Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

lunes, 18 de enero de 2016

SANDRO CENTURIÓN (Formosa, 1975)


EL CLON PERFECTO

Había creado al clon perfecto. No sólo era idéntico a él sino que también pensaba como él, tenía sus mismos sueños, miedos y ambiciones.
—Pensar que lo hice con barro —dijo y se sentó a descansar.
 
De “Rinocerontes bajo la cama” (2011)


 

domingo, 17 de enero de 2016

SAMANTA SCHWEBLIN (Buenos Aires, 1978)


SALIR

Tres relámpagos iluminan la noche y alcanzo a ver algunas terrazas sucias y las medianeras de los edificios. Todavía no llueve. Los ventanales del balcón de enfrente se abren y una señora en pijama sale a recoger la ropa. Todo esto veo mientras estoy sentada en la mesa del comedor frente a mi marido, tras un largo silencio. Sus manos abrazan el té ya frío, sus ojos rojos siguen mirándome con firmeza. Espera a que sea yo la que diga lo que hay que decir. Y porque siento que sabe lo que tengo que decir, ya no puedo decirlo. Su frazada está tirada a los pies del sillón, y en la mesa ratona hay dos tazas vacías, un cenicero con colillas y pañuelos usados. Tengo que decirlo, me digo, porque es parte del castigo que ahora me toca. Me acomodo la toalla que me envuelve el pelo húmedo, ajusto el nudo de mi bata. Tengo que decirlo, me repito, pero es una orden imposible. Y entonces algo sucede, algo en los músculos complicado de explicar. Sucede paso a paso sin que alcance a entender exactamente de qué se trata: simplemente empujo la silla hacia atrás y me incorporo. Doy dos pasos al costado y me alejo. Tengo que decir algo, pienso, mientras mi cuerpo da otros dos pasos y me apoyo contra el mueble de los platos, las manos tanteando la madera, sosteniéndome. Veo la puerta de salida, y, como sé que él todavía me mira, yo me esfuerzo en evitarlo. Respiro, me concentro. Doy un paso al costado alejándome un poco más. Él no dice nada, y me animo a dar otro paso. Mis pantuflas están cerca y, sin soltarme de la madera del mueble, estiro los pies, las empujo hacia mí y me las pongo. Los movimientos son lentos, pausados. Suelto las manos, piso un poco más allá, hasta la alfombra, junto aire, y en solo tres pasos largos cruzo el living, salgo de casa y cierro. Se escucha mi respiración agitada en el pasillo del edificio, a oscuras. Me quedo un momento con la oreja apoyada contra la puerta, intentando escuchar ruidos dentro, su silla al incorporarse o sus pasos hacia acá, pero todo está en completo silencio. No tengo llaves, me digo, y no estoy segura de si eso me preocupa. Estoy desnuda bajo la bata. Soy consciente del problema, de todo el problema, pero de alguna manera mi estado, este insólito estado de alerta, me libera de cualquier tipo de juicio. Las luces de los tubos parpadean y luego el pasillo queda ligeramente verde. Voy al ascensor, lo llamo y llega enseguida. Las puertas se abren y un hombre se asoma sin sacar su mano de los botones. Me invita a pasar con un gesto cordial. Cuando las puertas se cierran siento un fuerte perfume a lavanda, como si acabaran de limpiar, y la luz, ahora cálida y muy cerca de nuestras cabezas, me alivia y reconforta.
–¿Sabe qué hora es, señorita?
Su voz grave me confunde y es difícil saber si lo que dijo es una pregunta o un reproche. Es un hombre muy petiso, me llega a los hombros, pero es mayor que yo. Parece ser uno de los encargados del edificio o personal contratado para reparar algo en particular, aunque conozco a los dos encargados y es la primera vez que veo a este hombre. Casi no tiene pelo. Lleva abierto un mameluco gastado y debajo una camisa limpia y planchada que le da un aire fresco, o profesional. Niega, quizá para sí mismo.
