Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

lunes, 28 de diciembre de 2015

COLETTE ( Francia, Saint-Sauveur-en-Puisaye,1873 - París, 1954)

ENSUEÑO DE AÑO NUEVO
 
Las tres volvemos a casa empolvadas, yo, la pequeña doga y la perra de pastor flamenca. Ha nevado en los pliegues de nuestras ropas. Yo llevo charreteras blancas; en la cara chata de Poucette se funde un azúcar impalpable, y la perra de pastor centellea toda, desde su puntiagudo hocico a su cola semejante a una cachiporra.
Salimos para contemplar la nieve, la verdadera nieve y el verdadero frío, rarezas parisienses, ocasiones, casi imposibles de encontrar, de final de año. En mi barrio desierto, corrimos como tres locas, y las fortificaciones hospitalarias, las calumniadas «fortis» presenciaron, desde laavenida de Ternes al bulevar Malesherbes, nuestra jadeante alegría de perros en libertad. Nos inclinamos, de lo alto del talud, sobre el foso que colmaba un crepúsculo violáceo agitado por torbellinos blancos; contemplamos Levallois negro salpicado de luces rosadas, detrás de un velo tejido con miles y miles de moscas blancas, vivas, frías como flores deshojadas, que se derruían en los labios, en los ojos, suspendidas por un momento las pestañas, del vello de las mejillas. Arañamos con nuestras diez patas una nieve intacta, fiable, que huía bajo nuestros pies con un acariciador crujir de tafetán. Lejos de todos los ojos, galopamos, ladramos, comimos la nieve al vuelo, saboreamos su dulzura de sorbete avainillado y polvoriento.
Sentadas ahora frente a la ardiente rejilla las tres callamos. El recuerdo de la noche, de la nieve, del viento desencadenado detrás de la puerta, se funde lentamente en nuestras venas y vamos a deslizarnos en ese sueño repentino, recompensa de las largas caminatas.
La perra de pastor, que humea como un baño de pies, ha recobrado su dignidad de loba amaestrada, su seriedad falsa y cortés. Escucha, con una oreja, el susurro de la nieve a lo largo de las persianas cerradas, con la otra acecha el tintineo de las cucharas de la antecocina. Su nariz afilada palpita, y sus ojos color cobre, abiertos, fijos en el fuego, se mueven incesantemente, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, como si estuviera leyendo. Yo estudio, un poquito recelosa, a esa recién llegada, esa perra femenina y complicada que guarda bien, ríe raramente, se conduce como persona sensata, con una impenetrable mirada. Sabe mentir, robar; pero grita, sorprendida, como una jovencita asustada, y casi enferma de emoción. ¿Dónde adquirió, esa lobita de bajas caderas, esta hija de las tierras valonas, su odio hacia la gente mal vestida y su reserva aristocrática? Le ofrezco un puesto en mi hogar y en mi vida, y quizás, ella que ya sabe defenderme, me amará.
Mi pequeña doga de corazón infantil duerme, reventada de sueño, con fiebre en el hocico y las patas. La gata gris no ignora que nieva, y desde la hora del almuerzo no he vuelto a verle la punta de la nariz, hundida en el pelo de su vientre. Heme aquí una vez más, como al principio del otro año, sentada frente a mi hogar, a mi soledad, frente a mí misma.
Un año más... ¿Para qué contarlos? Este primero de año parisiense no me recuerda nada de los días de Año Nuevo de mi juventud. ¿Quién podría devolverme la pueril solemnidad de los días de Año Nuevo de antaño? Mientras yo cambiaba, cambió para mí la forma de los años. El año ya no es ese sendero serpenteante, esa cinta desenrollada que de enero ascendía a la primavera, subía, subía al verano para florecer en llanura serena, en prado ardiente recortado de sombras azules, salpicado de deslumbrantes geranios, luego descendía a un otoño oloroso, brumoso, que exhala aroma a marjal, o fruta madura y caza, luego se internaba en un invierno seco, sonoro, espejeante de lagunas heladas, de nieve rosada bajo el sol... Después la cinta ondulada se precipitaba, vertiginosa, hasta romperse en seco, frente a una fecha maravillosa, aislada, suspendida entre los dos años como flor de escarcha: el día de Año Nuevo.
Una niña muy amada, entre unos padres que no eran ricos, y que vivía en el campo entre árboles y libros y que no conoció ni deseó costosos juguetes; he aquí lo que veo al inclinarme esta noche sobre mi pasado. Una niña supersticiosamente encariñada con las fiestas de las estaciones, con las fechas señaladas por un regalo, una flor, un pastel tradicional. Una niña que por instinto ennoblecía paganamente las fiestas cristianas, enamorada solamente del ramo de boj, del huevo rojo de Pascua, de las rosas deshojadas de Corpus y de los altares -siringas, acónitos, manzanillas-, del vástago de avellano coronado por una crucecita, bendecido en la misa de la Ascensión y plantado en los linderos del campo, al que protege del granizo. Una niñita prendada del pastel de cinco cuernos, cocido y comido el día de Ramos; de la «crepé» en Carnaval; del asfixiante olor de la iglesia, durante el mes de María.
