Creada en la Ciudad de General Alvear, Provincia de Mendoza, en el año 1935.

domingo, 6 de octubre de 2013

PARA COMPARTIR: LITERATURA FRANCESA GUY  DE  MAUPASSANT (1850-1893)

LA CABELLERA

La celda tenía paredes desnudas, pintadas con cal. Una ventana estrecha y con rejas, horadada muy alto para que no se pudiera alcanzar, alumbraba el cuarto, claro y siniestro; y el loco, sentado en una silla de paja, nos miraba con una mirada fija, vacía y atormentada. Era muy delgado, con mejillas huecas, y el pelo casi cano que se adivinaba había encanecido en unos meses. Su ropa parecía demasiado ancha para sus miembros enjutos, su pecho encogido, su vientre hueco. Uno sentía que este hombre estaba destrozado, carcomido por su pensamiento, un Pensamiento, al igual que una fruta por un gusano. Su Locura, su idea estaba ahí, en esa cabeza, obstinada, hostigadora, devoradora. Se comía el cuerpo poco a poco. Ella, la Invisible, la Impalpable, la Inasequible, la Inmaterial Idea consumía la carne, bebía la sangre, apagaba la vida.
¡Qué misterio representaba este hombre aniquilado por un sueño! ¡Este Poseso daba pena, miedo y lástima! ¿Qué extraño, espantoso y mortal sueño vivía detrás de esa frente, que fruncía con profundas arrugas, siempre en movimiento?
El médico me dijo:
-Tiene unos terribles arrebatos de furor; es uno de los dementes más peculiares que he visto. Padece locura erótica y macabra. Es una especie de necrófilo. Además, ha escrito un diario que nos muestra de la forma más clara la enfermedad de su espíritu y en el que, por así decirlo, su locura se hace palpable. Si le interesa, puede leer ese documento.
Seguí al doctor hasta su gabinete y me entregó el diario de aquel desgraciado.
-Léalo -dijo-, y deme su opinión.
He aquí lo que contenía el cuaderno:
«Hasta los treinta y dos años viví tranquilo, sin amor. La vida me parecía sencillísima, generosa y fácil. Yo era rico. Me gustaban tantas cosas que no podía sentir pasión por ninguna en concreto. ¡Es estupendo vivir! Me despertaba feliz cada día, dispuesto a hacer las cosas que me gustaban, y me acostaba satisfecho, con la apacible esperanza de un mañana y un futuro sin preocupaciones.
«Había tenido algunas amantes sin haber sentido nunca mi corazón enloquecido por el deseo o mi alma herida por el amor después de la posesión. Es estupendo vivir así. Es mejor amar, pero es terrible. Los que aman como todo el mundo deben experimentar una felicidad apasionada, aunque quizás menor que la mía, porque el amor vino a mí de una manera increíble.
«Como era rico, buscaba muebles antiguos y objetos viejos; y a menudo pensaba en las manos desconocidas que habían palpado esas cosas, en los ojos que las habían admirado, en los corazones que las habían querido, ¡porque se quieren las cosas! A menudo permanecía durante horas y horas mirando un pequeño reloj del siglo pasado. Era una preciosidad, con su esmalte y su oro cincelado. Y seguía funcionando como el día en que lo compró una mujer, encantada de poseer esa fina joya. No había dejado de latir, de vivir su vida mecánica, y seguía siempre con su tictac regular, desde una época pasada.
«¿Quién sería la primera en llevarlo sobre su pecho, entre los tejidos tibios, mientras el corazón del reloj latía junto a su corazón de mujer? ¿Qué mano lo habría tenido entre la punta de los dedos cálidos, mirándolo por ambas caras una y otra vez y limpiando luego los pastores de porcelana empañados un segundo por el trasudor de la piel? ¿Qué ojos habrían acechado en la esfera florida la hora esperada, la hora querida, la hora divina?
«¡Cómo me habría gustado ver, conocer a aquella mujer que había elegido este objeto exquisito y raro! ¡Pero está muerta! ¡Estoy poseído por el deseo de las mujeres de antaño, amo, desde lejos, a todas aquellas que han amado! La historia de los cariños pasados me llena el corazón de pesar. ¡Oh, la belleza, las sonrisas, las jóvenes caricias, las esperanzas! ¿No debería ser eterno todo esto?
«¡Cuánto he llorado, durante noches enteras, pensando en las pobres mujeres de otro tiempo, tan bellas, tan tiernas, tan dulces, cuyos brazos se abrieron para el beso, y ya muertas! ¡El beso es inmortal! ¡Va de boca en boca, de siglo en siglo, de edad en edad; los hombres lo recogen, lo dan y mueren!
«El pasado me atrae, el presente me asusta porque el futuro es muerte. Lamento todo lo que se ha hecho, lloro por todos los que han vivido; quisiera detener el tiempo, detener la hora. Pero ella pasa, se va y me quita segundo tras segundo un poco de mí para la nada de mañana. Y no volveré a vivir nunca más.
«Adiós, mujeres de ayer. Las amo.
«Pero no tengo de qué quejarme. Encontré a aquélla a la que yo esperaba; y gracias a ella he disfrutado de placeres increíbles.
«Una mañana soleada iba vagabundeando por París, con el alma alegre y el pie ligero, mirando las tiendas con un vago interés de paseante ocioso. De pronto, en una tienda de antigüedades vi un mueble italiano del siglo XVII. Era hermoso y muy raro. Se lo atribuí a un artista veneciano llamado Vitelli, muy famoso en su época.
«Y seguí mi camino.
«¿Por qué me persiguió el recuerdo de ese mueble con tanta fuerza, haciéndome volver atrás? Me detuve ante la tienda para verlo de nuevo y sentí que me tentaba.
«La tentación es algo tan singular... Miramos un objeto y éste, poco a poco, nos seduce, nos turba, nos invade como lo haría un rostro de mujer. Su encanto entra en nosotros; extraño encanto que viene de su forma, de su color, de su fisonomía de cosa; y ya lo amamos, lo deseamos, lo queremos. Una necesidad de posesión nos invade, una necesidad débil al principio, como tímida, pero que crece, se hace violenta, irresistible.
«Y los comerciantes parecen adivinar en la llama de la mirada ese deseo secreto y creciente.
«Compré el mueble e hice que me lo llevaran inmediatamente a casa, poniéndolo en mi habitación.
«¡Oh, cómo compadezco a quienes desconocen esa luna de miel entre el coleccionista y el objeto que acaba de comprar! Lo acaricia con la mirada y la mano como si fuera de carne; vuelve a su lado en cualquier momento, piensa siempre en él vaya donde vaya, haga lo que haga. Su recuerdo vivo lo sigue en la calle, por el mundo, en todos los lados; y cuando vuelve a casa, antes incluso de quitarse los guantes y el sombrero, corre a contemplarlo con una ternura de amante.
«Realmente, durante ocho días adoré ese mueble. Abría en todo momento sus puertas, sus cajones; lo tocaba extasiado, disfrutando de todos los placeres íntimos de la posesión.
«Pero una tarde, mientras palpaba el espesor de un panel, me di cuenta de que debía de ocultar un escondite. Los latidos de mi corazón se aceleraron y me pasé la noche buscando el secreto sin llegar a descubrirlo.
«Lo conseguí al día siguiente, al introducir la hoja de una navaja en una hendidura del entablado. Una plancha se deslizó y percibí, extendida sobre un fondo de terciopelo negro, una maravillosa cabellera de mujer.
«Sí, una cabellera: una enorme trenza de cabellos rubios, casi pelirrojos, que debían de haber sido cortados junto a la piel y estaban atados por una cuerda de oro.
«¡Me quedé estupefacto, aturdido, temblando! Un perfume casi insensible, tan antiguo que parecía ser el alma de un olor, se escapaba del misterioso cajón y de la sorprendente reliquia.
«La tomé, despacio, casi religiosamente, y la saqué de su escondite. Entonces se liberó, derramándose en un torrente dorado que cayó hasta el suelo, espeso y ligero, ágil y brillante como la cola de fuego de un cometa.
«Una extraña emoción se apoderó de mí. ¿Qué era aquello? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué habían ocultado esos cabellos en el mueble? ¿Qué aventura, qué drama escondía ese recuerdo?
«¿Quién los había cortado? ¿Un amante en un día de despedida? ¿Un marido en un día de venganza? ¿O la que los había llevado en su frente en un día de desesperación?
«¿Fue antes de entrar en un convento cuando se arrojó ahí esa fortuna de amor, como una prenda dejada al mundo de los vivos? ¿Fue en el momento de cerrar la tumba de la joven y hermosa muerta cuando quien la adoraba se había quedado el cabello que embellecía su cabeza, lo único que podía conservar de ella, la única parte viva de su carne que no podía pudrirse, la única que podía amar todavía y acariciar y besar en sus momentos de rabia y de dolor?
«¿No resultaba extraño que esa cabellera hubiera permanecido incólume, cuando ya no quedaba ni un ápice del cuerpo del que había nacido?
«Fluía entre mis dedos, me hacía cosquillas en la piel con una caricia singular, una caricia de muerta. Me sentía conmovido, como si fuera a llorar.
«La conservé largo tiempo entre mis manos, y me pareció que se movía como si una parte de su alma se hubiera quedado escondida en ella. Entonces la volví a poner sobre el terciopelo deslustrado por el tiempo, cerré el cajón y el mueble y me fui a recorrer las calles para soñar.
«Caminaba siempre de frente, preso de tristeza, y también de desconcierto, de ese desconcierto que se nos queda en el corazón tras un beso de amor. Me parecía que ya había vivido antaño, que debía de haber conocido a aquella mujer
«Y los versos de Villon subieron a mis labios como lo haría un sollozo
Díganme dónde, en qué país
está Flora, la bella romana 
Archipiade y Taís 
que fue su prima hermana. 
Eco, voz que lleva la fama 
bajo río o bajo estanque; 
cuya belleza fue más que humana. 
Mas, ¿dónde están las nieves de antaño?
.......................................
La reina Blanca como un lis
que cantaba con voz de sirena, 
Berta la del gran pie, Beatriz, Alix 
y Haremburgis, que obtuvo el Maine, 
y Juana, la buena lorena 
que los ingleses quemaran en Rouan... 
¿Dónde están, Virgen soberana? 
Mas ¿dónde están las nieves de antaño!
«Cuando regresé a casa, sentí un deseo irresistible de volver a ver mi extraño hallazgo; y lo tomé de nuevo, y sentí, al tocarlo, un largo escalofrío que me recorría el cuerpo.
«Durante unos días, sin embargo, permanecí en mi estado habitual, aunque ya no me abandonaba el vivo recuerdo de aquella cabellera.
«En cuanto volvía a casa, necesitaba verla y tocarla. Daba la vuelta a la llave del armario con ese estremecimiento que tenemos al abrir la puerta de nuestra amada, ya que sentía en las manos y en el corazón una necesidad confusa, singular, continua, sensual de bañar mis dedos en aquel arroyo encantador de cabellos muertos.
«Luego, cuando había acabado de acariciarla, cuando había cerrado de nuevo el mueble, seguía sintiéndola allí como si fuera un ser viviente, escondido, prisionero; y la sentía y la deseaba otra vez; tenía de nuevo la necesidad imperiosa de volver a tomarla, de palparla, de excitarme hasta el malestar con aquel contacto frío, escurridizo, irritante, enloquecedor, delicioso.
«Viví así un mes o dos, ya no lo sé. Ella me obsesionaba, me atormentaba. Estaba feliz y torturado, como en una espera de amor, como después de las confesiones que preceden al abrazo.
«Me encerraba a solas con ella para sentirla sobre mi piel, para hundir mis labios en ella, para besarla, morderla. La enroscaba alrededor de mi rostro, la bebía, ahogaba mis ojos en su onda dorada, con el fin de ver el día rubio a través de ella.
«¡La amaba! Sí, la amaba. Ya no podía pasar sin ella, ni estar una hora sin volver a verla.
«Y esperaba... esperaba... ¿qué? No lo sabía. La esperaba a ella.
«Una noche me desperté bruscamente con el pensamiento de que no me encontraba solo en mi habitación.
«Sin embargo, estaba solo. Pero no pude volver a dormirme; y como me agitaba en una fiebre de insomnio, me levanté para ir a tocar la cabellera. Me pareció más suave que de costumbre, más animada. ¿Regresan los muertos? Los besos con los que la excitaba me hacían desfallecer de felicidad; y me la llevé a mi cama, y me acosté, oprimiéndola contra mis labios, como una amante a la que se va a poseer.
«¡Los muertos regresan! Ella vino. Sí, la he visto, la he tenido entre mis brazos, la he poseído, tal como era cuando estaba viva antaño, alta, rubia, exuberante, los senos fríos, la cadera en forma de lira; y he recorrido con mis caricias esa línea ondeante y divina que va desde la garganta hasta los pies siguiendo todas las curvas de la carne.
«Sí, la he tenido, todos los días y todas las noches. Ha vuelto, la Muerta, la bella Muerta, la Adorable, la Misteriosa, la Desconocida, todas las noches.
«Mi felicidad fue tan grande que no pude esconderla. Junto a ella experimentaba un arrobamiento sobrehumano, ¡la alegría profunda, inexplicable de poseer lo Inasequible, lo Invisible, la Muerta! ¡Ningún amante ha disfrutado nunca de gozos más ardientes, más terribles!
«No supe esconder mi felicidad. La amaba tanto que ya no quería estar sin ella. La llevaba conmigo, siempre, a todas partes. La paseaba por la ciudad como si fuera mi esposa, y la llevaba al teatro en palcos con rejas, como si fuera mi amante... Pero la vieron... adivinaron... me la quitaron... Y me han metido en la cárcel, como un malhechor. Me la quitaron... ¡Oh! ¡Miseria!...«
El manuscrito se detenía ahí. Y de pronto, mientras dirigía una mirada despavorida hacia el médico, un grito espantoso, un aullido de furor impotente y de deseo exasperado se alzó en el manicomio.
-Escúchelo -dijo el doctor-. Hay que duchar cinco veces al día a ese loco obsceno. El sargento Bertrand no fue el único en amar a las muertas.
Balbuceé, emocionado de asombro, horror y piedad:
-Pero... esa cabellera... ¿existe realmente?
El médico se levantó, abrió un armario lleno de frascos y de instrumentos y me lanzó, de una punta a otra de su gabinete, una larga centella de cabellos rubios que voló hacia mí como un pájaro de oro.
Me estremecí al sentir entre mis manos su tacto acariciador y ligero. Y me quedé con el corazón latiendo de repugnancia y de deseo, de repugnancia como al contacto de los objetos arrastrados en crímenes, de deseo como ante la tentación de algo infame y misterioso.
El médico prosiguió encogiéndose de hombros:

-La mente del hombre es capaz de cualquier cosa.

PARA COMPARTIR: LITERATURA ITALIANA - ÍTALO CALVINO (1923-1985)

EL PECHO DESNUDO

El señor Palomar camina por una playa solitaria. Encuentra unos pocos bañistas. Una joven tendida en la arena toma el sol con el pecho descubierto. Palomar, hombre discreto, vuelve la mirada hacia el horizonte marino. Sabe que en circunstancias análogas, al acercarse un desconocido, las mujeres se apresuran a cubrirse, y eso no le parece bien: porque es molesto para la bañista que tomaba el sol tranquila; porque el hombre que pasa se siente inoportuno; porque el tabú de la desnudez queda implícitamente confirmado; porque las convenciones respetadas a medias propagan la inseguridad e incoherencia en el comportamiento, en vez de libertad y franqueza. Por eso, apenas ve perfilarse desde lejos la nube rosa-bronceado de un torso desnudo de mujer, se apresura a orientar la cabeza de modo que la trayectoria de la mirada quede suspendida en el vacío y garantice su cortés respeto por la frontera invisible que circunda las personas. Pero -piensa mientras sigue andando y, apenas el horizonte se despeja, recuperando el libre movimiento del globo ocular- yo, al proceder así, manifiesto una negativa a ver, es decir, termino también por reforzar la convención que considera ilícita la vista de los senos, o sea, instituyo una especie de corpiño mental suspendido entre mis ojos y ese pecho que, por el vislumbre que de él me ha llegado desde los límites de mi campo visual, me parece fresco y agradable de ver. En una palabra, mi no mirar presupone que estoy pensando en esa desnudez que me preocupa; ésta sigue siendo en el fondo una actitud indiscreta y retrógrada.
De regreso, Palomar vuelve a pasar delante de la bañista, y esta vez mantiene la mirada fija adelante, de modo de rozar con ecuánime uniformidad la espuma de las olas que se retraen, los cascos de las barcas varadas, la toalla extendida en la arena, la henchida luna de piel más clara con el halo moreno del pezón, el perfil de la costa en la calina, gris contra el cielo. Sí -reflexiona, satisfecho de sí mismo, prosiguiendo el camino-, he conseguido que los senos quedaran absorbidos completamente por el paisaje, y que mi mirada no pesara más que la mirada de una gaviota o de una merluza. ¿Pero será justo proceder así? -sigue reflexionando-. ¿No es aplastar la persona humana al nivel de las cosas, considerarla un objeto, y lo que es peor, considerar objeto aquello que en la persona es específico del sexo femenino? ¿No estoy, quizá, perpetuando la vieja costumbre de la supremacía masculina, encallecida con los años en insolencia rutinaria? Gira y vuelve sobre sus pasos. Ahora, al desliza su mirada por la playa con objetividad imparcial, hace de modo que, apenas el pecho de la mujer entra en su campo visual, se note una discontinuidad, una desviación, casi un brinco. La mirada avanza hasta rozar la piel tensa, se retrae, como apreciando con un leve sobresalto la diversa consistencia de la visión y el valor especial que adquiere, y por un momento se mantiene en mitad del aire, describiendo una curva que acompaña el relieve de los senos desde cierta distancia, elusiva, pero también protectora, para reanudar después su curso como si no hubiera pasado nada. Creo que así mi posición resulta bastante clara -piensa Palomar-, sin malentendidos posibles. ¿Pero este sobrevolar de la mirada no podría al fin de cuentas entenderse como una actitud de superioridad, una depreciación de lo que los senos son y significan, un ponerlos en cierto modo aparte, al margen o entre paréntesis? Resulta que ahora vuelvo a relegar los senos a la penumbra donde los han mantenido siglos de pudibundez sexomaníaca y de concupiscencia como pecado...

Tal interpretación va contra las mejores intenciones de Palomar que, pese a pertenecer a la generación madura para la cual la desnudez del pecho femenino iba asociada a la idea de intimidad amorosa, acoge sin embargo favorablemente este cambio en las costumbres, sea por lo que ello significa como reflejo de una mentalidad más abierta de la sociedad, sea porque esa visión en particular le resulta agradable. Este estímulo desinteresado es lo que desearía llegar a expresar con su mirada. Da media vuelta. Con paso resuelto avanza una vez más hacia la mujer tendida al sol. Ahora su mirada, rozando volublemente el paisaje, se detendrá en los senos con cuidado especial, pero se apresurará a integrarlos en un impulso de benevolencia y de gratitud por todo, por el sol y el cielo, por los pinos encorvados y la duna y la arena y los escollos y las nubes y las algas, por el cosmos que gira en torno a esas cúspides nimbadas. Esto tendría que bastar para tranquilizar definitivamente a la bañista solitaria y para despejar el terreno de inferencias desviantes. Pero apenas vuelve a acercarse, ella se incorpora de golpe, se cubre, resopla, se aleja encogiéndose de hombros con fastidio como si huyese de la insistencia molesta de un sátiro. El peso muerto de una tradición de prejuicios impide apreciar en su justo mérito la intenciones más esclarecidas, concluye amargamente Palomar.

PARA COMPARTIR: RICARDO GÜIRALDES (1886-1927) 

EL POZO

Sobre el brocal desdentado del viejo pozo, una cruz de palo roída por la carcoma miraba en el fondo su imagen simple. Toda una historia trágica.
Hacía mucho tiempo, cuando fue recién herida la tierra y pura el agua como sangre cristalina, un caminante sudoroso se sentó en el borde de la piedra para descansar su cuerpo y refrescar la frente con el aliento que subía del tranquilo redondel. Allí le sorprendieron el cansancio, la noche y el sueno; su espalda resbaló al apoyo y el hombre se hundió golpeando blandamente en las paredes hasta romper la quietud del disco puro.
Ni tiempo para dar un grito o retenerse en las salientes, que le rechazaban brutalmente después del choque. Había rodado llevando consigo algunos pelmazos de tierra pegajosa. Aturdido por el golpe, se debatió sin rumbo en el estrecho cilindro líquido hasta encontrar la superficie. Sus dedos espasmódicos, en el ansia agónica de sostenerse, horadaron el barro rojizo. Luego quedó exánime, solo emergida la cabeza, todo el esfuerzo de su ser concentrado en recuperar el ritmo perdido de su respiración.
Con su mano libre tanteó el cuerpo, en que el dolor nacía con la vida. Miró hacia arriba: el mismo redondel de antes, más lejano, sin embargo, y en cuyo centro la noche hacía nacer una estrella tímidamente.
Los ojos se hipnotizaron en la contemplación del astro pequeño, que dejaba, hasta el fondo, caer su punto de luz. Unas voces pasaron no lejos, desfiguradas, tenues; un frío le mordió del agua y gritó un grito que, a fuerza de terror, se le quedó en la boca. Hizo un movimiento y el líquido onduló en torno, denso como mercurio. Un pavor místico contrajo sus músculos, e impelido por esa nueva y angustiosa fuerza, comenzó el ascenso, arrastrándose a lo largo del estrecho tubo húmedo; unos dolores punzantes abriéndole las carnes, mirando el fin siempre lejano como en las pesadillas.
Más de una vez, la tierra insegura cedió su peso, crepitando abajo en lluvia fina; entonces suspendía su acción tendido de terror, vacío el pecho, y esperaba inmóvil la vuelta de sus fuerzas.
Sin embargo un mundo insospechado de energías nacía en cada paso; y como por impulso adquirido maquinalmente, mientras se sucedían las impresiones de esperanza y desaliento, llegó al brocal, exhausto, incapaz de saborear el fin de sus martirios. Allí quedaba, medio cuerpo de fuera, anulada la voluntad por el cansancio, viendo delante suyo la forma de un aguaribay como cosa irreal...
Alguien pasó ante su vista, algún paisano del lugar seguramente, y el moribundo alcanzó a esbozar un llamado. Pero el movimiento de auxilio que esperaba fue hostil. El gaucho, luego de santiguarse, resbalaba del cinto su facón, cuya empuñadura, en cruz, tendió hacia el maldito. El infeliz comprendió: hizo el último y sobrehumano esfuerzo para hablar; pero una enorme piedra vino a golpearle en la frente, y aquella visión de infierno desapareció como sorbida por la tierra.

Ahora todo el pago conoce el pozo maldito, y sobre su brocal, desdentado por los años de abandono, una cruz de madera semipodrida defiende a los cristianos contra las apariciones del malo.

sábado, 5 de octubre de 2013

“IN.TENSIONES”

TE ESPERAMOS
PARA COMPARTIR
UNA NUEVA EXPERIENCIA
ARTÍSTICA
EN OCTUBRE
VIENE
MELCHOR MONTOYA
CON
“IN.TENSIONES”
A GENERAL ALVEAR
SERÁ EN NUESTRA
“SALA ARQ. ALFREDO PEDRO”
FOTO DE MELCHOR
¿vas a venir?

PARA COMPARTIR: ALFREDO BUFANO (1895-1950)

Soneto del divino amor

Amor es este que por ti me abrasa;
amor es este que hacia ti me impele;
amor es este que de amor se duele
en amado dolor que nunca pasa.

Amor es este que se da sin tasa
como nunca en la vida darse suele;
amor que estoy temiendo que se vuele
porque sin él, la muerte fuera escasa.

Amor, y extraño amor este amor mío,
silencioso y profundo como un río
profundo, silencioso y caudaloso.

Amor que nada pide y nada espera
amor que es como un lago sin ribera
bajo un cielo piadoso.

PARA COMPARTIR: ROBERTO JUARROZ (1925-1995)

HEMOS AMADO JUNTOS TANTAS COSAS…


Hemos amado juntos tantas cosas 
que es difícil amarlas separados. 
Parece que se hubieran alejado de pronto 
o que el amor fuera una hormiga 
escalando los declives del cielo.

Hemos vivido juntos tanto abismo 
que sin ti todo parece superficie, 
órbita de simulacros que resbalan, 
tensión sin extensiones, 
vigilancia de cuerpos sin presencia.