–Mi mujer va a matarme –dice.
No pregunto, no me interesa saber. Me siento cómoda en su compañía, descendiendo, pero no tengo ganas de escuchar. Los brazos me cuelgan a los lados, sueltos y pesados, y me doy cuenta de que estoy relajada, de que salir del departamento me está haciendo bien.
–No quiero ni contarle –dice el hombre, y vuelve a negar.
–Se lo agradezco –digo. Y sonrío, para que no se lo tome a mal.
–Ni contarle.
Nos despedimos en el hall con un gesto de asentimiento.
–Le deseo muchísima suerte –dice.
–Gracias.
El hombre se aleja hacia el estacionamiento y yo salgo por la puerta principal. Es de noche, aunque no podría decir exactamente qué hora. Camino hasta la esquina para ver cuánto movimiento hay en la avenida Corrientes, todo parece dormido. Junto al semáforo me quito la toalla de la cabeza, que dejo colgando del brazo, y me acomodo un poco el pelo hacia atrás. Los días de esta semana fueron húmedos y calurosos, pero ahora una brisa agradable llega desde Chacarita, fresca y perfumada, y camino hacia allá. Pienso en mi hermana, en lo que hace mi hermana, y me dan ganas de contárselo a alguien. A la gente le interesa mucho lo que hace mi hermana y a mí me gusta, cada tanto, contar cosas que a la gente le interesen. Entonces sucede algo que, de alguna manera, estoy esperando. Quizá porque un segundo antes de escuchar la bocina ya he pensado en él, en el hombre del ascensor, y por eso no me incomoda su coche arrimándose, su sonrisa, y pienso podría contarle sobre mi hermana.
–¿Puedo alcanzarla a algún lado?
–Sí podría –digo–, pero la noche está muy linda para meterse en un coche.
El asiente, mi observación parece cambiar de alguna forma sus planes. Detiene el coche y me acerco.
–Voy para mi casa porque mi mujer va a matarme, y tengo que estar ahí para que suceda.
Asiento.
–Es un chiste –dice.
–Sí, claro –digo y sonrío.
El también sonríe y me gusta su sonrisa.
–Pero podríamos bajar las ventanillas, todas las ventanillas, e ir con el coche bien despacio.
–¿Cree que molestaríamos a alguien, yendo tan despacio?
Mira la avenida hacia adelante y hacia atrás, tiene algo de pelo en la nuca, pelusa apenas rojiza.
–No, si casi no hay nadie en la calle. Podríamos hacerlo así sin problema.
–Bueno –digo.
Doy la vuelta y me acomodo en el asiento de acompañante. El baja las ventanas y corre el vidrio del techo. El coche es viejo pero cómodo y huele a lavanda.
–¿Por qué va a matarlo su mujer? –pregunto, porque para contar lo de mi hermana primero pregunto por algo de los demás.
El pone primera y por un momento se concentra en el embrague y el acelerador, mueve el coche lentamente, hasta encontrar una velocidad confortable, me mira y yo asiento con aprobación.
–Hoy es nuestro aniversario y quedamos en que yo iba a pasar por ella a las ocho, para ir a cenar. Pero hubo un problema en el techo del edificio. ¿Está al tanto?
El aire circula por mis brazos y mi nuca, ni frío ni caliente. Perfecto, pienso, esto es todo lo que necesitaba.
–¿Usted es el nuevo encargado del edificio?
–Bueno, que se diga “nuevo”... Hace seis meses que estoy en el edificio, señorita.
–¿Y es techista también?
–Soy escapista, en realidad.
Vamos pegados a la vereda, casi siguiendo a una señora que avanza a paso rápido con una bolsa de supermercado vacía y que nos mira de reojo.
