Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

miércoles, 29 de julio de 2015

ANTONIO JESÚS CRUZ (Frías, Santiago del Estero, 1951)

DIECISIETE HAIKUS
 


Roncos tambores. 

El cielo estalla en fuegos 

por la tormenta. 


II 

Eterno el río 

va en busca de un destino 

que es un misterio. 


III 

La luna llena 

se repite en los charcos 

hecha nostalgia 


IV 

Yerma salina, 

paisaje donde imperan 

Las soledades 





Viste al silencio 

el murmullo del río. 

Todo es nostalgia 


VI 

Tarde de otoño, 

amarilla congoja, 

penas antiguas 


VII 

Gris y sombrío 

El otoño atardece 

Hecho recuerdo 


VIII 

La noche clara 

su “lenguaje-misterio” 

y la añoranza. 


IX 

Gris sobre grises. 

Las nubes cenicientas, 

mis soledades.

 


Oscuro ocaso 

callado su murmullo 

lleno de ausencia 


XI 

Manto de nubes, 

el sol que se nos niega 

día que abruma. 

XII 

Hieren la tarde 

feroces los silencios 

de mi nostalgia. 


XIII 

Piadosa y triste 

la tarde se resbala 

hacia la noche. 


XIV 

Ramas desnudas, 

los árboles sin hojas, 

tristes espectros. 


XV 

Cárcel plomiza, 

la tarde cenicienta 

y el desamparo. 


XVI 

Cuantas estrellas, 

cuanto cielo infinito 

en mis nostalgias. 


XVII 

Templo de estrellas 

la noche me acorrala 

con su misterio 


 
Biblioteca Popular Nº 2131 - Domingo Faustino Sarmiento
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martes, 28 de julio de 2015

NICOLÁS DE CHAMFORT (Francia, 1741-1794)

LAS TARDES

Cierto hombre pasaba, desde hacía treinta años, todas las tardes en casa de la señora X. Un día, la esposa de este hombre falleció. Todos creyeron que se casaría con la otra y hasta lo alentaron a hacerlo. 
El se negó. 
- No sabría dónde pasar mis tardes -dijo.

lunes, 27 de julio de 2015

MARCELO GILL (Paraguay, Asunción, 1985)

HIPÓTESIS
No. No es por estética que se deja el bigote y la barba, ni es por problemas de la vista que lleva siempre esos anteojos. No. Es simplemente porque si se afeitara y se sacara esos lentes, todos se darían cuenta que bajo esa barba, ese bigote y esos anteojos, en realidad, no hay nadie.

Primeras lecturas, nuevas generaciones.

MAITÉ lectora

 

Presentamos en sociedad a MAITÉ, la socia y lectora más joven de nuestra Biblioteca Sarmiento.

(Fotografía facilitada por Ana Paula Goldar Bauzá)

domingo, 26 de julio de 2015

SILVINA OCAMPO (1913-1993)

