Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

domingo, 15 de junio de 2014

JULIO CORTÁZAR (1914-1984)

HISTORIA CON MIGALAS
 
Llegamos a las dos de la tarde al bungalow y media hora después, fiel a la cita telefónica, el joven gerente se presenta con las llaves, pone en marcha la heladera y nos muestra el funcionamiento del calefón y del aire acondicionado. Está entendido que nos quedaremos diez días, que pagamos por adelantado. Abrimos las valijas y sacamos lo necesario para la playa; ya nos instalaremos al caer la tarde, la vista del Caribe cabrilleando al pie de la colina es demasiado tentadora. Bajamos el sendero escarpado, incluso descubrimos un atajo entre matorrales que nos hace ganar camino; hay apenas cien metros entre los bungalows de la colina y el mar.

Anoche, mientras guardábamos la ropa y ordenábamos las provisiones compradas en Saint-Pierre, oímos las voces de quienes ocupaban la otra ala del bungalow. Hablan muy bajo, no son las voces martiniquesas llenas de color y risas. De cuando en cuando algunas palabras distintas; inglés estadounidense, turistas sin duda. La primera impresión es de desagrado, no sabemos por qué esperábamos una soledad total aunque habíamos visto que cada bungalow (hay cuatro entre macizos de flores, bananos, y cocoteros) es doble. Tal vez porque cuando los vimos por primera vez después de complicadas pesquisas telefónicas desde el hotel de Diamant, nos pareció que todo estaba vacío y a la vez extrañamente habitado. La cabaña del restaurante, por ejemplo, treinta metros más abajo: abandonada pero con algunas botellas en el bar, vasos y cubiertos. Y en uno o dos de los bungalows a través de las persianas se entreveían toallas, frascos de lociones o de shampoo en los cuartos de baño.

El joven gerente nos abrió uno enteramente vacío, y a una pregunta vaga contestó no menos vagamente que el administrador se había ido y que él se ocupaba de los bungalows por amistad hacia el propietario. Mejor así, por supuesto, ya que buscábamos soledad y playa; pero desde luego otros han pensado de la misma manera y dos voces femeninas y norteamericanas murmuran en el ala contigua al bungalow. Tabiques como de papel pero todo tan cómodo, tan bien instalado. Dormimos interminablemente, cosa rara. Y si algo nos hacía falta ahora era eso.

Amistades: una gata mansa y pedigüeña, otra negra más salvaje pero igualmente hambrienta. Los pájaros aquí vienen casi a las manos y las lagartijas verdes se suben a la mesa a la caza de las moscas. De lejos nos rodea una guirnalda de balidos de cabra, cinco vacas y un ternero pastan en lo más alto de la colina y mugen adecuadamente. Oímos también a los perros de las cabañas en el fondo del valle; las dos gatas se sumarán esta noche al concierto, es seguro.

La playa, un desierto para criterios europeos. Unos pocos muchachos nadan y juegan, cuerpos negros o canela danzan en la arena. A lo lejos una familia –metropolitanos o alemanes, tristemente blancos y rubios- organiza toallas, aceites bronceadores y bolsones. Dejamos irse las horas en el agua o la arena, incapaces de otra cosa, prolongando los rituales de las cremas y los cigarrillos.

Todavía no sentimos montar los recuerdos, esa necesidad de inventariar el pasado que crece con la soledad y el hastío. Es precisamente lo contrario: bloquear toda referencia a las semanas precedentes, los encuentros en Delft, la noche en la granja de Erik. Si eso vuelve lo ahuyentamos como a una bocanada de humo, el leve movimiento de la mano que aclara nuevamente el aire.

Dos muchachas bajan por el sendero de la colina eligen un sector distante, sombra de cocoteros. Deducimos que son nuestras vecinas de bungalow, les imaginamos secretariados o escuelas de párvulos de Detroit, en Nebraska. Las vemos entrar juntas al mar, alejarse deportivamente, volver despacio, saboreando el agua cálida y transparente, belleza que se vuelve puro tópico cuando la describe, eterna cuestión de las tarjetas postales. Hay dos veleros en el horizonte, de Saint-Pierre sale una lancha con una esquiadora náutica que meritoriamente se repone de cada caída, que son muchas.

Al anochecer –hemos vuelto a la playa después de la siesta, el día declina entre grandes nubes blancas- nos decimos que esta navidad responderá perfectamente a nuestro deseo: soledad, seguridad de que nadie conoce nuestro paradero, estar a salvo de posibles dificultades y a la vez de las estúpidas reuniones de fin de año y de los recuerdos condicionados, agradable libertad de abrir un par de latas de conserva y preparar un punch de ron blanco, jarabe de azúcar de caña y limones verdes. Cenamos en la baranda, separada por un tabique de bambúes de la terraza simétrica donde, ya tarde, escuchamos de nuevo las voces apenas murmurantes. Somos una maravilla recíproca como vecinos, nos respetamos de una manera casi exagerada. Si las muchachas de la playa son realmente las ocupantes del bungalow, acaso están preguntándose si las dos personas que han visto en la arena son las que viven en la otra ala. La civilización tiene sus ventajas, lo reconocemos entre dos tragos: ni gritos, ni transistores, ni tarareos baratos. Ah, que se queden ahí los diez días en vez de ser reemplazadas por matrimonio con niños. Cristo acaba de nacer de nuevo; por nuestra parte podemos dormir.

Levantarse con el sol, jugo de guayaba y café en tazones. La noche ha sido larga, con ráfagas de lluvia confesadamente tropical, bruscos diluvios que se cortan bruscamente arrepentidos. Los perros desde todos los cuadrantes, aunque no había luna; ranas y pájaros, ruidos que el oído ciudadano no alcanza a definir pero que acaso explican los sueños qua ahora recordamos con los primeros cigarrillos. Aegri somnia. ¿De dónde viene la referencia? Charles Nodier, o Nerval, a veces no podemos resistir a ese pasado de bibliotecas que otras vocaciones borraron casi.

