Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

VERÓNICA YATTAH (Buenos Aires, 1987)

ME PEDÍS QUE TE  ATE  EL PELO…
 
Me pedís que te ate el pelo.
Con el inicio del viento y los álamos
balanceándose cerca del muelle
decís "haceme un peinado".
Tomo tu cabello como a un racimo de uvas.
Como a uvas de una naturaleza muerta
entre seguir mirando y atacar
hundo mis dedos en tu pelo,
lo envuelvo con mis manos.
Ahora queda libre tu nuca
y tu columna vertebral
es el camino de una gota.
Hasta disolverse, esa gota de agua
recorrerá tu espalda.
Es un descenso que estremece.
Entonces suelto tu pelo y te abrazo quién sabe
si por primera o por última vez.


martes, 4 de noviembre de 2014

FERNANDO PESSOA (Lisboa, Portugal 1888- 1935)

TABAQUERÍA

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto, que es uno entre los millones del mundo que nadie ve
(y si lo viesen, ¿qué sabrían?,
dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
hacia una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
con el misterio de las cosas debajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y pelos blancos en los hombres
con el Destino conduciendo la carroza de todo por el camino de nada.
Hoy estoy vencido, como si supiese la verdad.
Hoy estoy lúcido como si fuese a morir,
y no tuviese más hermandad con las cosas
que una despedida, convirtiéndose esta casa y este de lado de la calle,
en la hilera de vagones de un tren, y un silbato de partida dentro de mi cabeza
y una sacudida de nervios y un crujir de huesos al salir.
Hoy estoy perplejo, como quién pensó y halló y olvidó.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo
a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.
Fracasé en todo.
Como nunca tuve un propósito tal vez todo fuese nada.
De todo lo que me enseñaron
me escapé por la ventana de atrás de la casa.
Fui hasta el campo con grandes proyectos.
Pero allí sólo encontré arboles y pasto,
y cuando había gente era igual a la otra.
Salgo de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué habré de pensar?
¿Qué sé yo de lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pero pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Genio? En este momento
cien mil cerebros se conciben en sueño genios como yo
y la historia no destacará, ¿quién sabe?, a ninguno,
ni quedará sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos de remate con tantas certezas!
Yo que no estoy seguro de nada, ¿soy más cuerdo o menos cuerdo?
No, ni en mí…
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no estarán a esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas,
sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas,
y hasta realizables,
nunca verán la luz del sol real ni encontrarán quien las escuche? .
El mundo es de quien nace para conquistarlo
y no de quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
Soñé más que Napoleón.
Estreché contra mi pecho hipotético más humanidad que Cristo,
concebí filosofías en secreto que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no nació para eso;
seré siempre sólo el que tenía cualidades
seré siempre el que esperé que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Que me derrame la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que busca mi cabello,
y el resto que venga si tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo antes de levantarnos de la cama;
pero despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de la casa y es la tierra entera,
más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(Come chocolates, pequeña;
¡Come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que los chocolates.
Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá pudiera yo comer chocolate con la misma verdad con que tú los comes!
Pero yo pienso y, al tirar el papel de plata, que es de hoja de estaño,
echo todo a perder, como eché a perder mi vida.)
Queda, al menos, de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico abierto a lo Imposible.
Pero al menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que arrojo
la ropa sucia que soy, sin orden, al decurso de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.
(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, estatua engendrada viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
o marquesa del siglo dieciocho, escotada y distante,
o cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me doy cuenta bien qué-
todo eso, sea lo que fuere, ¡si puede inspirar que inspire!
Mi corazón es un balde vacío.
Como invocan los que invocan espíritus, así me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las al alamedas, veo los coches que pasan,
veo los entes vivos que se cruzan,
veo los perros que también existen,
y todo eso me pesa como una condena al exilio
y todo eso me es extraño, como todo.)
Viví, estudié, amé y hasta creí,
y no hay mendigo al que yo no envidie sólo por no ser yo.
Le miro a cada uno los andrajos y las llagas y la mentira,
y pienso: tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni creído
(porque es posible darle realidad a todo eso sin hacer nada de eso);
tal vez hayas existido apenas, como un lagarto al que le cortan la cola
y que es cola más allá del lagarto, retorcidamente.
Hice de mí lo que no supe,
y lo que podía hacer de mí no lo hice.
El disfraz que me puse no era mío.
Me tomaron en seguida por quien no era, no lo desmentí y me perdí.
Cuando me quise sacar la máscara
la tenía pegada a la cara.
Cuando me la arranqué y me vi en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, ya no sabía vestir el disfraz que no me había sacado.
Tiré la máscara y dormí en el vestíbulo
como un perro tolerado por la administración por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime-
Esencia musical de mis versos inútiles,
quien pudiera encontrarte como algo hecho por mí,
y no terminar siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,
sintiendo bajo los pies la conciencia de estar existiendo,
como una alfombra en la que un borracho tropieza
o un felpudo que los gitanos robaron y no valía nada.
Pero el Dueño de la Tabaquería se asomó a la puerta y se quedó en la puerta.
Lo miro molesto por tener que girar la cabeza
e incómodo por esta alma que nada entiende.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, y yo dejaré versos.
A cierta altura morirá el letrero también, y los versos también.
Después de un tiempo morirá la calle donde estuvo el letrero
y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante donde todo eso ocurrió.
En otros satélites de otros sistemas seres parecidos a la gente
seguirá haciendo cosas como versos y viviendo debajo de cosas como letreros,
Siempre una cosa frente a otra.
Siempre una cosa tan inútil como la otra.
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real.
Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño de misterio de la superficie. Siempre esto u otra cosa o ni una cosa ni otra.
Pero un hombre entró a la tabaquería (¿habrá ido a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me incorporo a medias, enérgico, decidido, humano
y voy a intentar escribir estos versos en que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como una ruta propia
y gozo, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de no estar dispuesto.
Después me recuesto en la silla
y sigo fumando.
Mientras el Destino me lo conceda seguiré fumando.
(Si yo me hubiese casado con la hija de mi lavandera tal vez fuese feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla. Voy hasta la ventana.
El hombre salió de la Tabaquería (¿metiendo el cambio en el bolsillo de los pantalones?)
Ah, lo conozco: es Estevez, sin metafísica.
( El dueño de la Tabaquería salió a la puerta.)
Como por un instinto divino Esteves se volvió y me vio.
Me saludó y le grité ¡Adiós, Oh Esteves!, y el universo
se me reconstruyó, sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la Tabaquería sonrió.
 
