Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

sábado, 26 de octubre de 2013

PARA COMPARTIR: FRANCISCO DE QUEVEDO (1580-1645)

DESENGAÑO DE LAS MUJERES

 

SONETO

 

Puto es el hombre que de putas fía,

y puto el que sus gustos apetece;

puto es el estipendio que se ofrece

en pago de su puta compañía.

 

Puto es el gusto, y puta la alegría

que el rato putaril nos encarece;

y yo diré que es puto a quien parece

que no sois puta vos, señora mía.

 

Mas llámenme a mí puto enamorado,

si al cabo para puta no os dejare;

y como puto muera yo quemado,

 

si de otras tales putas me pagare;

porque las putas graves son costosas,

y las putillas viles, afrentosas.

 

 

 

A LA EDAD DE LAS MUJERES

 

SONETO

 

De quince a veinte es niña; buena moza

de veinte a veinticinco, y por la cuenta

gentil mujer de veinticinco a treinta.

¡Dichoso aquel que en tal edad la goza!

 

De treinta a treinta y cinco no alboroza;

mas puédese comer con sal pimienta;

pero de treinta y cinco hasta cuarenta

anda en vísperas ya de una coroza.

 

A los cuarenta y cinco es bachillera,

ganguea, pide y juega del vocablo;

cumplidos los cincuenta, da en santera,

 

y a los cincuenta y cinco echa el retablo.

Niña, moza, mujer, vieja, hechicera,

bruja y santera, se la lleva el diablo.


PARA COMPARTIR: LEO MASLIAH (Montevideo, Uruguay, 1954)

WERNER

Werner era ignorante, inmoral, 
morboso, sórdido, mentiroso, feo, 
malpensado, sucio, execrable, 
pervertido, impuntual, lujurioso,
porfiado, haragán, egoísta, académico, 
desordenado, inhábil, detestable, 
mezquino, huraño, holgazán, intrigante, 
creído, lascivo, desatento, inmundo, 
culturoso, avaro, libertino, altanero,
traidor, coqueto, arrogante, soberbio,
presuntuoso, insensato, trasnochador, 
malviviente, vanidoso, antipático, 
demasiado pagado de si mismo, torpe, 
desconfiado, tramposo, estafador, 
avieso, desabrido, irascible, fatuo, 
obstinado, vicioso, displicente,
mugriento, abstruso, depravado, cruel, 
chismoso, grosero, despiadado, soez, 
intrigante, presumido, testarudo,
perverso, descarado, tacaño, glotón,
vago, informal, quisquilloso, intratable, 
engreído, malicioso, suspicaz, 
malcriado; necio, entrometido, 
jactancioso, fullero, senil, descortés; 
atolondrado, fanfarrón, insufrible, terco, 
desleal, inmaduro, ruin, maleducado, 
simplón, incapaz, desvergonzado, 
pérfido, fluctuante, cargoso, lerdo, 
rústico, descocado, receloso, esquivo, 
hostil, atropellado, enredador, infame, 
adulador y malhablado. Es una suerte, 
hija, que no te hayas casado con él.

NOVEDADES BIBLIOGRÁFICAS – OCTUBRE 2013

Biblioteca Sarmiento informa la incorporación de material bibliográfico enviado por COPROBIP, Fondo Provincial de la Cultura, Ministerio de Cultura del Gobierno de Mendoza de acuerdo al siguiente detalle:

 

“Pájaros al viento” de Rubén Chaves Canciani

“Poemas de Junio” de Miguel Pérez Mateo

“De donde nace el canto” de Rubén Gatica

“Niños conurbanos” de Tonimontaña

“Leyendas mendocinas” de Jorge Julio  Ammar

“Caminos de poesías, caminos para el encuentro” de Iván Valda

 “Nautin, el diario de un robot” de Juan Martín Allende

“Cuentos para Tomás” de Lucía Aldete

“Estamos trabajando para usted (disculpe las molestias)” de Jorge Mezzabotta

“Heráldica. Un lenguaje viviente”Tomo II de Gregorio Humberto Gorigoitía

“Del deleite al oficio. El campo de la Música Popular en Mendoza de 1890 a 1950” de Carmen Gutiérrez  Arrojo.

