Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

sábado, 28 de junio de 2014

MARÍA GRANATA (Buenos Aires, 1923)

EL PERRO SIN TERMINAR
 
El niño quiso dibujar un animal. Pensó en el ciervo, que es un caballito con la cabeza llena de palos; pensó en el zorro. Y al final se le ocurrió que lo mejor sería dibujar un perro que es un animal fácil de dibujar porque siempre está al lado de uno. 
Tenía una carbonilla muy negra y un papel muy amarillo. Empezó por las patas que es lo que sostiene; hizo tres ya que a la cuarta no sabía qué posición darle. Le salieron bien, seguramente porque esa carbonilla ya había dibujado perros.
Continuó con el trazado del cuerpo y cuando le tocó diseñar la cabeza, pensó en un hocico puntiagudo pero tuvo miedo de que le saliera un pico de pájaro; tampoco debía ser completamente chato porque entonces el perro parecería una foca. 
Y pensó también en las orejas: mejor grandes para que oyeran las voces de todos los dibujos que hay en el mundo. Y también era preferible que estuviesen levantadas y no caídas para que no terminaran cayéndose al suelo y que él se tuviera que pasar el día levantando orejas.
¿Y los ojos? ¿Los haría redondos como bolitas? No, porque todo lo que es redondo un buen día empieza a girar, y ya se sabe que un perro no debe tener ojos giratorios. Se los haría un poco alargados, con una mirada que se desparramara por todo el papel y también por toda la casa.
Por fin el niño trazó una oreja tal como lo había decidido, grande y levantada, y antes de hacer la otra dibujó un ojo para no olvidarse cómo lo quería, y después empezó a delinear un hocico que no fuera pico. Pero antes de terminarlo oyó que otros chicos lo llamaban para jugar, y salió corriendo a todo correr.
El dibujo quedó sin terminar.
La carbonilla rodó sobre la mesa buscando un sitio dónde esconderse porque la habían gastado bastante y no quería reducirse a un trocito. Nadie repara en los trocitos y los pobres deben andar a saltos por el mundo para demostrar que existen. Y aun así, nadie los ve.
Confiada en que el descanso la haría crecer, la carbonilla se ocultó entre un cuaderno y un compás.
Antes de que anocheciera, por la ventana abierta entró viento, no el viento grande sino un viento niño que quería jugar.
Volaron los papeles en donde el chico había hecho sus sumas y sus restas de la escuela. Los números de las cuentas saltaron con los resultados puestos al revés; un 4 quedó sentado - mirándolo bien, el 4 siempre está sentado -, y un 0 rodó como una bolita. Voló también una pluma que vivía en un rincón; la carbonilla se resfrió, y el papel amarillo en el que había poco más de medio perro dibujado, planeó por el cuarto y terminó cayéndose al suelo.
El dibujo tembló.
El viento niño se divertía, pero cuando oyó que su padre, el viento grande, lo llamaba, salió por la ventana por donde había entrado. Todo volvió a estar quieto aunque no en orden. Y hubo otro cambio: el dibujo sin terminar se había empezado a desprender ligeramente del papel.
A la noche sintió que se había desprendido del todo. 
Trató de levantarse y pudo hacerlo, al principio con miedo de caerse, y después con más y más confianza.
Aunque no mucha porque no es lo mismo estar parado en tres patas que en cuatro.
Dio unos pasos inseguros pegado a la pared. No se animaba a caminar por el centro de la habitación, pero de pronto dio un salto, en realidad un saltito torcido ya que le faltaba una pata, y se alejó de la pared. Y anduvo hasta la medianoche dando vueltas y vueltas en medio de ese cuarto que había quedado con la ventana abierta porque hacía calor.
Y después se acercó a la ventana y dio un salto tan alto que cayó en la calle. El aire fresco lo animó bastante, pero él se quedó allí sin saber qué hacer, no en cuatro patas sino en tres.
Con su único ojo miró la calle desierta; con su única oreja oyó el barullo que hacían los monigotes dibujados en las paredes.
Echó a andar.
De repente tuvo miedo y se escondió en un umbral.
Y después sintió hambre, y en cuanto el miedo se le redujo a la mitad, siguió su camino que a algún lado lo llevaría.
Anduvo, anduvo, no muy ligero porque no era bípedo ni cuadrúpedo. Ya se sabe que con tres patas se camina más despacio que con dos, aunque cueste entenderlo.
Seguía sintiendo hambre. Por fin junto a un portal encontró un pequeño hueso pero no lo pudo comer porque los perros dibujados sólo pueden comer huesos dibujados.
La noche era de verano, apenas fresca, pero él sintió frío. Se acurrucó junto a un álamo plantado en la calle, después de olfatearlo con su media nariz.
 
- ¡Un perro sin terminar! - exclamó el árbol. 
 - Soy un dibujo - le aclaró él.
 
Las hojas lo miraron con miles de miles de ojitos verdes y le dijeron:
 
- Así incompleto como estás corres el peligro de borrarte.
 
El pobre dibujo sintió de golpe más hambre y más frío, y un nuevo miedo que le sacudió las pocas líneas de que estaba formado.
 
- ¿Qué debo hacer? - le preguntó al árbol.
 
El álamo tenía gran cantidad de años guardados en el follaje, en las raíces, debajo de la corteza, y como no se le había perdido ninguno, sabía muchas cosas.
 
- Lo que debes hacer - le aconsejó al dibujo - es que alguien te termine. ¿Cómo vas a andar así por el mundo?
 
- ¿El mundo está terminado? - preguntó él.
 
El árbol se quedó pensativo.
 
