Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

miércoles, 16 de abril de 2014

MARCELO BIRMAJER (Buenos Aires, 1966)

EL MARIDO INVISIBLE

I
De vez en cuando alguien me llama para ofrecerme una historia. Naturalmente sospecho de esta clase de filantropía. Si trataran de vendermela, estaría más dispuesto a escuchar. Mis benefactores pretenden que convierta su anécdota en un cuento, una novela o un guión. Pero ni siquiera me piden que cite sus nombres; incluso me han suplicado que los mantenga en el más riguroso anonimato. Invariablemente me niego a tomarlos en cuenta. Ni siquiera arreglo para un encuentro o un segundo llamado. Sin embargo, en esta ocasión, la voz pudo más que el argumento.
Era una voz femenina, de entre treinta y cuarenta años. Y antes de que pasara a explicarme el motivo de su llamado, yo ya deseaba conocerla para averiguar si estaba más cerca de los treinta o de los cuarenta. Era una de esas voces sensuales que no intentan serlo. Dijo conocer mis libros, pero aclaró que no había leído ninguno de ellos. Como su voz realmente me atrajo, contesté: “Peor sería haberlos leído y no conocerlos”. Se rió sin ganas, por cortesía. Intuyó que había hecho un chiste, pero no lo entendió.
Dalia me explicó que acababa de sobrevivir a una historia y, por lo que sabía de mis libros, yo era la persona ideal para escucharla.
–¿Y para qué necesita que la escuche?
–Todavía no termino creer lo que me pasó- respondió sin precisiones- No es una historia para contarle a un psicólogo. Mi familia no me habla. Usted inventa historias de hombres casados. Tal vez me pueda explicar qué pasó en esta historia real.
–No creo que pueda explicarle nada- repliqué- Ni siquiera soy capaz de explicar las historias que invento.
–No lo quiero molestar… Si no tiene tiempo ni ganas…
Pero yo ya había escuchado su voz. Tiempo me sobraba. Las ganas crecían con el diálogo. Lo que me faltaba era el temperamento de Ulises: escuchar sin dejarse llevar.
Como era ella quien me había llamado, y todas las cartas estaban a mi disposición, osé:
–¿Con quién vive usted?
La pregunta, aunque promiscua, se escondía detrás de la necesidad de un autor: conocer las coordenadas básicas de la historia.
–Ahora, sola- explicó Dalia.
–¿Sabe preparar mate?
–No soy  muy buena- respondió.  Y parecía estar refiriéndose a mucho más que al oficio de cebar.
–Si puede recibirme mañana a las siete de la tarde, con yerba y agua caliente pero sin hervir, tal vez disponga de una media hora.
–¿Nos podemos tutear?
–No todavía- respondí.
–Puedo conseguir la yerba y el mate. Del agua y de cebarlo se tendría que encargar usted. A mí siempre se me hierve.
–A mi también- confesé- Pero mañana lo volveré a intentar. ¿Cuál es su barrio?
Lo podría haber adivinado: Belgrano. Un departamento a todo trapo, imaginé. La clásica separada. ¿Y si el marido se aparecía en el medio de nuestra conversación furtiva y nos mataba a ambos? Esas cosas pasaban en las mejores familias. Mucho más en las mejores familias rotas. Pero cuando me quise dar una respuesta a esa atinada pregunta, ya había cortado; con el compromiso de visitarla al día siguiente a las siete de la tarde.
II
Me recibió vestida de seda. En realidad, no tengo la menor idea de si se trataba de seda. Sólo puedo asegurar que era una tela suave; no transparente, pero que presentaba su cuerpo. Si yo hubiera querido hacerle algo, no le hubiera siquiera tocado la ropa. Nada de lo que pudiera encontrar bajo ese vestido- en rigor, una blusa y un pantalón- podía ser mejor que con el vestido puesto. En algún momento de la conversación me dijo que tenía cuarenta años.
Siempre saludamos a las mujeres bonitas con dos atenciones: la primera muda, al presentarnos a su cuerpo. La segunda con un gentil beso y el tradicional: hola. Pero yo le di la mano, como un psicólogo. El saludo mudo lo sentí en todo el cuerpo.
¿Por qué me había invitado esta beldad, cuyos pretendientes debían apilarse de a miles a todo lo largo y ancho del país, y quizás más allá? La única respuesta que me di es que debía estar desesperada. Y como dice mi amigo Troilo: “Con una mujer desesperada es fácil entrar. Lo difícil es salir”.
Yo ya estaba en aquel departamento, y me habían emboscado con aquel vestido de seda. Mi única escapatoria era el mate, y gracias a Dios la mujer había cumplido: el cacharro, la yerba y la bombilla me aguardaban sobre la mesa del comedor.
–En la cocina tengo una pava eléctrica- agregó Dalia–. La compré ayer después de hablar.
Primero enchufé la pava, y después preparé el mate. Mientras el agua era atravesada por la energía eléctrica me preguntó si era difícil vivir de la escritura y, avergonzándome de mi mismo, le respondí que vivir era difícil en cualquier caso.
Logré no preguntarle si tenía hijos. Y ella a su vez consiguió no consultarme acerca de mi estado civil. Ningún anillo manchaba sus manos de princesa de la segunda edad; pero en el dedo índice de la derecha lucía la marca, de color indefinido, de la ausencia de una sortija.
Me dijo que me había imaginado mayor. Y yo evité confesarle que prefería haber descubierto sus cuarenta, en lugar de los treinta y pico que habían podido ser según mi intuición por teléfono.
La pava me llamó con un pitido y pedí permiso para ir a buscarla. Cuando regresé al comedor, antes de poder cebar el primer mate, comenzó a narrarme la historia.
III
–Irina y yo jugábamos al ténis- me dijo Dalia- ¿Te puedo tutear?
Hice que no mientras me cebaba el primer mate. Como no había dónde escupir, tuve que tragar el primer sorbo, frío y polvoriento.
–Jugábamos en el Club Norman- siguió Dalia- Empezamos de casualidad, porque el profesor nos puso juntas.
Cuando dijo “el profesor nos puso juntas”, asocié el mito del profesor de ténis con la belleza madura de Dalia, imaginé a Irina y sopesé una barbaridad.
–¿Usted ya le había sido infiel a su marido alguna vez?- pregunté de pronto y sin saber por qué.
–Nunca- respondió con seguridad la mujer.
Como si nunca hubiera existido tampoco mi pregunta, Dalia continuó, yo no diría tranquilamente, pero con una excitación que no estaba relacionada conmigo ni mis preguntas, sino con su propia anécdota.
–Era imposible que no nos hiciéramos amigas. Compartíamos casi todo con Irina, y lo único que nos diferenciaba, que ella tuviera hijos y yo no; nos hizo más amigas aún. Estaba cansada de codearse con mujeres que fueran exactamente iguales a ella.
–¿Irina es bonita?- pregunté.
–Hermosa- acentuó Dalia.
Le cebé un mate y, al ajustarse sus labios a la bombilla, la palabra “hermosa” revirtió en ella con una fuerza nueva.
–¿Qué opinas de hacerse amigo de las parejas de tus amigos?- preguntó eludiendo mi prohibición de tutearme.
–Lo evito mientras puedo.
–Era Irina la que insistía siempre con encontrarnos los cuatro- siguió Dalia- A mi no me molestaba, pero tampoco me interesaba. No me gusta recibir matrimonios con hijos en casa. Los chicos te ensucian la alfombra, siempre.
Hubo un dejo de crueldad en esta última observación, pero ni una pizca menos de atractivo en Dalia..
–Nunca le dije, en concreto: “No quiero chicos en casa”, pero era un sobreentendido. A tal punto lo era, que el primer encuentro lo concertamos cuando me avisó que su suegra se había llevado a los chicos a Disney. En realidad, a mí no me interesaba especialmente iniciar una amistad con ellos como pareja. Esteban, mi ex, tenía sus amigos; y yo mis amigas. Privilegiábamos la intimidad en nuestra casa. Ni él tenía amigas ni yo amigos, de modo que tampoco había necesidad de conocer las amistades del uno o del otro para confirmar que efectivamente se tratara de amigos. Al contrario, que él conociera a mis amigas o yo a sus amigos, me refiero a entrar en un contacto más frecuente, podía ser más un disparador de celos que una tranquilidad. Estábamos perfectamente hasta que Irina me avisó que ella y Cacho, su marido, estaban libres, y querían invitarnos a cenar.
La yerba se había lavado, pero me daba pereza preparar el mate nuevamente. Dalia descubrió que yo ya no tomaba ni le cebaba. Me quitó el cacharro de la mano y nuestros dedos se rozaron. Se levantó, fue a la cocina y regresó con un tacho de plástico y un frasco de yerba. Cuando se levantó, pude terminar de apreciar su cuerpo. Y cuando volvió a sentarse, me sentí turbado. Golpeó rítmicamente el cacharro contra el tacho de plástico, para vaciarlo; y continuó su relato, como un percusionista folclórico que acompañara unas palabras con su instrumento. Me extendió la yerba para que llenara nuevamente el cacharro sucio.
–Yo acepté por un malentendido. Un malentendido de Irina, no mío. Irina estaba segura, me di cuenta sin que me lo dijera, de que el único impedimento para un encuentro entre las dos parejas eran sus hijos. Le había hablado muchas veces de que no sentía ninguna frustración por no ser madre. Pero la verdad es que lo de los hijos no era más que un agregado: Esteban y yo éramos muy felices a solas en casa, cada cual con su vida, y no nos interesaba cenar ni almorzar ni ver películas con otros matrimonios. ¿Te parece tan raro?
–Raro me parece salir de a cuatro- dije- De a dos ya es difícil.
Dalia sonrió y le cebé un mate.
– Pero cuando Irina me dijo que los suegros se habían llevado a sus hijos a Disney, negarme hubiera roto la amistad. Lo de los hijos, más que un agregado, hubiera sonado, en retrospectiva, como una excusa. La verdad es que era una estupenda amiga, y yo no quería herirla, ni perderla. Convencí a Esteban de aceptar la cena en “La calesita loca”.
– A mí me llevaban a esa parrilla cuando era chico- comenté.
– A mi también- coincidió Dalia- Pero fue una sugerencia de Cacho, que nos llevaba veinte años a todos.
– ¿Cacho tiene…?
– Sesenta años- completó Dalia.
– ¿Y a qué se dedica?-
– Empresario- dijo Dalia sin precisar.
– ¿En qué rubro?
– Tiene locales. No sé bien de qué. Algunos intereses en free shops, kioscos de revistas en aeropuertos, ropa en Miami…
– Ah- corté- Un empresario.
Dalia asintió y siguió.
–Ellos llegaron antes que nosotros. Yo me acerqué a Irina y la saludé con un beso. Cacho se puso de pie, me abrazó suavemente y me besó en la mejilla también. Olía a la colonia de hombres que usaba mi papá: Old Spice. Esteban saludó a Irina, y Cacho se quedó con la mano extendida.
