Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

lunes, 10 de noviembre de 2014

DIONISIO SALAS ASTORGA (Viña del Mar, Chile, 1965)

CANCIÓN FLAMENCA, CANCIÓN PROHIBIDA
 
ella baila mirando la vida de costado
es el corazón de una marea de álamos
 
cuando se inclina es una flor
que el viento no ha probado
 
ella baila el dolor de los gitanos
la lengua de las espadas está en sus tacos
 
es una viuda negra
enamora con sus manos
 
(¡que las tablas de su cama aplaudan
hasta callarnos!)
 
si no te agarras bien al mundo
esta mujer te volteará de abajo

esta mujer que galopa desde el pelo
te comerá a pedazos
 
(bis)
ella baila el dolor de los gitanos
la lengua de las espadas está en sus tacos
 
es una viuda negra
enamora con sus manos.)
 

domingo, 9 de noviembre de 2014

MARIO DE ANDRADE (Brasil 1893-1945)

ROSA Y EL CASCARUDO 

 

Belazarte me contó:

No creo en bichos malignos, pero del cascarudo, no sé. Mire lo que sucedió con Rosa... Dieciocho años. Yo no sabía que los tenía. Nadie había reparado en eso. Ni doña Carlotita ni doña Ana, ya viejecitas y solteronas, ambas con cuarenta y muchos. Rosa había venido para acompañarlas a los siete años cuando se le murió la madre. Murió o dio la hija, que es lo mismo que morir. Rosa crecía. Su adorable tipo portugués se pulía poco a poco de las vaguedades físicas de la infancia. Diez años, catorce años, quince... Al final dieciocho en mayo pasado. Pero Rosa seguía con siete, por lo menos en lo que respecta a nuestra alma. Servía siempre a las dos solteronas con la misma fantasía caprichosa de la antigua Rosita. A veces limpiaba bien la casa, a veces mal. En ocasiones se olvidaba del palillero al poner la mesa para el almuerzo. Y en el cuarto acariciaba con la misma ignorancia de madre a la misma muñeca que, ¡no sé cuánto tiempo hace!, le había dado doña Carlotita con la intención de mostrarse simpática. Parece increíble, ¿no?, pero nuestro mundo está hecho de esos increíbles: Rosa, toda una muchacha ya, era infantil y de pureza infantil. Que las purezas como las morales son muchas y diferentes... cambian con los tiempos y con la edad... no debería ser así, pero es así, y no hay nada que discutir. Pero con dieciocho años en 1923, Rosa poseía la pureza de los niños de... allá por la batalla del Riachuelo1 más o menos... Eso: de los niños de 1865. ¡Rosa... qué anacronismo!

En la casita en la que vivían las tres, camino de la Lapa2, su juventud se desarrolló sólo en el cuerpo. También salía poco y la ciudad era para ella el viaje que uno hace una vez por año cuando mucho, por algún finado. Entonces doña Ana y doña Carlotita se vestían de seda negra, ¡sí señor! Se ponían toda esa seda negra haciendo barullo que era una lástima. Rosa acompañaba a las patronas con su ropa fina más nuevita, llevando los jarros de leche y las plantas de la huerta. Iban a Aratá3 donde reposaba el recuerdo del capitán Fragoso Vale, padre de las dos tías. Junto al mármol raso doña Carlotita y doña Ana lloraban. Rosa lloraba también para hacer compañía. Notaba que las otras lloraban, se imaginaba que era necesario llorar también, ¡enseguida!, llanto llanto... abría los pequeños grifos de los ojos negros negros, que brillaban aun más. Después visitaban haciendo comentarios las tumbas endomingadas. Aquel olor... Velas derretidas, familias descansando, agitación dificultosa para tomar el ómnibus... ¡qué aturdimiento, Dios mío! ¡La impresión llena de miedos era desagradable!

Anualmente ese viaje grande de Rosa. No más: llegadas hasta la iglesia de la Lapa algún domingo suelto y en Semana Santa. Rosa no soñaba ni maduraba. Siempre atendiendo la huerta y a doña Carlotita. Atendiendo la cena y a doña Ana. Todo con la misma igualdad infantil que no implica desamor, no. Ni era indiferencia, era no imaginar las diferencias, eso sí. Uno pone diez dedos para hacer la comida, dos brazos para barrer la casa, un pedacito de amistad para Fulano, tres pedacitos de amistad para Zutano que es más simpático, una mirada a la bonita vista de al lado con el campanario de Nuestra Señora de O4 en un embobamiento allá lejos, y de sopetón, ¡zás! se hace todo amor como en el truco5 para ver si toca una buena mano. Así es como hacemos... Rosa no lo hacía. Era siempre el mismo pedazo de cuerpo que ponía en todas las cosas: dedos, brazos, vista y boca. Lloraba con eso y con eso mismo atendía a doña Carlotita.

