Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Agenda Cultural - Nueva jornada de Lectura Gaseosa.

 

 

EN NOVIEMBRE
VUELVE EL CICLO
“LECTURA GASEOSA”
AUTORES LEYENDO SUS TEXTOS

 

 

Sábado 28 de Noviembre – Hora 19
Sala “Libertad Sad de Toujas
Piérola 267
Entrada libre y gratuita

 

Estarán leyendo sus textos: Gabriela Chiapa, Gabriel Vilches, Tatiana Iriarte, Nancy VinnitchenkoSivak y Ricardo Bugarín

 


¿Vas a venir?

 

 


VLADIMIR NABOCOK (Rusia, San Petersburgo, 1899-Suiza, Montreux, 1977)

EL PUERTO
 
La peluquería, con su techo bajo, olía a rosas ajadas. Unos tábanos zumbaban pesados, insistentes. Los rayos de sol formaban charcos relucientes de miel fundida en el suelo, pellizcaban el cristal de las lociones con sus destellos, y se traslucían a través de la gran cortina de la entrada: una cortina de cuentas de arcilla enhebradas en cuerdas de bambú que se alternaban con cáñamo más grueso, y que se desintegraba en un estrépito iridiscente cada vez que alguien la apartaba a un lado para entrar. Ante él, en el espejo lóbrego, Nikitin vio su propio rostro atezado, los rizos brillantes y como esculpidos de su pelo, el destello de las tijeras que chirriaban sobre sus orejas, y sus ojos se concentraron, severos, como ocurre siempre cuando te miras en el espejo. Había llegado a este antiguo puerto del sur de Francia el día anterior, desde Constantinopla, donde la vida se le había empezado a volver insoportable. Aquella mañana había estado en el consulado de Rusia, y en la oficina de empleo, y había paseado sin rumbo por la ciudad, una ciudad que reptaba en pendiente hasta el mar por tortuosas callejuelas, y ahora, exhausto, postrado a causa del calor, había entrado allí a cortarse el pelo y a refrescarse la mente. El suelo en torno a su sillón estaba ya cubierto por pequeños ratones brillantes desparramados por todas partes: sus mechones cortados. El barbero tomó la espuma y la extendió en su mano. Un escalofrío delicioso le recorrió la coronilla al sentir los dedos del barbero que con firmeza le aplicaban la espesa espuma. A continuación, un corte helado lo sobresaltó, y una toalla esponjosa le cubrió el rostro y el pelo mojado.
Abriéndose paso con los hombros por la ondulante lluvia de la cortina, Nikitin salió a una avenida de considerable pendiente. El lado de la derecha estaba a la sombra; a la izquierda, un arroyo estrecho parpadeaba junto a la acera en un tórrido resplandor; una joven de pelo negro, desdentada y con pecas oscuras, recogía agua del arroyo hirviente en un cubo metálico que guachapeaba; y el arroyo, el sol, la sombra violeta, todo fluía y se derramaba hacia el mar: un paso más y, en la distancia, entre unos muros, se perfilaba su brillo compacto de zafiro. Eran pocos los peatones que caminaban por la zona de sombra. Nikitin se encontró con un negro que subía vestido con un uniforme colonial, cuyo rostro parecía un chanclo mojado. En la acera, una silla de paja acogía en su asiento a un gato que saltó en una especie de bote amortiguado. Una estridente voz provenzal empezó a charlotear atropelladamente en alguna ventana. Una persiana verde restallaba contra el marco de su ventana. En un puesto callejero, entre los moluscos púrpura que olían a algas marinas, los limones disparaban oro granulado.
Al llegar al mar, Nikitin se detuvo para mirar entusiasmado al denso azul que, en la distancia, se mudaba en plata cegadora, y también al juego de luces que delicadamente moteaba la gavia de un yate. Luego, incómodo con el calor, fue en busca de un pequeño restaurante ruso cuya dirección había anotado antes en un tablón de anuncios del consulado.
El restaurante, como la peluquería, no estaba demasiado limpio y hacía también mucho calor. Al fondo, en un amplio mostrador, se veían las frutas y los entremeses a través de olas de un percal grisáceo. Nikitin se sentó y estiró la espalda; la camisa se le pegaba a la piel. En la mesa vecina había dos rusos, evidentemente marineros de un barco francés, y, un poco más allá, un tipo solitario con gafas de montura metálica dorada que no paraba de hacer ruidos y de sorber la sopa con cada cucharada. La dueña, limpiándose las manos hinchadas con una toalla, miró al recién llegado con aire maternal. Dos cachorros lanudos jugaban en el suelo en un revoltijo de cuerpos y patas. Nikitin silbó y una vieja perra en estado lastimoso llegó hasta él y apoyó el hocico en su regazo.
