Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

lunes, 18 de agosto de 2014

CONSTANTINO CAVAFIS (Egipto, Alejandría, 1863-1933)

TROYANOS

Desventurados son nuestros esfuerzos;
inútiles como aquellos de los troyanos.
Conseguimos un pequeño éxito; ganamos
un poco de confianza; y la esperanza
y el valor renacen.
Mas siempre algo sucede que nos frustra.
Aquiles surge de la tumba ante nosotros
y acobardan sus gritos nuestros ánimos.
Nuestros esfuerzos son como los de los troyanos.
Pensamos que con decisión y con audacia
podríamos cambiar el curso del destino,
y miramos fuera al campo de batalla.
Mas cuando el momento supremo llega,
audacia y decisión se desvanecen;
se turba y paraliza nuestra alma;
y alrededor corremos de los muros
buscando salvación en la huida.
Sin embargo qué cierta es la derrota. Arriba,
en las murallas, ha empezado ya la elegía.
Llora la memoria y la pasión de nuestros días.
Amargamente Príamo y Écuba lloran por nosotros.
 
Traducción José Maria Alvarez
 
  
Poema original en griego 
ΤΡΩΕΣ
 
Είν’ η προσπάθειές μας, των συφοριασμένων·
είν’ η προσπάθειές μας σαν των Τρώων.
Κομμάτι κατορθώνουμε· κομμάτι
παίρνουμ’ επάνω μας· κι αρχίζουμε
νάχουμε θάρρος και καλές ελπίδες.
Μα πάντα κάτι βγαίνει και μας σταματά.
Ο Αχιλλεύς στην τάφρον εμπροστά μας
βγαίνει και με φωνές μεγάλες μας τρομάζει.–
Είν’ η προσπάθειές μας σαν των Τρώων.
Θαρρούμε πως με απόφασι και τόλμη
θ’ αλλάξουμε της τύχης την καταφορά,
κ’ έξω στεκόμεθα ν’ αγωνισθούμε.
Αλλ’ όταν η μεγάλη κρίσις έλθει,
η τόλμη κ’ η απόφασίς μας χάνονται·
ταράττεται η ψυχή μας, παραλύει·
κι ολόγυρα απ’ τα τείχη τρέχουμε
ζητώντας να γλυτώσουμε με την φυγή.
Όμως η πτώσις μας είναι βεβαία. Επάνω,
στα τείχη, άρχισεν ήδη ο θρήνος.
Των ημερών μας αναμνήσεις κλαιν κ’ αισθήματα.
Πικρά για μας ο Πρίαμος κ’ η Εκάβη κλαίνε.
Κωνσταντνος Πτρου Καβφης

domingo, 17 de agosto de 2014

FABIÁN SEVILLA (Mendoza, 1970)