Indistinta y bien barridita. Vacía. Una hermanita. El mundo no existía para... ¡qué hermana!, santita de iglesia perdida en los alrededores de Évora.6 Hablo de la santita representativa que está en el altar, hecha de argamasa pintada. La otra, la representada, usted bien sabe: está allá en el cielo sin interceder por nosotros... Rosa, si se precisaba, intercedía. Pero sin saber por qué. Intercedía con el mismo pedazo de cuerpo, dedos, brazos, vista y boca, sin nada más. La pureza, la infantilidad, la pobreza de espíritu se empañaban en una redoma que la separaba de la vida. ¿Vecindad? Sólo la casita de más allá, en la misma calle sin vereda, barrio oscuro, verde de pasto libre. La callejuela era engullida en un arrebato por la confusión civilizada de la calle de los tranvías. Pero ya en la esquina el almacencito de don Costa le impedía a Rosa entrar en la calle de los tranvías. Y don Costa pasaba de los cincuenta, viudo sin hijos, pitando de su pipa maloliente. Rosa se detenía allí. El almacén movía toda la dinámica alimenticia de la existencia de doña Ana, de doña Carlotita y de ella. Y eso en las horas apuradas de la mañana, después de hervir la leche que el lechero dejaba muy temprano en el portón.

Rosa saludaba a las vecinas de la otra casa. De tanto en tanto se paraba un minuto para conversar con Ricardita. Pero no tenía tema, ¿qué tenía que hacer? partir enseguida. Con esas despreocupaciones de vivir y de disfrutar de la vida, ¡cómo podía reparar en su propia juventud!, no podía. El único que reparó en eso fue Juan. Primero él envolvía los dos panes en el papel ceniciento y tiraba el paquete en la galería. Golpeaba para que supieran y se iba tlindliirim dlimdlrim, en su triciclo.

Solamente cuando había lluvia y viento, esperaba con el paquete en la mano.

-Buenos días.

-Buenos días.

-¡Qué lluvia!

-Un espanto.

-Hasta mañana.

-Hasta mañana.

Pero una vez, cuando envolvía los panes en el triciclo, vio que Rosa volvía del almacén. Esperó con toda naturalidad, no era ningún maleducado. El sol daba de lleno en el cuerpo que estaba llegando. Fue entonces que Juan reparó en el cambio de Rosa, era otra. Enteramente mujer con piernas bien delineadas y dos senos agudos conteniéndose en la lisura de la blusa, como el rubí del anillo dentro del guante. Así es... Juan no vio nada de eso, estoy fantaseando la historia. Después del siglo diecinueve los contadores parece que se sienten en la obligación de desmenuzar con descaro esas cosas. Ni aquel color de manzana camesa7 amorenada limpia... Ni aquellos ojos de esplendor solar... Juan reparó apenas en que tenía un malestar por dentro y concluyó que el malestar provenía de Rosa. Era Rosa la que le estaba causando eso, no tenía dudas. Derramó una risa perdida por la cara. Se fue atontado, sin decir bien ni siquiera "buenos días". Pero desde entonces no tiró más los panes desde la acera. Esperaba que Rosa viniera a buscarlos de su mano.

-¡Buenos días!

-Buenos días. ¿Por qué no los tiró?

-Es que... se pueden ensuciar.

-Hasta mañana.

-¡Hasta mañana, Rosa!

Sentía ese tal malestar y se iba.

Juan era casi una Rosa también. Sólo que tenía padre y madre, eso le enseña a uno. Y tal vez a causa de los veinte años... De verdad que había llegado a esa edad sin contacto con mujer, pero los sueños lo atizaban, vivía mordido de impaciencias cortas. Pero hacía pan, entregaba pan y se dormía temprano. Los domingos jugaba al fútbol en el Lapa Atlético. Cuando descubrió que no podía más vivir sin Rosa, le confesó todo al padre.

-Pues cásate, hijo. Es una muchacha buena, ¿no es así?

-Sí, padre.

-¡Pues entonces cásate! La panadería es tuya... no tengo más hijos... Y si la muchacha es buena...

Esa tarde doña Ana y doña Carlotita recibían la visita avergonzada de Juan. ¡Cómo costaba hablar de eso! Al final, cuando ellas adivinaron que ese muchacho, corto de palabras pero sereno de gestos, les llevaba a Rosa, se emocionaron mucho. Se emocionaron porque encontraron el asunto muy bonito, muy conmovedor. Y en un instante se dieron cuenta de que la criadota estaba hecha toda una muchacha ya. Precisaba casarse. ¡Qué maravilla, Rosa se casaba! ¡Iba a tener hijos! Ellas serían las madrinas... Casi se desvirgaban del gozo de ser madres de los hijos de Rosita. Se sentían abrazadas, apretadas y, ¡por la santa cruz!, cometían cada pecadote en el inconsciente...

-¡Rosa!

-¿Señora?

-¡Ven acá!

-¡Ya voy, sí señora!

Aún no sabían si Juan era bueno, pero parecía. Y querían disfrutar la turbación de Rosa y del joven, ¡qué maravilla! Apretados contra los batientes de la puerta relumbraron dieciocho años fresquitos.

-Rosa, fíjate. El joven vino a pedirte en casamiento.

-¡Pedir qué!...

-El joven dice que quiere casarse contigo.

Rosa hizo de la boca una rueda roja. Los dientes regulares muy blancos. No se avergonzó. No bajó los ojos. Rosa comenzó a llorar. Se escapó hacia adentro sollozando. Doña Carlotita la encontró sentada en el banquito junto al fogón. Lloraba con grititos, sollozaba encogiendo los hombros, desamparada.