Uno de los marineros se dirigió a él en tono pausado y sereno.
-Mándala a paseo. Te llenará de pulgas.
Nikitin acarició la cabeza de la perra y alzó sus ojos radiantes.
-No les tengo miedo... Constantinopla... Los cuarteles... Ya se pueden imaginar...
-¿Cuándo has llegado? -preguntó un marinero. Voz serena. Camiseta de malla. Tranquilo y competente. Pelo negro bien recortado en la nuca. Frente despejada. Aspecto general decente y plácido.
-Ayer por la noche -contestó Nikitin.
El borscht y el vino tinto peleón le hicieron sudar aún más. Le agradaba tener la oportunidad de relajarse y mantener una conversación tranquila. Los rayos de sol, ardientes, penetraban por el vano de la puerta junto con el brillo del arroyuelo del callejón; desde su esquina debajo del contador del gas, las gafas del viejo ruso centelleaban.
-¿Busca trabajo? -preguntó el otro marinero, que era de mediana edad, ojos azules, con un bigote color morsa pálida, y que también tenía un aspecto limpio y arreglado, al que sin duda contribuían el sol y el salitre marino.
Nikitin dijo con una sonrisa.
-Naturalmente que estoy buscando trabajo... Hoy fui a la oficina de empleo... Hay trabajo, necesitan gente para colocar postes telegráficos, para tejer guindalezas... Pero no acabo de decidirme...
-Ven a trabajar con nosotros -dijo el hombre moreno-. De fogonero o algo así. Ése sí que es un trabajo de hombres, te doy mi palabra... ¡Ah, ahora llegas, Lyalya, nuestros más profundos respetos!
Entró una joven con un sombrero blanco y un rostro dulce, pero sin ningún atractivo especial. Se abrió camino entre las mesas, sonriendo, primero a los cachorros, y luego a los marineros. Nikitin les había preguntado algo pero olvidó su pregunta al mirar a la chica y ver ese movimiento de sus caderas, en el que reconoció inequívocamente las cadencias de la mujer rusa. La dueña miró a su hija con ternura, como si estuviera diciendo: «¡Pobrecilla mía, qué cansada estás!», porque probablemente había pasado toda la mañana en una oficina, o en unos almacenes. Había en ella algo conmovedoramente doméstico que te llevaba a pensar en jabón de violetas o en un campamento de verano en medio de un bosque de abedules. Ni que decir tiene que Francia ya no estaba al otro lado de la puerta. Aquellos movimientos cimbreantes... Espejismos solares.
-No, no es nada complicado -seguía el marinero-. Funciona de la siguiente manera, coges un cubo de hierro y un pozo de carbón. Empiezas a raspar. Al principio suavemente, de manera que el carbón se deslice en el cubo por sí mismo, y luego rascas más fuerte. Cuando has llenado el cubo lo pones en una carretilla. Y lo haces rodar hasta el fogonero mayor. Un golpe de su pala y zas, la puerta del horno ha quedado abierta, un golpe de la misma pala y zas, ya está dentro el carbón, ya sabes, dispuesto de tal forma en abanico sobre el fuego que caiga proporcionadamente por todas partes. Trabajo de precisión. No le quites el ojo a la válvula, y ya sabes, si baja la presión...
En el marco de una de las ventanas que daba a la calle apareció la cabeza de un hombre vestido de blanco y con un panamá.
-¿Cómo estás, mi querida Lyalya?
Apoyó los codos en el alféizar de la ventana.
-Claro que hace mucho calor, en ese lugar es un horno de verdad, vas a trabajar sin ropa, sólo con unos pantalones y una camiseta de malla. La camiseta está negra cuando acabas de trabajar. Como te estaba diciendo, hablando de la presión, se forma una especie de «pelo» en el horno, una especie de incrustación dura como la piedra, que tienes que romper con un atizador así de largo. Es un trabajo duro. Pero después, cuando saltas a cubierta, el sol parece fresco incluso cuando estás en los trópicos. Entonces te duchas, y luego bajas a tu cuarto, directo a tu hamaca, y eso es el cielo, déjame que te diga...
Y mientras tanto, en la ventana:
-E insiste en que me vio en un coche, ¿entiendes? (Lyalya con una voz aguda y toda excitada.)
Su interlocutor, el caballero de blanco, seguía apoyado en el alféizar, en el exterior, el cuadrado de la ventana enmarcaba sus hombros redondeados y su rostro afeitado y suave, iluminado parcialmente por el sol; un ruso que había tenido suerte.