 
 - Me parece que si - le respondió-. Aunque algunas cosas faltan hacerle: remendar los agujeros de los volcanes, rellenar con tierra los precipicios, hacer que el viento ande en bicicleta, y poner más casas por todas partes y más árboles como yo. Pero más fácil será que alguien te termine a ti y no al mundo.
 
- ¡Gracias! - exclamó el medio perro levantándose; y antes de dar un paso le confió al álamo:
- Tengo hambre.
 
El árbol se inclinó bastante señalándole una callecita, y le informó:
 
- Si vas hacia allí, encontrarás en un muro el dibujo de un huesito hecho hace años por un perro dibujante. Y te lo podrás comer.
 
Después de desearle buena suerte al perrito de carbonilla a medio hacer, el álamo lo vio dirigirse hacia el sitio que él le indicara con el verde dedo índice que tenía en la punta.
 Y después con sus ojos vegetales vio cómo el pobrecito se comía el hueso dibujado.
 
¡Ah, no tener hambre es una gran cosa!
 
Las tres patas se sintieron más fuertes, capaces de sostener a una jirafa; la única oreja empezó a aletear; el único ojo se puso brillante como un pedacito de fogata. 
 
El dibujo sin terminar llegó a un lugar descampado cuando ya amanecía. El sol recién nacido sintió piedad por él y le envió todo su calor, toda su luz. Y él dejó de tener frío. Fue como si el día hubiese comenzado en su cuerpecito; alrededor de él estaba oscuro y fresco. Y después de entibiarlo, el sol se comportó como debe ser.
En un prado donde había dieciocho millones trescientas veinticuatro mil plantitas de avena, el dibujo se encontró con un granjero.
 
- Por favor, ¿no tienes una carbonilla? - le preguntó.
 
El hombre lo miró extrañado. Es que nunca había oído la palabra carbonilla.
 
- ¿Qué ave es esa? - se sorprendió -. Yo sólo tengo patos, gallinas y gansos.
 
- No es un ave - le explicó el dibujo -. Es un carbón largo y bastante flaco. pero lo mismo me serviría cualquier trocito de carbón.
 
El granjero se dispuso a buscar lo que el medio perro le pedía, y en cuanto dio tres pasos le oyó decir:
 
- ¡Ah, y por favor trae un papel en donde yo pueda caber, mejor si es amarillo!
 
El hombre volvió con el trocito de carbón que desde hacía unos días vivía en su hornalla, y con una hoja grande de papel blanco que se volvió amarillo en cuanto el dibujo se tendió en él. 
 
- ¿Vas a dormir? - le preguntó el granjero.
 
- No. Necesito algo más importante que el sueño - fue la respuesta.
 
- ¿Y qué es?
 
- Que me termines de dibujar.
 
El hombre dio una vuelta entera alrededor de él y se lo quedó observando. Después dijo:
 
- Pareces un perro y yo no sé dibujar perros. Tan sólo aves.
 
- Por favor, inténtalo - rogó el desdichado.
 
El granjero tomó el carbón que había encontrado en su hornalla, le sopló el cuernito de ceniza que tenía, y en el sitio de la oreja que faltaba trazó una cresta. La cuarta pata la hizo zancuda, bastante más larga que las otras tres, delgadísima y con los dedos muy separados. El ojo que faltaba lo hizo más chico que el otro y bien redondo, con una vigilante mirada de gallo. Y después completó el hocico con medio pico entreabierto.
 
Y cuando ya daba por terminado su trabajo hecho con el trocito de carbón y con una gran cantidad de buena voluntad y desacierto, el granjero reparó en que el pobre animal no tenía rabo. Y entonces le dibujó una cola emplumada.
 
- ¿Quedé bien? - preguntó el perro que ya no era perro. Y en cuanto hizo la pregunta, del medio pico le salió un cacareo.
 
- ¡A la perfección! - contestó el granjero contemplándolo embelesado.
 
El dibujo se sintió feliz. Para él sentirse feliz era como estar cubierto de estrellitas. Y se levantó del papel amarillo que volvió a ser blanco en cuanto él lo abandonó.
 
Le agradeció al granjero la ayuda y echó a andar, completo, pero disparatado.
 
Le costaba mucho más caminar debido a esa pata zancuda, pero no se quejó. También le costaba arrastrar esa cola como de pavo real que ahora tenía. Sin embargo, continuó andando a la espera de encontrarse con seres que quisieran ser sus amigos.
 
Llegó a un bosquecillo y se anunció con una voz que fue mitad ladrido y mitad cacareo.
En vez de animalitos con quienes entablar una amistad alegre, apareció un explorador, de nariz muy larga para explorar mejor.
 
- ¡Qué animal más raro! - exclamó lleno de asombro - Lo voy a capturar.
 
La palabra "capturar" lo asustó al dibujo que echó a correr todo lo que pudo, todavía más. Tuvo miedo de que esa palabra horrible lo borrara. el explorador agitaba una red para capturar que él mismo había hecho uniendo todos los agujeros que había encontrado en sus exploraciones, pero de nada le sirvió porque el animal raro siguió corriendo a los saltos a mayor velocidad que él. Había momentos en que los separaba una distancia de doce caracoles en fila, y momentos en que la distancia entre los dos era de doce vacas, también en fila. 
El dibujo se salvó gracias a los saltos que daba su pata larga.
 
 
Cuando el explorador lo perdió de vista, se puso a contar los agujeros de su red por si se le había caído alguno.
 