Hemos perdido juntos tanta nada 
que el hábito persiste y se da vuelta 
y ahora todo es ganancia de la nada. 
El tiempo se convierte en antitiempo 
porque ya no lo piensas.

Hemos callado y hablado tanto juntos 
que hasta callar y hablar son dos traiciones, 
dos sustancias sin justificación, 
dos sustitutos.

Lo hemos buscado todo, 
lo hemos hallado todo, 
lo hemos dejado todo.

Únicamente no nos dieron tiempo 
para encontrar el ojo de tu muerte, 
aunque fuera también para dejarlo.

PARA COMPARTIR: GIOCONDA BELLI (Managua, Nicaragua, 1948)

ABANDONADOS

Tocamos la noche con las manos
escurriéndonos la oscuridad entre los dedos,
sobándola como la piel de una oveja negra.

Nos hemos abandonado al desamor,
al desgano de vivir colectando horas en el vacío,
en los días que se dejan pasar y se vuelven a repetir,
intrascendentes,
sin huellas, ni sol, ni explosiones radiantes de claridad.

Nos hemos abandonado dolorosamente a la soledad,
sintiendo la necesidad del amor por debajo de las uñas,
el hueco de un sacabocados en el pecho,
el recuerdo y el ruido como dentro de un caracol
que ha vivido ya demasiado en una pecera de ciudad
y apenas si lleva el eco del mar en su laberinto de concha.

¿Cómo volver a recapturar el tiempo?

¿Interponerle el cuerpo fuerte del deseo y la angustia,
hacerlo retroceder acobardado
por nuestra inquebrantable decisión?

Pero... quién sabe si podremos recapturar el momento
que perdimos.

Nadie puede predecir el pasado
cuando ya quizás no somos los mismos,
cuando ya quizás hemos olvidado
el nombre de la calle
donde
alguna vez
pudimos
encontrarnos.

PARA COMPARTIR: GUSTAVO NIELSEN (Buenos Aires, 1962)

PLAYA QUEMADA
1
Mi departamento es un cuarto vacío, con apenas un colchón desparramado en el suelo, unas pocas cobijas, un teléfono y una ventana, por la que puedo contemplar la playa negra. 
Tanto me hablaron de esa playa, de los que quedaron en pie, que todos los comentarios se me cruzan, y puedo imaginarme cosas aún peores de las que seguramente ocurrieron. Los rostros deformados de aquellos que se dieron cuenta que venía el magma e intentaron correr, y el fuego les congeló el momento. Miles de comentarios sin cara, voces de la desesperación surgiendo a través de este tubo que suena y suena; gritándome de los que no se dieron cuenta, de mi hermana que no se dio cuenta y siguió durmiendo plácidamente. La voz es un estertor desde el otro lado del cable. 
- ¿Quién habla? 
- Usted no me conoce. Soy un vecino de su madre; ahora estoy en el Morro, a cinco kilómetros del volcán. Alcanzo a ver la ventana de su departamento desde aquí. Llamé porque vi las persianas abiertas, y pensé que quizás ella pudiera... 
- ¿Estar? No; viajé solo. Acabo de llegar. 
Nuestras voces se detienen en el receptor, como en un acto mutuo de caridad. Su silencio es un vacío adentro de mi cabeza. Agrego, para disipar cualquier duda: "Vine a buscar a mi hermana". El hombre parece comprender. Carraspea, intranquilo. 
- Quería prevenirlo de ese horror -dice. 
- Tengo que verla. 
- No vale la pena. 
- Es mi hermana la que está allá. 
- Fue su hermana. No vaya; no vale la pena. No sufrió, se le nota en la cara. 
- Por qué no se habrá tirado al agua... -lo pienso y lo digo. 
- Los que alcanzaron el agua murieron calcinados debajo de las olas. 
Cuelgo el receptor. A través de la ventana abierta entra una ráfaga de olor a quemado. Carne quemada. Estoy sentado sobre el colchón y una náusea me sube hasta la boca. Cierro la ventana golpeando los marcos, las persianas una contra la otra, corriendo las cortinas para no ver, no oler, no sentir. Como si me estuviera cerrando yo mismo. Respiraré este aire viciado durante las próximas horas. 
Mañana bajaré a la playa.
2
Es de día. Llevo puestas las botas altas por precaución, para suspender lo más posible el contacto de mis plantas con el suelo. Eso es lo que pensé. Dentro de un rato, el calor me licuará los pies. 
Desciendo a través del descampado del oeste, a doscientos metros de donde comienzan los balnearios. Un manto de laca negra cubre toda la playa: la superficie de la arena, las piedras, los arbustos de fijación, los bultos que se divisan a lo lejos. Es muy difícil de distinguir, desde aquí, alguna forma reconocible. 
Estando en el departamento, en varias ocasiones me imaginé que sonaba el teléfono y era mi hermana. Decía que no me preocupara, porque no había pasado nada malo. Fue un deseo tan intenso que me alucinó, y me lancé a atenderla sin motivo, totalmente excitado. Mi cabeza a punto de estallar, aferrada al tubo mudo ("¿hay alguien ahí? ¿me estás oyendo, linda?"). Hablándole al escenario de una playa quemada. 
Por lo pronto, esto no parece lava. Es otra cosa; algo que, superficialmente, hace suponer que no hubo mediación del fuego. Se observa en cualquier piedra; en ésta: parece un vasito plástico de Coca, con sus bordes, relieves, todo igual pero fósil, tallado en la playa como una escultura. Tallado en esta gran roca que es la playa. 
Las dos palmeras siguen paradas, simétricas, al pie del volcán. Trepo hacia ellas por una plataforma irregular, con objetos saliéndole por todas partes (flores petrificadas, atados de cigarrillos arrugados y durísimos, más vasitos como el que acabo de describir, etc). La lista es innumerable: todo tipo de basura, pero negra. Llego transpirado y exhausto. Dos varas grises, secas, distantes casi cinco metros una de otra, enmarcan a lo lejos la boca del Morro. La misma capa de lava (ahora sé a qué me hace acordar: a un gran baño de chocolate impenetrable), cubre los troncos hasta el metro setenta y pico. Yo mido uno setenta y cuatro; estoy parado sobre las raíces salientes de uno de los árboles y la marca tiene más o menos mi altura. 
Descubro al perro cuando me tropiezo con él, caminando de espaldas. Quería ubicarme en el centro justo de la línea de separación entre los troncos, pero el animal estaba allí. Una roca pequeña con la forma y el tamaño de un perro. Las orejas tiesas; el cuerpo levantándose de la arena; la cola avizora de peligro, a punto de meterse entre las patas; el hocico apenas enterrado, formando un triángulo de aire entre sus mandíbulas abiertas y el suelo. Buscando enterrarse, apretando las líneas de su cara en una escapatoria ridícula hacia adentro de la tierra; para quedar cubierto inmediatamente, muerto en un lapso de segundo por la lava, convertido en este nuevo objeto que ahora es. 
A su derecha, como en un kitsch fatal, una radio a transistores con las antenas, las perillas, los parlantitos, toda recubierta de negro. Acerco mi oreja al receptor, porque me parece que un zumbido... Pura sugestión. Tengo que escuchar lo que este receptor está sintonizando. Hago el esfuerzo porque debo encontrar una voz (por mi salud mental), una palabra, un sonido que no sea el de la brisa deslizándose desde lejos entre los recortes humanos. Algunos que, de tanto espanto, se alcanzan a ver llenos de puntas que provocan singulares silbidos al paso del viento. 
Me habían avisado que iba a encontrar dos tipos de cuerpos. Eso lo sabía antes de salir. Aquellos que la catástrofe sorprendió distraídos, durmiendo o concentrados en sus propias ideas. Lejos de darse cuenta de algo, recogieron sus sonrisas, chuparon de sus mates por última vez, respiraron hondo y quedaron fotografiados para siempre en estos bronces mustios. Y los otros, los que se dieron vuelta. Los que vieron la lava. Los que supieron del terror de la muerte. A esos advertidos, los gestos se les volvieron verrugas y cánceres inmediatos, los cuerpos se les retorcieron y se les crisparon los miembros, agazapados, preparados para correr, corriendo, arrojándose a la nada desde el infierno. Esos guardaban gritos mudos y rictus que los desfiguraban para siempre, que ya los daban por muertos en el instante antes de morirse, con la lujuria y el encanto sádico del fuego. Los estoy viendo, y ahora comprendo el consejo que me diera el vecino de mi madre: "volver la cara". Necesariamente hay que volver la cara. 
No tengo fuerzas para nada, ni ganas. Pasear por esta galería de quietos me provoca una tensión paralizante, como proveniente de otro estado de los sentidos. Con las ideas lavadas y la cabeza en blanco. Estoy flotando entre ellos. Todo lo contrario a la energía que despide aquel señor que alcanzo a ver moviéndose desde aquí; tan ocupado gritando, abrazando a su hijo quemado. La imagen suena desesperante, pero no consigue alterarme, porque voy suspendido por mis nervios. Colgado. 
Lo miro. Desde acá (estoy a diez metros de ellos), el hombre parece llorar. El sol hace brillar las gotas sobre su rostro. Me voy acercando. El muchacho habría sido sorprendido huyendo hacia el mar ("dales vuelta la cara; no vale la pena ver lo que sufrieron; esto ya no tiene remedio") y aparecía inclinado en un ángulo demasiado agudo, con los brazos abiertos y las manos vueltas dos garras, y las cuencas y la boca también abierta. Sin ojos. Lo veo cada vez con más detalles. El hombre se aferra a aquel cuerpo aprovechando el abrazo de la desesperación, perdido en el aire entre esos dos brazos como mástiles. Quizás piense que lo abraza a él, en una lógica sin piedad, y esté tratando de completar el cuadro. Esta sola idea me parece tan cruel, que tengo ganas de decirle que lo suelte, que no se desespere. La luz del sol hace brillar su cara como un espejo. Los pies me están hirviendo de calor, adentro de las botas. Me quito la camisa para atármela a modo de turbante. Mi propio rostro, mis manos y mi torso desnudo están tapizados por una leve capa de sudor que brota sin interrupción de mis poros. Así, yo también aparezco cubierto, como ellos lo están de lava sólida. La diferencia es que el sudor me sale constantemente de la piel, y esto se ve tan estático. Tan muerto. 
El hombre me está mirando. Tiene la remera empapada, pegada al cuerpo. "¿Va a ayudarme?", pregunta, y la sorpresa me deja perplejo. ¡Hace tanto que no veía pronunciar una palabra! Oí los mensajes del teléfono; vi estos gritos del silencio aquí en la playa; pero no una voz surgiendo de una garganta, de una boca humana. Me quedo tieso en el lugar, sin saber exactamente qué responderle. 
- ¿Cómo, señor? 
Me da terror que no me explique; que vuelva a abrazar a su hijo como si nada. El tono de su voz había sido una especie de reproche agresivo; y este abrazo tan violento de ahora, tan distante de la imagen viva de luto que contemplé al llegar... Además, aquello que desde lejos confundí con lágrimas brillantes, no es otra cosa que transpiración espesa, sucia, de cansancio. Acabo de comprenderlo: sólo quiere llevárselo de aquí. Esa resignación fría debería actuar en mí como una secreta esperanza, un deseo de comportamiento para cuando encuentre a mi hermana. 
Una gaviota vuela sobre nosotros. La veo dibujar sus círculos de aire. Ese pájaro puede haber volado el día de la erupción. "Ayudame a buscarla, pico ganchudo". Una gaviota desplegada entre vapores de gas. ¿Vapores tóxicos? "Quiá", hace, para saludarnos, moviendo la cabeza. No habría podido resistir un vuelo tan rasante (quizás venga de otros lugares sin volcanes). Usando el brazo derecho como visera, le guiño un ojo que ella no alcanza a ver. 
- ¿Me da una mano? O me ayuda, o se va. 
- ¿Qué? 
- Decídase de una vez. Tiene toda la playa para pasear. 
Está molesto. Me debo haber ruborizado, porque me arde la cara. 
- No entiendo qué quiere que haga. 
Él mueve la cabeza en una negación fastidiosa. 
- Ponga sus dos manos abiertas sobre la espalda de mi muchacho. No, más arriba, a la altura de los omóplatos. ¿Sabe lo que son los omóplatos? 
- Claro. 
- Ahora empuje. Cuando yo se lo diga. 
Rodea con sus brazos la cintura del joven. 
- Ya. Con fuerza. Así... 
Hace TRACT y se me escapa de las manos. El hombre trastabilla hasta caer de espaldas, con tal mala suerte que un brazo de "su muchacho" choca contra el vientre abultado de un viejo sentado al costado de su sombrilla. Un vientre como una pared de hierro. El brazo se deshace con un sonido de porcelana rota. Después vuelve un corto silencio, inmediatamente interrumpido por el llanto del hombre. No sé qué pasó, porque cerré los ojos para no sentir ese momento de cristales rompiéndose, y ahora que los abro el hombre está llorando, aferrado a dos objetos que quedaron allí, como bases de dos columnas pequeñas. Le apoyo una mano sobre la cabeza y él se mueve hacia atrás, descubriendo los pies de su muchacho cementados al piso. Definitivamente parte de la playa, parte del todo de lava. Abandonados aquí con sus corazones de hueso partido, sus pulpas de pantorrilla inmóvil y sus pieles de roca. 
La repugnancia me tapa los ojos. Un sabor amargo trepa desde mi estómago, y tengo que girar sobre mi cuerpo por la sensación de vómito que me viene a la boca. El sol describe una sombra de un color negro intenso, que es como uno de estos seres pero móvil, girando. Me dan ganas de gritar por ellos, que también son sombras. Con gestos, con caras y sombras en la cara. Como un cementerio de momias. Mudas. Y ahora estoy quieto yo también, mudo también, helado, porque acabo de encontrar a mi hermana.