-¡Rosa, qué es eso! ¿¡Entonces es así que se hace!? ¡Si tú no quieres, dilo!

-¡No! Doña Carlotita, ¡no! ¡Cómo puede ser! ¡Yo no quiero dejarla a usted!...

Doña Carlotita ponderó, disfrutó, aconsejó... Rosa no sabía para dónde ir, si se casaba; Rosa sólo sabía atender a doña Carlotita... Rosa se puso a llorar fuerte. Fue preciso taparle la boca, ¡alabado sea!, ¡para que el joven no escuchara, pobre! Al fin vino doña Ana para saber lo que sucedía, muerta de curiosidad.

Juan se quedó solo en la sala, no sabía lo que había pasado allá adentro, pero no obstante adivinando que le parecía que Rosa no gustaba de él.

Ahora sí, estaba realmente aturdido. Se avergonzó de la sala, de estar solo, no sé, fue tomando el sombrero y saliendo con paso de buey de carro. Abría los ojos espantado. Ahora se daba cuenta de que verdaderamente gustaba de Rosa. ¡El rechazo le produjo un dolor, pobre!...

Fue una tarde de silencio en su casa. El padre condenó, ofendió a la chica. Después, dándose cuenta que eso le hacía mal al hijo se calló.

Al día siguiente tiró el pan junto a la puerta y se fue. Le daba de repente un cosa extraña por dentro, venía de allá de debajo del cuerpo apretando, casi sofocaba, y la imagen de Rosa le salía por los ojos discutiendo con la vida indiferente de la calle y de la entrega del pan. ¡Gracias a Dios que llegó a casa! Pero le faltaban letras y calle para cultivar la tristeza. Y Rosa no aparecía para cultivar el deseo... Ese domingo él fue un zaguero estupendo. Gracias a él el Lapa Atlético venció. Venció porque de repentemente8 ella aparecía en su cuerpo y le daba aquella voluntad, es decir, dos voluntades: la... ya sabida, y la otra, de olvido y continuar dominando la vida... Entonces él veía la pelota, adivinaba para qué lado iba, se tiraba, ¡qué le importaba ahora recibir una patada en la cara!, ¡quebrarse la columna!, ¡qué reventara todo!, ¡que se muriese!, pero la pelota no tenía que entrar en el arco. Juan naturalmente pensaba que era a causa de la pelota.

Rosa, cuando vio que de verdad no dejaba a doña Ana y a doña Carlotita, tuvo un alegrón. Cantó. Ahora es que el cascarudo entra en escena... Rosa sintió una gran calma. Y no pensó más en Juan.

-¡Te olvidaste del palillero otra vez!

-¡Discúlpeme, doña Ana!

Continuó limpiando la casa unas veces bien otras mal. Continuó arrullando a la muñeca de porcelana. Continuó.

Esa noche de mucho calor, quiso dormir con la ventana abierta. Rodaba satisfecha el cuerpo desnudo dentro del camisón, y después se durmió. Un cascarudo entró, zzz, zzz, zzzuuuuuummmm, ¡paf! Rosa dormida se estremeció con la sensación de esas patas metálicas en el pecho. Abrió los ojos en la oscuridad. El cascarudo se paseaba lentamente. Encontró el orificio del camisón y avanzaba por el valle ardiente entre montes. Rosa imaginó una mordida horrible en el pecho, se sentó de un salto, comprimiendo el pecho. Con el movimiento, el cascarudo se despegó de la epidermis lisa y cayó en su barriga, zzz, tzzz... tic. Rosa lanzó un grito agudísimo. Se tumbó en la cama retorciéndose. El bicho seguía descendiendo, tzz... Al final se enmarañó tzz-tic, estaba preso. Rosa estiraba las piernas con endurecimientos de ataque. Rodaba. Cayó.

Doña Ana y doña Carlotita la encontraron así, espasmódica, con la espuma escurriéndose de un lado de la boca. Los ojos desorbitados relampagueando como brasa. ¡Pero cómo saber qué era! Rosa no hablaba, retorciéndose. Pero doña Ana, orientada por el gesto que la pobre repetía, descubrió el bicho. Lo arrancó con aspereza, aspereza para librar rápido a la joven. Y fue difícil calmarla... Se iba tranquilizando... de repente volvía todo y era tal cual el ataque, tiraba las cobijas, gruñía, retorciéndose, los ojos revirados, hum... Terror sin fundamento, bien se ve. Nueva faena. La lavaron, doña Carlotita se tomó el trabajo de encender el fuego para tener agua tibia que tranquiliza más, dicen. Le cambiaron el camisón, mucha agua con azúcar...

-También, dejaste la ventana abierta, Rosa...

Sólo dos horas después todo dormía en la casa otra vez. Todo no. Dos ojos fijos en la oscuridad, atentos a cualquier resabio perdido de luz y a las imágenes silenciosas de la oscuridad. Rosa no duerme en toda la noche. Finalmente escucha los ruidos de la casa despertando. Doña Ana viene a ver. Rosa finge dormir, enojada sin razón. ¡Tiene un odio de esa vieja! Tiene asco de doña Carlotita... Oye el estallido de la leña en el fuego. Escucha el ruido del pan arrojado contra la puerta de calle. Rosa se frota los dedos fuertemente por el cuerpo. Se despereza. Al final se levantó.