Dalia hizo una pausa.
–No entiendo- dije.
–Esteban no lo saludó.
–Sigo sin entender.
–Cacho le extendió la mano y Esteban se sentó sin saludarlo.
–¿Por qué?
–Ese es el centro de la anécdota. Esperá.
Pensé que por fin iba a poner en funcionamiento sus dotes de anfitriona y mejoraría el mate o me ofrecería algo más. Pero no, sólo se refería a que esperara para entender la historia.
–Si Cacho le hubiera querido dar un beso a Esteban, yo hubiera entendido que se apartara, porque a Esteban no le gustan los besos entre hombres. Pero que no le estrechara la mano era incomprensible. Llegué a pensar algo bizarro: que de algún modo cuestionaba que una mujer tan bonita estuviera con un hombre que le llevaba veinte años. Pero Esteban no estaba tan loco. Claro, yo no le podía preguntar delante de todos por qué no le había dado la mano, por qué ni siquiera le había dicho “hola”. Me guardaba mi curiosidad para retarlo cuando volviéramos a casa.
Sonó el teléfono y Dalia no atendió. Se activó el contestador automático, pero cortaron sin dejar mensaje. La voz de Dalia en el contestador me volvió a intranquilizar, como cuando la escuché por primera vez.
–Esteban nos miraba a Irina y a mí con una cara muy rara. De pronto soltó una carcajada, y nadie sabía de qué se reía. Cuando Cacho le preguntó a Esteban si había visto el partido, y Esteban se puso queso blanco en su pan sin contestarle, le pellizqué un brazo, pedí permiso a Irina y Cacho, y me lo llevé para el baño.
–Que está detrás de los juegos para chicos- recordé.
Dalia asintió.
–Irina y Cacho nos miraban como a dos locos. Me hacían responsable también a mí de la locura de Esteban. Detrás del tobogán, le pregunté a Esteban qué carajo le pasaba.
–¿Qué les pasa a ustedes?- respondió Esteban igual de enojado- Pensé que era un juego, pero ya está durando mucho. ¿Qué es lo que quieren?
–No te entiendo- dije- ¿Por qué no saludaste a Cacho? ¿Por qué no le contestás cuando te habla?
–¿Qué quieren?- insistió Esteban- ¿Un trío? Me lo hubieras dicho.
–¿Qué trío? ¿De qué me estás hablando?
–Dalia, me encanta el juego. Pero no me pidas que yo también hable con el marido invisible. Si les gusta así, yo, chocho. Siempre quise algo como esto. Pero no me voy a poner a hablarle al aire, como ustedes dos. Me calienta verlas, pero no me pidas más que eso.
–Esteban… me estás asustando. Si no querés salir con otra pareja, te juro por Dios que nunca más vuelvo a aceptar. Pero te suplico que por hoy los trates bien.
–Fue inútil- siguió Dalia, mirándome a los ojos- Volvimos a la mesa y Esteban continuó como si Cacho no existiera. Yo daba por hecho que era su protesta por haberlo obligado a compartir la cena con otros. Pero me angustiaba la intensidad de su impostación. Esteban era un tipo de lo más normal. Y yo lo amaba por eso. Era un gran amante, muy pasional; pero muy normal en todo el resto de su vida.
–¿De qué trabajaba?
–Esteban es ingeniero aeronáutico.
–No es un oficio en el que uno pueda hacerse mucho el loco- acoté
Dalia asintió y agregó:
–Por eso me asustaba más su comportamiento en esa cena. Después del primer plato, nos tuvimos que ir. A Irina se le caían las lágrimas y yo no sabía qué hacer. Cacho se lo tomaba con la mayor naturalidad. Muy campechano, conversaba amablemente con Irina y conmigo, y había dejado de darle bola a Esteban. Pero la situación era insostenible.
–¿Cómo te fuiste?- pregunté, olvidando mi prohibición de tutearnos.
–Me agarré la panza y dije que me sentía mal. Pero tanto Irina como Cacho entendieron perfectamente. Esteban manejó y yo no le dirigí la palabra. En casa volví a preguntarle, con las mismas palabras, qué carajo le pasaba. Y Esteban insistió con lo mismo: “Pensé que vendríamos a casa los tres juntos”.
–¿Te calienta Irina?- pregunté sin celos, cegada por el miedo a que Esteban hubiera enloquecido.
–No ella. Sino la situación que armaste.
–¡Yo no armé ninguna situación! Me invitó a cenar y, después de pedirte por favor, les dijimos que sí. Ya sé que era una amiga mía, y que yo te lo pedí, pero vos aceptaste. No podés hacer eso…
–Dalia- me dijo- Si seguís con esto… ahora que ya nos fuimos del restaurant… me vas a asustar. Si no te animaste a seguir el chiste hasta el final, ok. No tengo problema. No me muero por un trío. Pero cortala ahora.
–Había dos alternativas- dijo Dalia- O aceptar que Esteban había armado toda aquella comedia- si se la puede llamar así- para que nunca más saliéramos con otro matrimonio; o considerar un brote psicótico. Si era una comedia, estaba descubriendo un nuevo Esteban… uno que me asustaba. Si estaba loco: podíamos recurrir a un psiquiatra, medicaciones… En cualquiera de los dos casos, nuestra pareja cambiaría radicalmente.
Dalia hizo una pausa.
–¿Y cambiaron?- pregunté.
Dalia movió negativamente la cabeza.
–Esa noche hicimos el amor… con un salvajismo fuera de lo común.
–No sé si lo vas a entender…
–Lo entiendo- me adelanté- Lo entiendo. Vos decidiste que Esteban había actuado de aquel modo bizarro para marcar el terreno, para demostrar que ese empresario todopoderoso y conquistador de mujeres veinte años menores no existía para él, y que él era él único macho de la mesa, capaz de poseerte a vos y a tu amiga al mismo tiempo.
Dalia me miró admirada.
–Sos muy intuitivo.
–Ahora fui yo el que negó con la cabeza.
–Soy un boludo al que las mujeres han maltratado mucho- aclaré.
–Efectivamente- continuó Dalia- Fue como una reconciliación. Descarté la locura, y vi a Esteban como a un chico malo que había roto todo para quedarse a solas con su chica. Capaz de matar a cualquier macho por mí, utilizando la indiferencia como arma. Me entregué a él como una hembra que se entrega al lobo marino después del duelo entre los machos. Esteban nos quería a los dos solos, en nuestra casa, en nuestra cama, y estaba dispuesto a todo por no romper nuestra intimidad. Me sentí poseída, y segura entre sus brazos. Era un ingeniero aeronáutico de lo más normal; pero si la ocasión lo requería, podía ser un loco violento y posesivo. Aunque te resulte difícil de creer, eso me excitó…
–No me resulta difícil de creer- dije, tragando saliva.
–Sin embargo- intercaló Dalia- Esa misma noche hubo un detalle que casi rompe el hechizo…
La inquirí con un gesto.
–Antes de dormirnos, agotados, enamorados… Esteban me preguntó por qué yo tenía olor a Old Spice en la mejilla. Preferí no contestarle. Me hice la dormida. Y él no volvió a preguntar.
IV
Yo había ofertado escucharla media hora. Pero ya eran las nueve de la noche, y yo estaba allí desde las siete. Dalia me preguntó si quería que pidiéramos algo de comer y yo le pregunté si tenía whisky. Tenía uno muy bueno que, me aclaró, había comprado Esteban en el free shop. Quedaba media botella, porque ella no bebía alcohol.
–Hoy podés empezar- le sugerí.
Pero me sirvió mi medida, en el vaso adecuado, negándose gentilmente a probarlo.
–El encuentro con Irina, el miércoles siguiente, fue un drama. Cuando llegué a tenis, dispuesta a pedir disculpas como fuera y jugar, ella estaba vestida de calle. Me pidió ir a tomar un café. Salimos del club, avisé que dejábamos la cancha libre, y nos sentamos en el primer bar que encontramos. Me preguntó qué había pasado, y le respondí lo que me había dicho a mi misma: había descubierto en Esteban unos celos patológicos, completamente inesperados en un hombre como él. Le mentí: le dije que le armé un escándalo y que casi me separo. Que habíamos comenzado una terapia de pareja. Irina se puso a llorar. Dijo que a Cacho no le había importado, pero que ella no pudo dormir. Sus padres nunca habían aceptado del todo su casamiento con ese empresario que no se sabía muy bien qué negocios tenía y le llevaba veinte años. Pero que la tratara así el marido de una amiga… porque el destrato había sido contra la pareja… eso la había desbordado. No sabía si podría volver a tenis.
–¿Te molesta si alterno el mate con el whisky?- pregunté.
– ¿Por qué habría de molestarme?- repreguntó con toda razón.
Y yo alterné el mate y el whisky.
–Irina no volvió a jugar al tenis conmigo, ni volvió al club. De hecho, ese café en el bar fue nuestro último encuentro. Me dolió. Pero también consideré que ella exageraba. ¿Para qué quería la amistad entre parejas?, después de todo. Supongamos que mi marido estaba loco… ¿qué le importaba? ¿Por qué no podíamos seguir siendo amigas, olvidarnos de esa noche y olvidarnos de mi marido? La amistad continuaría igual que antes de esa noche fatal. Y punto.
–Sí- dije- No hay por qué alternar entre el mate y el whisky. Podían seguir compartiendo el mate, y olvidarse del whisky. Podían seguir siendo amigas y olvidarlo todo.
–Para mí era lo más fácil- reafirmó Dalia, como si fuéramos dos loros alternándose para repetir un mismo argumento con distintas palabras- Mi cuenta era muy sencilla: había hecho el amor con Esteban como nunca, y podía volver a jugar al tenis con Irina como la amiga encantadora que ella siempre había sido. Yo no veía ningún conflicto, más que un mal momento que se iría diluyendo en el tiempo hasta desaparecer. Ella tenía sus hijos, su marido, una familia… Nadie había salido herido. Tal vez ofendido, pero no herido.
Asentí.
–Pero, te repito, ella no lo vio así. Y no nos vimos nunca más.
–Ni a ella ni a Cacho- dije, un poquitín borracho.
–No- me contradijo Dalia- A Cacho volvimos a verlo…
Por la sorpresa, bajé un trago de whisky con un sorbo de mate.
–Bueno- se interrumpió- Yo volví a verlo.
En la calle sonó la sirena de una ambulancia. Ninguno de los dos hizo el menor ademán de interesarse. El mundo externo no era más que la banda sonora casual. Temblé ante la posibilidad de haber rechazado aquel prodigio como había rechazado tantas historias que me habían ofrecido desde hacía tantos años.
–Unos meses después, Esteban tuvo que viajar a Francia y me invitó a acompañarlo. Cuando hacía sus viajes de cabotaje, o latinoamericanos, generalmente viajaba solo. Pero si lo mandaban a Nueva York, Londres, París, me llevaba .