UN OSO EN LA HELADERA... Cuento con frío y fútbol
 
El señor Aceituno Olivares tenía una esposa, dos hijas mellizas y una heladera.
La esposa y las mellizas andaban por toda la casa; la heladera, en cambio siempre estaba en la cocina.
Una madrugada, el señor Aceituno Olivares despertó con sed. Se levantó, fue a la cocina y al abrir la heladera encontró un oso polar.
Blancamente peludo y más bien grandote, el oso polar estaba sentado sobre un pote de yogur de vainilla. Al ver al señor Aceituno Olivares, le dijo:
–Buenas noches. 
–Lo mismo para usted –respondió el dueño de casa y le pidió que le llenara un vaso con gaseosa.
El oso le hizo el favor.
Y en tanto el señor Aceituno Olivares se bebía la gaseosa, conversaron sobre lo mala que era la programación televisiva, la dureza de la cáscara de nuez, el agujero en la capa de ozono y cosas por el estilo. Al terminar se despidió del oso polar y regresó a la cama.
–¿Con quién hablabas? –le preguntó entredormida su mujer, que se llamaba Froilana.
–Con el oso que hay en la heladera.
Froilana resopló pensando que su marido andaba sonambuleando o todo era un sueño; se dio vuelta en la cama y volvió a dormirse.
Dejó de pensar eso, cuando en la mañana la melliza llamada Dositea fue a buscar el dulce de leche para untar en las tostadas y descubrió varios pingüinos emperador patinando sobre la gelatina.
A los gritos llamó a su hermana Lugerica y a sus padres para que vieran los ochos perfectos que los pingüinos dibujaban en la afrutillada superficie de la gelatina.
–¡Miren esto!–Froilana se fijaba dentro del congelador.
Ahí, una parejita de zorros árticos, que eran novios de toda la vida, armaba un iglú usando cubitos de hielo como si fueran ladrillos; después se encerraron y no se los volvió a ver más.
–¡De fábula! –corearon las mellizas.
Una ballena azul lucía fastuosa nadando dentro de la botella con jugo de naranjas. Formaba inmensas olas, generaba gigantemente jugosos estallidos al sacar la cola y cada tanto por el lomo lanzaba altísimos chorros que dejaron hechos sopas a los Olivares.
Escurriéndose la trenza, Froilana ordenó sentarse a desayunar porque ya se hacía tarde y cerró la heladera para que no se le echase a perder lo que había dentro.
Esa misma noche, el señor Aceituno Olivares leyó en el diario que el viernes se jugaría un partido de fútbol teniendo como sede esa ciudad. En el enfrentamiento medirían sus destrezas un equipo del Polo Sur y uno del Polo Norte.
Luego de comentarlo a la familia, entendieron tanta presencia antártica y ártica en los estantes, gavetas, huevera y el congelador de la heladera.
–El fútbol es una pasión hasta para los animales –filosofó el señor Aceituno Olivares entendiendo que tenían la heladera llena de hinchas de uno y otro equipos.
Fue el oso polar, que ahora estaba sentado sobre un pote de yogur de durazno, quien les explicó el resto: 
–El partido lo organizaron aquí desconociendo que en esta parte del planeta es pleno verano. Los hoteles tenían aire acondicionado y pileta con agua fría, pero ninguna habitación contaba con pisos, paredes y techos de hielo.
–Eso sucede cuando se compran paquetes turísticos por internet –aseveró Dositea.
–Supongo –masculló el oso y le pidió una cucharita para probar el yogur–. ¡Esto está buenísimooooo! –gruñó con los morros teñidos de color durazno.
–Es casero –se vanaglorió Froilana–. La receta me la pasó mi madre, que la aprendió de mi abuela, a quien se la enseñó mi bisabuela.
–Pues mis felicitaciones a usted y a todas ellas –se relamió la bestia.  
Entre cucharada y cucharada siguió contándoles que, desesperados por los calores y asustados a causa de que por primera vez en sus vidas habían transpirado, los hinchas llegados de ambos polos habían encontrado el alojamiento ideal en la heladera de los Olivares.
–Si no molestamos, nos quedaremos hasta que se juegue ese partido. ¿Podemos? –rogó poniendo ojos de oso mimoso.
Froilana plantó algunos peros, aunque por insistencia de su marido y las mellizas terminó aceptando.
Los Olivares pasaron días en los que la heladera podía depararles cualquier sorpresa.
La vez que Dositea abrió para sacar el queso untable, se quedó fascinada con los veinte perros esquimales. Divididos en dos filas, se habían atado a una bandeja y corrían delante de ella llevando a un cebú que quería conocer cada rincón de la heladera, el congelador incluido.   
Una noche Froilana escuchó ruidos dentro del aparato. Eran tres morsas que afilaban las puntas de sus descomunales colmillos raspándolos contra las latas de tomates al natural.
Un búho nival les pidió que le abrieran la latita con sardinas en aceite; una morsa asestó un atinado puntazo al envase y el ave tuvo para comer hasta quedar rechoncha.
Lugerica debió mediar entre las bandadas de albatros y gaviotas que se disputaban los calamares de la olla que tenía lo que había sobrado de una paella. Cuando llegaron a un acuerdo, los pájaros picotearon hasta el último grano de arroz azafranado, aunque el ajo les cayó algo indigesto.
El señor Aceituno Olivares pasó horas contemplando a una jauría de lobos árticos que intentaba enseñarle a aullar a una familia de lobos marinos; usaban el pan de manteca como pizarrón para escribir los sonidos de cada aullido.
Aunque no molestaban, había focas por montones en la heladera de los Olivares. Algunas se revolcaban en el queso rallado, quizás pensando que era nieve. Otras se embardunaban con mermelada para sacarse un poco el olor a foca que es en realidad insoportable. Un tercer grupito hacía rodar sobre las puntas de sus hocicos sandías, melones, calabazas, repollos y toda circunferencia vegetal que hallaban en la gaveta de las frutas y verduras.    
Una de las focas, separada del resto, le dirigía pícaras caiditas de pestañas al foco de la heladera; al encenderse y apagarse la había confundido, haciéndole creer que le estaba coqueteando descaradamente.
El partido Polo Sur versus Polo Norte finalmente se realizó el viernes y aunque debieron desempatar por penales, el referí lo dio por ganado a ambos equipos; fue después de que una ballena saltara al campo de juego y los dejara sin balones de un solo coletazo.
Los Olivares estuvieron en la tribuna gracias a las entradas de cortesías que les entregó el oso polar, que ya no podía dejar de sorber el yogur que Froilana le preparaba a diario.
Sin embargo, la heladera no perdió su encanto polar. Los acalorados visitantes debían esperar todavía a que los barcos vinieran a buscarlos para llevarlos de regreso a sus polos de origen.
Llenos de agradecimientos y con los mejores deseos para el futuro de la familia, poco a poco comenzaron a irse pingüinos, focas, ballenas, zorros y aves. Como un favor, antes limpiaron y ordenaron la heladera. 
El último en partir fue el oso.
Se marchó con los ojos entintado en lágrimas, después de abrazar a cada uno de los Olivares.
 