Nos contamos los sueños donde larvas, amenazas inciertas, y no bienvenidas pero previsibles exhumaciones tejen sus telarañas o nos las hacen tejer. Nada sorprendente después de Delft (pero hemos decidido no evocar los recuerdos inmediatos, ya habrá tiempo como siempre. Curiosamente no nos afecta pensar en Michael, en el pozo de la granja de Erik, cosas ya clausuradas; casi nunca hablamos de ellas o de las precedentes aunque sabemos que pueden volver a la palabra sin hacernos daño, al fin y al cabo el placer la delicia vinieron de ellas, y la noche de la granja valió el precio que estamos pagando, pero a la vez sentimos que todo eso está demasiado próximo todavía, los detalles, Michael desnudo bajo la luna, cosas que quisiéramos evitar fuera de los inevitables sueños; mejor este bloque, entonces, other voices, other romms: la literatura y los aviones, qué espléndidas drogas.

El mar de las nueve de la mañana se lleva las últimas babas de la noche, el sol y la sal y la arena bañan la piel con un caliente tacto. Cuando vemos a las muchachas bajando por el sendero nos acordamos al mismo tiempo, nos miramos. Sólo habíamos hecho un comentario casi al borde del sueño en la alta noche: en algún momento las voces del otro lado del bungalow habían pasado del susurro a algunas frases claramente audibles aunque su sentido se nos escapara. Pero no era el sentido el que nos atrajo en ese cambio de palabras que cesó casi de inmediato para retornar al monótono, discreto murmullo, sino que una de las voces era una voz de hombre.

A la hora de la siesta nos llega otra vez el apagado rumor del diálogo en la otra baranda. Sin saber por qué nos obstinamos en hacer coincidir las dos muchachas del bungalow, y ahora que nada hace pensar en un hombre cerca de ellas, el recuerdo de la noche pasada se desdibuja para sumarse a los otros rumores que nos ha desasosegado, los perros, las bruscas ráfagas de viento y lluvia, los crujidos en el techo. Gente de ciudad, gente fácilmente impresionable fuera de los ruidos propios, las lluvias bien educadas.

Además, ¿qué nos importa lo que pasa en el bungalow de al lado?. Si estamos aquí es porque necesitábamos distanciarnos de lo otro, de los otros. Desde luego no es fácil renunciar a costumbres, a reflejos condicionados; sin decírnoslo, prestamos atención a lo que apagadamente se filtra por el tabique, al diálogo que imaginamos plácido y anodino, ronroneo de pura rutina. Imposible reconocer palabras, incluso voces, tan semejantes en su registro que por momentos se pensaría en un monólogo apenas entrecortado. También así han de escucharnos ellas, pero desde luego no nos escucha; para eso deberían callarse, para eso deberían estar por razones parecidas a las nuestras, agazapadamente vigilantes como la gata negra que acecha a un lagarto en la baranda. Pero no les interesamos para nada: mejor para ellas. Las dos voces se alternan, cesan, recomienzan. Y no hay ninguna voz de hombre, aún hablando tan bajo la reconoceríamos.

Como siempre en el trópico la noche cae bruscamente, el bungalow está mal iluminado pero no nos importa; casi no cocinamos, lo único caliente es el café. No tenemos nada que decirnos tal vez por eso nos distrae escuchar el murmullo de las muchachas, sin admitirlo abiertamente estamos al acecho de la voz del hombre aunque sabemos que ningún auto ha subido a la colina y que los otros bungalows siguen vacíos. Nos mecemos en las mecedoras y fumamos en la oscuridad; no hay mosquitos, los murmullos vienen desde agujeros de silencio, callan, regresan.

Si ellas pudieran imaginarnos no les gustaría; no es que las espiemos pero ellas seguramente nos verían como dos migalas en la oscuridad. Al fin y al cabo no nos desagrada que la otra ala del bungalow esté ocupada. Buscábamos la soledad pero ahora pensamos en lo que sería la noche aquí si realmente no hubiera nadie en el otro lado, imposible negarnos que la granja, que Michael están todavía tan cerca. Tener que mirarse, hablar, sacar una vez más la baraja o los dados. Mejor así, en las sillas de hamaca, escuchando los murmullos un poco gatunos hasta la hora de dormir.

Hasta la hora de dormir, pero aquí las noches no nos traen lo que esperábamos, tierra de nadie en la que por fin –o por un tiempo, no hay que pretender más de lo posible- estaríamos a cubierto de todo lo que empieza más allá de las ventanas. Tampoco en nuestro caso la tontería es punto fuerte; nunca hemos llegado a un destino sin prever el próximo o los próximos. A veces parecería que jugamos a acorralarnos como ahora en una isla insignificante donde cualquiera es fácilmente ubicable; pero eso forma parte de una ajedrez infinitamente más complejo en el que el modesto movimiento de un peón oculta jugadas mayores. La célebre historia de la carta robada es objetivamente absurda. Objetivamente; por debajo corre la verdad, y lo portorriqueños que durante años cultivaron marihuana en sus balcones neoyorquinos o en pleno Central Park sabían más de eso que muchos policías. En todo caso controlamos las posibilidades inmediatas, barcos y aviones: Venezuela y Trinidad están a un paso, dos opciones que resbalan sin problemas en los aeropuertos. Esta colina inocente, este bungalow para turistas pequeñoburgueses: hermosos dados cargados que siempre hemos sabido utilizar en su momento. Delft está muy lejos, la granja de Erik empieza a retroceder en la memoria, a borrarse como también se irán borrando el pozo y Michael tan blanco y desnudo bajo la luna.

Los perros aullaron de nuevo intermitentemente, desde alguna de las cabañas de la hondonada llegaron los gritos de una mujer bruscamente acallados en su punto más alto, el silencio contiguo dejó pasar un murmullo de confusa alarma en un semisueño de turistas demasiado fatigadas y ajenas para interesarse de veras por lo que las rodeaba. Nos quedamos escuchando, lejos del sueño. Al fin y al cabo para qué dormir si después sería el estruendo de un chaparrón en el techo o el amor lancinante de los gatos, los preludios a las pesadillas, el alba en que por fin las cabezas se aplastan en las almohadas y ya nada las invade hasta que el sol trepa a las palmeras y hay que volver a vivir.

En la playa, después de nadar largamente mar afuera, nos preguntamos otra vez por el abandono de los bungalows. La cabaña del restaurante con sus vasos y botellas obliga al recuerdo del misterio de la Mary Celeste (tan sabido y leído, pero esa obsesionante recurrencia de lo inexplicado, los marinos abordando el barco a la deriva con todas la velas desplegadas y nadie a bordo, las cenizas aún tibias en los fogones de la cocina, las cabinas sin huellas de motín o peste. ¿Un suicidio colectivo?. Nos miramos irónicamente, no es una idea que pueda abrirse paso en nuestra manera de ver las cosas. No estaríamos aquí si alguna vez la hubiéramos aceptado).