(Traducción Santiago Kovadloff)
-Obra de Pessoa bajo el heterónimo ALVARO DE CAMPOS-

lunes, 3 de noviembre de 2014

Conociendo a Hans Christian Andersen

Hans christian andersen BLOG

 

Hans Christian Andersen (Odense, Dinamarca, 2 de abril de 1805-Copenhague, Dinamarca, 4 de agosto de 1875) fue un escritor y poeta danés, famoso por sus cuentos para niños, entre ellos «El patito feo» o «La sirenita».

 

Primeros años.

Nació el 2 de abril de 1805 en Odense, Dinamarca. Su familia era tan pobre que en ocasiones tuvo que dormir bajo un puente y mendigar. Era hijo de un zapatero de 22 años, instruido pero enfermizo, y de una lavandera de confesión protestante. Andersen dedicó a su madre el cuento «La pequeña cerillera», por su extrema pobreza, así como «No sirve para nada», en razón de su alcoholismo.

Desde muy temprana edad Hans Christian mostró una gran imaginación que fue alentada por la indulgencia de sus padres. En 1816 murió su padre y Andersen dejó de asistir a la escuela; se dedicó a leer todas las obras que podía conseguir, entre ellas las de Ludwig Holberg y William Shakespeare.

 

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Conociendo a Arthur Conan Doyle

DOYLE BLOGGER


Arthur Ignatius Conan Doyle (Edimburgo, 22 de mayo de 1859 - Crowborough, 7 de julio de 1930) fue un médico y escritor escocés, creador del célebre detective de ficción Sherlock Holmes. Fue un autor prolífico cuya obra incluye relatos de ciencia ficción, novela histórica, teatro y poesía.

 

Juventud.

Arthur Conan Doyle nació el 22 de mayo de 1859 en el número 11 de la calle Picardy Place, en Edimburgo, Escocia. Su padre, Charles Altamont Doyle, había nacido en Inglaterra y era hijo del artista John Doyle, perteneciente a una familia católica irlandesa que había proporcionado varios ilustradores y caricaturistas. Charles era un funcionario de obras públicas con gran afición al dibujo, que fue destinado a Edimburgo en 1849 y que a lo largo de su vida padeció un grave alcoholismo y profundas depresiones, que le llevaron a ser internado en una institución sanitaria en diversas ocasiones. Charles contrajo matrimonio en 1855 con Mary Foley, perteneciente a una familia irlandesa residente en la ciudad escocesa. Los detalles del nacimiento de Arthur y sus hermanos son poco claros. Algunas fuentes manifiestan que eran nueve niños, algunas otras que diez y parece que tres murieron pequeños. En 1864 la familia se dispersó debido al creciente alcoholismo de Charles y los niños fueron alojados temporalmente a través de Edimburgo. En 1867, la familia se reunió otra vez, residiendo en una sórdida vivienda en Sciennes Place. Arthur fue bautizado en la Catedral Metropolitana de Santa María de la Asunción de Edimburgo. Su madre, viendo cómo su marido se gastaba todo su sueldo en la bebida, alquiló las habitaciones de la casa a huéspedes; uno de ellos, el doctor Bryan Waller, al que algunos historiadores adjudican un romance con la madre del escritor.

En 1868, Conan Doyle, con el apoyo económico de sus tíos, ingresó en la Escuela Stonyhurst Saint Mary's Hall de la orden de la Compañía de Jesús, situada en la comarca de Lancashire, la cual era un centro preparatorio del Colegio Stonyhurst College, al que accedería dos años después, en 1870, y donde permaneció hasta 1875. Entre 1875 y 1876, continuó su educación en Austria, en otra escuela de la Compañía de Jesús, Stella Matutina, en la ciudad de Feldkirch.

En 1876, comenzó la carrera de medicina en la Universidad de Edimburgo, donde conoció al médico forense Joseph Bell, el profesor que le inspiraría la figura de su famoso personaje, Sherlock Holmes. Allí destacó en los deportes, especialmente rugbygolf y boxeo. En este período también trabajó en Aston (actual distrito de Birmingham) y Sheffield. A principios de 1880 se embarcó, para ejercer como cirujano en sustitución de un amigo suyo, en un ballenero denominado The Hope que durante seis meses navegaría hacia el Ártico. A los 22 años (1881) se graduó como médico; completó su doctorado sobre el Tabes dorsal en 1885. Sin embargo, recibió el doctorado cuatro años después. Fue en estos años cuando hizo una gran amistad con el también escritor escocés J. M. Barrie.

Mientras estudiaba comenzó a escribir historias cortas. La primera que apareció publicada fue "The Mystery of the Sasassa Valley", en 1879 en el Chambers's Edinburgh Journal antes de que cumpliera los 20 años. Ese mismo año también publicó su primer artículo médico Gelsemium como veneno en la British Medical Journal.

En 1881, después de terminar su etapa universitaria, volvió a embarcarse como médico del buque SS Mayumba en su viaje a las costas de África Occidental.

 

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ALBERTO VANASCO (Buenos Aires,1925-1993)

RETRATO

 

Ella es hermosa como los preparativos de viaje

bella como la suerte cuando nos toca con el dedo

luminosa como las mañanas de los días de fiesta

 

ella es tierna como las espaldas de los recién nacidos

suave como los saltos en la Luna

y terrible como los huracanes del Caribe

 

ella es cambiante como los vientos alisios

risueña como los cielos de la infancia

 

y nefasta como los Idus de Marzo.

domingo, 2 de noviembre de 2014

OSCAR WILDE (Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde) (Dublín, Irlanda 1854-Paris, Francia 1900)

EL CUMPLEAÑOS DE LA INFANTA

 

Era el día del cumpleaños de la infanta, la princesita real de España. Ella cumplía doce años, y el sol iluminaba con esplendor los jardines del Palacio.

Por más que fuese una princesa de sangre real, y además infanta del inmenso imperio de España, también ella debía resignarse a no tener más que un cumpleaños cada año, lo mismo que los hijos de los plebeyos del reino. Era, por lo tanto, muy importante para todos que ese día fuera un día hermoso. ¡Y era un día lindísimo! Los arrogantes tulipanes se erguían en sus tallos, como largas filas de soldados, y miraban desafiantes a las rosas, diciendo:

-¡Hoy somos tan hermosos como ustedes!

Las rojas mariposas revoloteaban alrededor, con alas empolvadas de oro, y visitaban una por una todas las flores; las lagartijas de verde tornasol habían salido de los muros para tomar el sol, y las granadas se abrían con el calor, dejando ver sus corazones rojos. Hasta los pálidos limones amarillentos, que crecían a lo largo de las arcadas sombrías, tomaban del sol un color más rico y resplandeciente, y las magnolias abrían sus grandes flores color marfil, embalsamando el aire con un perfume dulce y pungente al mismo tiempo.