Anciano sacerdote sin malicia que me distes la comunión, ¿pensabas que esa niña silenciosa, fijos los ojos en el altar, esperaba el milagro, el inaprensible movimiento del chal azul que ceñía a la Virgen? ¿Verdad? ¡Yo me comportaba de forma tan juiciosa! Es cierto que pensaba en milagros, pero... no los mismos que tú. Adormilada por el incienso de las cálidas flores, hechizada por el perfume mortuorio, la podredumbre almizclada de las rosas, yo vivía, bondadoso hombre, sin malicia, en un paraíso que no podías imaginar, poblado de mis dioses, de mis animales habladores, de mis ninfas y de mis sátiros. Y yo te escuchaba hablar de tu infierno, pensando en el orgullo del hombre que, por sus crímenes de un instante, inventó el eterno gehena. ¡Ah, cuánto tiempo hace!
Mi soledad, esta nieve de diciembre, este umbral de otro año, no me devolverán el escalofrío de antaño, cuando acechaba, durante la larga noche, el lejano estremecimiento, entreverado con los latidos de mi corazón, del tambor municipal, despertando con el día nuevo a la aldea dormida. Temía, llamaba, desde la profundidad de mi lecho de niña, a ese tambor en la noche helada, a eso de las seis, con una angustia nerviosa próxima al llanto, apretadas las mandíbulas, el vientre contraído. Sólo este tambor, y no las doce campanadas de la medianoche, daba para mí la brillante apertura del nuevo año, el advenimiento misterioso tras el cual el mundo entero jadeaba, suspendido al primer rran del viejo parche de mi aldea.
Pasaba, invisible en la oscura mañana, lanzando a las paredes su viva y fúnebre alboradilla, y detrás de él se reanudaba una vida, nueva y saltando hacia doce meses nuevos. Liberada, yo saltaba de mi cama con la vela, corría a las felicitaciones, los besos, los bombones, los libros con cantos dorados. Abría la puerta a los panaderos portadores de las cien libras de pan y hasta mediodía, grave, penetrada de una importancia comercial, daba a todos los pobres, los verdaderos y los falsos, el cantero de pan y la moneda que recibían sin humildad y sin gratitud.
Mañanas de invierno, lámpara roja en la oscuridad, aire inmóvil y áspero de antes de nacer el día, jardín adivinado en la oscura alba, disminuido, cubierto de nieve, abetos abrumados que dejabais resbalar, de hora en hora, el fardo de tus brazos negros, abanicazos de los pajarillos asustados, y sus juegos inquietos en medio de un polvo de cristal, más tenue, más lleno de lentejuelas que la irisada bruma de un surtidor. ¡Oh, inviernos todos de mi infancia, un día de invierno acaba de devolveros a mi recuerdo! Es mi rostro de antaño el que busco en este espejo ovalado, cogido con mano distraída, y no mi rostro de mujer, de mujer joven a la que pronto abandonará su juventud.
Hechizada aún por mi sueño, me sorprendo de haber cambiado, de haber envejecido, mientras soñaba. Con trémulo pincel, podría pintar, encima de este rostro, el de una lozana niña enmorenecida por el sol, sonrosada por el frío, unas mejillas elásticas que acababan en una esbelta barbilla, unas cejas móviles prestas a fruncirse, una boca cuyas astutas comisuras desmentía el breve labio ingenuo. ¡Ay, sólo es un instante! El adorable terciopelo del pastel resucitado se deshace y echa a volar. El agua oscura del espejito sólo retiene mi imagen que es igual, completamente igual a mí, señalada de ligeros arañazos, finalmente grabada en los párpados, en las comisuras de los labios, entre las obstinadas cejas. Una imagen que ni sonríe ni se entristece, y que murmura para sí solita:
«Hay que envejecer. No llores, no juntes unos dedos suplicantes, no te rebeles: hay que envejecer. Repítete estas palabras, no como grito de desesperación, sino como recordatorio de una partida necesaria. Mírame, mira tus parpados, tus labios, levanta los rizos de tus cabellos sobre las sienes: ya empiezas a alejarte de tu vida; no lo olvides: ¡hay que envejecer!
»Aléjate lentamente, lentamente, sin lágrimas, no olvides nada. Llévate tu salud, tu alegría, tu atildamiento, el poco de bondad y justicia que te hizo la vida menos amarga; ¡no olvides! Vete engalanada, vete dulce, y no te detengas a lo largo del irresistible camino; en vano lo intentarías. ¡Hay que envejecer! Sigue el camino, tiéndete sólo para morir. Y cuando te tiendas a través de la vertiginosa cinta ondulada, si detrás de ti no dejaste, uno a uno, tus rizados cabellos ni tus dientes uno a uno, ni tus miembros usados uno a uno, si el eterno polvo no sació tus ojos de la luz maravillosa antes de tu última hora, si hasta el final has conservado en tu mano la mano amiga que te guía, tiéndete sonriendo, duerme dichosa, duerme privilegiada...»



