Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

lunes, 6 de enero de 2014

PARA COMPARTIR: LECTURAS DE ARCHIVO - Verano IV


TE CANTO, AMIGO…

Digo de un sueño, si tu nombre digo,
y nombro una esperanza si te canto,
y en el andar del día, desvelado,
nombro el fervor de lo que va conmigo.

Entro en el mar que agita mi existencia
para encontrar la estrella que te guía;
busco tus penas para hallar las mías,
y me hago dicha si una luz te alegra.

Te canto, amigo, como canta el ave,
mirando el cielo que le da medida
y hace horizonte de cualquier paisaje.

Te canto, amigo, para hablar contigo,
para decir ahora mi alegría,
mientras tejo, tenaz, mi propio signo.

ERNESTO CASTANY


OMBÚ DE AYER

Estoy pensando en el ombú perdido
en la lejana sombra del pasado.
Se hace de noche. El cielo ya estrellado
me ha traído el recuerdo enmohecido.

Por encima del tiempo redimido
aquí, junto al balance de lo andado
te siento, viejo árbol encantado,
tocar mi corazón encanecido.

La noche, con su sombra, ya ha caído
allá, en la vieja estancia misteriosa
y siento, desde acá, todo el latido

de tu tronco leñoso, estremecido,
ocultando en la sombra silenciosa
tu llanto, por el niño que se ha ido.

GUSTAVO DE GAINZA


Nota: los textos seleccionados fueron tomados de la edición Suplemento Literatura de Diario “La Prensa”, Buenos Aires, 30 de Julio de 1978.

PARA COMPARTIR: LECTURAS DE ARCHIVO - Verano III



SALA DE ESPERA

Nuestro cuerpo es una sala de espera
donde la muerte se entretiene
leyendo una revista.
Sentada, hojea nuestra alma.
(Grabados con epígrafes borrosos
y excesivas erratas en el texto).
Extrae luego un lápiz y descifra
las palabras cruzadas. Dobla ahora
ya las últimas páginas. Bosteza.
Cruza las piernas. Fuma un cigarrillo.
Hasta que suena un timbre y se levanta.


PALABRAS CRUZADAS

Dos palabras se encuentran y se cruzan
pero, es irremediable, cada una
sólo dice lo suyo. Sin embargo
hay una letra en que las dos coinciden;
una letra  las une para siempre
en esa eternidad cuadriculada
de negras noches y de blancos días.
¿La cantidad de sílabas? –no importa.
¿Horizontal o vertical? –tampoco.
Quiero sólo una letra
que me ayude a encontrarte, a vibrar juntos.
Se lo pido a mi dios: el Diccionario.

ANTONIO REQUENI


Nota: los textos seleccionados fueron tomados de la edición Suplemento Literatura de Diario “La Prensa”, Buenos Aires, 28 de Octubre de 1979.

PARA COMPARTIR: LECTURAS DE ARCHIVO - Verano II



COMPOSICIÓN ESCOLAR

Papá hacía piezas de ajedrez
con palos de escoba.
Papá rasqueteaba el techo de cinc
de la casa. Papá decía: debajo,
la bovedilla de ladrillos
apoya en perfiles doble T.
El cielo raso de yeso tenía
islas oxidadas. Papá iba a ver polo
y en ring side los matches de box.
Papá era marino. Criaba
canarios blancos, naranjas,
azules e isabelinos, si bien
eran rollers, y había uno oscuro,
hamburgués, que cantaba
hecho un ovillo.
Mamá gastaba el dinero con amigas.
Creo que Mamá era descuidada y generosa,
Mamá iba el sábado al Hipódromo
con la madre de los Sola,
y cada tarde a los remates
del Banco Municipal. Cuando vino
Eduardo, Príncipe de Gales,
chocó el taxi donde Mamá iba.
A veces uno lo notaba,
Papá y Mamá no se hablaban por días.

BASILIO URIBE


EL NIÑO QUE ESCRIBÍA DE NOCHE

El niño que escribía de noche,
hurtando luz,
no ha muerto.

Ahora consciente de la infamia,
vuelve, sin embargo, como un otoño,
y reitera su crimen.

Sabe, en el resplandor solitario,
que toda página es una almohada que grita,
y que la noche observa
por todos los vidrios.

ALEJANDRO NICOTRA


YA NO MÁS

Ya no más la mente loca volando
Entre las nubes del ensueño,
No más el flotar a palmo y medio
Del nivel ordinario de la tierra.
No más la gallarda indiferencia
Al frío, el cansancio y la distancia,
No más las noches desveladas soñando
Ese ideal que es siempre incierto.
Hoy, corto el aliento, cansado el ojo,
trillados los caminos e insensible al
arrullo de ríos y de bosques misteriosos,
reconozco estar entrando en la negra y
lenta noche de los años postreros de  mi vida,
y a la invitación a correr mundo, a la
mano extendida y al caballo ensillado
ante mi puerta, respondo que ya no me interesa
descifrar el mensaje de la Esfinge ni
descubrir lo que ocultan las montañas.
Dicho lo cual me arrellano en un sillón
a repasar mi larga ristra de recuerdos
y preparar el alma para la atroz
aventura de la muerte.

