Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.
domingo, 18 de octubre de 2015
JORGE LUIS BORGES (1899-1986)
sábado, 17 de octubre de 2015
ANA MARIA SHUA (Buenos Aires, 1951)
viernes, 16 de octubre de 2015
SANTIAGO EXIMENO (España. Madrid, 1973)
jueves, 15 de octubre de 2015
MARTÍN GARDELLA (La Plata, Buenos Aires, 1973)
miércoles, 14 de octubre de 2015
ALEJANDRO BENTIVOGLIO (Avellaneda, Buenos Aires, 1979
martes, 13 de octubre de 2015
PAOLA TENA RONQUILLO (México, Chihuahua, 1980)
lunes, 12 de octubre de 2015
DIEGO KOCHMANN (Buenos Aires, 1970)
Apenas subí al tren vi la araña sobre el hombro de la señorita. La joven, muy bonita por cierto, tenía los ojos cerrados y escuchaba música por sus auriculares. A su lado estaba sentada una señora mayor, que tampoco se había dado cuenta de nada. Yo me senté enfrente.
La araña estaba quieta, o apenas si movía una pata. Se ve que se sentía segura ahí escondida, aunque era imposible no distinguir su cuerpo tan negro sobre el fucsia furioso del vestido de la señorita. Pero ella seguía como dormida y la señora de al lado…, ella no hubiese notado ni un elefante colgando de sus propios anteojos. Yo no sabía qué hacer, porque veía cómo le apuntaba los colmillos directamente a su cuello. ¡Podía atacarla en cualquier momento!
Cada tanto, la señorita se despertaba, y entonces yo intentaba hacerle una seña, pero ella enseguida miraba para la ventana, se quedaba así unos segundos, y volvía a su música y a sus ojos cerrados. Ni me registraba, igual que a la araña. Y esta, tan silenciosa, tan negra, tan inmóvil… ¿sería venenosa? Pero un valiente no es quien le avisa al otro que tiene un problema, sino el que se lo resuelve. Y a la señora de al lado no se le podía pedir gran cosa… Entonces junté coraje, me levanté, me acerqué a la señorita y le barrí la araña del hombro con la mano. Ella se sacó los auriculares y me miró horrorizada, como a un bicho asqueroso. Recuerdo muy bien lo que me dijo:
–¿Pero qué hacés, tarado?
La araña, o el estampado negro que tenía en el hombro de la camisa, no se había movido. Lo mismo que otras manchas idénticas, en la espalda, el codo y otros rincones, que adornaban el vestido y que yo no había visto desde mi asiento.
Creo que alcancé a pedirle perdón, cuando el tren frenó en la estación Salsipuedes. Apenas se abrieron las puertas, salté al andén, aunque todavía faltaban dos estaciones para bajarme. Pero no importaba, necesitaba caminar un poco y tomar aire fresco. Además, estaba llegando un poco temprano a mi turno con el oculista.
domingo, 11 de octubre de 2015
MEMPO GIARDINELLI (Chaco, Resistencia, 1947)
En este sueño mi mamá me pasa el teléfono y oigo la voz de mi papá, que se despide de mí. Han pasado varios años desde su muerte y soy ya un adolescente. Aún en la lógica interna del sueño, sé perfectamente que no puede ser la voz de él, pero es su voz la que oigo, y me habla.
No sé qué me dice, pero es una despedida, o quizás, como alcanzo a pensar, ocurre en este instante lo que no pudo ser cuando debió ser. La conjetura es desplazada por un sentimiento poderoso: de pronto siento que lo extraño mucho, imperativamente necesito verlo y, aunque sé que estoy soñando, siento el deseo de decírselo pero mantengo silencio. Callo cobardemente, o como se supone callan los cobardes. Giro para preguntarle a mamá, quiero pedirle una explicación, o una asistencia, pero ella sólo me mira en silencio, angustiada, llorando.
Despierto, por supuesto, completamente turbado. Pienso en Kafka y en la dura relación con su padre; imagino los rostros del papá del niño que Fedor Dostoievsky fue alguna vez; evoco la difusa y por ende dudosa autoridad del coronel Jorge Francisco Borges. Pienso también en Osvaldo Soriano y en su padre, descubierto con devoción cuando estaba por nacer su hijo Manuel; recuerdo la tragedia de Germán Rozenmacher y su hijo Juan Pablo, asesinados ambos por una fuga de gas una noche de invierno en Mar del Plata. Y pienso en papá cuando me sentaba en el lugar del copiloto y nos lanzábamos a recorrer los imposibles caminos del Chaco, él conduciendo, orgulloso, su enorme Ford negro de ocho cilindros y yo, pequeño y fiel devoto de sólo nueve años, mirándolo como cualquiera de nosotros miraría a Dios si Dios anduviera al volante de un Ford.
Para mí fue siempre igual: la muerte es algo irreconocible. Como una certeza que sólo en los sueños puede ponerse en duda.
sábado, 10 de octubre de 2015
CINE EN BIBLIOTECA
ANTONIO REQUENI (Buenos Aires, 1930)
ÚLTIMO POEMA
Quise amarte y te amé. Junto a mi voz te quise
para nombrar contigo la defunción del sueño
Tú eras verdad. Estabas. Y un sutil poderío
me arrastraba a tus formas de alabastro magnético.
Tus ojos navegables, tus cabellos de lluvia,
tus pechos que rotaron impunemente míos;
todo lo que tus labios, sin hablar, descifraban:
la identidad del goce, la embriaguez del olvido.
Pero también, y acaso talismán más seguro,
los gestos, las llamadas, los minúsculos hábitos;
el hombro en que se acoge las fatigas del día,
las manos que se juntan en un parque con pájaros.
Así te amé y me amaste; lo sé, fuimos felices,
como escolares que vienen en tranvías celeste.
Y las noches nos vieron entrelazados, puros,
nupciales, orgullosos, rendidos, inocentes.
Todo ha pasado. Todo. Nunca estaremos juntos.
Una rosa marchita son tu nombre y mi nombre.
Sin embargo te amé como un niño, lo juro;
igual que el niño que ama su juguete y lo rompe.