–¿Escapista?
–Arreglo los escapes de los coches.
–¿Está seguro de que eso es lo que hace un escapista?
–Se lo puedo asegurar.
La mujer de la vereda nos mira molesta, camina más despacio para obligarnos a pasarla.
–Cuestión que ahora es demasiado tarde para ir a cenar, y ella debe haberme esperado durante horas. Ya es tan tarde que los restaurantes deben estar cerrando.
–¿La llamó para avisarle del retraso?
El niega, consciente del error.
–¿No quiere llamarla por teléfono?
–No, realmente no me parece una buena idea.
–Bueno, entonces no hay mucho que hacer. No puede tomar ninguna decisión hasta no llegar y ver cómo está ella.
–Eso mismo pienso yo.
Miramos hacia adelante. La noche es silenciosa y no tengo nada de sueño.
–Yo voy a lo de mi hermana.
–Pensé que su hermana vivía en el mismo edificio.
–Trabaja en el edificio, tiene su taller dos pisos sobre el mío. Pero vive en otro lugar. ¿La conoce? ¿Sabe a qué se dedica mi hermana?
–Disculpe, ¿le molesta si paro un momento? Me dieron muchas ganas de fumar.
Detiene el coche frente a un kiosco, apaga el motor y se baja. Qué genial va todo hasta acá, me digo. Qué bien me siento ahora mismo. Parece haber algo especial en todo esto que se me está escapando, ¿algo como qué?, me pregunto, tengo que saber qué es lo que está funcionando para retenerlo y replicarlo, para poder volver a este estado cuando lo necesite.
–¡Señorita!
El escapista me hace señas desde el kiosco para que me acerque. Dejo la toalla en el asiento de atrás y bajo.
–No tenemos cambio, ninguno de los dos –dice el escapista señalando al hombre del kiosco.
Me esperan. Busco cambio en los bolsillos de mi bata.
–¿Se encuentra bien? –dice el hombre del kiosco.
Concentrada todavía en los bolsillos, tardo en entender que la pregunta va dirigida a mí.
–Tiene el pelo mojado. Así –dice señalándome extrañado–, como recién salida de la ducha. –Mira también mi bata aunque no dice nada sobre eso–. Solo diga que está bien y seguimos con el tema del cambio.
–Estoy bien –digo–, pero tampoco traigo cambio.
El hombre asiente una vez, desconfiado, y después se agacha tras el mostrador. Lo escuchamos hablar para sí mismo, decirse que en algún lado, entre las cajas, guarda siempre unas monedas extra. El escapista me mira el pelo. Tiene el entrecejo fruncido y por un momento temo que algo se quiebre irremediablemente, algo de este bienestar.
–Sabe –el hombre del kiosco vuelve a asomarse–, atrás tengo un secador. Si quiere...
Miro al escapista, alerta a su reacción. No quiero, no quiero secármelo, pero tampoco quiero negarle nada a nadie.
–Estamos en eso –dice el escapista señalando el coche–, ¿ve? Conducimos con las ventanas bajas, en primera, y hace mucho calor. En un rato el pelo va a estar sequísimo.
El hombre mira hacia el coche. Tiene en la mano unas monedas, que aprieta y afloja un par de veces antes de volver a mirarnos y entregárselas al escapista.
–Gracias –digo cuando salimos.
El hombre del kiosco no parece convencido con mi actitud y, aunque se aleja hacia las heladeras, se vuelve todavía un par de veces para mirarnos. Afuera el escapista me ofrece un cigarrillo, pero le digo que ya no fumo y me apoyo en el coche dispuesta a esperar. El prende uno y fuma exhalando el aire hacia arriba, como hace mi hermana. Pienso que es una buena señal, y que, otra vez en marcha, recuperaremos lo que sea que perdimos en el kiosco.