EL RETRATO MAL HECHO
A los chicos les debía de gustar sentarse sobre las amplias faldas de Eponina porque tenía vestidos como sillones de brazos redondos. Pero Eponina, encerrada en las aguas negras de su vestido de moiré, era lejana y misteriosa; una mitad del rostro se le había borrado pero conservaba movimientos sobrios de estatua en miniatura. Raras veces los chicos se le habían sentado sobre las faldas, por culpa de la desaparición de las rodillas y de los brazos que con frecuencia involuntaria dejaba caer.
Detestaba los chicos, había detestado a sus hijos uno por uno a medida que iban naciendo, como ladrones de su adolescencia que nadie lleva presos, a no ser los brazos que los hacen dormir. Los brazos de Ana, la sirvienta, eran como cunas para sus hijos traviesos.
La vida era un larguísimo cansancio de descansar demasiado; la vida era muchas señoras que conversan sin oírse en las salas de las casas donde de tarde en tarde se espera una fiesta como un alivio. Y así, a fuerza de vivir en postura de retrato mal hecho, la impaciencia de Eponina se volvió paciente y comprimida, e idéntica a las rosas de papel que crecen debajo de los fanales.
La mucama la distraía con sus cantos por la mañana, cuando arreglaba los dormitorios. Ana tenía los ojos estirados y dormidos sobre un cuerpo muy despierto, y mantenía una inmovilidad extática de rueditas dentro de su actividad. Era incansablemente la primera que se levantaba y la última que se acostaba. Era ella quien repartía por toda la casa los desayunos y la ropa limpia, la que distribuía las compotas, la que hacía y deshacía las camas, la que servía la mesa.
Fue el 5 de abril de 1890, a la hora del almuerzo; los chicos jugaban en el fondo del jardín; Eponina leía en La Moda Elegante: "Se borda esta tira sobre pana de color bronce obscuro" o bien: "Traje de visita para señora joven, vestido verde mirto", o bien: "punto de cadeneta, punto de espiga, punto anudado, punto lanzado y pasado". Los chicos gritaban en el fondo del jardín. Eponina seguía leyendo: "Las hojas se hacen con seda color de aceituna" o bien: "los enrejados son de color de rosa y azules", o bien: "la flor grande es de color encarnado", o bien: "las venas y los tallos color albaricoque".
Ana no llegaba para servir la mesa; toda la familia, compuesta de tías, maridos, primas en abundancia, la buscaba por todos los rincones de la casa. No quedaba más que el altillo por explorar. Eponina dejó el periódico sobre la mesa, no sabía lo que quería decir albaricoque: "Las venas y los tallos color albaricoque". Subió al altillo y empujó la puerta hasta que cayó el mueble que la atrancaba. Un vuelo de murciélagos ciegos envolvía el techo roto. Entre un amontonamiento de sillas desvencijadas y palanganas viejas, Ana estaba con la cintura suelta de náufraga, sentada sobre el baúl; su delantal, siempre limpio, ahora estaba manchado de sangre. Eponina le tomó la mano, la levantó. Ana, indicando el baúl, contestó al silencio: "Lo he matado".
Eponina abrió el baúl y vio a su hijo muerto, al que más había ambicionado subir sobre sus faldas: ahora estaba dormido sobre el pecho de uno de sus vestidos más viejos, en busca de su corazón.
La familia enmudecida de horror en el umbral de la puerta, se desgarraba con gritos intermitentes clamando por la policía. Habían oído todo, habían visto todo; los que no se desmayaban, estaban arrebatados de odio y de horror.
Eponina se abrazó largamente a Ana con un gesto inusitado de ternura. Los labios de Eponina se movían en una lenta ebullición: "Niño de cuatro años vestido de raso de algodón color encarnado. Esclavina cubierta de un plegado que figura como olas ribeteadas con un encaje blanco. Las venas y los tallos son de color marrón dorados, verde mirto o carmín".

sábado, 25 de julio de 2015

ALBERTO TASSO (Ameghino, Buenos Aires, 1943)

LÓGICA DE LA LLUVIA
Llueve cansadamente en todas partes
llueve sobre los húmedos umbrales
llueve sin pausa
llueve
llueve y es tarde y me amedrento
y torno
a no ser otro sino el descubierto
ser que hay en mí bajo la lluvia
llueve
mojándome la piel los pensamientos
soy el yaciente, el muerto, el que no espera
la hebra de luz filtrándose en la sombra
soy el agua la voz la enredadera
soy el águila mansa en el adobe
soy el vocabulario del callado
y llueve
lejana, imperceptiblemente
sobre la lejanía
y sobre el tiempo
llueve
llueve en el corazón
soy el que siente


viernes, 24 de julio de 2015

GIORGIO MANGANELLI (Italia, 1922-1990)

