Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

jueves, 10 de abril de 2014

ALEJANDRA  LAURENCICH (Buenos Aires, 1963)

CUANDO DEN LAS NUEVE EN EL BARRIO DE JARDINES


El colectivo da un rodeo y deja atrás el barrio industrial. Un carro de asalto viene a contramano y la cocinera ruega que no aminore la marcha, que no bajen los uniformados a parar colectivos, pedir documentos, toda esa roña. Le han contado que hubo procedimientos en las casillas de la esquina la noche anterior. Que eran muchos los culatazos de itaka contra las puertas de chapa. Por suerte ella no estuvo, eran  las ventajas de tener un trabajo nocturno. Hacia dónde se dirige, podrá preguntarle alguno de estos y ella dirá: Soy cocinera en el Ibérico. Mi turno comienza a las ocho. Busca su documento en el bolso, y ve el reflejo de los cascos al sol de la tarde, la piel transpirada de esos hombres. Pero el vehículo verde oliva sigue de largo y se interna entre las casas de revoque a la vista y techo de zinc. Ella suelta el aire. Se mira las uñas, el pellejo áspero de la piel. Trata de quitarlo con un mordisqueo y huele el olor a cebolla. Ojalá tuviese pastillas de menta en su bolso, piensa, sabiendo que por un tiempo será difícil darse ese gusto, porque su hermano, ayer, la ha dejado más pelada que un pollo pasado al fuego. Se acomoda un poco el pelo y vuelve a oler sus dedos. No es sólo cebolla sino una combinación picante de cebolla y lavandina lo que tiene ante su nariz, lo que tendría pues –en el caso de inclinarse  para besarla- el príncipe encantado que ella ha dejado de imaginar hace tiempo. Cuando era jovencita ese príncipe tenía la cara de Sandro. Sandro de América cantando Dame fuego, o Señor cochero, o Para Elisa. Su hermano obedecía cuando ella le pedía que la llamara así: Elisa. Cuánto daría ahora por compartir unas pastillas de menta bajo la colcha, por soñar con un hombre. Acomoda la cabeza contra el vidrio y mira la curva que da al puerto, la avenida está congestionada por los coches de los turistas. En temporada, estos autos cargados de sombrillas y heladeras portátiles la obligan a salir media hora antes de su casa para poder conservar la puntualidad en el trabajo. El colectivo toma por el boulevard marítimo hacia el centro. Después de la planta de gas ella cierra los ojos, prefiere no ver el mar, la muchedumbre de vacaciones. Tiene unos cincuenta minutos para descansar hasta llegar al centro. Sabe que estará aún tranquilo cuando llegue y no se equivoca. Porque mientras ella se adormece al calor de la tarde contra la ventanilla, en el Ibérico las dos chicas que han entrado pueden elegir mesa a su antojo. Siempre eligen la misma mesa cuando pueden y hoy es uno de esos días. Hay poca gente en ese bar en tardes como ésta,  porque el gentío está en la playa, amontonado en la franja de arena que se extiende a orillas de los bares y los cines, de las marquesinas de los teatros que se encenderán por la noche. Las dos chicas que han entrado al bar adoran ese raleamiento urbano. Pueden fumar y conversar a gusto, sin verse acosadas por miradas reprobatorias, sin arriesgarse a escuchar a alguna mujer y madre que las insulta: Mocosas de mierda, ¿por qué no tiran esa porquería y se van a ayudar a sus padres? Circula entre la gente una pregunta latiguillo que un famoso conductor de televisión lanza al éter cada noche: ¿Usted sabe dónde está su hijo ahora? Parece que la pregunta se encarnara en las caras de la gente que las mira cuando encienden un cigarrillo en la calle. Como si se tratara de un acto terrorista.  Ellas dos son hermanas gemelas y han cumplido quince años hace poco, pero saben que su genética les juega en contra, que siempre han parecido más chicas de lo que son, la piel blanca, las pecas, la nariz respingada, el pelo lacio como llovido. No aparentan más de doce o trece años, por más ropa sobria que vistan. Ropas de profesora de latín, según dice una de ellas -le gusta decir eso, hablar de una lengua muerta. Muerta, repite mientras se pone la camisa negra y se abrocha los botones hasta el cuello antes de salir para el Ibérico en esa tarde de sol-. La otra hermana es apenas más desenfadada en su vestuario, su remera es color ciruela -morado, dice la otra, morado de moretón- y tiene un escote suave pero escote al fin que deja ver el dibujo de esos pechos insinuados.  Ahora están allí, las dos sentadas a una mesa de ese bar tradicional en una ciudad balnearia, mientras va cayendo la tarde y la muchedumbre de turistas en malla inicia su regreso a los hoteles, a los departamentos con olor a bronceador, a los cuartos con televisores donde un locutor con cara de extraterrestre arenga a los padres a convertirse en policías de sus propios hijos. Son las siete y media en el reloj y ellas tienen los atados de cigarrillos sobre una mesa del Ibérico, al lado de las tazas de café doble que han pedido al llegar, como todas las tardes, imitando a otros adultos que han admirado desde su niñez, cuando acompañaban a sus hermanos a las reuniones con los compañeros de la facultad. Dos tazas enormes de café negro que irán vaciando al pasar de las horas. Y que el mozo retirará a las ocho y cuarenta, cuando ellas paguen la cuenta para emprender el regreso, obligadas a cambiar los cigarrillos por los chiclets de mentol. A las nueve en casa ha sido siempre la orden de sus padres y ellas saben que no pueden desobedecerla a riesgo de perder esas tardes de bares y  conversaciones en libertad. Si nos acercáramos a su mesa podríamos oírlas: hablan de la revolución industrial como principio de la explotación capitalista. Eso es lo que una de ellas ha podido leer anoche en un libro rescatado del desván, eso es lo que entiende y trata de explicar a la otra. Que allí comenzó la cosa, aunque se podría rastrear la raíz de aquello en la edad media, los siervos de la gleba, ¿Sabés lo que son los siervos de la gleba? La otra enciende un cigarrillo y asiente, Cómo no voy a saber, tarada, le contesta. A esta también le ha impactado el asunto ese del encadenamiento a la tierra. Luego el tema de las fábricas textiles irá pasando a otros y finalmente acabarán soñando ambas con acariciarlo a él, a ese músico de rock que les fascina, acariciarle el torso desnudo, bajar el cierre de sus vaqueros, mirarlo a los ojos, ojos tristes como no hay otros, mirarlos hasta que él los cierre porque el placer es mucho. Podríamos dejarlas allí, ellas susurrando Divino, no puedo creer que sea tan divino, y  encendiendo otro cigarrillo para disimular lo que les sucede cada vez que lo imaginan a ese músico echado sobre su espalda. Disimular la sensación, sin tocarse – están en el Ibérico, no en su cama-  sin llevar la mano allí, adonde el cosquilleo cálido bulle, como una soda contagiosa, intolerable, un veneno que se irá amansando de a poco, ellas saben cómo, fumando en silencio y mirando hacia alguno de los habitués del bar, o hacia el mozo. ¿Un vaso de agua, por favor, puede ser? dice una, y carraspea. El mozo hace una inclinación de cabeza. Por eso les gusta ese bar: tanto respeto, el mozo con su chaqueta limpia zurcida en un codo, consumido por los años o la artritis o vayan a saber ellas qué enfermedad de viejo encoge la espalda del hombrecito correcto y servicial. Trae dos vasos de agua que brillan sobre la mesa mientras ellas se han quedado así, como perdidas, mirando la espesura de sus sueños. Hay tanto por hacer aún, vivir frente al mar, ser artistas capaces de mandar todo a la mierda como Gauguin, Prefiero Utrillo, dice la otra, y piensa en las borracheras de ese pintor que admira.

