Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

sábado, 5 de octubre de 2013

PARA COMPARTIR: GUSTAVO NIELSEN (Buenos Aires, 1962)

PLAYA QUEMADA
1
Mi departamento es un cuarto vacío, con apenas un colchón desparramado en el suelo, unas pocas cobijas, un teléfono y una ventana, por la que puedo contemplar la playa negra. 
Tanto me hablaron de esa playa, de los que quedaron en pie, que todos los comentarios se me cruzan, y puedo imaginarme cosas aún peores de las que seguramente ocurrieron. Los rostros deformados de aquellos que se dieron cuenta que venía el magma e intentaron correr, y el fuego les congeló el momento. Miles de comentarios sin cara, voces de la desesperación surgiendo a través de este tubo que suena y suena; gritándome de los que no se dieron cuenta, de mi hermana que no se dio cuenta y siguió durmiendo plácidamente. La voz es un estertor desde el otro lado del cable. 
- ¿Quién habla? 
- Usted no me conoce. Soy un vecino de su madre; ahora estoy en el Morro, a cinco kilómetros del volcán. Alcanzo a ver la ventana de su departamento desde aquí. Llamé porque vi las persianas abiertas, y pensé que quizás ella pudiera... 
- ¿Estar? No; viajé solo. Acabo de llegar. 
Nuestras voces se detienen en el receptor, como en un acto mutuo de caridad. Su silencio es un vacío adentro de mi cabeza. Agrego, para disipar cualquier duda: "Vine a buscar a mi hermana". El hombre parece comprender. Carraspea, intranquilo. 
- Quería prevenirlo de ese horror -dice. 
- Tengo que verla. 
- No vale la pena. 
- Es mi hermana la que está allá. 
- Fue su hermana. No vaya; no vale la pena. No sufrió, se le nota en la cara. 
- Por qué no se habrá tirado al agua... -lo pienso y lo digo. 
- Los que alcanzaron el agua murieron calcinados debajo de las olas. 
Cuelgo el receptor. A través de la ventana abierta entra una ráfaga de olor a quemado. Carne quemada. Estoy sentado sobre el colchón y una náusea me sube hasta la boca. Cierro la ventana golpeando los marcos, las persianas una contra la otra, corriendo las cortinas para no ver, no oler, no sentir. Como si me estuviera cerrando yo mismo. Respiraré este aire viciado durante las próximas horas. 
Mañana bajaré a la playa.
2
Es de día. Llevo puestas las botas altas por precaución, para suspender lo más posible el contacto de mis plantas con el suelo. Eso es lo que pensé. Dentro de un rato, el calor me licuará los pies. 
Desciendo a través del descampado del oeste, a doscientos metros de donde comienzan los balnearios. Un manto de laca negra cubre toda la playa: la superficie de la arena, las piedras, los arbustos de fijación, los bultos que se divisan a lo lejos. Es muy difícil de distinguir, desde aquí, alguna forma reconocible. 
Estando en el departamento, en varias ocasiones me imaginé que sonaba el teléfono y era mi hermana. Decía que no me preocupara, porque no había pasado nada malo. Fue un deseo tan intenso que me alucinó, y me lancé a atenderla sin motivo, totalmente excitado. Mi cabeza a punto de estallar, aferrada al tubo mudo ("¿hay alguien ahí? ¿me estás oyendo, linda?"). Hablándole al escenario de una playa quemada. 
Por lo pronto, esto no parece lava. Es otra cosa; algo que, superficialmente, hace suponer que no hubo mediación del fuego. Se observa en cualquier piedra; en ésta: parece un vasito plástico de Coca, con sus bordes, relieves, todo igual pero fósil, tallado en la playa como una escultura. Tallado en esta gran roca que es la playa. 
Las dos palmeras siguen paradas, simétricas, al pie del volcán. Trepo hacia ellas por una plataforma irregular, con objetos saliéndole por todas partes (flores petrificadas, atados de cigarrillos arrugados y durísimos, más vasitos como el que acabo de describir, etc). La lista es innumerable: todo tipo de basura, pero negra. Llego transpirado y exhausto. Dos varas grises, secas, distantes casi cinco metros una de otra, enmarcan a lo lejos la boca del Morro. La misma capa de lava (ahora sé a qué me hace acordar: a un gran baño de chocolate impenetrable), cubre los troncos hasta el metro setenta y pico. Yo mido uno setenta y cuatro; estoy parado sobre las raíces salientes de uno de los árboles y la marca tiene más o menos mi altura. 
Descubro al perro cuando me tropiezo con él, caminando de espaldas. Quería ubicarme en el centro justo de la línea de separación entre los troncos, pero el animal estaba allí. Una roca pequeña con la forma y el tamaño de un perro. Las orejas tiesas; el cuerpo levantándose de la arena; la cola avizora de peligro, a punto de meterse entre las patas; el hocico apenas enterrado, formando un triángulo de aire entre sus mandíbulas abiertas y el suelo. Buscando enterrarse, apretando las líneas de su cara en una escapatoria ridícula hacia adentro de la tierra; para quedar cubierto inmediatamente, muerto en un lapso de segundo por la lava, convertido en este nuevo objeto que ahora es. 
A su derecha, como en un kitsch fatal, una radio a transistores con las antenas, las perillas, los parlantitos, toda recubierta de negro. Acerco mi oreja al receptor, porque me parece que un zumbido... Pura sugestión. Tengo que escuchar lo que este receptor está sintonizando. Hago el esfuerzo porque debo encontrar una voz (por mi salud mental), una palabra, un sonido que no sea el de la brisa deslizándose desde lejos entre los recortes humanos. Algunos que, de tanto espanto, se alcanzan a ver llenos de puntas que provocan singulares silbidos al paso del viento. 
Me habían avisado que iba a encontrar dos tipos de cuerpos. Eso lo sabía antes de salir. Aquellos que la catástrofe sorprendió distraídos, durmiendo o concentrados en sus propias ideas. Lejos de darse cuenta de algo, recogieron sus sonrisas, chuparon de sus mates por última vez, respiraron hondo y quedaron fotografiados para siempre en estos bronces mustios. Y los otros, los que se dieron vuelta. Los que vieron la lava. Los que supieron del terror de la muerte. A esos advertidos, los gestos se les volvieron verrugas y cánceres inmediatos, los cuerpos se les retorcieron y se les crisparon los miembros, agazapados, preparados para correr, corriendo, arrojándose a la nada desde el infierno. Esos guardaban gritos mudos y rictus que los desfiguraban para siempre, que ya los daban por muertos en el instante antes de morirse, con la lujuria y el encanto sádico del fuego. Los estoy viendo, y ahora comprendo el consejo que me diera el vecino de mi madre: "volver la cara". Necesariamente hay que volver la cara. 
No tengo fuerzas para nada, ni ganas. Pasear por esta galería de quietos me provoca una tensión paralizante, como proveniente de otro estado de los sentidos. Con las ideas lavadas y la cabeza en blanco. Estoy flotando entre ellos. Todo lo contrario a la energía que despide aquel señor que alcanzo a ver moviéndose desde aquí; tan ocupado gritando, abrazando a su hijo quemado. La imagen suena desesperante, pero no consigue alterarme, porque voy suspendido por mis nervios. Colgado. 
Lo miro. Desde acá (estoy a diez metros de ellos), el hombre parece llorar. El sol hace brillar las gotas sobre su rostro. Me voy acercando. El muchacho habría sido sorprendido huyendo hacia el mar ("dales vuelta la cara; no vale la pena ver lo que sufrieron; esto ya no tiene remedio") y aparecía inclinado en un ángulo demasiado agudo, con los brazos abiertos y las manos vueltas dos garras, y las cuencas y la boca también abierta. Sin ojos. Lo veo cada vez con más detalles. El hombre se aferra a aquel cuerpo aprovechando el abrazo de la desesperación, perdido en el aire entre esos dos brazos como mástiles. Quizás piense que lo abraza a él, en una lógica sin piedad, y esté tratando de completar el cuadro. Esta sola idea me parece tan cruel, que tengo ganas de decirle que lo suelte, que no se desespere. La luz del sol hace brillar su cara como un espejo. Los pies me están hirviendo de calor, adentro de las botas. Me quito la camisa para atármela a modo de turbante. Mi propio rostro, mis manos y mi torso desnudo están tapizados por una leve capa de sudor que brota sin interrupción de mis poros. Así, yo también aparezco cubierto, como ellos lo están de lava sólida. La diferencia es que el sudor me sale constantemente de la piel, y esto se ve tan estático. Tan muerto. 
El hombre me está mirando. Tiene la remera empapada, pegada al cuerpo. "¿Va a ayudarme?", pregunta, y la sorpresa me deja perplejo. ¡Hace tanto que no veía pronunciar una palabra! Oí los mensajes del teléfono; vi estos gritos del silencio aquí en la playa; pero no una voz surgiendo de una garganta, de una boca humana. Me quedo tieso en el lugar, sin saber exactamente qué responderle. 
- ¿Cómo, señor? 
Me da terror que no me explique; que vuelva a abrazar a su hijo como si nada. El tono de su voz había sido una especie de reproche agresivo; y este abrazo tan violento de ahora, tan distante de la imagen viva de luto que contemplé al llegar... Además, aquello que desde lejos confundí con lágrimas brillantes, no es otra cosa que transpiración espesa, sucia, de cansancio. Acabo de comprenderlo: sólo quiere llevárselo de aquí. Esa resignación fría debería actuar en mí como una secreta esperanza, un deseo de comportamiento para cuando encuentre a mi hermana. 
Una gaviota vuela sobre nosotros. La veo dibujar sus círculos de aire. Ese pájaro puede haber volado el día de la erupción. "Ayudame a buscarla, pico ganchudo". Una gaviota desplegada entre vapores de gas. ¿Vapores tóxicos? "Quiá", hace, para saludarnos, moviendo la cabeza. No habría podido resistir un vuelo tan rasante (quizás venga de otros lugares sin volcanes). Usando el brazo derecho como visera, le guiño un ojo que ella no alcanza a ver. 
- ¿Me da una mano? O me ayuda, o se va. 
- ¿Qué? 
- Decídase de una vez. Tiene toda la playa para pasear. 
Está molesto. Me debo haber ruborizado, porque me arde la cara. 
- No entiendo qué quiere que haga. 
Él mueve la cabeza en una negación fastidiosa. 
- Ponga sus dos manos abiertas sobre la espalda de mi muchacho. No, más arriba, a la altura de los omóplatos. ¿Sabe lo que son los omóplatos? 
- Claro. 
- Ahora empuje. Cuando yo se lo diga. 
Rodea con sus brazos la cintura del joven. 
- Ya. Con fuerza. Así... 
Hace TRACT y se me escapa de las manos. El hombre trastabilla hasta caer de espaldas, con tal mala suerte que un brazo de "su muchacho" choca contra el vientre abultado de un viejo sentado al costado de su sombrilla. Un vientre como una pared de hierro. El brazo se deshace con un sonido de porcelana rota. Después vuelve un corto silencio, inmediatamente interrumpido por el llanto del hombre. No sé qué pasó, porque cerré los ojos para no sentir ese momento de cristales rompiéndose, y ahora que los abro el hombre está llorando, aferrado a dos objetos que quedaron allí, como bases de dos columnas pequeñas. Le apoyo una mano sobre la cabeza y él se mueve hacia atrás, descubriendo los pies de su muchacho cementados al piso. Definitivamente parte de la playa, parte del todo de lava. Abandonados aquí con sus corazones de hueso partido, sus pulpas de pantorrilla inmóvil y sus pieles de roca. 
La repugnancia me tapa los ojos. Un sabor amargo trepa desde mi estómago, y tengo que girar sobre mi cuerpo por la sensación de vómito que me viene a la boca. El sol describe una sombra de un color negro intenso, que es como uno de estos seres pero móvil, girando. Me dan ganas de gritar por ellos, que también son sombras. Con gestos, con caras y sombras en la cara. Como un cementerio de momias. Mudas. Y ahora estoy quieto yo también, mudo también, helado, porque acabo de encontrar a mi hermana.