Ahora camina más pausada. Trae una seriedad aún nunca vista, en las comisuras de los labios. ¡Qué negruras en los párpados! Piensa que va a trabajar y trabaja. Limpia con deber toda la casa., poniendo diez dedos para hacer la comida, poniendo dos brazos para barrer, poniendo los ojos en la mesa para no olvidar el palillero. Doña Carlotita se resfrió. Entonces Rosa le da una porción de amistad. Le prepara té. Se sienta en la cabecera de la cama, velando mucho, sin hablar. Las dos viejas la miran desconfiadas. No la reconocen más y tienen miedo de la extraña. En efecto, Rosa cambió, es otra Rosa. Es una rosa abierta. Imperativa, enérgica. Se impone. Doña Carlotita tiene miedo de preguntarle si pasó bien la noche. Doña Ana tiene miedo de aconsejarle que descanse más. Es sábado sin embargo y podría limpiar la casa el lunes... Rosa limpia toda la casa como nunca la limpió. Hace una limpieza completa en su propio cuarto. La muñeca... Rosa le despega los últimos rizos de la cabeza, con gesto frío. Le hunde un ojo, portuguesamente, a lo Camões.9 Pero piensa que doña Carlotita se va a afligir. Uno nunca debe dar disgustos inútiles a los demás, la vida está ya tan llena de ellos... piensa. Suspira. Esconde la muñeca en el fondo de la canasta.

Cuando fue a dormir tuvo un miedo repentino: ¡dormir sola! ¡Y si se quedase soltera! No sé a qué hora la cama se le tornó insoportablemente solitaria. Se levanta. Abre de par en par la ventana, entra con el pecho en la noche, desesperadamente temeraria. Rosa espera al cascarudo. No hay cascarudos esa noche. Terminó cansándose en esa posición, a la espera. No sabía lo que estaba esperando. Nosotros sí que sabemos, ¿no? Pero el cascarudo no llegó. Era una noche calurosa... La vida palpitaba en un ardor de estrellas estallantes inmóviles. ¡Un silencio!... El sueño de todos los hombres, durmiendo indiferentes, sin amoldarse con ella... El olor de campo requemado endurecía el aire que dejó de circular, ¡no entraba en el pecho! No había absolutamente nada en la noche vacía. Rosa espera un poquito más... Desengañada, se acuesta después. Se adormece agitada. Sueña mezclas imposibles. Sueña que se acabaron todos los cascarudos de este mundo y que un grupo de muchachas se burla de ella zumbando: ¡Soltera!, a las carcajadas. Llora en sueños.

Al otro día doña Ana piensa que es necesario pasear a la joven. Van a misa. Rosa marcha adelante y va a enamorar a todos los hombres que encuentra. Tiene que atrapar uno. Cualquiera. Tiene que atrapar uno para no quedar soltera. En el almacén de don Costa, Pedro Mulatón ya llegó a beber el primer aguardiente del día. Rosa tira una línea para él que más parece de mujer de la vida. Pedro Mulatón siente un deseo fácil de ese cuerpo, y la sigue. Rosa lo sabe. ¿Quién es ese hombre? Eso no lo sabe. Aunque supiera que es vagabundo y borracho, es el primer hombre que encuentra, es preciso agarrarlo, si no, muere soltera. Ahora no enamorará más a nadie. Se finge inocente y virgen, riquezas que ya no tiene... Pero es artista y representa. De vez en cuando se da vuelta para mirar. Mira a doña Ana. Ríe para ella con esa risa provocante que llena los cuerpos de voluntad.

Al salir de misa, otra mirada más canalla aún. Pedro Mulatón se detiene en el almacén. Bebe más y trama cosas feas. Rosa imagina que falta azúcar, sólo para ir al almacén. Es Pedro quien le trae el paquete, conversando. La invita para la noche. Ella se niega porque así no se casará. Para él es indiferente: casarse o no casarse... Irá a pedirla.

Esta vez las dos tías ni llaman a Rosa, hombre repugnante ¿no? ¡Cómo iban a casarla con esos treinta y cinco años!... Por lo menos de treinta y cinco a cuarenta. Y mulato, amarillo pálido ya descolorido... por el aguardiente, ¡Virgen Santa!... Disculpe, pero Rosa no quería casarse. Entonces ella aparece y dice que quiere casarse con Pedro Mulatón. Ellas no le pueden aconsejar nada delante de él, despiden a Pedro. Van a recoger informaciones. Que vuelva el jueves.

Las informaciones son las que nos imaginamos, pésimas.

Vagabundo, chupandín, de mal carácter, no sirve. Rosa llora. Se va casar con Pedro Mulatón y si no la dejan, huye. Doña Ana y doña Carlotita ceden con la muerte en el alma.

Cuando Juan supo que Rosa se iba a casar, le vino una desesperación en la barriga. Salió atontado, para distraerse. Se encontró con unos compañeros y se le dio por la bebida. Lo dejaron por ahí, sentado en el cordón de la vereda, a la madrugada, totalmente borracho. El vigilante hizo que se levantara.