 

Libro5 copia


Todo el material mencionado ya ha sido técnicamente procesado e ingresado a nuestro Fondo Bibliográfico y se encuentra a disposición de los lectores.

Ver tapas de los libros

 

jueves, 24 de octubre de 2013

PARA COMPARTIR: PEDRO MAIRAL (Buenos Aires, 1970)

HOY TEMPRANO

Salimos temprano. Papá tiene un Peugeot 404 bordó, recién comprado. Yo me trepo a la luneta trasera y me acuesto ahí a lo largo. Voy cómodo. Me gusta quedarme contra el vidrio de atrás porque puedo dormir. Siempre estoy contento de ir a pasar el fin de semana a la quinta, porque en el departamento del centro, durante la semana, lo único que hago es patear una pelota de tenis en el patio del pozo de aire y luz que está sobre el garaje, un patio entre cuatro paredes medianeras altísimas y sucias por el hollín de los incineradores. Si miro para arriba, en ese patio parece que estuviera adentro de una chimenea; si grito, el grito apenas sube pero no llega hasta el cuadrado de cielo. El viaje a la quinta me saca de ese pozo.

En la calle hay poco tránsito, quizá porque es sábado o porque todavía no hay tantos autos en Buenos Aires. Llevo un autito Matchbox adentro de un frasco para capturar insectos y unos crayones que ordeno por tamaño y que no me tengo que olvidar al sol porque se derriten. A nadie le parece peligroso que yo vaya acostado en la luneta. Me gusta el rincón protector que se hace con el vidrio de atrás, al lado de la calcomanía de la Proveeduría Deportiva. En el camino miro el frente de los autos porque parecen caras: los faros son ojos, los paragolpes son bigotes, y las parrillas son los dientes y la boca. Algunos autos tienen cara de buenos; otros, cara de malos. Mis hermanos prefieren que yo vaya en la luneta porque así tienen más lugar para ellos. Yo no viajo en el asiento hasta más adelante, cuando hace demasiado calor o cuando ya no quepo en la luneta porque crecí un poco. Tomamos una avenida larga. No sé si es porque hay muchos semáforos pero vamos despacio, además después ya el Peugeot está medio roto, tiene el caño de escape libre y hay que gritar para hablar; una de las puertas de atrás está falseada y mamá la ató con el hilo del barrilete de Miguel.

El viaje es larguísimo. Sobre todo cuando no están sincronizados los semáforos. Nos peleamos por la ventana, ninguno de los tres quiere sentarse en el medio. En la General Paz nos turnamos para sacar la cabeza por la ventana con las antiparras de agua de Vicky, para que no nos lloren los ojos por el viento. Papá y mamá no dicen nada. Salvo cuando pasamos por la policía, ahí hay que sentarse derechos y estar callados. Cuando ya tenemos el Renault 12, a Miguel se le vuela por la ventana medio pilón de figuritas de Titanes en el Ring y papá frena en la banquina para juntarlas porque Miguel grita como un enloquecido. Yo veo de repente que se nos acercan dos soldados apuntándonos con la metralleta, diciendo que estamos en zona militar. Le hacen preguntas a papá, lo palpan de armas, le revisan los documentos y después tenemos que seguir viaje sin juntar las figuritas que quedan ahí desparramadas, incluso la autografiada por Martín Karadagián.

Papá busca música clásica en la radio, a veces consigue sintonizar bien la emisora del Sodre. Nosotros estamos a las patadas en el asiento de atrás cuando de repente papá sube el volumen y dice "escuchen esto, escuchen esto" y hay que hacer una pausa silenciosa en medio de una toma de judo para escuchar una parte de un aria o de un adagio. Después, cuando llegan los pasacassettes para autos, el viaje a la quinta se hace bajo el dominio absoluto de Mozart. Miramos pasar hacia atrás el camino prolijo, los árboles podados con los troncos pintados de blanco, y escuchamos los quintetos para cuerdas, las sinfonías, los conciertos para piano, las óperas. Vicky lidera rebeliones para tapar a las sopranos de Las bodas de Fígaro o de Don Giovanni con nuestro cántico filial favorito que dice "Queremos comer, queremos comer, sangre coagulada revuelta en ensalada...". Pero después Vicky empieza a traer libros para el viaje y los lee sin prestarle atención a nadie, en silencio, cada vez más enojada, porque la obligan a venir, hasta que le dan permiso para quedarse los fines de semana en el centro para ir al cine con sus amigas, que ya salen con chicos, y entonces Miguel y yo tenemos cada uno su ventana indiscutible, aunque invitemos a un amigo.

