dormida y la señora de al lado…, ella no hubiese notado ni un elefante colgando de sus propios anteojos. Yo no sabía qué hacer, porque veía cómo le apuntaba los colmillos directamente a su cuello. ¡Podía atacarla en cualquier momento! 
Cada tanto, la señorita se despertaba, y entonces yo intentaba hacerle una seña, pero ella enseguida miraba para la ventana, se quedaba así unos segundos, y volvía a su música y a sus ojos cerrados. Ni me registraba, igual que a la araña. Y esta, tan silenciosa, tan negra, tan inmóvil… ¿sería venenosa? Pero un valiente no es quien le avisa al otro que tiene un problema, sino el que se lo resuelve. Y a la señora de al lado no se le podía pedir gran cosa… Entonces junté coraje, me levanté, me acerqué a la señorita y le barrí la araña del hombro con la mano. Ella se sacó los auriculares y me miró horrorizada, como a un bicho asqueroso. Recuerdo muy bien lo que me dijo:
–¿Pero qué hacés, tarado?
La araña, o el estampado negro que tenía en el hombro de la camisa, no se había movido. Lo mismo que otras manchas idénticas, en la espalda, el codo y otros rincones, que adornaban el vestido y que yo no había visto desde mi asiento. 
Creo que alcancé a pedirle perdón, cuando el tren frenó en la estación Salsipuedes. Apenas se abrieron las puertas, salté al andén, aunque todavía faltaban dos estaciones para bajarme. Pero no importaba, necesitaba caminar un poco y tomar aire fresco. Además, estaba llegando un poco temprano a mi turno con el oculista.
 
De “¡No es excusa! y otros minicuentos” (2015)


domingo, 11 de octubre de 2015

MEMPO GIARDINELLI (Chaco, Resistencia, 1947)


PAPÁ EN EL TELÉFONO

En este sueño mi mamá me pasa el teléfono y oigo la voz de mi papá, que se despide de mí. Han pasado varios años desde su muerte y soy ya un adolescente. Aún en la lógica interna del sueño, sé perfectamente que no puede ser la voz de él, pero es su voz la que oigo, y me habla.
No sé qué me dice, pero es una despedida, o quizás, como alcanzo a pensar, ocurre en este instante lo que no pudo ser cuando debió ser. La conjetura es desplazada por un sentimiento poderoso: de pronto siento que lo extraño mucho, imperativamente necesito verlo y, aunque sé que estoy soñando, siento el deseo de decírselo pero mantengo silencio. Callo cobardemente, o como se supone callan los cobardes. Giro para preguntarle a mamá, quiero pedirle una explicación, o una asistencia, pero ella sólo me mira en silencio, angustiada, llorando.
Despierto, por supuesto, completamente turbado. Pienso en Kafka y en la dura relación con su padre; imagino los rostros del papá del niño que Fedor Dostoievsky fue alguna vez; evoco la difusa y por ende dudosa autoridad del coronel Jorge Francisco Borges. Pienso también en Osvaldo Soriano y en su padre, descubierto con devoción cuando estaba por nacer su hijo Manuel; recuerdo la tragedia de Germán Rozenmacher y su hijo Juan Pablo, asesinados ambos por una fuga de gas una noche de invierno en Mar del Plata. Y pienso en papá cuando me sentaba en el lugar del copiloto y nos lanzábamos a recorrer los imposibles caminos del Chaco, él conduciendo, orgulloso, su enorme Ford negro de ocho cilindros y yo, pequeño y fiel devoto de sólo nueve años, mirándolo como cualquiera de nosotros miraría a Dios si Dios anduviera al volante de un Ford.
Para mí fue siempre igual: la muerte es algo irreconocible. Como una certeza que sólo en los sueños puede ponerse en duda.

De “Soñario” (2008)


sábado, 10 de octubre de 2015

CINE EN BIBLIOTECA



El sábado 17 a la hora 20, Biblioteca Sarmiento recibe a ANA PAULA GOLDAR y la proyección de su película “SIESTA”.

Esperamos tu presencia y apoyo a los creadores que aportan al engrandecimiento del cine desde General Alvear.

Te vas a sorprender.




ANTONIO REQUENI (Buenos Aires, 1930)

ÚLTIMO POEMA

 

Quise amarte y te amé. Junto a mi voz te quise

para nombrar contigo la defunción del sueño

Tú eras verdad. Estabas. Y un sutil poderío

me arrastraba a tus formas de alabastro magnético.

 

 

Tus ojos navegables, tus cabellos de lluvia,

tus pechos que rotaron impunemente míos;

todo lo que tus labios, sin hablar, descifraban:

la identidad del goce, la embriaguez del olvido.

 

 

Pero también, y acaso talismán más seguro,

los gestos, las llamadas, los minúsculos hábitos;

el hombro en que se acoge las fatigas del día,

las manos que se juntan en un parque con pájaros.

 

 

Así te amé y me amaste; lo sé, fuimos felices,

como escolares que vienen en tranvías celeste.

Y las noches nos vieron entrelazados, puros,

nupciales, orgullosos, rendidos, inocentes.

 

 

Todo ha pasado. Todo. Nunca estaremos juntos.

Una rosa marchita son tu nombre y mi nombre.

Sin embargo te amé como un niño, lo juro;

igual que el niño que ama su juguete y lo rompe.