-Y me sigue diciendo que yo llevaba un vestido color lila, cuando ni siquiera tengo un vestido lila -gritaba Lyalya-, e insiste: «Zhay voo zasyur».
El marinero que había estado hablando con Nikitin se volvió y preguntó:
-¿No sabes hablar ruso?
El hombre de la ventana dijo:
-Conseguí traerte esta música, Lyalya. ¿Te acuerdas?
Y entonces se produjo un aura momentánea, y parecía que fuera casi deliberada, como si alguien se estuviera divirtiendo inventándose a esta chica, esta conversación, este pequeño restaurante ruso en un puerto extranjero, un aura de la cotidiana y querida Rusia provinciana, y en ese preciso momento, y debido a una milagrosa y secreta asociación mental, el mundo le pareció más grande a Nikitin, anheló atravesar los océanos, abordar bahías legendarias, escuchar indiscreto las almas de todas las gentes.
-¿Nos preguntaste cuál era nuestra ruta? Indochina -dijo espontáneamente el marinero.
Nikitin pensativo sacó un cigarrillo de la pitillera; en la tapa de madera tenía grabada un águila de oro.
-Debe ser maravilloso.
-¿Pues qué pensabas? Claro que lo es.
-Está bien. Cuéntamelo. Cuéntame algo de Shanghai o Colombo.
-¿Shanghai? La he visto. Cálidas lloviznas, arenas rojas. Tan húmeda como un invernadero. De Ceilán, sin embargo, apenas puedo hablar, no bajé a tierra a visitarla. Me tocaba guardia, sabes.
Con los hombros encogidos, el hombre de la chaqueta blanca le estaba diciendo algo a Lyalya a través de la ventana, suavemente, algo que parecía muy importante. Ella escuchaba, con la cabeza inclinada, acariciándole la oreja a la perra con una mano. La perra, sacando su lengua rosa como el fuego, jadeando alegre y rápida, miraba por el resquicio soleado de la puerta, debatiendo probablemente si merecía la pena salir a tumbarse al sol en el quicio caliente. Y tal parecía que la perra pensara en ruso.
-¿Y dónde tengo que ir a solicitar ese trabajo? -preguntó Nikitin.
El marinero le guiñó un ojo a su compañero como diciendo «Ya te lo decía yo, lo he convencido». A continuación dijo:
-Es muy sencillo. Mañana por la mañana a primera hora, con la fresca, vas al puerto viejo y al muelle dos, donde encontrarás al Jean-Bart. Habla con el piloto. Creo que te contratarán.
Nikitin se quedó observando con mirada cándida y también intensa la frente despejada e inteligente de aquel hombre.
-¿Y antes, en Rusia, en qué trabajabas? -preguntó.
El hombre se encogió de hombros y torció la boca en una sonrisa.
-¿Que qué es lo que era? Un estúpido -respondió por él el del bigote caído con su voz de barítono.
Más tarde, ambos se levantaron. El joven sacó la cartera que llevaba metida en los pantalones, detrás de la hebilla del cinturón, como los marineros franceses. Lyalya se acercó hasta ellos y les dio la mano (con la palma probablemente un punto húmeda) y algo ocurrió que la llevó a reírse en tonos agudos. Los cachorros seguían retozando en el suelo. El hombre de la ventana se dio la vuelta, silbando distraído y tierno. Nikitin pagó y salió despreocupado al aire libre.
Eran más o menos las cinco de la tarde. El azul del mar, entrevisto al final de las largas callejuelas, le hacía daño en los ojos. Las puertas circulares de los baños públicos ardían con el sol.
Volvió a su sórdido hotel y se dejó caer en la cama estirando despacio tras su nuca sus manos entrelazadas, en un estado de beatitud provocado por la borrachera solar. Soñó que volvía a ser un oficial, que caminaba por las colinas de Crimea cubiertas de arbustos de roble y de algodoncillo, segando a su paso las aterciopeladas cabezas de los cardos. Le despertó su propia risa; se despertó y la ventana ya se había tornado azul con el ocaso.
Se asomó al abismo de frescura, meditando: mujeres que pasean. Algunas de ellas rusas. Qué estrella tan grande.
Se alisó el cabello, se quitó el polvo de la punta de los zapatos con una esquina de la manta, comprobó que su cartera seguía en su sitio -sólo le quedaban cinco francos- y salió a vagar por las calles y a gozar de su solitaria ociosidad.