Con ellos nunca se sabe, dice el mozo, ahora acodado a un costado del bar, por donde ha entrado la cocinera del turno noche cargando su cansancio a cuestas, su olor a cebolla y su cabello despeinado y se ha detenido un instante para desahogar la rabia que la consume: Ayer le tuve que dar todo el dinero de la quincena. Habla de su hermano, y el mozo la escucha, ella sigue: Pensar que lo crié como a un hijo, malparido, ojalá me diera el cuero para denunciarlo, dice y tiene ganas de llorar al recordar la noche de ayer, él sabe ya dónde encontrarla desde que supo que trabajaba en el Ibérico. El reloj está dando las ocho, ella ve impacientarse al patrón, que la mira desde la caja, y hace un gesto resignado al mozo que la consuela ahora con una palmada en el hombro. Ella sigue su camino hacia la cocina, rogando que su hermano se haya aplacado con el dinero, que no venga a caerle hoy. Si supiera qué cosas ha decidido hacer hoy ese hombre, esa noche, cuando el reloj dé las nueve en el barrio de chalets y jardines, desearía ella que él viniera a verla entonces, a molestarla, a distraerse con sus extorsiones y sus canalladas antes de entrar al servicio. Pero ella se ata el pelo, se pone el gorro, el delantal y sólo pide Que me deje en paz el hijo de puta.