A la entrada de un caserío, el perro-ave, todavía agitado, se guareció en un umbral. Es que los dibujos se cansan como lo que realmente está vivo; en realidad un dibujo también está vivo, aunque de otra manera. Y él estaba muy fatigado por la carrera y por el miedo. Cerró al mismo tiempo su ojo de perro y su ojo de gallo, y no consiguió acomodar su pata zancuda que se salía del umbral, ni cerrar su cola emplumada para que ocupara menos espacio. Lo que sí consiguió fue dormir.
 
Y una hora después, cuando despertó, vio caer una lluvia que le sacó la lengua, una lengua de agua. Y él volvió a asustarse pensando que si la lluvia lo mojaba se le borrarían las líneas de que estaba hecho.
 
Y continuó en el umbral hasta que el mediodía mandó a la lluvia a la nube de donde había salido. Y toda el agua caída tuvo que levantarse y volver al cielo.
 
El perro-ave salió de su refugio y continuó andando por las calles del caserío. Las gentes, al verlo, en cuanto salían de su asombro, reían y reían.
 
- ¡Un perro mezcla de ave de corral!
 
- ¡Un disparate andando!
 
- ¡Nunca se ha visto nada más ridículo!
 
- ¿De dónde habrá salido?
 
- Además está tan flaco, tan flaco que parece un dibujo.
 
El pobre comprendió que se estaban burlando de él. Todos lo señalaban sin dejar de reír. Sí, estaba en el centro de una burla que crecía y crecía, que giraba y giraba. Si no hubiese estado hecho de carbonilla, se habría puesto colorado, pero de la negrura no puede salir ningún color. 
 
Rengo a causa de su pata bastante más larga, el dibujo disparatado atravesó el pueblo a saltos desparejos, humillado y triste.
 
La cresta se le había caído sobre el ojito de gallo, la cola emplumada se arrastraba por las piedras de la calle. El medio pico se abría y se cerraba soltando tres cuartos de ladrido junto a dos carareos y medio, todo mezclado.
 
El único que le dio la bienvenido con una alegría hecha de lucecitas fue un monigote dibujado en una pared.
- ¡Hola! - lo saludó.
 
- Hola - respondió él en voz baja, entre un ladrido revuelto y un cacareo agujereado, temeroso de ser burlado una vez más.
 
- ¿No te da miedo andar suelto? Podrías venir a vivir en esta pared. Está recién pintada - le ofreció el monigote.
 
Él lo miró mitad con su ojo de perro, mitad con su ojo de gallo. Y le sonrió con su medio hocico, con su medio pico.
 
Estuvo a punto de aceptar pero tuvo que lanzarse a una nueva carrera porque las voces de las burlas se convirtieron en una amenaza que soltaba una espuma negra como todas las amenazas.
 
- ¡Vamos a atraparlo! ¡Vamos a atraparlo!
 
Se salvó a duras penas, y gracias a que saltó a una vieja pared de donde nadie pudo sacarlo. Es claro, más le hubiera gustado estar junto al monigote y no tan solo. Y por fin las burlas se fueron, pero cuando llegó la noche tuvo que salir de su refugio porque la pared empezó a descascararse.
 
De un salto bastante torcido se halló de nuevo en la calle. Miró hacia todas partes por si había alguien que se riera de él. No había nadie. Se sacudió la cal de la pared descascarada y empezó a caminar.
 
Anduvo, anduvo...
 
Era ya de madrugada cuando se vio en un descampado en medio de la niebla. La niebla es una nube pegada a la tierra, y menos mal que él no lo sabía porque casi todos se asustan si saben que están dentro de una nube.
 
Ni su ojo de perro ni su ojo de gallo le servían: no veía nada, como si estuviese encerrado en una casa de humo. Se tendió en el suelo, y como nada veía, no se dio cuenta de que se había acostado en un charco. Lo advirtió cuando la mojadura lo hizo estornudar.
 
Mientras él estornudaba el agua le borró la cresta, y después la cola emplumada. Un minuto más tarde nada quedaba del medio pico, nada quedaba de la pata zancuda. Lo último en desaparecer fue el ojo redondo de gallo. Por suerte, el agua del charco había borrado sólo las líneas trazadas por el granjero. Al dibujo hecho por el chico lo dejó intacto porque lo que los niños hacen es imborrable.
 
El perro a medias salió del charco, claro está, todo mojado. Una gota muy grande que le colgaba de su único ojo parecía una lágrima.
 
Y en cuanto pudo enderezar sus patas, que nuevamente eran tres, le pidió a la niebla que le hiciera un caminito para salir. Y la niebla, como si fuese encendiendo fósforos, le marcó un sendero de luz por donde él empezó a andar hasta salir de esa nube posada en la tierra y poder verse cerca de su casa.
 
Le latió el corazoncito que no tenía dibujado pero que tenía, y cuando llegó a su ventana necesitó tres saltos para entrar. Una vez adentro buscó la hoja amarilla en donde había nacido, y la encontró sobre la mesa junto a la carbonilla.
 
- Menos mal que volviste - le dijo la carbonilla.
 
- Menos mal - repitió él; y después se tendió sobre el papel amarillo y de golpe se quedó dormido.
 
Cuando entró el niño lo contempló con una alegría que parecía relumbrar.
 
- ¡Apareció mi dibujo sin terminar! - exclamó.
 
Tomó la carbonilla entre sus dedos que sabían trazar líneas y completó el dibujo. Todo lo que faltaba le salió bien. El rabo se lo hizo levantado para que ese fuera un perro contento. Y después anunció:
 
- Voy a colgar este dibujo en una pared.
 
Pero no pudo hacerlo.
 
El dibujo terminado saltó del papel amarillo moviendo la cola, los ojos muy brillantes y el hocico con la lengua afuera, una lengua que el chico no había trazado.
 