-¡Muchacho, no puedes dormir en este lugar! ¡Ve para tu casa!

Se fue, llorando, diciendo que no tenía la culpa. Después se acostó en el césped de una calle lateral y se durmió. El sol lo llamó. Dolor de cabeza, un gusto horrible en la boca... Y la vergüenza. Ni sabe cómo entró en su casa. La rabia del padre es terrible. ¡Qué insultos! Su hijo esto, su no sé qué más, palabras feas que dan escalofríos... Nadie se imaginaría que un hombre tan bueno pudiese decir esas cosas. ¡Bien!, todo hombre sabe palabrotas, basta tener un dolor desesperado para que salgan. Porque el padre de Juan sufre de veras. Tanto como la madre que sólo llora. Llora mucho. Juan tiene repugnancia de sí mismo. De repente, cuando vuelve del reparto, Carmela lo llama desde la cerca. Dice que Juan no debe beber así, porque la madre lloró mucho. Carmela llora también. Juan se da cuenta que si vuelve a tomar se va a hacer más daño. Jura que no va a caer otra vez en eso. Carmela y él suspiran mirándose. Quedándose allí.

Me estaba olvidando de Rosa... Cuento el resto de lo que sucedió con Juan otro día. Le prepararon un ajuar apurado, en menos de un mes. Aún en víspera del casamiento, doña Carlotita le insistió que dejase al novio. Pedro Mulatón era un infame, hasta un ratero, ¡Dios me perdone! Rosa no escuchó nada. Pateó el piso. Se quiso casar y se casó. Me dio que sentía que estaba equivocada, pero no quería pensar y no pensaba. Las dos solteronas lloraron mucho cuando ella partió casada y victoriosa, sin una lágrima. Dura.

Rosa fue muy infeliz.

 

 

NOTAS:

 

1. Riachuelo: decisiva batalla naval que se libró al sur de la ciudad de Corrientes durante la guerra con el Paraguay y en la cual resultaron victoriosas las armas brasileñas.

2. Lapa: barrio de Sao Paulo.

3. Aratá: cementerio de Sao Paulo.

4. Iglesia del barrio de la Lapa.

5. Campista: en el original, juego de naipes.

6. Évora: ciudad del sur de Portugal.

7. Manzana camesa: especie de manzana.

8. Derrepentemente: en el original, neologismo del autor que procuramos mantener.

9. Camoes: (1524-1580), escritor portugués, autor de Los Lusíadas (1572), epopeya que narra el viaje de Vasco da Gama a Oriente. Está considerado el gran poeta de la nacionalidad portuguesa y su nombre es todo un símbolo de su país. Perdió su ojo derecho luchando en África.

La caída del muro de la vergüenza.

Caida7

 

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El 9 de noviembre de 1989, tras una confusa conferencia de prensa del vocero del gobierno comunista de la República Democrática Alemana, que afirmó que en forma inmediata los alemanes orientales podrían viajar a la Alemania Occidental, millares de berlineses orientales se volcaron a los pasos fronterizos exigiendo que les permitieran pasar a Berlin del Oeste. Los guardias desbordados por la presión de sus conciudadanos abrieron los pasos y en pocas horas miles los traspasaron y comenzó una fiesta que duró semanas. La confusión dio paso a la alegría, al llanto reprimido y al reencuentro con la libertad perdida y con amigos, familiares, y con la otra parte de ese pueblo alemán dividido en forma arbitraria, sometiendo a millones de ellos a vivir sin libertad. La caída del muro aceleró en forma exponencial el derrumbe de los regímenes totalitarios soviéticos, cayendo la gran cortina de hierro que dividió a Europa.

 

Seguir leyendo en la Edición especial del Diario El País de España. http://elpais.com/especiales/2014/aniversario-caida-muro-de-berlin/


La construcción del muro de la vergüenza.

Murodeberlin1 copia

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El 13 de agosto de 1961 Berlín amanecía viendo como el Gobierno de la entonces República Democrática Alemana, había decidido aislar la parte occidental de Berlín, detrás de un cerco. El cual por su carácter opresivo y carcelario fue llamado el Muro de la vergüenza (Schandmauer).

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A 25 años de la caída del muro de Berlín

Caida8 copia

 

El Muro de Berlín (en alemán: Berliner Mauer), denominado oficialmente por la socialista República Democrática Alemana – RDA (Deutsche Demokratische Republik – DDR) como «Muro de Protección Antifascista» (Antifaschistischer Schutzwall) y también apodado por parte de la opinión pública occidental como «Muro de la vergüenza» (Schandmauer). Fue parte de las fronteras interalemanas desde el 13 de agosto de 1961 hasta el 9 de noviembre de 1989 y separó la zona de la ciudad berlinesa bajo control de la República Federal Alemana, Berlín Oeste, de la capital de la República Democrática Alemana entre esos años. Berlín Oeste o Berlín Occidental era un enclave perteneciente al espacio económico de la República Federal Alemana (RFA) en medio del territorio de la República Democrática Alemana (RDA) y legalmente no formaba parte de la RFA.