Está sentada en una de las reposeras que entregaban en el balneario. Le veo medio perfil, desde atrás, y estoy seguro de que es ella. Siempre nos robábamos las reposeras y las sillas de otras carpas; quiero llegar inmediatamente hasta su cuerpo y por eso corro, y otra vez me sorprende mi sombra moviéndose. Loca por irse a casa, loca por no quedarse entre esta maldición, loca por creer que el silencio le llegará de un momento a otro, por pensar, preguntándose "¿dejaré de correr?". Igual que mi hermana en su reposera, durmiendo el sueño de las piedras. 
Esa no puede ser su cara. Me habían asegurado una expresión de calma, una ausencia de sufrimiento. Y no esta boca dolorida, este hueco inmenso, la tirantez de las arrugas estirando una máscara de odio. El único atisbo de tranquilidad lo dan sus manos entrelazadas, porque sus piecitos han sido descubiertos por el volcán en mitad de un movimiento de acomodación de postura, y parecen dos cuervos peleando. La boca es el centro del espanto: abierta a más no poder y llamando a alguien, llamándome en su idioma. ¿Debería soportarlo, entenderlo, aceptarla gritando? Esta visión es una contractura en mi cabeza, en mi puño cerrado penetrando adentro de su boca de muelas negras y lengua seca. Estoy agarrado a su grito. Bajo la forma de un alarido de dolor llega mi voz, en una compulsión liberadora. Mi garganta sigue en pie, caliente. La escucho latir.