–Estábamos en Ezeiza, haciendo la fila para el check inn, y me dejó con las valijas para ir a comprar el diario. Unos minutos después, escuché unos gritos. Cuando me di vuelta, Esteban discutía con el kioskero. Dejé las valijas en el lugar, y me acerqué. Entonces lo vi: Cacho miraba la discusión, a un costado. El quioskero le decía a Esteban que era un pelotudo, y Esteban le respondía que estaba loco. Por suerte apareció un policía y los separó. Gracias a Dios no lo demoró a Esteban. Esteban vino hacia mí, muy alterado, y ocupó nuevamente el lugar en la fila; hablando en unos susurros furiosos, y gesticulando, muy alterado. Me dijo que había pedido el diario y que el quioskero le había dicho que esperara a que terminara de hablar con el señor.
–Yo ya me había dado cuenta que estaba hablando solo- me explicó Esteban- Pero no me importó. Simplemente le insistí que me diera el diario. Y ahí el tipo se enojó, me dijo que era un diarero, pero no un esclavo. Y que si estaba hablando con otra persona, yo tenía que esperar. Le dije que no se alterara y me diera el diario, saqué la plata. Ahí fue que el tipo me dijo que yo era un pelotudo, y yo le dije que era un loco. Y se metió el cana.
–Yo no podía creer que Esteban llevara tan lejos su locura. Era evidente que Cacho estaba hablando con el diariero, y que Esteban había pasado a los dos por encima… como si no lo viera. Pero… ¿para qué? Si había descubierto a Cacho de casualidad en el kiosco… ¿por qué no esperar a que terminara de hablar?
–Los celos no tienen explicación- dije.
–Lo sé- respondió Dalia- Y yo no intenté encontrárselas. Era su única isla de locura. Esteban era todo mío y yo era completamente suya. Nos íbamos a París. Esa noche hicimos el amor en el avión…
–¡¿Cómo!?
–Hay maneras- dijo Dalia- Las mantas, la oscuridad, los pasajeros duermen… Si uno es lo suficientemente silencioso… y te conocés mucho…
Paradójicamente, Dalia y yo nos encontrábamos en un departamento, a solas, con la noche plena sobre nosotros, con mate y whisky… y no eran las circunstancias adecuadas como para repetir lo que había hecho con su ex marido en ese sitio imposible, en el medio del cielo.
–Esa madrugada en el avión, después de que lo hicimos como dos escolares en el micro del viaje de egresados, y la azafata le trajo un whisky, Esteban me hizo una confesión: “Esa noche, la que intentaste enfiestarme con tu amiga y no te animaste, te sentí olor a Old Spice en la mejilla, y te pregunté, pero ya te habías dormido. Por primera vez, sentí celos. ¿De dónde habías sacado ese olor a Old Spice? Es una colonia de viejos. Pero después me acordé de dos cosas: una, que te bañaste antes de salir para “La calesita loca”, y de ida y de vuelta solamente estuviste conmigo. Y segundo, que esa era la colonia que usaba tu viejo. Así que después de una noche de pasión como la que tuvimos, podía ser una alucinación olfativa. Como un deja vu. Y la verdad es que me dormí tranquilo. Pero hoy, con el quioskero… ¿sabés? Volví a sentir el mismo olor. ¿Será que lo huelo cuando me altero por algo? ¿Me andará algo mal en el balero?”.
–Yo creo que te anda todo… todo…muy bien- dije. Y me reí. Porque consideré que el Old Spice había pasado a ser nuestra broma interna, un chiste que sólo nosotros dos podíamos entender, un secreto que compartíamosr sin explicitar, como un cigarrillo de una marca exclusiva para nosotros dos, que fumábamos después de hacer el amor de esa manera.
–Ese viaje a París fue el mejor momento de nuestra relación. Durante el viaje, no volvimos a hacer el amor con la intensidad de aquella noche después de “La calesita loca”, ni con la suavidad increíble de la noche en el avión; pero la pasamos genial. Mientras Esteban trabajaba, yo paseaba y compraba. Teníamos plata, nos queríamos, estábamos en París… ¿Qué más se puede pedir?
Hice un gesto con los hombros y la cabeza que significaba que no podía estar más de acuerdo, pero creo que quedé como un pelotudo.
–Una semana después de volver a Buenos Aires- volvió a la realidad Dalia- Cacho se apareció en el umbral de este mismo edificio.
Palidecí. Me levanté con la intención de preparar un nuevo mate. Pero llegué a la cocina, dejé el cacharro sobre la mesada, y regresé al living. Me aferré a mi vaso de whisky. La pava eléctrica lucía ridícula sin el cacharro del mate al lado. Calentando el agua para nada. Dije:
–Lo mató. ¿Cuántos años le dieron?
–No lo vio- me desengañó Dalia- Cacho entró como Pancho por su casa, con Esteban y conmigo, y subió al ascensor. En la puerta de entrada al edificio, me costó aceptar que era él. Me quedé muda, impávida. Pero cuando acepté que era él, Cacho, el marido de Irina, y estaba por gritar, Cacho se llevó el dedo a los labios, pidiendo silencio. Y yo, no sé por qué, obedecí. Subió con nosotros al ascensor.
Dejé el whisky sobre la mesa ratona de vidrio que nos separaba. Y hablando con sensatez por primera vez en la noche, dije:
–No lo veía.
–No lo veía- asintió Dalia.
–Ahora- dijo Esteban en el ascensor- Ahora estoy sintiendo el olor a Old Spice.
Se mantuvo un segundo en silencio y agregó:
–Pero ahora no hay nada que me altere… O será que vos querés meterte en la cama conmigo…y es eso lo que…
Como yo no sabía que hacer, asentí.
–Tal parecía que esa noche estaba a merced de los hombres: a uno le obedecía cuando me pedía silencio; y al otro le decía que sí a acostarnos cuando en realidad lo que quería era salir corriendo y pedir a ayuda.
-¿Ayuda a quién?- pregunté.
–No sé… A un mago, me imagino. Ahora te la estoy pidiendo a vos.
–Yo no creo poder ayudar a nadie- dije- Pero te voy a escuchar hasta el final.
Y faltó que agregara: “sin pedirte que te calles ni que te acuestes conmigo”.
–Cacho nos siguió en silencio y entró a casa con nosotros. A este mismo departamento. Se metió en la pieza. Esteban empezó a buscarme, pero yo lo sacaba. Me preguntó qué me pasaba, si le había dicho que sí en el ascensor… Le dije que acababa de venirme la regla… en ese mismo instante… que no la esperaba… Esteban resopló, me dijo que no importaba, que siguiéramos… Pero yo me negué. Esteban me preguntó si me estaba volviendo la histeria de nuestro noviazgo. Y aproveché para enojarme, para decirle que yo era la mejor de las esposas y que por una vez que le dijera que no, no tenía derecho a armarme un escándalo. Cacho aguardaba expectante. Yo no pensaba desnudarme delante de él, ni siquiera besar a Esteban en su presencia. Cacho se dio cuenta y sonrió…
De pronto Dalia hizo la observación más absurda de la noche:
–Tenía una sonrisa encantadora.
–Esteban se tiró en la cama refunfuñando y prendió la tele. Cacho abandonó la habitación, y me pareció escucharlo dar vueltas por la casa. Cuando Esteban se concentró  en el canal deportivo, me vine al living. Aparentemente Cacho se había ido. Había dejado la puerta abierta. La cerré.
–¿Qué pasó?- me preguntó Esteban cuando volví a la habitación.
–Nada.
–Escuché la puerta.
–La dejamos abierta.
–¿Dejamos la puerta abierta?. Y sigo sintiendo ese olor… Che… ¿no tendré algo?
Por primera vez le dije, con seriedad, con piedad, y con pánico:
–Tal vez tendrías que hacerte ver…
V
–Al día siguiente, al mediodía, cuando Esteban salió para la oficina, Cacho entró. Se metió en el edificio cuando Esteban abrió la puerta, y me tocó el timbre. Como Esteban acababa de bajar, abrí sin preguntar, segura de que se había olvidado algo. Es más, tenía la ilusión, ahora que había pasado esa noche, de entregarme para indemnizarlo por el rechazo…
–Pero le habías dicho que estabas indispuesta…
–Eso se podía arreglar. Ustedes nunca terminan de saber cómo funcionamos las mujeres. Como sea, no era Esteban: era Cacho. Se metió en el departamento antes de que yo pudiera reaccionar. Se sentó en ese sillón donde ahora estás vos, se prendió un cigarrillo y me dijo:
–No me ve.
–Andate- le dije.
Cacho siguió fumando.
–No te voy a hacer nada- dijo con esa calma que había mantenido desde el primer encuentro– No es algo que le pueda explicar a Irina, ni a nadie. Lo tengo que hablar con alguien, porque sino me voy a volver loco. Tu marido no me ve. No me percibe.
–Te huele –dije, rendida.
–Ah- dijo- Lo del Old Spice. No me lo puse.
Recién entonces descubrí que, efectivamente, no olía a esa colonia.
–Pero el cigarrillo –agregué– Ni Esteban ni yo fumamos.
–Una amiga que fuma –dijo Cacho, y sonrió.
–Ninguna de mis amigas fuma cigarrillos negros.
Cacho se levantó, apagó el cigarrillo en la alfombra, y me besó.
– Perdoname– dijo mientras yo lo miraba paralizada–. No había dónde apagarlo.
Abrió la ventana del balcón, tiró el cigarrillo y dejó que el aire limpiara el humo.
Me llevó a la cama con la certeza de que no corríamos ningún riesgo. Yo no sabía cómo detenerlo. La situación me superaba. Era otra dimensión. De hecho, cuando escuché la llave en la cerradura, no me asusté. Bastaba con taparme. De haber sido un engaño- y no lo era, porque yo no había hecho nada para estar en esa situación, y de haber podido, hubiera rechazado a Cacho; pero no me podía mover- era el engaño perfecto: el amante invisible. Me tapé con la colcha, y Cacho salió de la cama como si pudiera ser visto, y se quedó a un costado, junto al espejo, tapándose con sus propios pantalones.
–¿Y por qué volvió Esteban? –pregunté como un niño interrumpiendo la mejor parte de una película para adultos.
–Vio caer el cigarrillo por nuestro balcón- dijo Dalia, como si eso fuera lo más increíble de todo. Se lanzó contra Cacho hecho una fiera. Destrozó el espejo. Sangraban los dos. Pero Cacho se lo sacó de encima. Por suerte lo dejó sentido en el piso de un trompazo.
–¿Por qué por suerte?- pregunté.
–Porque después de noquearlo, se vistió a los piques y se fue. De haber sido al revés, creo que Esteban le hubiera seguido pegando hasta matarlo. Además, estaban los pedazos rotos del espejo, podría haberlo degollado…
–Entonces, esa mañana, lo vio- dije.
Dalia asintió.
–No volvimos a vernos desde entonces.
–Es una historia increíble –dije. Sin preguntar quiénes eran los que no habían vuelto a verse.
–Si vas a mi pieza, todavía está el espejo roto.
Me puse de pie como si fuera una invitación. Sonó el teléfono.
Para mi alivio, Dalia lo dejó sonar otra vez. Pero en esta ocasión el contestador grabó un mensaje:
–Ya salgo para allá– dijo una voz masculina. Era la una de la mañana– Te llamé antes. Ojalá estés dormida. Me encanta despertarte.
Me quedé parado en el lugar, y Dalia dijo, como pidiendo disculpas:
–Es Cacho. Desde que me salió el divorcio, estamos tratando de construir algo. Pero no sé… El todavía no se separa de Irina.