Las muchachas bajan tarde a la playa, se doran largamente antes de nadar. También allí, lo notamos sin comentarios, se hablan en voz baja, y si estuviéramos más cerca nos llegaría el mismo murmullo confidencial, el temor bien educado de interferir en la vida de los demás. Si en algún momento se acercaran para pedir fuego, para saber la hora... Pero el tabique de bambúes parece prolongarse hasta la playa; sabemos que no nos molestaran.

La siesta es larga, no tenemos ganas de volver al mar y ellas tampoco, las oímos hablar en la habitación y después en la baranda. Solas, desde luego. ¿Pero por qué desde luego?. La noche puede ser diferente y las esperamos sin decirlo, ocupándonos de nada, demorándonos en mecedoras y cigarrillos y tragos, dejando apenas una luz en la baranda; las persianas del salón filtran en finas láminas que no alejan la sombra del aire, el silencio de la espera. No esperamos nada, desde luego. ¿Por qué desde luego, por qué mentirnos si lo único que hacemos es esperar, como en Delft, como en tantas otras partes?. Se puede esperar la nada o un murmullo desde el otro lado del tabique, un cambio en las voces. Más tarde se oirá un crujido de cama, empezará el silencio lleno de perros, de follajes movidos por las ráfagas. No va a llover esta noche.

Se van, a las ocho de la mañana llega un taxi a buscarlas, el chofer negro ríe y bromea bajándoles las valijas, los sacos de playa, grandes sombreros de paja, raquetas de tenis.

Desde la baranda se ve el sendero, el taxi blanco; ellas no pueden distinguirnos entre las plantas, ni siquiera miran en nuestra dirección. La playa está poblada de chicos de pescadores que juegan a la pelota antes de bañarse, pero hoy nos parece aún más vacía ahora que ellas no volverán a bajar. De regreso damos un rodeo sin pensarlo, en todo caso sin decidirlo expresamente, y pasamos frente a la otra ala del bungalow que siempre habíamos evitado. Ahora todo está realmente abandonado salvo nuestra ala. Probamos la puerta, se abre sin ruido, las muchachas han dejado la llave puesta por dentro, sin duda de acuerdo con el gerente que vendrá o no vendrá más tarde a limpiar el bungalow. Ya no nos sorprende que las cosas queden expuestas al capricho de cualquiera, como los vasos y los cubiertos del restaurante; vemos sábanas arrugadas, tollas húmedas, frascos vacíos, insecticidas, botellas de coca-cola y vasos, revistas en inglés, pastillas de jabón. Todo está tan solo, tan dejado. Huele a colonia, un olor joven. Dormían ahí, en la gran cama de sábanas con flores amarillas. Las dos. Y se hablaban, se hablaban antes de dormir. Se hablaban tanto antes de dormir.

La siesta es pesada, interminable porque no tenemos ganas de ir a la playa hasta que el sol está bajo. Haciendo café o lavando los platos nos sorprendemos en el mismo gesto de atender, el oído tenso hacia el tabique. Deberíamos reírnos pero no. Ahora no, ahora que por fin y realmente es la soledad tan buscada y necesaria, ahora no nos reímos.

Preparar la cena lleva tiempo, complicamos a propósito las cosas más simples para que todo dure y la noche se cierre sobre la colina antes de que hayamos terminado de cenar. De cuando en cuando volvemos a descubrirnos mirando hacia el tabique, esperando lo que ya está tan lejos, un murmullo que ahora continuará en un avión o una cabina de barco. El gerente no ha venido, sabemos que el bungalow está vacío, que huele todavía a colonia y a piel joven. Bruscamente hace más calor, el silencio lo acentúa o la digestión o el hastío porque seguimos sin movernos de las mecedoras, apenas hamacándonos en la oscuridad, fumando y esperando.

No lo confesaremos, por supuesto, pero sabemos que estamos esperando. Los sonidos de la noche crecen poco a poco, fieles al ritmo de las cosas y los astros; como si los mismos pájaros y las mismas ranas de anoche hubieran tomado posición y comenzando su canto en el mismo momento. También el coro de perros (un horizonte de perros, imposible no recordar el poema) y en la maleza el amor de las gatas que lacera el aire. Sólo falta el murmullo de las dos voces del bungalow de al lado, y eso sí es silencio, el silencio. Todo lo demás resbala en los oídos que absurdamente se concentran en el tabique como esperando. Ni siquiera hablamos, temiendo aplastar con nuestras voces el imposible murmullo. Ya es muy tarde pero no tenemos sueño, el calor sigue subiendo en el salón sin que nos ocurra abrir las dos puertas. No hacemos más que fumar y esperar lo inesperable; ni siquiera se nos ha dado por jugar como al principio con la idea de que las muchachas podrían imaginarnos como migalas al acecho; ya no están ahí para atribuirles nuestra propia imaginación, volverlas espejos de esto que ocurre en la oscuridad, de esto que insoportablemente nos ocurre.

Porque no podemos mentirnos, cada crujido de las mecedoras reemplaza a un diálogo pero a la vez lo mantiene vivo. Ahora sabemos que todo era inútil, la fuga, el viaje, la esperanza de encontrar todavía un hueco oscuro sin testigos, un refugio propicio al recomienzo (porque el arrepentimiento no entra en nuestra naturaleza, lo que hicimos está hecho y lo recomenzaremos tan pronto nos sepamos a salvo de las represalias). Es como si de golpe toda la veteranía del pasado cesara de operar, nos abandonara como los dioses abandonan a Antonio en el poema Cavafis. Si todavía pensamos en la estrategia que garantizó nuestro arribo a la isla, si imaginamos un momento en los horarios posibles, los teléfonos eficaces en otros puertos y ciudades, lo hacemos con la misma indiferencia abstracta con que tan frecuentemente citamos poemas jugando las infinitas carambolas de la asociación mental. Lo peor es que no sabemos porque, el cambio se ha operado desde la llegada, desde los primeros murmullos al otro lado del tabique que presumíamos una mera valla también abstracta para la soledad y el reposo. Que otra voz inesperada se sumara un momento a los susurros no tenía porque ir más allá de un banal enigma de verano, el misterio de la pieza de al lado como el de la Mary Celeste, alimento frívolo de siestas y caminatas. Ni siquiera le damos importancia especial, no lo hemos mencionado jamás; solamente sabemos que ya es imposible dejar de prestar atención, de orientar hacia el tabique cualquier actividad, cualquier reposo.

