Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

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sábado, 5 de abril de 2014

ESTHER CROSS (Buenos Aires, 1961)


UN GRAN FUMADOR

Creo que me enamoré de mi tío Gabriel antes de saber lo que era estar enamorada.   Así son los grandes amores, y un gran amor no era algo extraño en una familia que hacía las cosas a lo grande. Mi padre era un gran deportista y mi madre se jactaba de que el suyo había sido un gran abogado. En casa les gustaba hablar así: era un gran criminal, una gran conversadora, un gran político. Lo bueno y lo malo, practicado por gente de carácter, cobraba esa dimensión. De Gabriel decían, sobre todo, que era un gran fumador.  Donde estaba Gabriel, había humo. El cigarrillo era una parte  de su cuerpo y él era, para mí, la mejor parte de la familia.
El humo blanco y fileteado quedaba flotando unos minutos, como si fuera su fantasma, cuando cerraba la puerta y se iba. También lo antecedía cuando entraba.  Mis hermanos lo rodeaban, a los gritos. Yo corría a alcanzarle su cenicero preferido, de vidrio, grande y profundo como los vasos de whisky que  estaban de moda –y si estaban de moda, estaban  en casa. Mi madre se encargaba de los discos. Mi padre se ocupaba de los cubos de hielo.  Esa gente sabía tomar. A veces patinaban un poco por el idioma pero también eran muy divertidos.
Gabriel se sentaba en el sillón de pana amarilla. Mis hermanos se peleaban en broma con él y después se iban a su cuarto para pelearse en serio. Yo me sentaba a su lado, lo miraba como si fuera un programa de televisión  y comía caramelos y galletitas con el mismo placer intenso, feliz y mecánico con que él fumaba sus cigarrillos.  Era una gran gordita.
Gabriel fumaba Parliament. Los LM,  decía, eran como un terrón de azúcar y los Jockey eran como dos. Los Kent tenían gusto a paja y los Pall Mall eran un híbrido. Entre los importados  prefería los Gitanes y los Dunhill.  Fumar le gustaba tanto que en épocas de falta de tabaco, cuando no le conseguían cigarrillos uruguayos, se conformaba con   marcas  dudosas que brotaban de la nada o la necesidad.  Una vez lo vi abrir un paquete de Via Apia.  Sentí esa mezcla de piedad y admiración que una siente por los héroes cuando están en las malas.
Yo tenía diez años y usaba talle 14 pero no me importaba. En mi clase había una chica gordísima, Silvia Costella, y me burlaba de su gordura para salvarme de que las otras chicas apuntaran su crueldad contra la mía.  Tenía donde inspirarme. Las cosas que me decían mis hermanos para molestarme se convertían en el guión de mis burlas a Costella. Además, a su lado, salía mejor en las fotos y eso me gustaba porque como toda única hija mujer yo trabajaba para la posteridad.  No puedo decir que lo hacía a propósito pero por algo sentía remordimientos cuando pensaba en Silvia Costella. Los chicos no son ni buenos ni malos pero a veces es mejor no sacar conclusiones.
Cuando Gabriel venía a visitarnos y nos quedábamos solos, me sentaba en sus rodillas y lo abrazaba. Acercaba mi cara a la suya. El se metía el cigarrillo en la boca y echaba atrás la cabeza para largar el humo, con ese gesto que hoy puedo repetir, idéntico, después de tantos años.  Una vez le acaricié el mentón y se rió.  Otra vez, le di un beso en el cuello y le acaricié la cara.  Gabriel sonrió, me palmeó la espalda y me bajó al piso.  Me palmeó la cabeza y me dijo  que fuera a buscarle un vaso de agua.  Fui corriendo.  Si me hubiera pedido cosas más difíciles también las hubiera hecho.  Pero lo más difícil fue, en todo caso, perderme la oportunidad de estar un rato más largo con él.
Cuando Gabriel no nos visitaba, la pasaba bien igual en mi mundo interior, siempre que mis hermanos no se metieran en mi vida. Me encerraba en mi cuarto a recrear grandes escenas pasionales de películas. También jugaba partidas de un juego, que todavía no tenía nombre, con la punta de la mesa, la almohada, mis queridos dedos.  Criticaba a Silvia Costella por teléfono. Veía películas por tele, donde las actrices de la época de mi madre y mi abuela convivían en la misma camada.  Elizabeth Taylor, Vivian Leigh, Lana Turner, Sofía Loren y Raquel Welsh eran contemporáneas para mí porque compartían  la pantalla.  Usaban escotes extralimitados y daban besos larga duración.  Te daban ganas de hacer lo mismo. No podías quedarte quieta. Hay situaciones que son contagiosas y yo jugaba a esas escenas. Era una buena alumna. Tenía vocación.