CARMEN MARTÍN GAITE (Madrid, España, 1925-2000)

FARMACIA DE GUARDIA
No es Valium ni Orfidal,
no me ha entendido.
Se trata de la fe. Sí: de la fe.
Comprendo que es muy tarde
y no son horas
de andar telefoneando a una
farmacia
con tales quintaesencias.
Lo que yo necesito
para entrar confiada en el vientre
del sueño
es algún específico protector de
la fe.
¿Que le ponga un ejemplo más
concreto?
Pues no sé… Necesito
creerme que este saco
cerrado por la boca
y en cuya superficie
se aprecia la joroba
de envoltorios estáticos
puede volver a abrirse alguna vez
a provocar deseos y sorpresas
bajo la luz del sol y de la luna,
bajo el fervor clemente
de los dioses del mar.
¡Oh, volver a sentir lo que era
eso!
Y ni siquiera necesito tanto
ya es menos lo que pido;
simplemente creerme
que un día lo sentí
intempestivamente
cuando más descuidada andaba
de esperarlo,
y supe con certeza
que sí, que se podía,
que un corazón doméstico
cuando al fin se desboca
es porque está latiendo sin
saberlo
desde otro muy cercano.
Ya. Que no tienen nada.
Pues perdone.
Comprendo que es muy tarde
para hacerle perder a usted el
tiempo
con tales quintaesencias.
Ya me lo figuraba.
Buenas noches.

martes, 15 de abril de 2014

ARIEL DELGADO (Morón, Buenos Aires, 1985-Paraná, Entre Ríos, 2011)

LA PILETA DEL FONDO DE MI CASA

La pileta del fondo de mi casa
sigue armada, lejos
quedó la primavera, el verano,
el calor sofocante
que nos llevaba a tirarnos
de cabeza al agua fresca.
Lejos quedaron las ganas
de llenarla, de estar mojados
pensando en playas
y mujeres hermosas.
Pero, sigue armada
en el fondo, resiste
entre hojas secas,
agua sucia verde,
resiste en el viento de invierno,
a veces, alguna tormenta
la limpia y me ahorra
el trabajo que debería hacer.
De vez en cuando, mi abuela se acuerda
y me dice: Ariel, cuándo vas
a desarmar esa pileta?
Mañana nona, mañana

LA PEQUEÑA VERRUGA

En la cama desnudos
acaricias mi pierna izquierda,
cuando tu mano llega
a mi rodilla, la sacas enseguida
sorprendida del asco que te produce
mi verruga.
Me decís, con aire molesto
y quejoso: cuándo te vas a sacar
esa verruga horrible?
Entre risas tímidas,
en voz baja te digo en el oído:
no me la voy sacar
porque cuando me dejes
o alguna vez tengas un amante
tus manos recorrerán la pierna de otro
y al llegar a la rodilla
las yemas se erizarán por un vacío
al no sentir el asco que te produce
la pequeña verruga
de mi rodilla izquierda.


lunes, 14 de abril de 2014

DIONISIO SALAS ASTORGA (Viña del Mar, Chile, 1965)


en Valparaíso tuvo un amor
no recuerda si fue letra de un bolero 
del puerto
corrido mexicano o algo acodado en el tango
 
no recuerda si la recorrió por peldaños 
como se sube los cerros
o con el terror que bajan los turistas
 
los ascensores de madera
 
si la abrió como a una ventana 
frente a la bahía
si la navegó
 
repite solamente 
lo que recuerda:
 
en Valparaíso tuve un amor
 
De “ Crónicas cínicas” (2014)

GISELA GALIMI (Lobos, Buenos Aires, 1968)


Puedo soltarme el pelo 
abandonarme en vos
estarme quieta.
Desordenar el sol en nuestra casa
volver sobre mi
y encontrarte.
Dejar el equipaje,
disfrutarlo:
mi tierra prometida son tus manos.
 
 
MASCARÓN DE PROA

Quiero ser el mascarón de proa 
de tu vida.
La que va delante tuyo 
ahuyentando los miedos.
La que no sirve para nada.
Ni timón,
ni vela, 
ni viento, 
ni ancla.
La que se quiere porque sí.


domingo, 13 de abril de 2014

LES LUTHIERS

NUEVO DICCIONARIO CONFECCIONADO POR LES LUTHIERS
-un aporte cultural-

POLINESIA: mujer policía que no entiende razones.
CAMARON: aparato enorme que saca fotos.
DECIMAL: pronúncialo equivocadamente.
BECERRO: observar una loma o colina.
BERMUDAS: observa a las que no hablan.
TELEPATIA: aparato de TV para la hermana de mi mamá.
ANOMALO: hemorroides.
BENCENO: lo que los bebés miran con los ojos cuando toman leche.
CHINCHILLA: auchenchia de un lugar para chentarche.
DIADEMAS: veintinueve de febrero.
DILEMAS: háblale más.
DIOGENES: la embarazó.
ENDOSCOPIO: me preparo para todos los exámenes excepto dos.
MANIFIESTA: juerga de cacahuates.
MEOLLO: me escucho.
ONDEANDO: sinónimo de ondetoy.
TALENTO: no está para nada rápido.
NITRATO: frustración superada.
PLATON: plato grande.
REPARTO: mellizos.
REPUBLICA: mujerzuela sumamente conocida.
SILLON: respuesta afirmativa de Yoko Ono a Lennon.
SORPRENDIDA: monja corrupta.
ZARAGOZA: ¡¡¡¡bien por Sara!!!!
 