Tal vez por eso, en la alta noche en que fingimos dormir, no nos desconcierta demasiado la breve, seca tos que viene del otro bungalow, su tono inconfundible masculino. Casi una tos, más bien una señal involuntaria, a la vez discreta y penetrante como lo eran los murmullos de las muchachas pero ahora sí señal, ahora sí emplazamiento después de tanta charla ajena. Nos levantamos sin hablar, el silencio ha caído de nuevo en el salón, solamente uno de los perros aúlla y aúlla a los lejos. Esperamos un tiempo sin medida posible; el visitante del bungalow calla también, también acaso espera o se ha echado a dormir entre las flores amarillas de las sábanas. No importa, ahora hay un acuerdo que nada tiene que ver con la voluntad, hay un término que prescinde de forma y de fórmulas; en algún momento nos acercaremos sin consultarnos, sin tratar siquiera de mirarnos en la oscuridad. No necesitamos mirarnos, sabemos que estamos pensando en Michael, en cómo Michael volvió a la granja Erik sin ninguna razón aparente volvió aunque para él la granja ya estaba vacía como el bungalow de al lado, volvió como ha vuelto el visitante de las muchachas, igual que Michael y los otros volviendo como las moscas, volviendo sin saber que los espera, que esta vez vienen a una cita diferente. A la hora de dormir nos habíamos puesto como siempre los camisones; ahora los dejamos caer como manchas blancas y gelatinosas en el piso, desnudas vamos hacia la puerta y salimos al jardín. No hay más que bordear el seto que prolonga la división de las dos alas del bungalow; abrir la puerta sigue cerrada pero sabemos que no lo está, que basta tocar el picaporte. No hay luz dentro cuando entramos juntas; es la primera vez en mucho tiempo que nos apoyamos la una en la otra para andar.

sábado, 14 de junio de 2014

CAROLINA ZAMUDIO (Curuzú Cuatiá, Corrientes, 1973)


PRESTIDIGITADORA
Y hablabas de la soledad
del cajón abierto en el alma
de la niñez de palabras atragantadas
del miedo al goce que paraliza el cuerpo.
Hablabas con la determinación del temporal que recién comienza
con unos ojos negrísimos curtidos de tanto mar
con la palabra alta, chispeante y clara.
Y yo empezaba a confiar
en una seducción de prestidigitadora,
de encantadora de serpientes,
en las arenas que apaciguan un tsunami.
Y el aire amalgamaba furia y sosiego
y la gente alrededor se desmaterializaba
y sonaba una melodía que quizá fuera Bach
y, en dos direcciones, nacía algo.

MARIBEL ROMERO SOLER (Elche, Alicante, España)


CEREMONIA ÍNTIMA

El riachuelo era de papel de plata, la diligencia de palillos y corcho, la hierba verde de fideos pintados y los muñecos de plástico. Lo único auténtico era el juez, pues aunque jubilado, el abuelo se había dedicado toda su vida a administrar justicia.
Nos disponíamos a casar a Caperucita Roja con Spiderman en una ceremonia íntima. La abuelita y el lobo estaban invitados y también
 los tres cerditos. El abuelo comenzó con las formalidades y leyó despacio los primeros preceptos que dictamina la Ley, pero antes de acabar, Billy el niño, que siempre había estado enamorado de la bella muchacha del bosque, se escapó de la caja de juguetes, apareció pistola en mano delante del abuelo y le dijo: “suelte inmediatamente el Código Civil o le meto una bala entre ceja y ceja”. Tuvimos que suspender la boda.
 

A VISTA DE PÁJARO

“Me contaron del éxito de tus expediciones y no sabes cuánto me alegré. Desde muy pequeño mostraste una firme claridad de ideas. Recuerdo que a los cinco años ya te subiste a la mesa de la profesora de religión, y acabó levantándote el castigo cuando le explicaste que querías tocar el cielo. Después fueron las cabinas telefónicas, alguna farola, el techo de un autobús de dos pisos, incluso el campanario de la iglesia. Todos te consideraron un loco, un pirado que quería estar por encima de los hombres, caprichoso y rebelde. Todos menos yo, que siempre supe verte las alas. Cuando alcanzaste tu primera cima, una pequeña montaña de apenas seiscientos metros, me invitaste a salir. Teníamos dieciséis años. Estrené ropa y zapatos de tacón y por primera vez maquillé mis mejillas y puse color a mis párpados apagados pero no te diste cuenta, sólo cuando al llegar al campo me reprochaste que llevara tacones para pisar la hierba. Entonces me pediste que cerrara los ojos, “son más azules por fuera que por dentro”, comentaste burlón. Te obedecí ruborizada, y los cerré con tanta fuerza que me temblaron las pestañas, esperaba un beso, con los labios entreabiertos y el corazón al galope, pero en su lugar me cogiste de la mano y me guiaste unos pasos hacia delante. “Ábrelos ahora”, susurraste de pronto. El sol, como una bola de fuego, se escondía despacio tras la montaña en el único momento del día que nos permite mirarlo de frente y dibujaba, anaranjados, los contornos de los árboles como un pintor impresionista. Entonces comprendí que eras libre, que tu horizonte era diferente a la fina línea que todos vemos y me aparté.
No tardaste en marcharte del pueblo, fiel a tu sueño, y yo te seguí en la distancia, sin que lo supieras. Me contaron que cruzaste el océano para recorrer Chile y Argentina, siempre a vista de pájaro, que estuviste por Europa, y que finalmente, con poco más de veinte años, llegaste al Himalaya. Tú, el niño pequeño que trepaba ilusionado por todos los muebles de la casa, el chaval solitario que perdía las horas tumbado sobre la hierba observando la puesta de sol, has coronado la cima del Everest, y aunque ya no puedas venir a contármelo sé que has sido, en la Tierra, el hombre más feliz de las nubes”.

viernes, 13 de junio de 2014

LEON FELIPE (1884-1968)

LA ROSA DE HARINA
 
Pero el hombre es un niño laborioso y estúpido
que ha hecho del juego una sudorosa jornada.
Ha convertido el palo del tambor
en una azada,
y en vez de tocar sobre la tierra una canción de júbilo
se ha puesto a cavarla.
¡Si supiésemos caminar bajo el aplauso de los astros
y hacer un símbolo poético de cada jornada!
Quiero decir que nadie sabe cavar al ritmo del sol
y que nadie ha cortado todavía una espiga
con amor y con gracia.
Ese panadero, por ejemplo, ¿por qué ese panadero
no le pone una rosa de pan blanco a ese mendigo hambriento
en la solapa?
 