–Compremos algo –digo de pronto–, para su mujer. Algo que a ella le guste y con lo que usted pueda demostrar que su retraso no fue mal intencionado.
–¿Mal intencionado?
–Flores, o algo dulce. Mire, ahí en la otra esquina hay una estación de servicio. ¿Caminamos?
Asiente y cierra el coche. Las ventanas quedan abiertas, tal como habíamos acordado al empezar el paseo. Eso está muy bien, me digo. Y avanzamos hacia la esquina. Los primeros pasos son desordenados. El camina cerca del cordón, sin ritmo, cruza a veces los pies, sorprendido por su propia torpeza. No encuentra el paso, me digo, hay que ser paciente. Dejo de mirar para no incomodarlo. Miro el cielo, el semáforo, me doy vuelta para ver cuánto nos alejamos del coche. Me acerco un poco intentando recuperar una distancia de comunicación. Camino un poco más despacio, a ver si eso ayuda, pero termina alejándolo a él hacia delante, hasta que se detiene. Fastidiado, se vuelve hacia mí y me espera. Cuando volvemos a juntarnos coincidimos en un par de pasos, pero enseguida estamos otra vez desincronizados. Entonces me detengo yo.
–No está funcionando –digo.
El da unos pasos más, rodeándome desconcertado, mirando nuestros pies.
–Volvamos –dice–, todavía podemos seguir con el coche.
Un subte pasa más abajo, la vereda tiembla y una oleada de aire caliente sube desde las bocas enrejadas del piso. Niego. Unos metros más atrás, el hombre del kiosco se asoma y nos mira. Ya no es el camino correcto, pienso, todo venía saliendo tan bien. El se ríe, triste. Mi cuerpo se contrae, siento rígidas las manos y la nuca.
–Esto no es un juego –digo.
–¿Cómo dice?
–Esto es muy serio.
Se queda quieto, desaparece su sonrisa. Dice:
–Discúlpeme, pero ya no sé si entiendo bien lo que está pasando.
Lo perdimos, pienso, se fue. El se queda mirándome, pero hay un brillo en sus ojos, un segundo en el que los ojos del escapista me miran y parecen entender.
–¿Quiere contarme lo de su hermana?
Niego.
–¿Quiere que la alcance al departamento?
–Son ocho cuadras, mejor vuelvo sola. Usted llame a su mujer. Es probable que ahora sí quiera llamarla. –Corto unas flores, tres flores que sobresalen a unos metros desde las rejas de un edificio–. Tome, déselas en cuanto llegue.
Las agarra sin dejar de mirarme.
–Le deseo muchísima suerte –digo, recordando sus palabras en el ascensor, y empiezo a alejarme.
Paso junto al coche y saco mi toalla por la ventanilla de atrás. Cruzo de vereda, regreso. Espero un semáforo, llevo la toalla colgada del brazo como la llevaría un mozo. Me miro los pies, las chinelas, me concentro en el ritmo, tomo mucho aire y lo largo con prolijidad, consciente de su sonido y su intensidad. Este es mi modo de caminar, pienso. Este es mi edificio. Esta es la clave de la puerta principal. Este es el botón del ascensor que me llevará a mi piso. Las puertas se cierran. Cuando se abren las luces del pasillo vuelven a parpadear. Frente a mi departamento me envuelvo el pelo otra vez con la toalla. La puerta no tiene llave. Abro despacio y todo, todo en el living y en la cocina, está aterradoramente intacto. La frazada está tirada a los pies del sillón, las colillas y las tazas sobre la mesa ratona. Están los muebles, todos los muebles en su sitio, guardando y sosteniendo todos los objetos que puedo recordar. Y él todavía está en la mesa, esperando. Levanta la cabeza de sus brazos cruzados y me mira. Salí un momento, pienso. Sé que me tocaba hablar a mí, pero si él pregunta, eso es todo lo que voy a decir.

