Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

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jueves, 28 de noviembre de 2013

PARA COMPARTIR: POESÍA PORTUGUESA

 

NUNO JÚDICE

(Mexilhoeira Grande, Portugal, 1949)

 

 

“Vuelve hasta mí en el silencio de la noche"

 

 

Vuelve hasta mí en el silencio de la noche

tu voz que yo amo, y tus palabras

que yo no olvido. Vuelve hasta mí

para que tu ausencia no empañe

el cristal de la memoria, ni lo transforme

en el espejo opaco de mis ojos. Vuelve

con tus labios cuyo beso soñé en un estuario

vestido con la mortaja de la niebla; y trae

contigo la alta marea de la mañana con la que

todos los náufragos soñaron.

 

 

Nota:  Nuno Júdice nació en Mexilhoeira Grande, sur de Portugal, en 1949. Es autor de una vasta obra poética traducida y publicada en más de una decena de idiomas. Ha escrito también libros de ensayo, ficción y teatro. En la actualidad es profesor de Literatura Comparada y Teoría de la Traducción en la Universidad Nova de Lisboa. Traductor de Shakespeare, Molière, Emily Dickinson, entre otros autores. Ha sido galardonado con el premio de poesía portuguesa, Antonio Ramos Rosa, 2007. Está considerado como uno de los autores más importantes de la lengua lusitana. En el año 2013 recibió el Premio de Poesía Reina Sofía, uno de los más importantes galardones que se puede otorgar a un poeta.

 

La presente edición es un aporte de la difusión literaria que el poeta y amigo Juvenal Soto realiza desde Málaga (España).


jueves, 21 de noviembre de 2013

PARA COMPARTIR: KONSTANINE CAVAFY (Alejandría, Egipto, 1863-1933)

GRISES
Mirando un ópalo casi gris
recordé unos hermosos ojos grises
que había visto hará unos veinte años...

Nos amamos un mes.
Marchó después a Esmirna, creo,
a trabajar allí y no nos vimos más.

Se habrán empañado -si vive- aquellos ojos;
ajado estará aquel rostro hermoso...

Guárdalos tú, memoria mía, como eran.
Y cuanto de mi amor puedas, memoria,
cuanto puedas, tráemelo de nuevo
esta noche.

martes, 19 de noviembre de 2013

PARA COMPARTIR:DIONISIO SALAS ASTORGA(Viña del Mar, Chile, 1965)


la pareja de enfrente
no habla
hace mucho dijeron
hasta la verdad

(y de eso no se vuelve)

cada tanto miran 
a los que preguntan al espejo de su plato

sienten una pizca de pena
regresan al territorio minado de su mesa

amasan las migas
como si fuera posible que el pan de sus vidas 
subiera otra vez 


De “Crónicas cínicas” (2013)

domingo, 10 de noviembre de 2013

PARA COMPARTIR: NARRATIVA ITALIANA DINO BUZZATI (1906-1972)