También tenía un diario lleno de corazones con flechas que decían Gabriel. Era así de fuerte.  Algo que se declaraba en cuanto agarraba el lápiz.  Algo que me precedía hasta en la imaginación. Escondía el diario pero igual mis hermanos lo encontraron y no se privaron de contarles a mis padres que estaba enamorada de Gabriel. A mi madre le pareció una estupidez. Mi padre les cepilló la cabeza de una palmada demasiado fuerte y les dijo que me dejaran tranquila.
Gabriel era el centro de toda mi atención. Una vez le robé el pañuelo que tenía en el saco y lo olí, a escondidas, hasta quedarme dormida. Otra vez,  guardé entre las hojas del diario un papel con dibujitos que había hecho mientras hablaba, fumando, por teléfono.  Cuando me pidió que le sostuviera el saco porque quería ayudar a mis padres a cambiar el sillón de lugar fui una de las chicas más felices del mundo.
Gabriel era soltero. Traía a sus amigas a casa para los cumpleaños y las fiestas. Mis padres las dividían en dos grupos.  Estaban las bonitas y las interesantes.  Todas fumaban como Gabriel y una tenía una tos idéntica a la suya.  Mis hermanos se reían como locos y se ponían colorados. Pobres chicas, decía mi madre con  orgullo. Otra vez tu hermano, decía mi padre con los dientes apretados y una sonrisa complaciente.  Rubias, profesoras, modelos, secretarias, estudiantes.  Una vez, una llamó a mi madre y lloró por teléfono.  Otra vez, otra se apareció en casa preguntando por mi tío.  Mi madre cerró la puerta, corrió hasta el comedor y  le dijo  a mi padre: le dije la verdad, no vive con nosotros y además  está de viaje.  Gabriel era un gran seductor.
Aquel verano alquilamos una casa en Chapadmalal y Gabriel fue a visitarnos  con una novia. Era más grande que las otras, usaba un traje de baño blanco, tenía un pelo maravilloso y mi padre opinaba  que su cuerpo era formidable. Gabriel le prendía los cigarrillos y se los pasaba.  Corría a abrirle la puerta del auto.  Le daba su campera cuando ella tenía frío. Le decía Linda. Linda esto y lo otro. A Linda le dolía la cabeza muy seguido.
Por la ventana de mi cuarto, yo veía a la pareja que caminaba por la arena con el viento en contra. Me quedé encerrada en la casa tres días porque tuve mucha fiebre. En la casa no había tele así que leía, comía y espiaba a los enamorados por la ventana.  Se detenían, cada tanto, para prender un cigarrillo. A la noche oían música con mis padres. Pasaban mucho tiempo encerrados en su cuarto.
Una tarde vi a Linda en la galería de la casa. Tenía los ojos hinchados y respiraba acelerada. No era como  las demás. Linda era distinta. Esa noche, cuando le preguntamos por ella a la hora de comer,  Gabriel nos dijo que se había ido.  Después tomó todo el vino que había en su vaso de un solo trago. Mi padre hizo una broma pero nadie se rió.  Mi madre lo miró y le hizo una mueca a escondidas de Gabriel.  Nos levantamos de la mesa y esa noche no oyeron música ni jugaron a las cartas. Gabriel se fue a su cuarto y cuando mi madre le preguntó si iba a dormir le dijo que no tenía sueño.  No quiso jugar con mis hermanos y los despachó, de mal modo, cuando fueron a buscarlo.
Hice tiempo en la cocina y después me metí en el cuarto de Gabriel. La puerta estaba entornada. La cama estaba deshecha. Había un cenicero lleno de colillas en la mesa de luz que le había tocado a Linda.
Gabriel estaba sentado en un silloncito. La cabeza apoyada en una mano. El cigarrillo se agotaba entre sus dedos y pensé que iba a quemarse.  Lo apagó y encendió otro, en automático. Abrió el paquete, sacó el cigarrillo, dio dos golpecitos contra el brazo del sillón y lo prendió con su encendedor  Ronson, pero estaba en otro mundo.  Ni siquiera se movió  cuando sonó el teléfono, como si diera por sentado que Linda nunca iba a llamar.
Me acerqué y lo saludé. Me regaló una mirada de compromiso. Me senté sobre sus rodillas y lo abracé. Olí su colonia  y la espuma de afeitar que se calcaba en  su cara.  Palpé su cuello ancho y musculoso. Gabriel me apartó un poco para darle una pitada a su cigarrillo.  Estaba volviendo. Miró la brasa del cigarrillo con los ojos entornados, como si calculara la duración de la bocanada de humo que estaba por largar. No pude contenerme.  Le di un beso en la boca.  Como Vivian y Raquel, como Sofía y como Elizabeth.  Con esa mezcla de entrega y tensión que justifica los besos.  Un gran beso.  Gabriel apretaba los labios. Pero insistí, aferrada a su cuello, hasta que oí, con toda claridad, que alguien cerraba la puerta a mis espaldas.  Gabriel cerró los ojos y negó con la cabeza. Nos habían visto.