sábado, 16 de enero de 2016

ISABEL SALVATIERRA (Santiago del Estero, 1988)

ESTRATEGIA
 
Que no gane el cansancio esta troyana contienda
Y las armas mantengan el valor de la conciencia
Es preferible pensar en lo instantáneo
Aliviar el pensamiento del peso del pasado
Que no gane el cansancio ni acobarde el cuerpo
Porque el filo del tiempo limita lo incierto
Que la fuerza acompañe, que no abandonen los sueños
Esta materia afligida por la violencia del ego
Es virtud ver el lado simplificado
Buscar estrategias, encontrar resultados
Viviendo de promesas, ilusionismos y prefacios
Creerse un mortal,
Un mortal, un ser humano
Es la fórmula perfecta sobrevivir con esencia
No perder el ritmo de la estrategia
Resistir la condena de la conciencia
Soportar las molestias del desengaño
Disimular la imprudencia
Aprovechar el fracaso
Formular la estrategia
Aún...ser humano.


JORGE LUIS BORGES (1899-1986)


OTRO POEMA DE LOS DONES
 
Gracias quiero dar al divino
laberinto de los efectos y de las causas
por la diversidad de las criaturas
que forman este singular universo,
por la razón, que no cesará de soñar
con un plano del laberinto,
por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises,
por el amor, que nos deja ver a los otros
como los ve la divinidad,
por el firme diamante y el agua suelta,
por el álgebra, palacio de precisos cristales,
por las místicas monedas de Ángel Silesio,
por Schopenhauer,
que acaso descifró el universo,
por el fulgor del fuego
que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo,
por la caoba, el cedro y el sándalo,
por el pan y la sal,
por el misterio de la rosa
que prodiga color y que no lo ve,
por ciertas vísperas y días de 1955,
por los duros troperos que en la llanura
arrean los animales y el alba,
por la mañana en Montevideo,
por el arte de la amistad,
por el último día de Sócrates,
por las palabras que en un crepúsculo se dijeron
de una cruz a otra cruz,
por aquel sueño del Islam que abarcó
Mil Noches y Una Noche,
por aquel otro sueño del infierno,
de la torre del fuego que purifica
y de las esferas gloriosas,
por Swedenborg,
que conversaba con los ángeles en las calles de Londres,
por los ríos secretos e inmemoriales
que convergen en mí,
por el idioma que, hace siglos, hablé en Nortumbria,
por la espada y el arpa de los sajones,
por el mar, que es un desierto resplandeciente
y una cifra de cosas que no sabemos
y un epitafio de los vikings,
por la música verbal de Inglaterra,
por la música verbal de Alemania,
por el oro, que relumbra en los versos,
por el épico invierno,
por el nombre de un libro que no he leído: Gesta Dei per Francos,
por Verlaine, inocente como los pájaros,
por el prisma de cristal y la pesa de bronce,
por las rayas del tigre,
por las altas torres de San Francisco y de la isla de Manhattan,
por la mañana en Texas,
por aquel sevillano que redactó la Epístola Moral
y cuyo nombre, como él hubiera preferido, ignoramos,
por Séneca y Lucano, de Córdoba,
que antes del español escribieron
toda la literatura española,
por el geométrico y bizarro ajedrez,
por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce,
por el olor medicinal de los eucaliptos,
por el lenguaje, que puede simular la sabiduría,
por el olvido, que anula o modifica el pasado,
por la costumbre,
que nos repite y nos confirma como un espejo,
por la mañana, que nos depara la ilusión de un principio,
por la noche, su tiniebla y su astronomía,
por el valor y la felicidad de los otros,
por la patria, sentida en los jazmines
o en una vieja espada,
por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema,
por el hecho de que el poema es inagotable
y se confunde con la suma de las criaturas
y no llegará jamás al último verso
y varía según los hombres,
por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos
por morir tan despacio,
por los minutos que preceden al sueño,
por el sueño y la muerte,
esos dos tesoros ocultos,
por los íntimos dones que no enumero,
por la música, misteriosa forma del tiempo.


jueves, 14 de enero de 2016

DIEGO KOCHMANN (Buenos Aires, 1970)

F
ENSAYO
 
…Y mirando cómo se paraba frente al espejo y le gritaba, minutos antes de la reunión con su casi ex esposa, no se podía saber si se estaba preparando para descargar todo el odio o para recibirlo.
 