Sentimos que no vamos a llegar nunca. Hay largas esperas a medio camino mientras mamá compra muebles de jardín o plantas, aprovechando que papá se quedó trabajando en casa. Con Miguel jugamos en el asiento de atrás a ver quién aguanta más sin respirar; cada uno le tapa el tubo del snorkel al otro para que no haga trampa, o, si no, improvisamos un partido de paleta con un bollo de papel y las dos patas de rana. Esperamos tanto que Tania se pone a ladrar, porque no aguanta más encerrada en la parte de atrás de la Rural Falcon que tenemos después del Renault. Entonces aparece mamá, con plantas o macetas o algún mueble que hay que atar al techo, y seguimos viaje.

Los amigos que invita Miguel van cambiando. Yo los miro con asombro, con ansiedad perversa, porque sé que cuando lleguemos van a empezar a caer en las trampas que Miguel deja siempre preparadas: el ratón muerto dentro de las botas de goma para el invitado, el fantasma del galpón, la farsa de los chanchos asesinos, el pozo tapado con hojas y ramas al lado de la fila de palmeras que se ve desde la casa. Dentro del auto, en los embotellamientos de la ruta a media mañana, yo miro a los amigos de Miguel y paladeo por primera vez el mal. Prefiero a los confiados y prepotentes, porque sé que les va a resultar más intensa la humillación de esas trampas en las que yo colaboro de un modo oblicuo, indefinido. Los invitados de Miguel casi nunca vuelven a venir.

Cuando terminan el primer tramo de la autopista y ponen el peaje, el tráfico avanza mejor. Vicky va por su cuenta, con amigas que tienen auto. Papá ya casi no viene. En la Rural destartalada, mientras mamá maneja, Miguel me usa el cuaderno de dibujo garabateando planos y elaborando estrategias para espiar a las amigas de Vicky cuando se cambian. Después Miguel empieza a venir cada vez menos, y yo tengo todo el asiento de atrás para dormir. Mamá frena y me despierta para que le ponga agua al radiador, que pierde y recalienta el motor. Compramos una sandía al costado de la ruta.

En la barrera del tren, donde antes había uno o dos vendedores ambulantes, ahora hay amputados o paralíticos que piden limosna y otros que ofrecen revistas, pelotas, biromes, herramientas, muñecos. También en los semáforos del pueblo que atravesamos piden una moneda o venden flores y latas de gaseosa. A papá le dieron el Ford Sierra de la empresa, que tiene botones automáticos y, como a Miguel lo asaltaron hace poco, mamá me hace bajar los seguros y cerrar las ventanas en los semáforos porque le dan miedo los vendedores. Dice que se le tiran encima y que, además, Duque los puede morder. Después, la excusa del aire acondicionado ayuda a que ya no vayamos más con la ventana abierta. El auto comienza a ser una cápsula de seguridad, con un microclima propio. Afuera cada vez hay más basura, más pintadas políticas. Adentro, la música suena nítida en el estéreo nuevo y mamá tolera con paciencia los cassettes que yo pongo de Soda o de Police.