Con la pesadez de una bandera mojada, caigo sobre la playa. Estoy agotado. Te amo, hermana. Amo a aquella que fuiste. A la que vine a rescatar de la explosión del Morro. Aquí me ves. Demasiado tarde para todo. La tela de la reposera es una superficie laminar de medio centímetro de espesor, de la misma textura y fragilidad que el resto de la playa. Lo sé porque la veo partirse ante la mínima presión que hago; con la consistencia de una madera balsa y la apariencia, en el recorte, de un sandwich de tela entre dos bandas de lava. 
Pasa el hombre llevando a su muchacho cargado sobre los hombros. Mira hacia donde estoy tendido y hace una pequeña sonrisa a modo de saludo. No parece pesarle demasiado. Me paro. Anclado sobre mis piernas abiertas, doblo la cintura. Tengo que sacar a mi hermana de aquí. Es una verdadera suerte el hecho de que sus pies estén en el aire, el derecho parcialmente apoyado sobre la tela de la reposera, y que sólo las patas de madera lleguen al piso. Con poco esfuerzo voy arrancándolas una a una. Pedazos desiguales de las cuatro patas quedarán para siempre clavados a la playa. 
"Quiá", me avisa la gaviota. "Ya sé", le digo. "Puedo imaginarme lo que vendrá". Sin embargo, continuaré arrastrando su cuerpo y la reposera hasta llegar al departamento. "Gracias, te entendí, pero tengo la mente ida".
3. 
Desde que comencé a subirla por la playa, supe que tendría dificultades para apoyar correctamente la reposera sobre el parquet del departamento. Las patas habían quedado mal cortadas; eso hacía imposible cualquier tipo de equilibrio más o menos estable. Al principio se me ocurrió suplementar las diferencias con tacos de madera y monedas. Desistí; coloqué a mi hermana recostada en el colchón. Cuando llegó la noche, tuve que emparejar los apoyos y asegurar la planta de su pie izquierdo -antes en el aire, ahora bastante cerca del parquet- sobre la cabecera. Yo debía pasar la noche junto a su cuerpo, en esa cama improvisada. Acomodé la almohada. Dormí aferrado a su pie. 
Durante esa noche me moví mucho; me di cuenta en un momento en el que estaba despierto, y mis manos ya no la abrazaban. Su posición era ilógica: de milagro no se había caído al suelo. Eran las 4:30 de la madrugada. La luna llena volcaba, desde la ventana, una claridad blanca que recortaba su figura como la de un fantasma. Encendí la luz. Las manos entrelazadas le daban un indicio de la tranquilidad de la que había hablado el amigo de mi madre; pero ese rostro, Dios. Ese alarido. Decidí reubicarla apoyándola sobre el costado de la reposera, de tal modo que su cabeza quedara junto a la mía, sobre la almohada. Apagué la luz y me acosté. Su boca me hablaba, en secreto, un silencio de lápidas. Ya estábamos bien. Cerré los ojos e inmediatamente tuve un sueño, que más que sueño fue un recuerdo de cuando era chico, y mi madre -de siete u ocho meses de embarazo- tomó mi mano para que sintiera a mi hermana. La puso sobre su vientre. A mí me pareció una pavada. 
- ¿Ves cómo se mueve? -dijo. 
Yo no podía darme cuenta. 
- ¿Se mueve? 
- ¡Claro! ¿No la sentís? 
Había algo, sí. Aunque eso no era moverse. Para moverse había que subir a los árboles, correr, aullar extendiendo los gestos de la cara por los caminos. "Moverse" era lo que yo hacía constantemente; no ese latido, ese signo de la quietud. Mi madre se dio cuenta. 
- Es otra manera de jugar que tienen los bebés cuando son muy, pero muy chiquititos -dijo-. Cambian de posición adentro de la pelota llena de agua de la panza. Es otra forma. 
Me dio tanta impresión que salí disparado hacia el parque. ¿Esa bomba redonda podía explotar en cualquier momento, con sus latidos de reloj? Ah, hermana. Ahora negra de oscuridades, de noches negras en la playa, con tu cara pegada a la mía y mis ojos descendiendo en tus cuencas profundas. De piedra. Quién sabe adónde llega mi mirada. Quién sabe si podré soportar otro día el horror de dormir junto a esta imagen de la catástrofe. Quién sabe si no debería haberte dejado soñando los flashes de tus arenas muertas. En la galería de estatuas del Morro; que ahora observo de lejos, sabiendo qué son esos recortes de sombras que la luz de la noche despierta sobre la orilla. Lo sé porque tengo uno encerrado conmigo, aquí en la pieza. Prometí rescatar a mi hermana y la tengo. Aunque no sepa por cuánto tiempo, ni qué será de la vida nuestra.
No descansé un solo segundo, abordado por una variedad increíble de pensamientos y preguntas. ¿Cómo convivir con esta escultura a la que tanto había amado en vida, recordándome todo el tiempo "fui tu hermana, tu hermanita"? Debería regresarla ya mismo. O cualquier día. Mañana. Paso las yemas de mis dedos por la superficie lustrada de sus ropas, de su cuerpo. Supongamos que la dejo aquí, que cierro la puerta y me voy. Después, a la vuelta... ¿Qué pasará a la vuelta? Cuando deba abrir otra vez esta puerta y encontrar a mi hermana acostada en su reposera de piedra, toda ella de piedra volcánica; como encuentro mi colchón, el teléfono o la ventana. Cada año que viene. ¿Podré soportar eso? Suena el teléfono. Una voz lejana, torpe, ha equivocado la llamada. Ayer mismo, dos o tres timbrazos me hubieran movido las entrañas; hoy, sin embargo, soporto con mayor tranquilidad cualquier episodio inesperado, porque me ata una mujer quieta desde el piso. Me enfría; no deja que me desespere, que me mueva. Endurece mis músculos, mis gestos. Quizás deba convertirme en otro pasajero de la playa (¿qué estoy diciendo, en qué estoy pensando?). 
Llaman por teléfono.
Ahora la ubiqué igual que al principio, con una patita de madera -la más corta- y el pie izquierdo de ella sobre el colchón; pero en lugar de estar contra la pared, ocupa el centro del cuarto. Y le doy vueltas alrededor porque creo haber notado algo. En parte del recorrido piso las cobijas, y ese es el instante de máxima reflexión, porque la reposera, vista desde los pies -estoy parado sobre el colchón, dando pequeños saltos para moverla- cobra un temblequeo que revive las líneas de su cuerpo. Todas estas ideas surgieron de la llamada que atendí después de dos o tres equivocados. Era el amigo de mi madre, comunicándose desde larga distancia. Le comenté lo de mi hermana y él me preguntó si había pensado algo. Contesté que no, pero que ya pensaría. Y que, por el momento, no había salido del quietismo que me producía verla transformada en esto que ahora estaba a dos pasos del teléfono. Que no podía aguantar la expresión de su cara y que, en un principio, había pensado tapársela con una sábana. Pero el sólo saber que ahí abajo existía esa mueca, me producía más pánico. Él me dijo que no podía ser, porque la había reconocido en su vuelo al Morro, a dos días de la erupción, y era uno de esos cadáveres beatíficos. Agregó: "de los que no se dieron cuenta". Yo supuse que se habría equivocado y él dijo que sí, que podía ser, pero me recomendó que la observara. 
- ¿Por qué? -pregunté. 
- Hay gente que vio cosas. 
- ¿Qué cosas? 
Su silencio me llegaba como una extensión del silencio de afuera. 
- No sé; cosas raras. Cambios.
Acabo de dibujar sus manos, porque me pareció haberle visto los dedos más entrelazados que ahora. Compré lápices y papeles; sembré el piso del departamento con papeles fechados. Creo que ayer sus manos se veían más hundidas una adentro de la otra, apretándose sólidamente. Mejor dicho: no es un recuerdo de ayer, sino tal vez del día en que la recogí de la playa. El papel tiene por título la fecha de hoy: 22 de julio del año del Morro, y la hora: 14:45. Desconecté el teléfono para que nadie pudiera interrumpirnos.
Los pies, sí. Es el gesto más evidente. Hace tres semanas que estoy dibujando; toda esa pila de papeles no me muestra nada, porque lo que supongo un pequeño cambio quizás sea una imperfección de trazos, una cabal muestra de mi estupidez como dibujante. Si fueran fotos, claro. Pero me fijé en los pies y estoy seguro. Cuando me paré sobre el colchón, a saltar, una de las plantas de ella rozaba la superficie de la tela, y esto me llevó a suponer que podía romperse un pie, como había visto pulverizarse la mano acristalada de aquel muchacho en la playa. Hoy, día 12 de agosto -creo que viernes o sábado- he saltado con ganas sobre el colchón y sus pies permanecen en el aire. No tocan la tela. Repito la experiencia porque me parece el descubrimiento más importante que ha visto este departamento. Comencé a dibujar los pies en sus posiciones relativas, tomando medidas gráficas con marcas en los papeles, de distancia hacia los costados de la reposera y distancias al piso. Creo que pasaré sin dormir los próximos dos o tres días, hasta terminar con el trabajo. 
Mi hermana se está moviendo.
Miércoles 16 de agosto. 
Volví a conectar el teléfono. Estoy preso adentro del espanto. Apretado contra la ventana de persianas abiertas, los dientes me castañetean como si tuviera fiebre. No puedo ver ese rostro. Todos los papeles están tirados. ¿Habré enloquecido? Durante más de un mes tomé medidas de sus manos y sus pies y ayer a la noche, casi sin luz, por segunda vez reparé en su cara. Un hielo me recorrió todo el cuerpo. Ahora estoy de espaldas a ella y quiero oír una voz, infructuosamente, en mi teléfono. No funciona. Tiro del cable. La fiebre mía es la que no se anima a enfrentar la cara de mi hermana. Puedo afirmarlo: cambió. Su expresión ha cambiado. Lo que era un grito de horror quedó convertido en una letra muda, tratando de decirme algo. Es una foto de alguien que habla. Tardó más de un mes en hacer ese movimiento, pero lo hizo. Y mi teléfono sin voz.
Martes 29 de agosto. 
Decidí escribir las modificaciones en un diario. Estoy seguro de lo que digo: mi hermana no sólo está viva -se mueve- sino que, además, trata de comunicarse conmigo. Esa es la gran conclusión. Los rasgos de su cara toman poco a poco la expresión de otra letra o de un signo (es difícil de explicar). Me conseguí un espejo en la calle y traté de representar muy despacio las letras del alfabeto, para descifrar ese movimiento de labios. Ni qué decir que mi expresión también había cambiado. Absolutamente sucio, lleno de pliegues en la cara, y barritos, y pelos. Los pliegues son de las arrugas, por haber mantenido mi cara demasiado tiempo en tensión. ¡Yo mismo era otra persona! Bravo, hermana mía. Hay que brindar con este anís. Sólo que yo puedo terminarme la botella en el lapso en que vos tardarías en rozar la copa con los dedos.
Miércoles 30 de agosto; 22 hs. 
Me despierto de la borrachera. Una puntada atroz me perfora las sienes. Creo que hoy no escribiré más que algo técnico que se me ocurrió. La letra que ella quiere articular, ¿será una "m", una "s" o una "n"? ¿Cuál de todas? La botella de anís está vacía. ¿Tardará un mes, dos, tres, en hablar una puta palabra? No deberé ser tan ansioso, me digo. Mejor emborracharse y esperar, seguir su movimiento modificando el mío propio. Suavizando mis propias relaciones. Nunca me había tocado comunicarme con alguien así, tan serenamente. Deberé relajarme, aunque la paciencia no sea mi fuerte. Aprenderé a ser paciente. 
Suena el teléfono. Atiendo. Alguien me habla, pero casi no puedo descifrar sus palabras; vaya más despacio, me dan ganas de decirle, y cuando estoy a punto de reaccionar, él ha cortado.
Lunes 2 de octubre. 
Estoy entendiéndome con mi hermana. La dificultad para discernir las palabras que su voz no alcanza a ejecutar es tan grande, que se me ocurrió que podía escribirme el mensaje en un papel. Se lo dije muy despacio, alargando mucho los sonidos para que comprendiera. Me pasaba lo mismo que a ella: al extender demasiado una sílaba cualquiera por un rato largo, lentamente, se pierde la fonética y queda nada más que una mímica absurda. Empezaba a darme cuenta de eso. Dibujé mi rostro comunicando cada una de las letras del mensaje; colgué el espejo a la altura de mi cara para observarme y pegué aquellos dibujos en la pared. ¿Ella me percibiría desde el fondo de aquellos dos pozos negros? ¿Mi hermana estaba sin ojos, o tal vez con los ojos hundidos por la diferencia de espesores entre la lava de los pómulos y la de la frente? Lo que iba a comunicarle era: "Por favor, escribí las cosas que me quieras decir". Le puse el lápiz entre los dedos (tardó una semana y media en agarrarlo correctamente), y un papel enorme. Al final pulí mi propio discurso, como quien escribe un telegrama, llegando a reducirlo a una palabra:
E S C R I B I L O
Colgué el jeroglífico sobre la pared, con los dibujos de la pronunciación de las letras en la forma de mi boca. Eran 16 dibujos (los había separado en grupos de uno, dos o tres carteles, según las letras). Después de reflexionar me dije "es una idiotez. Si puede ver estos mamarrachos, podrá leer la palabra completa"; e inmediatamente hice un cartel. Pero como no quería jugarme por entero a lo visual, me senté delante suyo en el colchón y estuve, para decir cada letra, aproximadamente tres horas (procurando mantener un volumen audible al recitar las sílabas, lo que me costó muchísimo). Al tercer día había repetido dos veces el mensaje. Estaba exhausto. Después, mientras descansaba, me di cuenta de que quizás ella tampoco pudiera captar el tono de mi voz, por ser demasiado acelerado. Volví a escribir un cartel más grande que el anterior; una letra por hoja, en el reverso de los vagos dibujos de mi cara. Sin proponérmelo -y ésto es un signo de que mis propias acciones se habían demorado- tardé más de un día en escribir ese único mensaje y ordenar las hojas en el parquet. 
El teléfono comenzó a sonar, pero al cabo de un rato los impacientes del otro lado de la línea cortaban la comunicación, sin darme tiempo de aproximarme al receptor.
19 ó 20 de octubre. 
Debo admitir que estoy contento con mi nueva forma de sentir el tiempo. De pronto, este cuarto que hace bastante fue una celda, ahora es una extensión que vale la pena recorrer. Aunque no haya nada; uno puede disfrutar caminándolo. 
Con mi hermana, cada vez nos entendemos mejor. Se podría decir que hay un diálogo de gestos, y que hay motivos para este diálogo, porque estamos compartiendo cosas que a simple vista pueden parecer ínfimas, pero para nosotros son importantes. Una succión de aire, por ejemplo (respiro hondo). He dejado de hacer todas las otras cosas: escribir el diario; atender el teléfono, que apenas puedo oír sonar y es un ruido elástico que no vale la pena. Perdí -¿cuándo, dónde?- la ropa. Estoy desnudo. Desde ayer a la tarde, mi pie derecho roza el muslo de ella. El contacto cubre una zona pequeña de piel, pero un calor intenso va creciendo desde allí y me llenará el cuerpo en alguno de los próximos días. Las sensaciones, por el sólo hecho de ocurrir más despacio, son más intensas y duraderas. Nunca pensé que podía ser así. Ella escribe, con el lápiz, su palabra. Hasta ahora leo "FOI", pero la última letra está, al parecer, sin terminar. Despunta en "M" o "N". ¿Se dará cuenta de que la estoy tocando? ¿Disfrutará también este instante de horas como lo disfruto yo?
Miércoles 12 de diciembre. 
Ella terminó de escribir su palabra. Tardé mucho en leerla; pero, al terminar, me di cuenta de que estaba recobrando el movimiento que había perdido. La palabra era "FONDO", a la que después seguía una línea y un punto. Dejó caer el lápiz. Esto marcaba el final definitivo, y actuó en mi persona como un acelerador de acciones. Junté los papeles velozmente (aunque todavía no llegaba a moverme en un tiempo normal: controlé el récord del día para ir desde el colchón hasta el teléfono y es de 1 hora con 22 minutos). No obstante, me noto rápido, y retomé la escritura del diario. Siento la llegada de la normalidad como un barco que se arrima a la costa. ¿FONDO? ¿Fondo de qué cosa? Este pensamiento me llevó dos días enteros. Mi hermana era, otra vez, una estatua inmóvil. 
Parado frente a la ventana pude ver una muchedumbre de colores detenida entre aquellos sectores de la playa de lava. "¡FONDO DEL MAR!", grité. La normalidad en la que estaba entrando, todavía no me permitía escuchar mi propio grito; que salió mudo, para nadie. 
En la playa había pasado algo anormal. Me vestí para salir.