VEINTISIETE
 
Un señor que poseía un caballo de excepcional elegancia, una mansión fortificada, tres criados y una viña, creyó entender, por la manera como se habían dispuesto los cirros en torno al sol, que debía abandonar Cornualles, en donde siempre había vivido, y dirigirse a Roma, en donde, suponía, tendría ocasión de hablar con el emperador. No era un mitómano ni un aventurero, pero aquellos cirros le hacían pensar. No empleó más de tres días en los preparativos, escribió una vaga carta a su hermana, otra todavía más vaga a una mujer que, por puro ocio, había pensado en pedir por esposa, ofreció un sacrificio a los dioses y partió, una mañana fría y despejada. Atravesó el canal que separa la Galia de Cornualles y no tardó en encontrarse en una zona llena de bosques, sin ningún camino; el cielo estaba agitado y él con frecuencia buscaba abrigo, con su caballo, en grutas que no mostraban rastros de presencia humana. El día decimosegundo encontró en un vado un esqueleto de hombre, con una flecha entre las costillas: cuando lo tocó, se pulverizó, y la flecha rodó entre los guijarros con un tintineo metálico. Al cabo de un mes encontró una miserable aldea, habitada por aldeanos cuya lengua no entendía. Le pareció que le prevenían de alguna cosa. Tres días después encontró un gigante, de rostro obtuso y tres ojos. Le salvó el velocísimo caballo y permaneció oculto durante una semana en una selva en la que no penetraría jamás ningún gigante. Al segundo mes cruzó un país de poblados elegantes, ciudades llenas de gente, ruidosos mercados; encontró hombres de su misma tierra, supo que una secreta tristeza arruinaba aquella región, corroída por una lenta pestilencia. Cruzó los Alpes, comió lasagna en Mutina y bebió vino espumoso. A mediados del tercer mes llegó a Roma. Le pareció admirable, sin saber cuánto había decaído los últimos diez años. Se hablaba de peste, de envenenamientos, de emperadores viles o feroces, cuando no ambas cosas a un tiempo. Puesto que había llegado a Roma, intentó vivir allí al menos un año; enseñaba el córnico, practicaba esgrima, hacía dibujos exóticos para uso de los picapedreros imperiales. En la arena mató un toro y fue observado por un oficial de la corte. Un día encontró al emperador que, confundiéndolo con otro, lo miró con odio. Tres días después el emperador fue despedazado y el gentilhombre de Cornualles aclamado emperador. Pero no era feliz. Siempre se preguntaba qué habían querido decirle aquellos cirros. ¿Los había entendido mal? Estaba meditabundo y atormentado; se tranquilizó el día en que el oficial de la corte apuntó la espada contra su garganta.


 

jueves, 23 de julio de 2015

GUILLAUME APOLLINAIRE (Francia, 1880-1918)