Está sentada en una de las reposeras que entregaban en el balneario. Le veo medio perfil, desde atrás, y estoy seguro de que es ella. Siempre nos robábamos las reposeras y las sillas de otras carpas; quiero llegar inmediatamente hasta su cuerpo y por eso corro, y otra vez me sorprende mi sombra moviéndose. Loca por irse a casa, loca por no quedarse entre esta maldición, loca por creer que el silencio le llegará de un momento a otro, por pensar, preguntándose "¿dejaré de correr?". Igual que mi hermana en su reposera, durmiendo el sueño de las piedras. 
Esa no puede ser su cara. Me habían asegurado una expresión de calma, una ausencia de sufrimiento. Y no esta boca dolorida, este hueco inmenso, la tirantez de las arrugas estirando una máscara de odio. El único atisbo de tranquilidad lo dan sus manos entrelazadas, porque sus piecitos han sido descubiertos por el volcán en mitad de un movimiento de acomodación de postura, y parecen dos cuervos peleando. La boca es el centro del espanto: abierta a más no poder y llamando a alguien, llamándome en su idioma. ¿Debería soportarlo, entenderlo, aceptarla gritando? Esta visión es una contractura en mi cabeza, en mi puño cerrado penetrando adentro de su boca de muelas negras y lengua seca. Estoy agarrado a su grito. Bajo la forma de un alarido de dolor llega mi voz, en una compulsión liberadora. Mi garganta sigue en pie, caliente. La escucho latir.

