Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

martes, 2 de septiembre de 2014

ENRIQUE ANDERSON IMBERT (1910-2000)


LAS ÚLTIMAS MIRADAS


El hombre mira a su alrededor. Entra en el baño. Se lava las manos. El jabón huele a violetas. Cuando ajusta la canilla, el agua sigue goteando. Se seca. Coloca la toalla en el lado izquierdo del toallero: el derecho es el de su mujer. Cierra la puerta del baño para no oír el goteo. Otra vez en el dormitorio. Se pone una camisa limpia: es de puño francés. Hay que buscar los gemelos. La pared está empapelada con dibujos de pastorcitas y pastorcitos. Algunas parejas desaparecen debajo de un cuadro que reproduce Los amantes de Picasso, pero más allá, donde el marco de la puerta corta un costado del papel, muchos pastorcitos se quedan solos, sin sus compañeras. Pasa al estudio. Se detiene ante el escritorio. Cada uno de los cajones de ese mueble grande como un edificio es una casa donde viven cosas. En una de esas cajas las cuchillas de la tijera deben de seguir odiándoles como siempre. Con la mano acaricia el lomo de sus libros. Un escarabajo que cayó de espaldas sobre el estante agita desesperadamente sus patitas. Lo endereza con un lápiz. Son las cuatro del la tarde. Pasa al vestíbulo. Las cortinas son rojas. En la parte donde les da el Sol, el rojo se suaviza en un rosado. Ya a punto de llegar a la puerta de salida se da vuelta. Mira a dos sillas enfrentadas que parecen estar discutiendo ¡todavía! Sale. Baja las escaleras. Cuenta quince escalones. ¿No eran catorce? Casi se vuelve para contarlos de nuevo pero ya no tiene importancia. Nada tiene importancia. Se cruza a la acera de enfrente y antes de dirigirse hacia la comisaría mira la ventana de su propio dormitorio. Allí dentro ha dejado a su mujer con un puñal clavado en el corazón.



VUDÚ



Creyéndose abandonada por su hombre, Diansola mandó llamar al Brujo. Sólo ella, que con su fama tenía embrujada a toda la isla Barbuda, pudo haber conseguido que el Brujo dejara el bosque y caminara una legua para visitarla. Lo hizo pasar a la habitación y le explicó:

-Hace meses que no veo a Bondó. El canalla ha de andar por otras islas, con otra mujer. Quiero que muera.

-¿Estas segura que anda lejos?

-Sí.

-¿Y lo que quieres es matarlo desde aquí, por lejos que esté?

-Sí.

Sacó el brujo un pedazo de cera, modeló un muñeco que representaba a Bondó y por el ojo le clavó un alfiler.

Se oyó, en la habitación, un rugido de dolor. Era Bondó, a quien esa tarde habían soltado de la cárcel y acababa de entrar. Dio un paso, con las manos sobre el ojo reventando, y cayó muerto a los pies de Diansola.

-¡Me dijiste que estaba lejos! -Protestó el Brujo; y mascullando un insulto amargo como semilla, huyó del rancho.

El camino, que a la ida se había estirado, ahora se acortaba; la luz, que a la ida había sido del sol, ahora era de la luna; los tambores, que a la ida habían murmurado a su espalda, ahora le hablaban de frente; y la semilla de insulto que al salir del rancho se había puesto en la boca, ahora, en el bosque, era un árbol sonoro:

-¡Estúpida, más que estúpida! Me aseguraste que Bondó estaba lejos y ahí no más estaba. Para matarlo de tan cerca no se necesitaba de mi Poder. Cualquier negro te hubiese ayudado. ¡Estúpida!, me has hecho invocar al Poder en vano. A lo mejor, por tu culpa, el Poder se me ha estropeado y ya no me sirve más.



Para probar si todavía le servía, apenas llegó a su choza miró hacia atrás -una legua de noche-, encendió la vela, modeló con cera una muñeca que representaba a Diansola y le clavó un alfiler en el ojo.

lunes, 1 de septiembre de 2014

ELSA BORNEMANN (Buenos Aires, 1952-2013)

CUANDO YO CIERRO LOS OJOS
 
Cuando yo cierro los ojos...
Qué sucede?
Quedan quietas las paredes?
No se mueven?
Dónde va la luz que estaba
yo mirando?
Se mete por mis bolsillos
disparando?
Dónde va toda mi casa
si me duermo?
Sigue igual o no?
Que pasa? No me acuerdo...
Cuando yo cierro los ojos,
qué sucede?
Pueden quedarse las cosas...?

domingo, 31 de agosto de 2014

FEDERICO GARCÍA LORCA (1898-1936)

SONETO DEL AMOR OSCURO

Quiero llorar mi pena y te lo digo
para que tú me quieras y me llores
en un anochecer de ruiseñores,
con un puñal, con besos y contigo.
Quiero matar al único testigo
para el asesinato de mis flores
y convertir mi llanto y mis sudores
en eterno montón de duro trigo.
 