 
No; no se había convertido en un perro de carne y hueso: seguía siendo un dibujo, un dibujo que nunca se borraría y que andaría suelto todo el día junto al niño, y que además podría ladrar, y dormir en el papel amarillo cuando tuviera sueño.

ESTELA FIGUEROA (Santa Fe, 1946)

LA ENAMORADA DEL MURO
 
I
La enamorada del muro
no sabe cómo es el muro.
Pero seguro siente su humedad
cuando ha llovido.
Su aridez
en tiempo seco.
La enamorada del muro
depende del muro.
A él se aferra.
Si el muro cae
ella se desparrama
como una cabellera sin cabeza.
A veces es tímida
y cubre sólo la base
como una mujer arrodillada
que abrazara las piernas de un hombre.
Y a veces —qué deseo
y qué orgullo caben en ella—
cubre no sólo el muro
sino toda la casa.
II
Todo amor nace
a partir de una pequeña confusión.
Nadie puede decir con certeza
si es el muro el que sostiene a su enamorada
o es la enamorada
la que sostiene al muro.
Y todo amor crece
a partir de pequeñas carencias:
la enamorada del muro no florece.
Tampoco el muro.
III
Visto desde afuera
la impresión general es de una gran belleza.
¿Pero quién puede alejarse para mirar
cuando está enamorado?
El muro no ve el hermoso conjunto.
Ve pequeños tentáculos
que se clavan en él.
La enamorada ve el muro descarnado.
“Él es el hueso que me da forma.
Yo soy la carne que le da vida”.
IV
Vampiro en el jardín
Ningún jardinero
la recomendaría.
La enamorada del muro
tan pródiga con el muro
tiene un rol muy cruel en el jardín.
Está en su naturaleza apropiarse
de toda la humedad del terreno.
De modo que mientras ella se expande
y se demora tiernamente en el abrazo
las otras plantas mueren.
¿Qué puede importarle?
Una mujer enamorada es capaz
de atravesar sin ver una ciudad bombardeada.
Los ojos fijos en los labios de su amor.
No hay culpa
en la pasión.
“No permitiré que nada
ni nadie
te haga daño
amor mío”.
En sí misma
Sólo una loca pudo
enamorarse de un muro.
Un muro no habla.
No escribe cartas.
No florece.
Cubierto totalmente por las hojas
deja de ser visible.
Hasta se puede dudar de su existencia.
“No es eso
hija
lo que te enamora.
No es el muro.
Es tu esplendor”.

jueves, 26 de junio de 2014

MARÍA NEDER (Buenos Aires, 1950)

LA VISITA

 

En aquel momento le pedí besame. Su mano tenaza caliente fue a mi cintura y con el otro brazo comenzó a presionarme la espalda hasta hacerme cimbrar, la mano de ese brazo se movió enloquecida rastreándome, llegándome al cuello y subiendo agazapada entre mi pelo. Había un impulso detestable, una urgencia rozando la belleza, porque mordía mis labios con la pasión no cotidiana, casi anclados los dos en la vereda y la gente caminando y el taxi habría pasado frente a nuestros cuerpos y su lengua buscando mi garganta en un ahogo maravilloso mientras la saliva me goteaba y su barba se dejaba humedecer y me  achiqué en su cuerpo, acepté el abuso y me dejé y sus diente tironearon hasta el último dolor insoportable, me temblaban las rodillas pero él estaba pisándome los pies para contener mi caída, la ilusión de no ver más, alguien lo había dicho antes y yo lo sentí, era real, que era suya, que lo fui en todo momento, en el ahogo y la sangre brutal, volcánica, ya con baba y todo fue un mismo líquido. Alguien (que habrá pasado frente a nosotros) dijo mirá mirá. Neil se separó dulcemente y escupió mi lengua hacia el cordón de la vereda. Después buscó un pañuelo y me tapó la boca.

 

Dos días antes Paul llegaba, de Francia, sin aviso y haciendo sonar el timbre del portero eléctrico en medio de un desayuno casi idílico, y sin exageraciones. Uno sabe de qué halo se cubren las cuestiones de rutina para lograr tener tintes idílicos. Con semejante timbre desafinado, yo me había asustado más que Neil porque últimamente nos perseguía la mala racha (dos días antes, a la misma hora, habían venido del Juzgado para entregar una citación). Paul tuvo que subir, porque somos atentos, porque ni Neil ni yo sabemos decir no,  porquequé bien Paul aquí, desde tan lejos. Porque no sé qué mecanismos Paul estaba sentado en uno de los sillones tomando café y diciéndole a Neil que estaba acá porque yo había estrenado una obra de teatro y yo pensando qué mierda le habré dicho a este Paul y no recordaba y no hubo caso, aún no lo recuerdo, aunque con seguridad debo haberle comentado en la única carta que le envié que mis planes, que una obra, que algo por el estilo. Neil sostuvo su cara de póker lo más que le da y yo inventé sonrisas y complacencias ridículas por alguno de sus mecanismos contradictorios. Neil se fue a la oficina y el dulce Paul nos invitó a cenar.