Con la pesadez de una bandera mojada, caigo sobre la playa. Estoy agotado. Te amo, hermana. Amo a aquella que fuiste. A la que vine a rescatar de la explosión del Morro. Aquí me ves. Demasiado tarde para todo. La tela de la reposera es una superficie laminar de medio centímetro de espesor, de la misma textura y fragilidad que el resto de la playa. Lo sé porque la veo partirse ante la mínima presión que hago; con la consistencia de una madera balsa y la apariencia, en el recorte, de un sandwich de tela entre dos bandas de lava. 
Pasa el hombre llevando a su muchacho cargado sobre los hombros. Mira hacia donde estoy tendido y hace una pequeña sonrisa a modo de saludo. No parece pesarle demasiado. Me paro. Anclado sobre mis piernas abiertas, doblo la cintura. Tengo que sacar a mi hermana de aquí. Es una verdadera suerte el hecho de que sus pies estén en el aire, el derecho parcialmente apoyado sobre la tela de la reposera, y que sólo las patas de madera lleguen al piso. Con poco esfuerzo voy arrancándolas una a una. Pedazos desiguales de las cuatro patas quedarán para siempre clavados a la playa. 
"Quiá", me avisa la gaviota. "Ya sé", le digo. "Puedo imaginarme lo que vendrá". Sin embargo, continuaré arrastrando su cuerpo y la reposera hasta llegar al departamento. "Gracias, te entendí, pero tengo la mente ida".
3. 
Desde que comencé a subirla por la playa, supe que tendría dificultades para apoyar correctamente la reposera sobre el parquet del departamento. Las patas habían quedado mal cortadas; eso hacía imposible cualquier tipo de equilibrio más o menos estable. Al principio se me ocurrió suplementar las diferencias con tacos de madera y monedas. Desistí; coloqué a mi hermana recostada en el colchón. Cuando llegó la noche, tuve que emparejar los apoyos y asegurar la planta de su pie izquierdo -antes en el aire, ahora bastante cerca del parquet- sobre la cabecera. Yo debía pasar la noche junto a su cuerpo, en esa cama improvisada. Acomodé la almohada. Dormí aferrado a su pie. 
Durante esa noche me moví mucho; me di cuenta en un momento en el que estaba despierto, y mis manos ya no la abrazaban. Su posición era ilógica: de milagro no se había caído al suelo. Eran las 4:30 de la madrugada. La luna llena volcaba, desde la ventana, una claridad blanca que recortaba su figura como la de un fantasma. Encendí la luz. Las manos entrelazadas le daban un indicio de la tranquilidad de la que había hablado el amigo de mi madre; pero ese rostro, Dios. Ese alarido. Decidí reubicarla apoyándola sobre el costado de la reposera, de tal modo que su cabeza quedara junto a la mía, sobre la almohada. Apagué la luz y me acosté. Su boca me hablaba, en secreto, un silencio de lápidas. Ya estábamos bien. Cerré los ojos e inmediatamente tuve un sueño, que más que sueño fue un recuerdo de cuando era chico, y mi madre -de siete u ocho meses de embarazo- tomó mi mano para que sintiera a mi hermana. La puso sobre su vientre. A mí me pareció una pavada. 
- ¿Ves cómo se mueve? -dijo. 
Yo no podía darme cuenta. 
- ¿Se mueve? 
- ¡Claro! ¿No la sentís? 
Había algo, sí. Aunque eso no era moverse. Para moverse había que subir a los árboles, correr, aullar extendiendo los gestos de la cara por los caminos. "Moverse" era lo que yo hacía constantemente; no ese latido, ese signo de la quietud. Mi madre se dio cuenta. 
- Es otra manera de jugar que tienen los bebés cuando son muy, pero muy chiquititos -dijo-. Cambian de posición adentro de la pelota llena de agua de la panza. Es otra forma. 
Me dio tanta impresión que salí disparado hacia el parque. ¿Esa bomba redonda podía explotar en cualquier momento, con sus latidos de reloj? Ah, hermana. Ahora negra de oscuridades, de noches negras en la playa, con tu cara pegada a la mía y mis ojos descendiendo en tus cuencas profundas. De piedra. Quién sabe adónde llega mi mirada. Quién sabe si podré soportar otro día el horror de dormir junto a esta imagen de la catástrofe. Quién sabe si no debería haberte dejado soñando los flashes de tus arenas muertas. En la galería de estatuas del Morro; que ahora observo de lejos, sabiendo qué son esos recortes de sombras que la luz de la noche despierta sobre la orilla. Lo sé porque tengo uno encerrado conmigo, aquí en la pieza. Prometí rescatar a mi hermana y la tengo. Aunque no sepa por cuánto tiempo, ni qué será de la vida nuestra.
No descansé un solo segundo, abordado por una variedad increíble de pensamientos y preguntas. ¿Cómo convivir con esta escultura a la que tanto había amado en vida, recordándome todo el tiempo "fui tu hermana, tu hermanita"? Debería regresarla ya mismo. O cualquier día. Mañana. Paso las yemas de mis dedos por la superficie lustrada de sus ropas, de su cuerpo. Supongamos que la dejo aquí, que cierro la puerta y me voy. Después, a la vuelta... ¿Qué pasará a la vuelta? Cuando deba abrir otra vez esta puerta y encontrar a mi hermana acostada en su reposera de piedra, toda ella de piedra volcánica; como encuentro mi colchón, el teléfono o la ventana. Cada año que viene. ¿Podré soportar eso? Suena el teléfono. Una voz lejana, torpe, ha equivocado la llamada. Ayer mismo, dos o tres timbrazos me hubieran movido las entrañas; hoy, sin embargo, soporto con mayor tranquilidad cualquier episodio inesperado, porque me ata una mujer quieta desde el piso. Me enfría; no deja que me desespere, que me mueva. Endurece mis músculos, mis gestos. Quizás deba convertirme en otro pasajero de la playa (¿qué estoy diciendo, en qué estoy pensando?). 
Llaman por teléfono.
Ahora la ubiqué igual que al principio, con una patita de madera -la más corta- y el pie izquierdo de ella sobre el colchón; pero en lugar de estar contra la pared, ocupa el centro del cuarto. Y le doy vueltas alrededor porque creo haber notado algo. En parte del recorrido piso las cobijas, y ese es el instante de máxima reflexión, porque la reposera, vista desde los pies -estoy parado sobre el colchón, dando pequeños saltos para moverla- cobra un temblequeo que revive las líneas de su cuerpo. Todas estas ideas surgieron de la llamada que atendí después de dos o tres equivocados. Era el amigo de mi madre, comunicándose desde larga distancia. Le comenté lo de mi hermana y él me preguntó si había pensado algo. Contesté que no, pero que ya pensaría. Y que, por el momento, no había salido del quietismo que me producía verla transformada en esto que ahora estaba a dos pasos del teléfono. Que no podía aguantar la expresión de su cara y que, en un principio, había pensado tapársela con una sábana. Pero el sólo saber que ahí abajo existía esa mueca, me producía más pánico. Él me dijo que no podía ser, porque la había reconocido en su vuelo al Morro, a dos días de la erupción, y era uno de esos cadáveres beatíficos. Agregó: "de los que no se dieron cuenta". Yo supuse que se habría equivocado y él dijo que sí, que podía ser, pero me recomendó que la observara. 
- ¿Por qué? -pregunté. 
- Hay gente que vio cosas. 
- ¿Qué cosas? 
Su silencio me llegaba como una extensión del silencio de afuera. 
- No sé; cosas raras. Cambios.
Acabo de dibujar sus manos, porque me pareció haberle visto los dedos más entrelazados que ahora. Compré lápices y papeles; sembré el piso del departamento con papeles fechados. Creo que ayer sus manos se veían más hundidas una adentro de la otra, apretándose sólidamente. Mejor dicho: no es un recuerdo de ayer, sino tal vez del día en que la recogí de la playa. El papel tiene por título la fecha de hoy: 22 de julio del año del Morro, y la hora: 14:45. Desconecté el teléfono para que nadie pudiera interrumpirnos.