 

El Bloque del Este dominado por los soviéticos oficialmente sostenía que el muro fue levantado para proteger a su población de elementos fascistas que conspiraban para evitar la voluntad popular de construir un estado socialista en Alemania del Este. No obstante, en la práctica, el muro sirvió para impedir la emigración masiva que marcó a Alemania del Este y al bloque comunista durante el período posterior a la Segunda Guerra Mundial.

 

El muro se extendía a lo largo de 45 kilómetros que dividían la ciudad de Berlín en dos y 115 kilómetros que separaban al enclave Berlín Oeste de la ciudad de Berlín, capital de la RDA. Es decir, constituía la frontera estatal de la RDA con Berlín Oeste. Fue uno de los símbolos más conocidos de la Guerra Fría y de la separación de Alemania.

 

Muchas personas murieron en el intento de superar la dura vigilancia de los guardias fronterizos de la RDA cuando se dirigían al sector occidental. El número exacto de víctimas está sujeto a disputas y no se conoce con seguridad. La Fiscalía de Berlín considera que el saldo total es de 270 personas, incluyendo 33 que fallecieron como consecuencia de la detonación de minas. Por su parte el Centro de Estudios Históricos de Potsdam estima en 125 la cifra total de muertos en la zona del muro.

 

Seguir leyendo en Wikpedia.

 

También recomendamos leer la edición especial realizada por el Diario El País de España.

 

sábado, 8 de noviembre de 2014

MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA (México 1859-1895)


Yo soy el ave errante que solitaria llora, 
y en áridos desiertos -cruzando siempre va; 
sé tú la verde rama que brinde bienhechora 
al ave que ya muere dulcísimo solaz. 

Yo soy brisa que pasa, yo soy hoja que rueda, 
arista que arrebata furioso el huracán; 
no sé por do camino, no sé ni en donde pueda 
de mi incesante lucha el término encontrar. 

Yo soy el sol que se hunde, allá tras la montaña, 
envuelto en el sudario rojizo de su luz; 
sé tú la blanca aurora que el horizonte baña 
y rasga de las sombras el lóbrego capuz. 

Yo soy la negra noche, sin luces, sin estrellas: 
yo soy cielo de sombras, rugiente tempestad; 
sé tú la casta luna que con su luces bellas 
disipe de esa noche la horrible obscuridad. 

Yo soy la navecilla que el aquilón azota, 
y que, sin rumbo, en medio del anchuroso mar; 
juguete de los vientos entre arrecifes flota 
y sin timón ni brújula se mira zozobrar. 

Sé tú la blanca estrella que alumbre mi camino, 
el faro que me guíe al puerto de salud; 
no dejes que en los brazos de mi cruel destino 
me arroje en el abismo y olvide la virtud. 

Yo soy la flor humilde sin galas ni belleza, 
sin plácidos colores ni aroma embriagador; 
tú, pálida azucena de eólica pureza 
cuyo perfume casto es hálito de amor.

Mas si la flor humilde amara la azucena, 
si venturosa viere premiada su pasión, 
alzara, su corola, tal vez de aroma llena, 
irguiérase en su tallo al soplo del amor. 

II

Yo vivo entre sollozos, mi canto es el gemido, 
jamás mi labio entona la estrofa del placer; 
mi pecho siempre exhala tristísimo alarido, 
mi rostro siempre abate terrible padecer. 

Muy lentas son mis horas; muy tristes son mis días; 
horribles horizontes limitan mi existir, 
caverna pavorosa de obscuras lejanías, 
preséntase á mis ojos el negro porvenir. 

La luz que iluminaba mi lóbrego camino 
y que tranquilos goces en la niñez me dió, 
dejándome entre sombras, cual raudo torbellino, 
ante mi vista atónita por el espacio huyó. 

Tan triste es lo que siento, tan negro lo que veo, 
que sólo me consuelan mi llanto y mi gemir; 
ya no en la dulce dicha, ni en la ventura creo, 
ya sólo me presenta la muerte el porvenir. 

La duda con sus garras destroza mi creencia, 
marchita con su aliento las flores de mi amor; 
hay sombras en mi alma, hay luto en mi conciencia, 
mi vida es una estrofa del himno del dolor! 

III 

Tu vida ángel hermoso, cual cándido arroyuelo, 
deslizase entre flores con suave murmurar, 
tu corazón es puro como el azul del cielo, 
jamás tu frente empañan las nubes del pesar. 

Tú ignoras, niña bella, del mundo los engaños, 
no sabes cómo muere del alma la ilusión ; 
no sabes cómo agotan terribles desengaños 
los sueños más hermosos del triste corazón. 

No sabes cual se llora al contemplar perdida 
aquella fe sublime que guió nuestra niñez;
no sabes cómo amarga las horas de la vida 
la duda que nos cerca de eterna lobreguez. 

Es blanca tu conciencia y azul tu pensamiento, 
rosados horizontes te ofrece el porvenir, 
ninguna nube empaña de tu alma el firmamento, 
ninguna pena enluta tu plácido existir. 

Cuando del sacro templo en las soberbias naves, 
murmuras una tierna, purísima oración, 
suspenden al oírla, sus cánticos las aves, 
y un ángel la conduce al trono del Señor. 