Con la caída de la noche todo había cobrado vida. A lo largo de las callejuelas que descendían hasta el mar, había gente sentada al aire libre, tomando el fresco. Una chica con un pañuelo de lentejuelas... Unas pestañas que no paraban de bailar... Un tendero con su buena barriga, sobre la que lucía un chaleco abierto que dejaba escapar el faldón de la camisa, fumaba sentado a horcajadas en una silla de paja, con los codos apoyados en el respaldo vuelto contra sí. Unos niños saltaban en cuclillas mientras intentaban que navegaran sus barquitos de papel a la luz de una farola, en el arroyuelo negro que corría junto a la estrecha acera. Olía a pescado y a vino. De las tabernas de los pescadores, que brillaban con un rayo amarillo, llegaba la música de unos organillos, el ruido de las palmas golpeando las mesas, gritos metálicos. Y, en la parte alta de la ciudad, a lo largo de la avenida principal, las masas nocturnas paseaban y se reían, y los finos tobillos de las mujeres junto con los zapatos blancos de los oficiales de marina brillaban en relámpagos bajo las nubes de acacias. Aquí y allí, como si fuera un despliegue de llamas de colores de fuegos artificiales que hubieran quedado petrificados, los cafés resplandecían en el atardecer púrpura. Las mesas circulares desplegadas allí mismo en la acera, las sombras de los arces reflejándose en los toldos de rayas, todo ello iluminado desde el interior. Nikitin se detuvo, fantaseando con una jarra de cerveza, fría como el hielo y consistente. Dentro, junto a las mesas, un violín desgranaba sus notas como si fueran manos humanas, acompañado del hondo resonar de las olas de un arpa. Cuanto más banal es la música, más cerca se encuentra del corazón.
En una de las mesas del exterior se encontraba una buscona, toda vestida de verde, balanceando la pierna y jugando con la puntera de su zapato.
Me tomaré esa cerveza, decidió Nikitin. No, será mejor que no... Y luego, otra vez...
La mujer tenía ojos de muñeca. Había algo que le resultaba muy familiar en esos ojos, en esas piernas largas y bien torneadas. Se levantó de repente agarrándose al bolso, como si tuviera prisa por ir a algún sitio. Llevaba una especie de chaqueta larga de un tejido de seda esmeralda que se le pegaba a las caderas. Y se fue, entrecerrando los ojos al compás de la música.
Sería una coincidencia extraña, pensó Nikitin. Algo semejante a una estrella fugaz se precipitó en lo hondo de su memoria, y, olvidándose de su cerveza, la siguió en su camino a través de una callejuela oscura y brillante. Una farola alargaba su sombra. La sombra relampagueó al pasar por un muro y se perdió. Ella caminaba despacio y Nikitin tenía que contener su paso, temiendo, por alguna razón, alcanzarla.
Sí, no cabe duda... Dios, esto es maravilloso.
La mujer se detuvo en el bordillo de la acera. Una bombilla carmesí ardía sobre una puerta negra. Nikitin pasó por delante, volvió, rodeó a la mujer y se detuvo. Con una risa arrullante ella pronunció un término francés para seducirlo.
En aquella luz macilenta, Nikitin vio su rostro hermoso y fatigado y el brillo húmedo de sus dientes diminutos.
-Escucha -le dijo en ruso, sencilla y suavemente-. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, así que ¿por qué no hablar en nuestra lengua?
Ella arqueó las cejas.
-¿Inglés? ¿Hablas inglés?
Nikitin la miró atentamente y luego repitió con una nota de desesperación.
-Vamos, tú sabes que yo lo sé.
-¿Entonces, eres polaco? -preguntó la mujer, arrastrando la última sílaba como hacen en el sur.
Nikitin la dejó estar con una sonrisa sardónica, le embutió en la mano un billete de cinco francos, y desapareció rápidamente cruzando la plaza. Un instante después oyó unas pisadas rápidas tras de sí, y una respiración entrecortada, y también el roce de un vestido. Se volvió a mirar. No había nadie. La plaza estaba oscura y desierta. Una hoja de periódico volaba por las baldosas de la plaza impulsada por el viento de la noche.
Suspiró, volvió a sonreír una vez más, se embutió las manos en los bolsillos, y mirando a las estrellas, que lucían y desaparecían como impulsadas por unos fuelles gigantes, empezó a bajar caminando hacia el mar. Se sentó en el viejo muelle con los pies colgando sobre el agua, contemplando el movimiento rítmico de las olas iluminadas por la luna, y se quedó así sentado durante mucho rato, con la cabeza hacia atrás, apoyada en las palmas de las manos.
Una estrella fugaz cayó despedida, repentina como un latido perdido del corazón. Una fuerte ráfaga de viento, limpia, le atravesó el cabello, pálido en el resplandor nocturno.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