Nota: LES LUTHIERS  es una prestigiosa agrupación musical-humorística argentina.Durante los años 60, casi todas las universidades argentinas tenían su propio coro musical, algunos de cuyos componentes adoptaron la costumbre de reunirse fuera de los ensayos con el fin de divertirse bastante preparando bromas musicales que después ellos mismos representarían en los festivales intercorales que tenían lugar a lo largo del curso, a modo de entreacto en tono de humor.
En septiembre de 1965 tuvo lugar el Festival de Coros Universitarios en la ciudad de San Miguel de Tucumán, situada en el noroeste de la República Argentina. Un grupo de jóvenes universitarios presentó un espectáculo de música de humor que habían estado preparando largamente y donde además del montaje en sí presentaban como primicia un conjunto orquestal de instrumentos completamente novedosos, inventados y construidos por ellos mismos con materiales sencillos. Representaron así la parodia de un concierto. El conjunto estaba compuesto por un solista, un pequeño coro y los mencionados instrumentos musicales no convencionales.
La obra central del espectáculo se llamaba Cantata Modatón (llamada luego Cantata Laxatón para evitar problemas con la empresa que producía el conocido laxante Modatón). El autor era Gerardo Masana, un estudiante de arquitectura que además era el inventor de casi todos los nuevos instrumentos (junto con el luthier y músico porteño Carlos Iraldi). La música de esta pieza parodiaba el estilo de las cantatas barrocas y la letra estaba tomada del prospecto del medicamentolaxante previamente mencionado. La presentación fue un rotundo éxito y tanto los  asistentes como la crítica en periódicos y revistas de música hablaron de originalidad, humor y rigor en la exposición.
Poco después de estos sucesos, los jóvenes recibieron con sorpresa la oferta de un contrato para repetir el espectáculo de Tucumán en una famosa sala vanguardista de Buenos Aires. Se presentaron con el nombre artístico I Musicisti y de nuevo consiguieron un gran éxito. Después fueron llamados por el Instituto Di Tella de Artes, que era el centro de estudios teatrales, musicales y plásticos de más prestigio en la ciudad y reconocido mundialmente. Se decía de este instituto que era el «templo de las vanguardias artísticas». El espectáculo que representaron aquí se llamó IMYLOH, abreviatura de I Musicisti y las óperas históricas. De nuevo obtuvieron un gran éxito.
En el año 1967, distintas discusiones internas acerca de la retribución para cada músico desembocaron en el fraccionamiento de I Musicisti. Los principales miembros del grupo; Gerardo MasanaMarcos MundstockJorge Maronna,Carlos Núñez Cortés y Daniel Rabinovich siguieron su carrera aparte bajo el definitivo nombre de Les Luthiers, mientras que I Musicisti tardó poco tiempo en naufragar al quedarse sin instrumentos ni escritores principales. Casi al mismo tiempo las composiciones musicales de Les Luthiers empezaron a oírse en las bandas sonoras de algunas obras teatrales y en cortometrajes como Angelito el secuestrado de Leal Rey.
El grupo continuó presentando su espectáculo en teatros y cafés-concert. En 1970 el quinteto contrató al rosarino Carlos López Puccio, como violinista, y en 1971 a Ernesto Acher, primero para reemplazar a Marcos Mundstock y luego formar parte del plantel del grupo. De esta época son los siguientes espectáculos:
·         Les Luthiers cuentan la ópera (1967)
·         Blancanieves y los siete pecados capitales (1969)
·         Querida condesa (1969)
·         Opus Pi (1971)
La televisión también les llamó para que aportaran su arte junto a comediantes y artistas de gran prestigio en el ciclo titulado Todos somos mala gente y en el ciclo Los mejores donde actuaron ya en recitales exclusivos. Fue una época de temporadas triunfales en la ciudad de Buenos Aires y en Mar del Plata.
El 23 de noviembre de 1973, el grupo se quedó sin un integrante, el fundador del grupo, Gerardo Masana, que murió de leucemia a los 36 años.
Al cabo de nueve años de representaciones en su país empezaron con las giras internacionales. Desde 1977 organizaron un espectáculo nuevo cada dos o tres años. Las primeras giras tuvieron lugar en UruguayVenezuela y más tarde llegaría el turno de España. A finales de los años 70, sus giras llevaron al grupo a la capital de México D. F., que incluyó una presentación en el Palacio de Bellas Artes de esa ciudad.
En 1985 obtuvieron la Mención Especial de los Premios Konex por su enorme aporte a la música popular de Argentina, uno de los máximos galardones que entrega la Fundación Konex.
El año 1986 marcó un antes y un después en la historia del grupo. Uno de los motivos fue la inolvidable actuación que tuvo lugar en el mítico Teatro Colón de la ciudad de Buenos Aires y su arribo a Colombia también en su famoso Teatro Colón. El2 de diciembre de 1986, por diferencias internas, Ernesto Acher abandonaría el sexteto. Desde entonces los integrantes del grupo pasaron a ser cinco, hasta la actualidad.
En 1994, por problemas cardíacos de Daniel Rabinovich, se incorporó al grupo el humorista argentino Horacio Fontova, hasta la recuperación de Daniel Rabinovich.
Los espectáculos mantienen un formato desde 1970: cada uno se divide en obras cómicas. Como una pequeña introducción, antes de cada pieza, Marcos Mundstock suele leer una presentación en donde se describe la obra, o da reseñas de la vida del autor, y tras esta presentación el conjunto musical aparece en escena e interpreta el tema. Pero dos de sus más recientes espectáculos, Los Premios Mastropiero y Lutherapia, se han salido de este esquema. En ellos, las obras interpretadas giran en torno a una temática particular: una entrega de premios y una sesión de terapia, respectivamente.
Se han escrito tres libros relacionados con este grupo. El primero de ellos escrito en 1991 por el periodista colombiano Daniel Samper Pizano, titulado Les Luthiers de la L a la S; el segundo libro, editado en 2004, fue escrito por Sebastián Masana, hijo del fundador del grupo, Gerardo Masana, y se titula Gerardo Masana y la fundación de Les Luthiers; y el último fue escrito por uno de los miembros del grupo, Carlos Núñez Cortés, y se titula Los juegos de Mastropiero, en el que realiza un exhaustivo análisis sobre las distintas formas de humor utilizadas por ellos.
En el año 2007, en celebración de su 40.º aniversario, la legislatura de la ciudad de Buenos Aires los declaró, por unanimidad, Ciudadanos Ilustres. Además, el gobierno de España otorgó a Les Luthiers la Encomienda de Número de laOrden de Isabel la Católica, la más alta condecoración que concede la nación española a extranjeros, que confiere a los músicos el tratamiento de Ilustrísimos Señores.
El 18 de noviembre de 2007, Les Luthiers celebró su 40.º aniversario con un recital titulado Cuarenta años de trayectoria, de entrada libre y gratuita, en el Parque ubicado en la intersección de las avenidas Figueroa Alcorta y La Pampa, en la Capital Federal. Les Luthiers pudo reunir más de 120.000 espectadores.
En el año 2008 Daniel RabinovichMarcos MundstockCarlos Núñez CortésJorge Maronna y Carlos López Pucciodoblaron al español las voces de los personajes de las palomas en la película de DisneyBolt.


sábado, 12 de abril de 2014

EDUARDO E. VARDÉ (Buenos Aires, 1984)

SUPERSTICIÓN
 
– ¡Te voy a romper la cara! – dicen al unísono. Se miran, se analizan, dan un paso a un lado, al otro, levantan la guardia. Hace rato se tienen ganas. Se les nota el mismo odio en los ojos. Una sola trompada rompe en mil pedazos la cara de uno y condena al otro a siete años de mala suerte.
 
ZAPPING ZONE
 
A veces siento que mi vida es una serie de televisión. Y que Dios es un tipo peludo, barrigón y sudoroso, con olor etílico, sentado en el living de su casa sosteniendo el control remoto como si este fuera un arma. A veces no pasa nada, pero a veces temo que se aburra.
 
ENTELEQUIA
 
En un pueblo que no existe, de una localidad que no existe, de una provincia que no existe, de un país que no existe, nace un político honesto. Cosa que, claro está, tampoco existe.

FERNANDO IWASAKI (Lima, Perú, 1961)

La cueva
 
Cuando era niño me encantaba jugar con mis hermanas debajo de las colchas de la cama de mis papás. A veces jugábamos a que era una tienda de campaña y otras nos creíamos que era un iglú en medio del polo, aunque el juego más bonito era el de la cueva. ¡Qué grande era la cama de mis papás! Una vez cogí la linterna de la mesa de noche y les dije a mis hermanas que me iba a explorar el fondo de la cueva. Al principio se reían, después se pusieron nerviosas y terminaron llamándome a gritos. Pero no les hice caso y seguí arrastrándome hasta que dejé de oír sus chillidos. La cueva era enorme y cuando se gastaron las pilas ya fue imposible volver. No sé cuántos años han pasado desde entonces, porque mi pijama ya no me queda y lo tengo que llevar amarrado como Tarzán.
He oído que mamá ha muerto.
 