¡QUÉ PENA!

¡Qué pena si este camino fuera de muchísimas leguas
y siempre se repitieran
los mismos pueblos, la mismas ventas
los mismos rebaños, las mismas recuas!
¡Qué pena si esta vida tuviera
-esta vida nuestra-
mil años de existencia!
¿Quién la haría hasta el fin llevadera?
¿Quién la soportaría toda sin protesta?
¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra
al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?
Los mismos hombres, las mismas guerras,
los mismos tiranos, las mismas cadenas,
y los mismos farsantes, las mismas sectas
¡y los mismos, los mismos poetas!
¡Qué pena,
que sea así todo siempre, siempre de la misma manera!
Nota: Felipe Camino Galicia de la Rosa (León Felipe) nació el 11 de abril de 1884, en Tábara, Zamora (España)-
Encuadrado en la Generación del 27, escribió además obras de teatro y es conocido a nivel mundial por haber sido traductor de la obra de Walt Withman.
Murió en el exilio en Ciudad de México, el 18 de septiembre de 1968.

Día del Escritor

 

 13 de Junio - Día del Escritor

 

 

En este día Biblioteca Sarmiento saluda, especialmente, a todos aquellos trabajadores y recreadores de la palabra que hacen de la Literatura un lugar convocante de emociones.



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Cada 13 de junio se conmemora el Día del Escritor. La fecha no es casual y encuentra su explicación en que un 13 de junio, pero de 1874, nació Leopoldo Lugones en Villa María del Río Seco, en el corazón de la provincia mediterránea de Córdoba. Entre muchas de las acciones y obras que emprendió, Lugones fundó la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) que, luego del suicidio del poeta, estableció el día de su natalicio como el Día del Escritor. Lugones no fue olvidado pero su tumultuoso y resonante paso terrenal es aún materia de controversia y polémica.(Seguir leyendo)

jueves, 12 de junio de 2014

PARA COMPARTIR: ODYSSÉAS ELÝTIS (1911-1996)

Vinieron en vestido de “amigos”…

Vinieron
en vestido de “amigos”
incalculables veces mis enemigos
hollando el antiquísimo suelo.
Y el suelo no se adhería nunca a sus talones.
Trajeron
al Sabio, al Agrimensor y al Colonizador,
Biblias con letras y con cifras,
toda la Sumisión y Prepotencia,
dominando la antiquísima luz..
Y la luz no se adhería nunca a sus tejados.
Ni siquiera una abeja se engañó para empezar su juego de oro
y ni siquiera el viento, para henchir los blancos delantales.
Levantaron sobre cimientos
en las cimas, en los valles, en los puertos
torreones poderosos y mansiones,
barcas y otros navíos,
las Leyes, que decretan lo bueno y conveniente,
adaptándolas a antiquísima norma.
Y la norma no se adhería nunca a sus conceptos.
Ni siquiera una huella de dios dejó en sus almas rastro.
Ni siquiera un reflejo de ninfas recogió su palabra.
Llegaron
en vestido de “amigos”
incalculables veces mis enemigos
ofreciendo sus antiquísimos regalos.
Y no eran sus regalos
sino fuego y acero.
En los dedos que mantenían abiertos
sólo fuego y acero y armas.
Sólo fuego y acero y armas.
 
De:“Dignum est” – 1959. Traducción de Jorge Páramo Pomareda
 

NOTA: Odysséas Elýtis, seudónimo de Odiseas Alepudeli de Panayioti, nació en Heraklion, Creta, el 2 de noviembre de 1911.
Fue galardonado con el Premio Nacional Griego de Poesía en 1960.
Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1979.
Murió en Atenas, el 18 de marzo de 1996.

PARA COMPARTIR: LITERATURA DE JUJUY


PATRICIA CALVELO
Los poetas
                                                        
Llegan temprano al bar, de a uno o de a dos, con cigarrillos, habanos o pipas. Se quedan toda la noche riendo y hablando de hermosas mujeres, de viejos amigos, de ciudades perdidas, de estrellas fugaces…: de poesía. Y beben y fuman hasta el amanecer.
Al partir, dejan una pesada cortina de humo y un montón de cenizas en todos los rincones. La mujer que hace la limpieza siempre se queja. Ella no sabe que es el modo que tienen los poetas de disimular el fuego que le robaron a los dioses.                                             
 
SUSANA AGUIAR
Agua
 
Estaba exhausto, sudoroso en las arenas del Huancar, sólo lo acompañaba el sol eterno y la arena blanca. Debía llegar a ese espejo que avizoraba a la distancia. A costa de gran esfuerzo se arrastró como una serpiente, llagándose las manos, los pies. Su cuerpo mendigó por la clara y transparente agua que llevaría a su boca. Se callaron los pocos ruidos del Huancar, sólo unas tolas rodaban por instantes. Al llegar, en desesperado intento hundió sus manos en el agua y llevó a sus labios un espesor de arena que los resecó aún más.
                                                                                    
SUSANA QUIROGA
La desvelada
 
Ella enciende la luz. Las ovejas son infinitas. Saltan y saltan la pirca de piedras. Una, dos, nueve, diez, noventa y nueve, cien. Por fin, cierra los ojos. No hay más ovejas. La ciento una fue asada y comida por todas las desveladas de la tierra.
 
JESÚS RODRIGUEZ BÁRCENA
Agua en la luna
 
Encontraron agua en la luna. ¡Mucha agua! dicen los diarios digitales. Millones y millones de dólares costó la sonda para buscar evidencia científica.
Mientras tanto, aquicito nomás, se proyecta la contaminación de los glaciares patagónicos, y en Tilcara falta agua potable en pleno Carnaval. Ay, ay, ay ¡qué será Señor!
 