Él no escucha el insulto de la cocinera, está acostado en el sofá descuajeringado de su departamento, termina la botella de vino que queda sobre la mesa y busca el arma, mira si está cargada, aunque lo sabe, todos los días se ocupa de poner más balas, como una rutina que lo alivia del dolor, un trámite obligatorio que más tarde alguien llamará obediencia debida. La hace girar y apunta hacia la ventana, hacia la rama del nogal en el patio vecino, donde dos pichones de calandria esperan el regreso de su madre, demorada quizá para siempre por algún gato hambriento. Los pichones sueñan con el abrigo de las alas de su madre, bajo la noche y el rocío, o con la enseñanza de vuelo del próximo día. Ya es tarde para que vuelva su madre, quiere avisarles el hombre, no va a venir. Va tirando hacia atrás el gatillo porque  piensa en la noche, los murciélagos chillando sobre esos pares de ojos asustados.  Pero ahora baja el arma y se ríe, aunque siente el picor en los ojos, como cuando duerme mal, o como cuando era chico y lloraba bajo la colcha, esperando en la oscuridad. Bebe la última gota de vino que queda en la botella y comienza a calzarse el uniforme. Piensa en la calandria. Mira el nido. Pero es claro que si la calandria madre viviera aún debería haber regresado ya desde el centro de la ciudad, trayendo algo en el pico para sus pichones, un vuelo de cinco, siete minutos, dicho esto tan sólo para que pudiera verse lo poco que separa el nogal, lindero al barrio de chalets, del ventiluz del Ibérico donde la cocinera ha dejado destapado el tacho de basura y ha mirado el cielo rogando por su suerte. A pocos metros, sobre la mesa trece del salón, hay un billete que una de las hermanas ha sacado de la billetera, el reloj está por dar las ocho y cuarenta y cinco. El mozo se acerca y les cobra gentilmente. Hasta mañana, les dice, sin dudar de la afirmación que encierra el saludo. Tal vez debería agregar un Ojalá así sea, niñas. No sabe por qué las mira irse con su pelo lacio cayéndoles sobre los hombros como las alas de ángeles vencidos. Los pantalones ajustados, las zapatillas sin cordones. La puerta del Ibérico se cierra  y ellas cruzan la calle que ya está poblada de turistas de piel tostada bajo las remeras polo de color celeste o blanco, color del verano, sueters color crema. Ellas van con ropas oscuras. Ha caído la noche y el mozo ve a las dos que empiezan a correr hacia la parada. Una pierde los cigarrillos en la carrera y no lo advierte.  Por el televisor encendido en el Ibérico dan los avances del programa de las diez: ¿Usted sabe dónde está su hijo a esta hora? El mozo camina hacia la puerta del bar, con la intención generosa de salir a la calle, recoger el atado y entregarlo a su dueña. Tal vez llegue a tiempo, tal vez la demora en chistarla y en explicarle lo que ha visto, le haga perder a las niñas el colectivo, pero al menos tendrán cigarrillos para fumar a escondidas esa noche. ¡Mozo! llama alguien, y el hombrecito deja de mirar hacia la calle donde las dos hermanas se trepan a un colectivo. ¡Marche un tostado de jamón y tomate para la cuatro! escucha la cocinera y se acerca hacia el pasaplatos que da al salón. Tal vez tengamos suerte esta noche, dice ella mirando el reloj, esperanzada al ver transcurrir el tiempo que a su hermano le queda antes de entrar al servicio. El mozo quisiera repetirle Con estos nunca se sabe, pero prefiere el silencio.

El colectivo apura la marcha cuando entra a la avenida costanera. Ellas ven la luna sobre el mar, el infinito, las playas vacías lamidas por la espuma de las olas. Llevan la ventanilla abierta y el aire cargado de humedad les da en la cara, se les mete entre las blusas oscuras, rozándoles la piel, encendiéndolas otra vez con el deseo de ese alguien echado de espaldas para ellas.         

Tres minutos faltan para las nueve y el  hombre de uniforme apaga la radio de su Falcon.  En el barrio de jardines y chalets se escuchan los grillos. Hay cuatro cuadras desde la parada del colectivo hasta la casa donde dice Las Nenas en el portón rodeado por un nicho tupido de jazmín del país. Él ha estacionado en una perpendicular, bajo un tilo enorme que lo protege de la luz de las estrellas. Tiene el caño del arma apoyado contra la ingle, lo frota cada tanto y anticipa el momento de ver de cerca esa piel blanca y virginal de las hermanas. Hace calor. Desabrocha el cinto de su pantalón. Escucha el motor de un colectivo y se pone alerta. Ve las luces sobre el pavimento. El colectivo arranca. Un viejo con un maletín gastado pasa por delante del Falcon. Cincuenta años de oficina sobre la espalda. Arrastrando esos mocasines y el saco arratonado y el maletín. El uniformado levanta el arma, lo apoya sobre el volante. Podría acabar con esa vida de mierda también, piensa. Una bala más y a cargarse al viejo, tan fácil. Sigue la trayectoria de esos pasos que se detienen antes de cruzar la calle. El uniforme le aprieta el abdomen. Baja el cierre del pantalón y lo deja así. Eructa y la acidez del aliento lo obliga a entrecerrar los ojos. Se los restriega y vuelve a girar la perilla de la radio para saber la hora. Las nueve de la noche en todo el país.

La cocinera se asoma al pasaplatos, contenta: ¿La Oropel la quieren con crema o sin? pregunta y da gracias al cielo por haberla salvado esta noche.

