Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

miércoles, 10 de mayo de 2017

ALEJANDRA LAURENCICH (Buenos Aires, 1963)


EL SECRETO

La  puerta del colectivo se abrió. Elena, desde su asiento, observó a la gente que se trepaba al estribo.
—¿Dónde los pensará meter este tipo? —le preguntó a su hija que estaba sentada del lado de la ventanilla.
Jesi movía la cabeza de pelo negro y mechas azules, absorta en la música que salía del walkman. Elena suspiró y fijó la mirada más allá del vidrio, en algún punto perdido de la calle.
—¿Piensa que lleva ganado, chofer? —se escuchó. La voz chillona convocó la atención de Elena que se había puesto a pensar en el dinero que Jesi gastaba en casetes. Alzó la vista y en ese instante vio subir a una embarazada. Hundió el codo en la cintura de su hija.
—Jesi, levántate.
Jesi tiró del cable del walkman y los auriculares saltaron de las orejas.
—¿Qué pasa?
Elena señaló con la cabeza a la embarazada. —Dale el asiento a la señora.
Jesi miró a Elena con los ojos muy abiertos. —¿Estás loca, ma? ¿Con esta pollera me voy a meter en ese quilombo de gente?
Elena consideró la diferencia entre sus discretos pantalones pinzados y la minifalda de Jesi. Resignada, se tomó del pasamanos para levantarse.
—Siempre una excusa a mano, ¿no? —deslizó.
—Es la verdad, ma —retrucó Jesi, y en un tono cómplice y simpático agregó—: A las viejas no les hacen nada.
Elena miró a Jesi. La vio ponerse los auriculares en las orejas. Desentendida de lo que había dicho ahora dirigía su mirada por la ventanilla hacia afuera.
Elena miró hacia adelante. Vio a la embarazada tratando de sujetarse de un pasamanos. Le hizo señas para que se acercara. Mientras intentaba hacerse un lugar entre el gentío, maldijo todas esas teorías que condenaban el impulso de estampar una soberbia cachetada en la mejilla bronceada de Jesi.
—Gracias —dijo la embarazada.
—Por nada —contestó Elena con una sonrisa que disimulaba la incomodidad de verse aplastada por el avance de un vientre ochomesino. La embarazada tomó posesión de su asiento con un bufido. Jesi ni se inmutó. Elena intentó separar un poco los pies para hacer equilibrio en las frenadas.
—Flor de malcriada —dijo una mujer a su izquierda.
Elena reconoció la voz chillona que había escuchado antes y se hizo la sorda. Lo único que me falta es que me cuestionen la educación que le doy a mi hija, pensó. Y clavó una mirada de odio en Jesi. Desde esa perspectiva aérea los pechos de su hija se veían más juntos y abultados. Se preguntó cuándo había desarrollado semejante cuerpo. Con razón se la disputan esos imberbes, pensó recordando los obstinados llamados telefónicos de dos compañeros de secundaria de Jesi. Se creía toda una diosa. Lo que necesitaba esa chica era que la ubicaran en su lugar. Después de todo sólo tenía catorce años. Ella también había sido linda a su edad, y no sólo linda. Por sobre todo había sido rebelde. Pensaba. Y pensaba bastante. Sin embargo, se bancaba los cachetazos sin chistar. Y no estaba hablando de otro siglo. De los sesenta a los noventa no