domingo, 27 de diciembre de 2015

LEOPOLDO LUGONES (Córdoba, Villa María, 1874- Tigre, Buenos Aires, 1938)

FRANCESCA

Conocílo en Forli, adonde había ido para visitar el famoso salón municipal decorado por Rafael.
Era un estudiante italiano, perfecto en su género. La conversación sobrevino a propósito de un dato sobre horarios de ferrocarril que le di para trasladarme a Rimini, la estación inmediata; pues en mi programa de joven viajero, entraba, naturalmente, una visita a la patria de Francesca.
Con la más exquisita cortesía, pero también con una franqueza encomiable, me declaró que era pobre y me ofreció en venta un documento -del cual nunca había querido desprenderse- un pergamino del siglo XIII, en el cual pretendía darse la verdadera historia del célebre episodio. Ni por miseria ni por interés, habríase desprendido jamás del códice; pero creía tener conmigo deberes «de confraternidad», y además le era simpático. Mi fervor por la antigua heroína, que él compartía con mayor fuego ciertamente, entraba también por mucho en la transacción.
Adquirí el palimpsesto sin gran entusiasmo, poco dado como soy a las investigaciones históricas; mas, apenas lo tuve en mi poder, cambié de tal modo a su respecto, que la hora escasa concedida en mi itinerario para salvar los cuarenta kilómetros medianeros entre Forli y Rimini, se transformó en una semana entera. Quiero decir que permanecí siete días en Forli.
La lectura del documento habría sido en extremo difícil sin la ayuda de mi amigo fortuito; pero este se lo sabía de memoria, casi como una tradición de familia, pues pertenecía a la suya desde remota antigüedad.
Cuanta duda pudo caberme sobre la autenticidad de aquel pergamino, quedó desvanecida ante su minuciosa inspección. Esto fue lo que me tomó más tiempo.
El documento está en latín, caligrafiado con esas bellas y fuertes góticas tan características del siglo XIII, y que, no obstante un avanzado deterioro, son bastante legibles gracias a la cabal individualización de cada letra en el encadenamiento de los renglones, y a la anchura de los espacios intermedios entre estos. Hasta se halla legalizado por un signum tabellionis, ciertamente muy complicado con sus nueve lazadas, y perteneciente al notario Balzarino de Cervis. Su data es el 12 de junio de 1292.
Si descifrar las letras no era del todo fácil, la lectura del texto resultaba pesadísima, por las innumerables abreviaturas y signos convencionales que habrían hecho indispensable la colaboración de un paleógrafo, a no encontrarse allí su antiguo dueño como una clave tradicional; pero esas mismas abreviaturas y signos eran preciosos, por otra parte, como pruebas de autenticidad. Había entre ellos datos concluyentes. La o atravesada por una línea oblicua que baja de derecha a izquierda, significandocum, signo peculiar de los últimos años del siglo XIII, al comienzo del cual, así como en los anteriores y en los sucesivos, tuvo otras formas; el 2, coronado por una b a manera de exponente algebraico (2b) significando duabus, y agregando con su presencia un dato más, puesto que las cifras arábigas no se generalizaron en Europa hasta el siglo XIII; el 7, representado por una A sin travesaño, como para marcar dicha transición; la palabra corpus abreviada en su primera sílaba y coronada por un 9 (cor9) y el vocablo fratibusabreviado en ftbz con una a superpuesta a la f y una i a la t; amén de diversos signos que omito. No quiero olvidar, sin embargo, las iniciales de la heroína, aquella F y aquella R tan características también en su parecido con las PP manuscritas de nuestra caligrafía, salvo el travesaño que las corta.
Existen, además, en la margen del texto, a manera de apostilla, dos escudos: uno en forma de ancha almendra, característico también del siglo XIII, y el otro romboidal, es decir, blasón de dama, salvo excepciones rarísimas como las de algunos Visconti; pero los Visconti eran lombardos, y en la época de mi documento, recién conquistaban la soberanía milanesa. Además, los blasones en cuestión, se hallan acolados, lo que indica unión conyugal. Desgraciadamente, su campo no conserva sino partículas informes de las piezas y colores heráldicos.
Lo que dice el documento es imposible de traducir sin desventaja para el lector, pues su rudo latín perjudica desde luego el interés, con su retórica curial; sin contar la sequedad del concepto. Haré, en consecuencia, una traducción tan libre como me plazca, poniendo el original a disposición de los escrupulosos, con cuyo fin lo he depositado en nuestra Biblioteca Nacional donde puede verse a las horas de práctica.
Comienza en estos términos, que, como se verá, contradicen al Dante, a Boccaccio y al falso Boccaccio, quienes coinciden en afirmar la consumación del adulterio:
«Jamás hubo otra relación que una exaltada amistad entre Paolo y Francesca. Aun sus manos estuvieron exentas de culpa; y sus labios no tuvieron otra que la de estremecerse y palidecer en la dulce angustia de la pasión inconfesa.»
El autor dice haber tenido esta confidencia del marido mismo, cuyo amigo afirma que fue.
Francesca tenía dieciséis años (la historia es conocida) cuando la desposaron con Giovanni Malatesta, como certificación de la paz concluida entre los Polentas de Ravena y los Malatesta de Rimini.