Por la noche fue Neil, que aun con su muela ausente y después de un helado postodontólogo, eligió un buen restaurante a su gusto, dispuesto a comer como en una gran noche. Paul habrá gozado el buen vino pero olvidó su invitación y Neil desembolsó nuestros billetes. Después hubo café bohemio, buen regreso con promesas y planes para el sábado. Entonces Paul debe haberse sentido grande muy grande. Como sin querer suele uno hacer sentir a cierta gente. Como sin querer le sale a uno esa puta modalidad, tan puta sensual que brinda placer más placer al otro y ni siquiera se toma el tiempo de sentir lo asqueroso que resulta que un tipo como Paul esté gozando a costa de sus anfitriones. Callé mil preguntas y calmé a Neil de sus, vulgares más que lógicas, suposiciones. En algún momento me sentí molesta o invadida o exigida. En algún momento Neil no soportó a Paul. En algún momento Paul no soportó su papel de simple visitante, simplemente de paso e igualmente atendido por cualquiera de nosotros.

El día siguiente fue sábado de Centro Cultural y galería de fotos, charla tonta e intercambio cuidadoso de chistes que no ofendieran demasiado a nuestras nacionalidades. Hubo excelente música, como Paul no está acostumbrado en su pueblo, con caricias de Neil a mi pierna y de mi mano al cuello de Neil. Habrá –también- habido alguna mirada celosa y caliente de Paul a nosotros.

Después del jazz y mi alegría musical hubo cena que Neil decidió, aunque por suerte para nosotros Paul usó su tarjeta internacional. Y allí sí comenzaron los sablazos verbales. Paul traía deseo encima  entonces pensé que mejor aguantar ya que faltaba poco. También deseaba que Neil me poseyera con su mirada, como acostumbra a hacerlo en público  yo me mojo. Pero hubo corolario de café. Caminamos unas seis cuadras hacia la avenida, tal vez para sentir el sábado o la gente o para llenarnos de extranjeros noctámbulos. La noche no estaba ventosa. Daba gusto. Final de café con más estupideces en forma de palabras y Paul que se anima a dar su estocada espléndida, con los ojos brillosos, con toda su sonrisa atragantada lo mira a Neil contándome que cuando yo lo llamé, no sé qué cosa.

Mutismo es también brutalidad, cuando no se dice lo que se tiene que decir. Por ejemplo mirar a Neil y sonreírle y recordar que es cierto, que algún día que en ese momento sabía cuál yo había llamado a Paul por no escribir una carta, porque quería saber cuándo venía, porque Neil y yo no estaríamos en la ciudad, por la locura altera todos los renglones de la memoria y los mecanismos terrosos de Neil, y también los mecanismos de elección de ciertos minutos fatales, algo como un derramamiento de silencio, la locura natural o circunstancial que uno no sabe, que uno no piensa que puede modular palabra y no lo hace mientras mira a Paul y le dice sin decir qué mierda pretende con lo que dijo o qué mala leche le ataca y desde qué hora de ese maldito día. Pero no, sin palabras. Entonces Paul dice que se irá al hotel porque mañana debe viajar y si nosotros nos quedamos ahí, en el bar. Neil dice nos vamos y nos vamos los tres.

Y en la vereda nos despedimos, paramos un taxi para Paul, porque nosotros vamos caminando, le dijimos.

El sonriente de Paul no había cerrado aún la puerta del taxi cuando Neil y yo comenzamos a caminar, lo tomé de la mano. Supe que hervía en imágenes por aquel llamado. No me gustó su cara pétrea. En aquel momento pedí besame.

POESÍA GRIEGA MARÍA POLYDOURI (Grecia, Kalamata, 1902 - Atenas, 1930)

PORQUE ME QUISISTE
 
No canto sino porque me quisiste
en los años pasados.
Con el sol, con el presagio del verano,
y en la lluvia o la nieve
no canto sino porque me quisiste.
Sólo porque me tuviste entre tus brazos
una noche y me besaste en la boca,
sólo por eso soy hermosa igual que un lirio abierto
y aún guarda el alma aquel escalofrío,
sólo porque me tuviste entre tus brazos.
Sólo porque tus ojos me miraron,
y el alma en tu mirada,
me ceñí con orgullo la más alta
corona de mi vida,
sólo porque tus ojos me miraron.
Sólo porque te fijaste en mí cuando pasaba
y yo en tus ojos vi pasar mi sombra
leve, como un sueño,
y jugar, y sufrir,
sólo porque te fijaste en mí cuando pasaba.
Porque, titubeando, me llamaste
y me tendiste las manos,
y en tus ojos traías el deslumbramiento
-un desbordado amor-,
porque, titubeando, me llamaste.
Sólo porque a ti te gustaba,
es porque mi andar sostenía su gracia,
como si me siguieras allá donde marchase,
como si pasaras por algún lugar cerca de mí,
Sólo, sólo porque a ti te gustaba.
Sólo porque me quisiste yo he nacido,
por eso sólo se me concedió la vida.
Y en esta vida triste, insatisfecha,
mi propia vida fue colmada.
Sólo porque me quisiste yo he nacido.
Tan sólo por tu amor inigualable
dispuso el alba rosas en mis manos.
Para alumbrar un instante tu camino
la noche pobló mis ojos con estrellas,
tan sólo por tu amor inigualable.
Sólo porque tan bellamente me quisiste
he vivido, para multiplicar
tus sueños, hermoso tú que has declinado,
y ahora dulcemente muero
sólo porque tan bellamente me quisiste.
SIEMPRE REGRESO
Siempre regreso allí, a los albores
de nuestro bello amor. No vaya a ser,
me temo, que el destino lo encuentre
y se marche por la senda sin retorno.
Creo que al recordarlo le doy vida,
sus resplandores primerizos,
nuestra pura embriaguez en su presencia
dilapidando sus dádivas desmesuradamente.
Y voy buscando tu mirada plena,
una lealtad sin fin, como un desvelo,
como una seducción que todo imanta:
tan atractiva era, si, tan plena.
Oh, el oculto pesar que me mantiene
la mente esclavizada en ese primer retoño;
cuando alrededor abundan las flores
que, libre de cuidados, nuestro amor esparce.
(Traducción: Juan Manuel Macías)
NOTA: Maria Polydouri nació el 1 de abril de 1902, en Kalamata, Grecia. Fue compañera del también poeta griego Kostas Karyotakis.Convertida en una leyenda en el mundo literario en Atenas en los inicios del siglo XX, puente entre la poesía anterior a la guerra de Karyotakis y la poesía de la posguerra de Yannis RitsosSu poesía cargada de sentimientos y tristeza, centra principalmente en el amor el motivo que inspira su poesía. Durante la que fue una estancia feliz en París, contrae una tuberculosis, siendo tratada de dicha enfermedad, inicialmente en el hospital Charité de la capital francesa y posteriormente ya en Atenas, en un sanatorio público llamado Sotiría; estando ingresada en el citado sanatorio, se enteró del suicidio de Karyotakis, que supuso un duro golpe para ella, le produjo un enorme deseo de seguirle…
Murió el 29 de abril de 1930, tenía sólo 28 años de edad; las circunstancias poco claras en las que se produjo su fallecimiento, hacen que el imaginario popular la haya catalogado entre los “poetas suicidas”.
 