ILDIKO NASSR
Animales feroces 3

Se aleja después de hacer el amor conmigo. Dice que entre mis piernas vive un animal que lo quiere devorar.
Demasiado pronto descubrió mi secreto.
                                                                                                

MARIANO ORTIZ
Fantasma
 
El mundo es tan extraño que a veces extraño estar en el mundo.

miércoles, 11 de junio de 2014

MARIO BENEDETTI (Uruguay-Paso de los Toros, 1920-Montevideo, 2009)

TIENTAS
Se retrocede con seguridad
pero se avanza a tientas
uno adelanta manos como un ciego
ciego imprudente por añadidura
pero lo absurdo es que no es ciego
y distingue el relámpago la lluvia
los rostros insepultos la ceniza
la sonrisa del necio las afrentas
un barrunto de pena en el espejo
la baranda oxidada con sus pájaros
la opaca incertidumbre de los otros
enfrentada a la propia incertidumbre
se avanza a tientas / lentamente
por lo común a contramano
de los convictos y confesos
en búsqueda tal vez
de amores residuales
que sirvan de consuelo y recompensa
o iluminen un pozo de nostalgias
se avanza a tientas / vacilante
no importan la distancia ni el horario
ni que el futuro sea una vislumbre
o una pasión deshabitada
a tientas hasta que una noche
se queda uno sin cómplices ni tacto
y a ciegas otra vez y para siempre
se introduce en un túnel o destino
que no se sabe dónde acaba.
 
AMOR TARDE
Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cuatro
y acabo la planilla y pienso diez minutos
y estiro las piernas como todas las tardes
y hago así con los hombros para aflojar la espalda
y me doblo los dedos y les saco mentiras.
Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cinco
y soy una manija que calcula intereses
o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas
o un oído que escucha como ladra el teléfono
o un tipo que hace números y les saca verdades.
Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las seis.
Podrías acercarte de sorpresa
y decirme “¿Qué tal?” y quedaríamos
yo con la mancha roja de tus labios
tú con el tizne azul de mi carbónico.
NOTA: Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugi nació en Paso de los Toros, República Oriental del Uruguay, el 14 de septiembre de 1920.
Miembro de la Generación del 45 publicó más de ochenta obras, algunas de ellos traducidas a más de 20 idiomas.
Murió en Montevideo, Uruguay, el 17 de mayo de 2009.

martes, 10 de junio de 2014

NOVEDADES BIBLIOGRÁFICAS – JUNIO 2014

3065 PÁGINAS DE POESÍA 

 NOVEDADES BIBLIOGRÁFICAS – JUNIO 2014

 

Biblioteca Sarmiento informa la incorporación de material bibliográfico de acuerdo al siguiente detalle:

 

Girondo Olverio

  • “200  años de Poesía Argentina”. Selección y prólogo de Jorge Monteleone
  • “Parranda Larga” de Nicanor ParraCastilla Manuel J
  • “Poesías Completas” de José Saramago
  • “Noche Tótem” de Oliverio Girondo
  • “El Gozante” de Manuel J, Castilla
  • “En lo implacable de la noche” de Idea Vilariño
  • “Obra poética” de Olga Orozco
  • “Lengua y Herida” de Antonio Gamoneda




El material mencionado ya ha sido técnicamente procesado e ingresado a nuestro Fondo Bibliográfico y se encuentra a disposición de los lectores.

Parra NIcanor

lunes, 9 de junio de 2014

FABIAN SEVILLA (Mendoza, 1970)

EL PRIMER GOBERNADOR DE GALLINELANDIA... Comedia con zorro y gallinas
 
ACTO ÚNICO EN DOS CUADROS
 
Personajes
ANGURRIZAS, un zorro muerto de hambre.
PIZPIRETA, una pollita muy sagaz.
Las gallinas:
GUMERSINDA
BLANQUITA
ANICETA
SIMONA
 
Cuadro 1:
(Transcurre en el exterior de una granja; debe haber dos árboles a ambos lados de la escena).
 