EL  COLOMBRE

Cuando Stefano Roi cumplió los doce años, pidió como regalo a su padre, capitán de barco y patrón de un bonito velero, que lo llevase consigo a bordo.
-Cuando sea mayor -dijo-, quiero navegar por los mares como tú. Y mandaré barcos todavía más bonitos y grandes que el tuyo.
-Dios te bendiga, hijo mío -respondió su padre. Y como justamente aquel día su carguero debía partir, se llevó al chico consigo.
Era un espléndido día de sol; el mar estaba tranquilo. Stefano, que nunca había subido al barco, paseaba feliz por cubierta admirando las complicadas maniobras del aparejo. Y preguntaba esto y lo otro a los marineros, que, sonriendo, se lo explicaban todo.
Cuando fue a parar a la toldilla, el chico, picado por la curiosidad, se detuvo a observar una cosa que salía intermitentemente a la superficie a una distancia de unos doscientos o trescientos metros, allí donde estaba la estela de la nave.
Aunque el carguero volara ya, empujado por un magnífico viento de popa, aquella cosa mantenía siempre la misma distancia. Y, aunque él no comprendía su naturaleza, tenía algo indefinible que lo atraía intensamente.
Al dejar de ver a Stefano por allí, su padre, después de haberlo llamado a grandes voces en vano, abandonó el puente y fue a buscarlo.
-Stefano, ¿qué haces ahí plantado? -le preguntó al verlo finalmente en la popa, de pie, absorto en las olas.
-Ven a ver, papá.
El padre acudió y miró también en la dirección que le indicaba el muchacho, pero no alcanzó a ver nada.
-Es una cosa oscura que asoma cada tanto de la estela -dijo-, y que nos sigue.
-A pesar de mis cuarenta años -dijo su padre-, creo tener todavía buena vista. Pero no veo nada en absoluto.
Como su hijo insistiera, fue en busca del catalejo y exploró la superficie del mar allí donde estaba la estela. Stefano lo vio ponerse pálido.
-¿Qué es? ¿Por qué pones esa cara?
-Ojalá no te hubiera escuchado -exclamó el capitán-. Ahora temo por ti. Eso que has visto asomar de las aguas y que nos sigue no es una cosa. Es un colombre. Es el pez que los marineros temen más que ningún otro en todos los mares del mundo. Es un escualo terrible y misterioso, más astuto que el hombre. Por motivos que quizá nunca nadie sabrá, escoge a su víctima y, una vez que lo ha hecho, la sigue años y años, la vida entera, hasta que consigue devorarla. Y lo más curioso es esto: que nadie puede verlo si no es la propia víctima y las personas de su misma sangre.
-¿Y no es una leyenda?
-No. Yo nunca lo había visto. Pero como lo he oído describir tantas veces, en seguida lo he reconocido. Ese hocico de bisonte, esa boca que se abre y se cierra sin cesar, esos dientes espantosos... Stefano, no hay duda, desgraciadamente el colombre te ha elegido y mientras andes por el mar no te dará tregua. Escucha: vamos a volver ahora mismo a tierra, tú desembarcarás y nunca más te separarás de la orilla por ningún motivo. Tienes que prometérmelo. El trabajo del mar no es para ti, hijo mío. Tienes que resignarte. Por otra parte, en tierra también podrás hacer fortuna.
Dicho esto, hizo invertir el rumbo inmediatamente, volvió a puerto y, con el pretexto de una inesperada indisposición, desembarcó a su hijo. Luego volvió a partir sin él.
Profundamente agitado, el muchacho permaneció en la orilla hasta que la última punta de la arboladura se sumergió detrás del horizonte. Más allá del muelle que cerraba el puerto, el mar quedó completamente desierto. Pero, aguzando la vista, Stefano alcanzó a distinguir un puntito negro que aparecía intermitentemente sobre las aguas: era «su» colombre, que iba lentamente de aquí para allá, empeñado en esperarlo.
*
Desde entonces se emplearon todos los recursos posibles para alejar al muchacho del deseo del mar. Su padre lo mandó a estudiar a una ciudad del interior distante centenares de kilómetros. Y durante algún tiempo, distraído por su nuevo ambiente, Stefano dejó de pensar en el monstruo marino. Sin embargo, cuando en las vacaciones de verano volvió a casa, lo primero que hizo en cuanto dispuso de un minuto libre fue apresurarse a ir a la punta del muelle para hacer una especie de comprobación aunque en el fondo lo considerase superfluo. Aun admitiendo que toda la historia que le contara su padre fuera verdadera, después de tanto tiempo el colombre sin duda habría renunciado a su asedio.
Pero Stefano se quedó allí parado, con el corazón desbocado. A unos doscientos o trescientos metros del muelle, en mar abierto, el siniestro pez iba arriba y abajo con lentitud, sacando de cuando en cuando el hocico del agua y volviéndolo hacia tierra, como si mirase ansiosamente si Stefano Roi aparecía por fin.
De esta suerte, la idea de aquella criatura enemiga que lo esperaba noche y día se convirtió para Stefano en una secreta obsesión. E incluso en la lejana ciudad le ocurría despertarse en plena noche víctima de la inquietud. Estaba a salvo, sí, centenares de kilómetros lo separaban del colombre. Sin embargo, sabía que más allá de las montañas, más allá de los bosques, más allá de las llanuras, el escualo lo aguardaba. Y que, aunque se trasladara al continente más remoto, el colombre se apostaría en el espejo del mar más cercano con la inexorable obstinación de los instrumentos del destino.
Stefano, que era un muchacho serio y diligente, continuó sus estudios con provecho y apenas fue un hombre encontró un empleo digno y bien remunerado en un almacén de la ciudad. Mientras tanto, su padre murió víctima de una enfermedad. Su viuda vendió su magnífico velero y el hijo se halló en posesión de una discreta fortuna. El trabajo, las amistades, las distracciones, los primeros amores: ahora Stefano se había hecho ya su vida, pero, a pesar de todo, el pensamiento del colombre lo perseguía como un espejismo a la vez funesto y fascinante; y, con el paso de los días, en vez de desvanecerse, parecía hacerse más insistente.
Grandes son las satisfacciones de la vida laboriosa, holgada y tranquila, pero aún mayor es la atracción del abismo. Apenas había cumplido Stefano veintidós años cuando, tras despedirse de sus amigos y abandonar su empleo, volvió a su ciudad natal y comunicó a su madre su firme intención de seguir el oficio paterno. La mujer, a quien Stefano jamás había hecho mención del misterioso escualo, acogió con júbilo su decisión. En el fondo de su corazón, que su hijo hubiera abandonado el mar por la ciudad siempre le había parecido una puñalada a las tradiciones de la familia.
Y Stefano comenzó a navegar, dando prueba de dotes marineras, de resistencia a las fatigas, de ánimo intrépido. Navegaba, navegaba y en la estela de su carguero, de día y de noche, con bonanza y con tempestad, se afanaba el colombre. Él sabía que aquella era su maldición y su condena, pero quizá por eso mismo no tenía fuerzas para apartarse de ella. Y a bordo nadie veía el monstruo excepto él.
-¿No ven nada por allí? -preguntaba de cuando en cuando a sus compañeros señalando la estela.
-No, no vemos nada. ¿Por qué?
-No sé. Me parecía...
-¿No habrás visto por casualidad un colombre? -decían ellos entre risas al tiempo que tocaban madera.
-¿De qué se ríen? ¿Por qué tocaban madera?
-Porque el colombre no perdona. Y si se pusiera a seguir a esta nave, eso querría decir que uno de nosotros estaba perdido.
Pero Stefano no cedía. La constante amenaza que iba en pos de él parecía más bien multiplicar su voluntad, su pasión por el mar, su arrojo en los momentos de fatiga y peligro.
Una vez se sintió dueño del oficio, con el pequeño caudal que le había dejado su padre adquirió junto con un socio un pequeño vapor de carga, luego se hizo su único propietario y, gracias a una serie de travesías afortunadas, pudo a continuación comprar un verdadero buque mercante y apuntar a metas cada vez más ambiciosas. Pero los éxitos, los millones, no conseguían apartar de su ánimo aquel continuo tormento; y nunca, por otra parte, se le pasó por la cabeza vender y retirarse a tierra para emprender negocios distintos.
Navegar, navegar, ese era su único afán. Apenas ponía pie en cualquier puerto después de largas travesías, en seguida lo espoleaba la impaciencia por partir. Sabía que allá lo esperaba el colombre y que el colombre era sinónimo de perdición. Era inútil. Un impulso indomable lo arrastraba de un océano a otro sin descanso.
*
Hasta que de pronto un día Stefano reparó en que se había hecho viejo, viejísimo; y ninguno de los que lo rodeaban sabía explicarse por qué, siendo rico como era, no dejaba por fin la azarosa vida del mar. Viejo, y amargamente infeliz, porque toda su existencia se había gastado en aquella especie de loca fuga a través de los mares para escapar de su enemigo. Pero para él siempre había sido más fuerte que la dicha de una vida holgada y tranquila la tentación del abismo.
Y una tarde, mientras su magnífica nave se hallaba fondeada frente al puerto donde había nacido, se sintió próximo a morir. Entonces llamó a su segundo oficial, en quien tenía mucha confianza, y le instó a que no se opusiera a lo que pensaba hacer. El otro se lo prometió por su honor.
Una vez seguro de esto, Stefano reveló al segundo oficial, que lo escuchaba turbado, la historia del colombre que durante casi cincuenta años lo había seguido sin cesar inútilmente.
-Me ha seguido de un confín a otro del mundo -dijo- con una fidelidad que ni el amigo más noble habría podido mostrar. Ahora me voy a morir. También él, ahora, estará terriblemente viejo y cansado. No puedo traicionarlo.
Dicho esto, se despidió, hizo arriar un bote y, después de hacer que le dieran un arpón, partió.
-Ahora voy a su encuentro -anunció-. Es justo que no lo defraude. Pero lucharé con las fuerzas que me quedan.
Con débiles golpes de remo se alejó del barco. Oficiales y marineros lo vieron desaparecer a lo lejos, sobre el plácido mar, envuelto en las sombras de la noche. En el cielo, como una hoz, lucía la luna.
No tuvo que esforzarse mucho. Súbitamente, el horrible hocico del colombre emergió al lado de la barca.
-Aquí me tienes por fin -dijo Stefano-. ¡Ahora es cosa nuestra!
Y, reuniendo sus últimas energías, levantó el arpón para lanzarlo.
-Ah -se quejó con voz suplicante el colombre-, qué largo camino hasta encontrarte. También yo estoy destrozado por la fatiga. Cuánto me has hecho nadar. Y tú huías, huías. Y nunca has comprendido nada.
-¿Por qué? -dijo Stefano picado en su orgullo.
-Porque no te he seguido por todo el mundo para devorarte, como tú pensabas. El único encargo que me dio el rey del mar fue entregarte esto.
Y el escualo sacó la lengua, tendiendo al viejo capitán una esfera fosforescente.
Stefano la cogió entre los dedos y miró. Era una perla de tamaño desmesurado. Reconoció en ella la famosa Perla del Mar que procura a quien la posee fortuna, poder, amor y paz de espíritu. Pero ahora era ya demasiado tarde.
-Ay de mí -dijo meneando tristemente la cabeza-. Qué horrible malentendido. Lo único que he conseguido es desperdiciar mi existencia; y he arruinado la tuya.
-Adiós, hombre infeliz -respondió el colombre. Y se sumergió en las aguas negras para siempre.
*
Dos meses más tarde, empujado por la resaca, un bote arribó a una áspera escollera. Fue avistado por algunos pescadores que, movidos por la curiosidad, se acercaron. En el bote, todavía sentado, había un blanco esqueleto; y, entre sus dedos descarnados, sujetaba un pequeño guijarro redondo.
El colombre es un pez de grandes dimensiones, espantoso a la vista, sumamente raro. Dependiendo de los mares y de los pueblos que habitan las orillas, recibe también el nombre de kolomber, kahloubrha, kalonga, kalu-balu, chalung-gra. Curiosamente, los naturalistas desconocen su existencia. Hay quien sostiene que no existe.

sábado, 9 de noviembre de 2013

PARA COMPARTIR: EDGAR LEE MASTERS (USA, Gamett, Kansas, 1868 – Elkins Park, Pensilvania, 1950)

SILENCIO

Está el silencio de los injustamente castigados;
Y el silencio de los agonizantes cuya mano
de pronto toca la nuestra.
Está el silencio entre el padre y el hijo,
Cuando el padre es incapaz de explicar su vida,
Y por eso mismo resulta incomprendido.
Hay el silencio que crece entre el marido y la mujer.
Hay el silencio de aquellos que fracasaron;
Y el vasto silencio que cubre
A las naciones quebradas y a los líderes vencidos.
Está el silencio de Lincoln,
Pensando en la pobreza de su juventud.
Y el silencio de después de Waterloo.
Y el silencio de Juana de Arco 
Diciendo entre las llamas, "Jesús Bendito"...
Revelando en dos palabras toda la pena, toda la esperanza.
Y hay el silencio de la vejez,
tan lleno de sabiduría que la lengua no pronuncia
las palabras inteligibles para aquellos que no han vivido
La gran extensión de la vida.
Y está el silencio de los muertos.
Si nosotros, vivos,
no podemos hablar de profundas experiencias,
¿Porqué asombrarse de que los muertos
no nos hablen de la muerte?