La presente selección de textos es tomada del aporte cultural que desde Sevilla (España) realizada la escritora Concha Rodríguez de la Calle.

martes, 24 de junio de 2014

NOVEDADES BIBLIOGRÁFICAS JUNIO 2014 - II

Biblioteca Sarmiento informa la incorporación de material bibliográfico de acuerdo al siguiente detalle:

 

  • “Los días del fuego” de Liliana Bodoc
  • “Como en las películas” de Dionisio Salas Astorga
  • “Las Hortensias y otros relatos” de Felisberto Hernández
  • “Selección Poética” de Enrique Molina
  • “La princesa federal” de María Rosa Lojo
  • “Historia de la Literatura Norteamericana” de Concha Zardoya
  • “La fama en el teatro de Lope” de Alfredo Lefebvre
  • “Compendio de Historia Literaria de Europa desde el Renacimiento” de Paul van Tieghem
  • “Historia de la Literatura Inglesa. Desde los orígenes a la actualidad (500 a.C. a 1960)
  • “Españoles Americanos y otros ensayos” de Fray Benito Jerónimo Feijoo

 

Poemas selectos


Todo el material mencionado ya ha sido técnicamente procesado e ingresado a nuestro Fondo Bibliográfico y se encuentra a disposición de los lectores. (Ver…)

ESTEBAN VALENTINO (Castelar, Buenos Aires, 1956)

POBRECHICO
Para Adrián
 
Conozco a Pobrechico desde que nació. Al principio no podía ni tocarlo. Mi mamá me había dicho que había que tener mucho cuidado porque esto y porque lo otro. Yo no entendía ni medio lo que me decía mi mamá y quería tocarlo. Ni siquiera me dejaban acercarme a verlo. Yo me enojaba mucho porque había guardado algunas cosas para él y como me dijeron que iba a tener que esperar un poco para dárselas ahora había que encontrarles un lugar para que no se perdieran, al menos hasta que Pobrechico dejara la pieza esa toda oscura. Pero ¿dónde se pueden guardar un caracol y seis bichos bolita? Ahora, la verdad, ¿qué mal le podían hacer un caracol y seis bichos bolita? Ninguno. Caminarle por arriba un poquito. Y eso si no se los toca, porque en cuanto uno les muestra el dedo los caracoles se meten para adentro y los bichos bolita se enroscan y ya no se les ven más las patas. Está bien que se iban a traer un poco de sol del jardín y mamá no quiere saber nada con sacarlo afuera. Ni que le prenda la lámpara me deja la abuela.
Qué manía ésa de la luz. Como si algo tan lindo pudiera lastimar a alguien. Yo miro a cada rato el velador de mi pieza. Cierro un poco los ojos para que un solo rayo se me venga a la cabeza y entonces pienso que esoy cargando mis superpoderes. Después voy al patio y me tiro de la higuera y a veces me lastino el pie pero la culpa es de la higuera no del velador. Yo a Pobrechico le prohibiría que subiera a la higuera, que sí es peligrosa y más para él que no la conoce y en una de ésas se cree que todas las ramas pueden sostenerlo. A menos que yo esté con él para poder decirle dónde poner el pie y dónde no. Pero le abriría la ventana porque el sol es bueno, no como la higuera que a veces lastima los pies.
Con mi mamá no puedo hablar de estas cosas porque está la mayor parte del día encerrada en la pieza oscura con Pobrechico y mi papá apenas llega también se mete allí y yo me tengo que quedar aufera con mi aubela que se la pasa respirando fuerte. Yo entonces me acerco y le tiro de la pollera para que me escuche.
—Abu ¿y si vamos cuando papá no está y mamá duerme y le abrimos la ventana y lo llevamos al patio y yo le enseño a subir a la higuera?
Pero la abuela me revuelve el pelo que después va a ser un lío peinarme y no me dice nada. Como no quiero que siga me voy a jugar con el camión nuevo para cargar al caracol y los bichos bolita así los saco un poco del frasco con agujeros donde los metí porque estar todo el día dentro de un frasco debe ser aburrido y en el camión no tanto porque al menos pasean y se distraen. Se nota que les gusta. Cuando los vuelvo a meter en el frasco pareciera que les da rabia.
Ahora, lo que me da más bronca son las visitas. La señora de enfrente, por ejemplo, que cada vez que viene no hace más que nombrarlo a Pobrechico y mirarla raro a mi mamá. Se aparece todos los días y meta tomar mate con mi abuela y mirar raro para la puerta de la pieza oscura.
O mi tío Eduardo que antes siempre jugaba conmigo a la pelota y que ahora apenas si me tira unos tiritos al arco tan despacito que me los atajo a todos sin problemas y cuando le protesto me dice que lo que pasa es que si patea fuerte hace mucho ruido y se puede despertar Pobrechico. Yo entonces me voy a la higuera y mi tío Eduardo se mete en casa respirando fuerte. Una vez le pedí a mi mamá que lo sacáramos al patio para que me viera atajar los pelotazos del tío Eduardo pero mi mamá me miró raro también, como la vecina de enfrente cuando la mira a ella. ¿Será que el viento le hace peor que el sol y yo como no entiendo digo cosas así, peligrosas? Yo no sé, pero cuando sea grande voy a inventar paredes que dejen pasar la parte sana del viento y todo el sol, así Pobrechico puede salir al patio sin que mi mamá me mire como la vecina de enfrente.
 