Que no se acabe nunca la madeja
del te quiero me quieres, siempre ardida
con decrépito sol y luna vieja.
Que lo que no me des y no te pida
será para la muerte, que no deja
ni sombra por la carne estremecida.
 
SONETO DE LA DULCE QUEJA
 
Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua, y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.
 
Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.
Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,
no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.
 

LLUVIA

 

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de somnolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.
Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.
 
Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe.
La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne.
El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales.
Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre.
Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe.
¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes!
¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres.
El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentagrama sin clave.
Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte.
¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante;
das al alma las mismas nieblas y resonancias.

sábado, 30 de agosto de 2014

JUAN CARLOS DÁVALOS (Salta, 1887-1959)

LA COLA DEL GATO
  
De las dos etapas que tuvo la vida de Don Roque Pérez, el protagonista, nos interesan los diez años de la primera, en la que se desempeñaba como dependiente de la tienda de Don Pepe Sarratea. l
Cuando él era dependiente, dormía en la trastienda. El negocio de Sarratea ocupaba una vieja casucha que todavía existe en una esquina de la plaza. El dependiente barría la vereda todas las mañanas, plumereaba los estantes y aguardaba al patrón, que se presentaba a las ocho.
Sarratea despachaba personalmente detrás del mostrador, pero si había que bajar alguna pieza de un alto estante, colocaba la escalera y el dependiente se encaramaba por ella.
A las nueve de la noche, Sarratea despedía a sus contertulios del barrio; guardaba el dinero en el bolsillo y se marchaba a su casa
Entonces el dependiente trancaba las dos puertas de la tienda, rezaba su rosario y se metía en cama.
Una noche entre las noches, Roque Pérez, después de acostarse, dirigió la vista al techo de su rancho, y vio que colgaba una cola de gato por una rotura del cañizo
El agujero quedaba perpendicularmente sobre su cabeza, y la cola de gato apuntaba naturalmente a su nariz
_ ¿Qué será eso? _pensó el dependiente… _ ¿Qué será….?
Apagó las velas y se durmió
Varias noches después del descubrimiento, Roque Pérez volvió a mirar la cola del gato.
Al cabo de una hora de contemplación pensaba
_ ¿Qué será esa cola…? Y se decía:_“ Mañana voy a poner la escalera para ver lo que es…´´ Y apaga la vela y se dormía
Todas las mañanas, al despertar, Roque Pérez se desperezaba y miraba la cola del gato
La miraba todas las noches al acostarse y siempre pensaba. “En uno de estos días voy a poner la escalera ´´.
Pero Roque Pérez era indolente, con esa profunda indolencia de los seres palúdicos
El habría tenido una idea: aquella cola de gato debía significar algo. Para saber qué era había tiempo.
Así pasaron dos años y pasaron cinco años; ¡y pasaron diez años…..!
El señor Sarratea murió de tabardillo; los herederos liquidaron el negocio, Pérez tuvo que abandonar la vieja casucha. Salió de allí con quinientos pesos de sueldos economizados y se contrató en la tienda de enfrente
Al poco tiempo de esto se alquiló la casa de Sarratea un boticario alemán que llegó a Salta con su mujer.
Lo primero que hizo el boticario, naturalmente, fue preocuparse por la limpieza del local, para instalar su botica.
Un día el boticario entró en la trastienda y al revisar las paredes y los techos, vio la cola del gato. El alemán llamó a su mujer y le mostró aquello. Pidieron prestada una escalera en la tienda de enfrente. Roque Pérez en persona, trajo la escalera. El boticario, ayudado por Pérez, la afianzó sobre un cajón para que alcanzase al techo y se trepó.
Mientras el pobre Pérez sostenía la escalera, el boticario, allí arriba, asió de la cola, y tiró y cayó al suelo una moneda de oro. Tiró más y cayeron algunos cascotes y varias monedas. Luego, metiendo el brazo en un agujero del techo, sacó un zurrón lleno de onzas de oro, y se lo arrojó a su mujer. Buscó más, y encontró otro zurrón, y cargando el pesado fardo, bajó al suelo.
 