Los cielos te sonríen, la tierra te da flores, 
las fuentes su murmullo, las aves su cantar; 
tu corazón es nido de cándidos amores, 
con tu mirada ahuyentas las nubes del pesar. 


IV 

Mi vida es un suspiro, tu vida una sonrisa; 
mi alma negra sombra, la tuya blanca luz; 
eres arroyo y ave, eres perfume y brisa; 
yo lágrimas y duelo, tristísimo sauz. 

Convierte los abrojos de mi cruel destino 
con las hermosas flores de tu bendito amor; 
y entonces, vida mía, al fin de este camino, 
irán nuestras dos almas al trono del Señor. 

Tal vez en mi alma existen en sombra aletargados, 
los gérmenes sublimes de gloria y majestad: 
sin ámbito ni norte dormitan cobijados 
en el sudario lúgubre de horrible obscuridad. 

Alumbra con tus ojos mi obscura inteligencia, 
sé tú, mi vida, el norte que mire mi ambición, 
y me alzaré gigante y arrancaré á la ciencia 
el más hermoso lauro que anhela el corazón. 

Si de tu amor el hálito mi espíritu alentara, 
si de tu amor sintiera la llama celestial, 
yo el vuelo poderoso con majestad alzara, 
y un rayo alcanzaría del sol de lo inmortal.

viernes, 7 de noviembre de 2014

OSVALDO BALLINA (La Plata 1942)

EN VÍSPERA DE UNA MESA REDONDA

 

Ropa que necesito el lunes y

llovizna como llovizna sólo un domingo que llovizna.

La chica del Laverap del barrio me explica los botones.

1. In use

2. Rinse

3. Spin

A los 25 minutos, se para sola.

Después pasa todo a secado.

Cuántas cosas veo en la ropa frente a la máquina.

Girando, girando, un sistema planetario descontrolado.

La angustia de un día en ese pullover claro.

El viejo jean arrodillado ante un hormiguero.

La remera que corre por las mañanas del verano.

Tu mano despojándome del slip amarillo.

Las nubes redondas de las camisas blancas.

El pantalón gris retorciendo sus manchas.

Todo girando, girando, girando.

 

En la mesa redonda me preguntarán

cómo nace un poema, la pureza del lenguaje, cuándo escribo.

Recordaré las indicaciones de la empleada del Laverap.

En especial esa esfera metálica que gira

y que al detenerse todo sale limpio, seco, perfumado.

Turbulenta, el agua desapareció como si nunca hubiera sido,

ni vestigios de sol, de viento, de cielo,

tan diferente de lo que ocurre en el alma,

los silencios, heridas, júbilos, empecinamientos

de una generación estafada pero que sigue empujando

mientras llovizna como llovizna sólo un domingo que llovizna.

VISITA DE ESCOLARES

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Alumnos de 4to. año de la Escuela Técnico Agropecuaria 4-171 “Preceptora Hilda Mabel Coria” de Carmensa visitaron las muestras de arte de Leticia Rossi y Eliana Bouyer que ofrece nuestra Biblioteca.  En la oportunidad, los alumnos, estuvieron acompañados del director del colegio Ing, Roberto Tohmé y del docente y bibliotecario escolar Ricardo Bugarín.


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NOVEDADES BIBLIOGRÁFICAS NOVIEMBRE 2014

Biblioteca Sarmiento informa la incorporación de material bibliográfico procedente de diversas donaciones de acuerdo al siguiente detalle:

Novedadesbibliograficasnoviembre2014

Donación Liliana Mur - Eduardo Amézqueta

• ”Crónica militar y política de la Segunda Guerra Mundial” de Mariano del Pozo -8 tomos-
• “Historia Universal” de Charles Seigrabos -5 tomos.
• ”English Pronunciary Dictionary”
• “Storia Di Dolo” de Giuseppe Badin
• “Grandes enigmas del mundo animal” -5 tomos-
• “Crónica Argentina” editorial Codex -5 tomos.
• ”Nuestra Argentina” de Ignacio Gutiérrez Saldívar
• ”Prehistoria y primeros habitantes” editorial Clarín

Donación Ricardo Bugarín

• “Breve Historia de la Argentina” de José Luis Romero
• “El ternero” de Jorge Julio Ammar
• “Memoria de crímenes” de Ray Bradbury
• “Carne picada” de Jorge Asís
• “Mis montañas” de Joaquín V. González
• “Córdoba y sus sierras” de Fernández Moreno
• “Dulces chilenos “ de Guillermo Blanco
• “Punto de impacto” de John Nichol
• “El lugar de toda mujer” de Bárbara Delinsky
• “A la sombra del arco iris” de Robert Franklin Leslie
• “Crimen en el Capitolio” de Bárbara Mikulski-Marylouise Oates
• “La causa secreta y otros cuentos” de Joaquím María Machado de Assis