El esposo, contrahecho y feo, envió a su hermano Paolo para que se casara por poder suyo, no atreviéndose a presentarse en persona ante la joven, en previsión de un desengaño fatal y del rechazo consiguiente. Hallábase Francesca en una ventana del palacio solariego, cuando entró al patio de honor la cabalgata nupcial; y una dama de su séquito, equivocada también, o sobornada quizá por el futuro esposo, señalole a Paolo como al que iba a ser su efectivo dueño.
De este error provino la tragedia.
Paolo era bello y joven; culto en letras, tanto como valeroso caballero; cortés hasta el rendimiento y alegre hasta la jovialidad; todo lo contrario de su hermano, cuya sombría astucia rayaba en crueldad, y cuya desgracia física había dado en el torvo pesimismo que es patrimonio de los contrahechos con talento.
La joven se desposó, así engañada; y conducida que fue al castillo conyugal, el esposo verdadero pasó con ella la primera noche sin dejarse ver, pues había entrado a la alcoba en la obscuridad.
Creía que, consumado el matrimonio, la altivez de la dama sería la mejor custodia de sus derechos de esposo, y no se equivocaba en ello, por cierto; pero el acto demuestra con claridad, así la violencia de sus pasiones, como el frío cálculo que en satisfacerlas ponía.
El desengaño del despertar fue horrible, como es fácil colegir, para la joven desposada; y tanto como engendró desprecio y odio hacia el tirano que así abusara de su buena fe virginal, acreció hasta el amor la simpatía que por el otro había empezado a nacer. Cuánta y cuán atroz diferencia, en efecto, entre la curiosa ansiedad del breve noviazgo, satisfecha hasta el deleite con la presentación del falso prometido; el regocijado orgullo del desposorio, bajo la pompa religiosa y el esplendor mundano que parejamente realzaban la gallardía del caballero; y aquel despertar en los brazos del monstruo, cuya primer mirada de esposo aumentó ya con el ultraje de una desconfianza el cruel imperio de su fatalidad.
Uno, era todo recuerdos de dicha entrevista, de satisfacción juvenil, de belleza inmolada en ternuras; el otro, solo tiranía de deber antipático, engaño innoble, fealdad cobarde.
No tenía más que un rasgo de grandeza, y era el miedo que inspiraba; miedo que en traílla con el deber, custodiaban su honra como dos mastines.
Francesca empezaba así a encontrar, en el fracaso de la dicha legítima, la dulzura prohibida del infierno.
En su torva primavera, que la rebelión de los cortos años no dejaba cubrirse con nieves de resignación, Paolo era el rayo de sol que recordaba, único, los marchitos pimpollos.
Alejado primero como un peligro, su discreción había vencido las desconfianzas, hasta sustituir con una fraternidad melancólica las repulsiones del mal fingido desdén.
Francesca en su misantropía que la inclinaba a la soledad, después de todo grande en el castillo, no estaba a gusto sino con él; pero solo se veían a la luz del sol, en tácito convenio de no encontrarse por la noche. Giovanni, ocupado en estudios tácticos que -Dios nos libre- llenaban sus horas a medias con la magia, nada advertía al parecer; pero los jorobados son tan celosos como perversos; y él, sabiendo que los jóvenes se amaban, divertíase en verlos padecer. Aquel peligroso juego atraíalo como una emoción a la vez lancinante y deliciosa, por más que el fin estuviese previsto como una obra de su puñal.
Su horrendo beso cruzaba a veces, sugiriendo tentaciones, por entre aquella tortura de la dignidad y del amor, como un refinamiento del infierno; y eso llevaba diez años, esa perversidad, fortaleciéndose de tiempo y de sombra, como el vino.
Mientras se contuviesen, sentíase vengado por la tortura de su continencia; en caso contrario, era la muerte fatal, aquella muertecaina que el canto V del poeta rememora, adjetivándola con el nombre del círculo infernal mencionado por el XXXII, como para mejor expresar su amargura única en lo anómalo del epíteto. Así habían pasado diez años.
Ultra heroísmos y deberes, el amor hizo al fin su obra. La misma sencillez de relaciones entre esposa y cuñado creó una intimidad aun crecida por la frecuencia de verse. Paolo se ingeniaba de todos modos para hacer a aquella juventud más llevadera su clausura en castillo tan lóbrego; y su exquisita cortesía, tanto como su grave ternura, derretían hasta las heces el corazón de aquella mujer, en quien los refinamientos todavía bizantinos de su ciudad natal habían profundizado sensibilidades.
No alcanzaba a perder en la ruda prueba su gusto por las sederías suntuosas, por las joyas y el marfil; y es de creer que en su dulce molicie entrara no poco el espíritu de aquel legendario malvasía, que consolaba la decadencia de los Andrónicos, sus contemporáneos, inmortalizando la ruda pequeñez de la helénica Monemnbasía. Magias de Bizancio, que el viento conducía a través del Adriático familiar: filtros de Bizancio diluidos en su sangre antigua; pompas de Bizancio, aún coetáneas en el lujo y en el arte, predisponíanla ciertamente al amor; a aquel amor más deseado en lo extremo de su crueldad.
Paolo era diestro en componer enigmas, que el gusto de la época había elevado a un puesto superior de literatura, empleándolos hasta en la correspondencia secreta y en las divisas del blasón. Su única falta consistía en usar, para los que componía a Francesca, el único doble tema de su hermosura y del amor.