4
Tardé un tiempo considerable en llegar a la orilla. Lo supe porque después de cambiarme había oscurecido -salí de mi edificio envuelto en penumbras- y, cuando pisé la entrada del balneario, los turistas estaban reunidos ante la luz del amanecer. 
Fui viendo todo como si lo pasaran en diapositivas, porque me detuve a pensar cada imagen. ¡Cómo había cambiado este lugar desde... julio! La gente se arropaba en sus sacones; cuando empecé a sentir el frío, cerca de las nueve de la mañana, el sol había empezado a calentar el piso de piedra. Las mujeres se descalzaron buscando ese calor bajo las plantas de los pies. Poco a poco, la playa se fue llenando. Traían cámaras y, en un momento dado, aplaudieron a rabiar. Entonces escuchamos una zambullida pesada y después el silencio. Otra vez me detuve a pensar en lo que mis ojos veían. Voy a describir esa primera imagen que sufrí mientras trataba de arrimarme a la orilla: 
Las estatuas, aquellas quietas, negras, estaban de pie. El movimiento había sido general, no tan sólo de mi hermana en el departamento, sino de todos; y sus caras, antes una síntesis del espanto, ahora lucían sonrisas orgullosas y petrificadas. Habían tardado cinco meses y medio en levantarse de los lugares y caminar hacia la orilla. ¡Una trayectoria de tan pocos metros distribuida en tantas semanas! Todo como si avanzaran con seguridad, dueños de la verdad. Salvándose. 
Un lánguido sentimiento de celos me invadió. Comprendí que mi hermana seguía relacionada, secretamente, con este sistema que en un instante de mi espera -¿un sólo segundo, tal vez?- yo había empezado a compartir. Pero: ¿cuál era el riesgo de ese entendimiento? ¿Qué había que dar a cambio para tener la felicidad así, clavada para siempre en el rostro? Me pregunté si yo podría, en algún momento, ser parte de la seguridad de mi hermana y de los demás cuerpos, con una claridad y una decisión tan aplastante como la de ellos. Saben lo que hacen. Lo leo en sus facciones. No como estos turistas, que ni se preguntan, ni nada. Suben las cámaras que les cuelgan de los cuellos; click, sacan la foto. Todos en círculo, apuntando con sus lentes. 
Me acerco otro poco, para comprender más. Es la segunda postal de hoy. No me sorprende (ya nada puede sorprenderme). Los cuerpos de piedra están detenidos contra el cordón de lava que, a modo de barranca, separa el movimiento del agua en la orilla de la serenidad aparente de esta playa. Tardaron meses en apretarse, en llegar a este lugar. Y ella, pobrecita, encerrada por mi culpa en un departamento que no le pertenece, que ya ha dejado de ser su mundo (y a lo mejor el mío también); víctima de un capricho ajeno, humano... Debo devolverla a su entorno. Ella es de la playa, de donde no tendría que haber salido nunca. ¡Cuánto dolor incomprendido el tuyo, mi linda, mientras yo me preocupaba solamente por mis descubrimientos! Todo este egoísmo me cubre como una capa gris. 
Una chispa de tristeza se enciende en mí, y muevo las manos buscándome los ojos. No quiero ver, pero quiero. Siempre es así el instante de la revelación de algo cierto. Y quiero recuperar el ritmo de los otros, y eso es lo que se ha encendido. Quiero arrimarme entre los turistas y lo estoy haciendo. Debo llegar a la orilla como ellos, y lo hago. Aquí, al lado de esta talla viva que se asomó al mar hace... ¿cuánto? ¿Cuánto tiempo le habrá llevado inclinarse sobre esta barranquita? Tiene un pie en el aire, y el otro apoyado en dos dedos. El cuerpo tan, pero tan inclinado hacia delante (se diría un ángulo de unos 45 grados entre su columna vertebral y la vertical) que no comprendo cómo hace para mantener el equilibrio. Para no caer al agua. Y cómo es ese pie, que resiste tanta fuerza sin quebrarse, cuando sus figuras eran tan frágiles (me viene a la mente el recuerdo de los tobillos partidos). 
Los turistas comenzaron a aplaudir, y yo supe que algo estaba por pasar. Cada vez aplaudiendo más rápido (a mí me dieron ganas, pero no pude). También había otros cuerpos que parecían árboles secos a punto de caer, inclinados en ángulos diversos. Los aplausos comenzaron a apurarse. El ritmo era creciente y sonaba a redoble de tambor. El inclinado, con una expresión pacífica en la cara, había desplegado otro dedo, y ahora el equilibrio era increíble. "Es tan inestable que no puede ser", dije. Todos apuntaron con sus cámaras. Click, click, click. El inclinado cayó, casi en cámara lenta, sobre el agua de la orilla. Zambulléndose en las arenas del fondo. Me sobresalté. Los turistas comenzaron a dispersarse, tal vez buscando otro espectáculo de aquellos. 
Me arrodillé a los pies del mar. No quedaba rastro alguno de ese hombre, como si se hubiera fundido con la arena mojada. Metí ambos pies en el agua, queriendo encontrar un fondo quizás barroso, quizás fácil de penetrar. Ese hombre ya era sustancia marina. Como antes fue playa. Como mi hermana, que tiene que regresar a este lugar porque también es playa, con una sonrisa de ésas dibujada en el rostro. En nuestros rostros. Estas sonrisas que dan ganas de llegar, que son ciertas de tanto gozo, que revierten los ánimos, que animan los espíritus caídos. Que trastocan el movimiento, el mío propio otra vez, tanto que para salir del agua y colocarme de frente al mar no sé cuánto tardo -¿horas, siglos?- y ahora que lo veo de nuevo quiero llegar al fondo, tocarlo, fundirme, ser ese fondo. Vivir en comunión permanente con él. Por eso voy dejándome caer y es una suspensión parcial de la gravedad, la mía, porque aunque mi cuerpo inclinado se acerque al agua nunca, aparentemente, llegará a mojarse. Una caída paso a paso, leída en secuencias lentas. Proyectando los mismos fotogramas durante horas: yo tirándome al agua. La gente pone su asombro y sus clicks, mientras mi cuerpo de barro se desgaja abriendo un corte en la superficie lisa del líquido; y mis pies, y los dedos de mis pies un milímetro pegados a la barranca de lava de la orilla. Medio milímetro, menos de medio, nada; el día explota en brillos de gotas y salpicaduras que son diamantes expuestos a la luz del sol. Pero me estrello como un ser humano normal, como cualquiera. Como esos que me miran gozando, riéndose, vestidos con sus disfraces chillones de ciudad, con sus caras rosadas disfrutando de la visión de mi cara roja, mi nariz roja, partida contra el fondo, en sangre brotando entre mis dedos cuando la vergüenza me la tapa. Sentado en esta orilla, mojado y ridículo. Como uno de afuera. Una visita. 
Como alguien que todavía no merece entrar en esta tierra.

PARA COMPARTIR: SEBASTIÁN  QUIROGA TORRES (Villa Mercedes, San Luis, 1978)

UN INSTANTE DE DIÁLOGO (EN LA ESCENA)



Un whisky doble estará bien…
Alivianará la tierra que traigo como tatuada en la garganta…

(es obvio eso)…

No te lo he dicho: te sienta bien esa ropa…,
me trae viejos recuerdos…

Pero mejor no hablar de eso, ¿no?...


Estoy un poco cansado ahora…, en la ruta
sólo se veían cardos moviéndose
como un cliché de película, 
un far west agotado…

Mientras viajaba, en medio de esa soledad específica,
bajo un sol viejo, insoportable, comiéndome la cara,
me pregunté cuántos miles de tipos como yo
-consumidos por el arte de su desidia-
serían suficientes para cambiar, un poco,
algo de todo esto…

Cosas así, pensaba…
Pocas iluminaciones. Ninguna certeza…

Esas cosas me hacen descostillar 
por la carcajada que se me desprende
con sólo imaginarlo… 

Y a veces llorar…

Todo es tan claro a medida que pasa el tiempo…


¿Te molesta si fumo?...