_ Bueno _ dijo el alemán todo sofocado, entregándole a Pérez una monedita _ aquí tiene usted su propina y gracias por la escalera.

viernes, 29 de agosto de 2014

ROSARIO CASTELLANOS (1925-1974)

EN EL FILO DEL GOZO

I
Entre la muerte y yo he erigido tu cuerpo:
que estrelle en ti sus olas funestas sin tocarme
y resbale en espuma deshecha y humillada.
Cuerpo de amor, de plenitud, de fiesta,
palabras que los vientos dispersan como pétalos,
campanas delirantes al crepúsculo.
Todo lo que la tierra echa a volar en pájaros,
todo lo que los lagos atesoran de cielo
más el bosque y la piedra y las colmenas.
(Cuajada de cosechas bailo sobre las eras
mientras el tiempo llora por sus guadañas rotas.)
Venturosa ciudad amurrallada,
ceñida de milagros, descanso en el recinto
de este cuerpo que empieza donde termina el mío.
II
Convulsa entre tus brazos como mar entre rocas,
rompiéndome en el filo del gozo o mansamente
lamiendo las arenas asoleadas.
(Bajo tu tacto tiemblo
como un arco en tensión palpitante de flechas
y de agudos silbidos inminentes.
Mi sangre se enardece igual que una jauría
olfateando la presa y el estrago.
Pero bajo tu voz mi corazón se rinde
en palomas devotas y sumisas.)
 
III
Tu sabor se anticipa entre las uvas
que lentamente ceden a la lengua
comunicando azúcares íntimos y selectos.
Tu presencia es el júbilo.
Cuando partes, arrasas jardines y transformas
la feliz somnolencia de la tórtola
en una fiera expectación de galgos.
Y, amor, cuando regresas
el ánimo turbado te presiente
como los ciervos jóvenes la vecindad del agua.
 
 
NOTA: Rosario Castellanos
Rosario Castellanos Figueroa nació en México, D. F., el 25 de mayo de 1925.
Poeta, novelista, diplomática e infatigable promotora de la cultura mexicana.
Fue nombrada embajadora de México en Israel en 1971, ejerciendo a la vez como catedrática en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
Murió en Tel Aviv, Israel, el 7 de agosto de 1974, con sólo 49 años de edad a causa de una descarga eléctrica en su domicilio.
Sus restos fueron trasladados a México y depositados en la Rotonda de las Personas Ilustres, el 9 de agosto de 1974.
La presente edición es un aporte cultural que desde Sevilla (España) realiza Concha Rodríguez de la Calle. Agradecemos su habitual difusión literaria de carácter internacional.

jueves, 28 de agosto de 2014

FABIÁN VIQUE (Buenos Aires, 1966)

LA LEYENDA DEL ESCRITOR DE EPITAFIOS
 
Sentado en una piedra, el escritor de epitafios compone sus obras. Cuando un texto queda acabado, la persona aludida deja de existir.
 
EL VIGOR DE LA MIRADA
 
De tanto mirarme el ombligo me salió un ojo que me mira. Ahora que somos dos no pueden acusarme de egocentrismo.
 
DUDA QUE SOBREVUELA
 
Cuando uno mata por la mañana los mosquitos que por la noche bebieron nuestra sangre, ¿es un homicidio o una especie de suicidio?.
 
LA LUCIÉRNAGA Y EL PARABRISAS
 
Para resguardarse de la inminente lluvia, una luciérnaga se posa debajo del limpiaparabrisas de un Ford Fiesta, como otra luciérnaga  se guareció hace tres mil años en el fuste de una columna del templo de Osiris.
Si hubiese estado más al tanto de la evolución tecnológica habría muerto de muerte natural como su ancestro.

AMADO NERVO (Tepic, México, 1870-Montevideo, Uruguay, 1919)

COBARDÍA
 
Pasó con su madre. ¡Qué rara belleza!
¡Qué rubios cabellos de trigo garzul!
¡Qué ritmo en el paso! ¡Qué innata realeza
de porte! ¡Qué formas bajo el fino tul…!
Pasó con su madre. Volvió la cabeza:
¡me clavó muy hondo su mirar azul!
Quedé como en éxtasis…
Con febril premura,
«¡Síguela!», gritaron cuerpo y alma al par.
…Pero tuve miedo de amar con locura,
de abrir mis heridas, que suelen sangrar,
¡y no obstante toda mi sed de ternura,
cerrando los ojos, la deje pasar!
 