Los primeros pasos fueron tímidos, disimulando la intención en la vaguedad. El pergamino recuerda uno de aquellos juegos, cuya solución consistente en una palabra que tuviese sentido, recta o inversamente leída, daba la solución en legnaangel.
Cita igualmente uno, al que llama «la cruz de amor», así dispuesto:
E C A T E
N E M E A
A M O R E
F U R I E
 I M E N E
O este otro, en palabras angulares, que pueden ser leídas lo mismo de izquierda a derecha, que de arriba a abajo, y en el cual se precisa más el balbuceo del amor:
A M A I
M I M E
A M O R
I E R I
O este último, del mismo carácter, y que el documento llama un enigma en V:
A N I M E
A M A R O
C U O R E
Pero vengamos a la tragedia.
Habían llegado para Francesca los veintiséis años, la segunda primavera del amor, grave y ardorosa como un estío. Su decenio de padecer clamaba por una hora de dicha; y que es como el adiós amigo a la aturdida adolescencia: habíanla asaltado miedos de morir sin gustar una vez siquiera el ósculo redentor de toda su vida tan injustamente negra.
Aquel otoño habíalos fraternizado más, en largas lecturas que eran vidas de santos sangrientas de heroísmos y singularizadas por geografías monstruosas; pero un día, aciago día, el malvado cuyos diez años de goce infernal exigían por fin el desenlace de la sangre, puso al alcance de sus penas la galante colección del Novellino.
¿Cuántas veces leyeron aquellas cien narraciones halladas por ahí, al azar, en una alacena? Quizá pocas, desde que tanto llegó a turbarlos la de Lanzarote del Lago.
Fue en el balcón que abría sobre el poniente la alcoba de la castellana, durante un crepúsculo cuya divina tenuidad rosa empezaba a espolvorear, como una tibia escarcha, la vislumbre de la luna. Desde aquel piso, que era el segundo, se dominaba todo el paisaje condensado como un borrón de tinta bajo la luz lunar. Las densas cortinas obligábanlos a unirse mucho para aprovechar el escaso vano abierto sobre el cielo. Juntos en el diván, el libro unía sus rodillas y aproximaba sus rostros hasta producir ese rozamiento de cabellos cuya vaguedad eléctrica inicia el vértigo de la tentación. Sus pies casi se tocaban, compartiendo el escabel. Sobre la inmensa chimenea, una licorera bizantina que acababa de regalarlos con el delicioso licor de Zara, despedía en la sombra de la habitación el florido aroma de las guindas de Dalmacia.
Ya no leían; y así pasaron muchas horas, con las manos tan heladas sobre el libro, que poco a poco se les fue congelando toda la carne. Solo allá adentro, con grandes golpes sordos, los corazones seguían viviendo en una sombría intensidad de crimen. Y tantas horas pasaron, que la luna acabó por bañarlos con su luz.
Galeoto fue el libro... -dice el poeta-. ¡Oh, no, Dios mío! Fue el astro.
Miráronse entonces; y lo que había en sus ojos no era delicia, sino dolor. Algo tan distante del beso, que en ello cabía la eternidad. El alma de la joven asomábase a sus ojos deshecha en llanto, como una blanca nube que se vuelve lluvia al fresco de la tarde. ¡Y aquellos ojos, oh, aquellos ojos negros como dos golondrinas de la Pasión, qué sacrificio de ternura abismaban en el heroísmo de su silencio! ¡Ay, vosotros los que solo en la dicha habéis amado, envidiad la tortura de esos amantes que, en el crepúsculo llorado por las esquilas, gozaban, padeciendo de amor, toda la poesía de las tardes amorosas, difundida en penas de navegantes, de ausentes y de sentimentales peregrinos, como en el canto VIII del Purgatorio:
Era già l'ora che volge il disio
Ai navicanti e 'ntenerisce il core
Lo di c'han detto ai dolci amici addio; 
E che lo novo peregrin d'amore
Punge, s'e' ode squilla di lontano
Che paia il giorno pianger che si more
1.
Pálidos hasta la muerte, la luna aguzaba todavía su palidez con una desoladora convicción de eternidad; y cuando el llanto desbordó en gotas vivas -lo único que vivía en ellos- sobre sus manos, comprendieron que las palabras, los besos, la posesión misma, eran nada como afirmación de amor, ante la dicha de haber llorado juntos. La luna seguía su obra, su obra de blancura y redención, más allá del deber y de la vida...
Una sombra emergió de la trasalcoba, manchó fugazmente el pavimento de lozas blancas y negras, se escabulló por la puertecilla que daba acceso al piso, y por él a la torre.
Era el enano del castillo.
Malatesta se hallaba en la torre por no sé qué consulta de astrología; pero todo lo abandonó, descendiendo la escalera interior hasta la planta donde estaba la alcoba de la castellana; aun debió correr para llegar a tiempo, pues era la pieza más distante de la torre.
El éxtasis duraba aún; pero los ojos, secos ahora, brillaban como astros de condenación con toda la ponzoña narcótica de la luna. Aquella palidez desencajada tenía el hielo inconmovible de la fatalidad; y una pureza absoluta como la muerte los aislaba en la excepción de la vida.
Materialmente, no habían pecado, pues ni a tocarse llegaron, ni a hablarse siquiera; pero el esposo vio en sus ojos el adulterio con tan vertiginosa claridad, con tal consentimiento de rebelión y de delito, que les partió el corazón sin vacilar un ápice. Y el pergamino le halla razón, a fe mía.
 