 
QUÉ LÁSTIMA
 
 Iba a ser una gran novela de suspenso pero el autor no consideró la inteligencia del detective, con la cual el misterio quedó resuelto antes de la tercera página.



miércoles, 13 de enero de 2016

ESTHER CROSS (Buenos Aires, 1961)

 
LOS QUE VOLVIERON

Fueron cuatro y volvieron tres. Entonces la casa entró en funciones. Mi padre y el padre del chico, el mayordomo, el capataz, los mensuales, hasta un croto que había llegado el día anterior, cruzaron la tranquera que daba al monte. Furman, el padre del chico, parecía menos apurado. Como si mi padre estuviera seguro de que había pasado algo muy malo y el padre del chico no. O como si mi padre pensara que estaban a tiempo y el padre del chico, en cambio, supiese que era demasiado tarde.
Mis hermanos y el hermano mayor del chico Furman habían vuelto corriendo. Entraron en la casa pegados, todos en uno, y por eso se habían atorado en la puerta. Entonces mi madre preguntó por el chico: “¿Y Martín?”. Los tres miraron al piso. Mi padre sacudió a mi hermano mayor por los hombros. Mi hermano más chico dio un paso a un costado, con las manos en los bolsillos. El hermano de Martín Furman cerró la boca como si en eso le fuera la vida. Mi padre le dijo un secreto a mi madre; después se arrodilló frente al mayor de los Furman y apoyó las manos sobre sus hombros. Le habló buscando que el chico lo mirara a los ojos. Mi madre corrió al teléfono, a llamar al padre de los hermanos Furman. Cuando Furman llegó, mi padre terminaba de darle instrucciones al mayordomo.
Los hermanos Furman y mis hermanos no eran muy amigos pero igual jugaban juntos cada tanto. Los Furman eran vecinos y las familias se cruzaban siempre sin querer –en el camino, en el pueblo, en el restaurante La Rodada algunos domingos a la noche– y un día empezaron a encontrarse más seguido. Por eso mis padres nos llevaban a jugar algunas tardes y los Furman traían por unas horas a sus hijos. A veces, Furman pasaba –lo decía así, pasaba– para saludar. Venía en su pick up, después de recorrer, con los dos hijos y su perro. Tenía cara de señor y manos curtidas. Él era esa combinación.
Los chicos Furman y mis hermanos eran parecidos, como todos los hijos de madres que compran el mismo tipo de ropa. Mi madre vestía a mis hermanos con ropa que imitaba la ropa de los chicos ingleses. La madre de los Furman compraba en el pueblo ropa que imitaba la ropa que mi madre les compraba a mis hermanos –los Furman no iban casi nunca a Buenos Aires–. Los chicos se llevaban bastante bien. Se movían con gestos similares, que el hecho de andar por el campo –saltar alambres, pisar fuerte y con cuidado, pararse a oír– había calcado en sus cabezas. Pero había diferencias. La principal era que los Furman vivían en el campo y mis hermanos no. Mis hermanos sabían de jets, ladrillos de encastre y figuritas. Pero cuando querían saber qué gusto tenía la carne de mulita, por qué cada tanto aparecía una lechuza colgada de la veleta del molino, dónde quemaban la basura, cómo era la vida sexual de las ovejas y esas cosas, consultaban la enciclopedia viviente Furman. La otra diferencia era que entre ellos no había una hermana. Yo no tenía doble en ese espejo. Entre el Furman mayor y Martín sólo había tiempo. Esa tarde, cuando encontraron el cuerpo de Martín Furman en el monte, los parecidos se perdieron.
Lo encontraron tirado bajo un árbol. Era tan chico que ni sabía leer. Le salía un hilo de sangre por la nariz. Estaba boca arriba. La piel blanca, manchada de tierra. La cabeza inclinada hacia un lado. Parecía dormido. Pero había algo raro. Como si durmiera un sueño de alteración sutil. Un sueño imposible, de otro mundo, quizá de un mundo en donde nadie estuviera despierto. Se había torcido el cuello. Y tenía la boca abierta, como si no hubiera terminado de decir lo que estaba por decir, o como si la sorpresa hubiera sido la última palabra de su vida.
Yo me quedé con mi madre, mis hermanos y el hermano mayor de Martín en la casa. Nadie me explicó nada pero entendí lo que pasaba. Los tres varones se comportaban como si no se conocieran, cada uno en su mundo. Pero cuando alguien le hablaba a uno –la casera les preguntó si querían tomar algo, mi madre les preguntó dónde habían dejado los caballos– era como si los tres fueran una persona. Seis ojos y una sola boca, cerrada.
Las voces de los hombres llegaban desde el monte a la casa. Oímos el nombre del chico: Martín. Gritaban su nombre, seguramente haciendo un túnel con las manos. Más alto lo decían y más parecía alejarse Martín de todos nosotros. Entonces fue lo peor. La madre del chico no le había hecho caso a su marido. Había venido, en vez de quedarse en casa esperando noticias mientras oscurecía. Oímos las ruedas en el camino, antecedidas por un perro. La señora Furman bajó de un jeep. La había traído el casero de su campo.
Mi madre salió a recibirla. Las vi por la ventana. Mi madre corrió a buscarla y le dio un beso. La mujer reaccionó mirándola de frente. Mi madre le pasó la mano por el hombro y entraron en casa. El hijo mayor de la mujer la miró. La gente preocupada que no habla asusta un poco. Esta señora estaba muy preocupada y no abría la boca. Se sentó en el sillón, a esperar.