Los pies, sí. Es el gesto más evidente. Hace tres semanas que estoy dibujando; toda esa pila de papeles no me muestra nada, porque lo que supongo un pequeño cambio quizás sea una imperfección de trazos, una cabal muestra de mi estupidez como dibujante. Si fueran fotos, claro. Pero me fijé en los pies y estoy seguro. Cuando me paré sobre el colchón, a saltar, una de las plantas de ella rozaba la superficie de la tela, y esto me llevó a suponer que podía romperse un pie, como había visto pulverizarse la mano acristalada de aquel muchacho en la playa. Hoy, día 12 de agosto -creo que viernes o sábado- he saltado con ganas sobre el colchón y sus pies permanecen en el aire. No tocan la tela. Repito la experiencia porque me parece el descubrimiento más importante que ha visto este departamento. Comencé a dibujar los pies en sus posiciones relativas, tomando medidas gráficas con marcas en los papeles, de distancia hacia los costados de la reposera y distancias al piso. Creo que pasaré sin dormir los próximos dos o tres días, hasta terminar con el trabajo. 
Mi hermana se está moviendo.
Miércoles 16 de agosto. 
Volví a conectar el teléfono. Estoy preso adentro del espanto. Apretado contra la ventana de persianas abiertas, los dientes me castañetean como si tuviera fiebre. No puedo ver ese rostro. Todos los papeles están tirados. ¿Habré enloquecido? Durante más de un mes tomé medidas de sus manos y sus pies y ayer a la noche, casi sin luz, por segunda vez reparé en su cara. Un hielo me recorrió todo el cuerpo. Ahora estoy de espaldas a ella y quiero oír una voz, infructuosamente, en mi teléfono. No funciona. Tiro del cable. La fiebre mía es la que no se anima a enfrentar la cara de mi hermana. Puedo afirmarlo: cambió. Su expresión ha cambiado. Lo que era un grito de horror quedó convertido en una letra muda, tratando de decirme algo. Es una foto de alguien que habla. Tardó más de un mes en hacer ese movimiento, pero lo hizo. Y mi teléfono sin voz.
Martes 29 de agosto. 
Decidí escribir las modificaciones en un diario. Estoy seguro de lo que digo: mi hermana no sólo está viva -se mueve- sino que, además, trata de comunicarse conmigo. Esa es la gran conclusión. Los rasgos de su cara toman poco a poco la expresión de otra letra o de un signo (es difícil de explicar). Me conseguí un espejo en la calle y traté de representar muy despacio las letras del alfabeto, para descifrar ese movimiento de labios. Ni qué decir que mi expresión también había cambiado. Absolutamente sucio, lleno de pliegues en la cara, y barritos, y pelos. Los pliegues son de las arrugas, por haber mantenido mi cara demasiado tiempo en tensión. ¡Yo mismo era otra persona! Bravo, hermana mía. Hay que brindar con este anís. Sólo que yo puedo terminarme la botella en el lapso en que vos tardarías en rozar la copa con los dedos.
Miércoles 30 de agosto; 22 hs. 
Me despierto de la borrachera. Una puntada atroz me perfora las sienes. Creo que hoy no escribiré más que algo técnico que se me ocurrió. La letra que ella quiere articular, ¿será una "m", una "s" o una "n"? ¿Cuál de todas? La botella de anís está vacía. ¿Tardará un mes, dos, tres, en hablar una puta palabra? No deberé ser tan ansioso, me digo. Mejor emborracharse y esperar, seguir su movimiento modificando el mío propio. Suavizando mis propias relaciones. Nunca me había tocado comunicarme con alguien así, tan serenamente. Deberé relajarme, aunque la paciencia no sea mi fuerte. Aprenderé a ser paciente. 
Suena el teléfono. Atiendo. Alguien me habla, pero casi no puedo descifrar sus palabras; vaya más despacio, me dan ganas de decirle, y cuando estoy a punto de reaccionar, él ha cortado.
Lunes 2 de octubre. 
Estoy entendiéndome con mi hermana. La dificultad para discernir las palabras que su voz no alcanza a ejecutar es tan grande, que se me ocurrió que podía escribirme el mensaje en un papel. Se lo dije muy despacio, alargando mucho los sonidos para que comprendiera. Me pasaba lo mismo que a ella: al extender demasiado una sílaba cualquiera por un rato largo, lentamente, se pierde la fonética y queda nada más que una mímica absurda. Empezaba a darme cuenta de eso. Dibujé mi rostro comunicando cada una de las letras del mensaje; colgué el espejo a la altura de mi cara para observarme y pegué aquellos dibujos en la pared. ¿Ella me percibiría desde el fondo de aquellos dos pozos negros? ¿Mi hermana estaba sin ojos, o tal vez con los ojos hundidos por la diferencia de espesores entre la lava de los pómulos y la de la frente? Lo que iba a comunicarle era: "Por favor, escribí las cosas que me quieras decir". Le puse el lápiz entre los dedos (tardó una semana y media en agarrarlo correctamente), y un papel enorme. Al final pulí mi propio discurso, como quien escribe un telegrama, llegando a reducirlo a una palabra:
E S C R I B I L O
Colgué el jeroglífico sobre la pared, con los dibujos de la pronunciación de las letras en la forma de mi boca. Eran 16 dibujos (los había separado en grupos de uno, dos o tres carteles, según las letras). Después de reflexionar me dije "es una idiotez. Si puede ver estos mamarrachos, podrá leer la palabra completa"; e inmediatamente hice un cartel. Pero como no quería jugarme por entero a lo visual, me senté delante suyo en el colchón y estuve, para decir cada letra, aproximadamente tres horas (procurando mantener un volumen audible al recitar las sílabas, lo que me costó muchísimo). Al tercer día había repetido dos veces el mensaje. Estaba exhausto. Después, mientras descansaba, me di cuenta de que quizás ella tampoco pudiera captar el tono de mi voz, por ser demasiado acelerado. Volví a escribir un cartel más grande que el anterior; una letra por hoja, en el reverso de los vagos dibujos de mi cara. Sin proponérmelo -y ésto es un signo de que mis propias acciones se habían demorado- tardé más de un día en escribir ese único mensaje y ordenar las hojas en el parquet. 
El teléfono comenzó a sonar, pero al cabo de un rato los impacientes del otro lado de la línea cortaban la comunicación, sin darme tiempo de aproximarme al receptor.
19 ó 20 de octubre. 
Debo admitir que estoy contento con mi nueva forma de sentir el tiempo. De pronto, este cuarto que hace bastante fue una celda, ahora es una extensión que vale la pena recorrer. Aunque no haya nada; uno puede disfrutar caminándolo. 
Con mi hermana, cada vez nos entendemos mejor. Se podría decir que hay un diálogo de gestos, y que hay motivos para este diálogo, porque estamos compartiendo cosas que a simple vista pueden parecer ínfimas, pero para nosotros son importantes. Una succión de aire, por ejemplo (respiro hondo). He dejado de hacer todas las otras cosas: escribir el diario; atender el teléfono, que apenas puedo oír sonar y es un ruido elástico que no vale la pena. Perdí -¿cuándo, dónde?- la ropa. Estoy desnudo. Desde ayer a la tarde, mi pie derecho roza el muslo de ella. El contacto cubre una zona pequeña de piel, pero un calor intenso va creciendo desde allí y me llenará el cuerpo en alguno de los próximos días. Las sensaciones, por el sólo hecho de ocurrir más despacio, son más intensas y duraderas. Nunca pensé que podía ser así. Ella escribe, con el lápiz, su palabra. Hasta ahora leo "FOI", pero la última letra está, al parecer, sin terminar. Despunta en "M" o "N". ¿Se dará cuenta de que la estoy tocando? ¿Disfrutará también este instante de horas como lo disfruto yo?
Miércoles 12 de diciembre. 
Ella terminó de escribir su palabra. Tardé mucho en leerla; pero, al terminar, me di cuenta de que estaba recobrando el movimiento que había perdido. La palabra era "FONDO", a la que después seguía una línea y un punto. Dejó caer el lápiz. Esto marcaba el final definitivo, y actuó en mi persona como un acelerador de acciones. Junté los papeles velozmente (aunque todavía no llegaba a moverme en un tiempo normal: controlé el récord del día para ir desde el colchón hasta el teléfono y es de 1 hora con 22 minutos). No obstante, me noto rápido, y retomé la escritura del diario. Siento la llegada de la normalidad como un barco que se arrima a la costa. ¿FONDO? ¿Fondo de qué cosa? Este pensamiento me llevó dos días enteros. Mi hermana era, otra vez, una estatua inmóvil. 
Parado frente a la ventana pude ver una muchedumbre de colores detenida entre aquellos sectores de la playa de lava. "¡FONDO DEL MAR!", grité. La normalidad en la que estaba entrando, todavía no me permitía escuchar mi propio grito; que salió mudo, para nadie. 
En la playa había pasado algo anormal. Me vestí para salir.