Les dejó su dirección por su alguna vez iban al Polo Norte y se llevó la receta de yogur que la bisabuela le había enseñado a la abuela quien para su fortuna la traspasó a la madre de Froilana.

sábado, 16 de agosto de 2014

Conociendo a William Faulkner

William Faulkner 2

William Faulkner (nacido William Cuthbert FalknerNew AlbanyMisisipi, 25 de septiembre de 1897 - Byhalia, 6 de julio de 1962) fue un narrador y poeta estadounidense. En sus obras destacan el drama psicológico y la profundidad emocional, utilizó para ello una larga y serpenteada prosa, además de un léxico meticuloso. Nobel de Literatura del año 1949.
Como otros autores prolíficos, sufrió la envidia y fue considerado el rival estilístico de Hemingway (sus largas frases contrastaban con las cortas de Hemingway). Es considerado el único probable modernista estadounidense de la década de 1930, siguiendo la tradición experimental de escritores europeos como James JoyceVirginia Woolf y Marcel Proust, y conocido por su uso de técnicas literarias innovadoras, como el monólogo interior, la inclusión de múltiples narradores o puntos de vista y los saltos en el tiempo dentro de la narración.

Su influencia es notoria en la generación de escritores sudamericanos de la segunda mitad del siglo XX. García Márquez en su Vivir para contarla y Vargas Llosa en El pez en el agua, admiten su influencia en la narrativa.

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RODRIGO PARRA SANDOVAL (Trujillo, Colombia, 1938)

TRICOTILOMANÍA
 
   En la época cavernaria de la dinastía Adámica, comienza una epidemia de tricotilomanía. La tricotilomanía es la compulsión de algunas mujeres por arrancarse el cabello a tirones para seducir a los machos y así obtener lo que desean, sexo sobre todo. Como la enfermedad táctica da resultados, muchas mujeres comienzan a quedarse calvas, no sólo por la tricotilomanía, sino porque, además, los hombres piensan que esa manía es muy erótica, y cada vez con más frecuencia, cuando quieren hacer uso sexual de ellas, las arrastran por los cabellos. Una población femenina calva es extremadamente antiestética y ya los hombres no quieren hacer el amor con mujeres calvas: no hay de dónde agarrarlas ni les quedan cabelleras que arrancarse.
 