Ellas bajan del colectivo y se apuran a cruzar. Una busca los chicles en su cartera. Él ve los cuerpitos turgentes acercándose, repartirse las golosinas, llevárselas a la boca con apuro. Se le ha cruzado la imagen de su madre volviendo a la casa en la oscuridad. En los oídos del uniformado zumban las voces de inocentes. Algo que crece y se intensifica como el sonido de los grillos. Tiene las manos sudadas. Los pasos se acercan. Respira profundo. No hay nadie en el barrio de jardines. Sólo dos hermanas vestidas de oscuro que vienen hacia el Falcon. Vamos, vamos, dice con los dientes apretados. El chillido de una calandria cruza la noche y lo distrae. Se agacha para verla  pero sólo ve unas manos que sacan de su bolso de sirvienta el estuche de pastillas. Cierra los ojos. Puede sentir el gusto de la menta. Algo le arde en los ojos. No son las manos de su madre sino las de su hermana las que lo acarician. Comela despacio, le dice la voz. Y le canta: digamé señor cochero ¿es verdad que viene aquí?, hace tanto que lo espero…Lloran los hermanos bajo la colcha y llora él ahora, el cuerpo sacudido contra el volante. Un aroma a chicle se mezcla con el aire salado que viene del mar. Cuando abre los ojos él ve la calle desierta, las ventanas bajas, la luz de los televisores encendidos detrás de las persianas y escucha los grillos. El arma aún sobre la ingle. La aferra, mira el caño apuntando hacia sus ojos. Piensa que algún día quizá va a terminar apoyándola en su frente como hace casi todas las noches con los detenidos. Pero no hoy, no todavía. Cinco pares de ojos lo esperan en el servicio. Guarda el arma y ajusta el cinto. Ellas oyen el escape de un auto perdiéndose en la noche y cierran con llave el portón, haciendo temblar a los jazmines.


miércoles, 9 de abril de 2014

DÉBORA BENACOT (Mendoza, 1976)

LOS HOSPITALES Y LOS AEROPUERTOS SE PARECEN

Los hospitales y los aeropuertos se parecen.

hay quien llega
quien espera
quien llora
quien se va
quien huye

gente reunida
en la bienvenida
y otros muy juntos
para despedirse

manos que insisten
en muecas de adiós
ojos de vidrio
empañados
labios que rezan
un mantra protector
para el que parte

hormigueo constante
en los pasillos
preguntas
destinos
carteles
arrivals/departures

Los hospitales y los aeropuertos se parecen
tanto que se infiere
que todos tenemos un asiento reservado
en ese único vuelo
y estamos mortalmente enfermos
de lo mismo.

Los hospitales y los aeropuertos se parecen
demasiado.

martes, 8 de abril de 2014

PEDRO MAIRAL(Buenos Aires, 1970)

 

MURIENDO BAJO LA LLUVIA

 

Porque fue así. Como un amateur. Me pegó muy mal la cerveza sumada al fernet con coca sumado al porro de doble origen. Pésima combinación. Habrán sido tres vasos de cerveza, y tres fernets fuertes con poca coca, y primero un porro suave que parecía que no hacía nada, y después un refuerzo de dosis con otro porro -traído por un flaco silencioso con pinta de que fumaba de la buena- que me provocó un carnaval de gualeguaychú todo para mí solo, un carnaval endodérmico, incomunicable, imposible de desactivar, infinito, que de golpe me empezó a mandar a la B, y a la C, y a buscar la soledad como los perros enfermos.

En todo el cumpleaños atestado en ese depto de dos ambientes lo único que encontré vacío fue el lavadero al aire libre en la parte de atrás de la cocina. Me agarré de la reja como hincha fanático y miré las terrazas de palermo paysandú, palermo ituzaingó, los tanquecitos de agua, las espaldas de la casas, los espacios mal resueltos, los juntaderos de cosas. Un rayo misterioso me dejó de rodillas. Una estrangulación de tripas, la inminencia de la descarga, saber que vas a morir, vas a morir, porque el perro por la boca muere, y parirás con dolor pero por la boca, ahí hubo un primer pato muy parecido a los tacos con guacamole que había comido hacía un rato, pero pasados por la multiprocesadora del estómago, y más arcadas con efectos sonoros de un ogro del señor de los anillos, gruñidos desde el fondo de la gruta insondable, porque las tripas se exprimían como trapo retorcido y seguían mandando todo lo embuchado, todo lo no dicho, todos los poemas y los cuentos y los capítulos no escritos en estos dos años, los sueños, las pesadillas olvidadas, las puteadas reunidas para mi familia, el cáncer de mamá, todo destilado en una bilis amarga y trasparente, y entonces empezó a llover. Lo juro. Fue el sábado a la noche.

Empezó a llover una lluvia purificadora sobre mi cabeza, una lluvia hermosa sobre el vomitante volcado. Aleluya hermanos. La lluvia más vieja del mundo, la lluvia nueva sobre mi cabeza, sobre mi cuerpo con campera. Y yo pensando, como me pasa a veces en los peores ratos: ¿esto se puede escribir?, algo empieza acá o termina acá, quizá no importa, acabás de morirte en lo más alto del cumpleaños de tu amiga poeta del sur, y nadie te vio y estás muerto y todavía respirando y todo lo vomitado se va por la rejilla, por el desagüe, todo ese verbo mal acumulado, las anginas del mudo, lo callado, todo se iba, se iba, y yo pensando si pudiera contar bien esto, este vuelco, esta muerte, este bautismo, este prólogo del fin, lo puedo escribir, lo estoy escribiendo acá tirado, dictándoselo al bendito taquígrafo insoportable que siempre me custodia, acá estoy empapado, todo se puede escribir, tengo mi carnaval secreto con truenos de tormenta y lo puedo decir, que sigan viniendo las catástrofes, pensaba, que vengan de a una que acá las espero para traducirlas de un solo movimiento invisible con la lengua, que vengan, por dios, que me voy a morir cantando porque estoy lleno de relámpagos…