Esa noche Gabriel se fue de Chapadmalal.  Cuando mis hermanos preguntaron, al otro día, por qué se había ido, mi padre les dijo que no se metieran en las cosas de los grandes. Salí a dar una vuelta y encontré a mi madre en la galería. Tenía los ojos hinchados. Miraba la playa vacía con la mano en la frente, para darse sombra. Mis hermanos preguntaron varias veces más por Gabriel y mi padre siempre dijo lo mismo. Yo no pregunté nada.  Días después me anunciaron que tenían una sorpresa para mí.  Habían invitado, sin consultarme, a Silvia Costella. Eso era todavía peor que la ausencia de Gabriel, aunque la gorda se dejó convencer y ese verano nos alejábamos en la playa para que nadie nos viera. Había mucho viento y aprendimos a fumar. Los primeros cigarrillos.

domingo, 31 de marzo de 2013

LECTURA PARA COMPARTIR: ESTHER CROSS (Buenos Aires, 1961)

 

“CABEZA”

Volvíamos a Buenos Aires con el primer auto que se había comprado mi padre. Era un Fiat 1500 gris oscuro y era, como todos los que tendríamos, un auto práctico y discreto. Mi padre manejaba con una mano en el volante y con la otra repartía manotazos y cachetadas al asiento de atrás, donde mis dos hermanos y yo nos peleábamos para ver quién iba en el medio. Mi madre tenía los brazos cruzados y se mordía el labio. Podíamos verla por el espejo. En el baúl, en una caja de bananas Dole, adentro de una bolsa hundida entre papeles de diario y aserrín, estaba la cabeza del perro. Teníamos que llevarla al Instituto Pasteur. Hacíamos lo que nos habían dicho que teníamos que hacer.

Era una cabeza pesada. El capataz había traído la caja hasta el coche entre las manos, con los brazos colgando. Lo vimos venir desde los galpones, con esa lentitud que marca el tiempo cuando ya es demasiado tarde. Nos saludó levantando el mentón y después esperó a que mi padre guardara las valijas en el baúl. Entonces acomodó la caja de bananas Dole con la cabeza del perro adentro.

Bastaba con ver la mordedura en la pierna de mi hermano menor para darte una idea de la magnitud de la cabeza que llevábamos de viaje. Si hubiera sido la cabeza de un perro chico, igual hubiera sido todo un tema, pero era la cabeza de un perro grande. El perro grande había sido, además, el perro preferido de Gómez, el mensual más viejo y antiguo del campo. Se llamaba Cabeza. Había mordido a mi hermano menor y teníamos que asegurarnos de que no tuviera rabia.