 
* Nota: Cuenta Dante, en La divina comedia, la historia de Paolo y Francesca. Ambos casados con diferentes personas, el esposo de Francesca los descubrió in fraganti y los mató. Dante encontró a los famosos "adúlteros" en el infierno, donde fueron condenados a verse,  pero no a tocarse, por el resto de la eternidad.
 

1. Traducción: Era ya la noche en que se conmueve el corazón de los navegantes y renace su deseo de abrazar a los caros amigos, de quienes el mismo día se han despedido, y en que el nuevo peregrino siente una nostalgia de amor si oye a lo lejos alguna campana que parezca plañir al moribundo día.




sábado, 26 de diciembre de 2015

JORGE LUIS BORGES (1899-1986)

EL TANGO

¿Dónde estarán?, pregunta la elegía
de quienes ya no son, como si hubiera
una región en que el Ayer pudiera
ser el Hoy, el Aún y el Todavía.

¿Dónde estará (repito) el malevaje
que fundó, en polvorientos callejones
de tierra o en perdidas poblaciones,
la secta del cuchillo y del coraje?

¿Dónde estarán aquellos que pasaron,
dejando a la epopeya un episodio,
una fábula al tiempo, y que sin odio,
lucro o pasión de amor se acuchillaron?

Los busco en su leyenda, en la postrera
brasa que, a modo de una vaga rosa,
guarda algo de esa chusma valerosa
de los Corrales y de Balvanera.

¿Qué oscuros callejones o qué yermo
del otro mundo habitará la dura
sombra de aquel que era una sombra oscura,
Muraña, ese cuchillo de Palermo?

¿Y ese Iberra fatal (de quien los santos
se apiaden) que en un puente de la vía,
mató a su hermano el Ñato, que debía
más muertes que él, y así igualó los tantos?

Una mitología de puñales
lentamente se anula en el olvido;
una canción de gesta se ha perdido
en sórdidas noticias policiales.

Hay otra brasa, otra candente rosa
de la ceniza que los guarda enteros;
ahí están los soberbios cuchilleros
y el peso de la daga silenciosa.

Aunque la daga hostil o esa otra daga,
el tiempo, los perdieron en el fango,
hoy, más allá del tiempo y de la aciaga
muerte, esos muertos viven en el tango.

En la música están, en el cordaje
de la terca guitarra trabajosa,
que trama en la milonga venturosa
la fiesta y la inocencia del coraje.

Gira en el hueco la amarilla rueda
de caballos y leones, y oigo el eco
de esos tangos de Arolas y de Greco
que yo he visto bailar en la vereda,

en un instante que hoy emerge aislado,
sin antes ni después, contra el olvido,
y que tiene el sabor de lo perdido,
de lo perdido y lo recuperado.

En los acordes hay antiguas cosas:
el otro patio y la entrevista parra.
(Detrás de las paredes recelosas
el Sur guarda un puñal y una guitarra.)

Esa ráfaga, el tango, esa diablura,
los atareados años desafía;
hecho de polvo y tiempo, el hombre dura
menos que la liviana melodía,
que sólo es tiempo. El tango crea un turbio
pasado irreal que de algún modo es cierto,
un recuerdo imposible de haber muerto
peleando, en una esquina del suburbio.


martes, 22 de diciembre de 2015

ROGELIO DALMARONI (Misiones, Apóstoles, 1953)


Quizás, una persona me busca
¿Llegará la hora, a su horario
en el instante puro 
en que sus frescas y 
firmes dimensiones
se entreguen a mi ternura
que el tiempo recorta con 
salvaje continuidad?




domingo, 20 de diciembre de 2015

MARCO DENEVI (1922-1998)