PARA COMPARTIR: OLGA OROZCO (Toay, La Pampa, 1920 – Buenos Aires, 1999)

GÉNESIS

No había ningún signo sobre la piel del tiempo.
Nada. Ni ese tapiz de invierno repentino que presagia las
[garras del relámpago quizá hasta mañana.
Tampoco esos incendios desde siempre que anuncian una
[antorcha entre las aguas de todo el porvenir.
Ni siquiera el temblor de la advertencia bajo un soplo de
[abismo que desemboca en nunca o en ayer.
Nada. Ni tierra prometida.
Era sólo un desierto de cal viva tan blanca como negra,
un ávido fantasma nacido de las piedras para roer el sueño
[milenario,
la caída hacia afuera que es el sueño con que sueñan las
[piedras.
Nadie. Sólo un eco de pasos sin nadie que se alejan
y un lecho ensimismado en marcha hacia el final.
Yo estaba allí tendida;
yo, con los ojos abiertos.
Tenía en cada mano una caverna para mirar a Dios,
y un reguero de hormigas iba desde su sombra hasta mi
[corazón y mi cabeza.
Y alguien rompió en lo alto esa tinaja gris donde subían a
[beber los recuerdos;
después rompió el prontuario de ciegos juramentos heridos
[a traición
y destrozó las tablas de la ley inscritas con la sangre
[coagulada de las historias muertas.
Alguien hizo una hoguera y arrojó uno por uno los fragmentos.
El cielo estaba ardiendo en la extinción de todos los infiernos
y en la tierra se borraban sus huellas y sus pruebas.
Yo estaba suspendida en algún tiempo de la expiación
sagrada;
yo estaba en algún lado muy lúcido de Dios;
yo, con los ojos cerrados.
Entonces pronunciaron la palabra.
Hubo un clamor de verde paraíso que asciende desgarrando
[la raíz de la piedra,
y su proa celeste avanzó entre la luz y las tinieblas.
Abrieron las compuertas.
Un oleaje radiante colmó el cuenco de toda la esperanza aún
[deshabitada,
y las aguas tenían hacia arriba ese color de espejo
[en el que nadie se ha mirado jamás,
y hacia abajo un fulgor de gruta tormentosa que mira desde
[siempre por primera vez.
Descorrieron de pronto las mareas.
Detrás surgió una tierra para inscribir en fuego cada pisada
[del destino,
para envolver en hierba sedienta la caída y el reverso de cada
[nacimiento,
para encerrar de nuevo en cada corazón la almendra del
[misterio.
Levantaron los sellos.
La jaula del gran día abrió sus puertas al delirio del sol
con tal que todo nuevo cautiverio del tiempo fuera
[deslumbramiento en la mirada,
con tal que toda noche cayera con el velo de la revelación a
[los pies de la luna.
Sembraron en las aguas y en los vientos.
Y desde ese momento hubo una sola sombra sumergida en
[mil sombras,
un solo resplandor innominado en esa luz de escamas que
[ilumina hasta el fin la rampa de los sueños.
Y desde ese momento hubo un borde de plumas
[encendidas desde la más remota lejanía,
unas alas que vienen y se van en un vuelo de adiós a todos
[los adioses.
Infundieron un soplo en las entrañas de toda la extensión.
Fue un roce contra el último fondo de la sangre;
fue un estremecimiento de estambres en el vértigo del aire;
y el alma descendió al barro luminoso para colmar la forma
[semejante a su imagen,
y la carne se alzó como una cifra exacta,
como la diferencia prometida entre el principio y el final.
Entonces se cumplieron la tarde y la mañana
en el último día de los siglos.
Yo estaba frente a ti;
yo, con los ojos abiertos debajo de tus ojos
en el alba primera del olvido.

PARA COMPARTIR: RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN (Buenos Aires 1905-1974)

LLUVIA

     Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
     Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios abandonados. Otras veces cae con furia, y uno piensa en los maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños nombres.
     De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
     De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.
     Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban:
      No habían despertado todavía al amor.
      No sabían nada de nosotros.
      De nuestro secreto.
      Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura de        nuestra fatiga.
       Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos visto juntos, tantos gestos que hemos entrevisto o sospechado, los ademanes y las palabras de ellos, todo, todo ha desaparecido y estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección.
        Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
        Te quiero con toda la furia de la lluvia.
        Te quiero con todos los violines de la lluvia.
        Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada. Recién estamos descubriendo los puentes y las casas, las ventanas y las luces, los barcos y los horizontes.
        Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana, increíble, pero, tan real, numerosa, pero tan mía.
         Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
         Oh, visitante.
          Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
          Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el           destino único.
          Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.
          Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea del           otoño.
          Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa, que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto, cuando tú y yo seamos sombras, y todavía estemos pegados, juntos, subiendo siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.
          Oh, visitante.
          Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.
          Estoy tocado de tu destino.
          Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
          Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
          Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta, ya al caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los muros, ya al reflejar sobre el asfalto las súbitas, las fugitivas luces rojas de los automóviles, ya al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de nuestra esperanza, los humildes barrios de los trabajadores.
            La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Oh, íntima, recóndita alegría.
            Estoy tocado de tu destino.
            Oh, lluvia. Oh, generosa.

jueves, 7 de noviembre de 2013

ARTE EN TAPA

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En el programa de “Promoción y Difusión de Patrimonio Bibliográfico” compartimos con nuestros amigos y lectores la serie que, hemos denominado,  “ARTE EN TAPA”.
La finalidad de la serie que proponemos es acercar a nuestros seguidores la reproducción de tapas de libros que se caracterizan por ser diseñadas-ilustradas por diversos artistas.
La serie hoy seleccionada pertenece a la colección “Novelas de Salgari” de “Biblioteca Calleja (Serie Popular)” que presenta la obra literaria de Emilio Salgari de la Editorial  “Saturnino Calleja S.A.” de Madrid y que en sus portadas puede verse trabajos firmados por Barfezzi, Penagos, Soto y E. Varela de Seijas, entre otros autores. 
El material seleccionado pertenece a nuestro Fondo Bibliográfico de Sala “Libertad Sad de Toujas”.
 Ver más fotos en:

miércoles, 6 de noviembre de 2013

VISITA DE ESTUDIANTES


Alumnos de 2do. 2da. de la Escuela Técnica Agropecuaria 4-171 "Preceptora Hilda Mabel Coria" de la localidad de Carmensa (San Pedro del Atuel), acompañados por la prof. Pamela Fuentes Rubilar, visitan la muestra “In.tensiones” del artista Melchor Montoya.