La vida, creo, no nos ha cambiado mucho
La noche sigue golpeándome igual…
Me sigue azotando…

Sí. Es cierto lo que decís
También lo que no decís
Lo que guardás torpemente 
como en un archivo inconsulto…

Cosas así, siempre fueron tuyas…

Te ves más vieja
Me veo más viejo
Es lo simple…

La vejez es una pausa
que miramos todos los días pasar
renovándose…


Espero que no hagas de esto un sollozo continuo
Lo demás, también pasa…


Deberíamos quitarnos la ropa, pienso…
Pero tal vez tengas razón…,
en nosotros
eso es ya un uso anticuado,
anacrónico,
vegetal…

Deberían bastarnos, entonces, las palabras,
las pocas…

Aún para montar el simulacro
de creer una vez más
que el mundo todavía es nuestro.

viernes, 4 de octubre de 2013

Muestra “IN.TENSIONES”

FOTO DE MELCHOR

TE ESPERAMOS PARA COMPARTIR
UNA NUEVA EXPERIENCIA ARTÍSTICA.
 
EN OCTUBRE VIENE MELCHOR MONTOYA
CON “IN.TENSIONES”
A GENERAL ALVEAR.
 
SERÁ EN NUESTRA
“SALA ARQ. ALFREDO PEDRO”.

PARA COMPARTIR: JORGE LUIS BORGES (1899-1986)

ULRICA


Hann tekr sverthit Gram ok leggr i methal theira bert. 
Völsunga Saga, 27


Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, o cual es lo mismo. Los hechos ocurrieron hace muy poco, pero sé que el hábito literario es asimismo el hábito de intercalar rasgos circunstanciales y de acentuar los énfasis. Quiero narrar mi encuentro con Ulrica (no supe su apellido y tal vez no lo sabré nunca) en la ciudad de York. La crónica abarcará una noche y una mañana. 
Nada me costaría referir que la vi por primera vez junto a las Cinco Hermanas de York, esos vitrales puros de toda imagen que respetaron los iconoclastas de Cromwell, pero el hecho es que nos conocimos en la salita del Northern Inn, que está del otro lado de las murallas. Éramos pocos y ella estaba de espaldas. Alguien le ofreció una copa y rehusó. 

-Soy feminista -dijo-. No quiero remedar a los hombres. Me desagradan su tabaco y su alcohol. 

La frase quería ser ingeniosa y adiviné que no era la primera vez que la pronunciaba. Supe después que no era característica de ella, pero lo que decimos no siempre se parece a nosotros. 

Refirió que había llegado tarde al museo, pero que la dejaron entrar cuando supieron que era noruega. 

Uno de los presentes comentó: 
-No es la primera vez que los noruegos entran en York. 
-Así es -dijo ella-. Inglaterra fue nuestra y la perdimos, si alguien puede tener algo o algo puede perderse. 

Fue entonces cuando la miré. Una línea de William Blake habla de muchachas de suave plata o furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad. Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su rostro me impresiónó su aire de tranquilo misterio. Sonreía fácilmente y la sonrisa parecía alejarla. Vestía de negro, lo cual es raro en tierras del Norte, que tratan de alegrar con colores lo apagado del ámbito. Hablaba un inglés nítido y preciso y acentuaba levemente las erres. No soy observador; esas cosas las descubrí poco a poco. 

Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano. 

Me preguntó de un modo pensativo: 
-¿Qué es ser colombiano? 
-No sé -le respondí-. Es un acto de fe. 
-Como ser noruega -asintió. 

Nada más puedo recordar de lo que se dijo esa noche. Al día siguiente bajé temprano al comedor. Por los cristales vi que había nevado; los páramos se perdían en la mañana. No había nadie más. Ulrica me invitó a su mesa. Me dijo que le gustaba salir a caminar sola. 

Recordé una broma de Schopenhauer y contesté: 
-A mí también. Podemos salir los dos. 

Nos alejamos de la casa, sobre la nieve joven. 

No había un alma en los campos. Le propuse que fuéramos a Thorgate, que queda río abajo, a unas millas. Sé que ya estaba enamorado de Ulrica; no hubiera deseado a mi lado ninguna otra persona. 

Oí de pronto el lejano aullido de un lobo. No he oído nunca aullar a un lobo, pero sé que era un lobo. Ulrica no se inmutó. 

Al rato dijo como si pensara en voz alta: 
-Las pocas y pobres espadas que vi ayer en York Minster me han conmovido más que las grandes naves del museo de Oslo. 

Nuestros caminos se cruzaban. Ulrica, esa tarde, proseguiría el viaje hacia Londres; yo, hacia Edimburgo. 
-En Oxford Street -me dijo- repetiré los pasos de Quincey, que buscaba a su Anna perdida entre las muchedumbres de Londres. 

-De Quincey -respondí- dejó de buscarla. 

Yo, a lo largo del tiempo, sigo buscándola. 

-Tal vez -dijo en voz baja- la has encontrado. 

Comprendí que una cosa inesperada no me estaba prohibida y le besé la boca y los ojos. 

Me apartó con suave firmeza y luego declaró: 
-Seré tuya en la posada de Thorgate. Te pido mientras tanto, que no me toques. Es mejor que así sea. 

Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones. Pensé en mis mocedades de Popayán y en una muchacha de Texas, clara y esbelta como Ulrica que me había negado su amor. 

No incurrí en el error de preguntarle si me quería. Comprendí que no era el primero y que no sería el último. Esa aventura, acaso la postrera para mí, sería una de tantas para esa resplandeciente y resuelta discípula de Ibsen. 

Tomados de la mano seguimos. 

-Todo esto es como un sueño -dije- y yo nunca sueño. 

-Como aquel rey -replicó Ulrica- que no soñó hasta que un hechicero lo hizo dormir en una pocilga. 

Agregó después. 

-Oye bien. Un pájaro está por cantar. 

Al poco rato oímos el canto. 

-En estas tierras -dije-, piensan que quien está por morir prevé el futuro. 

Y yo estoy por morir -dijo ella. 

La miré atónito. 

-Cortemos por el bosque -la urgí-. Arribaremos más pronto a Thorgate. 

-El bosque es peligroso -replicó. 

Seguimos pos lor páramos. 

-Yo querría que este momento durara siempre -murmuré. 

-Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres -afirmó Ulrica y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que no había oído bien. 

-Javier Otálora- le dije. 

Quiso repetirlo y no pudo. Yo fracasé, parejamente, con el nombre de Ulrikke. 

-Te llamaré Sigurd- declaró con una sonrisa. 

Si soy Sigurd -le repliqué- tu serás Brynhild. 

Había demorado el paso. 

-¿Conoces la saga?- le pregunté. 

-Por supuesto -me dijo-. La trágica historia que los alemanes echaron a perder con sus tardíos Nibelungos. 

No quise discutir y le respondí: 

-Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una espada en el lecho. 

Estábamos de golpe ante la posada. No me sorprendió que se llamara, como la otra, el Northern Inn. 

Desde lo alto de la escalinata, Ulrica me gritó: 

-¿Oíste el lobo? Ya no quedan lobos en Inglaterra. Apresúrate. 

Al subir al piso alto, noté que las paredes estaban empapeladas a la manera de William Morris, de un rojo muy profundo, con entrelazados frutos y pájaros. Ulrica entró primero. El aposento oscuro era bajo, con un techo a dos aguas. El esperado lecho se duplicaba en un vago cristal y la bruñida caoba me recordó el espejo de la Escritura. Ulrica ya se había desvestido. Me llamó por mi verdadero nombre, Javier. Sentí que la nieve arreciaba. Ya no quedaba muebles ni espejos. No había una espada entre los dos. Como la arena se iba al tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica.

jueves, 3 de octubre de 2013

PARA COMPARTIR: FERNANDA GARCÍA CURTEN (Buenos Aires, 1968)