La princesita con sus compañeros se paseaban por la terraza del palacio que se abría sobre aquel jardín, y después jugó a las escondidas alrededor de los jarrones de piedra y las antiguas estatuas cubiertas de musgo. Por lo general solo se le permitía jugar con niños de su misma alcurnia, así es que casi siempre tenía que jugar sola. Pero su cumpleaños era una ocasión excepcional, y el rey había ordenado que la niña pudiese invitar a todos los amigos que quisiera.

Los movimientos de los esbeltos niños españoles tienen una gracia majestuosa; los muchachos con sus sombreros anchos, adornados de plumas, y sus capitas flotantes; las niñas, recogiendo la cola de sus largos vestidos de brocado y protegiendo sus ojos del sol con grandes abanicos negro y plata. Pero la infanta era la más encantadora de todas, y la mejor vestida, según la aparatosa moda de aquellos tiempos. Llevaba un traje de raso gris con amplias mangas abullonadas, damasquinadas de plata, y un rígido corpiño cruzado por hilos de perlas finas. Al caminar, dos pequeños escarpines, con moñitos de cinta carmesí, se le asomaban debajo de la falda. Su inmenso abanico de gasa era rosa y nácar, y en la cabellera, que rodeaba su carita pálida como un halo de oro, llevaba prendida una rosa blanca.

Triste y melancólico, el rey observaba a los niños desde una ventana del palacio. Detrás de él estaba, de pie, su hermano, don Pedro de Aragón, a quien odiaba, y su confesor, el gran inquisidor de Granada, estaba sentado a su lado.

El rey estaba más triste que de costumbre, porque al ver a la infanta saludando con gravedad infantil a los cortesanos, o riéndose detrás del abanico de la horrible duquesa de Alburquerque, quien la acompañaba siempre, se acordaba de la reina, la madre de la infanta, que había venido del alegre país de Francia, para marchitarse en el sombrío esplendor de la Corte de España. Su amada reina había muerto seis meses después de nacer su hija, sin alcanzar a ver florecer dos veces los almendros del jardín. Tan grande había sido el amor del rey por ella, que no permitió que la tumba se la robara por completo. Un médico moro al que perdonaron la vida -porque según se murmuraba en el Santo Oficio, era hereje y sospechoso de practicar la brujería-, la embalsamó, y el cuerpo de la reina todavía descansaba en su ataúd, en la capilla de mármol negro del Palacio, tal como los monjes la habían dejado un tempestuoso día de marzo, doce años atrás. Cubierto por una capa oscura y con una bujía en la mano, el rey iba a arrodillarse al lado del sepulcro cada primer viernes del mes.

-¡Reina mía, reina mía! -gemía roncamente.

Y a veces, olvidando la rígida etiqueta que gobierna cada acto de la vida y limita hasta las expresiones del dolor en un rey, tomaba entre las suyas aquellas manos pálidas y enjoyadas, y trataba de reanimar con besos insensatos aquel rostro maquillado y frío.

Sin embargo, esta mañana le parecía verla de nuevo tal como aquella vez en que la contempló por primera vez en el castillo de Fontainebleau, cuando él solo tenía quince años, y ella era aún menor. Fue en aquella ocasión, cuando sellaron los esponsales ante el nuncio de su santidad, el propio rey de Francia y toda su Corte. Poco después él había regresado a El Escorial, llevando junto al corazón un rizo de cabellos rubios y el recuerdo de dos labios infantiles que se inclinaban a besarle la mano cuando subía a la carroza. Más tarde celebraron su matrimonio en Burgos, ciudad próxima a la frontera de ambos países, y en seguida entraron solemnemente en Madrid, asistieron a la tradicional misa mayor en la Iglesia de Atocha, y dictaron un auto de fe más solemne que de costumbre, por el cual más de trescientos herejes fueron entregados a la hoguera.

Sí, el rey la había amado con locura, y para su propio infortunio. Apenas permitía que se apartara de su lado, y por ella olvidaba, o al menos parecía olvidar, los graves asuntos del Estado. La amaba tanto que jamás llegó a comprender que las complicadas ceremonias con que trataba de entretenerla, solo conseguían agravar la extraña enfermedad que ella padecía. Cuando la reina falleció, el rey anduvo algún tiempo como privado de razón. Y sin duda habría abdicado para recluirse en el Gran Monasterio Trapense de Granada, si no hubiese temido dejar a la infanta, que todavía no tenía un año, en manos de su hermano, cuya crueldad y ambición eran famosas en toda España. Además, muchos sospechaban que don Pedro de Aragón había provocado la muerte de la reina, ofreciéndole unos guantes envenenados cuando ella lo visitó en su castillo de Aragón. Después de pasar los tres años de luto oficial que ordenó en todos sus dominios, el rey no toleró que sus ministros le hablasen de un nuevo matrimonio. El mismo emperador de Alemania le ofreció la mano de su sobrina, la encantadora archiduquesa de Bohemia, pero el rey dijo a los embajadores que él ya había contraído nupcias con el Dolor. Esta respuesta le costó a su trono perder las ricas provincias de los Países Bajos, que se rebelaron contra él, acaudilladas por los fanáticos hugonotes.

Mientras veía a la infanta jugar en la terraza, recordaba toda su vida conyugal, con sus goces vehementes y su terrible agonía. La niña tenía, al igual que la reina, esa petulancia deliciosa, ese gesto voluntarioso, la misma boca encantadora con arrogantes labios altivos, y misma sonrisa maravillosa de su madre cuando miraba hacia la ventana o tendía la manita para que la besaran los solemnes hidalgos españoles. Pero la risa penetrante de los niños le lastimaba los oídos, y el resplandor del sol se burlaba de su tristeza, y un perfume denso de especias orientales, como las que utilizan los embalsamadores, parecía viciarle el aire puro de la mañana. Escondió entre las manos sus facciones, y cuando la infanta miró nuevamente hacia la ventana, las cortinas estaban corridas, y el rey se había retirado.

La infanta hizo un gesto de desagrado y se encogió de hombros. Su padre tendría que haberla acompañado el día de su cumpleaños... ¿Qué podían importarle los aburridos asuntos del Estado?, o, ¿acaso se había ido a la sombría capilla, donde ardían continuamente los cirios, y a donde a ella no la dejaban entrar? ¡Qué tontería, cuando el sol brillaba alegremente y todo el mundo estaba contento! Además, se iba a perder el simulacro de corrida de toros, que ya anunciaban los sones de trompeta, sin contar los títeres y las demás maravillas.

