Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

jueves, 28 de enero de 2016

RICARDO JAIMES FREYRE (Perú, Tacna 1868- Argentina, Buenos Aires,1933)


SIEMPRE…
 
Peregrina paloma imaginaria
que enardeces los últimos amores;
alma de luz, de música y de flores
peregrina paloma imaginaria.
 
Vuela sobre la roca solitaria
que baña el mar glacial de los dolores;
haya, a tu paso, un haz de resplandores,
sobre la adusta roca solitaria…
 
Vuela sobre la roca solitaria
peregrina paloma, ala de nieve
como divina hostia, ala tan leve
 
como un copo de nieve; ala divina,
copo de nieve, lirio, hostia, neblina,
peregrina paloma imaginaria…


 

miércoles, 27 de enero de 2016

WU CH´ENG-EN (República Popular China, Huai'an, 1500-1582)


LA SENTENCIA
 
Aquella noche, en la hora del descanso, el emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El emperador accedió; el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el emperador juró protegerlo.
Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio. El emperador lo mandó buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón. Al atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido.
Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes, que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del emperador y gritaron:
-¡Cayó del cielo!
Wei Cheng, que había despertado, la miró con perplejidad y observó:
-Qué raro. Soñé que mataba a un dragón así.



martes, 26 de enero de 2016

JUAN JOSÉ PANNO (Buenos Aires, 1949)

SUEÑOS
 
El sábado a la noche el delantero soñó que en el partido del día siguiente ejecutaba un penal y era gol porque amagaba y disparaba a la izquierda del arquero que se iba, engañado, hacia su derecha.
El domingo el árbitro cobró un penal para su equipo y el delantero, que tenía muy presente el sueño, amagó a la derecha y le dio hacia la izquierda del arquero, casi con displicencia, respondiendo a la premonición.
El arquero, que se había volcado justamente hacia su izquierda, no tuvo que hacer mucho esfuerzo para detener la pelota.
El delantero se quedó estático, azorado. La perturbación se multiplicó cuando el arquero, al pasar a su lado, mientras sacaba la pelota le dijo en tono canchero: “los sábados a la noche me tiro a la derecha: los domingo a la tarde, no”.
 
De “En cancha chica. Minicuentos de fútbol” (2015)



lunes, 25 de enero de 2016

LEOPOLDO LUGONES (1874-1938)


LA MUERTE DE LA LUNA
 
En el parque confuso
Que con lánguidas brisas el cielo sahúma,
El ciprés, como un huso,
Devana un ovillo de de bruma.
El telar de la luna tiende en plata su urdimbre;
Abandona la rada un lúgubre corsario,
Y después suena un timbre
En el vecindario.

Sobre el horizonte malva
De una mar argentina,
En curva de frente calva
La luna se inclina,
O bien un vago nácar disemina
Como la valva
De una madreperla a flor del agua marina.

Un brillo de lóbrego frasco
Adquiere cada ola,
Y la noche cual enorme peñasco
Va quedándose inmensamente sola.

Forma el tic-tac de un reloj accesorio,
La tela de la vida, cual siniestro pespunte.
Flota en la noche de blancor mortuorio
Una benzoica insispidez de sanatorio,
Y cada transeúnte
Parece una silueta del Purgatorio.

Con emoción prosaica,
Suena lejos, en canto de lúgubre alarde,
Una voz de hombre desgraciado, en que arde
El calor negro del rom de Jamaica.
Y reina en el espíritu con subconsciencie arcaica,
El miedo de lo demasiado tarde.

Tras del horizonte abstracto,
Húndese al fin la luna con lúgubre abandono,
Y las tinieblas palpan como el tacto
De un helado y sombrío mono.
Sobre las lunares huellas,
A un azar de eternidad y desdicha,
Orión juega su ficha
En problemático dominó de estrellas.

El frescor nocturno
Triunfa de tu amoroso empeño,
Y domina tu frente con peso taciturno
El negro racimo del sueño.
En el fugaz desvarío
Con que te embargan soñadas visiones,
Vacilan las constelaciones;
Y en tu sueño formado de aroma y de estío,
Flota un antiguo cansancio
De Bizancio...

Languideciendo en la íntima baranda,
Sin ilusión alguna
Contestas a mi trémula demanda.
Al mismo tiempo que la luna,
Una gran perla se apaga en tu meñique;
Disipa la brisa retardados sonrojos;
Y el cielo como una barca que se va a pique,
Definitivamente naufraga en tus ojos.


domingo, 24 de enero de 2016

GABRIELA MISTRAL (Chile, 1889-1957)

YO NO TENGO SOLEDAD
 
Es la noche desamparo
de las sierras hasta el mar.
Pero yo, la que te mece,
¡yo no tengo soledad!

Es el cielo desamparo
si la Luna cae al mar.
Pero yo, la que te estrecha,
¡yo no tengo soledad!

Es el mundo desamparo
y la carne triste va.
Pero yo, la que te oprime,
¡yo no tengo soledad!

sábado, 23 de enero de 2016

SANTIAGO VARELA (Pergamino, Buenos Aires,)

 
COMIENZO
 
Al comienzo no había nada. Nada de nada. No existía ni el tiempo ni el espacio. No existía la materia ni la antimateria, no había partículas elementales ni de las otras. No había ruido de fondo ni agujeros negros. Obviamente no había ni galaxias, ni estrellas, ni planetas, ni cometas dando vueltas. No había nada. Solo estaba Dios. Solamente. Él. No se sabe bien por qué, tal vez se sintiera demasiado solo o estuviese irremediablemente aburrido, pero lo cierto es que un buen día –aún antes que se creasen los días- Dios, por algún ignoto motivo, explotó. Así, tal cual. Una explosión de la puta madre. Tendrían que pasar miles de millones de años para que a algún científico se le ocurriese hablar del Big Bang.
 