CARLOS VITALE (Buenos Aires, 1953)

UNA EXCURSIÓN AL CAMPO
 
De vez en cuando, los sábados o domingos, saltando de un autobús a otro, íbamos a un terreno de mi abuela en un pueblo de la inmensa provincia de Buenos Aires. El motivo de la periódica y ajetreada excursión era comprobar que nadie se hubiera instalado abusivamente en él, previendo de este modo que, tras una prolongada ocupación y de acuerdo con las leyes vigentes, el terreno pasara a ser propiedad de sus moradores. No fue hasta muchos años después que supimos, al ponerlo a la venta, muerta mi abuela, que habíamos estado vigilando el terreno equivocado. El nuestro, por suerte, también estaba desocupado.       

martes, 24 de noviembre de 2015

JUAN AFANADOR (Colombia, Bogotá, 1992)

 
TODO PERSISTE
 
No se puede destruir a los fantasmas
solamente diluirlos
hasta que sean tenues ramas transparentes
que se posan en cualquier parte
que se agregan a cualquier grieta
y se mecen con el viento de la noche.



lunes, 23 de noviembre de 2015

MARIAN HERNÁNDEZ (España, Pasai San Pedro, 1959)

EL ARDOR DEL RÍO
 
Roza
la gaviota solitaria
el pudor de la piedra
en la ribera cristalina
como una desapercibida
caricia de aire
sobre el río tan pausado,
que aparenta quedarse.
Rebosa el balbuceo
en mis ojos…
tenue,
casi imperceptible
ese continuo frenesí
del agua que se aleja.



domingo, 22 de noviembre de 2015

Agenda Cultural - Noviembre 2015

EN NOVIEMBRE
VUELVE EL CICLO
“LECTURA GASEOSA”
AUTORES LEYENDO SUS TEXTOS
 
Sábado 28 de noviembre, 19 horas.
Sala “Libertad Sad de Toujas”
Piérola 267
Entrada libre y gratuita



¿Vas a venir?