 

Qué pedo entusiasta y volcadísimo tenía, pero era una vehemencia plenipotenciaria que me empezó a dar una risa, mucha risa, risa de patadas a la chapa del lavarropas, risa de llanto de recién nacido. Y de pronto hablaron cerca; se escuchó: Lau, me parece que hay un tipo que le dio un ataque en tu lavadero. Y me agarró mi ser social, el inmundo. Me enderecé. Me senté derecho, contra la pared. Y se abrió la puerta. Mi amiga. ¿Estás bien? Sí. Te estás mojando todo. Estoy bien. Chupé mucho nomás. ¿No querés entrar? No, después voy. Necesito quedarme acá (me sentía como los recién atropellados que no los pueden tocar). Bueno, me dijo y ahí me dejó mi amiga porque me conoce y me quiere mucho, y me dejó después dormir en su living hasta que amaneció y palermo tenía pajaritos y eran casi borgeanas las calles de tan tempranas y calmas y vacías, casi pude disfrutarlas a pesar de que estaba atrapado adentro del monstruo lento de la resaca dominguera.

GISELLE ARONSON (Gálvez, Santa Fe)

TRISTE

 

Le dejé mi tristeza en la puerta. Cuidámela un rato, le pedí, ya vuelvo. Él la hizo pasar, le lavó la cara sucia y la invitó a jugar un rato con su gato. Le hizo chocolatada con tostadas y dulce de leche. Después,le dejó tocar las teclas de su piano y le puso algunas canciones en el equipo. Mi tristeza y él se sacaron fotos, dibujaron con crayones en hojas lisas de colores y se rieron mucho con chistes tontos. Todo eso me lo contó ella cuando la fui a buscar. Él abrió la puerta y me devolvió mi tristeza limpia y sonriente, como nueva. Cuando vuelva a ponerse oscura, volveré allí, a llevarla de visita.

 

 

CLIC

Dispuesto a limpiar los residuos virtuales, abrió el navegador, cliqueó “Historial” y eligió la alternativa “Eliminar todos los datos de navegación”. Un menú se desplegó debajo de la flecha, le sugería el borrado de los datos: desde hacía una hora, ayer, la semana pasada, un mes o el origen de los tiempos. Le causó gracia la última opción, dirigió el cursor hacia allí y apretó el botón del mouse. Caos, oscuridad y una gran explosión. En un instante, todo volvió a ser principio.

 

 

SMARTPHONE

Mi celular cuenta con un sistema predictivo de escritura: cuando presiono los botones, busca en un diccionario los términos posibles. Aunque sea una simple tecnología, sospecho que algo más ocurre. Si yo tecleo “ansiedad”, el aparato escribe “sequedad”. Si ingreso “boca”, predice “viva”. Si intento con “piel”, refiere “pido”; escribo “horas”, el teléfono interpreta “gotas”. “Palabras” se convierte en “parajes”, “silencio” se vuelve “dolencia”. Pero hay algo más extraño: si escribo “cerca”, aparece tu nombre.


lunes, 7 de abril de 2014

Conmemoración

7 de Abril de 2014
124° Aniversario del natalicio de

Victoriaocampo

Ramona Victoria Epifanía Rufina Ocampo.
Escritora, intelectual, editora de la revista Sur y mecenas argentina.



domingo, 6 de abril de 2014

LEONARDO DOLENGIEWICH (Mendoza, 1986)

AL QUE NO TIENE DIENTES

En los inicios de los tiempos, el reparto alimenticio se hacía de manera justa, teniendo en cuenta las necesidades de cada uno. Y el mundo era aburridísimo. Pero un día, el Panadero se cansó de tanta perfección y decidió divertirse. Entonces, fue con su canasta y tocó la única puerta a la que nunca se había acercado.

 

EL BUEY SOLO BIEN SE LAME

Fue por fin el hedonismo y no -como muchos creen- la moda de su carne en los restaurantes gourmet lo que determinó la extinción de aquella especie otrora tan prolífica.

 

EN CASA DE HERRERO

Los cuchillos no eran de palo pero sí de plástico, de cotillón. Y no por dar la contra ni por seguir al pie de la letra el refrán, sino por la manía de uno de los niños, que ya había destripado un sapo, dos perros y a una tía abuela que había ido de visita.


sábado, 5 de abril de 2014

ESTHER CROSS (Buenos Aires, 1961)