El caballo apareció en los galpones, con la boca llena de espuma y los ojos desorbitados, antes de que los hombres volvieran del monte con el cuerpo del chico. Era un caballo bastante gordo. Los mensuales le decían Café pero a nosotros ese nombre no nos gustaba. Le cambiamos de nombre todos los veranos, de acuerdo a los libros que leíamos o las películas o series que veíamos.
Apareció corriendo por los galpones, con el recado flojo y cara de loco. Campero, el domador, que se había quedado ahí por las dudas, lo agarró de las riendas. Después lo desensilló, le tiró agua con la manguera y lo soltó. Campero estaba seguro de que le habían pegado con el rebenque o lo habían asustado. Era tan manso que era imposible imaginarlo desbocado. Ese caballo no tenía nervio. Y sin embargo, había que verlo. Cabeceaba. Tiraba patadas contra el piso. Echaba la cabeza hacia atrás como si fueran a matarlo.
Pero el agua y la familiaridad de la casa lo calmaron. O puede ser que no fuera eso. Era un caballo. A lo mejor los caballos no tienen memoria. Una cosa es lo que pasó hace un rato y otra es lo que hay ahora. Cuando Campero lo soltó, el caballo se revolcó como siempre en la tierra, para secarse, y después salió corriendo. Carreras cortas y frenaba. Una y otra vez. Nada fuera de lo común. Era su rutina de todas las tardes cuando lo soltaban. Pero no era una tarde como todas. El chico que lo montaba estaba tirado en el monte, muerto, mudo para siempre. Como el caballo, mis hermanos y su hermano. Mudo.
La reconstrucción de ese pasado cercano e irreparable, que no vimos: el caballo se desbocó, corrió a pesar de que Martín Furman le tiraba de las riendas, frenó de pronto para esquivar algo y Martín Furman salió volando, se golpeó contra el tronco, perdió la vida. Era eso. Había perdido la vida. Pero seguíamos sin saber por qué el caballo se había desbocado. De un lado, estaba el cuerpo del menor de los Furman y del otro, el silencio de tumba de su hermano y mis hermanos.
Primero oímos los perros. Cuando Furman entró en la casa, su mujer lo miró. Fue como si estuvieran solos. Furman negó, mirando el piso. Su mujer se agarró la cabeza. Mi padre entró por la cocina. Acostó el cuerpo del chico en el sillón del saloncito de la entrada. Lo tapó con una campera. Aunque ya no hacía falta, llamaron al médico.
Esa tarde, mi madre me había dicho que dejara que los varones jugaran solos. Tenía que entender. A veces los chicos querían jugar por su cuenta. Me ofendí. En el campo no importaba que fuera mujer, yo era uno más. También me di cuenta de que tenían razón. Así que no dije nada aunque tampoco estaba de acuerdo. Tomamos el té. Después los vi moverse, apurados, por la casa, como hacen los varones cuando están por ir juntos a algún lado. Cuando cerraron el mosquitero, ya hacía un poco menos de calor.
La señora Furman fue a la salita de la entrada y entonces oímos el grito. Fue el primero. Y después ya no podías contar. Parecía un solo grito, que se cortaba cuando tenía que tomar aire para seguir. Gritó muchas veces. No decía nada. Eran gritos vacíos. Mis hermanos se miraron y el mayor de los Furman cerró los ojos. Los gritos rebotaban contra las paredes y la señora Furman también, o al menos eso parecía desde la sala. Oíamos golpes secos, las voces de mi padre y el señor Furman que la llamaban por su nombre. Oíamos esos gritos que estaban en otra dimensión porque en ese momento la señora Furman era inalcanzable. Iba por la sala –a lo mejor no era que se tiraba contra las paredes sino que no las veía–, gravitando alrededor del cuerpo inmóvil de su hijo menor.
El médico llegó y aunque sabía que el chico se había muerto entró corriendo en la casa. No pudo hacer nada por el chico pero atendió a la madre. Vimos que la acompañaban hasta el jeep. Su marido la abrazaba por la cintura. La acomodó en el asiento y entró de nuevo, a buscar a su hijo mayor. Él iba a ocuparse de los trámites con mi padre y el chico tenía que volver a casa con su madre.
Se lo dijo como si fuera una orden, pero también entendimos que si iba, el chico le hacía un favor al padre y además iba a cuidar a su madre por primera vez en la vida. El chico tenía una remera azul, y la cara sucia de tierra, con huellas secas que habían dejado las lágrimas. Su padre lo agarró de los hombros para llevarlo hacia fuera. Mis hermanos y el chico se miraron. ¿Habían querido hacerle una broma a Martín y por eso habían asustado al caballo? ¿Se había espantado el caballo por algo que ellos hicieron sin querer? A lo mejor, habían pisado una rama seca y eso asustó al animal. ¿O se habían peleado y le habían pegado al caballo con el rebenque? ¿O podía ser que Martín hubiera galopado demasiado fuerte para escaparse porque lo seguían en un juego? ¿Y si el chico les había hecho algo y por eso había salido corriendo así? Ese día, el parecido entre mis hermanos y los chicos de Furman se quebró como un hechizo pero algo más fuerte que el hechizo los unió, aunque no volvieron a jugar juntos. Tuve la suerte de darme cuenta que era mejor no preguntarle nada a mis hermanos. Hubiera chocado contra el silencio de la verdad.