 
Todo siguió más o menos igual. Mi mamá y mi papá encerrados, mi tío sin patearme y mi abuela dale que dale a la respiración. Hasta que fui al almacén y llegué justo que estaban hablando de él. Me di cuenta cuando lo nombraron. La almacenera le decía a una señora gorda que con la cola me tapaba todo que Pobrechico haber nacido así y la señora gorda que me tapaba decía que pobre la familia y yo que estaba apurado con mi botella de agua mineral y mis cien gramos de queso de máquina supe que me necesitaba y era como si me llamara. Dejé la bolsa y salí corriendo porque el agua mineral y el queso podían esperar pero él no. La abu estaba en la cocina, mi papá todavía no había llegado y mi mamá cambiaba de lugar los adornos del comedor. Vía libre. Abrí de a poquito la puerta de su pieza, entré sin hacer ruido y me acerqué lo más despacio que pude hasta el moisés. Me acostumbré en seguida a la oscuridad y al fin lo pude ver. Estaba despierto, mirándome, y me sonrió y yo no me pude aguantar más. Fui corriendo hasta la ventana, la abrí entera y volví para verlo bien. Ahora cerraba los ojos porque claro el sol con tan poca costumbre que tenía le molestaba. Para que no se pusiera a llorar lo levanté y me senté con él en el piso. Estuvimos allí lo más panchos y Pobrechico recontento y yo estaba tan distraído que no me di cuenta de que mamá y papá me miraban desde la puerta y di vuelta la cabeza para ver la ventana abierta y menos mal que el caracol y los bichos bolita ya se había metido en el moisés pero al sol no había cómo esconderlo dando vueltas por toda la pieza y mamá y papá miraban con cara de tontos lo lindo que estaba Pobrechico y ellos pobres no se habían dado cuenta con la ventana cerrada y el sol afuera.

DAVID WAPNER (Buenos Aires, 1957)

ESCÚCHEME, SEÑOR  GUTMAN
 
Buen día, señor Gutman.
Yo sé que su apellido significa "buen hombre" en idioma alemán, o incluso en idioma idish.
Por eso estoy convencido de que usted sabrá comprender que lo que hice no fue un acto de maldad, sino que fue una reacción intespestiva de mi parte debido a que su hija me rechazó. Yo le dije: "Florencia, te amo", y ella me contestó: "andáte zonzo". Y se fue, y yo me quedé parado, sin poder recaccionar. Entonces tomé una moneda que tenía en el bolsillo y rayé con ella el techo de un coche rojo que estaba estacionado justo al lado de donde yo estaba parado.
No puedo mentirle, yo sabía que ése era su coche, señor Gutman pero, qué quiere que le haga, me dejé llevar por el impulso. Ocurre que su hija posee los ojos negros más bellos que se hayan visto jamás por estos barrios y yo, señor Gutman, quedé hipnotizado.
Haría cualquier cosa por su hija, pero mi amor no es correspondido. Es por eso que, hace una semana, telefoneé a Florencia para invitarla a mirar la luna desde el balcón de mi casa, y ella, despectivamente, respondió: "qué me venís con la luna, anticuado, yo a la noche miro la tele", entonces, ya sin control de mis actos, me dirigí hasta su casa y arrojé esa piedra que rompió la ventana de su living.
Yo, señor Gutman, soy el culpable, pero quiero que entienda que no soy una persona violenta. Pero su hija tiene el aroma de las exóticas flores de Kampuchea (país del lejano Oriente que antes se llamaba Camboya), flores que jamás olí, pero igual imagino su aroma incomparable. Incomparable como su hija, señor Gutman. Incomparable como la adoración que siento por ella. Por eso, ¿cómo no salirme de mis casillas cuando la vi el otro martes en la heladería "Giusepe" tomando un helado con Alfredo Rebolini, mirándose a los ojos, embobados? Entonces, no es extraño que yo haya corrido hasta su domicilio y le haya puesto plastilina en la cerradura de la puerta de calle.
Yo sé que mi proceder es incorrecto. Lo sé, no tiene que recordármelo, soy totalmente conciente de mis actos. Sé que voy contra las normas establecidas y las buenas costumbres. También sé que de esa forma no me voy a hacer merecedor del amor de Florencia. Pero Florencia tiene una voz que me recuerda el canto del canario filipino. ¿Usted conoce el canto del canario filipino? ¿Conoce las Filipinas? Fíjese en un mapa. Pero en el mapa no sabrán informarle sobre el canto del canario filipino, aunque puedo asegurarle que la voz de su hija es más dulce que el canto de ese singular pajarito.
Entonces, cómo explicar lo que sentí cuando ambos nos encontramos en la verdulería haciendo compras y volví a confesarle mi amor, y ella, con esa voz con la que sueño noche a noche, dijo, "saldría con vos, pero si tuvieses la cara de Alfredo Rebolini". Me sentí tan ofendido, tan humillado, tan celoso, que agarré un tomate maduro y se lo arrojé a la primera persona que pasaba por la calle. Y esa persona era justamente usted, señor Gutman. Y nuevamente me disculpo, me doy cuenta de que mi actidud es equivocada, que a nada me conduce. Pero créame, no soy malo, no. Siempre fui el mejor de la clase, un ejemplo de conducta.
Pero ahora sé qué me sucede, es como si no fuera yo mismo.
Yo sé que ya se me va a pasar, pero ¿cómo?, ¿cuándo? Usted ya debe de tener mucha experiencia en esto, seguramente estuvo muchas veces enamorado. Pero,dígame, ¿era tan loquito como yo?
Porque eso es lo que a mí me pasa, estoy loquito de amor y su hija no se da por enterada. Usted habrá notado que un neumático de su coche está desinflado. Yo lo hice, lo confieso, porque hoy Florencia me sacó la lengua.
No sé cómo disculparme, señor Gutman.
Pero todo lo que hice, lo hice por amor.
Señor Gutman, ¿por qué no me hace gancho con su hija, eh?
Piénselo. Hasta luego, señor Gutman.