 
TANTO SER FELIZ
 
   Todo lo que deseaba se me concedía: deseaba que me saliera un negocio, y me salía; que mi madre se mejorara, y se mejoraba; que me quisiera esa negra hermosa de la esquina, y me quería; que me ganara la lotería, y me la ganaba; que se le secara un brazo al grandulón que me había azotado contra el suelo, y se le secaba; que mi primita de quince años se acostara conmigo, y se acostaba; que mis manos se volvieran milagrosas en el arte de la mecánica, y se volvían… y así en todo. Hasta que, de tanto ser feliz, comencé aburrirme porque las cosas eran demasiado fáciles. Y un día me encontré añorando mi infelicidad, mi tristeza de cuando nada se me daba. Añoré el peligro, el riesgo, la posibilidad de perder nuevamente. Añoré sobre todo la posibilidad de amar con la amenaza del abandono sobre mi cabeza, del sufrimiento, de la perdida.
 
 
 
LA CAMALEONA
 
   —Estoy cansada de que la gente critique mis continuos cambios de color. Me dicen: “fíjate que el ornitorrinco es siempre un ornitorrinco, y el escarabajo un escarabajo”. Así que he decidido ser una camaleona de carácter, de personalidad centrada y sólida, una camaleona con identidad encapsulada.
   Y dicho esto, se puso seria, hizo un gran esfuerzo, se volvió morada y no volvió cambiar de color.      Pasaron por un bosque y la camaleona no se puso verde. Pasaron por un jardín de margaritas y la camaleona no se puso amarilla. Durante todo el día, a pesar de los muchos colores que presenciaron en esa variopinta tarde de verano en un trópico evanecido de sus excesos coloristas, a pesar del rojo crepúsculo incendiario, la camaleona permaneció firme en el color morado.
   Al regresar de la tarde de charla literaria por la orilla del río, la camaleona les preguntó a sus amigos:
   —¿Cómo os pareció mi firmeza de carácter?
   El ornitorrinco y el escarabajo pelotero respondieron:
   —Has mostrado una firmeza de carácter admirable. Pero ya no eres una camaleona.

viernes, 15 de agosto de 2014

JORGE LUIS BORGES (1899-1986)