 
Peter Pan
 
Cada vez que hay luna llena yo cierro las ventanas de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme porque el papá de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles, pero mejor cierro la ventana porque Merino dice que su padre es Joker, y Joker se la tiene jurada al papá de Salazar.
Todos los papás de mis amigos son superhéroes o villanos famosos, menos mi padre que insiste en que él sólo vende seguros y que no me crea esas tonterías. Aunque no son tonterías porque el otro día Gómez me dijo que su papá era Tarzán y me enseñó su cuchillo, todo manchado con sangre de leopardo.
A mí me gustaría que mi padre fuese alguien, pero no hay ningún héroe que use corbata y chaqueta de cuadritos. Si yo fuera hijo de Conan, Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería a pegarme en el recreo. Por eso me puse a pensar quién podría ser mi padre.
Un día se quedó frito leyendo el periódico y lo vi todo flaco y largo sobre el sofá, con sus bigotes de mosquetero y sus manos pálidas, blancas blancas como el mármol de la mesa. Entonces corrí a la cocina y saqué el hacha de cortar la carne. Por la ventana entraban la luz de la luna y los aullidos del papá de Mendoza, pero mi padre ya grita más fuerte y parece un pirata de verdad. Que se cuiden Merino, Salazar y Gómez, porque ahora soy el hijo del Capitán Garfio.
 
 
El apócrifo Frankenstein
 
María sabía que era su culpa, que no tenía que haberlo reñido cuando echó a volar aquellos pajarillos de barro después de soplarlos. Por eso no quiso decirle nada cuando lo vio de nuevo jugando en el lodo. ¿Cómo podía saber lo que estaba haciendo, por Dios? ¿Qué le diría ahora a José? Cuando lo vio entrar –encorvado y arrastrando los pies– le hizo prometer a Jesús que nunca más jugaría de nuevo a soplar figuras de barro. Pobre José, un hijo más y siempre virgen.
Le llamaron Judas.

FEDERICO ANDAHAZI (Buenos Aires, 1963)

EL DOLMEN
 
         Mientras los ingleses protestantes y los irlandeses católicos se mataban sin tregua ni piedad en el Reino Unido, cinco mil millas al sur la Real Armada hacía del buque Manuel Belgrano una brasa crepitante que hervía las aguas heladas al hundirse de culo hacia el fondo del Atlántico.
         Aquel mismo año, Segundo Manuel Rattaghan se presentó como voluntario a las reservas del ejército con un único y secreto propósito. Dos días después, Rattaghan era un recluta rapado, aturdido y metido en un uniforme de soldado raso dos números mayor que su exiguo talle. Le colgaron una mochila a los hombros, y, junto con otros diez y nueve hombres, lo arriaron hasta un Unimog desvencijado, lo bajaron en la base aérea del Palomar, lo hicieron subir por el trasero abierto en flor de un Hércules y, al día siguiente, lo bajaron en el flamante Puerto Argentino.
         La división de voluntarios que integraba Segundo Rattaghan estaba a cargo del teniente Severino Sosa, un correntino semianalfabeto y aterrado que, hasta entonces, suponía que la guerra consistía en torturar y matar prisioneros maniatados y quebrados, secuestrar mujeres y saquear casas de civiles desarmados. Pero ahora, en aquel compás de espera, bajo la amenaza lenta pero segura del arribo de un enemigo que habría de llegar desde el cielo y el mar, no podía evitar un terror que le vaciaba las tripas. Su tropa tenía la misión de llegar por tierra hasta Ganso Verde y a su paso minar toda la franja de playa de punta a punta. En Ganso Verde se unirían a otra división y avanzarían hasta la orilla de la Gran Malvina, dónde tenían que cavar las trincheras para resistir el desembarco enemigo.
         El soldado Rattaghan no hablaba con nadie. No parecía mostrar ninguna preocupación ante la llegada del enemigo. Se diría que la inminencia de la guerra lo tenía sin el menor cuidado. No mostraba signos de frío ni de hambre ni de miedo, ni siquiera de tedio durante aquellas eternas horas muertas de la espera. Podía adivinarse que su propósito era otro. Que había llegado a Malvinas para librar su propia guerra.
         El teniente Severino Sosa había encontrado que, para morigerar el miedo propio e infundirse ánimos, tenía que mantener a la tropa permanentemente aterrada con gritos, amenazas y humillaciones. El teniente no podía tolerar la pasmosa tranquilidad del soldado Segundo Rattaghan. Miraba a su subordinado con una mezcla de aprensión, recelo y cierto temor que se resumía en un desprecio que pronto habría de desaguar en odio. No hubiese habido forma de hacerle entender al teniente que aquel apellido no era inglés, sino irlandés y que un irlandés -o su descendencia- era una entidad completamente diferente la de un inglés. Por añadidura, a último momento, el teniente había sido notificado por la comandancia de que el voluntario Rattaghan tenía un hermano mayor cuyo paradero aquella misma comandancia decía desconocer, aunque se presumía -según un parte del ministerio- que su denunciada desaparición había sido voluntaria y ahora, quizá, se hallara en el exterior o, quién sabe, tal vez hubiera sido muerto por sus propios camaradas de armas marxistas-leninistas. Lo cierto es que el soldado Rattaghan había presenciado, siete años antes, cómo su hermano había sido sacado de su cuarto, arrastrado por los pelos escaleras abajo hasta la calle y molido a patadas por incontables borceguíes iguales a los que él mismo ahora llevaba puestos y así, medio muerto y a la rastra, lo habían tirado sobre la caja de un Unimog idéntico al que había transportado al soldado Rattaghan a la base aérea. Desde entonces, jamás volvió a ver a su hermano mayor.  
         El segundo día de espera y para ilustrar a la tropa de cómo se procedía con aquellos que contravinieran órdenes, el teniente hizo formar a la tropa delante de las trincheras y, hecho una hiena, furioso y vociferante, a ver manga de putas, pedazos de mierda, decía, pronto vamos a tener visitas, decía, vamos a ver, imbéciles, cómo se trata a un inglés y entonces, con una rama que usaba como bastón, señaló al soldado Rattaghan y ladró, a ver, Rata, rata inglesa hija de puta, al frente. El soldado Rattaghan avanzó un paso. Entonces Severino Sosa ordenó que lo estaquearan. Crucificado el soldado contra la nieve, el teniente se encargó de sujetar los nudos atados a sus muñecas hasta que la soga se metió en la carne. Rattaghan no despegaba la vista de los ojos de su superior y aun cuando el sisal había empezado a teñirse de rojo, el soldado no había siquiera lanzado un gemido. Permaneció crucificado por el término de doce horas.
         Si faltaba una lata de conservas, el ladrón había sido el soldado Rattaghan; si se oía un murmullo cuando el teniente había ordenado silencio, el soldado Rattaghan había sido el contraventor y si llovía o, peor, nevaba, la culpa era, desde luego, de Rattaghan. En una ocasión desapareció una barra de chocolate que el teniente se tenía reservada para sí. Severino Sosa hizo formar a la tropa y se encaminó derecho al soldado Rattaghan.
         -Rata inmunda -le dijo-, abra la boca.
         Entonces toda la tropa pudo ver cómo Severino Sosa le arrancaba los dos incisivos superiores con una tenaza de sacar clavos y los guardaba, a guisa de trofeo, en un bolsillo de la chaqueta. El soldado Segundo Manuel Rattaghan, sangrante, tembloroso pero erguido, no emitió siquiera una queja. De no haber tenido un único, secreto e inquebrantable propósito, se hubiese desmayado del dolor. En otra oportunidad, el teniente notó que faltaba un atado de los habanitos que acostumbraba a fumar. Entonces decidió usar como cenicero al soldado Rattaghan: uno por uno, apagó los trece cigarros que se fumó en el día, en los huevos de su subordinado.
          Al quinto día, desde el fondo del horizonte, se escuchó un tronar creciente, apocalíptico. Una formación de Harriers, poco menos, afeitó las nucas de los soldados. Inmediatamente después sobrevino un destello cadmio que encegueció al soldado Rattaghan. Fue una explosión cuyo estruendo fue tal que ni siquiera la oyó; el soldado Rattaghan voló, literalmente, a una distancia de sesenta metros. Intentó ponerse de pie pero no pudo. Estaba sordo y completamente ciego. Conforme fue recuperando la visión, pudo descubrir el panorama más aterrador que jamás hubiera visto: desparramados alrededor de un cráter todavía incandescente, yacían, desmembrados y humeantes, los restos de sus compañeros. A pesar de que había perdido toda noción de tiempo y espacio -la conmoción fue tal que tuvo que hacer esfuerzos para recordar su propio nombre- no olvidó cuál era su propósito, en ese lugar que ahora ni siquiera reconocía. Rattaghan se arrastró apoyado sobre los codos, buscando quién sabe qué. Se acercó hasta un obús retorcido que brillaba como una brasa y ahí, al calor de aquella hoguera metálica, intentó recuperar aliento. Tenía una necesidad de dormir como nunca antes había experimentado. Entonces tuvo la certeza de que aquello no era sueño, sino el dulce arrullo que precede a la muerte. De no haber tenido un único y secreto propósito hubiese cedido a la tentación del sueño fatal.
         El soldado Rattaghan no hubiera podido precisar con cuántos cadáveres se topó en su marcha reptil hacia ninguna parte. Se había arrastrado en círculos. De pronto supo qué era, en verdad, lo que buscaba. Buscó en las caras desfiguradas y en los miembros desperdigados, buscó en los uniformes, reptando, siempre reptando, buscó en las formas de las mochilas y de los pertrechos, entre la nieve y revolviendo la chatarra de los restos de los armamentos; como un perro, elevó la nariz hacia el cielo y buscó en el olor del aire. Fue un ruido sutilísimo. Un suspiro. Entonces giró la cabeza y pudo ver un temblor finísimo en la nieve. Como un lagarto, corrió hacia aquel promontorio palpitante y hurgó en la escarcha con la yema -ya insensible- de los dedos; tocó un borceguí; giró sobre su eje ventral y cavó con ambas manos hasta tocar una barbilla pétrea. Entonces pudo descubrir que aquello era su teniente, Severino Sosa. Por primera vez desde su llegada a Malvinas, rió. Rió como jamás se había reído. Enterrado como estaba su teniente, le cacheteó las mejillas y, cegado por la fiebre y el dolor, le dijo sin dejar de reírse, miráme hijo de puta y entonces, el soldado Rattaghan se levantó el labio y le mostró las cuencas vacías de los dientes que le había arrancado el día anterior y miráme hijo de puta, le gritó y le enseñaba las muñecas llagadas por el sisal de la cuerda con la que lo había estaqueado la tarde anterior y miráme hijo de puta, le decía sin dejar de reírse, a la vez que le abría los párpados yermos para que le viera los huevos escaldados. De no haber tenido un único y secreto propósito, lo habría matado ahí mismo. El soldado raso Rattaghan tomó a Severino por las axilas y arrastrándose con los codos y las rodillas, lo desenterró por completo. Lo sentó sobre un peñasco y, sosteniéndole la cabeza por los pelos, le dijo, no te vas a morir ahora hijo de puta, ahora no. El teniente se desplomó sobre sus propias rodillas. Severino Sosa se moría. Lo volvió a recostar, se llenó los pulmones con aquel aire filoso, le tapó las nariz y, labio contra labio, le dio de su propio aire para que respirara.   
         El soldado Rattaghan llenó una mochila con los víveres diseminados, improvisó una camilla hecha de trapos y madera sobre la cual recostó a Severino Sosa, se cruzó el FAL sobre el pecho y, como un perro de tiro, emprendió el descenso de aquel monte. Había caminado desde que el sol era una mancha difusa sobre el horizonte hasta que se clavó en medio de la bóveda plomiza del cielo. Caminaba entre las montañas sin saber adónde. Estaba completamente perdido.
         En el límite de sus fuerzas y cuando suponía que no podía dar un paso más, el soldado Rattaghan pudo ver una delgada columna de humo blanco en la ladera de una montaña; no era -se dijo- el vestigio de un bombardeo. Se acercó cautelosamente y entonces distinguió una breve chimenea de caño. Volvió a levantar el precario palanquín sobre el cual yacía el teniente y emprendió nuevamente la marcha. Cuando faltaban no más de diez pasos para llegar a la casa, exhausto, desfalleciente y casi congelado, el soldado Rattaghan se desmoronó.
 