martes, 12 de enero de 2016

LÊDO IVO (Brasil, Maceió, 1924-España, Sevilla,2012)


EL DÍA FUGITIVO 
 
Una llave escarlata abre la puerta del día.
Un pétalo cae en la cuneta.
Los hombres pasan por la tierra.
Por el mar pasan las nubes y los barcos.
 
Una vida perdida es una vida encontrada.
El fuego que se propaga por la hierba seca
reclama la luz de los astros
posada en la mañana desamparada.
 
El sol que rige las lluvias de verano
rige las sombras de los seres tendidos
en las largas quillas de la evasión.
 
Y la lluvia cae, la lluvia, agua evadida
del cielo embriagado que celebra
la victoria de la tiniebla y el trueno.



lunes, 11 de enero de 2016

ANTONIO JESÚS CRUZ (Frías, Santiago del Estero, 1951)

SOCIALES

En la Capilla de la coqueta comuna de Los Nogales, el sábado 26 de julio, contrajo enlace Rosa Lima, hija de un reconocido fruticultor del medio, con el Señor Abel Cerezo, oriundo de la localidad catamarqueña de Las Higueras. La boda, previa bendición de los anillos, fue oficiada por el párroco local Raúl Naranjo y los padrinos fueron Juan José Perales y Margarita Manzano. A posteriori, momentos antes de la fiesta que se llevó a cabo en el local nocturno Frutilla Roja, del elegante barrio Los Plátanos, se concretó la ceremonia civil en la cual sirvieron de testigos la Señora Nicolasa Parra y el Señor Adolfo Castaño.
El nuevo matrimonio se radicará en la localidad serrana de La Viña, donde el padre de la novia posee plantaciones de duraznos, damascos y ciruelos.