EROSIÓN 

Narra Filoctetes que, paseándose por los caminos de Tracia, país proclive a la lujuria, observó que las estatuas del dios Príapo estaban mutiladas en sus partes pudendas. Preguntó a los hombres por qué habían cometido esa terrible profanación, que podía acarrearles algún castigo del dios. 
Los hombres respondieron: 
"Al contrario, nos colma con sus bendiciones. En otros tiempos las estatuas lucían un falo colosal, adornado con flores y con frutos. Pero la devoción de nuestras mujeres poco a poco fue haciendo desaparecer esos formidables cipotes". 
Filoctetes apunta, como al descuido, que las estatuas eran de bronce, de mármol o de piedra granítica. 


sábado, 19 de diciembre de 2015

FRANCISCO MADARIAGA (Buenos Aires, 1927-2000)

LOS JUEGOS DE LA PLAYA

Una juventud huía alegre hacia los campos
de gracia.
Inútil hubiera sido corresponder a esa
hermosura sin intentar esa lascivia
con un agua encendida en las paredes
del alma,
con una veloz carrera de soldado hacia las
márgenes del mar.
Y un envilecimiento radiante del deseo.



viernes, 18 de diciembre de 2015

MARINA COLASANTI (Eritrea, Asmara, 1937)

TACTO

A veces
sin Ariadna y sin hilo
la mano de un hombre
se pierde
entre los pliegues
de la vulva
como si se perdiera
en un laberinto.
Y por más que busque
-o espere-
no encuentra
la morada
del dulce Minotauro
que la espera.


 

jueves, 17 de diciembre de 2015

ROBERTO ABAD (México, Cuernavaca, 1988)