LA NOCHE DESDE AFUERA

Él jamás le había hablado de una hermana.
Cuando tres días después de casarse Lucía entró en la cocina y vio a una mujer desayunando en enaguas corrió a buscar a su esposo que ya estaba en la puerta de calle, listo para salir.
-Hay una mujer desnuda en la cocina –le reclamó.
-No te preocupes –dijo él sin alterarse-, es mi hermana Merced.
Dejó un beso breve en su frente azorada y se alejó por la calle arbolada de tilos.
Lucía empezaba a notar que al mirarse en el espejo de la sala o en el del tocador, la única presencia extraña recortada sobre aquel cargado paisaje doméstico parecía ser ella misma. Y cuanto más lo notaba más necesitaba ir y mirarse para comprobar. Era como si a cada paso cada sector de la casa fuera cerrándose, mostrando el revés, conduciéndola por corredores laterales y desvanes, sin dejarla acceder a la casa verdadera. Aunque en apariencia pudiera estar tranquilamente sentada en el comedor o recostada en la cama de la habitación principal o subir los pies cuanto quisiera sobre el sillón de la sala, era como si la casa se resistiera. Lucía no podía dejar de ver ese aspecto maltrecho de ciertos rincones vacíos donde había siempre un revoque caído, una costra de humedad. Pasaban los días pero la casa era grande y siempre acababa perdida; se topaba con el caparazón de algún baúl en el camino o con la misma puerta condenada. Había por todas partes aquel mobiliario hostil. Armarios tapiados de libros, objetos que no conocía se alzaban oscureciéndolo todo como ídolos resucitados.
Era probable, pensaba, que fuese aún demasiado chica para haberse casado con Mauricio, demasiado débil para ser ama y señora de una casa semejante. Se sentía tan ajena e inerme entre sus paredes como un pájaro en el desierto. Prefería encontrar algún rincón en el patio, lejos, junto a las flores, donde ir a sentarse y respirar.
Su cuñada, en cambio, podía recorrer la casa cuanto quisiera. Andaba por las habitaciones sin rumbo fijo, caprichosamente, como si paseara, siempre a medio vestir, con esa enagua descolorida y el cabello suelto. Daba la impresión de ir dejando un rastro íntimo, algo como la estela brillante y silenciosa que deja un caracol. Lucía, inmóvil, la miraba pasar. Sentía una especie de miedo racial por aquella piel que lindaba con lo violáceo. Intentaba mimetizarse con los objetos para espiarla, pero la casa la dejaba siempre al descubierto. De a poco aprendió a agazaparse y cuando la presentía llegar se ocultaba detrás de un sillón o debajo de una mesa. Porque no podía ignorarla. Tenía que mirarla inevitablemente ya que Merced, a pesar de su aspecto, estaba al borde de la belleza o de algo más, no sabía bien qué, de aquello que causaba ese vértigo feroz de mirarla. La hipnotizaba ese pelo negro y desgreñado, los ojos turbios, su majestad de sonámbula. La sola idea de que Mauricio pudiera sentir una fascinación similar por su propia hermana casi la horrorizaba. Aquella mujer era, pensaba Lucía, una especie de fenómeno natural de la casa. Sin embargo, de tanto en tanto, desaparecía durante días. Cuando imaginaba que pudiera haberse ido, haber muerto, o que sencillamente se la había tragado la tierra ella volvía a aparecer, con ese semblante algo violáceo. Casi desnuda salía de su cuarto y caminaba hasta el baño donde luego se oía correr el agua durante horas.
Había oído a Mauricio, una vez, hacer referencia a cierto problema de su hermana. Por algún motivo, cuando Lucía intentó averiguar algo más, él no había querido seguir hablando. Qué clase de secreto guardaba él, de otra mujer, que no pudiera compartir con su propia esposa, pensaba con indignación. Extirparla de la casa, se dijo. Si lograra hacerlo, quizá, la casa la aceptaría por fin.
Otro asunto que la desanimaba era no encontrar los objetos en su lugar habitual. Cosas que se pierden durante un tiempo y luego se las encuentra en sitios insólitos. El frasco del azúcar en el canasto de la ropa sucia o atrás de alguna puerta.
Una tarde los vio a través de una ventana, en el patio. Vio a Mauricio y a Merced, sentados junto a los malvones. Merced hacía dibujos en la tierra con la punta de su pie descalzo; hablaba sin mirarlo. Mauricio parecía escucharla y luego le respondía alguna cosa. De pronto sintió un golpe en el corazón aunque era quizá una ilusión provocada por el vidrio de la ventana que su propia respiración empezaba a empañar, o un mero efecto de la distancia porque mientras ellos hablaban tuvo la impresión de que sus cuerpos se estaban rozando.
Para expulsarla, para desterrarla de su vida debía saber más de Merced, conocer su secreto. Esperaría la siguiente reclusión y abriría por sorpresa la puerta de aquel cuarto. Un mes después, una tarde, cuando sospechó que ya estaría haciendo nido otra vez, silenciosa como un topo, se acercó y, muy despacio, abrió la puerta. Ella estaba allí, tendida boca arriba en su cama. Pero lo primero que Lucía vio no fue el cuerpo de Merced sino aquello que al principio no pudo reconocer aunque se trataba de algo familiar. Un terrón de azúcar impregnado de sangre rodó por la sábana hasta desintegrarse en el suelo. Sangraba por todo el cuerpo; con una sangre opaca, casi negra, como la de las imágenes de cera de la capilla. Las gotitas brotaban como lágrimas de sus ojos, le salían por la nariz, por la comisura de los labios, por las raíces del pelo, por debajo de las uñas, por los pezones oscuros. Teñida en su propia sangre, era como un animal echado, desollado vivo. Aturdida, Lucía recordó haberla visto pasar alguna vez con un pañuelo inmundo apretado sobre la boca. Y ahora la veía tantear en la mesita de luz, su mano buscando el frasco; se echaba cucharaditas de azúcar sobre los ojos, sobre la frente, un surco de azúcar nueva como una delicada corona de sangre cristalizada. Retrocedió y cerró la puerta desde afuera. Necesitó apoyarse un instante en la pared del pasillo pero al hacerlo su espalda se contrajo de asco y soltó inmediatamente el picaporte de esa puerta infame. Era esto lo que había estado sucediendo, cada vez, allí dentro, el secreto que engendraba la casa como su más preciado tesoro.
Despertó en una habitación abstracta.
Poco a poco Lucía reconoció por encima de su cabeza la moldura de la cama matrimonial. Era su propia habitación y era de noche. Oyó voces lejos, en el comedor. Una era la voz de su esposo, y luego un rumor apagado que parecía venir agitándose por los pasillos como el jadeo magnificado de un gusano. Apenas podía recordar unos brazos fuertes que la habían cargado hasta la cama, los botones de una camisa conocida, una mano oscura sujetándole las piernas. De golpe tuvo la visión clara de esa mano repugnante, la mano de Merced. Ellos la habían traído hasta allí, la habían arrumbado en la penumbra de esta habitación mientras cenaban al otro lado de la casa, en el comedor iluminado. La casa es ella, piensa. Estaban hechas de lo mismo, la casa y Merced. Cada cuarto, cada mueble tenía el color y el olor del cuerpo de Merced. Merced era vergüenza y prodigio de esta casa y ella, Lucía, algo como una perla maldita. Debía levantarse, salir de la sombra, andar y andar bajo esos techos y encender la luz de todos los cuartos hasta ser reconocida. Con un solo impulso saltó de la cama y acechó detrás de los muebles. Subió y bajó escaleras. Como un animal subterráneo gateó dentro de los grandes armarios, restregó su cuerpo contra las paredes. Sin saber cómo fue deslizándose hacia el patio, confundiéndose con la oscuridad. Ahora los mira desde allí. A través de las ventanas los ve andar por la casa. Ve a Mauricio y a Merced, sentados a la mesa, comiendo. Afuera, la noche se ha puesto cóncava y un rocío de muerte arrasa la frescura de las flores. Lucía golpea los vidrios. Adentro no oyen sus golpes.

Las luces de toda la casa están encendidas.

miércoles, 2 de octubre de 2013

PARA COMPARTIR: SOLEDAD CASTRESANA (Intendente Alvear, La Pampa, 1979)

MAL PARIDA


I
De mi madre
conservo el miedo a los espacios abiertos

la memoria del feto
el ahogo de romper desde adentro
el útero de una muerta y el olor
del cordón umbilical. 

Conservo también el eco
de lo que cae. 


II
Toqué la tierra por primera vez
y respiré su frío mojado. 

Quería comer. 
Repté sobre el abdomen de esa mujer 
la trepé hasta el pecho. 

Mi voz carbonizada 
la piel cubierta de costras
la picazón en los ojos. 

Cuando la leche se secó 
ya me habían crecido todos los dientes. 


III
La mayoría de las mujeres
paren a su padre
para poder matarlo con más culpa. 

No voy a escribir lo que no tuve. 
Su nombre de silencio
es mi mantra. 

Gocé en sus cenizas
con los hombres que lo hirieron 
y al vengar la carne
me convertí en la ley. 

Tengo debajo del pecho
la marca de su mano. 
En mi costado vacío 
resiste la sombra de un abrazo. 

Contra la locura
llevo su lengua 
colgada del cuello.

martes, 1 de octubre de 2013

PARA COMPARTIR: PABLO BIGLIARDI (San Antonio Oeste, Río Negro, 1968)

EL PAISAJE RÁPIDO DE LA COMIDA FRÍA

 

-Víctor se quedó mirándolo fijo a Luis por unos segundos.

-Quedate nomás- le dijo.

Luis había impresionado al reducido auditorio cuando aplicó una velocidad de maestro casi chef en el corte juliana.

-Viniste justo porque lo tengo al mozo trabajando de cocinero desde hace tiempo -le dijo Víctor. -¿Estás parando en algún lado?

-No, recién llego.

Había dejado, debajo de la mesa de cortar, un bolso verde pequeño.

-Acá hay unos clientes mensuales que duermen en las piecitas de una vieja -le dijo mientras iba caminando hacia ellos.

-¿A ustedes no les molesta ubicarlo en alguna pieza? -les preguntó.

-No, jefe. Para nada. Terminamos el postre y lo llevamos.

En la pensión, uno de los muchachos palmeó despacio. Una vieja flaca, despeinada y con dos pulóveres puestos, salió de una pequeña cocina desde donde se escuchaba una radio. Sin decir palabra desarmó con habilidad un sillón plegable en la pieza de los muchachos. "Acá no hay almuerzo ni cena", dijo de la misma forma en que trató al sillón y se fue rápido a su tabuco.

-Hasta mañana- dijo uno y los otros dos contestaron lo mismo.

El sol de la mañana descubrió una Punta Alta pintoresca, un pueblito lleno de arbolitos y casitas que daba sensación de seguridad. En su trabajo fue conociendo a los mensuales y a los parroquianos. Los primeros terminaban la cena y se quedaban con la fatiga de una película y los parroquianos iban por un café, un vino, a jugar al ajedrez, a las damas o a conversar. Eran los que buscaban hablar tratando de interesarse en el pasado del forastero o sobre cualquier novedad que él pudiera contarles de otros pueblos. Santillán era el que mejor conversaba. Había visto al cocinero en plena actuación cuando simulaba tener una Gibson en la mano al momento en que sonaba desde la radio un tema de Led Zeppelin.