 
EL PRIMER BESO
 
Yo ya me despedía…. y palpitante
cerca mi labio de tus labios rojos,
«Hasta mañana», susurraste;
yo te miré a los ojos un instante
y tú cerraste sin pensar los ojos
y te di el primer beso: alcé la frente
iluminado por mi dicha cierta.
Salí a la calle alborozadamente
mientras tu te asomabas a la puerta
mirándome encendida y sonriente.
Volví la cara en dulce arrobamiento,
y sin dejarte de mirar siquiera,
salté a un tranvía en raudo movimiento;
y me quedé mirándote un momento
y sonriendo con el alma entera,
y aún más te sonreí… Y en el tranvía
a un ansioso, sarcástico y curioso,
que nos miró a los dos con ironía,
le dije poniéndome dichoso:
“Perdóneme, Señor esta alegría.”

miércoles, 27 de agosto de 2014

LÍA MIERSCH

HAIKU
(Breve Selección)
 
 
Pasó el cartero
Tan solo hojitas secas
bajo mi puerta
 
 
La Cruz del Sur
Clava sus nazarenas
en mis exilios
 
 
Entre los yuyos
he perdido un amor
Se ha vuelto grillo

 
Creen que tiemblo
Y es que bailan poemas
en mis bolsillos
 
                                                                         
A medianoche
un caracol me mira
Los dos perdidos
                                                                         
                                                                         Si hoy muriera,
que tejan mi mortaja
las mariposas            
 
 
NOTA:
LIA MIERSCH
Nació en Buenos Aires y ha residido la mayor parte de su vida hasta hoy en La Matanza.  Es poeta y se dedica con exclusividad a la poesía Haiku.  Ha coordinado talleres experimentales de Haiku para niños, para ancianos con discapacidades severas y para actores de teatro espontáneo.  Participa como miembro ponente en el Encuentro Internacional de Haiku (bienal) organizado por el Instituto Tozai.  Sus poemas han sido incluidos, entre otras antologías, en la “World Haiku Anthology on War, Violence and Human Rights Violations” (Antología Mundial de Haiku sobre Guerra, Violencia y Violaciones a los Derechos Humanos), Kamesan’s Books, 2013; y en el catálogo “Cien Artistas Literarios”, Art Communication, Japón, 2008.  Premio a la Composición en Lengua Extranjera, Concurso Internacional organizado por Iga Cho Basho Okensho Kai, Japón, 2000.
 Poemarios: “Haiku” (Dunken, 2004);“Tigre de Metal – Haiku” (Dunken, 2007); “Haiku Negro” (Dunken, 2013)
Las obras de esta autora integran el Fondo Bibliográfico de nuestra Biblioteca. Se agradece a la poeta el envío de los textos seleccionados que hoy compartimos con nuestros lectores.

lunes, 25 de agosto de 2014

Alice Munro


Alice Ann Munro, de nacimiento Alice Ann Laidlaw (WinghamOntario10 de julio de 1931) es una narradoracanadiense, sobre todo de relatos. Está considerada como una de las escritoras actuales más destacadas en lengua inglesa. En 2013 le fue otorgado elPremio Nobel de Literatura.

ALEXANDER PUSHKIN (1799-1837)