domingo, 22 de junio de 2014

GUSTAVO CÁRDENAS AYAD (Vallegrande, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1961)


LOS CIELOS

Y a dónde
se van
los muertos
al cielo
y las lluvias
y la ley de Newton...


Son parábolas hijo
los cielos
son nuestros
corazones
y
el olvido.

CECILIA PISOS (Buenos Aires, 1965)


MOSQUITO FEROZ
 
Caperucita tiene
un lobo
apretado
en su puño cerrado.
Un lobo
como un mosquito
que pica y muerde
y que araña,
aunque sea en chiquito.
Caperucita
lo encierra
en un hoyo
bajo tierra.
Pero igual teme,
está inquieta
y se pregunta
con su voz secreta:
"Si yo tengo encerrado
a este lobito,
¿habrá asustando nenas
por el bosque
del tamaño del lobo,
algún mosquito?"

 
FIESTA
 
Los peces
sueltan
burbujas como globos.
De qué cumpleaños
de las aguas
no se sabe.
 

CUENTA
 
¿Qué talle
creen que calza
el pie de la madrugada
que viene
aplastando sombras
como hormigas desdichadas?
¿La suma de luz más luz
o el número que da nada?

viernes, 20 de junio de 2014

JULIO CORTÁZAR (1914.1984)

LA PATRIA
 
Esta tierra sobre los ojos,
este paño pegajoso, negro de estrellas impasibles,
esta noche continua, esta distancia.
Te quiero, país tirado más abajo del mar, pez panza arriba,
pobre sombra de país, lleno de vientos,
de monumentos y espamentos,
de orgullo sin objeto, sujeto para asaltos,
escupido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas,
repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando
de babas y estupor canchas de fútbol y ringsides.
Pobres negros.
Te estás quemando a fuego lento, y dónde el fuego,
dónde el que come los asados y te tira los huesos.
Malandras, cajetillas, señores y cafishos,
diputados, tilingas de apellido compuesto,
gordas tejiendo en los zaguanes, maestras normales, curas, escribanos,
centroforwards, livianos, Fangio solo, tenientes primeros,
coroneles, generales, marinos, sanidad, carnavales, obispos,
bagualas, chamamés, malambos, mambos, tangos,
secretarías, subsecretarías, jefes, contrajefes, truco,
contraflor al resto. Y qué carajo,
si la casita era su sueño, si lo mataron en
pelea, si usted lo ve, lo prueba y se lo lleva.
Liquidación forzosa, se remata hasta lo último.
Te quiero, país tirado a la vereda, caja de fósforos vacía,
te quiero, tacho de basura que se llevan sobre una cureña
envuelto en la bandera que nos legó Belgrano,
mientras las viejas lloran en el velorio, y anda el mate
con su verde consuelo, lotería del pobre,
y en cada piso hay alguien que nació haciendo discursos
para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos.
Pobres negros que juntan las ganas de ser blancos,
pobres blancos que viven un carnaval de negros,
qué quiniela, hermanito, en Boedo, en la Boca,
en Palermo y Barracas, en los puentes, afuera,
en los ranchos que paran la mugre de la pampa,
en las casas blanqueadas del silencio del norte,
en las chapas de zinc donde el frío se frota,
en la Plaza de Mayo donde ronda la muerte trajeada de Mentira.
Te quiero, país desnudo que sueña con un smoking,
vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga,
tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas,
tango, coraje, puños, viveza y elegancia.
Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado
en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.
Pero
 te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo
saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga,
no te metás, qué vachaché, dale que va, paciencia.
La tierra entre los dedos, la basura en los ojos,
ser argentino es estar triste,
ser argentino es estar lejos.
Y no decir: mañana,
porque ya basta con ser flojo ahora.
Tapándome la cara
(el poncho te lo dejo, folklorista infeliz)
me acuerdo de una estrella en pleno campo,
me acuerdo de un amanecer de puna,
de Tilcara de tarde, de Paraná fragante,
de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos
quemando un horizonte de bañados.
Te quiero, país, pañuelo sucio, con tus calles
cubiertas de carteles peronistas,
 te quiero
sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho,
nada más que de lejos y amargado y de noche.