habían pasado ni. Se interrumpió alarmada: ¿Treinta años? ¿Era posible que hubieran pasado treinta años desde sus catorce? Recordó la piel arrugada de Jagger en el último recital que había visto por la tele hacía un mes. Se sintió mal. ¿Era el calor, el olor ofensivo de la gente que la apretujaba, o estaba a punto de desmayarse? ¿Cuántos años tenía Jagger ahora? Mientras frenaba con su sandalia el avance del pie de la persona que tenía a su izquierda (la de la voz chillona, seguro), intentó hacer cuentas. Jagger tendría unos veinte años cuando salió besando el micrófono en el póster que había traído la revista Pelo. Se vio a sí misma clavando el póster con chinches en la madera lustrada del placard recién comprado. Keith Richards con sus pantalones de terciopelo ajustados. Adoraba los frunces que se le hacían en la ingle. Pero nada como la bocaza de Jagger. Qué época gloriosa. Píntalo de negro a todo volumen en el combinado y la puerta de su cuarto que se abre. La madre agarrándose la cabeza frente al placard. Gesticulando como una loca. Pobre vieja. Una mano pesada como ésa era la que Jesi necesitaba sentir en la mejilla. ¿Pero treinta años habían pasado? Una presión fuerte en su espalda interrumpió sus pensamientos. O se corría un poco hacia el costado para hacerle lugar a ese cuerpo prepotente que parecía pedir espacio, o se aplastaba contra la embarazada. Decidió apretarse contra la mujer de la izquierda. No tuvo más remedio que mirarla. Lo primero que vio fue el bigotito transpirado y atravesado por surcos. La mujer era mayor que ella y la miraba con un gesto poco amable. Elena no quiso pensar en cuánto mayor que ella era realmente. Treinta años seguro que no. Mientras se convencía de que entonces habían pasado treinta años desde sus catorce y aquel campamento en Gesell, se apretó más contra la mujer para lograr que su espalda se viera libre de tanta presión.
—Disculpe —dijo—. Me están apretando—Se tendría que haber levantado la mocosa —dijo la señora.
Elena trató de sonreír para restarle dramatismo a la escena, pero adivinó en su cara la mueca de disculpa. Vergüenza le pareció más exacto. Intentó rescatar el orgullo de haber dormido bajo los pinos de Gesell. Catorce años, qué valentía. Miró hacia atrás, ya con coraje y dispuesta a reclamar por su mínimo espacio.
Un muchacho de pelo largo teñido de rubio le sonrió. Tremendos ojos tenés, pensó Elena.
—Me estás empujando —le dijo y notó que su voz había perdido todo rastro de reclamo. Había sonado dulce, casi íntima.
—Perdoname. A mí también me empujan. Elena le dio la espalda. Estaba aturdida. El chico la había tuteado. Perdoname había dicho. Qué voz suave había salido de esa boca entreabierta. Morocho de ojos color miel. Teñido de rubio. Perdoname. Los labios del morocho volvieron a su memoria produciéndole un estado de excitación. Cerró los ojos. Un insistente codo empujando en su cadera izquierda la hizo volver a la realidad. Miró a la vieja. Ahora se daba cuenta de que realmente había diferencia entre ella y la mujer que la miraba inquisidora.