GRAN HOMENAJE
 
David, querido amigo:
Vine a tu departamento a verte, toqué la puerta durante una hora pero no hubo respuesta y fue imposible esperarte. El perro del vecino ladró y entonces uno de los estudiantes que vive al lado, creo que se llama Mauricio o Mario, salió para ver por qué tanto ruido, y como no quería irme sin darte razones de mí, le pedí estas hojas para dejar el mensaje que me motivó a visitarte y que aventaré por debajo de la puerta en cuanto lo termine de escribir. Quizá te sorprenda tanta premura, pensarás que soy un ambicioso. Pero no. Al final vas a entender mi urgencia.
Cuando vi la entrada de tu edificio me vino a la mente la temporada que vivimos en calles contiguas. Tú en San Antonio y yo en Limoneros. Ahí coincidimos también en el gusto que, en automático, nos hizo hermanos de sangre: el amor a los Beatles. Justamente, te atreviste a hablarme cuando te diste cuenta que mis anteojos eran idénticos a los de Lennon: redondos, un poco oscuros y anticuados. Entonces, con un poco más de atención, descubriste el parecido en general, la nariz, el cabello, la forma de caminar y, al final, tras intercambiar unas cuantas palabras, la voz. Me saludaste temeroso, como una persona que no está acostumbrada a socializar. Yo te dije tranquilo, hermano, no pasa nada, sólo imagina un mundo sin guerras, sin religiones. Y tú sonreíste.
En cuanto comenté que daba un show y que me gustaría verte por el bar, tus ojos brillaron de la forma en que se iluminan los de un niño con un juguete nuevo. La cueva era el nombre de aquel tugurio donde los miércoles y jueves había, además de prostitutas de minifaldas coloridas, presentaciones del mejor grupo imitador (al menos de la colonia) del cuarteto de Liverpool. Tocábamos alrededor de la media noche, cuando los borrachos se habían cansado de bailar corridos y cumbias. Ahí estuviste ese día, al lado de la rocola, con una cerveza en mano y la playera de Help! que compraste en el tianguis. Supe de inmediato que serías crítico con el sonido: un buen fan no perdona los errores.
Esta canción va para mi nuevo amigo, David, que está en esa esquina y que sabe mucho de los Beatles. Así comencé el concierto. ¿Te acuerdas? Esa noche tenía el sentimiento, la energía, para cantar como un grande. La noche se ambientó con los clásicos del cuarteto. Pero lo que acabó por sorprenderte fue que a mitad del espectáculo sacáramos los trajes del Sargento Pimienta. Para mí valía la pena invertir en lo que entonces era nuestro proyecto de vida.
Este universo bitlemaniaco que nos une, a ti y a mí, con tantos millones de fanáticos, no puede ser una casualidad. Cuando la música de los Beatles te toca, no hay forma de evitar el encantamiento, hay un antes y un después, un milagro desconocido que te domina de por vida, y es irreversible. Lo sabes.
Desgraciadamente, a los diez meses de haber empezado con la banda, una de las prostitutas se llevó a Ricardo, el mejor Ringo que he conocido hasta ahora; me parece que ahora viven en la costa y venden pescado. Otra de las mujerzuelas hizo padre a Josué, quien hacía de Harrison. Pablo, el bajista, se tituló de ingeniero pero a falta de buenos puestos, puso una ferretería. Intenté rescatar la banda con nuevos integrantes, pero no era lo mismo, no había la misma química. No me quedó más remedio que aceptar el fracaso. Creo que fue lo mejor para todos.
Las separaciones no son fáciles. Uno sale más perjudicado que los demás. En este caso fui yo el que se quedó solo, pero también el único que deseaba hacer música aún. Los integrantes que no sienten la misma pasión, tarde o temprano desaparecen. Aquella vez que hablamos tú y yo sobre mis planes a futuro, al mes de haber dado muerte a la banda, me preguntaste si no había pensado en presentaciones individuales. ¿Como solista?, comenté ingenuamente y moviste la cabeza diciendo claro, claro. Y no, jamás me pasó por la cabeza, pero creo que fue en ese instante que nació el plan de un gran homenaje.
Me dejé crecer el cabello y me puse a dieta para dar la apariencia de ese Lennon desalineado, flaco, con ganas de amar a Yoko. Me compré una playera que decía New York City, otras gafas redondas, varias chamarras de mezclilla y sacos de gamuza. Al mes estuve listo para presentarme oficialmente. La línea azul del Metro fue el escenario que me abrió las puertas. Aquel día la gente me miraba extrañada. Vengo a interpretarles canciones del maestro Lennon, les dije nervioso y señalé al cielo, como si supiera que John me observaba. Fue la primera vez que sentí el poder de su música. Porque no es lo mismo estar arriba de un escenario con más músicos, que enfrentarse solo a la crítica del público del Metro.
Pero más allá de mi inseguridad, el concierto resultó un éxito desde el instante en que empecé a cantar «Power to the people» y un par de tipos de mohicana se levantaron y, con el puño izquierdo en alto, dijeron ¡abajo la represión!, ¡abajo el mal gobierno! Y esa muestra de afecto fue suficiente para justificar mi causa, sin importar en dónde o para quién fuera. Se sentían identificados conmigo, o mejor dicho con las letras de John.
Estuve en el Metro hasta que los policías me lo prohibieron.
Después, me ubiqué en el Zócalo. Las personas se reunían a mi alrededor para pedirme «Imagine» o «Woman» y las cantaban como si se tratara del himno nacional. Un día un señor me preguntó cuánto le cobraba por tocar en su cumpleaños. Le dije que me diera quinientos pesos y que, si le gustaba el show, agregara lo que él quisiera.
El domingo me presenté en la fiesta con mi guitarra y mis lentes. ¿Una cerveza, señor Lennon?, me dijo la esposa del festejado; asentí, orgulloso. Puse las letras en un atril, me senté e hice lo propio. Cuando terminó el concierto, se acercó una mujer llamada Julia, quien dijo haber disfrutado la presentación. Sabía cuáles eran sus intenciones. Me la llevé a La cueva y en la madrugada quiso irse a mi casa. Total que, después de esa noche, no regresó con su familia. Al poco tiempo me dijo que me amaba y que quería tener un hijo conmigo y yo no pude decir que no.
Convertirme en padre me ayudó a dejar la marihuana. Pero me quedaron otros vicios como el cigarro y las mujeres, este último fue la razón por la cual me separé de Julia después de que nuestro «Beautiful boy» cumpliera un año. Casi a la par me encontré a Minerva, quien me ayudó a retomar mi carrera como imitador de Lennon.
Había estado tan ensimismado en Julia y en el bebé que lo demás me parecía secundario. Dejé de lado la música, y me arrepiento. De pronto me dije: la vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes. Cuánta razón tenía John. Con la ayuda de Minerva conseguí una presentación por semana en un restaurante que está en el Centro (te anoté la dirección atrás de esta página), donde, por tres bloques de media hora, además de un club sándwich, me daban mil pesos a la semana.
Ahí conocí a mucha gente importante. Me hice el imitador por excelencia. Tú conoces el mercado musical mejor que nadie, sabes que colocarse es complicado. Finalmente, tuve la fama que merecía; vinieron más mujeres, volví a las drogas, etcétera. No creo ser más famoso que Dios, pero tal vez sí más que algún santo de pueblo.
Éste es el punto al que quería llegar. Necesito tu ayuda.
Voy por la grande. Tengo un plan del que no vas a poder zafarte porque sólo alguien con la misma pasión por Lennon (y los Beatles) puede ayudarme. Hoy es 8 de diciembre, un día muy especial, ya sabes por qué. Un canal de televisión grabará mi concierto en el restaurante. He dejado con Pablo (que hacía de McCartney), en su ferretería, la pistola con la que acabarás con este gran homenaje. Le he dicho que te la voy a vender. Recógela, ya sabes dónde encontrarlo.
Al término del concierto nos encontraremos afuera, ¿de acuerdo? Me pedirás un autógrafo. Cuando guarde la pluma, dispara cinco veces. Cinco. Luego corre, un coche te estará esperando en la esquina; te traerá de vuelta al departamento. (No te preocupes, el taxista también es de los nuestros). Estas hojas servirán para deslindarte en caso de que algo salga mal. Si tienes miedo, sólo recuerda las palabras sabias que nos dejó Lennon: todo va a estar bien al final. Si no está bien, entonces no es el fin. El concierto inicia a las nueve.
Peace and love, David, hasta siempre.
Juan.