ADOLFO BIOY CASARES (Buenos Aires, 1914-1999)

POSTRIMERÍAS
 
Cuando entró en el edificio, buscó las escaleras, para subir. Encontrarlas era difícil. Preguntaba por ellas, y algunos le contestaban: “No hay.” Otros le daban la espalda. Acababa siempre por encontrarlas y por subir otro piso. La circunstancia de que muchas veces las escaleras fueran endebles, arduas y estrechas, aumentaba su fe. En un piso había una ciudad, con plazas y calles bien trazadas. Nevaba, caía la noche. Algunas casas -eran todas de tamaño reducido- estaban iluminadas vivamente. Por las ventanas veía a hombres y mujeres de dos pies de estatura. No podía quedarse entre esos enanos. Descubrió una amplia escalinata de piedra, que lo llevó a otro piso. Éste era un antecomedor, donde mozos, con chaqueta blanca y modales pésimos, limpiaban juegos de té. Sin volverse, le dijeron que había más pisos y que podía subir. Llegó a una terraza con vastos parques crepusculares, hermosos, pero un poco tristes. Una mujer, con vestido de terciopelo rojo, lo miró espantada y huyó por el enorme paisaje, meciéndose la cabellera, gimiendo. Él entendió que cuantos vivían allí estaban locos. Pudo subir otro piso. En una arquitectura propia del interior de un buque, en la que abundaban maderas y hierros pintados de blanco, halló una escalera de caracol. Subió por ella a un altillo donde estaban los peroles que daban el agua caliente a los pisos de abajo. Dijo: “Sobre el fuego está el cielo” y, seguro de su destino, se agarró de un caño, para subir más. El caño se dobló; hubo un escape de vapor, que le rozó el brazo. Esto lo disuadió de seguir subiendo. Pensó: “En el cielo me quemaré.” Se preguntó a cuál de los horribles pisos inferiores debería descender. En todos él se había sentido fuera de lugar. Esto no probaba que no fuese la morada que le correspondía, porque justamente el infierno es un sitio donde uno se cree fuera de lugar.


sábado, 21 de noviembre de 2015

FERNANDO VALVERDE (España, Granada, 1980)

EL JUGADOR
 
Nos jugamos la vida a cara o cruz.
 
Sé que no va a gustarte,
pero no hemos logrado responder
por qué vale la pena,
qué significa todo,
dónde espera la nada
que está menos presente
pero en todas las cosas.
 
No vayas a quejarte,
por esta oscuridad han pasado tus dedos
palpando las paredes.
 
Ya tienes la moneda entre las manos
y no será el azar quien la deslice
ni la suerte su impulso.
 
Hoy sujetas los días que vendrán
y los lanzas
y flota
la tristeza en el aire
girando con el vértigo
de lo que pudo ser
otra vida contigo.


ÁLVARO NEIL FRANCO (Colombia, Barbosa Santander, 1969)

A LA ORILLA DE TUS PALABRAS
 
Yo soy mi río, mi claro río que pasa
a tumbos en las piedras.
Eugenio Montejo
 
Somos un mismo olor
La guayaba floreciendo en la infancia
Una misma agua
El Moniquirá desembocando en el Suárez
Sólo que habitamos orillas diferentes
Desde la mía
tu cabello siempre será un relámpago
tu mirada un rayo que no acaba
y yo un niño que te arroja piedritas
para que no se apague el brillo de tus palabras
Tus palabras que llegan a mis días
como peces abismados de luminosidad
como anzuelos
donde empiezo a morir por el silencio
como espuma que navega
por esta soledad de arena
como un tsunami
donde únicamente sobreviven
las leyendas de los pescadores
como un oleaje de asombro
que resucita de burbujas
la lama de mis pensamientos
como un remolino de desesperación
que me arrastra por camas de hojas
donde recuerdo tu cuerpo
que todavía no conozco
Tú decides cuando puedo
acampar en tu vida.

jueves, 19 de noviembre de 2015

GABRIELA CHIAPA (General Alvear, Mendoza, 1984)