Su tío Pedro y el gran inquisidor eran más cuerdos. Habían bajado a la terraza para saludarla y decirle frases bellas y galantes. Levantó entonces su cabecita, y de la mano de don Pedro descendió lentamente las escalinatas, para dirigirse hacia un gran pabellón de seda púrpura que habían levantado a un extremo del jardín. Los demás niños la seguían por orden riguroso de precedencia, ya que iban primero aquellos que tenían una serie más larga de apellidos.

Un cortejo de niños nobles, vestidos de toreros, salió a su encuentro, y el joven conde de Terra Nova, de catorce años y belleza asombrosa, se quitó el sombrero con toda la gracia de un hidalgo y la condujo con solemnidad a un pequeño trono de oro y marfil, colocado sobre un alto estrado que dominaba la plaza. Las muchachas se apiñaron a su alrededor, agitando sus inmensos abanicos y secreteándose entre ellas. Don Pedro y el gran inquisidor se quedaron riendo a la entrada. Hasta la duquesa, dama de facciones enjutas y duras, no parecía de tan mal humor como de ordinario, y por su rostro se veía vagar algo parecido a una sonrisa fría y desvaída.

Fue por cierto una soberbia corrida de toros, mucho más bonita, pensaba la infanta, que la corrida de verdad que había visto en Sevilla, cuando el duque de Parma visitó a su padre. Algunos muchachos caracoleaban sobre caballos de madera y mimbre, esgrimiendo largas lanzas adornadas con gallardetes de colores brillantes; otros iban a pie agitando delante del toro sus capas escarlata y saltando ágilmente la barrera cuando arremetía contra ellos; y en cuanto al toro, era idéntico a uno de verdad, aunque solo fuera de mimbre forrado de cuero, y mostrara una marcada tendencia a correr en dos patas por la plaza, cosa que nunca haría un toro verdadero. Sin embargo, se portó con tanta valentía, que las entusiasmadas doncellitas terminaron subidas a los bancos, agitando sus pañuelos de encaje y voceando:

-¡Bravo toro! ¡Bravo, toro bravo! -igual que si fueran personas mayores.

Finalmente el condecito de Terra Nova logró vencer al toro, y tras de recibir la venia de la infanta, hundió con tanta fuerza su estoque de madera en el morrillo del animal, que la cabeza cayó a tierra, dejando ver el rostro sonriente del vizconde de Lorena, hijo del embajador de Francia en Madrid.

Después de eso, entre aplausos entusiastas, dos pajecitos moros despejaron el ruedo, arrastrando solemnemente los caballos muertos, y tras de un corto intermedio, en el que un equilibrista francés realizó unos ejercicios vertiginosos sobre la cuerda floja, aparecieron en el escenario de un teatro expresamente construido para ese día, unas marionetas italianas, representando la tragedia semiclásica de Sofonisba. La representaron tan bien y con gestos tan naturales, que al final de la obra los ojos de la infanta estaban bañados de lágrimas. Algunos niños lloriqueaban también, y hubo que consolarlos con golosinas. El mismo gran inquisidor se sintió tan conmovido que comentó a don Pedro que le parecía intolerable que unos simples objetos de madera y cera, movidos por alambres, pudieran ser tan desdichados y sufrir tantas desdichas.

Apareció después un malabarista africano que traía una gran canasta cubierta con un velo rojo. La puso en el centro del ruedo, extrajo de su turbante una flauta de caña, y comenzó a tocar. De pronto el paño comenzó a agitarse y mientras la flauta emitía sonidos cada vez más penetrantes, dos serpientes de verde y oro asomaron sus extrañas cabezas triangulares, y se fueron levantando muy despacio, balanceándose al ritmo de la música, como una planta acuática se balancea en la corriente. Los niños se asustaron un poco, y se divirtieron mucho más cuando el malabarista hizo brotar de la tierra un naranjo diminuto, que súbitamente se cubrió de preciosas flores blancas, y por último exhibió racimos de verdaderas naranjas. Y también se sintieron fascinados cuando el africano le pidió su abanico a la hija del marqués de Las Torres, y lo transformó en un pájaro azul, que revoloteó cantando entusiasmado alrededor del pabellón. Entonces el deleite y asombro de los niños no tuvo límite.

Luego vino el espectáculo encantador del solemne minué que bailaron los niños del coro de la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, de Zaragoza. La infanta no había presenciado nunca esta maravillosa ceremonia que cada año se celebra durante el mes de mayo ante el altar mayor de la Virgen. Además ningún miembro de la familia real había vuelto a entrar en la catedral de Zaragoza desde que un sacerdote loco, y según se dijo, sobornado por la solterona Isabel de Inglaterra, había intentado hacer comulgar al príncipe de Asturias con una hostia envenenada. Por eso, la infanta solo conocía de oídas aquel minuet que todos llamaban la "Danza de Nuestra Señora".

Estos niños Zaragozanos venían vestidos con trajes antiguos, de terciopelo blanco, y sus tricornios estaban ribeteados de plata y adornados con grandes penachos de blanquísimas plumas de avestruz. Todo el mundo se sintió encantado por la lindura y dignidad con que bailaron las complicadas figuras de la danza y por la gracia de sus ademanes y reverencias. Cuando terminaron, se sacaron los sombreros para saludar a la infanta, y ella contestó con mucha cortesía, prometiendo además mandar un gran cirio al santuario, para agradecer la alegría y el placer con que la habían agasajado.

En el momento en que salían de la iglesia, un grapo de gitanitos avanzó por la plaza. Se sentaron con las piernas cruzadas, formando circulo, y empezaron a tocar suavemente sus guitarras y citaras, al tiempo que canturreaban, casi imperceptiblemente, un aire soñador y melancólico. Cuando divisaron a don Pedro, algunos se aterraron, y otros pusieron el ceño adusto y embravecido, pues pocas semanas atrás don Pedro había mandado a ahorcar por brujería a dos hombres de la tribu; pero la infanta, que los contemplaba por encima del abanico con sus grandes ojos azules, les encantó transformándoles el ánimo. Una criatura tan encantadora no podía ser cruel con nadie. Y continuaron tocando muy dulcemente, rozando las cuerdas con sus largas uñas, e inclinando sobre el pecho la cabeza, mientras cantaban como si estuvieran a punto de quedarse dormidos. Después se levantaron, desaparecieron por un instante, y regresaron con un lanudo oso pardo, sujeto por una cadena, que llevaba en los hombros varios monos de Berbería. El oso se puso de cabeza, con la mayor gravedad, y los monos hicieron todo tipo de piruetas con dos gitanillos de diez años. En verdad, los gitanos tuvieron un gran éxito con su presentación.