Donación Mirta Gattera

• Colección Premio Nobel:
• “La oscuridad visible” de William Golding
• “Los caminos de la libertad” de Bertrand Russell
• “Dignum est” de Odiseas Elitis
• “Quo vadis?” de Henryk Sienkiewicz
• “La hojarasca” De Gabriel García Márquez
• “El doctor Jivago” de Boris L. Pasternak
• “Paraíso reclamado” de Halldós Laxness
• “Las voces de Marrakech” de Elías Canetti
• “Lucharon por la patria” de Mijail Shólojov
• “Antología personal” de Juan Ramón Jiménez
• “Grandes contemporáneos” de Winston Churchill
• “La casa de las bellas durmientes” de Yasunari Kawabata
• “Adiós a las armas” de Ernest Hemingway
• “Nudo de víboras” de Francois Mauriac
• “Anábasis y otros poemas “ de Saint-John Perse
• “Barrabás y otros relatos” de Pär Lagerkvist
• “Herzog” de Saul Bellow
• “Era el año 1914. Aquí tienes tu vida” de Eyvind Johnson
• “El innombrable” de Samuel Beckett
• “El mago de Lublin” de Isaac Bashevis Singer
• “La mujerzuela respetuosa. A Puerta cerrada” de Jean-Paul Sartre
• “Historia de Roma” de Theodor Mommsen
• “Huesos de sepia y otros poemas” de Eugenio Montale
• “El coronel no tiene quien le escriba” de Gabriel García Márquez
• “Un muchacho de buen temple” de Björnstjerne Björnson
• “antología esencial” de Vicente Aleixandre
• “La peste” de Albert Camus
• “Torotumbo y otras obras” de Miguel Ángel Asturias
• “Un puente sobre el Drina” de Ivo Andric
• “¿Dónde estabas, Adán?” de Heinrich Böll
• “Huésped para una noche” de S.J. Agnon
• “Un día en la vida de Iván Denisovich” de Alexander Soljenitsin
• “El gran Galeoto. En el puño de la espada” de josé Echegaray
• “Al este del Edén” de John Steinbeck
• “Y enseguida anochece y otros poemas” de Salvatore Quasimodo
• “Poemas y pensamientos” de Sully Prudhomme
• “El poder cambia de manos” de Czesleaw Milosz
• “Santuario” de William Faulkner
• “El carro de los elegidos” de Patrick White

Donación Lelia Musa - Alicia Calvente

Colección Atlas Culturales del Mundo:
• “China, Gigante milenario” Tomo I y II de Caroline Blunden y Mark Elvin
• “Japón, El Imperio del Sol Naciente” Tomo I y II de Collcutt Jansen y Kumakura
• “Egipto. Dioses, Templos y Faraones” Tomo I y II de John Baines y Jaromir Malek
• “La Biblia.Tierra, Historia y Cultura de los Textos Sagrados” Tomo I y Ii de John Hogerson
• “África. El despertar de un continente” Tomo I y II de Jocelyn Murray
• “Francia. Una civilización esencial” Tomo I y II de John Ardagh y Colin Jones
• “Roma. Legado de un Imperio” Tomo I y II de Tim Cornell y John Matthews
• “Grecia. Cuna de Occidente” Tomo I y II de Peter Levi
• “Europa Medieval. Raíces de la Cultura Moderna” Tomo I y II de Donald Matthew
• “El Mundo del Renacimiento. Arte y Pensamiento renuevan Europa” Tomo I y II de C.F. Black, Mark Greengrass, David Howarth, Jeremy Lawrance, Richard Mackemey, Martin Rady y Evelyn Welch
• “El Pueblo Judío. Odisea a través de los siglos” Tomo I y II de Nicholas de Lange
• “América Antigua. Civilizaciones Precolombinas” Tomo I y II de Coe, Snow y Benson
• “El Cristianismo. Veinte siglos de la Historia” Tomo I y II de Henry Chadwick y G. R. Evans
• “Rusia. De los Zares a los Soviets” Tomo I y II de Robin Milner-Gulland
• “Mesopotamia y el Antiguo Oriente Medio. Amanecer de las civilizaciones” Tomo I y II de Michael Roaf
• “El Mundo Islámico. Esplendor de una Fe” Tomo I y II de Francis Robinson

Todo el material mencionado ya ha sido técnicamente procesado e ingresado a nuestro Fondo Bibliográfico y se encuentra a disposición de los lectores.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Conociendo a Ana Frank

Diario Ana Frank 2

 

Annelies Marie Frank Hollander, conocida en español como Ana Frank (Fráncfort del Meno, 12 de junio de 1929Bergen-Belsen, marzo de 19452 ), fue una niña judía alemana, mundialmente conocida gracias al Diario de Ana Frank, la edición en forma de libro de su diario íntimo, donde dejó constancia de los casi dos años y medio que pasó ocultándose, con su familia y cuatro personas más, de los nazis en Ámsterdam (Países Bajos) durante la Segunda Guerra Mundial. Su familia fue capturada y llevada a distintos campos de concentración alemanes. El único sobreviviente de los ocho escondidos fue Otto Frank, su padre. Ana fue enviada al campo de concentración nazi de Auschwitz el 2 de septiembre de 1944 y, más tarde, al campo de concentración de Bergen-Belsen, donde murió de tifus en marzo de 1945, pocos días antes de que éste fuera liberado. En 1947, apenas dos años después de terminada la guerra, Otto publicó el diario bajo el título La casa de atrás (en neerlandés, Het Achterhuis).

 

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