ETÉREO

Bajo los efectos de algún alcohol que fue acumulando en su cuerpo, esa noche todos los sentidos se extremaron de una forma casi inexplicable. Sentado en su cama, espalda contra la pared, un vaso de vodka en la mano y la música invadiendo la habitación, iluminada apenas con la luz de un velador; en medio de ese íntimo escenario estaba él, absorto en sus pensamientos, solitario.
Ella lo observaba desde un rincón, el más oscuro, al que no llegaba ni siquiera un haz de luz. Como todas las noches, sentada en ese rincón, apoyando sus manos sobre sus rodillas y su carita transparente y soñadora, se quedaba horas a su lado, como cuidándolo, con la intención de acercarse y tocar su frente para correrle un mechón de cabello que siempre le caía en forma de onda. Pero con cada movimiento de él, más se arrinconaba y más pequeña intentaba ser. Tal vez era miedo a ser descubierta, tal vez era miedo a ser temida, pero ella era feliz solo estando cerca.
Despacito, poco a poco se fue moviendo de su rincón, siempre lejos de la luz. Los minutos parecían eternos y sus movimientos eran tan lentos que tardo casi una hora hasta que llegó a los pies de la cama, siempre con los ojos fijos en él. Se asomo un poco por sobre la punta de la cama, sus ojitos brillaban de ansiedad, podía sentir su respiración tan cerca pero aun seguía con miedo. No sabía bien que era lo que pretendía hacer pero al menos dio ese paso que largo tiempo había soñado. No se hubiese animado a tanto si él no hubiese tenido los ojos cerrados.
El aire era liviano para ella, se movía a su antojo, pero en ese momento la ansiedad la apabullaba tanto que hasta creyó estar respirando. Milenios siendo ella misma parte del aire y ahora era lo que mas le faltaba.
Él se levantó, se fue de la habitación. Que desesperación le dio a ella ver que se alejaba, tanto esfuerzo y todo parecía en vano. Las lágrimas que no tenía se agolparon en los ojos y con mucho esfuerzo se paró y fue a sentarse en la cama, en la esquina que quedaba entre la almohada y la pared. Se quedo suspirando, con la mirada perdida hacia abajo, hundió la cara en una remera que él había dejado sobre el colchón, aspirando cada gota de su perfume, de ese aroma que la hacía sentir tan extraña. Y así estaba sumergida en su propio suspiro cuando se abrió la puerta de golpe y entró él y por un instante el mundo pareció frenarse. Fijos, inmóviles, fueron segundos en que su mente quedó en blanco sin saber que hacer, era tarde para escapar. Lo vio ir directo a sentarse en una silla, tomar la guitarra y comenzar a sacarle sonidos lagrimeantes. Con cada rasguido sentía vibrar su cuerpecito, con cada nota se olvidaba del tiempo y de la brecha que los separaba. Ahí estaba él, en frente, como si estuviera tocando solo para ella, para adueñarse de su alma. 
No era miedo lo que sentía, el miedo dejo paso a una extraña sensación de bienestar que nunca había sentido tan profunda y tan verdadera. Podía decir que era amor, ese mito que le contaban los dioses cuando era pequeña, podía decir que era el aire que la hacia invisible a los ojos de él que le daba fuerzas para seguir contemplándolo sin reservas, podía decir tantas cosas pero lo cierto era que no quería alejarse un instante de ese rincón tan cercano a él. 
Fue hipnotizándose con esa melodía que creaban los dedos de su intérprete. Los átomos que la formaban comenzaron a vibrar y chocar entre sí, un estado de adrenalina que la llamaba a dejar fluir sus sentimientos. Comenzó a brillar, y brillaba y vibraba en una conmoción de notas y de aire corriendo por sus cabellos… por sus pies… ya no sabia por donde pero el aire se adueñaba de ella y esa luz… ¿de dónde venía esa luz? ¿Por qué se atrevía a brillar? Es que se estaba volviendo materia. Eso que supuso que era amor la estaba transformando. Era una mezcla extraña entre la saturación del aire que él exhalaba lleno de humo de su cigarro, las notas musicales que sus dedos no dejaban de hacer llorar en su guitarra y se adueñaban de su cerebro, las incontenibles ganas de hacerse ver, de dejar que él viera en sus ojos esa admiración que ella no dejaba de sentir y que hacia que no se fuera de su lado. Cerró sus ojos por un instante dejando que se metiera por su piel esa magia, una magia que no era la de ella, era la de la música, la del amor, la de la pasión. 
Llevó sus manos débiles hacia su cara y la toco… si, pudo tocarse, pudo sentirse viva, pudo sentir que era piel, que era cabello, que eran ojos de verdad. Y sintió, sintió todo su ser transformado en mujer. Y sonrió por ello y sus músculos se movieron. Dolía, por que nunca lo había hecho pero le gustó tanto. Sus dedos se movían y podía dejar de ser aire, toco sus pies, subió sintiendo los poros de sus piernas, la tersura de sus muslos, subió recorriendo cada pequeño átomo de su cuerpo, y encontró su pecho… y algo raro se estremecía en él. Latía… descontroladamente latía, era ella que estaba viva, que era real. 
En ese momento se dio cuenta de que si era real, él podía verla. Desesperación, miedo, alegría, todo se mezclaba en ella ahora y no podía dominar eso nuevo que se adueñaba de su mente. El silencio se quedó prendido de los labios de los dos. 
 