Pero lo más divertido de la fiesta, lo mejor de todo sin duda alguna, fue la danza del enanito. Cuando apareció en la plaza tambaleándose sobre sus piernas torcidas y balanceando su enorme cabezota deforme, los niños estallaron en ruidosas exclamaciones de alegría, y la infanta rió tanto que la camarera se vio obligada a recordarle que si bien muchas veces en España la hija de un rey había llorado delante de sus pares, no había procedente de que una princesa de Sangre Real se mostrara tan regocijada en presencia de personas inferiores a ella. Pero el enano era irresistible, y ni siquiera en la Corte de España, conocida por su afición a lo grotesco, se había visto jamás un monstruo tan extraordinario.

Fuera de eso, esta era la primera aparición en público del enano. El día anterior, mientras cazaban en uno de los sitios más apartados del bosque de encinas que rodeaba la ciudad, lo habían descubierto dos nobles, corriendo locamente entre los árboles. Los nobles pensaron que podía servir de diversión a la princesa y lo llevaron al Palacio, ya que el padre del enano, un mísero carbonero, no puso dificultad alguna en que lo libraran de un hijo que era tan horrible como inútil. Tal vez lo más divertido era la absoluta inconsciencia que tenía el enano de su grotesco aspecto. Al contrario, parecía muy feliz y orgulloso. Tanto, que cuando los niños se reían, el también reía, tan franca y alegremente como ellos, y al terminar cada danza los saludaba con las más divertidas reverencias, como si fuera igual a ellos, y no un ser raquítico y deforme, que solo servía para que los demás tuviesen algo de qué burlarse.

La infanta lo había fascinado de un modo tal que al enano se le hacía imposible dejar de mirarla, y parecía bailar solamente para ella. Cuando terminó de bailar, la niña recordó haber visto a las grandes damas de la Corte arrojarle ramos de flores a Caffarelli, el famoso tiple italiano, y entonces, en parte por burla y en parte para enojar a su camarera mayor, sacó la rosa blanca de sus cabellos y la arrojó a la plaza con la más dulce de sus sonrisas.

El enano tomó la cosa muy en serio, besó la flor con sus gruesos labios y se llevó la mano al corazón antes de arrodillarse delante de la infanta, gesticulando con sus ojos chispeantes de alegría.

Con esto se quebrantó la seriedad y compostura de la infanta que no pudo contener la risa, ni siquiera cuando el enanito desapareció de la plaza, y manifestó a su tío el deseo de que se repitiera la danza de inmediato. Pero la camarera mayor decidió que el sol calentaba demasiado y que sería preferible que su alteza regresara sin tardanza al Palacio, donde le habían preparado una fiesta maravillosa.

Al fin, la infanta se puso de pie con suma dignidad, y dio la orden de que el enanito danzase de nuevo para ella después de la siesta. Agradeció también al condecito de Terra Nova por su encantador recibimiento, y se retiró a sus habitaciones, seguida por los niños, en el mismo orden en que habían entrado.

Al saber que iba a bailar de nuevo ante la infanta, obedeciendo sus expresas órdenes, el enanito se sintió tan orgulloso y feliz, que se lanzó a correr por el jardín besando la rosa blanca en un absurdo transporte de alegría, y gesticulando del modo más estrambótico y pagano.

Hasta las flores se indignaron de aquella insolente invasión a sus dominios, y cuando le vieron hacer piruetas por los paseos y agitar los brazos de modo tan ridículo, no pudieron contenerse.

-Es demasiado horrible para permitirle estar donde estamos nosotros -exclamaron los tulipanes.

-¡Ojalá bebiera jugo de amapolas, que lo hiciera dormir más de mil años! -dijeron las grandes azucenas, encendidas de ira.

-¡Qué cosa tan horrible! -aullaron las calceolarias-. Es contrahecho y rechoncho, y no puede haber mayor desproporción entre su cabeza y sus piernas. Si se nos llega a acercar va a conocer nuestros pelitos urticantes.

-¡Y lleva una de mis rosas más bellas! -exclamó el rosal blanco-. Yo mismo se la di esta mañana a la infanta, como regalo de cumpleaños. No cabe duda que la ha robado.

Y se puso a gritar con todas sus fuerzas:

-¡Atajen al ladrón! ¡Al ladrón! ¡Al ladrón!

Incluso los rojos geranios, que no suelen creerse grandes señores, y se les suele conocer por sus numerosas relaciones de dudosa calidad, se encresparon de disgusto cuando lo vieron. Y hasta las violetas mismas observaron -aunque dulcemente-, que si por cierto el enano era sumamente feo, la culpa no era de él. Algunas agregaron que siendo la fealdad del enanito casi ofensiva, demostraría más prudencia y buen gusto adoptando un aire melancólico o siquiera pensativo, en lugar de andar saltando como un enajenado y haciendo gestos tan grotescos y estúpidos.

En su despreocupación, el enano llegó a pasar rozando el viejo reloj de sol que antiguamente indicaba las horas nada menos que al emperador Carlos V. El venerable reloj se desconcertó tanto, que casi se olvidó de señalar los minutos, y comentó con el pavo real plateado que tomaba el sol en la balaustrada, que todo el mundo podía advertir que los hijos de los reyes eran reyes, y carboneros los hijos de los carboneros. Afirmación que aprobó el pavo real:

-¡Indudablemente, indudablemente! -dijo con voz tan áspera y chillona que los peces dorados que vivían en la fuente, sacaron del agua la cabeza preguntando qué ocurría a los grandes tritones de piedra que arrojaban sus gruesos chorros para mantener fresca el agua.

Sin embargo, los pájaros amaban al enanito. Lo habían visto bailando en la selva, como un duendecillo detrás de los torbellinos de hojas, o acurrucado en el hueco de la vieja encina, compartiendo sus nueces con las ardillas, y no les importaba en absoluto que no tuviese esos rasgos que los humanos consideran belleza. Para ellos, el enano no era en absoluto feo. El mismo ruiseñor que canta tan dulcemente en los bosques de naranjos, no es muy hermoso que digamos. Además el enanito había sido muy bueno con ellos y durante aquel invierno crudísimo, cuando no ya en los árboles no quedaba fruta ni semilla alguna, y la tierra estaba dura como el hierro, y los lobos aullaban en las mismas puertas de la ciudad buscando alimento, el enanito no los había olvidado ni un solo día; siempre les dio migajas de su mendrugo de pan negro y compartió con ellos su almuerzo, por más pobre que fuera.

Es por eso que volaron a su alrededor, rozándole el rostro con una caricia de alas y hablando entre sí. El enanito estaba tan maravillado que les mostró la hermosa rosa blanca, y les dijo que se la había dado la propia infanta, en prueba de amor.

Los pájaros no le entendieron ni una palabra, pero no importaba, porque ladeaban la cabeza y lo miraban con aire doctoral.