UN GRAN FUMADOR

Creo que me enamoré de mi tío Gabriel antes de saber lo que era estar enamorada.   Así son los grandes amores, y un gran amor no era algo extraño en una familia que hacía las cosas a lo grande. Mi padre era un gran deportista y mi madre se jactaba de que el suyo había sido un gran abogado. En casa les gustaba hablar así: era un gran criminal, una gran conversadora, un gran político. Lo bueno y lo malo, practicado por gente de carácter, cobraba esa dimensión. De Gabriel decían, sobre todo, que era un gran fumador.  Donde estaba Gabriel, había humo. El cigarrillo era una parte  de su cuerpo y él era, para mí, la mejor parte de la familia.
El humo blanco y fileteado quedaba flotando unos minutos, como si fuera su fantasma, cuando cerraba la puerta y se iba. También lo antecedía cuando entraba.  Mis hermanos lo rodeaban, a los gritos. Yo corría a alcanzarle su cenicero preferido, de vidrio, grande y profundo como los vasos de whisky que  estaban de moda –y si estaban de moda, estaban  en casa. Mi madre se encargaba de los discos. Mi padre se ocupaba de los cubos de hielo.  Esa gente sabía tomar. A veces patinaban un poco por el idioma pero también eran muy divertidos.
Gabriel se sentaba en el sillón de pana amarilla. Mis hermanos se peleaban en broma con él y después se iban a su cuarto para pelearse en serio. Yo me sentaba a su lado, lo miraba como si fuera un programa de televisión  y comía caramelos y galletitas con el mismo placer intenso, feliz y mecánico con que él fumaba sus cigarrillos.  Era una gran gordita.
Gabriel fumaba Parliament. Los LM,  decía, eran como un terrón de azúcar y los Jockey eran como dos. Los Kent tenían gusto a paja y los Pall Mall eran un híbrido. Entre los importados  prefería los Gitanes y los Dunhill.  Fumar le gustaba tanto que en épocas de falta de tabaco, cuando no le conseguían cigarrillos uruguayos, se conformaba con   marcas  dudosas que brotaban de la nada o la necesidad.  Una vez lo vi abrir un paquete de Via Apia.  Sentí esa mezcla de piedad y admiración que una siente por los héroes cuando están en las malas.
Yo tenía diez años y usaba talle 14 pero no me importaba. En mi clase había una chica gordísima, Silvia Costella, y me burlaba de su gordura para salvarme de que las otras chicas apuntaran su crueldad contra la mía.  Tenía donde inspirarme. Las cosas que me decían mis hermanos para molestarme se convertían en el guión de mis burlas a Costella. Además, a su lado, salía mejor en las fotos y eso me gustaba porque como toda única hija mujer yo trabajaba para la posteridad.  No puedo decir que lo hacía a propósito pero por algo sentía remordimientos cuando pensaba en Silvia Costella. Los chicos no son ni buenos ni malos pero a veces es mejor no sacar conclusiones.
Cuando Gabriel venía a visitarnos y nos quedábamos solos, me sentaba en sus rodillas y lo abrazaba. Acercaba mi cara a la suya. El se metía el cigarrillo en la boca y echaba atrás la cabeza para largar el humo, con ese gesto que hoy puedo repetir, idéntico, después de tantos años.  Una vez le acaricié el mentón y se rió.  Otra vez, le di un beso en el cuello y le acaricié la cara.  Gabriel sonrió, me palmeó la espalda y me bajó al piso.  Me palmeó la cabeza y me dijo  que fuera a buscarle un vaso de agua.  Fui corriendo.  Si me hubiera pedido cosas más difíciles también las hubiera hecho.  Pero lo más difícil fue, en todo caso, perderme la oportunidad de estar un rato más largo con él.
Cuando Gabriel no nos visitaba, la pasaba bien igual en mi mundo interior, siempre que mis hermanos no se metieran en mi vida. Me encerraba en mi cuarto a recrear grandes escenas pasionales de películas. También jugaba partidas de un juego, que todavía no tenía nombre, con la punta de la mesa, la almohada, mis queridos dedos.  Criticaba a Silvia Costella por teléfono. Veía películas por tele, donde las actrices de la época de mi madre y mi abuela convivían en la misma camada.  Elizabeth Taylor, Vivian Leigh, Lana Turner, Sofía Loren y Raquel Welsh eran contemporáneas para mí porque compartían  la pantalla.  Usaban escotes extralimitados y daban besos larga duración.  Te daban ganas de hacer lo mismo. No podías quedarte quieta. Hay situaciones que son contagiosas y yo jugaba a esas escenas. Era una buena alumna. Tenía vocación.