 —¿La está molestando? —¿Quién? —preguntó Elena. —El de atrás.
Elena sacudió la cabeza, burlona. —No. —Miró de reojo por sobre el hombro. El chico le guiñó un ojo. Qué seductor, por Dios. Volvió a sonreírle rápido a la vieja. Estaba ruborizada y no era el calor. Un segundo después sintió que algo se había apoyado suavemente contra su pantalón como tanteando la respuesta. No pudo esquivarlo. O no quiso. Sofocada miró a Jesi. Qué inocente le parecía ahora con su movimiento de cabeza, ajena a la realidad. Pensó con delicia en un hipotético, imposible diálogo que se producía apenas bajaban del colectivo: Jesi —una Jesi descolocada y boquiabierta— escuchando sin poder creer todo lo que le contaba: Así que a las viejas no les hacen nada, le decía ella. Pero no. Lo mejor del asunto estaba en que era secreto. Los pinos de esta villa cubrirán para siempre nuestro secreto, había escrito en Gesell su primer amor. Cuarenta y pico y seguís en carrera Elenita, se dijo orgullosa mientras con un leve movimiento hacia atrás provocaba una mayor presión contra sus glúteos. Le pareció sentir el aliento cálido del chico sobre su cuello. Estaba suspirando. Se le endurecieron los pezones. Observó una mirada molesta proveniente de la izquierda. La vieja se estaría dando cuenta de lo que ocurría. Eso le pasaba por metida. La embarazada comenzó a abanicarse con la mano. Elena transpiraba pero estaba segura de que la causa no era sólo el calor. Pensó que si se desmayaba caería en brazos del chico. Un movimiento de Jesi la puso en guardia. Estaba dando vuelta el casete. La vio acomodar el volumen y mirarla. Qué quería con esa expresión de cejas alzadas y cara seria. Jesi movió la cabeza como diciendo ¿todo bien? Elena se preguntó si su cara mostraría la plenitud de esos domingos, cuando después de un recuperado contacto amoroso, se miraba desnuda en el espejo del baño. Sonrió, en un intento de mostrarse presente, tranquilizadora. Jesi volvió a mirar por la ventanilla. Elena, a concentrarse en lo que pasaba a su espalda. ¿Era posible que un chico se estuviera excitando con ella de esa manera? Sólo quedaba disimular el placer, los movimientos de aproximación. Jamás, jamás le contaría a Jesi lo que le hacen a una vieja. Alzó ambos brazos para tomarse del pasamanos del techo y juntó las muñecas en una actitud de entrega destinada a él, cerró los ojos y escuchó la voz de Jagger en Azúcar marrón…
Cuando oyó los insultos desde el fondo del colectivo abrió los ojos. La presión contra su cuerpo había desaparecido y el codazo de la vieja pareció clavársele en las costillas. Una confusión de murmullos envolvió a Elena. Miró hacia la puerta. Lo vio bajarse del colectivo.
—Fíjese en la cartera, señora —le estaba diciendo la vieja.
—Tiene el cierre abierto —le señaló la embarazada.
Elena hundió apenas la mano en su bolso. Le faltaba la billetera.
La voz chillona sonó estridente y satisfecha: —¿Vio? ¿Qué le decía yo? Se aprovechan…
Elena miró a la vieja. Cerró suavemente el cierre. —¿Se aprovechan de qué? —dijo con voz firme—.
A mí no me falta nada
 