También las lagartijas sentían un aprecio muy grande por él, y cuando el enanito se cansó de dar volteretas por todos lados y se tendió sobre la hierba a descansar, jugaron y brincaron alrededor de él entreteniéndolo lo mejor posible.

-No todos pueden ser tan hermosos como una lagartija -exclamaban-, sería mucho pedir. Y, aunque parezca absurdo, no es tan feo cuando uno cierra los ojos y deja de verlo.

Las lagartijas son de naturaleza extraordinariamente filosófica, y muy a menudo se pasan horas y horas meditando, cuando no tienen otra cosa que hacer o llueve o hace demasiado frío para salir a pasear.

Las flores, ante esto, se sintieron fastidiadas por la manera como actuaban los lagartos y los pájaros, que para ellas resultaba desleal.

-Esto demuestra con toda claridad -decían-, cómo reblandece el cerebro ese ir y venir, ese revolotear sin sentido. La gente bien educada no se mueve de su sitio, como hacemos nosotras. ¿Quién nos ha visto corretear por los paseos o rotar sobre la hierba detrás de las libélulas? Cuando necesitamos cambiar de aire mandamos venir al jardinero, y él nos traslada de sitio. Pero los pájaros y los lagartos no tienen sentido del reposo, y de los pájaros en particular hasta se puede decir que no tienen domicilio fijo. Son simples vagabundos, como los gitanos, y como tales deberían ser tratados.

Y alzando sus corolas, adoptaron un aire más altanero todavía; solo volvieron a mostrarse alegres cuando vieron que, poco rato después, el enanito se levantó de la hierba y atravesó la terraza en dirección al Palacio.

-Como asunto de higiene pública deberían encerrarlo bajo llave para el resto de su vida -comentaron las flores-. ¿Han visto esa joroba y esa piernas retorcidas? -y empezaron a reír burlonamente.

Pero el enanito no había escuchado nada. Amaba profundamente a las aves y las largatijas, y pensaba que las flores eran la cosa más maravillosa del mundo, exceptuando naturalmente a la infanta; porque ella le había dado la rosa blanca, y le amaba, y eso establecía una gran diferencia.

¡Cómo anhelaba volver a encontrarse ante la princesita! Ella lo sentaría a su diestra, y le sonreiría, y después no volvería a apartarse de su lado; iba a ser su compañero, y le enseñaría juegos deliciosos. Porque a pesar de no haber estado nunca antes en un Palacio, él sabia hacer muchas cosas admirables. Sabía hacer jaulitas de junco para encerrar los grillos, y que cantaran dentro; y con las cañas nudosas podía fabricar flautas y caramillos. Imitaba el grito de todas las aves, y podía hacer bajar a los estorninos de la copa de los árboles, y atraer a las garzas de la laguna.

Él sabia reconocer las huellas de todos los animales y podía seguir la pista de la liebre por su rastro casi invisible, y la de los jabalíes por unas pocas hojas pisoteadas. Conocía todas las danzas salvajes: la danza desenfrenada del otoño, en traje rojo; la danza estival sobre las mieses, en sandalias azules; la danza con blancas guirnaldas de nieve, en el invierno; y la danza embriagada de las flores a través de los jardines en la primavera. Sabía en qué lugares las palomas torcazas ocultan sus nidos, y una vez que un cazador había capturado a los padres, él crió a los polluelos construyéndoles un pequeño palomar en la oquedad de un olmo desmochado. Y los domesticó con tanta habilidad que todas las mañanas acudían a comer en su mano. La infanta también los amaría, lo mismo que a los conejos, que se hacen invisibles entre los grandes helechos y las zarzas; y a los grajos, de plumas aceradas y picos negros; y a los puercoespines que pueden convertirse en una bola de púas y a las grandes galápagos, que se arrastran lentamente, menean la cabeza y comen hojas tiernas y raíces suculentas. Sí, la infanta iría a la selva, y jugaría con él. Por las noches le cedería su propia cama para que ella durmiese, y él la cuidaría hasta el alba, para que los lobos hambrientos no se allegasen demasiado a la choza. Y al amanecer, la despertaría con unos golpecitos en la ventana. Y se irían al bosque, y allí, bailando juntos, dejarían transcurrir el día entero.

Pero ¿dónde estaba la infanta? Interrogó a la rosa blanca pero no obtuvo respuesta. Todo el Palacio parecía dormir, y hasta en las ventanas abiertas colgaban pesados cortinajes para amortiguar la resolana.

Después de dar mil vueltas buscando una entrada, halló finalmente una puertecilla, que había quedado entreabierta. Se deslizó dentro con cautela, y se encontró en un salón espléndido, mucho más espléndido, pensó atemorizado, que la misma selva. Todo era dorado, y hasta el piso estaba hecho de primorosos baldosines de colores, dispuestos en dibujos geométricos.

Pero la infanta tampoco estaba allí; solo había unas maravillosas estatuas blancas, que lo miraban desde lo alto de sus zócalos de jaspe, con ojos de mirada ambigua y una extraña sonrisa en los labios.

Al fondo del salón había una cortina de terciopelo negro, lujosamente bordada de soles y estrellas; era la enseña favorita del rey. ¿No estaría la infanta ahí detrás?

Avanzó sigilosamente y descorrió la cortina. No había nadie. Era otra habitación, todavía más hermosa que la anterior. Las paredes estaban cubiertas con tapices de Arras, en tonos verdes y castaños, representando una escena de cacería. En otro tiempo esa había sido la habitación de Jean Le Fou, como llamaban a ese rey Loco, tan apasionado por la cacería, que más de una vez, en su delirio, había querido montar en los grandes corceles encabritados de los tapices, y perseguir al ciervo acosado por los enormes sabuesos. Ahora la habían destinado a sala del consejo, y sobre la mesa del centro se veían las carteras rojas de los ministros y consejeros.

El enano miró a su alrededor lleno de asombro, y casi sin atreverse a seguir su camino, a los extraños jinetes silenciosos, que galopaban tan velozmente por el bosque, sin hacer el menor ruido en la tapicería. Le parecía que eran los Comprachos, esos terribles fantasmas de que había oído hablar a los carboneros, que solo cazan de noche, y si encuentran a un hombre lo transforman en ciervo para cazarlo.

Pero el recuerdo de la encantadora infantita le hizo recobrar el coraje. Necesitaba encontrarse a solas con ella y decirle que él también la amaba.

Atravesó corriendo las alfombras persas y abrió la puerta siguiente. ¡No! Tampoco estaba allí. La habitación estaba completamente vacía.