ANGURRIAS: (Desesperado). Tengo tanta hambre que me comería… (piensa) un elefante relleno con… (piensa) ¡Un rinoceronte! Relleno con… (piensa) ¡Un hipopótamo! Relleno con… (piensa) ¡Un cocodrilo! (Al público). Pero con poquita sal, porque sufro de presión alta (Al escuchar cacareos, se esconde detrás de un árbol y asoma para espiar).
GALLINAS: (Entran cacareando y comienzan a picotear el suelo, beber agua, hacer gárgaras).
PIZPIRETA: (Entra en silencio, se sienta bajo el otro árbol, saca un libro y lee en voz media). En la actualidá existen veintisiete especies de este carnívoro, pero realmente solo doce pertenecen al género Vulpes…
GUMERSINDA: (A las demás, mientras señala a la lectora).Ahí está de nuevo, con los ojospegaos a esa cosa que tiene tapas de cartón.
BLANQUITA: ¿Qué le verá de interesante? Porque se nota que le interesa un montonazo…
ANICETA: Tal vez en esa cosa haigan fotos de gusanos y dibujitos de granos de maíz.
SIMONA: ¡Yo prefiero la comida de verdá, no la que aparece en figuritas sobre un papel!
TODAS: (Se ríen a “carcajacareos”, es decir una mezcla de carcajada y cacareos).
PIZPIRETA: (Sigue leyendo). En su menú aparecen mamíferos pequeños y aves silvestres o de corral como los patos, los gansos, los pavos y las…
ANGURRIAS: (Se relame y grita). ¡Gallinaaaaas! (Se ha delatado, por eso se oculta tras el tronco).
PIZPIRETA: (Alcanzó a escuchar algo, deja de leer, busca con la mirada y luego de no encontrar nada, sigue con lo suyo).
ANGURRIAS: (Asoma de nuevo y empieza a golpearse la cabeza contra el tronco). Tanta comida cacareando y yo sin poder arrimármele ni a un cachito (Al público). Anoche escuché al granjero decir que si llegaba a verme a diez kilómetros del gallinero me espantaría a perdigonazos.
(Se escuchan unos sonidos extraños).
ANGURRIAS: (Al público). No se alarmen, es el ruido de mis tripas. A gritos me exigen: ¡Comidaaaaa! ¡Danos comidaaaaaa! (De detiene en seco, del bolsillo saca un foquito y luego de ponerlo sobre su cabeza lo enciende). ¡Tengo una idea! Pero necesito un poco de maquillaje y vestuario (Al público). ¡Ya güelvo! Ustedes eviten que mi comida se vaya o que algún otro zorro me gane de mano (Corriendo sale de escena).  
GUMERSINDA: (A las demás, sin dejar de mirar a PIZPIRETA). Y sigue enfrascada Pizpireta en esa cosa llena de papeles.
BLANQUITA: Entonces, no está enfrascada, sino empapelada.
TODAS: (Vuelven a “carcajacarearse”).
ANICETA: Tal vez mirando fotos y dibujitos piense que aprenderá a ser gallina.
SIMONA: ¡Y con lo fácil que es! Solo te hacen falta pico, plumas y poner al menos un güevoal día.
GUMERSINDA: Cuando esa pollita ponga un güevo, no tendrá cáscaras sino tapas de cartón.
TODAS: (Vuelven a “carcajacarearse”).
PIZPIRETA: (Sin desatender su lectura). Es inteligente y astuto, por eso no ahorrarácreatividá al momento de cazar su alimento...
ANGURRIAS: (Entra disfrazado de gallo, al publico). Con un guante rojo me hice una cresta, el pico es de cartulina y las plumas son de la almohada que me robé de una granja vecina (Extiende y se coloca una banda que dice “Gobernador”). Así ninguna sospechará, pero por si acaso… (Muestra una sopapa). Este será mi bastón de mando.  
GUMERSINDA: (Al verlo). ¿Y ese gallo tan bien adornao, muchachas?
BLANQUITA: Parece importante, respetable, gente como una.
ANGURRIAS: (Se les acerca en actitud ampulosa). Soy el Primer Gobernador de Gallinelandia.
ANICETA: (Sorprendida). ¡Gobernador! (Confundida). ¿Y eso qué será?
SIMONA: No lo sé, Aniceta, pero suena rimbombante, imponente, famoso.
PIZPIRETA: (Al público). ¡Hummmmm! A mí me suena peligroso.
GALLINAS: (Bajan sus cabezas en señal de respeto) ¡Bienvenido sea, oh gran Primer Gobernador de Gallinelandia! ¡Es un honorazo tenerlo por aquí! ¡Estamos orgullosas de conocerlo en plumas y huesos!
PIZPIRETA: (Hojeando el libro). ¡Gallinelandia! ¿Dónde queda ese lugar?
ANGURRIAS: (Le saca el libro y lo arroja fuera de escena). Es un país de reciente creación, por eso no aparece en los libros. (A las demás GALLINAS). Y como se trata de una flamante nación, yo, su primer gobernador, elegiré de entre todas ustedes a mis ministras.
ANICETA: (Sorprendida). ¡Ministras! (Confundida). ¿Y eso qué será?
SIMONA: Tampoco lo sé, pero suena igual de rimbombante, imponente, famoso.
PIZPIRETA: (Al público). ¡Hummmmm! A mí me sigue sonando peligroso.
GUMERSINDA: ¿Y qué hay que hacer pa que me elija ministra, oh gran Primer Gobernador de Gallinelandia?
BLANQUITA: Sea lo que sea, yo estoy dispuesta. Siempre soñé ser eso, aunque no tenga la más pálida idea de lo que se trate.
ANGURRIAS: Solo tendré que conversar con cada una de ustedes en mi madrigue… ejem… en el Palacio de Gobierno. Dependiendo de sus conocimientos e intereses veré qué ministerio les encargo…
PIZPIRETA: ¡Hummmmm! Aquí, más que gato, me parece que hay zorro encerrado.
GALLINAS: (Contentas). ¡Qué fácil es ser ministraaaaa! ¡Ya quiero ser ministraaaaa! ¡Aunque no sepa qué rayos es ser ministraaaaa!  
ANGURRIAS: Las espero de a una en mi madrigue... ejem… el Palacio de Gobierno. ¡No se demoren, eh! (Mientras sale de escena). A la que llegue antes hasta podría nombrarla vicegobernadora.
GUMERSINDA: Yo voy primera, muchachas (Atina a correr hacia donde salió el zorro).
BLANQUITA: (Le hace una zancadilla y la tira al piso) ¡Si yo te dejo, Gumersinda! (Intenta irse).
ANICETA: (Con un tacle, la voltea al suelo). Cuando te levantés, Blanquita, yo ya estaré ejerciendo como vicegobernadora (Pretende irse).
SIMONA: (La empuja, corriéndola a un lado). ¡Eso habrá que verlo, Aniceta!
PIZPIRETA: (Mirando a las GALLINAS que cacareando y sin dejar de hacerse zancadillas, tacles y empujándose finalmente salen de escena). ¡Hummmmm! Esto más que a huevo, me huele a zorro podrido (Se va por donde salieron las demás a la vez que un apagón marca la transición al…
 
Cuadro 2:
(Transcurre en la madriguera de Angurrias. Hay una silla al final de un mantel que el zorro puso como alfombra; se ven un horno a gas y uno a microondas, y por todas partes ollas y cacerolas).
 