De: "Lo que dicen cuando callan”

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martes, 9 de mayo de 2017

ALDO PELLEGRINI (Santa Fe, Rosario, 1903-Buenos Aires, 1973)


 
TODO TE NOMBRA

Las trayectorias opuestas se encuentran se 
abren los muslos temerosos 
el amor arranca sus raíces del sueño 
una nube se cierne sobre el párpado 
el gran señor de la mañana dormita 

La noche atraviesa el puente el carruaje 
extraviado de los que despiertan se detiene 
en el punto donde se acumulan los murmullos 
un árbol de frío eleva su voz colérica 
la mirada de la angustia despliega sus reflejos 
todo te nombra 

La inmovilidad del río el barquero espera 
las luces acuden en socorro de la fiesta del corazón 
el deseo de la mujer es un grito el coro 
de las damas elegantes en la nebulosa de la dádiva 
se consume el temor rueda 
la despiadada cadena de los visitantes lentamente 
se purifica la esclavitud los nervios abiertos 
recogen las intenciones extrañas el hábito 
del perseguidor la aparición 
de un vago suicidio en la mañana de los lamentos 
el definitivo 
exterminio de los sollozos la estrella torturadora y 
el mago de la alta sombra 
portador de la palabra lacerante 
te nombra.

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lunes, 8 de mayo de 2017

MARÍA CRISTINA RAMOS (Mendoza, San Rafael, 1952)


LOS CISNES

-¡Tan lindo que estaba el sol!- dijo el cangrejo, mirando las nubes. Avanzaban juntas como un grupo de amigas. Una traía ovillos de agua de un lago lejano, otra había guardado espumas invisibles del mar y la tercera, las palabras que los chicos dicen a orillas de los canales.
Una bandada de cisnes de cuello negro venía viajando hacia el Este, desde la Cordillera del Viento. Elegían las corrientes que se estiran en el cielo como ríos de aire. Iban en una fila extensa para acompañarse y para decidir, entre todos, cuál sería el mejor lugar para anidar. Se detuvieron apenas en una inmensa aguada que la lluvia había dejado junto a un monte de jarillas. Bebieron y siguieron viaje.
Las nubes se extendían flotando en la brisa de la altura y habían vuelto gris el paisaje que antes brillaba al sol. Si el viento seguía templado podrían continuar viaje, pero ellas sabían que, en cualquier momento, un golpe de aire frío podría convertirlas en lluvia.
-¡Suerte que se nubló! – dijo un cazador furtivo -. Son mejores los días grises, porque se puede apuntar mejor y dar en el blanco -. Y salió, silbando, con su rifle a la espalda. 
El cangrejo juntó palitos y cerró la entrada de su casa de arena. Luego construyó una terraza para estar a salvo por si la lluvia entraba. También les avisó a sus vecinas las arañas de agua que, en caso de tormenta, tejen unas telas para envolverse y evitar que los coletazos del viento se las lleven.
Cuando los cisnes atravesaron el bosque sonaron algunos disparos. Las aves sintieron en el plumón del pecho el recuerdo de los hermanos que habían caído el año anterior. Entonces, modificaron el rumbo. Esta vez, nadie cayó, pero sólo volvieron a estar tranquilos cuando entraron a un paisaje de bardas, donde sólo había guanacos y algún piño de cabras buscando pastitos tiernos para comer.
Finalmente, cuando vieron el río Limay caracoleando rumoroso entre álamos y manzanos florecidos, los cisnes fueron descendiendo. Eligieron una de sus orillas, la que acaricia una solitaria isla con escondites de arbustos. Ése era un buen lugar para hacer el nido. 
-Ya no estaré solo –dijo el cangrejo cuando los vio llegar, otra vez, por sus orillas. Se llevaba bien con los pichones de cisne; le gustaba verlos sumergirse en el agua, se divertía con sus piruetas.
Esa noche, mientras los cisnes se juntaban a descansar en un escondite de ramas, las nubes cayeron en una lluvia mansa. Las arañas de agua soñaron en hamacas de seda; el cangrejo se acostó pensando que en poco tiempo más los días serían más largos y podría pasear por la costanera. Los cisnes cerraron sus ojos y soñaron con los pichones que pronto nacerían. Y serían tan pequeños que aprenderían a nadar en una gota de agua, y a volar en una gota de cielo.


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domingo, 7 de mayo de 2017

DAVID SLODKY (Salta, 1946)


EL INICIO

Expulsados del Paraíso, Adán y Eva celebraban su nacimiento humano con lenguas gozosas, gargantas cobijantes, montañas erguidas, montes enmarañados, excitantes y excitados, encajes rítmicos, jadeantes, jubilosos. Derramando semen mítico y semítico en hendijas y pechos agitados, Adán acoplaba disolutamente su protuberancia totémica en la grieta anhelante de Eva. Exhaustos ya, inauguraron un palíndromo numérico-postural, que proseguiría incesantemente su interminable saga hasta nuestros días, Jehová Dios los miraba, cecijunto.

De: “Antología de Microrrelatos Eróticos” (2016)

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sábado, 6 de mayo de 2017

ILDIKO NASSR (Jujuy, Río Blanco, 1976)


SABORES

He probado la carne humana. Es lo más delicioso. Un sabor ancestral inundó mi ser y aluciné con toda la historia de la humanidad en ese trozo de carne de mujer.
Desde entonces, vivo obsesionado con ese sabor  y  las sensaciones que provoca.
Lamentablemente, pocas mujeres se adentran en la sabana.
Y la carne de hombre sabe a corrupción.

De: “Animales feroces” (2011)

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