El auto es más rápido y todo el tiempo parece que estamos por llegar. Sobre todo cuando empiezo a manejar yo, que aumento la velocidad sin que mamá se dé cuenta porque viene tranquila en el asiento del acompañante mirándose en el espejo su último lifting, que le tira la piel para atrás como si fuera un efecto de la aceleración. Después, cuando muere papá, mamá prefiere que maneje Miguel, que volvió como el hijo pródigo, porque Vicky ya está viviendo en Boston. Para mí la ruta se empieza a enrarecer porque manejo el Taunus amarillo del padre del Chino, en el que dejamos cerradas las ventanas, no por miedo a que nos roben sino para que el humo de la marihuana no pierda densidad. Escuchamos Wild horses y hay momentos casi espirituales en los que la velocidad total de la ruta parece cobrar una lentitud serena en el paisaje enorme y chato. Después manejo el auto de la madre de Gabriela, que por suerte es gasolero y no gasta demasiado en las escapadas que nos hacemos cualquier día de semana para estar solos un rato. Ya se está hablando el tema de la expropiación pero es apenas una advertencia, faltan todavía dos gobiernos. Gabriela se pone unos vestiditos que me obligan a manejar con una sola mano y a acariciarle los muslos con la otra, subiendo desde las rodillas lentamente, sin necesidad de poner los cambios porque dejo el motor a fondo mientras Gabriela me pide al oído que no me apure, que esperemos a llegar. Nunca se hizo tan largo el viaje. La quinta está allá lejos, inalcanzable.

Más adelante, a Gabriela le empieza a crecer la panza y viajamos para tratar de integrarnos a la vida familiar. Vamos en el Volkswagen que nos presta su hermano. Ya usamos cinturón de seguridad, ya empezamos a tener miedo de morirnos y faltan pocos kilómetros. Los años pasan hacia atrás cada vez más rápido. Hay muchos más autos en la ruta y más peajes. Están terminando la autopista. Frenamos en una estación de servicio, discutimos. Gabriela llora en el baño. Tengo que pedirle que salga. Después compramos el baby-seat para Violeta y ella va chiquitita y dormida en el asiento de atrás, también con cinturón de seguridad. Los tres atados.

Piso el acelerador porque quiero llegar temprano para almorzar. Gabriela dice que no importa, que podemos parar en el Mc Donald's. Discutimos. Gabriela me desprecia. Yo me pongo los anteojos negros y acelero más. Aprovecho el viaje para escuchar demos de jingles para radio. Aprieto con las manos el volante del Escort. Falta poco. Gabriela me pide que vaya más despacio, después deja de venir, se va con Violeta a lo de la madre los fines de semana. Manejo solo, escucho los conciertos para piano de Mozart en compacts que suenan perfectos. El motor de la 4x4 no hace ruido. La autopista está terminada, con alambre a los costados para que no cruce la gente. Voy por el carril rápido. Miro el velocímetro: ciento sesenta y cinco. Estoy por pasar por el lugar exacto. Veo de lejos las tres palmeras y espero a que se alineen. Se acercan, me acerco, hasta que la primera palmera tapa a las otras dos y digo "acá", y es como si lo gritara, pero lo digo despacio, lo digo en el punto exacto donde estaba la casa antes de la expropiación, antes de que la demolieran y construyeran arriba la autopista. Siento que por una milésima de segundo paso por adentro de los cuartos, por arriba de la cama donde jugábamos con Miguel a Titanes en el Ring, paso por las tumbas de Tania y Duque entre las plantas de mamá, paso por un olor húmedo y metálico, por un sabor a ciruelas verdes tiradas en el fondo de la pileta para bucearlas más tarde, paso por el miedo a una culebra que salió cuando dimos vuelta una chapa, por la noche de lluvia en que jugamos a embocar una pelota en el único cuadrado roto de la ventana para obligarnos a buscarla con linterna entre los sapos y los charcos. Ahora es un malón incesante de autos que pasa por encima del fantasma de la casa. Son las doce en punto y el sol resplandece en el asfalto. Soy un hombre divorciado, un publicista que va al country de su hermano por primera vez y se olvidó las instrucciones de cómo llegar y está perdido, un hombre que no sabe dónde frenar y sigue viajando en el auto desde que salió hoy temprano, hace mucho, acostado en la luneta de atrás.