ANGURRIAS: (Termina de armar todo). ¡Lista la escenografía! Esas gallinas son unas cabezas de chorlito, pero como soy muy zorro no puedo desatender ningún detalle que me deje sin comida.
(Se escuchan golpes a la puerta).
GUMERSINDA: Soy yo, la Gumersinda, ¡oh gran Primer Gobernador de Gallinelandia!
ANGURRIAS: (Se sienta, y sopapa en mano, adopta una soberbia actitud) Adelante, adelante…  (Cuando GUMERSINDA entra y se arrima a él). A ver, a ver… Pa usté, ¿qué es gobernar?
GUMERSINDA: (Duda). Gobernar… gobernar… Y gobernar es… es…
ANGURRIAS: (Al ver que no tiene idea, la ayuda con la respuesta). Gobernar es educar atuitos.
GUMERSINDA: ¡Eso! Educar a tuitos desde que son pollitos…
ANGURRIAS: ¡Muy bien diez! Usted será la ministra de Educación. Entre a su oficina privada… (Se para y destapa una olla).
GUMERSINDA: (Entra en la olla). ¡Ay, mi primera oficina privada! (Cuando el zorro le pone la tapa). Espero tener como secretario un gallo güenmozazo.
ANGURRIAS: Con esta ministra ya tengo pa el desayuno…
(Otros golpes a la puerta).
BLANQUITA: Soy yo, la Blanquita, ¡oh gran Primer Gobernador de Gallinelandia!
ANGURRIAS: Pues pase, pase pa que podamos charlar (Cuando BLANQUITA entra y se arrima a él). A ver, a ver…  Pa usté, ¿qué es gobernar?
BLANQUITA: (Duda). Gobernar… gobernar… Y gobernar es… es…
ANGURRIAS: (La ayuda con la respuesta). Gobernar es aplicar justicia.
GUMERSINDA: ¡Eso! Aplicar justicia para que naides se haga el gallo y naides se sienta un gallina…
ANGURRIAS: ¡Muy bien cien! Se encargará de eso (Abriendo la puerta del horno). Vaya a los Tribunales por este atajo.
BLANQUITA: (Se mete dentro del horno) ¡Mejor, así llego más rápido y empiezo a ser ministra de Justicia ya mesmo! (Cuando el zorro cierra la puerta). Si risulta ser un trabajo aburrido, pediré que en los tribunales pongan televisores.
ANGURRIAS: Con esta ministra ya tengo pa el almuerzo…
(Se escuchan muchos golpes a la puerta).
ANICETA: Soy yo, la Aniceta, ¡oh gran Primer Gobernador de Gallinelandia!
SIMONA: No, soy yo, la Simona, que llegué antes, ¡oh gran Primer Gobernador de Gallinelandia!
ANGURRIAS: Pues, pasen, las dos. En mi gobierno no quiero discordias (Cuando ambas gallinas entran y se le acercan). A ver, a ver… ¿qué es gobernar?
ANICETA y SIMONA: (Dudan). Gobernar… gobernar… Y gobernar es… es…
ANGURRIAS: (Al público). Estas jamás prestaron atención en la hora de Formación Ética y Ciudadana (A las gallinas). Gobernar es administrar bien los recursos.
ANICETA: ¡Eso! Gastar lo justo y medido…
ANGURRIAS: ¡Bien dicho! Por eso usté será la ministra de Economía (Destapa una cacerola). Ya mesmo debe ponerse a sacar cuentas en su despacho…
ANICETA: ¡Cuanta consideración! (Salta dentro de la cacerola y cuando ya el zorro le puso la tapa). Lo que no sé es cómo haré las cuentas, si no tengo dedos pa asistirme al momento de calcular.
ANGURRIAS: A ver, a ver Simona, creo haberla escuchado decir que gobernar era atender el bien común.
SIMONA: (Disimula). ¡Eso mismo fue lo que hi dicho! A naides ha de faltarle nadita…
ANGURRIAS: ¡Lo mismo pienso! A usté la nombro ministra de Asistencia Social (Abre la puerta del horno microondas). Aquí adentro la espera su gabinete…
SIMONA: Espero que a mi gabinete le guste conversar (Una vez que el zorro cerró la puerta del horno). Y que se sepan chismes, porque una ministra ha de estar enterada de tuito lo que acontece…  
ANGURRIAS: Con estas dos completo la merienda y la cena (Relamiéndose). Cuatro ministras, igual a cuatro comidas. Pero me haría falta una más, porque la nutricionista me recomendó una colación en la madrugada…
PIZPIRETA: (Entra sin golpear). Aquí llegó su quinta aspirante a ministra (burlona) ¡Oh gran Primer Gobernador de Gallinelandia!
ANGURRIAS: Aunque esté flaca y le sobren huesos, igual la sumaré a mi gobierno. Pero antes, a ver, a ver…
PIZPIRETA: (Lo interrumpe). No, a ver, a ver usté… dígame ¿qué es gobernar?
ANGURRIAS: (Murmura). Me parece que esta no tiene una pluma de sonsa (Piensa un rato). Pa mí gobernar es estar cerca de los del pueblo, hacer las mesmas cosas que ellos hacen.
PIZPIRETA: ¡Totalmente de acuerdo!
ANGURRIAS: (Va a destapar otra olla). Tonces...
PIZPIRETA: Tonces... quiero verlo cacarear.
ANGURRIA: ¿¡Quééééé!?
PIZPIRETA: Sí, cacarear como han de hacer todos en Gallinelandia.
ANGURRIAS: (Luego varios intentos fracasados, logra cacarear) ¿Ya está?  
PIZPIRETA: Si, pero no es suficiente. Por favor, quiero verlo (le acerca una lombriz a los morros) comer lo que han de comer tuitos los gallinelenses.
ANGURRIA: ¿¡Quééééééé!?
PIZPIRETA: Usté dijo que gobernar es hacer lo mesmo que hace el pueblo.
ANGURRIAS: (Haciendo gestos de asco, recibe la lombriz y se la traga tapándose lo orificios nasales). ¿Conforme?
PIZPIRETA: No, entuavía. Ahora, quiero qué ponga un güevo.
ANGURRIA: ¿¡Quéééééééééé!? (Se da por vencido). Sí, ya lo sé (Se acuclilla y comienza a hacer fuerza). ¡Ya sale! ¡Ya saleee! (Hace más fuerza). ¡Ya saleeeee! ¡Ya saleeeeeee!
PIZPIRETA: (Aprovecha para sacar a las GALLINAS de las ollas, cacerolas y hornos).
ANGURRIAS: ¡Ya saleeeeeeeee! (Por el esfuerzo se le desprende la cresta falsa y se le despegan el pico y las plumas). ¡Ya se me salió el disfraz!
GALLINAS: (Al ver quién es, se le tiran encima y lo llenan de picotazos). ¡Embusterooooo! ¡Chocleroooooo! ¡Mulerooooo!
PIZPIRETA: (Lo golpea con la sopapa). Pa que vaya sabiendo: antes de gobernar hay que estudiar o leer un cachito, así sabría que los gallos no ponen güevos.
ANGURRIA: (Logra zafarse). Como bien dicen: zorro que escapa sirve pa otras zorrerías (Huye saliendo de escena). ¡Ay, no solo me chirrían las tripas, también me duele hasta el huesito dulce!
GUMERSINDA: (Frustrada) ¡Qué pena! ¡Con lo lindo que pintaba el ser ministra!
BLANQUITA: Yo estaría dispuesta a estudiar y leer un poco con tal de ser eso.
ANICETA: (Entusiasmada). Podríamos hacer que se vote al primer gobernador del gallinero así nosotras lo asistimos…
SIMONA: (Mirando a PIZPIRETA)  ¿Y a quién nombramos como uno de los candidatos?
PIZPIRETA: Hummmmm… la verdá: me gustaría. Pero si salgo elegida yo no quiero nada de banda ni de bastón. Pa mí, un gran gobernador ante todo necesita su inteligencia y valentía.
GALLINAS: (La levantan en andas y salen de escena). ¡Vote por Pizpiretaaaaa! ¡Pizpireta gobernadoraaaaa! ¡Y nosotros, sus ministraaaaas!
 
TELÓN O APAGÓN