De “Galletitas sueltas” (2014)


 

viernes, 22 de enero de 2016

FERNANDO SORRENTINO (Buenos Aires, 1942)


SUPERSTICIONES RETRIBUTIVAS
 
Yo vivo de las supersticiones ajenas. No gano mucho y el trabajo es bastante duro.
Mi primer empleo fue en una fábrica de soda en sifones. El patrón creía, vaya a saber por qué, que uno de los millares de sifones (sí, ¿pero cuál?) alojaba la bomba atómica. Creía también que era suficiente una presencia humana para impedir que aquella terrible energía se liberase. Éramos varios los contratados, uno para cada camión. Mi tarea consistía en permanecer sentado sobre la irregular superficie de los sifones durante las seis horas diarias que duraba el reparto de soda. Una tarea ardua: el camión daba barquinazos; el asiento era incómodo, doloroso; el trayecto, aburrido; los camioneros, gente vulgar; cada tanto estallaba un sifón (no el de la bomba) y yo sufría heridas leves. Al fin, cansado, renuncié. Y el patrón se apresuró a reemplazarme por otro hombre que, con su sola presencia, impediría el estallido de la bomba atómica.
En seguida supe que una señorita solterona de Belgrano tenía un casal de tortugas y creía, vaya a saber por qué, que una de ellas (sí, ¿pero cuál?) era el demonio en forma de tortuga. Como la señorita, que vestía de negro y rezaba el rosario, no podía vigilarlas continuamente, me contrató a mí para que lo hiciese de noche. Como todo el mundo sabe”, me explicó, “una de estas dos tortugas es el demonio. Cuando usted vea que a una de ellas le crecen dos alas de dragón, no deje de avisarme, porque esa, sin duda, es el demonio. Entonces haremos una hoguera y la quemaremos viva para terminar así con la maldad sobre la faz de la tierra”. Las primeras noches me mantuve despierto, vigilando a las tortugas: qué animales tontos y sin gracia. Luego mi celo me pareció injustificado y, apenas la solterona se acostaba, yo me envolvía las piernas en una manta y, encogido en una silla del jardín, dormía la noche entera. De manera que nunca pude averiguar cuál de las dos tortugas era el demonio. Entonces le dije a la señorita que prefería dejar ese empleo, pues me resultaba insalubre pasar las noches en vela.
Porque, además, acababa de enterarme de que en San Isidro había una vetusta casona sobre una alta barranca, y, en la casona, una estatuilla que representaba a una dulce muchacha francesa de fines del siglo xix. Los dueños –una pareja de grises ancianos– creían, vaya a saber por qué, que esa muchacha se hallaba enferma de amor y de tristeza, y que, si no se le conseguía novio, moriría a corto plazo. Me asignaron sueldo y me convertí en novio de la estatuilla. Empecé a visitarla. Los ancianos nos dejan solos, aunque sospecho que secretamente nos vigilan. La muchacha me recibe en la melancólica sala, nos sentamos en un gastado sofá, le llevo flores, bombones o libros, le escribo poesías o cartas, ella toca lánguidamente el piano, me echa suaves miradas, yo la llamo Amor mío, la beso a hurtadillas, a veces voy más allá de lo que permiten el decoro y la inocencia de una muchacha de fines del siglo xix. También Giselle me ama, baja los ojos, suspira tenuemente, me dice: “¿Cuándo nos casaremos?”. “Pronto”, le respondo. “Estoy juntando plata”. Sí, pero la fecha se difiere, pues es muy poco lo que puedo ahorrar para nuestro casamiento: como ya dije, no se gana gran cosa viviendo de las supersticiones ajenas.

jueves, 21 de enero de 2016

JULIO RICARDO ESTEFAN (Monte Buey, Córdoba, 1963)


SUSTO
 
-¡Papá,  papá! ¡Hay un hombre debajo de mi cama!
-Tranquilo, hijo. Tuviste una pesadilla. Recuerda lo que siempre nos dice tía Elvira: “¡Los hombres no existen!”.
Y el pequeño monstruito volvió a dormirse
 
De “La torre de papel y otros microrrelatos” (2013)

miércoles, 20 de enero de 2016

JUAN DE TASSIS (España, 1582-1622)


A UN BESO DE UNA DAMA
 
Divina boca de dulzores llena,
dichoso el labio que te besa y toca,
que no hay en cuantas hay tan dulce boca,
ni para aprisionarme tal cadena.

No el sabroso panal de la colmena
a tanto gusto y suavidad provoca,
que está el dulzor en ti y el suyo apoca
el ámbar, el clavel, el azucena.

Mas dentro de la miel está escondido
el aguijón crüel con que me hieres,
y nadie de la vida ve este signo;

boca tierna y pecho empedernido,
no, ni jamás en todas las mujeres
boca tan blanda y corazón tan digno.



martes, 19 de enero de 2016

CHRISTIAN SOLANO (Perú, Lima, 1976)


UNA MEJOR EXCUSA
 
Sin dejar de chupármelo, acomoda su sexo en mis narices. Me excita su olor irrespirable. Al lamer su clítoris, sus labios rosados tiemblan. Beso su ano, mordisqueo sus nalgas. Ya me vengo, me dice y me riega la cara con un chorro largo. Me ahogo con su líquido. Termino en su boca. Se mojan las sábanas, el colchón. Enseguida, nos vestimos y la niñera plancha lo mojado para que mi esposa no lo note. Es probable que ya no se crea que el bebé volvió a orinarse en la cama. 
 
De “Motivos de fuerza mayor” (2015)