CLIVE N. HIBBERT


Nota: los textos seleccionados fueron tomados de la edición Suplemento Literatura de Diario “La Prensa”, Buenos Aires, 30 de Abril de 1978.

PARA COMPARTIR: LECTURAS DE ARCHIVO - Verano I


CONOCIMIENTO DEL SUEÑO

I
Nuestra lucha es evitar que el tiempo se apropie
de todo lo valioso.
No hay alternativa, sólo el lento acontecer.
una sola razón es la que vale y no puede cambiar,
el origen es aquel de costumbre,
el que un día no podrá persistir
(lo que conduce al sueño en él perecerá).
Sólo la realidad se fundamenta de todas las edades
y de la creación
que perpetúa la certidumbre de lo humano.

II
A veces persistimos para concretar una idea
o forjar un sueño consecuente.                                                                 
Al final del esfuerzo descubrimos engaños
Y falta de dimensión. La nota está en la oquedad
donde nos debatimos con entereza.
Frágil es la aventura que nos pertenece.
No hay tregua, nada que pueda protegernos
ni siquiera aportar un poco de amistad
con lo desconocido.
Lastre de la penumbra que fugazmente entrega su dureza,
su descarnada edad.

III
No se puede acrecentar lo perdurable
Ni la riqueza que se trueca por los objetos transitorios.
Lo que es nuestro ya no tiene valor.
Valioso es lo que vaga sin dueño
Ni obstáculo alguno.

HORACIO PRELER


MILAGRO

Si esta noche me quieres
un color te regalo.

Un color muy pequeño
que quepa en una mano

que llegue hasta tu cuerpo
cayendo como un cántaro

que repose en tu pelo
y ciña tu peinado.

Si esta noche me quieres
un color te regalo.

Si esta noche me quieres
una canción te canto.

La haré con tonos nuevos
ágiles, deslumbrados

de modo que al oírla
se entrecierren tus párpados

y sueñes sueños dulces
por valles encantados.

Si esta noche me quieres
una canción te canto.

Si esta noche me quieres
un secreto te guardo.

Una frase muy tuya
un latir asombrado

el día más hermoso
la nostalgia o el llanto

o todas las riquezas
que tuvieron tus años.

Si esta noche me quieres
un secreto te guardo.

Después salió la luna
por el cielo estrellado

los grillos de la noche
surgieron como pájaros

y abierto desde un beso
su corazón amado

se refugió conmigo
en un silencio largo.

HÉCTOR NEGRI


Nota: los textos seleccionados fueron tomados de la edición Suplemento Literatura de Diario “La Prensa”, Buenos Aires, 19 de Marzo de 1978.

martes, 24 de diciembre de 2013

Navidad

PARA USTED
Memorando el Nacimiento Universal de la reciente Navidad, ante la proximidad del año a iniciar y en las cercanías de la inocencia renovada que se celebra con la visita de los Reyes Magos, acercamos a Ud el saludo especial de quienes conformamos Biblioteca Popular 2131 “DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO” de General Alvear (Mendoza) y auguramos venturas jubilosas para el 2014 que se avecina.
Convencidos que en el ejercicio de un auténtico accionar en la Educación y la Cultura está el basamento superador de toda contingencia, que en el proceder efectivo de la humildad y del respeto se encuentra la posibilidad de toda comprensión y el inicio de toda buena tarea es que agradecemos a Ud. la compañía de todo este tiempo compartido y hacemos votos por un renovado encuentro en los tiempos venideros.
Por un 2014 mejor para todas las familias, reciba nuestra salutación especial en estas tradicionales fiestas de la esperanza.
Cordialmente,
Alfredo Bautista Toujas, Beatriz Noemí Jaure, Mirta Haydeé Pariente, Ricardo Alberto Bugarín, Pablo Alfredo Toujas, Susana Victoria Teot, Alejandra Daniela Amado y Germán Darío Bardaro.
Comisión Directiva Biblioteca Popular 2131 “DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO”

sábado, 14 de diciembre de 2013

PARA COMPARTIR: RAÚL GUSTAVO AGUIRRE (Buenos Aires, 1927-1983)

EL QUE NO APRENDE NUNCA

El que no aprende nunca toca el fuego,
el que no aprende nunca da una mano,
el que no aprende nunca vuelve a andar.