También tenía un diario lleno de corazones con flechas que decían Gabriel. Era así de fuerte.  Algo que se declaraba en cuanto agarraba el lápiz.  Algo que me precedía hasta en la imaginación. Escondía el diario pero igual mis hermanos lo encontraron y no se privaron de contarles a mis padres que estaba enamorada de Gabriel. A mi madre le pareció una estupidez. Mi padre les cepilló la cabeza de una palmada demasiado fuerte y les dijo que me dejaran tranquila.
Gabriel era el centro de toda mi atención. Una vez le robé el pañuelo que tenía en el saco y lo olí, a escondidas, hasta quedarme dormida. Otra vez,  guardé entre las hojas del diario un papel con dibujitos que había hecho mientras hablaba, fumando, por teléfono.  Cuando me pidió que le sostuviera el saco porque quería ayudar a mis padres a cambiar el sillón de lugar fui una de las chicas más felices del mundo.
Gabriel era soltero. Traía a sus amigas a casa para los cumpleaños y las fiestas. Mis padres las dividían en dos grupos.  Estaban las bonitas y las interesantes.  Todas fumaban como Gabriel y una tenía una tos idéntica a la suya.  Mis hermanos se reían como locos y se ponían colorados. Pobres chicas, decía mi madre con  orgullo. Otra vez tu hermano, decía mi padre con los dientes apretados y una sonrisa complaciente.  Rubias, profesoras, modelos, secretarias, estudiantes.  Una vez, una llamó a mi madre y lloró por teléfono.  Otra vez, otra se apareció en casa preguntando por mi tío.  Mi madre cerró la puerta, corrió hasta el comedor y  le dijo  a mi padre: le dije la verdad, no vive con nosotros y además  está de viaje.  Gabriel era un gran seductor.
Aquel verano alquilamos una casa en Chapadmalal y Gabriel fue a visitarnos  con una novia. Era más grande que las otras, usaba un traje de baño blanco, tenía un pelo maravilloso y mi padre opinaba  que su cuerpo era formidable. Gabriel le prendía los cigarrillos y se los pasaba.  Corría a abrirle la puerta del auto.  Le daba su campera cuando ella tenía frío. Le decía Linda. Linda esto y lo otro. A Linda le dolía la cabeza muy seguido.
Por la ventana de mi cuarto, yo veía a la pareja que caminaba por la arena con el viento en contra. Me quedé encerrada en la casa tres días porque tuve mucha fiebre. En la casa no había tele así que leía, comía y espiaba a los enamorados por la ventana.  Se detenían, cada tanto, para prender un cigarrillo. A la noche oían música con mis padres. Pasaban mucho tiempo encerrados en su cuarto.
Una tarde vi a Linda en la galería de la casa. Tenía los ojos hinchados y respiraba acelerada. No era como  las demás. Linda era distinta. Esa noche, cuando le preguntamos por ella a la hora de comer,  Gabriel nos dijo que se había ido.  Después tomó todo el vino que había en su vaso de un solo trago. Mi padre hizo una broma pero nadie se rió.  Mi madre lo miró y le hizo una mueca a escondidas de Gabriel.  Nos levantamos de la mesa y esa noche no oyeron música ni jugaron a las cartas. Gabriel se fue a su cuarto y cuando mi madre le preguntó si iba a dormir le dijo que no tenía sueño.  No quiso jugar con mis hermanos y los despachó, de mal modo, cuando fueron a buscarlo.
Hice tiempo en la cocina y después me metí en el cuarto de Gabriel. La puerta estaba entornada. La cama estaba deshecha. Había un cenicero lleno de colillas en la mesa de luz que le había tocado a Linda.
Gabriel estaba sentado en un silloncito. La cabeza apoyada en una mano. El cigarrillo se agotaba entre sus dedos y pensé que iba a quemarse.  Lo apagó y encendió otro, en automático. Abrió el paquete, sacó el cigarrillo, dio dos golpecitos contra el brazo del sillón y lo prendió con su encendedor  Ronson, pero estaba en otro mundo.  Ni siquiera se movió  cuando sonó el teléfono, como si diera por sentado que Linda nunca iba a llamar.
Me acerqué y lo saludé. Me regaló una mirada de compromiso. Me senté sobre sus rodillas y lo abracé. Olí su colonia  y la espuma de afeitar que se calcaba en  su cara.  Palpé su cuello ancho y musculoso. Gabriel me apartó un poco para darle una pitada a su cigarrillo.  Estaba volviendo. Miró la brasa del cigarrillo con los ojos entornados, como si calculara la duración de la bocanada de humo que estaba por largar. No pude contenerme.  Le di un beso en la boca.  Como Vivian y Raquel, como Sofía y como Elizabeth.  Con esa mezcla de entrega y tensión que justifica los besos.  Un gran beso.  Gabriel apretaba los labios. Pero insistí, aferrada a su cuello, hasta que oí, con toda claridad, que alguien cerraba la puerta a mis espaldas.  Gabriel cerró los ojos y negó con la cabeza. Nos habían visto.