4
Tardé un tiempo considerable en llegar a la orilla. Lo supe porque después de cambiarme había oscurecido -salí de mi edificio envuelto en penumbras- y, cuando pisé la entrada del balneario, los turistas estaban reunidos ante la luz del amanecer. 
Fui viendo todo como si lo pasaran en diapositivas, porque me detuve a pensar cada imagen. ¡Cómo había cambiado este lugar desde... julio! La gente se arropaba en sus sacones; cuando empecé a sentir el frío, cerca de las nueve de la mañana, el sol había empezado a calentar el piso de piedra. Las mujeres se descalzaron buscando ese calor bajo las plantas de los pies. Poco a poco, la playa se fue llenando. Traían cámaras y, en un momento dado, aplaudieron a rabiar. Entonces escuchamos una zambullida pesada y después el silencio. Otra vez me detuve a pensar en lo que mis ojos veían. Voy a describir esa primera imagen que sufrí mientras trataba de arrimarme a la orilla: 
Las estatuas, aquellas quietas, negras, estaban de pie. El movimiento había sido general, no tan sólo de mi hermana en el departamento, sino de todos; y sus caras, antes una síntesis del espanto, ahora lucían sonrisas orgullosas y petrificadas. Habían tardado cinco meses y medio en levantarse de los lugares y caminar hacia la orilla. ¡Una trayectoria de tan pocos metros distribuida en tantas semanas! Todo como si avanzaran con seguridad, dueños de la verdad. Salvándose. 
Un lánguido sentimiento de celos me invadió. Comprendí que mi hermana seguía relacionada, secretamente, con este sistema que en un instante de mi espera -¿un sólo segundo, tal vez?- yo había empezado a compartir. Pero: ¿cuál era el riesgo de ese entendimiento? ¿Qué había que dar a cambio para tener la felicidad así, clavada para siempre en el rostro? Me pregunté si yo podría, en algún momento, ser parte de la seguridad de mi hermana y de los demás cuerpos, con una claridad y una decisión tan aplastante como la de ellos. Saben lo que hacen. Lo leo en sus facciones. No como estos turistas, que ni se preguntan, ni nada. Suben las cámaras que les cuelgan de los cuellos; click, sacan la foto. Todos en círculo, apuntando con sus lentes. 
Me acerco otro poco, para comprender más. Es la segunda postal de hoy. No me sorprende (ya nada puede sorprenderme). Los cuerpos de piedra están detenidos contra el cordón de lava que, a modo de barranca, separa el movimiento del agua en la orilla de la serenidad aparente de esta playa. Tardaron meses en apretarse, en llegar a este lugar. Y ella, pobrecita, encerrada por mi culpa en un departamento que no le pertenece, que ya ha dejado de ser su mundo (y a lo mejor el mío también); víctima de un capricho ajeno, humano... Debo devolverla a su entorno. Ella es de la playa, de donde no tendría que haber salido nunca. ¡Cuánto dolor incomprendido el tuyo, mi linda, mientras yo me preocupaba solamente por mis descubrimientos! Todo este egoísmo me cubre como una capa gris. 
Una chispa de tristeza se enciende en mí, y muevo las manos buscándome los ojos. No quiero ver, pero quiero. Siempre es así el instante de la revelación de algo cierto. Y quiero recuperar el ritmo de los otros, y eso es lo que se ha encendido. Quiero arrimarme entre los turistas y lo estoy haciendo. Debo llegar a la orilla como ellos, y lo hago. Aquí, al lado de esta talla viva que se asomó al mar hace... ¿cuánto? ¿Cuánto tiempo le habrá llevado inclinarse sobre esta barranquita? Tiene un pie en el aire, y el otro apoyado en dos dedos. El cuerpo tan, pero tan inclinado hacia delante (se diría un ángulo de unos 45 grados entre su columna vertebral y la vertical) que no comprendo cómo hace para mantener el equilibrio. Para no caer al agua. Y cómo es ese pie, que resiste tanta fuerza sin quebrarse, cuando sus figuras eran tan frágiles (me viene a la mente el recuerdo de los tobillos partidos). 
Los turistas comenzaron a aplaudir, y yo supe que algo estaba por pasar. Cada vez aplaudiendo más rápido (a mí me dieron ganas, pero no pude). También había otros cuerpos que parecían árboles secos a punto de caer, inclinados en ángulos diversos. Los aplausos comenzaron a apurarse. El ritmo era creciente y sonaba a redoble de tambor. El inclinado, con una expresión pacífica en la cara, había desplegado otro dedo, y ahora el equilibrio era increíble. "Es tan inestable que no puede ser", dije. Todos apuntaron con sus cámaras. Click, click, click. El inclinado cayó, casi en cámara lenta, sobre el agua de la orilla. Zambulléndose en las arenas del fondo. Me sobresalté. Los turistas comenzaron a dispersarse, tal vez buscando otro espectáculo de aquellos. 
Me arrodillé a los pies del mar. No quedaba rastro alguno de ese hombre, como si se hubiera fundido con la arena mojada. Metí ambos pies en el agua, queriendo encontrar un fondo quizás barroso, quizás fácil de penetrar. Ese hombre ya era sustancia marina. Como antes fue playa. Como mi hermana, que tiene que regresar a este lugar porque también es playa, con una sonrisa de ésas dibujada en el rostro. En nuestros rostros. Estas sonrisas que dan ganas de llegar, que son ciertas de tanto gozo, que revierten los ánimos, que animan los espíritus caídos. Que trastocan el movimiento, el mío propio otra vez, tanto que para salir del agua y colocarme de frente al mar no sé cuánto tardo -¿horas, siglos?- y ahora que lo veo de nuevo quiero llegar al fondo, tocarlo, fundirme, ser ese fondo. Vivir en comunión permanente con él. Por eso voy dejándome caer y es una suspensión parcial de la gravedad, la mía, porque aunque mi cuerpo inclinado se acerque al agua nunca, aparentemente, llegará a mojarse. Una caída paso a paso, leída en secuencias lentas. Proyectando los mismos fotogramas durante horas: yo tirándome al agua. La gente pone su asombro y sus clicks, mientras mi cuerpo de barro se desgaja abriendo un corte en la superficie lisa del líquido; y mis pies, y los dedos de mis pies un milímetro pegados a la barranca de lava de la orilla. Medio milímetro, menos de medio, nada; el día explota en brillos de gotas y salpicaduras que son diamantes expuestos a la luz del sol. Pero me estrello como un ser humano normal, como cualquiera. Como esos que me miran gozando, riéndose, vestidos con sus disfraces chillones de ciudad, con sus caras rosadas disfrutando de la visión de mi cara roja, mi nariz roja, partida contra el fondo, en sangre brotando entre mis dedos cuando la vergüenza me la tapa. Sentado en esta orilla, mojado y ridículo. Como uno de afuera. Una visita. 
Como alguien que todavía no merece entrar en esta tierra.