-Espectacular, ¿eh? No hubo otra banda mejor que esta en la década pasada.

-Ahá.

-Yo vi en vivo a Pescado Rabioso.

-¿Sí?

-Antes viajaba seguido a Buenos Aires.

-Tuviste suerte.

-Creo que sí.

-Menos cháchara acá que hay que sacar diez churrascos para los mensuales. ¡Vamos! -dijo Víctor, cortando la conversación.

Víctor había sido estudiante de Ciencias Económicas en Buenos Aires, tenía novia y mantenía su carrera trabajando como cocinero en un hotel. Un día se cortó un dedo de la mano y dos tendones de tal forma que el accidente lo dejó internado mucho tiempo. Rápidamente perdió novia, trabajo y carrera y con esas frustraciones llegó a Punta Alta para instalar aquel magro restaurante y llevar una amarga vida de soltero. Con él estaban desde siempre Chequeale y un gallego grandote y borracho que se destacaba por el repasador siempre puesto en el hombro: secaba la transpiración de su frente, limpiaba la cocina, barría restos de cebolla, zanahorias o papas de la mesada. Era agarradera, secaba ollas y fuentes y lo sabía pasar por debajo de sus axilas cuando la transpiración había rebasado los brazos. Funcionaba como mozococinero y el repasador aguantaba la semana entera sobre el hombro.

Chequeale era el empleado de la municipalidad que barría las calles durante la mañana y desde el atardecer cumplía con el simple oficio de cortar lechuga y tomates para las ensaladas, pelar papas y lavar la vajilla. Su increíble nariz dejaba dar por sentado que los pulmones se mantendrían totalmente sanos. Aparecía como un morrón colorado mezclándose entre un guiso de granos viejos y usurpando el lugar de ojos y pómulos. Nunca se sabía bien de dónde salían sus palabras de viejo correntino, porque la boca chica y apretada (sometida a la fuerza bruta de la nariz) largaba un castellano obstruido. Chequeale chamigo era su saludo y se iba directo a las piletas a lavar lo que se había usado al mediodía y que a nadie se le ocurriera lavar un plato porque podría haber represalias. Nadie tampoco los quería lavar.

-¿Y vos por dónde andabas en esa época? -le dijo Santillán al nuevo.

-Por ahí.

-Fue una época difícil.

-¿Y vos que hacías?

-Era viajante. Llevaba y traía cosas.

-¿Qué cosas?

-Mercadería. Yo siempre quise vivir bien, viste. Nunca me importó qué tenía que llevar, viste.

-Ya veo.

Estacionaba un Renault Fuego último modelo frente al restaurante con las luces encendidas. También hablaba del chalet que tenía cerca del cementerio en donde se ubicaba el mejor barrio de Punta Alta.

-¿Querés decir algo? -le dijo el forastero, extremadamente flaco y orejudo, mirándolo con los ojos perdidos en añoranzas. El pelo revuelto y mal cortado. La camisa obrera gastada y unos viejos mocasines que no servían para la cocina.

-Siempre lo conté acá y nunca nadie me dijo nada, viste. La década pasada fue brava, viste. Había que estar de un lado o de otro.

-No quiero escuchar más- cortó el forastero.

Santillán se quedó mirando cómo adornaba un bife a la portuguesa con las papas de colchón y las cebollas doradas en el caldo guisado que sacaba de una olla de aluminio.

***

Caminaron todo el día tratando de acordarse de algún conocido, algún ex empleado del trabajo, pariente o quien pudiera albergarlos esa noche fría. Al otro día buscarían la forma de salir del pueblo.

-Ya no aguanto más al nene en los brazos. ¿Adónde vamos a ir a parar?- preguntó la mujer con cara de adolescente.

Había adelantado el tiempo con un embarazo prematuro que la dejó más hermosa. No llegaba a los veinte. Una vida apresurada que podía estabilizarse cerca de los 35 o 40 años, ya con la tranquilidad y el reposo de la espera.

-Lo que pasa es que ya es el atardecer. En la Terminal hay policías y ni hablar de la estación de trenes o la ruta. El pueblo chico termina siendo el infierno grande.

Cualquiera puede hablar y mandarlos al frente. Decirles que ahí está el Luis, ahí va con su mujer y su hijo.

La policía estaba en su casa. Seguro que algún cana se quedaría con la propiedad. Seguro que el vecino estaría diciendo algo para entablar comunicación con ellos, para decirles alguna cosa y poder quedarse con ese hermoso televisor a color, de los primeros que llegaron a la Argentina. Había tenido la suerte de tenerlo así de rápido, con un chasquido de dedos. Después ese hermoso Fiat 128, lo sacó cero kilómetro y ahora que se joda por querer hacerse el comunista.

-El vecino nos debe estar mandando al frente- dijo él. Siempre nos tuvo bronca.

-Envidia -reparó ella sentándose en el tapial de una casa.

Había que ir a otro pueblo y quedarse ahí esperando o perderse en la gran ciudad. En los pueblos la gente suele preguntar de adónde viene uno y siempre se puede meter la pata. En cambio en la ciudad nadie pregunta nada. Por eso lo mejor era esconderse un par de días en alguna casa. Quedarse en el sótano o en el gallinero. Cualquier cosa por salvar la vida. Cosa tan fácil de perder en esos días.

***

Chequeale contestaba Chequeale cuando le hablaban y era fácil entender su acento correntino. Algunos le hacían burla y Chequeale no se enojaba, le gustaba que lo tuvieran en cuenta. Con el viajero comenzó una amistad de confidencias y se quedaban después de hora tomando mates o vino. La basura de las calles arrojaba conclusiones para Chequeale.

-Me llaman las minas, po. Y quieren que les ayude a cocinar, ha visto ch'amigo. Por ahí les sigo y les sigo, hasta que me gano alguna.

-A mí no me buscan.

-Bueno, Chequeale. ¿No te gustan las minas, po?

-Me encantan, Chequeale. Me encantan, pero no encuentro. Esto de ser golondrina...

-¿Y entonce?- Salgamos a buscar, Chequeale.

-Esperame, esperame que me acomode un poco.

-Pero si ya llevás tres semana acá, Chequeale, ¿cuánto más te queré? acomodar, Chequeale.

Víctor se quedaba escuchando de lejos, siempre haciendo algún trabajo o acomodando enseres para el día siguiente.

-Este Chequeale -decía cuando se acercaba.

Parecía perdido en un silencio interno que no lo dejaba salir de la boca hacia fuera. Escuchaba a todos, respondía con evasivas y pese a sus desplantes siempre se acercaban a hablarle. Chequeale era el que más hablaba con Víctor y cuando secreteaban cerca del baño, el mozo del repasador los insultaba.

-¿Estuviste casado o algo de eso?- preguntó Santillán a Luis que tal era su nombre.

-Sí.

-Y qué pasó.

-Se fueron.

-¿Se fueron?

-Los perdí.

-Aaah. Yo estaba casado con una mina que estaba rebuena. Me está pidiendo el divorcio. Hace años que nos separamos. Ahora estoy con otra que está embarazada.

-Sos un peligro vos, Santicho -dijo Víctor-. Es loco loco éste -decía mirándolo a Luis.

-Ya veo- contestó Luis.

-Anduvo en la pesada éste y con eso se llenó de plata. Ahora está todo el día al pedo y nadie sabe en qué anda "dijo por lo bajo Víctor mientras cortaba unas zanahorias pegado a Luis.

-Fue en la época de mucho miedo viejo. O estabas de un lado o del otro. Acá había muchos militares. Daban terror. Nos apretaban.

A Víctor siempre lo descubrían por su vozarrón imposible de moderar.

-Mejor callate- dijo Luis, asiendo el cuchillo con fuerza.

Víctor lo empujó con su cuerpazo de gordo haciendo señales de que tratara de seguirle la corriente. Señales fáciles de entender, total ya había pasado todo y qué problema se iba a hacer ahora.

-Cuando alguien está desesperanzado, quiere decir que está desesperado. Es un viejo refrán- dijo Víctor.

Luis lo miró de reojo sin entender. Víctor entró al baño. Chequeale fue detrás de él. Se oyó discutir. Salieron azorados. Repasador mascullaba, el chef miraba. Santillán se fue. La comida ya estaba lista y el nuevo largó de primero vitel toné con una salsa ardiente. De segundo peceto el horno con papas. Los comensales casi aplaudían.

***

Alguien se acercó a decirle a Luis que la policía estaba en la otra cuadra. Se levantaron del tapial e intentaron correr. Pero antes largó como un disparo una propuesta al aire.

-¿No tenés algún lugarcito en tu casa?- Aunque sea en el gallinero.

-No tengo nada, Luis. Vos sabés que la casa es chica.

Nadie quería ser cómplice de nada. En el pueblo la gente se entera enseguida de todo. Alguien lo vería entrando en la casa desde alguna ventana de persianas bajas.

-Vos llevá al nene- dijo ella.

Lo toma en brazos y salen corriendo. Ella va quedando detrás. Cada vez más lejos. No pares, corré fuerte que llevás el nene, le dice. Comienzan a sonar disparos. La policía está cada vez más cerca. Parece una película de tiros.