LA ZAREVNA MUERTA Y LOS SIETE GUERREROS
 
El Zar se despidió de la Zarina. Emprendía un largo viaje. La Zarina se sentó junto a la ventana a esperar el regreso de su amado esposo. Así pasaban todos los días.
Se cansaron sus ojos de tanto mirar. Sólo veía caer la nieve sobre la blanca llanura. Transcurrieron nueve meses. La víspera de navidad Dios le concedió una hija. Por fin, en la mañana del mismo día llegó el Zar, el viajero tan esperado día y noche. Le miró la Zarina y fue tanta su emoción que, dando un suspiro, murió.
Durante  mucho  tiempo  el  Zar  estuvo  inconsolable.
¿Qué iba a hacer? Después de todo, sólo era un hombre. Transcurrió un año tan rápido como un sueño pasajero. Entonces el Rey volvió a casarse. A decir verdad, la novia se parecía muchísimo a la Zarina. Era alta y delgada, muy blanca, muy inteligente, y poseía valiosas cualidades. Por desgracia, sin embargo, era vana, caprichosa y envidiosa.
Como regalo de boda recibió un espejito que poseía el don de la palabra. La Zarina sólo cuando hablaba con el espejo estaba amable y alegre. Bromeaba con él, y se sentía de buen humor. Solía decirle:
-Luz de mis ojos, dime toda la verdad. ¿No soy, acaso, la más bella, la más gentil y la más encantadora del mundo?
-Por supuesto, Zarina -contestaba el espejo-. Eres la más bella, la más gentil y la más encantadora del mundo.
La Zarina se echaba a reír, empezaba a mover los hombros, a contonearse y chasqueaba los dedos. Luego, con las manos puestas en las caderas daba vueltas en torno del espejo, admirando su propia imagen.
Mientras tanto la hija del Zar crecía y florecía. Era blanca como la nieve. Sus cejas eran negras. Era encantadora. El Príncipe Elissei envió un mensajero para pedir su mano. El Zar dio su consentimiento y se preparó la dote: siete ciudades comerciales y ciento cuarenta palacios.
El día antes de la boda, la Zarina, mientras se vestía, se miró en el espejo y le preguntó:
-¿No soy, acaso, la más bella, la más gentil y la más encantadora del mundo?
-Por supuesto que eres bella -repuso el espejo-, pero la más bella, la más gentil y la más encantadora del mundo es la Princesa.
La Zarina, indignada, levantó la mano y golpeó el espejo y lo pisoteó.
-¡No eres más que un miserable pedazo de vidrio! -gritó-. Mientes, únicamente para humillarme. ¿Cómo puede compararse conmigo la hija del Zar? Yo la pondré en su sitio. ¿No sabe, acaso, que si es tan blanca es porque su madre, durante todo el embarazo, no dejó de mirar la nieve? Dime, ¿cómo es posible que la compares conmigo? Créeme, yo soy la más hermosa. Busca por todo el Reino, busca en todo el universo, y no encontrarás una mujer semejante a mí. ¿Acaso no es cierto?
-Sin embargo -repuso el espejo-, la Zarevna es la más hermosa, la más gentil y la más encantadora de todas las mujeres.
Rabiando de celos, la Zarina arrojó el espejo al suelo. Llamó a su doncella Cherniavka y le ordenó que llevase a la Princesa al bosque, que la atara a un árbol, y que la dejara allí para que se la comiesen los lobos.
Ni el propio demonio podría hacer frente a la ira de aquella mujer. Era inútil. Cherniavka llevó a la Princesa al bosque y la espesura salvaje hizo que la pobre Princesa  adivinase su destino.
-Amiga mía, dime, ¿qué he hecho yo? -decía aterrorizada, gimiendo, a la sirvienta-. ¡No me dejes morir! Cuando sea Zarina te recompensaré con esplendidez.
Cherniavka, que quería mucho a la Zarevna, no la ató al árbol, sino que la dejó libre, diciéndole:
-¡No te preocupes y que Dios te proteja!
Cherniavka regresó a palacio.
-¿Dónde está la Princesa? -le preguntó la Zarina.
-Se ha quedado sola en lo más profundo del bosque -respondió-. Permanece atada a un árbol. Cuando los lobos feroces la encuentren, no sufrirá mucho.
Pronto corrió la voz de que la Zarevna había desaparecido. El Zar derramó abundantes lágrimas. El Príncipe Elissei rogó fervientemente a Dios que le ayudara, y emprendió el camino en busca de su amada prometida.
Al anochecer del  siguiente día, cuando trataba de abrirse camino en el bosque, la Zarevna llegó a una casita. Un perro que había allí empezó a ladrar, pero cesó en cuanto la vio de cerca. Ella empujó la puerta de la casa y se encontró en un patio. El perro la seguía, meneando la cola y acariciándola.
La Zarevna abrió otra puerta que conducía a una gran estancia, con una estufa de azulejos, una mesa de roble, y varios bancos cubiertos de tapices. Había sagrados iconos en las paredes. La desventurada joven comprendió enseguida que allí vivía gente buena y que estaría a salvo. Pero, ¿por qué estaba la casa vacía?
Recorrió toda la casa, poniendo todo en orden. Luego encendió un cirio ante la imagen del Señor. También encendió la estufa. Y se acostó bajo techado.
Se acercaba la hora de comer. Se oyó un ruido de pisadas de caballo en el patio. Siete aguerridos caballeros que lucían grandes bigotes entraron en la casa. El mayor de ellos dijo:
-¡Qué maravilloso! ¡Qué limpio está todo y qué ordenado! ¿Quién habrá estado aquí mientras estábamos fuera? Sal de tu escondite y serás nuestro amigo. ¡Oh, cuidadoso extranjero! ¡Si eres mayor, serás nuestro tío; si eres un joven, serás nuestro hermano! ¡Si eres una anciana, serás nuestra madre! ¡Y si eres una joven, serás nuestra hermana!
La Zarevna bajó, entonces, de su lecho. Saludó cortésmente a los siete guerreros y, ruborizándose, les pidió perdón por haber entrado sin su permiso.
Los siete guerreros adivinaron que era una Zarevna. La invitaron a sentarse en el sitio de honor, bajo los iconos. Luego le ofrecieron  un pastel y un vaso de vino. Ella se negó a beber vino, pero partió un trozo de pastel. Como estaba muy cansada, les pidió permiso para irse a dormir. Los guerreros la condujeron al piso superior y le dieron una hermosa habitación y la dejaron sola, porque estaba medio dormida.
El tiempo transcurría. La Zarevna seguía viviendo en la casa de los siete guerreros, donde nunca se aburría. Por la mañana, al rayar el día, los siete hermanos salían alegremente a cazar patos. Algunas veces cortaban de un tajo con su espada la cabeza de un tártaro y otras veces perseguían a través del bosque a algunos circasianos de Piatigorsk.
Como buena ama de casa, la Zarevna nunca abandonaba el hogar. Cuidaba de todo. Lo preparaba todo. Los siete guerreros aprobaban lo que hacía. Y el tiempo transcurría así.
Entretanto, los siete guerreros se habían enamorado de la joven. Un día, al atardecer, comparecieron en su habitación. Haciendo una inclinación, el mayor le dijo:
-Como bien sabes, encantadora doncella, te consideramos como nuestra hermana. Somos siete y todos estamos enamorados de ti. Cada uno de nosotros sería feliz si pudiese casarse contigo. Pero como esto no puede ser, en el nombre de Dios, te pedimos que escojas. ¡Sé la prometida de uno de nosotros! ¡Sé la hermana de los demás! ¿Por qué mueves la cabeza? ¿Por qué te niegas a hacerlo? ¿Es que la mercancía desagrada al comprador?
-¡Nobles caballeros!  -respondió-.  ¡Hermanos míos, que Dios me castigue si miento! ¡No puedo complaceros! ¡Ya estoy comprometida! No puedo escoger entre vosotros. A mis ojos, todos sois valerosos e inteligentes. Os quiero mucho a todos. Pero estoy prometida para siempre a otro. Pertenezco al Príncipe Elissei, al que amo más que a nadie en el mundo.
Los siete hermanos permanecieron silenciosos. Se rascaron la cabeza embarazados. El mayor, inclinándose, dijo:
-Expresar un deseo no es un pecado. Dada la situación, ya no se hable más del asunto.
-Os agradezco mucho todo -respondió amablemente la Princesa- . No puedo aceptar vuestro ofrecimiento, no me guardéis ningún resentimiento.
Los siete caballeros abandonaron la estancia en silencio. La armonía volvió a reinar, como antes, en la casita.
Mientras tanto, la malvada Zarina seguía pensando en la Zarevna. No podía perdonarla. Estaba enojada con el espejo, y a menudo lo insultaba. Pero un buen día, decidió volver a consultarlo. Lo cogió y poniéndoselo delante del rostro, le preguntó con una sonrisa:
-¡Espejito, yo te saludo! Dime la verdad. ¿No soy yo, acaso, la más hermosa, la más gentil y la más encantadora del mundo?
-Por supuesto que eres bella -repuso el espejo-, pero aquella que vive oculta en el tupido bosque, en casa de los siete guerreros, es aún más bella que tú.
La Zarina se puso furiosa con Cherniavka.
-¿Cómo te has atrevido a desobedecerme? ¡Cuéntamelo todo!
Y la sirvienta lo confesó todo. Entonces la Zarina la amenazó con un terrible castigo si no encontraba el modo de hacer desaparecer a la Zarevna de una vez.
Un día, estaba la Zarevna hilando junto a la ventana, y esperaba el regreso de sus queridos hermanos.
De pronto, el perro se puso a ladrar. Una mendiga, que atravesaba el patio, intentaba alejar al animal con su bastón.
-¡Espera, abuela, espera! -gritó la Zarevna-. Yo alejaré al perro y de paso te daré algo.
-¡Oh, hija mía, ha estado a punto de comerme viva! -gimió la vieja-. Estoy agotada de luchar con él. ¡Mírale, mírale! ¡Vuelve a atacarme! ¡Ven pronto!
La joven se apresuró a ir junto a ella, pero apenas cruzó el umbral, el perro se acercó a ella y le impidió avanzar.
La mendiga trató de acercarse a la Zarevna. El perro, más feroz que antes, detuvo sus pasos.
-¡Qué raro es esto! -dijo la joven-. Debe de haber dormido mal.
Echó un pedazo de pan a la vieja, diciendo:
-¡Toma!
-Gracias -dijo la vieja mendiga-. ¡Que Dios te bendiga! Toma esta manzana, ¿quieres?
Le tiró una manzana de oro a la Princesa. El perro empezó a ladrar. La Zarevna dio vueltas varias veces en su mano a la manzana de oro.
-Puedes comértela, si quieres, hermosa mía -le gritó la vieja-. Y gracias por el pan.
Al decir esto, desapareció. El perro miró inquieto a la joven. Se puso a gemir. Parecía decirle:
-¡Tira esa manzana, tírala!
Ella acarició al perro suavemente.
-Ven, Sokolka -dijo-. Échate aquí.