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Ver más fotos en https://www.facebook.com/media/set/?set=a.661442243890689.1073741843.248845645150353&type=3


domingo, 3 de noviembre de 2013

PARA COMPARTIR: LEOPOLDO LUGONES (1874-1938)

 YZUR 
Compré el mono en el remate de un circo que había quebrado.
La primera vez que se me ocurrió tentar la experiencia a cuyo relato están dedicadas estas líneas, fue una tarde, leyendo no sé dónde, que los naturales de Java atribuían la falta de lenguaje articulado en los monos a la abstención, no a la incapacidad. "No hablan, decían, para que no los hagan trabajar".
Semejante idea, nada profunda al principio, acabó por preocuparme hasta convertirse en este postulado antropológico:
Los monos fueron hombres que por una u otra razón dejaron de hablar. El hecho produjo la atrofia de sus órganos de fonación y de los centros cerebrales del lenguaje; debilitó casi hasta suprimirla la relación entre unos y otros, fijando el idioma de la especie en el grito inarticulado, y el humano primitivo descendió a ser animal.
Claro es que si llegara a demostrarse esto quedarían explicadas desde luego todas las anomalías que hacen del mono un ser tan singular; pero esto no tendría sino una demostración posible: volver el mono al lenguaje.
Entre tanto había corrido el mundo con el mío, vinculándolo cada vez más por medio de peripecias y aventuras. En Europa llamó la atención, y de haberlo querido, llego a darle la celebridad de un Cónsul; pero mi seriedad de hombre de negocios mal se avenía con tales payasadas.
Trabajado por mi idea fija del lenguaje de los monos, agoté toda la bibliografía concerniente al problema, sin ningún resultado apreciable. Sabía únicamente, con entera seguridad, que no hay ninguna razón científica para que el mono no hable. Esto llevaba cinco años de meditaciones.
Yzur (nombre cuyo origen nunca pude descubrir, pues lo ignoraba igualmente su anterior patrón), Yzur era ciertamente un animal notable. La educación del circo, bien que reducida casi enteramente al mimetismo, había desarrollado mucho sus facultades; y esto era lo que me incitaba más a ensayar sobre él mi en apariencia disparatada teoría.
Por otra parte, sábese que el chimpancé (Yzur lo era) es entre los monos el mejor provisto de cerebro y uno de los más dóciles, lo cual aumentaba mis probabilidades. Cada vez que lo veía avanzar en dos pies, con las manos a la espalda para conservar el equilibrio, y su aspecto de marinero borracho, la convicción de su humanidad detenida se vigorizaba en mí.
No hay a la verdad razón alguna para que el mono no articule absolutamente. Su lenguaje natural, es decir, el conjunto de gritos con que se comunica a sus semejantes, es asaz variado; su laringe, por más distinta que resulte de la humana, nunca lo es tanto como la del loro, que habla sin embargo; y en cuanto a su cerebro, fuera de que la comparación con el de este último animal desvanece toda duda, basta recordar que el del idiota es también rudimentario, a pesar de lo cual hay cretinos que pronuncian algunas palabras. Por lo que hace a la circunvolución de Broca, depende, es claro, del desarrollo total del cerebro; fuera de que no está probado que ella sea fatalmente el sitio de localización del lenguaje. Si es el caso de localización mejor establecido en anatomía, los hechos contradictorios son desde luego incontestables.
Felizmente los monos tienen, entre sus muchas malas condiciones, el gusto por aprender, como lo demuestra su tendencia imitativa; la memoria feliz, la reflexión que llega hasta una profunda facultad de disimulo, y la atención comparativamente más desarrollada que en el niño. Es, pues, un sujeto pedagógico de los más favorables.
El mío era joven además, y es sabido que la juventud constituye la época más intelectual del mono, parecido en esto al negro. La dificultad estribaba solamente en el método que se emplearía para comunicarle la palabra. Conocía todas las infructuosas tentativas de mis antecesores; y está de más decir, que ante la competencia de algunos de ellos y la nulidad de todos sus esfuerzos, mis propósitos fallaron más de una vez, cuando el tanto pensar sobre aquel tema fue llevándome a esta conclusión:
Lo primero consiste en desarrollar el aparato de fonación del mono.
Así es, en efecto, como se procede con los sordomudos antes de llevarlos a la articulación; y no bien hube reflexionado sobre esto, cuando las analogías entre el sordomudo y el mono se agolparon en mi espíritu.
Primero de todo, su extraordinaria movilidad mímica que compensa al lenguaje articulado, demostrando que no por dejar de hablar se deja de pensar, así haya disminución de esta facultad por la paralización de aquella. Después otros caracteres más peculiares por ser más específicos: la diligencia en el trabajo, la fidelidad, el coraje, aumentados hasta la certidumbre por estas dos condiciones cuya comunidad es verdaderamente reveladora; la facilidad para los ejercicios de equilibrio y la resistencia al marco.
Decidí, entonces, empezar mi obra con una verdadera gimnasia de los labios y de la lengua de mi mono, tratándolo en esto como a un sordomudo. En lo restante, me favorecería el oído para establecer comunicaciones directas de palabra, sin necesidad de apelar al tacto. El lector verá que en esta parte prejuzgaba con demasiado optimismo.
Felizmente, el chimpancé es de todos los grandes monos el que tiene labios más movibles; y en el caso particular, habiendo padecido Yzur de anginas, sabía abrir la boca para que se la examinaran.
La primera inspección confirmó en parte mis sospechas. La lengua permanecía en el fondo de su boca, como una masa inerte, sin otros movimientos que los de la deglución. La gimnasia produjo luego su efecto, pues a los dos meses ya sabía sacar la lengua para burlar. Ésta fue la primera relación que conoció entre el movimiento de su lengua y una idea; una relación perfectamente acorde con su naturaleza, por otra parte.
Los labios dieron más trabajo, pues hasta hubo que estirárselos con pinzas; pero apreciaba -quizá por mi expresión- la importancia de aquella tarea anómala y la acometía con viveza. Mientras yo practicaba los movimientos labiales que debía imitar, permanecía sentado, rascándose la grupa con su brazo vuelto hacia atrás y guiñando en una concentración dubitativa, o alisándose las patillas con todo el aire de un hombre que armoniza sus ideas por medio de ademanes rítmicos. Al fin aprendió a mover los labios.
Pero el ejercicio del lenguaje es un arte difícil, como lo prueban los largos balbuceos del niño, que lo llevan, paralelamente con su desarrollo intelectual, a la adquisición del hábito. Está demostrado, en efecto, que el centro propio de las inervaciones vocales, se halla asociado con el de la palabra en forma tal, que el desarrollo normal de ambos depende de su ejercicio armónico; y esto ya lo había presentido en 1785 Heinicke, el inventor del método oral para la enseñanza de los sordomudos, como una consecuencia filosófica. Hablaba de una "concatenación dinámica de las ideas", frase cuya profunda claridad honraría a más de un psicólogo contemporáneo.
Yzur se encontraba, respecto al lenguaje, en la misma situación del niño que antes de hablar entiende ya muchas palabras; pero era mucho más apto para asociar los juicios que debía poseer sobre las cosas, por su mayor experiencia de la vida.
Estos juicios, que no debían ser sólo de impresión, sino también inquisitivos y disquisitivos, a juzgar por el carácter diferencial que asumían, lo cual supone un raciocinio abstracto, le daban un grado superior de inteligencia muy favorable por cierto a mi propósito.
Si mis teorías parecen demasiado audaces, basta con reflexionar que el silogismo, o sea el argumento lógico fundamental, no es extraño a la mente de muchos animales. Como que el silogismo es originariamente una comparación entre dos sensaciones. Si no, ¿por qué los animales que conocen al hombre huyen de él, y no los que nunca le conocieron?...
Comencé, entonces, la educación fonética de Yzur.
Tratábase de enseñarle primero la palabra mecánica, para llevarlo progresivamente a la palabra sensata.
Poseyendo el mono la voz, es decir, llevando esto de ventaja al sordomudo, con más ciertas articulaciones rudimentarias, tratábase de enseñarle las modificaciones de aquella, que constituyen los fonemas y su articulación, llamada por los maestros estática o dinámica, según que se refiera a las vocales o a las consonantes.
Dada la glotonería del mono, y siguiendo en esto un método empleado por Heinicke con los sordomudos, decidí asociar cada vocal con una golosina: a con papa; e con leche; i con vino;o con coco; u con azúcar, haciendo de modo que la vocal estuviese contenida en el nombre de la golosina, ora con dominio único y repetido como en papa, coco, leche, ora reuniendo los dos acentos, tónico y prosódico, es decir, como fundamental: vino, azúcar.