Le dieron a ella. En la espalda, parece. Él corre hacia ella y tiran otro pero parece que no acertaron en el blanco. Andá, le grita su mujer con la voz entrecortada, llevate al nene. Parece que se durmió. No mueve los brazos ni está firme como suelen estar los nenes acurrucados entre los brazos de sus padres. Pero corriendo no puede darse cuenta de nada. El brazo con el que sostiene al bebé le sangra y descubre dónde entró el proyectil. Corre. Su mujer debe estar muerta. Entra en la Terminal de ómnibus. Una vecina se le acerca y lo lleva al baño de mujeres. Ahí no lo van a buscar. Lo ayuda con el nene. Qué le pasa. No sé. Revisa su brazo y no encuentra ninguna herida. Mira al nene. Una gran mancha de sangre chorreante sale desde su pancita. Yo te lo llevo al Hospital, vos andá, escuchó. Sabés dónde me podés encontrar. Andá, le dijo. Un policía entra. Luis le pega una trompada, el policía cae golpeándose contra el lavabo. Otro que se muere. Corre. Habrá que correr hasta salvar la vida. Y para qué mierda me quiero salvar ahora, gritó mientras corría.

***

Víctor y sus secuaces estaban contentos por la presencia del nuevo. Alguien callado y atento servía para darle mejor imagen al restaurante.

-Yo no sé por qué le jode tanto a mi amigo Lui este Santicho -dijo Chequeale-. Le anda molestando todo el rato y el otro se le corre y éste le sigue y le sigue "comentaba Chequeale a Víctor.

-Algo pasa entre estos dos- dijo Víctor con algo de reserva.

-¿Y ustedes dos? -dijo Repasador.

-Vos cerrás el pico porque sino quedás afuera. Ya mismo, si querés -le cortó Víctor señalándolo con el cuchillo.

De un día para el otro Luis cambió, tornándose atento y hablador. Santillán lo notó y comenzaron una amistad que contentó a los compañeros de trabajo. Luego de la cena se iban en la Fuego a dar unas vueltas por el pueblo y algunas veces recorrían los bares de Bahía Blanca. En el restaurante se contaban chistes y hablaban de Aquelarre, Charly García o Manal de tal forma que solían molestar a Víctor, un defensor acérrimo del tango.

Luego siguieron los asados domingueros en el chalet. Acompañaban a Luis llevando el flan casero Chequeale y Víctor, que seguían aparentando tosquedad pese a sus mejores pantalones de gabardina. Repasador no iba porque no participaba de casi nada que se hablara en el restaurante y todos pensaban que el lavado del trapo lo tendría ocupado el fin de semana. Nadie quería tenerlo cerca en el tiempo libre, las salvajes borracheras que se agarraba no eran buenas para una casa decente.

Luis acompañaba a la mujer de Santillán haciendo las ensaladas, enfrascándose en largas charlas sobre cocina. Le explicó el efecto de las nueces en las ensaladas y el vigor del aceite de bacalao rociado en las comidas frías. Había risitas secretas.

Para conocer a una persona casi completamente, a Víctor solía alcanzarle con ver dos o tres actitudes habituales. Pero Luis tenía un brillo extraño en sus ojos. Algo difícil de descifrar que redondeaba entre el resentimiento y la venganza. Pero a la vez otra mirada enternecedora lo tornaba a un lugar de gente más noble y Víctor andaba confundido.

-No estarás buscando vengarte de alguna forma, ¿no?

-No creo.

-Si te pasó algo con tu familia...

-Quédese tranquilo, Víctor "le cortó. A mí nunca me pasó nada. Tampoco tuve familia. Mentí un poco, disculpe.

Víctor se fue a enjuagar las manos gesticulando. Subía y bajaba los brazos en señal de desconcierto. No estaba conforme y se formó un aura de desconfianza que solamente Víctor percibía. Pese a todo y siguiendo con el viejo dicho sobre el corazón contento, los mensuales se fueron consolidando por una comida suculenta que incitaba a que otros nuevos vinieran. El restaurante fue cobrando fama con el comentario del nuevo cocinero que cocinaba platos parecidos a los de las grandes cadenas de hoteles internacionales.

Un alto funcionario de una empresa que fabricaba aluminio en Puerto Madryn quiso saludar al cocinero.

-Quería felicitarlo. No siempre se come bien en estas fondas "le dijo.

-Gracias.

-Yo me voy a quedar dos días más. Preparame lo mejor que te voy a recompensar con buena propina.

Luis le pidió a Repasador que no lo atendiera, que él se haría cargo. Víctor se dio cuenta cuando lo vio sentado charlando amenamente con el funcionario. En esos dos días, Luis preparó pollo al ajillo con guisado en salsa blanca y perejil, lomo al champignon con la variante del chorro de vino blanco dos minutos antes de apagar la hornalla y apartó el clásico flan de postre sustituyéndolo por una abundante macedonia.

-¿Y, te sentís cómodo acá? -le preguntó Víctor después de que se fuera el funcionario.

-Creo que sí. Alcanzame las papas, Chequeale.

-¿Y estás cómodo también en la pensión?

Víctor cortaba las papas en cubitos al lado de Luis. Iban para ensalada rusa.

-Sí.

-¿No te convendría alquilarte un departamento? -preguntó Víctor.

Pusieron las papas a hervir. Víctor quería asegurarse de que los ingresos del restaurante siguieran subiendo sin complicaciones.

-No sé bien qué hacer. El problema de un departamento son los gastos. En cambio en la pensión me mantengo más cómodo con un pago mensual libre de impuestos.

Antes de sacar las papas de la olla en donde hervían, Luis echó un generoso chorro de vinagre, luego las escurrió en el colador y las puso a enfriar sobre la mesa. Las zanahorias estaban hervidas y cortadas desde el mediodía.

-Claro- respondió Víctor desalentado y atacó con la munición del cartucho de repuesto". No porque yo, en ese caso, tengo pensado aumentarte algo, viste. Nosotros no te vamos a dejar ir así nomás.

-Me halaga, Víctor. Eso es bueno. Quédese tranquilo -dijo mirando a Chequeale y a Repasador que estaban atentos a la charla-. Acá estoy cómodo.

-Mucho parloteo acá, ¿eh? Parecen novias cotorreando para un casamiento- dijo Santillán que entró repentinamente en la cocina.

-¿Qué hora es?-dijo Víctor.

-Me parece que tarde- respondió Santillán. Ahí tenés a los mensuales hace media hora esperándote y vos acá hablando.

-Chequeale, prepará el ensaladaje y vos Gallego andá poniendo los manteles, ¡vamos!- dijo aplaudiendo y Repasador salió con su instrumento al hombro directo a apestar clientes.

Luis puso quince milanesas en una gran fuente dentro de la cual hervía aceite desde hacía un rato. Terminó de cortar varias papas al estilo juliana y cuando sacó las milanesas las introdujo en la misma fuente despacio para que no salpicaran.

-Lo mío está casi listo. ¿Vos, Chequeale?

-Ya casi, Chequeale. Ya casi.

Terminó de embadurnar con mayonesa las papas frías y zanahorias y quedó armada la ensalada rusa.

-¿Te corto el fiambre, Chequeale?

-Sí, ayudame, Chequeale.

Luis colocaba con una cuchara la ensalada rusa en pequeños platos y con un cuchillo aplastaba la porción armando como una pequeña escalera piramidal.

-¡Hey, Repasador! Andá llevándome los platos del primero.

Se los entregó con la pirámide de ensalada rusa, una rodaja de jamón crudo enrollada y una hoja de perejil de adorno. El paisaje rápido de la comida fría. El segundo marchaba cuando puso en un plato la milanesa con un chorro de salsa cremosa junto a las papas fritas y rodajas de tomate cortadas por Chequeale.

Luis se fue temprano aquella noche. Estuvo vomitando frente al inodoro y Víctor lo mandó a la pensión.

-Volvé más tarde, cuando se te pase "le dijo.

-Dejo diez milanesas en la fuente por si entran más comensales.

-Está bien. Difícil por la hora. Pero está bien por las dudas.

Volvió cuando habían cerrado pero igualmente se asomó porque había visto luz en la cocina. Quería charlar con Chequeale como era costumbre después de cenar. Por entre las cortinas pudo divisar a Chequeale reventándose contra Víctor. Chequeale parado con los pantalones bajos y el culo al aire. Víctor culo para arriba apoyando los codos en la mesa de cortar hortalizas. El postre de la foto culminaba con la nariz de Chequeale aplastándose sobre la espalda peluda de Víctor.

Al día siguiente no se lo vio. A Víctor no le pareció extraño, lo presentía. Lo estaba esperando. Ya era media mañana cuando terminó de cortar carne para un estofado. Se lavó las manos y, confundido, se secó con el repasador del Gallego. Se subió a su viejo Falcon Futura y fue hasta la pensión.

-Vino con una mujer, le dije que acá mujeres no -dijo la vieja.

-¿Y él qué le dijo?

-Pagó y se fue.

Uno de los mensuales andaba dando vueltas por la pensión. Le dijo a Víctor que estaba descompuesto desde la madrugada. Víctor pensó en la descompostura de Luis, pensó también en la ensalada rusa, pero estaba fresca.

-Se fue temprano de acá. Vino con una mina embarazada- le dijo a Víctor.

Víctor llegó al restaurante con cara de angustia.

-Gallego, ponete de vuelta el delantal. Hoy no va a venir el Luis.

Al atardecer apareció Santillán a los gritos. Estaba con la camisa salida del pantalón y su cara mantenía un rojo ardiente.

-¡¿Dónde está ese muerto de hambre"!

-¿Pasó algo" -dijo Víctor.

-Mi mujer... ¡Hijo de mil putas! ¿Dónde está?- bramó.

-Hoy no vino- contestó Víctor.

 

Santillán se subió al auto apurado. Golpeó la puerta con fuerza, le dio arranque e hizo chillar las gomas. Dejó una marca negra en el asfalto que fue perdiendo brillo en el atardecer opaco de la ciudad pintoresca.