Cabeza mordió a mi hermano menor y después se sentó y nos miró. Mi hermano menor gritó, miramos la herida, miramos el perro, miramos la herida y fuimos para la casa mientras armábamos, entre los tres, la versión que les daríamos a mis padres. La tierra del camino absorbía las gotas oscuras de sangre –los dientes de Cabeza habían atravesado el pantalón–. Antes de llegar, oímos un aullido. Mi hermano más grande dijo que seguramente le estaban pegando al perro. El capataz llegó a la casa un poco después y le dijo a mi padre que le había dicho a Gómez que tenía que matarlo, como castigo. Cabeza estaba muerto.

¿Cuál era el perro que parecía más un lobo que un perro? Cabeza. ¿Cuál era el mejor perro de Gómez? Cabeza. Tenía siempre la lengua afuera y cuando lo veías tirado en la puerta de Gómez era como si tuviera el corazón en la lengua. Después Cabeza se levantaba y parecía que con él se levantaba todo.

Gómez tenía más de veinte perros. Mi madre siempre decía que era un peligro. Mi padre agregaba que si todos tuviesen tantos perros como Gómez, el campo sería un desastre, y sacaba la cuenta –le encantaba–. El tema era una fija cuando nos quedábamos sin tema. Había que decirle que no podía tener tantos perros. Pero nadie quería ofender a Gómez porque era un buen hombre, no tenía familia y era –sobre todo– un hombre leal. Mi padre estaba seguro de que si no podía tener sus perros con él, Gómez iba a irse. Lo decía con una admiración resignada, casi en clave.

A los perros los trataban de usted. A veces se morían. A veces se perdían. A veces se los llevaba el celo. Un perro podía tener varios nombres, que era como no tener ninguno. A veces, en una misma tarde, le decían Mancha o Gancia a dos perros a la vez. Negro era un nombre muy frecuente. Había varios Mancha y un par de Lobos. Cabeza era el único perro que tenía un solo nombre. Nadie se lo confundía. Eso quería decir algo.

¿Lo habían matado? ¿Gómez había tenido que ir a matar a su propio perro? Mi padre entendió el mensaje y era un mensaje lógico para alguien como mi padre. Pero mi madre era especialista en enfermedades contagiosas y plagas. Le dijo a mi padre que ahora no podríamos asegurarnos de que el perro no tuviese rabia o alguna otra enfermedad. Llamaron a Buenos Aires, al doctor Pietro. Tardaron mucho en conseguir. Cuando dieron con Buenos Aires, se oía mal y mi madre tenía que gritar para que el doctor la oyera. De un lado, la voz de mi madre; del otro, la voz del doctor Pietro y en el medio el sonido de la distancia, la acústica débil, la interferencia.

Oímos lo que dijo el capataz y los tres vimos a la vez, cada uno por su cuenta, a Gómez que se alejaba, en nuestra imaginación, de espaldas, seguido por Cabeza, hacia el monte, con sus tristes intenciones. Mi hermano más grande dijo, al rato, que seguramente el perro no había sospechado nada y mi hermano menor y yo asentimos porque los tres habíamos pensado la muerte de Cabeza de la misma manera. El hombre. El monte. El perro. El sacrificio. A lo mejor el perro había sospechado pero la lealtad al amo que lo llamaba le había ganado al miedo.

Era el único perro que no teníamos que tocar. No lo toquen, nos decían. Hasta el mismo Gómez dijo una vez no lo toquen, cuando nos vio mirándolo, y fue la única vez que oímos hablar a Gómez. Y mi hermano menor lo tocó. Y al perro lo mataron. Y ahora íbamos en el auto, con la cabeza de Cabeza en el baúl, adentro de una caja de cartón. Teníamos que entregarla al Instituto Pasteur antes de que se pudriera.

El policía estaba parado en medio de la ruta. Hacían eso seguido. Sabías que ibas a encontrarte con alguno cada tantos kilómetros. Estábamos cerca de Daireaux. Nos dimos cuenta porque el olor del frigorífico ya contagiaba todo. Habíamos salido tan temprano que después de hacer más de cien kilómetros seguía siendo temprano. El policía hizo señas para que mi padre frenara al costado de la ruta. Mi madre se dio vuelta y nos retó aunque no estábamos haciendo nada.