Esa noche Gabriel se fue de Chapadmalal.  Cuando mis hermanos preguntaron, al otro día, por qué se había ido, mi padre les dijo que no se metieran en las cosas de los grandes. Salí a dar una vuelta y encontré a mi madre en la galería. Tenía los ojos hinchados. Miraba la playa vacía con la mano en la frente, para darse sombra. Mis hermanos preguntaron varias veces más por Gabriel y mi padre siempre dijo lo mismo. Yo no pregunté nada.  Días después me anunciaron que tenían una sorpresa para mí.  Habían invitado, sin consultarme, a Silvia Costella. Eso era todavía peor que la ausencia de Gabriel, aunque la gorda se dejó convencer y ese verano nos alejábamos en la playa para que nadie nos viera. Había mucho viento y aprendimos a fumar. Los primeros cigarrillos.

viernes, 4 de abril de 2014

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jueves, 3 de abril de 2014

ROCÍO SÁNZ (San José, Costa Rica, 1934 – México, 1993)

EL CUENTO VACÍO

Había una vez un cuento descontento.
¿Por qué estaba descontento?
Porque estaba vacío.
No tenía nada: ni hadas ni duendes ni dragones ni brujas.
Ni siquiera tenía un lobo o un enano.
Los otros cuentos ya lo tenían todo:
Blancanieves tenía siete enanos; Pulgarcito tenía sus botas de siete leguas; ¡y Alicia tenía todo el País de las Maravillas!
Pero nuestro cuento estaba vacío.
Fue a ver a las hadas madrinas, pero las encontró muy ocupadas:
—No podemos ayudarte —le dijeron—. Imagínate: en la Bella Durmiente necesitan hasta trece hadas madrinas. Estamos todas ocupadas.
Nuestro cuento fue a ver si conseguía algún dragón, pero todos estaban ya apartados para los cuentos chinos. Trató de procurarse aunque sea unos cuantos duendes, pero todos andaban ya en los otros cuentos. No pudo conseguir hadas ni dragones ni duendes ni nada. Era un cuento vacío. Estaba muy descontento.
Tan descontento que no volvió a salir de su casa. Le daba vergüenza que lo vieran tan despoblado, tan vacío. Nuestro cuento no volvió a salir nunca más.
Los otros cuentos eran muy famosos. Algunos, como Pinocho y Blancanieves, se hicieron estrellas de cine y salían retratados en todos los periódicos. Hasta la humilde Cenicienta llegó a ser estrella de cine. Pero claro, Cenicienta tenía príncipe y zapatillas de cristal, y nuestro cuento no tenía nada. Estaba vacío y no volvió a salir de su casa. Los otros cuentos si salían; andaban por todas partes, todo mundo los contaba.
Los niños del mundo siempre estaban pidiendo que les contaran un cuento, y otro, y otro más. Y los cuentos andaban ocupadísimos, de acá para allá, con sus carrozas y princesas, con sus barcos y piratas, con sus hadas y sus duendes. Y los cuentos viajaban de un país a otro, de un idioma a otro, andaban por todas partes. Nuestro cuento vació seguía encerrado en su casa, muy triste y renegado, y los niños del mundo seguían pidiendo cuentos, cada vez más. Cuentos y más cuentos... ¡hasta que se los acabaron todos! No quedó ni un cuento.
Se gastaron todos.
El mundo se quedó sin cuentos. Nada.
Ni uno solo.
Entonces los niños se acordaron del cuento vacío y fueron a buscarlo. Él no quería salir. Le daba vergüenza porque no tenía nada; ni brujas ni princesas ni zapatillas de cristal.
No tenía nada.
Le pusieron luciérnagas y salió un cuento mágíco.
Le pusieron naves espaciales y salió un cuento de aventuras.
Le pusieron un ratón en bicicleta y quedó un cuento chistoso.
Lo llenaron de ballenas y ballenatos y quedó un cuento gordo, húmedo y tierno.
Los niños estaban felices poniéndole cosas al cuento vacío, hasta que una niña chiquitita dijo: 

— ¡Yo no se leer todavía! ¡Pónganle colores al cuento para que yo lo entienda! Y el cuento se llenó con todos los colores del arco iris. Todos los niños del mundo jugaron con aquel cuento.
Una niña le puso todos los peces del mar y otra lo llenó de alas y de murciélagos. Un niño lo cubrió de minerales preciosos y el cuento brilló. ¡Y otro le puso un marcianito verde y un superpingüino azul! Los niños le pusieron al cuento un traje espacial y lo mandaron a recorrer galaxias. Cuando regresó, lo vistieron de buzo y lo mandaron al fondo del mar. De ahí regresó el cuento con burbujas, pulpos y corales: ¡todo lo maravilloso del mundo!
Y una niña dijo:
—¡A mí me gustaban las princesas que se gastaron en los otros cuentos! Y los niños del mundo volvieron a inventar a las princesas, a las hadas y a los ogros.
Nuestro cuento ya no estaba descontento. ¡Ya no estaba vacío! Era el último cuento que quedaba y fue todos los cuentos.
A los niños les gustó el cuento vacío, porque podían ponerle lo que quisieran.
Y tú, ¿que le pondrías?
¿Qué te gustaría ponerle al cuento?
Aquí está, blanco y vacío, para que juegues con él.

MARTÍN ECHEVERRÍA (Mendoza, 1968)

EL DON DE ENROJECER

 

Me gustan las mujeres que enrojecen.

Tanto cromática

poética

como políticamente.

 

Para empezar me gustan porque son

la única prueba contundente

de que aún hay vida

en mi huraño corazón.

 

No es que aborrezca

a las féminas azules

grises o celestes.

Es simplemente que en nada

se comparan

a las que tienen

el don de enrojecer

que equivale nada menos

a reinventar cada mañana la utopía

multiplicar los panes y los sueños

y poner las cosas más calientes

tanto romántica

poética

como políticamente.

 

Me gustan las mujeres que enrojecen

pues aquellas hembras

que aún suelen sonrojarse

son la última trinchera que nos queda

en la lucha contra el neo desamor.

 

Cuando te tornas mi bien

del verdadero color de las estrellas

quisiera entonces tantas cosas

y entre ellas

ser peregrino en tu piel

cuando anochece

comer tus besos

uno a uno

lentamente

curar tu soledad

e incluso a veces

quisiera simplemente

amarte

amor

cuando enrojeces.