PARA COMPARTIR: POLDY BIRD (Paraná, Entre Ríos, 1941)

OLVIDO

Ya te olvidé. No sé cómo ocurrió. Pensaba que nunca iba a suceder, y sin embargo, ya ves, ha llegado el olvido como llega la desesperación, como llega el miedo, el insomnio, el amanecer, la lluvia.
Tal vez no me creas, allá a la distancia (nunca fue tan grande la distancia que nos separó, nunca tan grande como ésta que te retiene en la ausencia, te enmudece, convierte lo que vivimos plenamente en un  puñado de cenizas y en un interrogante: De verás sucedió?).
Ya te olvidé.
No recuerdo tus ojos de muchacho, desenfadados, acostumbrados a internarse por caminos vedados, tus ojos hachando el bosque con que defiendo mi mirada, llegando al territorio donde mi niñez corre despreocupadamente, donde mi niñez tiembla de noche porque le teme a la oscuridad, donde mi adolescencia se queda en mí y te llama... (yo no, mi adolescencia, mi caprichosa chiquilla inconformable que no quiere perder una batalla):
No recuerdo tus ojos.
No recuerdo tus manos delgadas, con venas como ríos de un mapa, cuyo itinerario yo seguía con la yema del índice, barquito. Tus  manos usando de tamboriles los manteles de la cervecería.
No recuerdo tus manos.
No recuerdo tu risa. Echada hacia atrás, como una luz, con dos hoyuelos alargados entre las mejillas, dándote un aire de hombre pintado por el Greco, de campesino encontrando el camino angosto que trepa hacia Calatayud.
No recuerdo tu risa.
No recuerdo tu torso, largo, cruzado por el movimiento de aspas de tus brazos increíbles, envolviéndome como espirales.
No recuerdo tu torso.
No recuerdo verte de corbata y traje, molesto y escapándote de la camisa de cuello almidonado.
No te recuerdo de "jeans" y remera azul, con todo el verano alrededor, parado en el medio de la gente y diciéndome adiós con la mano mientras mi taxi se alejaba y me veías cada vez más borrosa, y te veía cada vez más quieto y pequeño y más punto azul latiendo en aire azul y leve.
No, no te recuerdo. Podés hacer una hoguera con tu orgullo, con tu vanidad de hombre que se  cree inolvidable, que cree que puede volver en cualquier momento y yo voy a decirte que sí, que cuándo, que a qué hora. que te estaba esperando...
Podés hacer una hoguera con mis cartas. Podés hacer una hoguera donde se quemen también y para siempre, las palabras que tendí hasta tu oído como un puente de flores y de estrellas.
Porque ya no me acuerdo de vos.
Porque ya no me acuerdo: te olvidé... y si no querés creerlo, no lo creas, pero dejame repetirlo hasta convercerme. Dejame, por lo menos intentar este olvido que tarda tanto, que no llega nunca...

PARA COMPARTIR: JUAN CARLOS MOISÉS (Sarmiento, Chubut, 1954)

LA LISTA DE LAS COMPRAS

'Mi amor, la alegría de oír abrazados,
en el amanecer todavía oscuro,
a los primeros teros
después del largo
y no muy amistoso invierno.'

No te imaginás, dice mi mujer,
la cara que puso el chico del mercado
cuando descubrió por azar
las palabras escritas al dorso
de la lista de las compras
que le alcancé sobre el exhibidor
de las carnes frescas del día;
y la mía, dice ella, mi cara de no saber
qué decir en medio de la ansiedad
de los clientes, cuando me devolvió
el papelito confesando sin pudor
que le gustaban los poemas de amor.

Qué iba yo a pensar, cuando el barullo
de los teros nos despertó en la mañana
y con el apuro fui a escribir a ciegas
en el primer papelito que encontré
sobre la mesa, que el entusiasmo
de ese acto mínimo y fugaz
por la retirada del invierno
iba a tener tan rápido como canta el gallo
el consuelo involuntario de un lector
enamorado.

martes, 22 de octubre de 2013

PARA COMPARTIR: EDEL JUÁREZ (México, 1975)

Y si resulta...

...y si resulta que alguna vez tome notas de tus recuerdos?
si fueron tus ojos los que me dictaron esta larga imágen
que ahora traduzco, o intento traducir, para contártela de nuevo?