Y regresó a su estancia para esperar a sus hermanos. Miraba de vez en cuando la manzana que tenía a su lado. Estaba madura y jugosa. Era dorada y fragante. Era tan transparente que podían verse las pepitas, porque su piel parecía un ala de mariposa.
La Zarevna no quería comerse la manzana antes del almuerzo, pero no pudo resistir la tentación y se la llevó a los labios y la mordió. Acto seguido se desvaneció, sin vida. La manzana rodó por el suelo.
Su cabeza descansaba en el banco, bajo los iconos.
La joven estaba como muerta.
Los siete guerreros estaban de regreso a la casa después de una de sus audaces campañas, y vieron al perrito, que corrió hacia ellos, ladrando furiosamente.
-Es un mal augurio -pensaron- . Algo malo ha sucedido.
Subieron a la estancia. ¡Allí gimieron y todo fueron lloros! El perro mordió la manzana y cayó muerto.
Los siete guerreros, sumidos en la más profunda tristeza, rodearon a la Zarevna muerta. Recitaron una oración, levantaron a su hermana y empezaron a vestirla para el entierro. De pronto, cambiaron de opinión, pues su rostro estaba tranquilo. Parecía como si estuviera en los brazos protectores del sueño. Pero no respiraba.
Esperaron tres días. No se despertó. Y entonces decidieron poner a la Zarevna en un ataúd de cristal. La transportaron a hombros a media noche a lo más alto de una montaña, a una cueva, y allí la dejaron.
Tomaron la precaución de atar el ataúd con cadenas a seis fuertes columnas. Hecho esto, descubrieron sus cabezas y el mayor dijo:
-Duerme, hermanita. Has sido víctima de una cobarde trama. Tu belleza se habrá extinguido en la tierra, pero en el cielo tu alma continuará siendo hermosa. Seguimos queriéndote. Continuarás siendo de tu prometido. Ahora sólo la muerte te posee.
Aquel mismo día la malvada Zarina estaba en espera de buenas noticias. Sacó el espejo y le preguntó:
-¿No soy, acaso, la más hermosa, la más gentil y la más encantadora del mundo?
-Sí -respondió el  espejo-,  eres  la  más  hermosa, la más gentil y la más encantadora del mundo.
El Príncipe Elissei recorrió el mundo en busca de su prometida. Pero no la encontraba. Lloraba y preguntaba a todos los que veía si sabían dónde estaba. Algunos encontraban extrañas sus preguntas. Otros pocos se reían. Algunos le volvían la espalda.
Finalmente se dirigió al Sol.
-¡Oh, Sol! -exclamó-, tú que cruzas el cielo, que haces que la primavera siga al invierno, tú que nos ves a todos, ¿quieres darme una respuesta? ¿Quieres decirme si has  visto a la Zarevna que busco? Yo soy su prometido.
-Amigo mío -respondió el Sol-. No he visto a la Zarevna que buscas. Quizá se haya muerto. Quizá la Luna, mi vecina, la haya visto.
Elissei esperó que llegase la noche. Por fin apareció la Luna en el cielo.
-¡Oh, Luna, amiga mía! -exclamó-, compañera de las estrellas, ¿puedes darme una respuesta? Estoy buscando a mi prometida. ¿La has visto?
-Hermano mío -respondió la Luna-. No la he visto. De todos modos, yo no estoy siempre en el firmamento. Quizá tu prometida está tan pálida que no la puedo ver…
-¡Ay de mí! -murmuró  el Príncipe.
La Luna habló de nuevo.
-Pregunta al Viento. ¿Quién sabe? Él tal vez podrá contestarte. Ten  valor.  ¡Adiós!
Elissei gritó al Viento:
-¡Oh tú, que eres tan fuerte, tú que puedes domar las nubes e irritar el mar, tú que sólo temes a Dios…! Dime, ¿has visto a mi amada Zarevna? Yo soy su prometido.
         - Escucha -respondió  el  Viento-. Allá lejos, más lejos de aquel río apacible, encontrarás una montaña. Sobre la montaña hay una cueva oscura. Dentro de la cueva hay un ataúd de cristal, rodeado de columnas. Allí está encadenado el ataúd de tu prometida.
El Viento se alejó veloz y el Príncipe volvió a cabalgar, sollozando. Se encaminó directamente a la montaña que describió el Viento. Cuando la vio, subió apresuradamente. Llegó a la entrada de la cueva. Le fallaba el valor, pero pronto se rehízo. Se encaminó a través de la oscuridad de la cueva. ¡De pronto vio la sombra del ataúd de cristal y la faz radiante de la Zarevna! Tropezó con el ataúd y rompió el cristal. La joven se despertó. Miró en torno suyo y dijo con un suspiro:
-He dormido mucho tiempo.
Se enderezó y descendió del ataúd. Ambos se abrazaron llorando.
Elissei cogió en brazos a su amada y la sacó a la luz del sol. ¿Qué creéis que se dijeron el uno al otro?
La buena nueva voló como el fuego.
-¡La hija del Zar no ha muerto!
La malvada Zarina estaba sentada frente al espejo y repitió su pregunta:
-¿No soy yo, acaso, la más hermosa, la más gentil y la más encantadora del mundo?
-Por supuesto que eres bella -respondió el espejo-, pero la Zarevna es aún más hermosa que tú.
Entonces rompió el espejo, lo tiró al suelo y se precipitó hacia la puerta, que en aquel preciso instante se había abierto. Vio a la Zarevna y cayó muerta de rabia.
La boda de Elissei y de la Zarevna se celebró inmediatamente después del funeral de la Zarina muerta, y celebraron el festín más grande del mundo. Yo estuve allí, me ofrecieron cerveza, vino e hidromiel, bebí, y se me mojaron los bigotes.
(1833)
 