JUAN MURAÑA
 
         Durante años he repetido que me he criado en Palermo. Se trata, ahora lo sé, de un mero alarde literario; el hecho es que me crié del otro lado de una larga verja de lanzas, en una casa con jardín y con la biblioteca de mi padre y de mis abuelos. Palermo del cuchillo y de la guitarra andaba (me aseguran) por las esquinas; en 1930, consagré un estudio a Carriego, nuestro vecino cantor y exaltador de los arrabales. El azar me enfrentó, poco después, con Emilio Trápani.. Yo iba a Morón; Trápani, que estaba junto a la ventanilla, me llamó por mi nombre. Tardé en reconocerlo; habían pasado tantos años desde que compartimos el mismo banco en una escuela de la calle Thames. Roberto Godel lo recordará.
         Nunca nos tuvimos afecto. El tiempo nos había distanciado y también la recíproca indiferencia. Me había enseñado, ahora me acuerdo, los rudimentos del lunfardo de entonces. Entablamos una de esas conversaciones triviales que se empeñan en la busca de hechos inútiles y que nos revelan el deceso de un condiscípulo que ya no es más que un nombre. De golpe Trápani me dijo:
         —Me prestaron tu libro sobre Carriego. Ahí hablás todo el tiempo de malevos; decime, Borges, vos, ¿qué podés saber de malevos?
         Me miró con una suerte de santo horror.
         —Me he documentado —le contesté.
         No me dejó seguir y me dijo:
         —Documentado es la palabra. A mí los documentos no me hacen falta; yo conozco a esa gente.
         Al cabo de un silencio agregó, como si me confiara un secreto:
         —Soy sobrino de Juan Muraña.
         De los cuchilleros que hubo en Palermo hacia el noventa y tantos, el más mentado era Muraña. Trápani continuó:
         —Florentina, mi tía, era su mujer. La historia puede interesarte.
         Algunos énfasis de tipo retórico y algunas frases largas me hicieron sospechar que no era la primera vez que la refería.
         “—A mi madre siempre le disgustó que su hermana uniera su vida a la de Juan Muraña, que para ella era un desalmado: y para Tía Florentina un hombre de acción. Sobre la suerte de mi tío corrieron muchos cuentos. No faltó quien dijera que una noche, que estaba en copas, se cayó del pescante de su carro al doblar la esquina de Coronel y que las piedras le rompieron el cráneo. También se dijo que la ley lo buscaba y que se fugó al Uruguay. Mi madre, que nunca lo sufrió a su cuñado, no me explicó la cosa. Yo era muy chico y no guardo memoria de él.
         Por el tiempo del Centenario, vivíamos en el pasaje Russell, en una casa larga y angosta. La puerta del fondo, que siempre estaba cerrada con llave, daba a San Salvador. En la pieza del altillo vivía mi tía, ya entrada en años y algo rara. Flaca y huesuda, era, o me parecía, muy alta y gastaba pocas palabras. Le tenía miedo al aire, no salía nunca, no quería que entráramos en su cuarto y más de una vez la pesqué robando y escondiendo comida. En el barrio decían que la muerte, o la desaparición, de Muraña la había trastornado La recuerdo siempre de negro. Había dado en el hábito de hablar sola.
         La casa era de propiedad de un tal señor Luchessi, patrón de una barbería en Barracas. Mi madre, que era costurera de cargazón, andaba en la mala. Sin que yo las entendiera del todo, oía palabras sigilosas: oficial de justicia, lanzamiento, desalojo por falta de pago. Mi madre estaba de lo más afligida; mi tía repetía obstinadamente: Juan no va a consentir que el gringo nos eche. Recordaba el caso —que sabíamos de memoria— de un surero insolente que se había permitido poner en duda el coraje de su marido. Este, en cuanto lo supo, se costeó a la otra punta de la ciudad, lo buscó, lo arregló de una puñalada y lo tiró al Riachuelo. No sé si la historia es verdad; lo que importa ahora es el hecho de que haya sido referida y creída.
         Yo me veía durmiendo en los huecos de la calle Serrano o pidiendo limosna o con una canasta de duraznos. Me tentaba lo último, que me libraría de ir a la escuela.
         No sé cuanto duró esa zozobra. Una vez, tu finado padre nos dijo que no se puede medir el tiempo por días, como el dinero por centavos o pesos, porque los pesos son iguales y cada día es distinto y tal vez cada hora. No comprendí muy bien lo que decía, pero me quedó grabada la frase.