Vuelvo porque un día me propuse hacerlo
hace muchas vidas, hace muchos sueños,
vuelvo porque tus imágenes me guiaron
porque necesito tus secretos bajitos de mañana
tu complicidad callada, tus azules, tus rojos,
tus dudas y certezas amarradas con un lazo
vueltas nudo y a la espalda

¿Cómo no amarrarme a tu manojo de estrellas?
¿cómo no dejarme llevar? ¿cómo no seguirte?
no tengo ni una rosa, ni un cordero, ni un volcán
pero -eso si- necesito regalarte el mundo que me robé de un libro
varios silencios que atesoré en un viaje
y sobre todo, me urge contarte el cuento
de cuando era niño, de cuando eras niña
de cuando lo eras todo

Tu bien sabes que nuestro primer beso fue tan corto
que dura todavía,
que te he perdido y encontrado más de 17 veces en esta vida
que no hay punto final en mi cuaderno,
que me extravié en tu espalda,
que juntos somos dos hechiceros ardiendo,
muertos de frío en cada hoguera.

domingo, 20 de octubre de 2013

PARA COMPARTIR: JOAQUÍN GIANNUZZI (1924-2004)

PREPARANDO EL CAFÉ

Duermes: y las cosas se disponen
a seguirte esta mañana otoñal.
Y mientras estés allí, niego
la posibilidad de la nada entre nosotros: entra
un poco de húmeda luz cuando aparto
la cortina de la ventana y cae
sobre la flor silenciosa. No importa
la indiferencia o la desaparición del cielo
si está en lo cierto o se equivoca con relación
a esto que nos sucede. Duermes
y tu carne piensa profundamente hacia todas direcciones:
qué festín para el sentido dilatado
en la curva de tu cadera que transmite su respiración
a la mentira circundante.
La luz aumenta, duermes y tu cuerpo va llenando
toda la existencia posible. Los objetos
van a rodearlo. Crece mi conocimiento
de que estás allí. Hay más mundo que nada
en tu íntima superficie y en tu espacio:
mientras el dinero espera en alguna parte, en la oscuridad,
y la vida es nuestro único negocio.

sábado, 19 de octubre de 2013

PARA COMPARTIR: JUAN CARLOS BUSTRIAZO ORTIZ (Santa Rosa, La Pampa, 1929-2010)

ALLÍ  ESTABAS…


allí estabas mi amor allí estabas en los penachos de la
enredadera del monte pelusa de pollito blanco enamorada 
del molle espeso abrazándolo fina en la fruta verde 
del camambú en la ruta anaranjada del camambú con su 
corazón de pequeña sandía en la flor de la pasión del señor 
del camambú allí estabas mi amor allí estabas en las varas 
bermejas de la quina apenas alzándose de la tierra 
pesada de semillas en las hojuelas rubionas que confundía 
el viento veranoso que levantaba el viento con ruido de 
cachilote que las robaba él allí estabas mi amor allí 
estabas en la sangre de enero de las muchachas de trece 
años en el gateado mordiendo a su rosilla en el olor 
precioso de la siesta soltada en los cuú de ella en los más 
gruesos vinos debajo del gran caldén en la mariposa púrpura 
sobre la mariposa blanca allí estabas mi amor allí 
estabas en la garganta del agua en lo bondadoso del poleo 
en el sol en el sol mapuche en las briznas de lo que respiraba 
en lo que caminaba y en lo que saltaba y era florido 
y hacía bien allí estabas mi amor allí estabas.

jueves, 17 de octubre de 2013

PARA COMPARTIR: LUIS CERNUDA (Sevilla, España, 1902-México DF, 1963)

TE QUIERO 

Te lo he dicho con el viento,
jugueteando como animalillo en la arena
o iracundo como órgano impetuoso;

Te lo he dicho con el sol,
que dora desnudos cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes;

Te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas;

Te lo he dicho con las plantas,
leves criaturas transparentes 
que se cubren de rubor repentino;

Te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,
te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.

Pero así no me basta:
más allá de la vida,
quiero decírtelo con la muerte;
más allá del amor,
quiero decírtelo con el olvido.