Por poco se le cae la guitarra y el cigarrillo encima, se quedo estupefacto mirando lo que acababa de surgir en un rincón de su cuarto, justo encima de su cama. ¿Alucinación? No podía ser. Mientras mas la miraba mas seguro se sentía de que lo que se encontraba frente a él se parecía a un ángel, solo que mas cercano, mas real. Pero algo extraño tenía, algo que hacía sentir que la conocía, que sabía quien era, aún sin saber perfectamente quién era. Sobre todo esos ojos, que lo miraban tan profundo. 
Estaba desnuda, pálida a la luz de la lámpara de noche del escritorio, con el miedo aferrándose a sus carnes. Se notaba en los labios el terror que sentía, y el, sin saber por que, sin emitir palabras se le acercó. Olía a primavera. Era tan perfecta. Supo entonces que la había soñado, que esa mujer había estado en sus sueños desde siempre. Igual a como se le presentaba en ese instante, con su piel tersa, esas mejillas sonrosadas y el cabello que le cubría los seños cayéndole en ondas hasta la cintura. Por alguna razón se le antojo que brillaba y que esos ojos eran un lago transparente donde pudo mirarse por largo rato. 
La miró hasta que el deseo supero sus fuerzas, hasta que ese aroma lo embriagó aún más, hasta que le ardía el cuerpo de curiosidad, hasta que no aguanto que sus dedos le ordenaran tocarla. Lentamente acercó su mano a sus mejillas, sentía de ella una tibia emanación de calor, temblaba su mano, temblaba su cuerpo, le temblaba el alma. Y la toco. Pero no la toco. Sus dedos no sintieron esas mejillas. Era como si su mano fuese de aire. Intento tocarla nuevamente, tal vez los nervios le jugaron una mala pasada. Y nuevamente aire, nada, ni siquiera sintió un roce. Desesperación, terror. Se miro las manos y no las vio, se sintió ligero como el aire, no tenia carne ni huesos, no tenia calor ni pesadez. Era parte del aire, movía sus brazos como si no los tuviera. 
Salto de la cama aterrorizado y choco contra la pared, la traspasó en un pestañeo y se encontró en otro lugar. No podía entender que era lo que sucedía a su alrededor, miles de personajes extraños lo miraban de lejos y seguían su paso, o su vuelo. Era parte de la brisa, se movía con la brisa en su cuerpo. 
Por un momento el pánico lo dejo sin pensamiento, hasta que comenzó a recordar. El volaba, hacia arriba, hacia los costados, no existía nada que lo detuviera, y hacia piruetas en el espacio. Conocía esas caras, percibía esos aromas como familiares, todo a su alrededor era su mundo, los recuerdos se le agolpaban en la memoria. 
¿Y ella? Si, ya lo recordaba, ella era por quien velaba todos los días y sus noches, cuidando su respiración, espantando sus temores, y por una noche, tan solo por una noche, ella pudo verlo sin ser parte de un sueño que hilvanaba noche a noche donde él era su poeta, su músico, quien componía por amor a ella en una habitación vacía, a la luz de algún velador con un vaso de vodka en la mano.