El que no aprende nunca se golpea
contra una pared y con la otra
y después con la otra y con la otra
y sigue caminando.


ERES, AHORA, ERES

Eres, ahora eres, nostalgia de lo ido,
ausencia de la ausencia, olvido del olvido.
Te busco en otros seres: eres, ahora eres,
aquello que no eres.

¿Te he de encontrar un día? No hay día por delante.
Sólo esta noche, con el agravante
de la continuidad en la pregunta.

Estamos atrapados. La eternidad se agota.
La recta infinitud está doblada y rota.
Eres, ahora eres, toda la nada junta.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

PARA COMPARTIR: FERNANDO SORRENTINO (Buenos Aires, 1942)


EXISTE UN HOMBRE QUE TIENE LA COSTUMBRE DE PEGARME CON UN PARAGUAS EN LA CABEZA

Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza. Justamente hoy se cumplen cinco años desde el día en que empezó a pegarme con el paraguas en la cabeza. En los primeros tiempos no podía soportarlo; ahora estoy habituado.
No sé cómo se llama. Sé que es un hombre común, de traje gris, levemente canoso, con un rostro vago. Lo conocí hace cinco años, en una mañana calurosa. Yo estaba leyendo el diario, a la sombra de un árbol, sentado pacíficamente en un banco del bosque de Palermo. De pronto, sentí que algo me tocaba la cabeza. Era este mismo hombre que, ahora, mientras estoy escribiendo, continúa mecánicamente e indiferentemente pegándome paraguazos.
En aquella oportunidad me di vuelta lleno de indignación (me da mucha rabia que me molesten cuando leo el diario): él siguió tranquilamente aplicándome golpes. Le pregunté si estaba loco: ni siquiera pareció oírme. Entonces lo amenacé con llamar a un vigilante: e imperturbable y sereno, continuó con su tarea. Después de unos instantes de indecisión y viendo que no desistía de su actitud, me puse de pie y le di un terrible puñetazo en el rostro. Sin duda, es un hombre débil: sé que, pese al ímpetu que me dictó mi rabia, yo no pego tan fuerte. Pero el hombre, exhalando un tenue quejido, cayó al suelo. En seguida, y haciendo al parecer, un gran esfuerzo, se levantó y volvió silenciosamente a pegarme con el paraguas en la cabeza. La nariz le sangraba, y, en ese momento, no sé por qué, tuve lástima de ese hombre y sentí remordimientos por haberle pegado de esa manera. Porque, en realidad, el hombre no me pegaba lo que se llama paraguazos; más bien me aplicaba unos leves golpes, totalmente indoloros. Claro está que esos golpes son infinitamente molestos. Todos sabemos que, cuando una mosca se nos posa en la frente, no sentimos dolor alguno: sentimos fastidio. Pues bien, aquel paraguas era una gigantesca mosca que, a intervalos regulares, se posaba, una y otra vez, en mi cabeza. O, si se quiere, una mosca del tamaño de un murciélago.
De manera que yo no podía soportar ese murciélago. Convencido de que me hallaba ante un loco, quise alejarme. Pero el hombre me siguió en silencio, sin dejar de pegarme. Entonces empecé a correr (aquí debo puntualizar que hay pocas personas tan veloces como yo). Él salió en persecución mía, tratando infructuosamente de asestarme algún golpe. Y el hombre jadeaba, jadeaba, jadeaba y resoplaba tanto, que pensé que, si seguía obligándolo a correr así, mi torturador caería muerto allí mismo.
Por eso detuve mi carrera y retomé la marcha. Lo miré. En su rostro no había gratitud ni reproche. Sólo me pegaba con el paraguas en la cabeza. Pensé en presentarme en la comisaría, decir: “Señor oficial, este hombre me está pegando con un paraguas en la cabeza.” Sería un caso sin precedentes. El oficial me miraría con suspicacia, me pediría documentos, comenzaría a formularme preguntas embarazosas, tal vez terminaría por detenerme.
Me pareció mejor volver a casa. Tomé el colectivo 67. Él, sin dejar de golpearme, subió detrás de mí. Me senté en el primer asiento. Él se ubicó, de piel, a mi lado: con la mano izquierda se tomaba del pasamanos; con la derecha blandía implacablemente el paraguas. Los pasajeros empezaron por cambiar tímidas sonrisas. El conductor se puso a observarnos por el espejo. Poco a poco fue ganando al pasaje una gran carcajada, una carcajada estruendosa, interminable. Yo, de la vergüenza, estaba hecho un fuego. Mi perseguidor, más allá de las risas, siguió con sus golpes.
Bajé -bajamos- en el puente del Pacífico. Íbamos por la avenida Santa Fé. Todos se daban vuelta estúpidamente para mirarnos. Pensé en decirles: “¿Qué miran, imbéciles? ¿Nunca vieron a un hombre que le pegue a otro con un paraguas en la cabeza?”. Pero también pensé que nunca habrían visto tal espectáculo. Cinco o seis chicos nos empezaron a seguir, gritando como energúmenos.
Pero yo tenía un plan. Ya en mi casa, quise cerrarle precipitadamente la puerta en las narices. No pude: él, con mano firme, se anticipó, agarró el picaporte, forcejeó un instante y entró conmigo.
Desde entonces, continúa golpeándome con el paraguas en la cabeza. Que yo sepa, jamás durmió ni comió nada. Simplemente se limita a pegarme. Me acompaña en todos mis actos, aun en los más íntimos. Recuerdo que, al principio, los golpes me impedían conciliar el sueño; ahora, creo que, sin ellos, me sería imposible dormir.
Con todo, nuestras relaciones no siempre has sido buenas. Muchas veces le he pedido, en todos los tonos posibles, que me explicara su proceder. Fue inútil: calladamente seguía golpeándome con el paraguas en la cabeza. En muchas ocasiones le he propinado puñetazos, patadas y -Dios me perdone- hasta paraguazos. Él aceptaba los golpes mansamente, los aceptaba como una parte más de su tarea. Y este hecho es justamente lo más alucinante de su personalidad: esa suerte de tranquila convicción en su trabajo, esa carencia de odio. Esa, en fin, certeza de estar cumpliendo con una misión secreta y superior.
Pese a su falta de necesidades fisiológicas, sé que, cuando lo golpeo, siente dolor, sé que es débil, sé que es mortal. Sé también que un tiro me libraría de él. Lo que ignoro es si, cuando los dos estemos muertos, no seguirá golpeándome con el paraguas en la cabeza. Tampoco sé si el tiro debe matarlo a él o matarme a mí. De todos modos, este razonamiento es inútil: reconozco que no me atrevería a matarlo ni a matarme.
Por otra parte, últimamente he comprendido que no podría vivir sin sus golpes. Ahora, cada vez con mayor frecuencia, tengo un presentimiento horrible. Una profunda angustia me corroe el pecho: la angustia de pensar que, acaso cuando más lo necesite, este hombre se irá y yo ya no sentiré esos suaves paraguazos que me hacían dormir tan profundamente.