Todo anduvo bien, mientras se trató de las vocales, o sea los sonidos que se forman con la boca abierta. Yzur los aprendió en quince días. Sólo que a veces, el aire contenido en sus abazones les daba una rotundidad de trueno. La u fue lo que más le costó pronunciar.
Las consonantes me dieron un trabajo endemoniado, y a poco hube de comprender que nunca llegaría a pronunciar aquellas en cuya formación entran los dientes y las encías. Sus largos colmillos y sus abazones, lo estorbaban enteramente.
El vocabulario quedaba reducido, entonces a las cinco vocales, la b, la k, la m, la g, la f y lac, es decir todas aquellas consonantes en cuya formación no intervienen sino el paladar y la lengua.
Aun para esto no me bastó el oído. Hube de recurrir al tacto como un sordomudo, apoyando su mano en mi pecho y luego en el suyo para que sintiera las vibraciones del sonido.
Y pasaron tres años, sin conseguir que formara palabra alguna. Tendía a dar a las cosas, como nombre propio, el de la letra cuyo sonido predominaba en ellas. Esto era todo.
En el circo había aprendido a ladrar como los perros, sus compañeros de tarea; y cuando me veía desesperar ante las vanas tentativas para arrancarle la palabra, ladraba fuertemente como dándome todo lo que sabía. Pronunciaba aisladamente las vocales y consonantes, pero no podía asociarlas. Cuando más, acertaba con una repetición de pes y emes.
Por despacio que fuera, se había operado un gran cambio en su carácter. Tenía menos movilidad en las facciones, la mirada más profunda, y adoptaba posturas meditativas. Había adquirido, por ejemplo, la costumbre de contemplar las estrellas. Su sensibilidad se desarrollaba igualmente; íbasele notando una gran facilidad de lágrimas. Las lecciones continuaban con inquebrantable tesón, aunque sin mayor éxito. Aquello había llegado a convertirse en una obsesión dolorosa, y poco a poco sentíame inclinado a emplear la fuerza. Mi carácter iba agriándose con el fracaso, hasta asumir una sorda animosidad contra Yzur. Éste se intelectualizaba más, en el fondo de su mutismo rebelde, y empezaba a convencerme de que nunca lo sacaría de allí, cuando supe de golpe que no hablaba porque no quería. El cocinero, horrorizado, vino a decirme una noche que había sorprendido al mono "hablando verdaderas palabras". Estaba, según su narración, acurrucado junto a una higuera de la huerta; pero el terror le impedía recordar lo esencial de esto, es decir, las palabras. Sólo creía retener dos: cama y pipa. Casi le doy de puntapiés por su imbecilidad.
No necesito decir que pasé la noche poseído de una gran emoción; y lo que en tres años no había cometido, el error que todo lo echó a perder, provino del enervamiento de aquel desvelo, tanto como de mi excesiva curiosidad.
En vez de dejar que el mono llegara naturalmente a la manifestación del lenguaje, llaméle al día siguiente y procuré imponérsela por obediencia.
No conseguí sino las pes y las emes con que me tenía harto, las guiñadas hipócritas y -Dios me perdone- una cierta vislumbre de ironía en la azogada ubicuidad de sus muecas.
Me encolericé, y sin consideración alguna, le di de azotes. Lo único que logré fue su llanto y un silencio absoluto que excluía hasta los gemidos.
A los tres días cayó enfermo, en una especie de sombría demencia complicada con síntomas de meningitis. Sanguijuelas, afusiones frías, purgantes, revulsivos cutáneos, alcoholaturo de brionia, bromuro -toda la terapéutica del espantoso mal le fue aplicada. Luché con desesperado brío, a impulsos de un remordimiento y de un temor. Aquél por creer a la bestia una víctima de mi crueldad; éste por la suerte del secreto que quizá se llevaba a la tumba.
Mejoró al cabo de mucho tiempo, quedando, no obstante, tan débil, que no podía moverse de su cama. La proximidad de la muerte habíalo ennoblecido y humanizado. Sus ojos llenos de gratitud, no se separaban de mí, siguiéndome por toda la habitación como dos bolas giratorias, aunque estuviese detrás de él; su mano buscaba las mías en una intimidad de convalecencia. En mi gran soledad, iba adquiriendo rápidamente la importancia de una persona.
El demonio del análisis, que no es sino una forma del espíritu de perversidad, impulsábame, sin embargo, a renovar mis experiencias. En realidad el mono había hablado. Aquello no podía quedar así.
Comencé muy despacio, pidiéndole las letras que sabía pronunciar. ¡Nada! Dejelo solo durante horas, espiándolo por un agujerillo del tabique. ¡Nada! Hablele con oraciones breves, procurando tocar su fidelidad o su glotonería. ¡Nada! Cuando aquéllas eran patéticas, los ojos se le hinchaban de llanto. Cuando le decía una frase habitual, como el "yo soy tu amo" con que empezaba todas mis lecciones, o el "tú eres mi mono" con que completaba mi anterior afirmación, para llevar a un espíritu la certidumbre de una verdad total, él asentía cerrando los párpados; pero no producía sonido, ni siquiera llegaba a mover los labios.
Había vuelto a la gesticulación como único medio de comunicarse conmigo; y este detalle, unido a sus analogías con los sordomudos, hacía redoblar mis preocupaciones, pues nadie ignora la gran predisposición de estos últimos a las enfermedades mentales. Por momentos deseaba que se volviera loco, a ver si el delirio rompía al fin su silencio. Su convalecencia seguía estacionaria. La misma flacura, la misma tristeza. Era evidente que estaba enfermo de inteligencia y de dolor. Su unidad orgánica habíase roto al impulso de una cerebración anormal, y día más, día menos, aquél era caso perdido. Más, a pesar de la mansedumbre que el progreso de la enfermedad aumentaba en él, su silencio, aquel desesperante silencio provocado por mi exasperación, no cedía. Desde un oscuro fondo de tradición petrificada en instinto, la raza imponía su milenario mutismo al animal, fortaleciéndose de voluntad atávica en las raíces mismas de su ser. Los antiguos hombres de la selva, que forzó al silencio, es decir, al suicidio intelectual, quién sabe qué bárbara injusticia, mantenían su secreto formado por misterios de bosque y abismos de prehistoria, en aquella decisión ya inconsciente, pero formidable con la inmensidad de su tiempo. Infortunios del antropoide retrasado en la evolución cuya delantera tomaba el humano con un despotismo de sombría barbarie, habían, sin duda, destronado a las grandes familias cuadrumanas del dominio arbóreo de sus primitivos edenes, raleando sus filas, cautivando sus hembras para organizar la esclavitud desde el propio vientre materno, hasta infundir a su impotencia de vencidas el acto de dignidad mortal que las llevaba a romper con el enemigo el vínculo superior también, pero infausto, de la palabra, refugiándose como salvación suprema en la noche de la animalidad.
Y qué horrores, qué estupendas sevicias no habrían cometido los vencedores con la semibestia en trance de evolución, para que ésta, después de haber gustado el encanto intelectual que es el fruto paradisíaco de las biblias, se resignara a aquella claudicación de su extirpe en la degradante igualdad de los inferiores; a aquel retroceso que cristalizaba por siempre su inteligencia en los gestos de un automatismo de acróbata; a aquella gran cobardía de la vida que encorvaría eternamente, como en distintivo bestial, sus espaldas de dominado, imprimiéndole ese melancólico azoramiento que permanece en el fondo de su caricatura.
He aquí lo que, al borde mismo del éxito, había despertado mi malhumor en el fondo del limbo atávico. A través del millón de años, la palabra, con su conjuro, removía la antigua alma simiana; pero contra esa tentación que iba a violar las tinieblas de la animalidad protectora, la memoria ancestral, difundida en la especie bajo un instintivo horror, oponía también edad sobre edad como una muralla.
Yzur entró en agonía sin perder el conocimiento. Una dulce agonía a ojos cerrados, con respiración débil, pulso vago, quietud absoluta, que sólo interrumpía para volver de cuando en cuando hacia mí, con una desgarradora expresión de eternidad, su cara de viejo mulato triste. Y la última noche, la tarde de su muerte, fue cuando ocurrió la cosa extraordinaria que me ha decidido a emprender esta narración.
Habíame dormitado a su cabecera, vencido por el calor y la quietud del crepúsculo que empezaba, cuando sentí de pronto que me asían por la muñeca.
Desperté sobresaltado. El mono, con los ojos muy abiertos, se moría definitivamente aquella vez, y su expresión era tan humana, que me infundió horror; pero su mano, sus ojos, me atraían con tanta elocuencia hacia él, que hube de inclinarme de inmediato a su rostro; y entonces, con su último suspiro, el último suspiro que coronaba y desvanecía a la vez mi esperanza, brotaron -estoy seguro-, brotaron en un murmullo (¿cómo explicar el tono de una voz que ha permanecido sin hablar diez mil siglos?) estas palabras cuya humanidad reconciliaba las especies:
-AMO, AGUA, AMO, MI AMO...