Era el imponente salón del Trono, destinado a la recepción de los embajadores extranjeros, cuando el rey accedía a darles audiencia, cosa que sucedía rara vez. Las colgaduras eran de cuero dorado de Córdoba, y una pesada lámpara dorada colgaba del techo blanco y negro, con suficientes brazos como para sostener trescientas bujías. El trono se alzaba bajo un gran dosel de brocado de oro, donde estaban bordados los leones y las torres de Castilla. Sobre el segundo escalón del Trono estaba el reclinatorio de la infanta, con su cojín de tisú de plata; y más abajo, fuera del dosel, el asiento del nuncio pontificio, único dignatario que tenía el derecho de estar sentado en presencia del rey.

En la pared frente al trono pendía un retrato, en tamaño natural, de Carlos V en traje de caza, acompañado de su gran mastín. Otro cuadro representaba a Felipe II recibiendo el homenaje de sus vasallos de Flandes.

Mas poco le importaba toda esta magnificencia al enanito. No habría cambiado su rosa blanca por todas las perlas del dosel, ni habría dado un solo pétalo por el mismísimo trono. Lo único que quería era ver a la infanta antes de que ella fuese al pabellón, y pedirle que se marchara con él cuando la danza concluyese.

Dentro del palacio, el aire era sofocante y pesado, mientras que en la selva el viento soplaba filtrándose alegremente entre hojas fragantes y la luz del sol apartaba las ramas con sus manos doradas. También había flores en la selva, no tan espléndidas como las flores del jardín, pero de perfume más dulce: como los jacintos tempranos, las prímulas amarillas, las brillantes celidonias, las verónicas azules y los lirios de color morado y oro. ¡Sí, la Princesa se iría con él una vez que lograse encontrarla! Lo acompañaría a la selva, y él pasaría el día entero bailando para ella. Esta idea lo hizo sonreír y entró sin vacilar en la cámara siguiente.

De todas las habitaciones donde ya había estado, esta era la más espléndida y hermosa. Las paredes estaban tapizadas de damasco rojo, salpicado de pájaros y flores de plata; los muebles eran de plata maciza y ante las dos enormes chimeneas, se abrían dos grandes pantallas, con pavos reales y papagayos de hilo de oro bordado en relieve. El pavimento, de ónix color verde mar, parecía perderse en la lejanía. Pero aquí no estaba solo. Desde la sombra de la puerta, al otro extremo de la habitación, una pequeña figura lo contemplaba. Le tembló el corazón, dejó escapar un grito de alegría, y avanzó. Entonces, la figura avanzó también y el enanito consiguió distinguirla con claridad.

¿Era la infanta? No, quien se le acercaba era un monstruo, el monstruo más grotesco que podía existir. No era proporcionado como todo el mundo, sino jorobado y patizambo, con una cabezota enorme que se bamboleaba de un lado a otro, y una hirsuta crin negra. El enanito frunció el ceño, y el monstruo también lo frunció. Se echó a reír, y el monstruo se puso a reír con él, dejando caer los brazos lo mismo que él. Le hizo una reverencia burlona, y el monstruo le respondió con una reverencia todavía más irónica. Avanzó hacia él, y el monstruo vino a su encuentro remedando todos sus gestos y deteniéndose cuando él se detenía. Gritó alegremente y corrió hacia él, alargándole la mano, y la mano del monstruo tocó la suya y era fría como el hielo. Se asustó y retiró la mano y la mano del monstruo le imitó vivamente, mientras ponía una grotesca expresión de miedo.

Hizo un intento de esquivarlo y seguir adelante pero lo detuvo aquel ente, poniéndosele siempre por delante con su contacto duro y resbaladizo. La cara del monstruo estaba muy cerca de la suya, como si tratase de besarlo, y se veía patéticamente aterrorizada. Retiró los mechones que le caían sobre los ojos, y el monstruo hizo lo mismo. Lo golpeó, y el monstruo le devolvió golpe por golpe, le hizo muecas y en el rostro del monstruo se dibujaron las mismas muecas. Retrocedió, y el monstruo retrocedió también, entreabriendo una jeta repulsiva.

¿Qué extraño fenómeno era ese? Reflexionó un momento mirando en torno suyo por todo el salón. Era extraño: todo parecía tener su igual detrás de ese muro invisible de agua transparente y sólida. Si, cuadro por cuadro, y asiento por asiento todo estaba allí como duplicado. El fauno dormido, junto a la puerta, tenía su hermano gemelo que dormía también; y la Venus de plata, en pie bajo los rayos del sol, extendía los brazos a otra Venus tan hermosa como ella.

¿Sería aquello el Eco?

Recordó aquella ocasión en que había llamado al eco en el valle y el Eco le había respondido palabra por palabra. ¿Podría burlar la vista, como burlaba la voz? ¿Podría crear un mundo a imitación, idéntico al mundo real? ¿Las sombras de las cosas, podrían tener color y vida y movimiento? ¿Sería posible que...?

Se estremeció, y sacando de su pecho la rosa blanca, la besó. ¡ Pero he aquí que el monstruo también tenía una rosa, pétalo por pétalo idéntica a la suya! ¡Y la besaba con igual deleite, y la estrechaba contra su corazón haciendo gestos grotescos!

Cuando al final la verdad se abrió paso en su mente, el enano lanzó un aullido, un grito de desesperación, y cayó al pavimento sollozando. ¡Ese ser deforme y jorobado, de aspecto horrible y grotesco, era él! ¡Era él mismo, él era el monstruo, y era de él de quien se habían reído todos los muchachos... y la princesita, en cuyo amor creyera... ella también se había burlado de su fealdad, había hecho mofa de sus piernas torcidas! ¿Por qué no lo habían dejado en el bosque, donde no había espejo que le mostrara su horror? ¿Por qué no lo había matado su padre antes de permitir que se burlaran de él? Lloró lágrimas quemantes, y sus manos destrozaron la rosa blanca... y el monstruo hizo lo mismo y esparció por el aire los delicados pétalos.

El enanito se cubrió los ojos con las manos, y se alejó del espejo temiendo verlo una vez más.

Como un pobre ser herido se arrastró hacia la sombra, y allí se quedó gimiendo.

En ese preciso instante, por el ventanal abierto, entró la propia infanta con su séquito, y cuando vieron al horroroso enanito de bruces en el pavimento, golpeándolo con los puños del modo más fantástico, estallaron en alegres carcajadas.

-Sus danzas son muy graciosas -dijo la infanta-, pero su manera de actuar es mucho más divertida todavía. Lo hace casi tan bien como las marionetas, aunque con menos naturalidad.

Agitó su abanico, y aplaudió.

Pero el enanito no levantó la cabeza. Sus sollozos eran cada vez más débiles; hasta que exhaló un extraño suspiro y se oprimió el costado. Luego, cayó boca arriba y quedó inmóvil.