         Una de esas noches tuve un sueño que acabó en pesadilla. Soñé con mi tío Juan. Yo no había alcanzado a conocerlo, pero me lo figuraba aindiado, fornido, de bigote ralo y melena. Íbamos hacia el sur, entre grandes canteras y maleza, pero esas canteras y esa maleza eran también la calle Thames.. En el sueño el sol estaba alto. Tío Juan iba trajeado de negro. Se paró cerca de una especie de andamio, en un desfiladero. Tenía la mano bajo el saco, a la altura del corazón, no como quién está por sacar un arma, sino como escondiéndola. Con una voz muy triste me dijo: He cambiado mucho. Fue sacando la mano y lo que vi fue una garra de buitre. Me desperté gritando en la oscuridad.
         Al otro día mi madre me mandó que fuera con ella a lo de Luchessi. Sé que iba a pedirle una prórroga; sin duda me llevó para que el acreedor viera su desamparo. No le dijo una palabra a su hermana, que no le hubiera consentido rebajarse de esa manera. Yo no había estado nunca en Barracas; me pareció que había más gente, más tráfico y menos terrenos baldíos. Desde la esquina vimos vigilantes y una aglomeración frente al número que buscábamos. Un vecino repetía de grupo en grupo que hacia las tres de la mañana lo habían despertado unos golpes; oyó la puerta que se abría y alguien que entraba. Nadie la cerró; al alba lo encontraron a Luchessi tendido en el zaguán, a medio vestir. Lo habían cosido a puñaladas. El hombre vivía solo; la justicia no dio nunca con el culpable. No habían robado nada. Alguno recordó que, últimamente, el finado casi había perdido la vista. Con voz autoritaria dijo otro: 'Le había llegado la hora'. El dictamen y el tono me impresionaron; con los años pude observar que cada vez que alguien se muere no falta un sentencioso para hacer ese mismo descubrimiento.
         Los del velorio nos convidaron con café y yo tomé una taza.. En el cajón había una figura de cera en lugar del muerto. Comenté el hecho con mi madre; uno de los funebreros se rió y me aclaró que esa figura con ropa negra era el señor Luchessi. Me quedé como fascinado, mirándolo. Mi madre tuvo que tirarme del brazo.
         Durante meses no se habló de otra cosa. Los crímenes eran raros entonces; pensá en lo mucho que dio que hablar el asunto del Melena, del Campana y del Silletero. La única persona en Buenos Aires a quien no se le movió un pelo fue Tía Florentina. Repetía con la insistencia de la vejez:
         —Ya les dije que Juan no iba a sufrir que el gringo nos dejara sin techo.
         Un día llovió a cántaros. Como yo no podía ir a la escuela, me puse a curiosear por la casa. Subí al altillo. Ahí estaba mi tía, con una mano sobre la otra; sentí que ni siquiera estaba pensando. La pieza olía a humedad. En un rincón estaba la cama de fierro, con el rosario en uno de los barrotes; en otro, una petaca de madera para guardar la ropa. En una de las paredes blanqueadas había una estampa de la Virgen del Carmen. Sobre la mesita de luz estaba el candelero.
         Sin levantar los ojos mi tía me dijo:
         —Ya sé lo que te trae por aquí. Tu madre te ha mandado. No acaba de entender que fue Juan el que nos salvó.
         —¿Juan? —atiné a decir—. Juan murió hace más de diez años.
         —Juan está aquí —me dijo—. ¿Querés verlo?
         Abrió el cajón de la mesita y sacó un puñal.
          Siguió hablando con suavidad:
         —Aquí lo tenés. Yo sabía que nunca iba a dejarme. En la tierra no ha habido un hombre como él. No le dio al gringo ni un respiro.
         Fue sólo entonces que entendí. Esa pobre mujer desatinada había asesinado a Luchessi. Mandada por el odio, por la locura y tal vez, quién sabe, por el amor, se había escurrido por la puerta que mira al sur, había atravesado en la alta noche las calles y las calles, había dado al fin con la casa y, con esas grandes manos huesudas, había hundido la daga. La daga era Muraña, era el muerto que ella seguía adorando.
         Nunca sabré si le confió la historia a mi madre. Falleció poco antes del desalojo.”
         Hasta aquí el relato de Trápani, con el cual no he vuelto a encontrarme. En la historia de esa mujer que se quedó sola y que confunde a su hombre, a su tigre, con esa cosa cruel que le ha dejado, el arma de sus hechos, creo entrever un símbolo de muchos símbolos. Juan Muraña fue un hombre que pisó mis calles familiares, que supo lo que saben los hombres, que conoció el sabor de la muerte y que fue después un cuchillo y ahora la memoria de un cuchillo y mañana el olvido, el común olvido.