sábado, 2 de noviembre de 2013

PARA COMPARTIR: CÉSAR AIRA (Coronel Pringles, Buenos Aires, 1949)

EL CARRITO 
Uno de los carritos de un gran supermercado del barrio donde yo vivía rodaba solo, sin que nadie lo empujara. Era un carrito igual que todos los otros: de alambre grueso, con cuatro rueditas de goma (las de adelante un poco más juntas que las de atrás, lo que le daba su forma característica) y un caño cubierto de plástico rojo brillante desde el que se lo manejaba. Tan igual era a todos los demás que no se lo distinguía por nada. Era un supermercado enorme, el más grande del barrio, y el más concurrido, así que tenía más de doscientos carritos. Pero el que digo era el único que se movía por sí mismo. Lo hacía con infinita discreción: en el vértigo que dominaba el establecimiento desde que abría hasta que cerraba, y no hablemos de las horas pico, su movimiento pasaba inadvertido. Lo usaban como a todos los demás, lo cargaban de comida, bebidas y artículos de limpieza, lo descargaban en las cajas, lo empujaban de prisa de góndola en góndola, y si en algún momento lo soltaban y lo veían deslizarse un milímetro o dos, creían que era por la inercia.
Solamente de noche, en la calma tan extraña de ese lugar atareadísimo, se hacía perceptible el prodigio, pero no había nadie para admirarlo. Apenas si de vez en cuando algún repositor, de los que empezaban su trabajo al amanecer, se sorprendía de encontrarlo perdido allá en el fondo, junto a la heladera de los supercongelados o entre las oscuras estanterías de los vinos. Y suponían, naturalmente, que se lo habían dejado olvidado allí la noche anterior. El super era tan grande y laberíntico que no tenía nada de raro, ese olvido. Si en esa ocasión, al encontrarlo, lo veían avanzar, y si es que notaban ese avance, que eran tan poco notable como el del minutero de un reloj, se lo explicaban pensando en un desnivel del piso o en una corriente de aire. 
En realidad, el carrito se había pasado la noche dando vueltas por los pasillos entre las góndolas, lento y silencioso como un astro, sin tropezar nunca, y sin detenerse. Recorría su dominio, misterioso, inexplicable, su esencia milagrosa disimulada en la trivialidad de un carrito de supermercado como todos.
Tanto los empleados como los clientes estaban demasiado ocupados para apreciar este fenómeno secreto, que por lo demás no afectaba a nadie ni a nada. Yo fui el único en descubrirlo, creo. O más bien, estoy seguro: la atención es un bien escaso entre los humanos, y en este asunto se necesitaba mucha. No se lo dije a nadie, porque se parecía demasiado a una de esas fantasías que se me suelen ocurrir, que me han hecho fama de loco. De tantos años de ir a hacer las compras a ese lugar, aprendí a reconocerlo, a mi carrito, por una pequeña muesca que tenía en la barra; salvo que no tenía que mirar la muesca, porque ya de lejos algo me indicaba que era él. Un soplo de alegría y confianza me recorría al identificarlo.
Lo consideraba una especie de amigo, un objeto amigo, quizás porque en la naturaleza inerte de la cosa el carrito había incorporado ese temblor mínimo de vida a partir del cual todas las fantasías se hacían posibles. Quizás, en un rincón de mi subconciente, le estaba agradecido por su diferencia con todos los demás carritos del mundo civilizado, y por habérmela revelado a mí y a nadie más. Me gustaba imaginármelo en la soledad y el silencio de la medianoche, rodando lentísimo en la penumbra, como un pequeño barco agujereado que partía en busca de aventuras, de conocimiento, de amor (¿por qué no?). ¿Pero qué iba a encontrar, en ese banal paisaje, que era todo su mundo, de lácteos y verduras y fideos y gaseosas y latas de arvejas? 
Y aún así no perdía la esperanza, y reanudaba sus navegaciones, o mejor dicho no las interrumpía nunca, como el que sabe que todo es en vano y aun así insiste. Insiste porque confía en la transformación de la vulgaridad cotidiana en sueño y portento. Creo que me identificaba con él, y creo que por esa identificación lo había descubierto. Es paradójico, pero yo que me siento tan lejos y tan distinto de mis colegas escritores, me sentía cerca de un carrito de supermercado. Hasta nuestras respectivas técnicas se parecían: el avance imperceptible que lleva lejos, la restricción a un horizonte limitado, la temática urbana. Él lo hacía mejor: era más secreto, más radical, más desinteresado. 
Con estos antecedentes, podrá imaginarse mi sorpresa cuando lo oí hablar, o, para ser más preciso, cuando oí lo que dijo. Habría esperado cualquier cosa antes que su declaración. Sus palabras me atravesaron como una lanza de hielo y me hicieron reconsiderar toda la situación, empezando por la simpatía que me unía al carrito, y hasta la simpatía que me unía a mí mismo, o más en general la simpatía por el milagro. 
El hecho de que hablara no me sorprendió en sí mismo, porque lo esperaba. De pronto sentí que nuestra relación había madurado hasta el nivel del signo lingüístico. Supe que había llegado el momento de que me dijera algo (por ejemplo que me admiraba y me quería y que estaba de mi parte), y me incliné a su lado simulando atarme los cordones de los zapatos, de modo de poner la oreja contra el enrejado de alambre de su costado, y entonces pude oír su voz, en un susurro que venía del reverso del mundo y aun así sonaba perfectamente claro y articulado:
–Yo soy el Mal.

miércoles, 30 de octubre de 2013

PARA COMPARTIR: LORENZO OLIVÁN (Castro Urdiales, Cantabria, España, 1968)


CENTRO

Tocar tu mano y no sentir el hueso
frío que desde dentro ahora la mueve,
sólo la piel caliente, el roce leve
de una carne hecha espíritu, sin peso;
morder luego tus labios, y en el beso
quitarle al cráneo que hay detrás relieve,
y a la nuca dureza, y que la breve
vida parezca eterna en el proceso.
Cerrarte en un paréntesis de brazos
donde no cabe el mundo, ver que rota
mi ser alrededor de tus caderas,
romper con lo exterior todos los lazos,
y entrar en una realidad ignota,
que es sólo un centro en donde no hay afueras.

Nota: LORENZO OLIVÁN
Poeta español nacido en Castro Urdiales, Cantabria, en 1968.
Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo, es un destacado autor que brilla con luz propia en el panorama de la nueva literatura española. Codirige la revista y colección de plaquettes "Ultramar" y es colaborador habitual del suplemento "Blanco y negro" del periódico ABC. Es autor entre otros, de los libros de poemas "Único norte" en 1995, "Visiones y revisiones", Premio "Luis Cernuda" 1995 y "Puntos de fuga", XIII Premio Fundación Loewe. Dentro del género del aforismo o la imagen, ha publicado "Cuatro trazos" en 1988, "La eterna novedad del mundo" en 1993 y "El mundo hecho pedazos" en 1999. Ha traducido y prologado una amplia selección de la poesía de John Keats, "Belleza y verdad" en 1998, y "Epístolas y otros poemas" en 2000, así como de la de Emily Dickinson "La soledad sonora" en 2001.
El presente texto es tomado de la tarea de difusión literaria que desde Málaga (España) realiza nuestro amigo y poeta Juvenal Soto.

martes, 29 de octubre de 2013

PARA COMPARTIR: NARRATIVA NORTEAMERICANA


PATRICIA HIGHSMITH (Fort Worth, Texas, USA, 1921- Locarno, Suiza, 1995)

NOTAS DE UNA CUCARACHA RESPETABLE

Me he mudado.