PARA COMPARTIR: SEBASTIÁN  QUIROGA TORRES (Villa Mercedes, San Luis, 1978)

UN INSTANTE DE DIÁLOGO (EN LA ESCENA)



Un whisky doble estará bien…
Alivianará la tierra que traigo como tatuada en la garganta…

(es obvio eso)…

No te lo he dicho: te sienta bien esa ropa…,
me trae viejos recuerdos…

Pero mejor no hablar de eso, ¿no?...


Estoy un poco cansado ahora…, en la ruta
sólo se veían cardos moviéndose
como un cliché de película, 
un far west agotado…

Mientras viajaba, en medio de esa soledad específica,
bajo un sol viejo, insoportable, comiéndome la cara,
me pregunté cuántos miles de tipos como yo
-consumidos por el arte de su desidia-
serían suficientes para cambiar, un poco,
algo de todo esto…

Cosas así, pensaba…
Pocas iluminaciones. Ninguna certeza…

Esas cosas me hacen descostillar 
por la carcajada que se me desprende
con sólo imaginarlo… 

Y a veces llorar…

Todo es tan claro a medida que pasa el tiempo…


¿Te molesta si fumo?...


La vida, creo, no nos ha cambiado mucho
La noche sigue golpeándome igual…
Me sigue azotando…

Sí. Es cierto lo que decís
También lo que no decís
Lo que guardás torpemente 
como en un archivo inconsulto…

Cosas así, siempre fueron tuyas…

Te ves más vieja
Me veo más viejo
Es lo simple…

La vejez es una pausa
que miramos todos los días pasar
renovándose…


Espero que no hagas de esto un sollozo continuo
Lo demás, también pasa…


Deberíamos quitarnos la ropa, pienso…
Pero tal vez tengas razón…,
en nosotros
eso es ya un uso anticuado,
anacrónico,
vegetal…

Deberían bastarnos, entonces, las palabras,
las pocas…

Aún para montar el simulacro
de creer una vez más
que el mundo todavía es nuestro.

viernes, 4 de octubre de 2013

Muestra “IN.TENSIONES”

FOTO DE MELCHOR

TE ESPERAMOS PARA COMPARTIR
UNA NUEVA EXPERIENCIA ARTÍSTICA.
 
EN OCTUBRE VIENE MELCHOR MONTOYA
CON “IN.TENSIONES”
A GENERAL ALVEAR.
 
SERÁ EN NUESTRA
“SALA ARQ. ALFREDO PEDRO”.