         Cuando abrió los ojos tuvo la alucinatoria certeza de que se encontraba en su casa. El soldado Rattaghan miró en derredor. Sobre la mesa de luz junto a la cama, pudo ver una imagen de Santa Brígida igual a la que tenía su madre en el dormitorio. Más allá, sobre una repisa hecha de listones, descansaba una Biblia en inglés y, en otro estante, pudo leer los lomos de otros libros ordenados sin demasiado criterio. Había obras de Joyce y de Yeats, de Synge y de  Burke, de Goldsmith, de Swift y unos volúmenes de lomos marrones e ilegibles. Hubiera jurado que era la biblioteca de su hermano. Desde su perspectiva, sobre su cabeza, el soldado Rattaghan pudo ver la cruz invertida de un rosario celta. Era cierto -se dijo- que aquel techo de listones de madera tibia y  hospitalaria no era el de su casa. Pero lo que le hacía suponer que todo aquello no era más que un desvarío, era el hecho de que estaba escuchando una vieja canción irlandesa en idioma gaélico que únicamente le había escuchado cantar a su abuelo. Se incorporó sobre los codos y entonces comprobó que estaba sobre una cama. Más allá, un hombre alimentaba una salamandra sobre cuyo crisol se cocinaba un guiso. Era un viejo que presentaba el porte de un dolmen: gigante, erguido y de una indiferencia que se diría pétrea. Tenía el pelo blanco recogido en una cola de caballo y unos ojos azules enmarcados en unas lentes montadas al aire sobre el puente y las patillas de oro. Llevaba un inadecuado sobretodo negro y bastante raído, largo hasta los tobillos, que le confería una apariencia cuáquera. Siguió los movimientos de aquel hombre enorme. Adonde iba, llevaba consigo un vaso repleto de whisky. Sin quitar la vista del fuego que ardía en la salamandra, el viejo musitó en un español sinuoso pero decidido:
         -Puede llamarse afortunado. Apenas tiene una luxación en los hombros y las rodillas,  dos falanges quebradas, una costilla fisurada, el tabique de la nariz roto y unos cuantos raspones. Mi nombre es Sean Flanaghan.
         El soldado Rattaghan se contempló cuán largo era y, sólo entonces, pudo comprobar que estaba casi por completo entablillado.
         -En cuanto a su compañero, soy menos optimista -dijo el viejo señalando a la derecha de Rattaghan.
         El soldado giró la cabeza y, por sobre el promontorio de la almohada, pudo ver otra cama paralela donde yacía moribundo Severino Sosa. Tenía vendada la cabeza hasta las cejas, ambos brazos entablillados y la pierna derecha afirmada oblicua sobre la piecera de la cama. Estaba destrozado.
         -Lo que ve no es nada, el problema son las hemorragias internas.
         El viejo se puso de pie y caminó hasta el soldado Rattaghan. Se sentó en el borde de la cama y le abrió la boca, examinando el lugar vacante de los incisivos superiores.
         -Éstas no son heridas de guerra -musitó como para sí mientras le mojaba las encías con whisky -. Tampoco éstas -dijo a la vez que le examinaba las quemaduras de los testículos -esto parece más bien un cenicero.
         El soldado Rattaghan bajó la vista. El viejo se levantó y caminó hasta la cama improvisada donde yacía el teniente. Lo señaló con la botella y preguntó:
         -¿Fue él?
         El soldado negó sin mirar a su interlocutor. El viejo se rascó la cabeza y musitó en inglés un "no comprendo". Fue hasta la salamandra y volvió frotándose el mentón.
         - Fue él -afirmó, mirando por primera vez a los ojos del soldado. Rattaghan volvió a negar con la cabeza. El viejo se bebió el vaso de whisky de un solo sorbo, caminó hasta la mesa de luz, tomó algo del interior del cajón, exhibió su puño cerrado frente a las rotas narices del soldado y abrió suavemente la mano. Entonces Rattaghan pudo ver sus dos dientes.
         -Estaban en el bolsillo de la chaqueta de su amigo y creo que le pertenecen a usted.
         Luego le mostró uno de los habanitos que había encontrado en las ropas del teniente, cuyo diámetro coincidía exactamente con las quemaduras que el soldado presentaba en la piel.
         Sean Flanaghan fue hasta el fondo del cuarto hasta donde no llegaba la luz que brotaba del crisol abierto de la salamandra y regresó de la penumbra con un rifle de doble caño. Lo cargó con sendas balas, se acercó al teniente, apoyó los caños en la frente de Severino Sosa, amartilló y, en el mismo momento que estaba por disparar, escuchó el alarido del soldado Rattaghan.
         -¡No! Por favor, le suplico que no lo haga.
         El viejo miró al soldado con una mezcla de asombro y fastidio.
         -¿Por qué no? -preguntó con la mayor naturalidad. 
         Entonces el soldado Rattaghan habló. Le contó lo que jamás había dicho a nadie. Le habló en un inglés clarísimo. Le explicó por qué no podía matarlo y cuál era su propósito en aquella guerra. Primero le contó que su abuelo había nacido en Belfast, que muy joven llegó a la Argentina, que su padre había sido casero de la estancia de los Anchorena, que la abuela había sido institutriz; le habló acerca de su madre y de la imagen de Santa Brígida, igual a la que ahora descansaba sobre su mesa de luz. Y le dijo, también, que había tenido un hermano. Entonces volvió a tomar aliento y habló. Le habló de su hermano mayor, le dijo que se llamaba Patricio, Patricio Rattaghan, que también leía a Joyce y Yeats, a Synge y a  Burke, a Goldsmith, a Swift y a otro irlandés que era en realidad argentino, Rodolfo Walsh, que también su hermano escribía y entonces le recitó una poesía, podía recitar todo el libro, le contó que una noche de julio de 1976 un camión del ejército se estacionó en la puerta de su casa, que se bajaron diez hombres armados y se lo llevaron a la rastra, que lo molieron a patadas, que él, Segundo Manuel Rattaghan, escondido tras la puerta, tuvo pánico, que no entendía nada, que, literalmente se cagó de miedo, que, a través de sus ojos infantiles, había visto todo y que jamás se perdonó no haber hecho nada, que nunca más lo volvió a ver. Le dijo que lo torturaba el hecho de que, con el paso de los años, se iba borrando de su memoria  la cara de su hermano, pero que había un rostro que jamás había olvidado, que desde aquel día se le aparecía todos los días como un mal pensamiento, como una mosca pertinaz, le dijo que nunca había olvidado el rostro de aquel que daba las órdenes cuando se llevaron a su hermano. Le contó que, desde entonces, no había hecho más que buscar esa cara. En los subtes, en lo colectivos, entre los transeúntes, en todas partes, hasta que un buen día vio aquel rostro en la televisión, en una nota que les hacían a los heroicos soldados del batallón 63.3 que habían sido los primeros en pisar las islas recuperadas, entonces aquel rostro no pudo sustraerse al hambre de gloria y dijo su nombre mirando a cámara: Teniente Severino Sosa. Fue cuando él, Segundo Manuel Rattaghan, decidió presentarse como voluntario al batallón 63.3. Entonces, señalando al hombre que yacía a su lado, le dijo al viejo:
         -Él secuestró a mi hermano.      
         Cuando el soldado Rattaghan hubo terminado de hablar, el viejo lo miró a los ojos y se quedó en silencio. Asintió, se bebió el contenido del vaso de un solo sorbo, se puso de pie. Fue y vino y, finalmente, habló:
         -Entiendo su punto de vista, pero si le interesa saber lo que pienso, opino que hay que matarlo ahora.
         Antes de que Rattaghan pudiese responder, Sean Flanaghan se sentó en la cama junto al soldado y le contó qué hacía un irlandés en el fin del mundo. Desde el mar llegaban las explosiones remotas de los bombardeos y los vuelos de los Harriers. Por primera vez el viejo pudo comprobar que no estaba contemplando a un soldado, sino a un niño. Le acercó un vaso, sirvió whisky -primero en su vaso, después en el de su huésped- y con el fusil sobre el regazo, se lo bebió de un solo sorbo, interpuso un interminable eructo y empezó a hablar. Fue escueto. Era como si hablara con su vaso, o más bien con el contenido, porque cada vez que se vaciaba, guardaba silencio y retomaba su soliloquio solo cuando volvía a llenarlo. Contó que había nacido en Belfast, que a los veintiséis años se casó con una enfermera, la dueña del culo más espléndido de Irlanda y que al año siguiente nació su hijo, James; que eran católicos militantes, que integró distintos grupos políticos, que se había opuesto a la radicalización de la lucha, que había estado preso durante cinco años, que una noche volvió a su casa y se encontró con que ya no tenía casa, que una bomba del LVF había volado el edificio. Que la dueña del culo más espléndido de Belfast era una entidad calcinada a la que ni siquiera pudo reconocer, que su pequeño hijo, James... el viejo iba a seguir hablando pero no pudo. Aquel gigante de ojos transparentes, aquel dolmen enorme  e inexpresivo, se incorporó y se refugió en el ángulo del cuarto adonde no llegaba la luz de la salamandra. El soldado Rattaghan pudo escuchar un llanto apagado por el pudor y el desconsuelo. Eso fue todo lo que dijo.
         Luego comieron en silencio. Antes de irse a dormir, Sean Flanaghan repitió:
         -Si quiere saber mi opinión, pienso que hay matarlo. Eso no es un semejante.
         A la medianoche, el soldado Rattaghan se despertó sobresaltado. Hubiera jurado que percibió un ruido, un  movimiento brusco proveniente de la cama donde yacía Severino Sosa. Se incorporó un poco y vio que el teniente permanecía en la misma, exacta e idéntica posición que antes. Sin embargo, en la semi penumbra, creyó ver un levísimo cambio en el rictus del teniente. Con enormes dificultades, el soldado Rattaghan se puso de pie. Le dolía hasta el pelo. Caminó hasta la cama vecina. Había algo diferente, aunque no podía precisar qué. De pronto lo sobrecogió la idea de que Severino Sosa hubiese muerto. Posó su índice sobre la carótida de su superior y entonces respiró tranquilo: su corazón latía sereno, acompasado. Rattaghan volvió a acostarse no sin cierta inexplicable desazón. Se le cruzó la absurda ocurrencia de que el teniente no sólo se había movido, sino que, en algún momento se había levantado. No, hubiese sido imposible, pensó. Se disuadió de la idea y se dispuso a dormir. Estaba por conciliar el sueño cuando escuchó que decían su nombre. Era la voz inconfundible del Teniente Severino Sosa. Se le congeló la sangre.
         -Soldado Rattaghan -repitió la voz.
         Segundo Manuel Rattaghan se levantó como un resorte y corrió a despertar al viejo. Sean Flanaghan fue por la botella de whisky, se calzó los lentes y una manta por encima de los hombros, caminó hasta el camastro del teniente y lo examinó. Por detrás de su hombro, Rattaghan asomaba su pánico.
         -Este hombre se está muriendo -fue el veredicto del viejo.
         -Agua, por favor, agua -suplicó Severino Sosa.
         Sean Flanaghan trajo un cucharón con agua y, en el mismo momento en que estaba por apoyarlo sobre los labios del teniente, el soldado Rattaghan, tomó la mano del viejo y la alejó de la boca reseca de Severino Sosa. Se acercó a su oído y le susurró: ahora, hijo de puta, me vas a decir qué hiciste con mi hermano. El teniente no hacía más que implorar por agua. Rattaghan exhibía ahora el cucharón frente a los ojos del teniente y le repetía, decime, hijo de puta, qué hiciste con mi hermano. La proximidad del cucharón parecía devolverlo a la realidad. Por fin dijo:
         -No sé de qué me habla, soldado.
         Había dicho esto último con un sino de sarcasmo que se traslució en una sonrisa imperceptible, involuntaria. El soldado Rattaghan tuvo la inmediata certeza de que el teniente no sólo sabía de qué le hablaba, sino que sabía de quién le hablaba. Siempre lo supo. Ese era el motivo del odio que le prodigaba desde el día en que lo vio, desde el momento en que escuchó el apellido Rattaghan. Siempre supo que era el hermano de su víctima. Entonces, Segundo Manuel Rattaghan tomó una resolución: lo iba a torturar hasta que hablara. Se acercó a la salamandra y puso a calentar en el crisol el fierro del atizador. El viejo se había sentado en la mecedora y bebía indiferente. El hierro pasó de negro a rojo y de rojo a blanco. Rattaghan lo retiró y lo acerco a la cara del teniente, me vas decir, hijo de puta, qué hicieron con mi hermano. Severino Sosa no hacía más que negar todos los cargos y pedir agua. Conforme se encolerizaba, el soldado Rattaghan, en la misma proporción, descubría que era incapaz de torturar. Ni sabía cómo se hacía ni podría hacerlo aunque supiera. Lloró de impotencia.
         -Yo podría hacerlo por usted -dijo el viejo sin mirarlo- pero esta es su guerra.
         Derrotado por su misma ineptitud, Rattaghan dejó el atizador en su lugar. Entonces Severino Sosa, con una voz inédita, afable y calma, empezó a hablar. Voy a decirle, soldado qué fue de su hermano, pero antes quiero agradecerle que me haya salvado la vida. El corazón de Rattaghan se sobresaltó primero y luego latió con ansiedad. El viejo se incorporó sobresaltado por una inquietud indecible. Le voy a decir qué pasó con su hermano, siguió diciendo el teniente, pero quiero que sepa que jamás voy a olvidar que si no hubiera sido por usted, soldado, ahora yo estaría muerto. El viejo buscaba algo desesperadamente. Soldado, voy a decirle de una vez qué fue de su hermano, pero antes quiero que sepa que estoy en deuda con usted; sucede, dijo, que odio tener deudas, entonces sacó el brazo por debajo de las cobijas y extrajo el rifle de doble caño del viejo, levantó el arma y apuntando al pecho de Segundo Manuel Rattaghan dijo: esto fue lo que pasó con su hermano, entonces disparó. En el mismo momento en que Sean Flanaghan corría hacia el soldado, Severino Sosa volvió a disparar al centro de los ojos del viejo. Cayó como lo hiciera un dolmen, sin quebrarse, sin emitir una sola queja.  