Solía vivir en el hotel Duke, que se encuentra en una esquina de la plaza de Washington. Mi familia ha vivido allí durante generaciones, y con ello quiero decir doscientas o trescientas generaciones, por lo menos. Pero ese hotel ha dejado de gustarme. No es lugar para mí. El hotel ha ido muy a menos. Oí a mi tatara-tatara-tatara abuela —y pueden ascender cuanto quieran en el árbol genealógico, a pesar de que yo la conocí y hablé con ella— hablar de los viejos tiempos, los buenos tiempos, en que la gente llegaba al hotel en carruajes tirados por caballos, con maletas que olían a cuero, y que era gente que desayunaba en la cama, y dejaba caer en la alfombra algunas migajas para nosotras. No lo hacían adrede, desde luego, ya que nosotras sabíamos guardar distancias y mantenernos en nuestro sitio. Nuestro sitio era los rincones de los cuartos de baño y la cocina. Ahora, podemos pasearnos por las alfombras con relativa impunidad, debido a que los clientes del hotel Duke van tan drogados que ni siquiera nos ven, o bien carecen, por culpa de la droga, de las energías precisas para aplastarnos con el pie, o bien se limitan a reírse cuando nos ven.

Ahora, el hotel Duke tiene una maltratada marquesina verde, que se extiende por encima de la acera, con tantos agujeros que no protege a nadie de la lluvia. Después de subir cuatro peldaños de cemento, se entra en un sórdido vestíbulo que apesta a humo de marihuana, a whisky rancio, y que está insuficientemente iluminado. A fin de cuentas, la actual clientela no siempre desea ver a sus compañeros de hotel. En ocasiones, los clientes tropiezan entre sí en el vestíbulo en penumbra, y del choque puede nacer una amistad superficial, pero es más frecuente que el tropezón provoque un desagradable intercambio de palabras. A la izquierda del vestíbulo se encuentra una covacha todavía más oscura que se llama el Salón de Baile del Doctor Demasiado. Cobran dos dólares por la entrada, que se pagan en el vestíbulo, antes de entrar en el baile. Allí, hay música de máquina tocadiscos. Los clientes son chusma. Da asco.

El hotel tiene seis plantas, y yo, por lo general, tomo el ascensor, que antes los clientes, en buen americano, llamaban «elevator», pero que ahora llaman el «lift», para imitar a los ingleses. ¿A santo de qué he de subir por las mugrientas chimeneas interiores, o arrastrarme por la escalera, tramo tras tramo, cuando puedo saltar el estrechísimo abismo, de menos de un centímetro, que media entre el suelo y el ascensor y deslizarme sin correr riesgos hasta el rincón en que se encuentra el ascensorista? Sé distinguir los pisos del hotel por su olor. El quinto piso huele a desinfectante desde hace más de un año, debido a que allí se organizó una ensalada de tiros, y delante del ascensor quedaron abundantes rastros de sangre y tripas. El segundo piso se enorgullece de contar con una vieja alfombra, por lo que su olor es a polvo, con un leve toque de orina. El tercero huele asauerkraut (alguien seguramente dejó caer de sus manos una bandeja de este manjar, y el suelo es de porosa cerámica). Y así sucesivamente. Ahora bien, si quiero bajarme en el tercer piso, por ejemplo, y el ascensor no se detiene en él, me quedo dentro, en espera del próximo viaje, y tarde o temprano me bajo en el tercero.

Me encontraba en el hotel Duke cuando llegaron los formularios del censo de los Estados Unidos, correspondiente a 1970. ¡Qué risa! Cada cual cogió un formulario, y todos se echaron a reír. Para empezar digamos que allí casi nadie tiene un hogar, y resulta que los formularios preguntaban: «¿Cuántas habitaciones tiene su hogar?» Y luego: «¿Cuántos hijos tiene usted?» Y así sucesivamente. Y: «¿Qué edad tiene su esposa?» La gente cree que las cucarachas no entendemos el inglés o cualquier otro idioma que se hable en nuestras proximidades. La gente cree que las cucarachas sólo comprenden el mensaje de una luz súbitamente encendida, que significa «¡huye!» Cuando se ha circulado por ahí durante el tiempo que nosotras lo hemos hecho, que se remonta a fechas anteriores a la de la llegada del Mayflower a estos pagos, se entiende muy bien el habla en uso sea la que fuere. Por eso, tuve ocasión de regocijarme con muchos comentarios referentes al censo de los Estados Unidos, cuyos formularios ninguno de los brutos alojados en el hotel Duke se tomaron la molestia de rellenar. Me divirtió pensar en lo que tendría que poner yo, en el caso de verme obligado a llenarlo. Sí, ¿por qué no? A fin de cuentas yo era un residente en el hotel, con aposento hereditario, con más derecho que cualquiera de las bestias humanas alojadas allí. Soy (y conste que no soy Franz Kafka disfrazado) una cucaracha, ignoro la edad que tienen mis esposas, de la misma forma que ignoro el número de esposas que tengo. La semana pasada tenía siete esposas, dicho sea empleando este último término en un sentido amplio, ahora bien, ¿cuántas de ellas han muerto aplastadas por un pisotón? En cuanto a hijos, diré que ni siquiera puedo contarlos, lo cual también dicen en tono de alarde muchos de mis compañeros de dos patas, pero si vamos a hacer cuentas, si es que los del censo quieren que las hagamos (para divertirse más, me parece), no me queda más remedio que fiarme de mi flaca memoria, en este aspecto. Recuerdo que la semana pasada, dos de mis esposas estaban ya a punto de dar a luz un par de huevos, las dos se alojan en el tercer piso (el que huele a sauerkraut). Pero, ¡santo Dios!, la verdad es que también yo me encontraba en situación apurada y con prisas, en busca (y me ruboriza tener que confesarlo) de un alimento que había olfateado y que estimaba se encontraba a cosa de un metro. Me parece que eran patatas fritas aromatizadas con queso. No me gustó nada tener que decir  «Hola y adiós»  tan de prisa a mis esposas, pero mi necesidad quizá era tan grande como la de ellas, ¿y dónde estarían ellas, o, mejor dicho, nuestra raza, si no pudiera yo hacer lo preciso para conservar mi vigor? Instantes después, vi a mi tercera esposa en el acto de ser aplastada por una bota de vaquero (los hippies llevan prendas del lejano Oeste, incluso en el caso de que hayan nacido en Brooklyn), aun cuando ésta, por lo menos, no estaba poniendo un huevo, por el momento, sino que, al igual que yo, corría, aunque en dirección opuesta a la mía. Pensé: «Hola y adiós», aunque tengo la seguridad de que ni siquiera me vio. Cabe la posibilidad de que jamás vuelva a ver a mis dos parturientas esposas, aunque quizá viera a algunos de mis hijos, antes de abandonar el hotel Duke.

Cuando recuerdo a algunas de las personas que se alojaban en el hotel Duke, me enorgullezco de ser una cucaracha. Por lo menos gozo de mejor salud y, a pequeña escala, elimino basura. Lo cual me lleva al punto que me proponía abordar. En el hotel Duke solía haber basura en forma de migas de pan o de porciones de canapés cuando se daba una fiesta con champaña. Pero, ahora, la clientela del hotel Duke no come, o se droga o se emborracha. Conozco los buenos tiempos del hotel Duke sólo a través de los relatos de mis tatara-tatara-tatara abuelos y abuelas. Pero doy crédito a estos relatos. Decían, por ejemplo, que se podía saltar al interior de un zapato, situado ante la puerta de un dormitorio, y ser transportado a bordo de él, en bandeja sostenida por un criado, a las ocho de la mañana, lo cual le permitía a uno desayunarse con migajas de croissant. Ahora, en el Duke ni siquiera se limpian los zapatos, ya que si hay alguien capaz de dejar los zapatos junto a la puerta de su dormitorio, no sólo no se los limpiarán, sino que lo más probable es que se los roben. En la actualidad sólo se puede esperar esto de esos peludos monstruos ataviados con prendas de cuero con flecos y de sus novias de ropas transparentes, que se bañan muy de vez en cuando, y que únicamente dejan unas gotitas de agua en la bañera, que me permiten beber un poco. Beber agua del inodoro es peligroso, y a mi edad prefiero no hacerlo.