-¡Lo has hecho estupendo! -aplaudió la infanta después de una pausa-. Pero ahora te toca bailar.

-Sí -gritaron los demás niños-, tienes que levantarte y bailar. Eres tan inteligente como los monos de Berbería, y mucho más gracioso.

Pero el enanito no contestó.

La infanta, airada, dio un golpe en el suelo con su pie, y llamó a su tío, que estaba paseando con el chambelán, mientras leían unas cartas recién llegadas de México, donde se acababa de establecer la Santa Inquisición.

-Mi enanito se está haciendo el desobediente -gritó la infanta-. ¡Levántenlo y díganle que baile!

Los caballeros sonrieron entre sí y entraron sin prisa. Al llegar junto al enanito, don Pedro se inclinó y lo golpeó suavemente en la mejilla con su guante bordado.

-Baila ya, petit montre –dijo-. La infanta de España y de todas las Indias quiere que la diviertas.

Pero el enanito permaneció inmóvil.

-Habrá que hacer venir al verdugo -dijo enojado don Pedro.

Pero el chambelán, que miraba la escena con rostro grave, se arrodilló junto al enanito y le puso la mano sobre el corazón. Después de un momento se encogió de hombros y levantándose, hizo una profunda reverencia a la infanta diciendo:

-Mi bella princesa, tu enanito no volverá a bailar. Y es lamentable, porque es tan feo, que con seguridad habría hecho sonreír al propio rey.

-¿Y por qué no volverá a bailar? -preguntó la infanta con aire decepcionado.

-Porque su corazón se ha roto -contestó el Chambelán.

Y la infanta frunció el ceño, y sus finos labios se contrajeron en un delicioso gesto de fastidio.

-De ahora en adelante -exclamó echando a correr al jardín- procura que los que vengan a jugar conmigo no tengan corazón.

sábado, 1 de noviembre de 2014

T.S.ELIOT (Thomas Stearns Eliot.) (St. Louis, Missouri, USA,1888-Londres,1965)

EL PRIMER CORO DE LA ROCA
 
Se cíerne el águila en la cumbre del cielo,
El cazador y la jauría cumplen su círculo.
¡Oh revolución incesante de configuradas estrellas!
¡Oh perpetuo recurso de estaciones determinadas!
¡Oh mundo del estío y del otoño, de muerte y nacimiento!
El infinito ciclo de las ideas y de los actos,
infinita invención, experimento infinito,
Trae conocimiento de la movilidad, pero no de la quietud;
Conocimiento del habla, pero no del silencio;
Conocimiento de las palabras e ignorancia de la Palabra.
Todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia,
Toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte,
Pero la cercanía de la muerte no nos acerca a Dios.
¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?
Los ciclos celestiales en veinte siglos
Nos apartan de Dios y nos aproximan al polvo.

 
(Versión de Jorge Luis Borges)
                    

viernes, 31 de octubre de 2014

Mañana Literatura Gaseosa

No olvides que mañana te esperamos en la Biblioteca a las 19 horas para compartir una tarde de literatura y gaseosa.

Un espacio de lectura ameno y distendido para compartir tus impresiones y pareceres, sobre el arte más bello, el don de la palabra.

Mientras leemos, charlamos y compartimos, un vaso de gaseosa nos refrescará la tarde.

Si estás interesado por favor confirma por mail a bp231sarmiento@yahoo.com.ar

Te esperamos.

PABLO NERUDA (Chile 1904-1973)

CANCIÓN DESESPERADA

 

Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy. 

El río anuda al mar su lamento obstinado. 

 

Abandonado como los muelles en el alba. 

Es la hora de partir, oh abandonado! 

 

Sobre mi corazón llueven frías corolas. 

Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos! 

 

En ti se acumularon las guerras y los vuelos. 

De ti alzaron las alas los pájaros del canto. 

 

Todo te lo tragaste, como la lejanía. 

Como el mar, como el tiempo. Todo en ti fue naufragio ! 

 

Era la alegre hora del asalto y el beso. 

La hora del estupor que ardía como un faro. 

 

Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego, 

turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio! 

 

En la infancia de niebla mi alma alada y herida. 

Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio! 

 

Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo. 

Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio! 

 

Hice retroceder la muralla de sombra. 

anduve más allá del deseo y del acto. 

 

Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí, 

a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto. 

 

Como un vaso albergaste la infinita ternura, 

y el infinito olvido te trizó como a un vaso. 

 

Era la negra, negra soledad de las islas, 

y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos. 

 

Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta. 

Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro. 

 

Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme 

en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos! 

 

Mi deseo de ti fue el más terrible y corto, 

el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido. 

 

Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas, 

aún los racimos arden picoteados de pájaros. 

 

Oh la boca mordida, oh los besados miembros, 

oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados. 

 

Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo 

en que nos anudamos y nos desesperamos. 

 

Y la ternura, leve como el agua y la harina. 

Y la palabra apenas comenzada en los labios. 

 

Ese fue mi destino y en él viajó mi anhelo, 

y en el cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio! 

 

Oh sentina de escombros, en ti todo caía, 

qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron. 

 

De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste 

de pie como un marino en la proa de un barco. 

 

Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes. 

Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo. 

 

Pálido buzo ciego, desventurado hondero, 

descubridor perdido, todo en ti fue naufragio! 

 

Es la hora de partir, la dura y fría hora 

que la noche sujeta a todo horario. 

 

El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa. 

Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros. 

 

Abandonado como los muelles en el alba. 

Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos. 

 

Ah más allá de todo. Ah más allá de todo. 

Es la hora de partir. Oh abandonado.

jueves, 30 de octubre de 2014

HERNÁN SCHILLAGI (San Martín, Mendoza, 1976)

CUANDO LLAMA LA PUERTA
 
has asomado tu curiosidad a la cerradura equivocada
pero tus ojos que esperaban una historia
de pesadillas y espejos negros comienzan a brillar
como si lo visto viniera del mejor de los futuros
y poco a poco y simultáneamente y atravesándose
las imágenes golpean tu retina tu rutina
y forman una aleación con el miedo
entonces la puerta es una nueva frontera
la línea de sal que cauteriza los prejuicios
 
tu cuerpo por tanto es una región a explorar
una nebulosa carne que se revuelve
tu cuerpo avanza sin sombra
tu cuerpo ya ves se enciende como un sacrificio
por cada paso que das en la piedra
«no hay dolor en el riesgo» te escucho decir
y tiendo mis manos hacia otra dimensión
pero lo que toco es un reflejo
el humo de tu fuego clandestino
 
acaso tu cuerpo sea también un mecanismo
que fabrica fantasmas de este lado de la puerta
para regresarme al olvido