El oficial era gordo y tenía la cara mojada. Pero no transpiraba solamente por el calor del verano. Transpiraba desde adentro. Ese hombre iba a explotar en cualquier momento. Tenía dedos gruesos y uñas en pico.

Cuando mi padre abrió el baúl vimos, por el vidrio, que el policía tocaba las valijas con su bastón, como si le diera asco meter la mano adentro de nuestro auto. Sin embargo, cuando hundió el bastón una, dos, tres veces en el mismo lugar parecía concentrado y para nada molesto. Era un buitre y había encontrado algo.

Mi padre tuvo que sacar la caja del baúl y la apoyó en el suelo. El policía le hizo señas para que se callara. Los policías nunca te dejaban hablar. Donde empezaba la policía se terminaban las explicaciones. Mi padre se agachó para abrir la caja. El policía dio un paso hacia atrás. Después gritó como en una clase de gimnasia.

Mi padre se levantó y se apoyó contra el auto, con las piernas abiertas. Le dijo a mi madre que no se preocupara. Entonces el policía lo agarró de la camisa, lo echó hacia atrás y lo tiró contra el vidrio. Vimos la cara de mi padre, que se aplastaba contra el vidrio y mi madre gritó. Aunque no estuviera prohibido llevar la cabeza de un perro en el baúl de un auto, el policía trataba a mi padre como si fuera un criminal. Mis dos hermanos y yo empezamos a saltar adentro del auto, a golpear el techo con los puños. El policía agarró a mi padre del brazo y se lo llevó a un costado. Mi hermano más grande bajó la ventanilla del auto y en el auto entró el olor de la mañana, de la cabeza, del frigorífico y de algo todavía más fuerte y concentrado, que a lo mejor era el olor de todo eso a la vez.

El doctor Prieto le había dicho a mi madre que como el perro estaba muerto y no podíamos llevarlo para que lo examinaran en el Pasteur, teníamos que llevar la cabeza. Mi padre le agradeció el gesto de lealtad al capataz y, sin hacer hincapié en el hecho de que había sido un error matar al animal, le dijo que tenían que cortarle la cabeza. El capataz asintió. Después fue a buscar a Gómez y le dijo que tenía que cortarle la cabeza a Cabeza, que había quedado tirado en el monte. A la mañana, antes de que saliera el sol, Gómez le había dado al capataz la caja de cartón con la cabeza adentro. Teníamos que llevarla lo antes posible. Podían analizarla y saber si el perro tenía rabia.

Mi padre entró al auto mientras nos chistaba. Tenía que hacer algo y no quería que lo interrumpieran. Estaba enojado. Abrió la guantera. Sacó la billetera. Se metió el fajo de billetes en el bolsillo y salió del auto. El policía se paró delante de él, y lo cubrió con su espalda azul y maciza mientras estiraba la mano. Así eran las cosas y pagabas. Después mi padre vino al auto, cerró el baúl, entró, se sentó y arrancó sin contestarle a mi madre, que quería volver para buscar la caja con la cabeza del perro.

–Hijo de puta –dijo mi padre con la cara colorada, con los ojos clavados en el espejo retrovisor. Apretaba el volante con tanta fuerza que los dedos se le habían puesto blancos.

¿Y la cabeza? Preguntaron mis hermanos. ¿Se había podrido y por eso la había dejado tirada en el pasto? ¿Tenía gusanos, tenía los ojos abiertos, tenía espuma en la boca y sangre seca en el cuello? ¿Se veían las venas y los restos de carne en una cabeza recién cortada? Mi padre nos dijo que la cabeza que estaba en la caja de bananas Dole no era la cabeza de Cabeza. Era la cabeza de otro perro de Gómez. Cabeza debía estar corriendo por algún lado.

“Seguro que se fue”, dijo mi padre, con una admiración resignada, casi en clave. Se refería a Gómez, por supuesto.

Volvíamos a Buenos Aires en el primer auto que tuvimos. El sol ya había salido. Pasamos los carteles que decían Daireaux. Seguimos viaje.