Sin embargo, quiero hablar de mi recién hallada dicha. La semana pasada, mi paciencia llegó a agotarse. Ante mi propia vista otra de mis jóvenes esposas fue aplastada por un violento pisotón (recuerdo que esta esposa se encontraba alejada de las zonas de normal tránsito). Además, tuve que presenciar cómo un grupo de drogados cretinos, que atestaban una habitación, se dedicaba a recoger literalmente a lametazos la comida que habían esparcido en el suelo, a modo de diversión. Hombres y mujeres jóvenes, desnudos, fingían, llevados por algún motivo propio de orates, carecer de manos, e intentaban comer bocadillos como si fueran perros, con lo que la comida iba a parar al suelo, y entonces, se revolcaban por el suelo, retorciéndose, todos juntos, entre salchichas, cebolletas y mayonesa. En esta ocasión, había comida en abundancia, pero era peligroso andar por entre aquellos cuerpos que rodaban por el suelo. Estos cuerpos me parecieron más peligrosos que pies. Ahora bien, ver bocadillos fue algo excepcional. En el hotel Duke ya no hay restaurante, pero la mitad de sus habitaciones se denominan «apartamentos», lo que significa que en ellas hay refrigeradores y cocinas. Ahora bien, en lo tocante a comida el principal producto que los alojados en el Duke tienen es zumo de tomate en lata, para preparar Bloody Marys. Ni siquiera fríen un huevo. Entre otras cosas, ello se debe a que el hotel no proporciona sartenes, ni ollas, ni abrelatas, ni siquiera tenedores o cucharas, por cuanto, si lo hiciera, estos enseres serían robados. Y ninguno de los encantadores clientes está dispuesto a salir del hotel y comprar una olla para calentar sopa. Por eso mis oportunidades eran escasas, como suele decirse. Y eso no es lo peor del «departamento de servicios», en el Duke. Casi ninguna ventana cierra debidamente, las camas parecen monstruosos camastros, las sillas están desvencijadas, y esos muebles a los que se les da indebidamente el nombre de sillones, de los que quizá hay uno en cada habitación, pueden causar lesiones por el medio de disparar un pedazo contra alguna tierna parte del cuerpo. Las piletas están casi siempre atascadas, y los inodoros o bien tienen cisternas de las que no mana el agua o bien ésta sale enloquecedoramente de ellas. ¡Y los robos! He sido testigo de muchos. La doncella da la llave maestra se la da a alguien, y ese alguien se mete en una habitación, abre las maletas y se mete su contenido bajo el brazo, o lo introduce en la funda de una almohada, fingiendo que se trata de ropa sucia.

De todas maneras, el caso es que, hace una semana, me encontraba yo en un dormitorio temporalmente vacante, en el Duke, en busca de alguna migaja, o de unas gotas de agua, cuando entró un botones negro transportando una maleta que olía a cuero. Detrás del botones iba un caballero que olía a colonia para después del afeitado, además de olor a tabaco, lo cual es perfectamente normal. El caballero deshizo la maleta, dejó unos papeles en la mesa escritorio, abrió la canilla de agua caliente y musitó algo para sus adentros, intentó detener el constante fluir de agua del inodoro, probó la ducha, que esparció agua por todo el cuarto de baño. El caballero llamó por teléfono a conserjería. Comprendí casi todo lo que dijo. Esencialmente dijo que por el precio que pagaba, esto, aquello y lo de más allá podía ser un poco mejor, y que quizá la solución consistía en que le dieran otro dormitorio.

Agazapado en mi rincón, hambriento y sediento, escuché con interés, aunque sabedor de que aquel caballero me aplastaría de un pisotón, en el caso de que yo hiciera acto de presencia sobre la alfombra. Sabía muy bien que si el caballero me veía, yo figuraría en su lista de quejas. Era un día ventoso y la vieja ventana de dos hojas se abrió bruscamente, con lo que los papeles del caballero volaron en todas direcciones. Tuvo que cerrar la ventana ayudándose en apoyar una silla contra las hojas. Luego, lanzando maldiciones, el caballero recogió sus papeles.

—¡Washington Square! ¡Henry James se levantaría de la tumba si viera esto!

Recuerdo textualmente estas palabras, que el caballero pronunció en voz alta, mientras se atizaba una palmada en la frente como si aplastara un mosquito.

Llegó un botones, con el viejo y sucio uniforme castaño del establecimiento, totalmente drogado, y anduvo manoseando la ventana, en un vano intento de arreglarla. Por la ventana penetraban rachas de aire helado, sus hojas se estremecían armando un ruido infernal, y todo lo que había en el cuarto, incluso un paquete de cigarrillos, tenía que ser fijado mediante un peso puesto encima, para evitar que saliera volando de encima de la mesa o de lo que fuera. El botones, al inspeccionar la ducha, sólo consiguió quedar empapado, y entonces dijo que avisaría al “especialista”... En el hotel Duke, el «especialista» no es más que una broma, broma que no voy a analizar detenidamente. Aquel día, el «especialista» no tuvo ocasión de ejercer sus funciones, debido a que el botones fue la gota de agua que hizo rebosar el vaso, y el caballero tomó el teléfono y dijo:

—¿Pueden ustedes mandarme a alguien que no esté drogado o borracho para que baje mi equipaje al vestíbulo... Oh, sí, claro, quédense con el dinero. Yo me voy. Y llámenme un taxi, por favor.

Éste fue el momento en que tomé una decisión. Mientras el caballero hacía la maleta, me despedí mentalmente con un beso de todas mis esposas, hermanos, hermanas, primos, hijos, nietos y biznietos, y, luego, me metí a bordo de la hermosa maleta que olía a cuero. Me deslicé en un compartimento en la parte interior de la tapa de la maleta, y me situé en un cómodo lugar entre los pliegues de una bolsa de plástico que olía a jabón de afeitar y a loción para después del afeitado, en donde me constaba no sería aplastado cuando el caballero cerrara la maleta.

Media hora después, me encontraba en una habitación calentita, con una gruesa alfombra que no olía a polvo. El caballero desayuna en la cama a las siete y media de la mañana. En el pasillo, tengo a mi disposición comida sumamente variada, que encuentro en las bandejas puestas ante las puertas de los dormitorios, entre la que se cuenta restos de huevos revueltos, y, desde luego, abundante mermelada, mantequilla y panecillos. Ayer escapé por pelos, cuando un camarero con chaqueta blanca anduvo persiguiéndome durante unos treinta metros, por lo menos, lanzando pisotones, con ambos pies, a derecha e izquierda, aunque fallando siempre el golpe. Todavía soy ágil, y en el hotel Duke aprendí mucho.

Ya he inspeccionado la cocina, a la que voy y de la que regreso en ascensor, naturalmente. En la cocina hay comida en abundancia, pero, para mi desdicha, la fumigan una vez a la semana. He conocido a cuatro posibles esposas, aunque todas ellas con mala salud, por culpa de los humos de la fumigación, a pesar de lo cual siguen decididas a permanecer en la cocina. Lo mío son los pisos superiores. Allí no hay competencia, y abundan las bandejas de desayuno y, a veces los bocaditos de medianoche. Quizá en la actualidad me haya convertido en un solterón, pero aún tengo el vigor suficiente si es que aparece una posible esposa. Entretanto, me considero mucho mejor que aquellos bípedos del hotel Duke, a quienes he visto comer cosas que yo ni siquiera tocaría, y que no quiero siquiera mencionar. Lo hacen por apuesta. ¡Apuestas! Si la vida entera es un juego de azar, ¿para qué apostar?.