viernes, 11 de abril de 2014

NORAH LANGE (Buenos Aires 1905-1972)

-Breve Selección-

(De Los días y las noches, 1926)
Vacía la casa donde tantas veces   
las palabras incendiaron los rincones. 
    
La noche se anticipa   
en el plano mudo   
que nadie toca.   
    
 Voy a solas desde un recuerdo a otro   
abriendo las ventanas   
para que tu nombre pueble   
la mísera quietud de esta tarde a solas.   
    
Ya nadie inmoviliza las horas largas y cerradas  
tanto pudor de niña.   
    
Y tu recuerdo es otra casa   
    
Y mis latidos forman una hilera de pisadas   
grande y quieta   
por donde yo tropiezo sola. 
que van desde su puerta hacia el olvido.

II
Ventana abierta sobre la tarde
con generosidad de mano
que no sabe su limosna.
Ventana, que has ocultado en vano
tanto pudor de niña.
Ventana que se da como un cariño
a las veredas desnudas de niños.
Luego, ventana abierta al alba
con rocío de júbilo riendo en sus cristales.
¡Cuántas veces en el sosiego
de su abrazo amplio
dijo mi pena
su verso cansado!

Jornada
(De
 La calle de la tarde,1925)
Aurora
              Lámpara enredada
              en un camino de horizontes.
Después, al mediodía,
               en el aljibe se suicida el sol.
La tarde hecha jirones
               mendiga estrellas.
Las lejanías reciben al sol
               sobre sus brazos incendiados.
La noche se persigna ante un poniente.
Amanece la angustia de una espera
                y aún no es la hora.

Poniente doble
(De
 La calle de la tarde, 1925)

Oscurece. El silencio
De las cosas ya cansadas
Pone apuro en las tinieblas.
Aguardo –entre las sombras–
Corona de palabras tuyas
Para ceñir la espera.
¡Sueños de otros lugares!
Afuera oscurece. Adentro, en el corazón que es grande
Como el tiempo,
Otro poniente nace.
¡Poniente del corazón!
Cumplida ya la luz
Como mi espera.
Somos un mismo poniente,
Adentro, y afuera…

Amanecer
(De La calle de la tarde, 1925)

En el corazón de cada árbol
se ha estremecido la medianoche.
La noche se desmenuza
en lenta procesión de niebla.
Todas las tardes terminan su cansancio.
Los letreros luminosos duermen
el asombro de sus colores
y anticipan la contemplación de cada pobre.
En toda esquina vigila el sueño
y es tu recuerdo la única pena
que humilla la altivez de las aceras.
Lejos, el primer mendigo,
traiciona el portal donde ha dormido.
Y la ciudad se abre como una carta
para decirnos la sorpresa de sus calles.