martes, 10 de diciembre de 2013

domingo, 8 de diciembre de 2013

PARA COMPARTIR: RAFAEL DE LEÓN (1908-1982)


CENTINELA DE AMOR

Te puse tras la tapia de mi frente
para tenerte así mejor guardado,
y te velé, ay, amor diariamente
con bayoneta y casco de soldado.

Te quise tanto, tanto, que la gente
me señalaba igual que a un apestado;
pero qué feliz era sobre el puente
de tu amor, oh mi río desbordado.

Un día, me dijiste: - No te quiero...-;
y mi tapia de vidrios y de acero
a tu voz vino al suelo en un escombro.

La saliva en mi boca se hizo nieve,
y me morí como un jacinto breve
apoyado en la rosa de tu hombro.

RAFAEL DE LEÓN
Poeta español nacido en Sevilla en 1908 en el seno de una familia de alta burguesía. Desde niño estudió en colegios privados de órdenes religiosas y en 1926 ingresó a la Universidad de Granada para iniciar sus estudios de Derecho, trabando amistad allí con Federico García Lorca cuyo estilo poético marcó toda su carrera. La obra poética de Rafael de León está dividida en dos grandes apartados: poesías propiamente dichas, y letras para canciones. En casi toda su obra, inspirada en ambientes muy típicos de Andalucía, se refleja el gracejo popular andaluz.
Entre sus obras más destacadas figuran: «Pena y alegría del amor», «Profecía» y «Romance de la serrana loca». Falleció el poeta en la ciudad de Madrid, en 1982.
El poema y texto de información es un aporte de nuestro amigo el poeta Juvenal Soto en su permanente labor de difusión literaria desde Málaga (España).

PARA COMPARTIR: DANIEL SORIA (Ramos Mejías, Buenos Aires)


Breve selección de su libro “APROVECHANDO EL FERIADO”


“En la carnicería de la capilla se carneaban vaquitas de San Antonio”.

“Como carecíamos de calefacción nos calentábamos a las puteadas”.

“Le pusieron un cuerito en la canilla porque le goteaba la rodilla”.

“Puso un tallercito de electricidad para arreglarle los circuitos a los bichitos de luz”.

“La luna se enredó en un árbol y no la podíamos bajar”.

“Para que aplaudan a nuestro artista en los recitales soltábamos mosquitos entre el público”.

“Como le gustaba vivir al aire libre se hizo una casa que solo tenía la fachada”.

“Si vas a faltar no vengas”.