jueves, 14 de agosto de 2014

PABLO ANADÓN (Villa Dolores, Córdoba, 1963)

Una casa en la sierra
 
Ningún lujo tenía
Esa casa en la sierra
Salvo las aberturas
Azules como un mar
Resquebrajado 
Y en la sombra que afuera
Daba la galería
Grandes jaulas con pájaros
(Zorzales, reinamoras,
Reyes del bosque, mirlos): 
En su plumaje estaban
Las joyas de ese día;
Ellos fueron los ángeles
Musicales, guardianes
Que nos dieron asilo.

 
En vela
 
La noche en vela se consume
Silenciosa en el lento
Goteo de las horas. 
Hay quien, en la penumbra,
Busca un cuerpo o una copa
Para saciar una insondable sed.
Y hay quien, al resplandor
Difuso de una lámpara,
Acodado en la mesa, 
Espera una palabra,
La palabra precisa
Que le dé la ilusión 
De una vida cumplida.


MARIO CAPARRA (Resistencia, Chaco,1982)

Continencia americana
 
un hombre hundió la cabeza en su bolsillo tan hondo
que el bolsillo se lo tragó
se ve que el bolsillo también tenía hambre
hambre de hombre
no aparecieron ni los hombros del hombre
la familia lo veló a bolsillo cerrado
reunida alrededor de un saco vacío
la esposa sacó un pañuelo del interior del saco
y se secó los mocos
la suegra le llevó flores y dijo
que qué flaco que estaba el pobre
le dio un par de recetas a su hija
y se fue no sin antes ofrecerse
para llevar el saco a una tintorería
las formas de la desnutrición
son muchas y muy variadas
en este viejo continente
incontinente

miércoles, 13 de agosto de 2014

Nuevas autoridades período 2014 - 2016


En la Asamblea General Ordinaria del 10 agosto 2014, se eligieron las autoridades de la Comisión Directiva y de la Comisión Revisora de Cuentas, por el término de dos años.
Comisión Directiva (10/08/2014 - 10/08/2016)
  • Presidente: Alfredo Bautista Toujas
  • Secretaria: Beatriz Noemí Jaure
  • Tesorero: Mirta Haydée Pariente
  • Vocales: Walter David Álvarez
  • Susana Victoria Teot
  • Pablo Alfredo Toujas
Comisión Revisora de Cuentas (10/08/2014 - 10/08/2016)
  • Titular: Ricardo Alberto Bugarín
  • Suplente: María Mónica Recabarren
 

MACKY CORBALÁN (Cutral-Có, Neuquén, 1963)

LA LLAVE

La miro con detenimiento,
con fruición. Es diferente: brilla
con luz y oscuridad, su forma
quiso parecer un corazón
pero quedó a la mitad.

Sonríe y mira.

"La llave de mi corazón" decís al
ponerla sobre mi mano,
y vuelvo a mirarla por si fuera cierto,
como si sólo debiera elegir
el momento, el modo de la entrada.

Creer en las palabras, en el
latir que las empuja hasta la dicción,
que lo que dicen es cierto,
de alguna manera.
Creer en lo que se ve, en lo que el cuerpo
recibe, agradecido, y que el sudor deja
más que sal piel adentro.

Antes que la religión, el amor
es materia de fe.

martes, 12 de agosto de 2014

SONIA SCARABELLI (Rosario, Santa Fe, 1968)

Otra belleza
 
Mamá, yo ahora tengo otra edad
y me encuentro una belleza distinta,
algo que no viene ni de la noche ni del día,
una manera de ser del cuerpo que se cae:
la carne se va despidiendo de los huesos
(eso que todavía no se nota),
se ablanda y mete un miedo
parecido a la verdad.
A lo mejor es algo a lo que nadie
llamaría belleza, una cosa
que ya no hay, que viene
de todo lo que se cansa y se desgasta,
pero cuando la miro para adentro
¡qué oscuridad más serena
la que me encuentro!
Y a veces, qué ganas de reírme
por ir dejando atrás esa forma del tiempo,
qué ganas de reírme y de bailar
como una muchacha.
 
 
El arte de silbar
 
Silbo y al rato un eco se desprende
y como si llegara alto, va y se queda
flotando en el aire.
Silbar no es de mujeres pero él
nos enseñaba a todos por igual,
mis hermanos y yo: silbar, nadar, pescar.
Después crecimos y recuerdo haber sentido
la soledad de ser una mujer
como quien marcha hacia el exilio.
Sobre todo del padre,
que en el sueño de anoche
se aparece de pronto en una ruta solitaria:
diferente y el mismo como siempre,
a la luz de los faros de un coche, dice:
hija, de la vida no se huye.