 
 
NOTA:
 “La zarevna muerta y los siete guerreros” (1833) de Pushkin es una versión de “Blancanieves” (“Schneewittchen”), el famoso cuento de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, publicado en el primer volumen de sus Cuentos de la infancia y del hogar (Kinder und Hausmärchen) en 1812. El autor ruso poseía un libro en francés titulado Vieux contes pour l’amusement des grands et des petits enfants, editado en 1824, que recogía, además de “Blancanieves”, varios de los más célebres cuentos de los Grimm.
En el cuento de Pushkin, aunque se mantiene en lo esencial la misma historia, hay algunas variantes -una de las más evidentes es el cambio del título y el de los siete enanitos en siete guerreros- pero lo que sí hace el autor ruso es adaptar con sumo cuidado el cuento de los hermanos Grimm al lenguaje, los nombres, las costumbres y los más profundos aspectos del alma rusa, hasta conseguir la apariencia de un cuento maravilloso como aquellos recogidos por Afanásiev del verdadero folklore eslavo.
Si buscamos un origen anterior a la “Blancanieves” de los hermanos Grimm nos encontraríamos con una versión (con muchas diferencias) incluida en un libro del escritor napolitano Gianbattista Basile, una recopilación de cuentos de tradición oral cuyo título original es Lo cunto de li cunti overo lo trattenemiento de peccerille (El cuento de los cuentos o el entretenimiento de los pequeños) más conocido con el nombre de Pentamerón (Il Pentamerone), publicado póstumamente en dos volúmenes, entre 1634 y 1936. Un libro muy importante y no demasiado conocido, definido por Benedetto Croce como “el más antiguo, el más rico y el más artístico de todos los libros de fábulas populares” y por Italo Calvino como “el sueño de un Shakespeare napolitano”;
Pues bien, en este libro se encuentran ya algunos de los cuentos que más tarde recogería Perrault y, en lo que ahora más nos concierne, aparece la historia de Lisa, una niña que con siete años se clava un peine mágico y  queda inconsciente. Su familia la da por muerta y la colocan en un ataúd de cristal. Con el paso de los años va creciendo hasta convertirse en una bellísima muchacha. Una prima lejana, celosa de la belleza de Lisa, decide acabar con ella, rompe el ataúd y, al coger  a Lisa por el pelo, sin querer, le arranca el peine, y la joven retorna a la vida. Aunque en esta versión faltan muchos de los elementos del cuento “Blancanieves” de los Grimm, parece ser que fue fuente de inspiración de versiones posteriores, sin olvidar que el cuento de Basile no es original ya que él como Perrault, los hermanos Grimm y el mismo Pushkin son los eslabones que integran una larga tradición de recopiladores  de relatos orales populares.
Pero hay más. Según las investigaciones de un historiador alemán, existió realmente una especie de Blancanieves llamada Maria Sophia Margaretha Catharina von Erthal, nacida el 15 de junio de 1729, en un pueblecito llamado Lohr, al lado del río Meno, en la Franconia alemana, en cuya vida aparecen muchas coincidencias con la protagonista del famoso cuento.
 
En definitiva, con o sin base real, la historia de Blancanieves se encuentra muy arraigada en la tradición europea y, aunque en las diversas tradiciones folklóricas los elementos circunstanciales se modifican, lo esencial se mantiene intacto, como es el caso de  “La zarevna muerta y los siete guerreros”, tal vez la más hermosa versión de este famoso cuento al que el propio Pushkin consideraba como un bello poema y en el que había fundido localismo y universalidad en síntesis perfecta.
 
 
  •  La obra seleccionada integra: “El Zar Saltán y otros cuentos rusos”, prólogo y traducción de Carmen Bravo-Villasante, Barcelona, José J. de Olañeta, 2000.