UNA BELLA PELÍCULA
 
¿Sobre qué conciencia no pesa un crimen? -preguntó el barón d'Ormesan-. Por mi parte, ya no me tomo la molestia de contarlos. He cometido algunos que me produjeron dinero, y si hoy no soy millonario, debo culpar más bien a mis apetitos que a mis escrúpulos.
En 1901, en unión de unos amigos, fundé la Compañía Internacional Cinematographic, a la que para abreviar llamamos C.I.C. Nuestro propósito era producir una película de gran interés y pasarla luego en los cinematógrafos de las principales ciudades de Europa y América. Nuestro programa estaba bien trazado. Gracias a la indiscreción de uno de los domésticos, pudimos obtener una escena interesantísima que representaba al presidente de la República, en momentos en que se levantaba de la cama. Siguiendo idéntico procedimiento, también logramos la filmación del nacimiento del príncipe de Albania. En otra oportunidad, después de comprar a precio de oro la complicidad de algunos funcionarios del Sultán, pudimos fijar para siempre la impresionante tragedia del gran visir MalekPacha, quien, después de los desgarradores adioses a sus esposas e hijos, bebió, por orden de su amo y señor, el funesto café en la terraza de su residencia de Pera.
Sólo nos faltaba la representación de un crimen. Pero, desdichadamente, no es fácil conocer con anticipación la hora de un atraco y es muy raro que los criminales actúen abiertamente.
Desesperando de lograr por medios lícitos el espectáculo de un atentado, decidimos organizarlo por nuestra cuenta en una casa que alquilamos en Auteuil a esos efectos. Primeramente habíamos pensado contratar actores para un simulacro de ese crimen que nos faltaba, pero, aparte de que con ello hubiésemos engañado a nuestros futuros espectadores al ofrecerles escenas falsas, habituados como estábamos a no cinematografiar más que la realidad, no podíamos satisfacernos con un simple juego teatral por perfecto que fuera. Llegamos así a la conclusión de echar suerte, para establecer quién de entre nosotros debía juramentarse y cometer el crimen que nuestra cámara registraría. Mas ésta fue una perspectiva ingrata para todos. Después de todo, éramos una sociedad constituida por personas de bien y nadie tomaba a broma eso de perder el honor ni aun por fines comerciales.
Una noche decidimos emboscarnos en la esquina de una calle desierta, muy cerca de la villa que alquiláramos. Éramos seis y todos íbamos armados con revólveres. Pasó una pareja: un hombre y una mujer jóvenes, cuya elegancia muy rebuscada nos pareció a propósito para acondicionar los elementos más interesantes de un crimen pasional. Silenciosos, nos abalanzamos sobre la pareja y amordazándolos los condujimos a la casa. Allí los dejamos bajo el cuidado de uno de nuestro grupo, volviendo a nuestra posición. Un señor de patillas blancas vestido con traje de noche apareció en la calle; salimos a su encuentro y lo arrastramos a la casa a pesar de su resistencia. El brillo de nuestros revólveres dio razón de su coraje y de sus gritos.
Nuestro fotógrafo preparó su cámara, iluminó la sala convenientemente y se aprestó a registrar el crimen. Cuatro de los nuestros se colocaron al lado del fotógrafo apuntando con las armas a los cautivos.
La joven pareja estaba todavía desvanecida. Los desvestí con atenciones conmovedoras: despojé a la muchacha de la falda y el corsé, dejando al joven en mangas de camisa. Dirigiéndome al señor de esmoquin, le dije:
-Señor: ni mis amigos ni yo deseamos a usted ningún mal. Pero le exigimos, bajo pena de muerte, que asesine, con este puñal que arrojo a sus pies, a este hombre y a esta mujer. Ante todo, usted tratará de que vuelvan de su desmayo; tenga cuidado que no lo estrangulen. Como están desarmados, no cabe la menor duda de que usted logrará su propósito.
-Señor -repuso cortésmente el futuro asesino- no tengo más remedio que ceder ante la violencia. Usted ha tomado todas las resoluciones y no deseo en lo más mínimo modificar una decisión cuyo motivo no se me aparece claramente; voy a pedirle una gracia, sólo una: permítame cubrirme el rostro.
Nos consultamos y resolvimos que era mejor así, tanto para él como para nosotros. Coloqué sobre la cara del hombre un pañuelo en el que previamente habíamos abierto dos orificios en el lugar de los ojos, y el individuo comenzó su tarea.
Golpeó al joven en las manos. Nuestro aparato fotográfico empezó a funcionar, registrando esta lúgubre escena. Con el puñal dio unos puntazos en el brazo de su víctima. Ésta se puso rápidamente de pie, saltando, con una fuerza duplicada por el espanto, sobre la espalda de su agresor. La muchacha volvió en sí de su desvanecimiento y acudió en socorro de su amigo. Fue la primera en caer, herida en el corazón. Luego la escena se concentró en el joven, que se abatió de una herida en la garganta. El asesino hizo las cosas bien. El pañuelo que cubría su rostro no se había movido durante la lucha, y lo conservó puesto todo el tiempo que la cámara funcionó.
-¿Están ustedes conformes? -nos preguntó-. ¿Puedo ahora arreglarme un poco?
Lo felicitamos por su labor. Se lavó las manos, se peinó, cepillándose luego el traje. Inmediatamente, la cámara se detuvo.


miércoles, 22 de julio de 2015

PATRICIO G. BAZÁN (Buenos Aires, 1965)

 
DELIVERY
 
Eructó libre, salvajemente, con la plenitud de los impunes. Pensó durante dos segundos si valía el esfuerzo de limpiar las evidencias de la matanza, pero ¿quién vendría a meter la nariz en una cabaña perdida en lo profundo del bosque? Más importante era conseguir un antiácido: después de devorar a la abuelita y su nieta, sentía su vientre a punto de estallar.
Fuertes golpes a la puerta reclamaron su atención. Quedó inmóvil, ¿quién podría visitar a la anciana tan tarde? Carraspeó antes de atender, recordando cómo era la voz de la vieja.
—¿Quién es?
“Muy rasposa”, maldijo para sus adentros. Lo suyo no era la imitación.
—¡El leñador! —se oyó gritar, y a continuación se abrió la puerta.
Un joven alto y bronceado irrumpió jovialmente en la cabaña. A la luz del fuego que danzaba en la chimenea, podía apreciarse la potente musculatura contenida a duras penas por la ajustada camisa a cuadros.
—Soy tu hombre salvaje de los bosque, Abuelita... ¡como todos los viernes a la noche! —añadió con gesto cómplice, mientras comenzaba su sensual rutina de desnudista a domicilio.
"Vaya con la vieja!", pensó el Lobo Feroz.

martes, 21 de julio de 2015

PEDRO CRENES CASTRO (Panamá, 1972)

LA ODISEA
 
A pesar de conocer el mal carácter de Penélope, Ulises regresa a Ítaca.
Cuando llegue, lo sabe, volverá a arder Troya.